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viernes, 7 de febrero de 2025

"Valladolid apaisado. Paisajes urbanos de antaño y hogaño". Tintas de Pascual Aranda y textos de Antonio Corral Castanedo y otros autores

 




La verdadera existencia de las ciudades se conecta con la memoria de quienes la habitan o la sueñan y con la manera en la que la comunican. Al pasear cualquier ciudad, la imaginamos. Esto sucede incluso al consultar las herramientas más modernas que nos permiten visitarlas y recorrerlas metro a metro desde su digitalización con un satélite o con una cámara situada en el techo de un automóvil. De hecho, si buscamos las imágenes pasadas levantadas por estas herramientas informáticas de última generación, encontramos personas que ya han fallecido o se han mudado a otra ciudad, comercios que cerraron, edificios que fueron derribados hace años o a nosotros mismos hace unos años. En cualquier momento en el que pisemos una calle o una plaza, están todos los momentos anteriores desde su fundación -incluso antes, desde el territorio previo sin urbanizar-, pero también los momentos futuros. Y con el tiempo, las personas que la habitaron o visitaron, que nacieron, vivieron, sufrieron, gozaron y murieron en ese espacio. Personas que en su mayoría no han dejado ni el rastro de su nombre.

Las ciudades son el testimonio de todos aquellos que la comunicaron o la soñaron. Soy aficionado a contemplar absorto los planos antiguos de las ciudades que significan algo para mí, las ilustraciones antiguas que se publicaron con vistas generales o particulares. También las fotografías antiguas y el testimonio de personas que fijaron su impresión sobre ellas en escritos diversos. Por supuesto, también los proyectos de crecimiento y mejora, incluso los que no llegaron a realizarse. Todo eso es una ciudad.

Algo de todo esto encontrará quien visite la exposición Valladolid apaisado. Paisajes urbanos de antaño y hogaño que se muestra en la sala de exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid hasta el próximo 20 de abril. Con el punto de partida de homenajear la memoria de Antonio Corral Castanedo (1932-2005) con motivo de cumplirse el 20 aniversario de su fallecimiento, esta exposición, organizada por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid y el programa Valladolid Letraherido, acoge un nutrido grupo de tintas del artista Pascual Aranda (Valladolid, 1949) acompañadas de una selección de textos del escritor, crítico de arte, columnista  y académico de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, a las que se suman otros nombres (Francisco Javier Martín Abril, Pedro Ojeda, Narciso Alonso Cortés, Félix Antonio González, Francisco Pino, Jorge Guillén, Miguel Delibes, Damasio Frías, José Delfín Val, José María Luelmo, José Zorrilla, etc.). Todo ello recogido en un magnífico catálogo que cuenta con un prólogo de Paz Altés. Dado el número de tintas, la exposición tendrá, como segunda sede, la SALA NAC de la Casa de Zorrilla.

Pascual Aranda es un artista plástico de larga trayectoria, premios y éxitos, que ha tenido como tema recurrente la ciudad de Valladolid. Para esta exposición parte de los trabajos que realizó durante la pandemia de 2020, en los que utilizó un papel de calidad y tamaño apaisado, lo que da pie al título de la muestra. Se inspiró en sus apuntes en la ciudad, pero también en fotografías y planos antiguos. El resultado es una mirada a la ciudad más allá de la perspectiva y de la técnica, ambas muy personales y características de su estilo. A veces es la realidad la que se impone, pero en la mayor parte de las ocasiones responde a la mirada personal del pintor: la ciudad imaginada, querida o soñada. De las tintas nace una ciudad que es y no es la que podemos ver al pasearla: está el presente y el pasado desde ángulos posibles e imposibles. De la contemplación de los cuadros y su diálogo con los textos, el visitante recibe la imagen de la memoria de la ciudad: lo que fue y lo que es, lo que pudo ser y lo que pudo imaginarse. Sobre todo esto manda el artista, que nos trasmite su ciudad, su memoria de la ciudad, una memoria llena de nostalgia y melancolía, pero también la trasmisión de una ciudad amable, a la altura de los seres humanos que la han habitado y la habiten. Cuando se sale de la muestra, se es más consciente de que en cualquiera de las calles vistas está el tiempo y el espacio, pero sobre todo, la mirada de quienes trasmiten la memoria de la ciudad.

sábado, 5 de febrero de 2022

Nacidos iguales. Motivos para una decoración de interior en 36 versos

 





































Una mañana de octubre de 2010, me dediqué a fotografiar los rombos decorativos de la tapia que separaba la calle de la Estación de Valladolid de las vías del ferrocarril. Posiblemente, esta sea la única colección de imágenes que los reúne y da testimonio de su estado en ese año. 

