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miércoles, 25 de febrero de 2026

Almendro en flor

 


Todo así, como esta flor
que regresa a mí constante,
anuncio de primavera
a manos llenas de vida.
A pesar del largo invierno.
Aún hay camino. Sigue.


(Desde el 2008 persigo la floración de los almendros -en realidad desde que me besaron debajo de uno en medio de una espiral de hormigas aladas-, puedes verlo pinchando en este enlace. Recuerda que las entradas se recuperan en orden inverso a su publicación.)

jueves, 21 de agosto de 2025

Pétalos blancos y hormigas aladas

 


Había en el suelo una rama rota de almendro, desgajada del árbol. Recogí los almendrucos y me los eché al bolsillo, a pesar de que aún falta un poco para que la almendra esté madura. Ya lo he contado: fui besado por primera vez bajo un almendro en flor cuando yo apenas salía de la infancia. Voy pensando que es el único beso que he recibido sin que se esperara nada de mí a cambio (el más puro, el beso por el beso mismo). Nevaban flores de almendro y ella me miró primero, antes del beso. Se quedó parada un momento, contemplándome, antes de acercarse. Tardé en comprenderlo todo. El caso es que he recogido los almendrucos y ahora los sostengo sobre la palma de mi mano, verdes, irregulares, promesa de fruto. Los observo intrigado, sin decidirme a abrirlos para comprobar su sazón. Con miedo, incluso, por si, al abrirlos, hasta ese beso perdiera la pureza con la que lo recuerdo, contaminado por todos los otros que vinieron más tarde. ¿Y si alguno de estos frutos contuviera la esencia de aquella estampa, como esos recuerdos que se guardan con gran cuidado en una caja, envueltos en papel de seda? ¿Y si al abrirlos se esparcieran por el aire todos los pétalos blancos y las hormigas aladas?

lunes, 24 de febrero de 2025

La flor del almendro

 


¿Dónde estaba yo si ya los almendros han florecido hace unos días, si anuncian la primavera con la incertidumbre de lo delicado y la sorpresa del que va encogido a sus cosas y se encuentra, de pronto, con la blancura del renuevo? ¿He olvidado ya aquel primer beso debajo de un almendro florecido? ¿La belleza de lo que es cotidiano, la infancia de juegos junto a aquella fila de almendros casi centenarios, las rodillas heridas por la corteza al trepar por su tronco? ¿La levedad del tiempo inevitable?

(Desde el 2008 persigo la floración de los almendros -en realidad desde que me besaron debajo de uno en medio de una espiral de hormigas aladas-, puedes verlo pinchando en este enlace. Recuerda que las entradas se recuperan en orden inverso a su publicación.)

domingo, 11 de febrero de 2024

Hoy he salido a ver los almendros en flor

 




¿Sirve de algo decir hoy he salido a ver los almendros en flor? Estos, digo, al borde del camino. Han florecido los almendros y esa es la noticia.

¿Florecen los almendros en las tierras en guerra? ¿Se queda el soldado contemplando la belleza de la flor al menos unos segundos, antes de seguir su avance? ¿Cuando un misil cae junto a un almendro en flor, nieva con ternura sobre las víctimas? ¿Alguien fotografía un camino por el que circula una larga fila de carros de combate flanqueados por almendros en flor?

Levanto mi mano hacia la rama. Con la yema de los dedos acaricio los pétalos de la flor. Qué frágil es, qué eterna.

(Desde el 2008 persigo la floración de los almendros -en realidad desde que me besaron debajo de uno en medio de una espiral de hormigas aladas-, puedes verlo pinchando en este enlace. Recuerda que las entradas se recuperan en orden inverso a su publicación.)

sábado, 10 de febrero de 2024

Tan larga, la espera

 

Carne como la flor
del almendro temprano
junto a la acequia.
Las manos se hacen besos.
¡Tan larga, la espera!

(© Pedro Ojeda Escudero, El camino de los corzos, 2024)

domingo, 12 de febrero de 2023

Sabe el almendro toda la belleza

 


Sabe el almendro
ser toda la belleza.
Se hace la vida.

Esta condición fértil del almendro la reconocen los mitos griegos. De una polución nocturna de Zeus nació Agdistis, hombre y mujer, al que Dionisos provocó su castración. De la sangre de sus genitales nació el primer almendro del mundo. Agdistis, como diosa, fue venerada en Anatolia. Esta procedencia, garantiza la potencia fecundadora de la almendra y así, Nana, hija de Sangario (dios río de Frigia), recogía despreocupada almendras en su seno, que desaparecieron en su vientre y quedó embarazada. De ella nacería Atis, criado por un carnero tras ser abandonado por su madre. Atis fue amante de Cibeles, quien lo enloqueció hasta el punto de que Atis se castró. Tanta fue la pena del padre de su prometida, que también se mutiló. De ahí nacerían los coribantes, que se autocastraban para dedicarse al culto de Cibeles. La cosa es más complicada aún porque algunos argumentos del mito quieren que Cibeles sea, en realidad, Agdistis, quien arrepentida de todo lo ocurrido procuró la metamorfosis de Atis en un pino siempreverde para que no se pudriera.

Ignora todo esto el almendro que he visto florecido en el paseo de hoy, claro. Él estaba a lo suyo. A mí me basta con esta tozuda condición del árbol que florece antes que ningún otro por estas tierras, no estoy para más filosofías que dejarme asombrar por su belleza. Qué difícil llegar a esta primavera que anuncia la flor abierta, seminal y limpia.


lunes, 6 de febrero de 2023

Apuntan ya los almendros a flor

 


Apuntan ya los almendros de esta tierra a flor. Los vigilo en mis paseos como si me fuera la vida en ello. Me va la vida, en realidad, apostada.

¿He contado ya que mi primer beso fue bajo un almendro en flor rodeado de hormigas aladas? Qué he hecho de mí desde entonces...

Si cierro