La tapia se levantó en los primeros años del siglo XX y sustituía a la antigua valla de madera, ya muy deteriorada. Con el paso del tiempo, tuvo que ser reparada en varias ocasiones y no conozco si los rombos pertenecen al muro original o son posteriores. Publiqué las fotografías en este blog, en una entrada que titulé Nacidos iguales. Motivos para una decoración interior en 38 versos, lo que me indica que originalmente eran treinta y ocho las imágenes (y los versos). En algún momento se perdieron dos y no sé explicar la razón, como si dos versos hubieran tomado la decisión de ser libres y dejar el poema inconcluso. Al subir las imágenes, el orden se ha invertido con respecto a al publicación original y no he querido corregirlo para constatar que la lectura no es igual que en 2010.

Traigo aquí de nuevo las imágenes porque la tapia está siendo derribada para construir el nuevo paso subterráneo que unirá el centro de la ciudad con el barrio de las Delicias y, después, las nuevas edificaciones que ampliarán la estación actual, que se ha quedado notablemente pequeña desde que llegara el tren de alta velocidad. Hay polémica en la ciudad. Por una parte, los partidarios del soterramiento del trazado ferroviario a su paso por el centro urbano; por otra, aquellos que ven el soterramiento imposible e intentan reducir el impacto de las vías que dividen la ciudad. En otras ciudades se optó por hacer un nuevo trazado y alejarlo varios quilómetros del centro, creando un problema de comunicación y servicios en las estaciones nuevas, que no ha sabido solucionarse correctamente en ninguno de los casos que yo conozco. Alejar el tren del centro de las ciudades es un error. De hecho, la mejor opción es siempre soterrar el trazado de las vías y dejar la estación en la ciudad. Sin embargo, la crisis económica que nos trajo la especulación urbanística -en la que entraban también las estaciones trasladadas fuera de la ciudad con la esperanza de que el furor inmobiliario rellenara los espacios vacíos-, detuvo muchos proyectos de soterramiento y es difícil que puedan recuperarse en décadas. Mientras tanto, las ciudades siguen divididas por el trazado ferroviario y hay que tomar decisiones que reduzcan este impacto para evitar que la situación se degrade más. No me parece mal la decisión que se ha tomado en Valladolid, que recupera la idea de que la estación de ferrocarril se quede en el centro y se convierta en un foco dinámico de atracción de viajeros -se levantará una nueva estación de autobuses comunicada con la del tren- y se modernice y embellezca todo el entorno, incluyendo nuevos pasos para peatones y automóviles, menos peligrosos y más abiertos. Es difícil, por no decir imposible, que en el próximo medio siglo sea posible un soterramiento y hay que tomar decisiones que eviten la degradación de los espacios y estructuras que se relacionan con el ferrocarril.

Y esto me devuelve a mis fotografías de 2010. No tengo añoranza por la tapia derribada ahora con la que crecimos todos los vallisoletanos, pero no dejo de pensar en estos treinta y seis rombos que nacieron iguales y el tiempo fue diferenciando y en los dos perdidos como esa parte de nuestra biografía que no sabemos dónde hemos colocado. Me miro en ellos y no sé cómo me ha tratado a mí el tiempo.

martes, 27 de octubre de 2020

Sol y cerro

 


En cambio, amaneció más tranquilo, sin el dramatismo de otros días. Avanzado el otoño, el sol sale cada vez más cerca del cerro de San Cristóbal. Este es un otero, un cerro testigo que dibuja la línea de la antigua planicie, antes de la erosión del valle. El franquismo lo mancilló con un grupo escultórico que homenajeaba a quien fuera responsable de atrocidades en la retaguardia de los montes Torozos durante la Guerra Civil, al frente de la patrulla del amanecer. Qué diferente sensación del amanecer de hoy al de aquellos días de julio de 1936. El otero luce despejado, con su antena enhiesta señalando el cielo. Dentro de unos días estará más cerca, para alejarse de nuevo sin haber llegado a rozar el cerro. Desde la casa en la que vivía de niño veía el cerro también. Durante la romería del santo en julio, por la noche, contemplaba la hilera de las luces de los automóviles que ascendían la carretera en curva hasta la cima para celebrar al patrón de los conductores. Como mi padre era conductor de profesión, sentía aquella romería, que nunca hice, como algo mío. Hoy contemplo el cerro desde otra perspectiva, como un avanzado vigilante sobre el valle.

martes, 21 de julio de 2020

Orígenes del español llega a Valladolid



El programa Valladolid Letraherido del Ayuntamiento de Valladolid y el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (ILCyL) organizan la exposición Orígenes del español, 2 en la sala municipal de la Casa de Revilla de Valladolid hasta próximo 6 de septiembre. La exposición continúa el proyecto original de dar a conocer las más recientes investigaciones sobre los orígenes de nuestra lengua. Estos trabajos, promovidos por el ILCYL han ampliado notablemente lo que se conocía y daba como hechos irrefutables hasta hace relativamente poco, a partir del nuevo estudio al que se han sometido los Cartularios de Valpuesta y otros documentos medievales. El debate abierto no afecta solo a la filología, sino también a la paleografía, la historia de los ámbitos en los que se produjeron los textos, el análisis de los soportes en los que se han conservado los documentos y los procedimientos de restauración actuales. Parte de todo ello es también comprender la construcción de nuestra lengua en un contexto determinado. La publicación de los trabajos y las exposiciones a las que estos han dado lugar cumplen con otro requisito necesario y obligado, la divulgación. Cualquier trabajo institucional debe darse a conocer a la sociedad que lo financia.

Esta exposición, comisariada por José Manuel Ruiz Asencio y Gonzalo Santonja, añade a los documentos de la primera edición un aspecto sumamente interesante al incorporar algunos documentos de interés relacionados con Valladolid que, en este contexto, permiten una nueva lectura. La lengua castellana, que había nacido en un territorio comprendido entre el norte de Burgos, el actual País Vasco y la Rioja, conviviendo con otras lenguas anteriores -como el euskera- o en formación -como el navarro-aragonés y el riojano-, dejó las más primitivas huellas documentales en los Cartularios del monasterio de Valpuesta y en las famosas Glosas Emilianenses y Silenses. Desde ese territorio inicial fue extendiéndose hasta la realidad que conocemos hoy.

Estos documentos referidos a Valladolid testimonian la transcendencia para la evolución posterior de la lengua que tuvo esta ciudad a partir del siglo XIII, tras haber crecido en importancia gracias al conde Pedro Ansúrez, que hizo de su señorío un núcleo de poder en esa apasionante historia fronteriza de la península ibérica en la que no todo sucedió como contaba la historia oficial hasta hace unas décadas. Del siglo XII son un grupo de documentos que indican la importancia creciente de la ciudad, relacionada con la fundación y dotación de la Colegiata, la concesión de una feria general del 8 al 16 de septiembre de cada año (una de las más antiguas de Castilla y León) o la compra por el concejo de Valladolid de la villa de Santovenia de Pisuerga. En el siglo XIII, la ciudad ya tiene universidad y una evidente importancia en el desarrollo de los acontecimientos del reino de Castilla (en los últimos años del siglo XII se casó en Valladolid Berenguela de Castilla con el rey Alfonso IX de León, y ya en el XIII nació Enrique I y, en la plaza Mayor de la ciudad, fue proclamado rey Fernando III), que se fue incrementando a partir del siglo XIV y continuó hasta principios del siglo XVII.

Todo ello tiene una trascendencia filológica porque la lengua de los círculos cortesanos se fue formulando cada vez más en el ámbito vallisoletano. Prueba de ello es el documento que se exhibe en la sala, conocido como Tratado de Cabreros del Monte (1206). Inicialmente, se trata de un acuerdo entre Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León, que ponía fin al conflicto por la dote de Berenguela de Castilla, hermana del primero y esposa del segundo. Este documento, cuya única copia original se encuentra en el Archivo de la Catedral de León, tiene mayor trascendencia de la que parece. En primer lugar, es el primero de este tipo que está completamente redactado en romance castellano, aunque con algunos leonesismos explicables tanto por la personalidad de quien redactó la única copia original conservada como por el cruce de intereses entre los dos reinos. Según la interpretación algunos estudiosos, las prisas hicieron que el documento original no pudiera ser traducido al latín, como solía hacerse, aunque no puede descartarse la hipótesis de que se pensara desde el principio en castellano por la importancia oficial que iba adquiriendo esta lengua y que culminaría en la época de Alfonso X. En segundo lugar, aquel tratado aludía a Berenguela de Castilla, una mujer cuya personalidad necesita una revisión actualizada por su importancia. Berenguela sería sucesivamente pretendida por uno de los hijos del emperador Federico I Barbarroja, reina consorte de León (se separó de Alfonso IX, con el que había tenido cinco hijos, tras la excomunión de los dos esposos decretada por el papa Inocencio III a causa de su relación de parentesco), reina regente de Castilla y finalmente reina de Castilla durante unos días de 1217 tras la muerte de su hermano, Enrique I de Castilla. La cesión de sus derechos al trono a su hijo, Fernando III, abrió el camino a la unión de los reinos de León y Castilla.

Estos documentos no son solo material de estudio para los filólogos y los paleógrafos, nos hablan de una historia que tiene todavía una enorme influencia en la actualidad en la construcción de las identidades de Castilla y de León y de su unión. Nos hablan también de las relaciones entre estos reinos peninsulares y de sus reyes, del crecimiento de la importancia de una ciudad como Valladolid en la Baja Edad Media y de su vinculación con la lengua que había nacido unos pocos siglos antes y que hoy es la segunda del mundo por número de hablantes nativos.

La exposición contará con talleres infantiles gratuitos. El aforo será limitado y deberá accederse a la sala con mascarilla colocada correctamente. La sala cuenta con un protocolo que garantiza que es un espacio seguro.

domingo, 5 de julio de 2020

Mis padres, en la romería del Carmen de Extramuros


Mi madre tenía 18 años y mi padre 23. Se cogen de la mano, sonríen nerviosos y posan ante la cámara pocos meses antes de casarse. La imagen se la tomó alguno de los fotógrafos que se ganaban la vida retratando a la gente en los actos públicos, fotógrafos al paso, fotógrafos de ocasión, que buscaban enamorados que quisieran dejar constancia de su amor, familias que se reunían y querían el recuerdo de ese momento. Aquí están en la romería del Carmen de Extramuros, que se celebra en la misma fecha que la tan popular del Rocío. A mi madre le gustaba acudir a esta romería, aunque nunca fue mucho de misas e iglesias, y  procuraba no faltar ningún año. Cuando falleció mi padre, me pidió que fuera con ella al año siguiente y sé que acudió uno o dos años más, en los que yo no pude estar con ella por trabajo, pero dejó de ir porque ya se encontraba insegura. Mi padre se había licenciado del servicio militar unos meses antes y comenzaba a trabajar de taxista. Algún día escribiré las muchas anécdotas de aquel tiempo que me contó. Mi madre lleva un vestido veraniego suelto, con un cinturón que resaltaba su cintura y alpargatas atadas al inicio de la pierna. Mi padre, una camisa remangada. Qué guapos, delgados y enamorados están. Detrás de ellos, en la pradera, hay grupos de gente sentados en la hierba o paseando.

En Valladolid se celebran dos romerías populares principalmente. La del San Isidro y la del Carmen de Extramuros. En ambas se instalaban puestos de comida y bebida y la gente acudía en mucha cantidad a ver sacar a la Virgen o al Santo, hasta el punto de que las praderas se quedaban pequeñas. Se siguen celebrando, pero ya no es lo mismo, claro. Mis padres eran más de la del Carmen, porque nacieron y vivían muy cerca.

Hoy, domingo, pensaba en esa fotografía cuando he paseado por la ciudad, que ya no es la que conocieron mis padres sin dejar de serlo, como ya no es la mía tampoco. Hacía calor y todavía no se ha recuperado el ritmo de vida de antes del confinamiento. De todas las formas, son los tiempos en los que antiguamente se comenzaba a vaciar la ciudad. En Valladolid, la mayor parte de la gente tenía pueblo y se marchaban al pueblo en verano. Yo, que me quedaba porque no tenía, recuerdo el éxodo de la mayoría de mis amigos, que no volvían hasta finales de agosto. Entré en el antiguo convento y después colegio de las Francesas, que la orden de las Dominicas Francesas vendió para trasladarse a la Huerta del Rey, y que se trasformó en una manzana residencial y comercial. Se conserva la iglesia, ahora magnífica sala de exposiciones. De hecho, frecuentemente la antigua iglesia es muy superior a lo que allí se expone. También se conserva el patio del claustro del siglo XVI, de magnífica factura, cuya traza sigue el modelo del de Santa Cruz, ahora sede del rectorado de la Universidad de Valladolid. El suelo del claustro es de cantos y huesos de taba, muy habitual en los claustros castellanos, pero que aquí es de una factura asombrosa. Aquí y allá faltan fragmentos porque se han robado los huesos. A pesar de la reciente intervención, que se ha limitado a un ligero adecentamiento, el patio presenta un lamentable estado de conservación porque la comunidad de propietarios y el ayuntamiento no logran un acuerdo que haga lucir este maravilloso espacio.

Una iglesia que ahora es sala de exposiciones, un colegio mayor que ahora es la sede del rectorado de la Universidad, un claustro que ahora es una galería comercial, una ciudad que ya no es la misma. Mis padres, entrelazando sus manos ante el fotógrafo, con la fecha de la boda fijada para unos meses después. Tan jóvenes, tan hermosos. Con todo el futuro por delante.

miércoles, 1 de julio de 2020

Joaquín Díaz, Miradas del pasado. Fotografías antiguas de personajes y lugares vallisoletanos


Desde el inicio de lo que ahora llamamos fotografía, en el siglo XIX, uno de sus valores máximos ha sido fijar lo que se vive y, por este motivo, su fusión con la antropología fue rápida. Es llamativo cómo los fotógrafos primitivos ya tenían interés por reflejar la vida más próxima y cómo se utilizaron estas imágenes en publicaciones periódicas y libros que divulgaban las curiosidades del mundo, pero también contribuían a su comprensión y estudio. En el siglo XX, el progresivo abaratamiento de las cámaras y los revelados extendió el reflejo de lo cotidiano y pronto aparecieron fotógrafos que buscaban imágenes más allá del posado tradicional. La aparición de la técnica digital ha hecho crecer exponencialmente este uso. Sin embargo, las imágenes anteriores a la divulgación masiva de la fotografía siguen despertando en nosotros un interés, mezcla de curiosidad y de necesidad de comprender el pasado que quedó allí fijado para siempre. Agrupar temáticamente y explicar estas imágenes es una necesaria labor de quien estudia el pasado. Sin estas fotografías, gran parte de la comprensión del mundo desde el siglo XIX se mostraría insuficiente.

Joaquín Díaz es uno de los grandes nombres europeos relacionados con el estudio del folclore y la cultura tradicional. Reconocido internacionalmente por su labor como músico folclorista, en su amplia discografía se encuentran algunos de los más importantes trabajos españoles de todos los tiempos en este campo. Desde la Fundación que lleva su nombre, asentada en la localidad vallisoletana de Urueña, promueve el estudio y la conservación del patrimonio cultural en este sentido. Su actividad es constante en la exhibición, divulgación y puesta en valor del material relacionado con su campo de estudio. El legado que dejará será una de las huellas más duraderas de nuestro tiempo.

Miradas del pasado. Fotografías antiguas de personajes y lugares vallisoletanos es un libro magníficamente editado por el Ayuntamiento de Valladolid, que inexplicablemente no tenía al autor hasta ahora en su catálogo de publicaciones y ha sabido corregir el vacío. En él se publican fotografías antiguas de Valladolid reunidas en torno a los fotógrafos que las tomaron, los escenarios de la ciudad que retratan y su gente. Se acompañan de textos breves de Joaquín Díaz que explican con gran profundidad, pero de forma clara, lo que en ellas se ve. Estas imágenes tienen interés porque nos dejan ver la ciudad antigua, pero también las personas que la vivían y su comportamiento ante la novedad técnica que suponía la fotografía que las retrataba. Por sus características, hay que valorar muy positivamente el trabajo de Ana Moyano en el diseño y la maquetación y el retoque fotográfico de Víctor Hugo Martín Caballero para que el formato y la presentación resulten atractivos.

Lo que en su día tenía intención de recuerdo de alguien que se quería conservar o de un espacio que se quería divulgar, se trasforma ahora en una memoria colectiva, como dice el autor: Hablamos siempre, por tanto, de un escudo antropológico contra el olvido, de un aceite esencial contra la herrumbre del tiempo. El estudioso nos va indicando esas diferentes posiciones ante el fotógrafo, desde el que es consciente de que está siendo fotografíado y posa a la manera de la época (sería interesante un estudio sobre la evolución del posado desde el inicio de la fotografía o aquellas imágenes que se usaban en el siglo XIX como tarjeta de visita, hasta la pronta utilización propagandística o el postureo actual, cuando ya ni necesitamos que sea otro el que nos tome la fotografía). Quizá quien posa lo hace para alguien en concreto, el destinatario de la imagen (el álbum familiar, un amor que está lejos con la esperanza de que nos porte siempre en el bolso o en la cartera), otros, los más conscientes de su personalidad e importancia, para la inmortalidad, como aquellos escritores o políticos que posaban como tales. De muchos, ahora, no sabemos sus nombres, pero queda su posado, que nos ilustra una época y una forma de estar ante el fotógrafo que, en el fondo, es una forma de querer ser en el mundo. Pero el estudioso también nos indica el interés de algunos que no posan, de niños curiosos observando a quien retrata una escena, de aquellos que están ante el objetivo sin saberlo. Cómo nos ayuda todo esto a comprender no solo la imagen sino las actitudes individuales y colectivas.

El volumen se organiza por secciones, comenzando por la que se dedica a los primeros fotógrafos de la ciudad, agrupados aquí ya para siempre junto a una selección de sus trabajos y un texto explicativo. Sigue la que aborda Las formas de mirar, que nos ilustra sobre ese estar ante el hecho de la fotografía y que se trasforma en un interesante juego de tres miradas: la del fotógrafo que toma la imagen, la de aquellos personajes capturados en ella y la de nosotros, que los miramos y nos interrogamos sobre todos ellos. Estas imágenes se reúnen por espacios significativos de la ciudad de Valladolid (la plaza de toros, las calles, la antigua Puerta del Campo, Fuente Dorada). En Lo material y lo inmaterial se agrupan imágenes que nos invitan a reflexionar sobre la mentalidad colectiva y las creencias ante la muerte, ferias y fiestas, el patrimonio y la educación y la relación de la modernidad con los edificios relacionados con el hierro como elemento constructivo, pero también definitorio de una época. Las miradas personales y los avances industriales nos hace entrar en cómo la sociedad fue cambiando con el progreso técnico y esa evolución afectó a las cosas, pero también las personas y los colectivos que posaban orgullosos para dejar constancia de su presencia como grupo. De gran interés es la sección final del libro, dedicada a Los lugares y la memoria, que parte de una profunda y oportuna reflexión sobre lo que significa la ciudad como memoria individual y colectiva: Las ciudades crecen y se modifican, por tanto, en virtud de las necesidades de sus habitantes o de las ideas de quienes trabajan para ellos (...). Pero una ciudad puede ser algo más. Puede estar constituida también por el conjunto de imágenes que albergan las memorias de su moradores. Se agrupan por lugares imprescindibles: la Plaza Mayor, los templos, el centro de la ciudad y los nuevos edificios de la burguesía de finales del siglo XIX, el río Pisuerga...

Miradas del pasado es un libro que puede abordarse por mera curiosidad, pero a poco que el lector se moleste en comprender, queda tocado por una reflexión continua sobre las relaciones del espacio con las personas que lo habitan y lo trasforman, gracias a la mirada de los fotógrafos que nos han dejado fijados para siempre momentos que de otras maneras no conoceríamos.

*
Siempre es un motivo de alegría asistir a la presentación de cualquiera de los trabajos de Joaquín Díaz, pero, en la mañana del pasado viernes, la alegría se aumentaba porque era el primer acto que tenía lugar en la Casa de Zorrilla de Valladolid después del estado de alarma causado por el COVID-19. El jardín romántico de la Casa se ha acondicionado con todas las medidas de higiene, distancia y seguridad indicadas por las autoridades y su protocolo garantiza la confianza del público que asistió a la presentación, conducida entrañablemente por la directora del Servicio de publicaciones municipal, Paz Altés, y en la que el autor leyó un texto breve de gran calidad sobre el valor antropológico de las imágenes fotográficas y su evolución a lo largo del tiempo. El jardín romántico de la Casa de Zorrilla, uno de los lugares vallisoletanos más agradables para celebrar actos públicos en verano, cuenta con una programación bien atractiva, aunque con las limitaciones de aforo lógicas.

Paz Altés y Joaquín Díaz en la presentación del libro el pasado 26 de junio,
en el jardín de la Casa Zorrilla de Valladolid


jueves, 25 de junio de 2020

De pronto, otro horizonte


De pronto, otro horizonte. ¿O es el que llevo conmigo desde la infancia?
Cambio de lugar, pero el sol es el mismo cuando atardece.
Lo que antes era sierra, ahora se hace altura de páramo,
ensoñación de cielo, luz profunda
sobre el surco de tierra infinita;
allá estarán las aves buscando el arrimo
del árbol, qué alborozo de recogida,
qué alegría encontrarse al final de la jornada.
A media tarde, cuatro gotas
y todos se refugian al abrigo de los soportales.
Antes de escampar, me echo a la calle
y dejo que la lluvia me juegue en la frente.
Con el frescor del agua
se me hace la ciudad
cumbre de peñas, pico de castaño,
el suelo se me siembra de mejorana,
asfalto renacido de tomillo.
Me he traído pegado a la camisa
el olor más intenso de la candela,
junio entero que llena las plazuelas
y que brota senderos y zarzales en flor
en los pasos de cebra, bajo el asombro niño de los peatones.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

domingo, 12 de abril de 2020

Un corzo por las calles de Valladolid y otras cosas que uno aprende en el confinamiento.


El día ha sido cambiante. Se levantó a la mañana despejado, luego se nubló y antes de anochecer nos ha regalado una luz limpia y nueva. Parece que quiere acompañar nuestro cambiante estado de ánimo. He estado a punto de escribir que a media mañana se anubló. A veces me detengo en palabras que no uso normalmente: anublar, nublo, como también invernizo. Estas palabras, como los buenos trozos de carne o dulce, llenan la boca: A mediodía  estuvo nublo, pero también las personas pueden nublarse. Yo me nublé hace dos o tres días. Ya llovió, ya pasó la nube.

Ayer aprendí una palabra: ludia, que debe usarse solo en tierras extremeñas. La creí un localismo y la encontré en el Diccionario de la Real Academia, que la recogía. La busqué en su etimilogía y me llevé una sorpresa, como tantas veces. Ludia, que me ha llegado desde Extremadura como levadura o fermento (es decir, lo que se utiliza para hacer subir el pan), viene del latín levitus (elevado) a través de levitum - leudo - leudar - ludiar - ludio/a. Si estuviera aquí mi buen amigo Antonio Gutiérrez Turrión disfrutaríamos con esto, seguro. A él le gusta remontarse a la etimología de las palabras para comprenderlas mejor en su totalidad desde su origen y descifrar los añadidos posteriores. Así que lo que yo creía un localismo extremeño es una palabra que allí quedó del latín y que no he encontrado en otros lugares. Qué cerca tengo Extemadura desde aquí, pero qué imposible pisarla por ahora. Me ha llegado hasta el confinamiento una palabra suya y con eso ya está resuelto el día en positivo. Bueno, también me han hablado hoy del cojondongo extremeño, que desconocía y pienso consumir en cuanto apriete un poco el calor, tanto si nos han dado suelta como si no.

Acabo de ver un vídeo de un corzo corriendo por las calles de Valladolid hoy mismo. Se vio primero en Parquesol, pero la imagen que me ha sorprendido es descubrirlo cerca de la estación de autobuses, en pleno centro, al lado del Campo Grande. Corrió luego el Paseo de Zorrilla hasta Covaresa. Cuántas veces he pisado esos mismos lugares. El corzo extraviado, sorprendido, asustado. Notaba la presencia del ser humano, pero no nos veía. Ojalá haya encontrado la salida del asfalto. Que vuelva cuando la hierba haya cubierto las calles y la hiedra salvaje tape las fachadas de los edificios.

martes, 26 de junio de 2018

I Tenorio en la calle en la ciudad de Valladolid

La escena de la Hostería del Laurel, con la fachada del Colegio de San Gregorio.
La asociación Amigos del Teatro de Valladolid perseguía un sueño desde hace una década: montar el drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla en las calles vallisoletanas y ha encontrado este año el apoyo decidido en el Ayuntamiento de Valladolid, con el corazón de la actividad puesto en la Casa Zorrilla. La feliz unión que se produjo en el montaje del pasado sábado 23 de junio hay que celebrarla. Esta compañía, además, puede lucir los galones de ser la decana en España a la hora de llevar a escena la obra de Zorrilla puesto que lleva setenta y cinco años haciéndolo siempre con éxito de público y, en las últimas temporadas, con indiscutible éxito de crítica (como Amigos del Teatro cuarenta años pero hay que sumarle su origen como compañía de Ángel Velasco). Desde hace años monta este drama todos los meses de noviembre en el teatro Zorrilla de Valladolid a la altura de cualquier compañía profesional española. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en estos momentos, si alguien quiere ver en España un Don Juan Tenorio clásico de gran calidad no tiene mejor oferta que acudir a sus montajes. Por otra parte, no hay ninguna compañía profesional en España que tenga esta obra en su repertorio anual, como sucedía antes, y las que se deciden a montarla se forman especialmente para la ocasión o lo hacen esporádicamente.

Inevitablemente surgirá la comparación con la propuesta de Don Juan en Alcalá, que desde 1984 congrega a miles de visitantes en una fiesta declarada de interés turístico regional, también con algún otro proyecto fallido o montajes ocasionales fuera de locales teatrales (hablo solo de España, claro, porque hay experiencias en el extranjero singularmente atractivas, como las escenificaciones del Tenorio que acomete anualmente con gran éxito la Compañía Nacional de Teatro Clásico Fénix Novohispano de México, que ha llegado a representarlo en el metro).

Esta propuesta del Tenorio en la calle de Amigos del Teatro de Valladolid tiene su personalidad, que la aleja del Don Juan en Alcalá: el respeto al texto y a la mejor tradición escénica del Tenorio, fuera de todo tipo de lucimientos de directores de escena, actores, adaptadores o empresarios; la coherencia del cuerpo de actores y todos los responsables, desde el director hasta el último de los miembros de la compañía, que llevan muchos años integrados en una misma forma de entender la obra y representarla, nada vulgar ni antigua; la huida de todo efecto mediático que propicia la contratación de actores populares con dinero público mirando más el logro publicitario que el espectáculo teatral, etc. Este proyecto, además, tiene otra singularidad: cada año se montará en un barrio de la ciudad, porque persigue el acercamiento de la obra y del teatro a todos. Busca también por lo tanto, formar espectadores. No solo es un Don Juan Tenorio en Valladolid sino que es un verdadero Don Juan itinerante. De todas las formas, no es cuestión de rivalizar ni de comparar, sino de celebrar que el drama se represente en la calle, que el teatro salga a buscar a los espectadores y que todo ello contribuya a acercarlo al público. Todo suma en beneficio de la cultura y del teatro.

En esta ocasión se ha contado con cuatro tablados en lugares absolutamente emblemáticos, muy próximos y que Zorrilla conoció en vida. En ellos, pues, no hay que inventarse una relación con el autor del drama, que era otro de los alicientes de esta primera vez. El primero se instaló en la fachada del Colegio de San Gregorio (Museo Nacional de escultura) para las escenas de la Hostería del Laurel y de la calle; el segundo, en el lateral del Palacio de Pimentel en la plaza de San Pablo, para las escenas del convento y de la quinta de don Juan; el tercero y cuarto, para la segunda parte de la obra, en los jardines de la Casa de Zorrilla, museo instalado en la casa natal del autor romántico que se ha convertido en referencia cultural de la ciudad. Ha de recordarse, para los que no lo conozcan, que desde hace años se representan las escenas del panteón en ese mismo lugar, en el mes de noviembre y que allí se crea una situación muy especial para la ocasión y que, por lo tanto, parte de la experiencia no es nueva ni se ha diseñado para esta ocasión.

En este I Tenorio en la calle todo resultó muy bien. Los cambios de tablado fueron resueltos con rapidez y eficacia por los actores y el personal técnico. El público se mostró respetuoso, soportó el calor, los cambios de lugar y estar varias horas de pie y asistió muy interesado a la representación. Los jardines de la Casa de Zorrilla se llenaron, hasta un punto en el que no hubiera sido conveniente más espectadores.

Lo que es más importante, la representación fue brillante, en especial las escenas de la quinta de don Juan, con Vidal Rodríguez (don Juan), Jesús Cirbián (don Luis) y Pedro Martín (don Gonzalo), excepcionales cuando se encontraron juntos en la escena. El diálogo entre don Juan y el Escultor (Joaquín Yllera) ha sido siempre resuelto con gran solvencia por esta compañía, así como los diálogos en la quinta y el panteón entre don Juan y doña Inés (Laura Peláez). Del resto del cuerpo de actores se puede decir que están a la altura que se requiere en todo momento, aunque quiero destacar  en esta ocasión a Adela Valentín como Brígida y Jesús López (Avellaneda), quien da el carácter perfecto para su personaje. Como he dicho antes, la ventaja de esta compañía es que saben que la importancia de su propuesta es la coherencia del conjunto, la unidad en la representación y la forma de actuar y la manera cohesionada de decir el verso, lo que permite ver el Don Juan Tenorio y no a uno u otro actor o el montaje particular del director. Tiempo y ocasión hay para ver otras propuestas a partir del drama de Zorrilla, por supuesto, pero yo siempre invito a entrar en la obra por la fiesta teatral que es esta obra en su montaje clásico, que demuestra, cuando se hace con la pasión de los Amigos del Teatro de Valladolid, que sigue siendo actual y entretenido.

Este año, además, sucedía algo especial. Después de dieciséis años, se despedían de sus papeles Vidal Rodríguez y Jesús Cirbián. De hecho, cuando se daban la réplica estuvieron a la altura de sus mejores funciones y se despidieron con una honestidad y humildad que avala su trabajo durante estos años para que haya lucido la compañía entera. Es un difícil reto para quienes los reemplazarán en la próxima temporada pero conociéndolos perfectamente, estoy seguro de que estarán a la altura del mejor montaje clásico del drama de Zorrilla que puede verse en la actualidad.




Vidal Rodríguez (Don Juan Tenorio) y Jesús Cirbián (Don Luis Mejía)
 se despedían de sus papeles respectivos con esta función después de 16 años interpretándolos.
Las escenas de la quinta de Don Juan se representaron en el lateral del Palacio de Pimentel.



El escenario para la cena, preparado en los jardines de la Casa Zorrilla.
Vídeos de mi presentación de la función junto a Félix Hernández,
 presidente de la Asociación de Amigos del Teatro de Valladolid.




Reseña en El Norte de Castilla, aquí.
Excelente galería de fotografías de El Norte de Castilla, aquí.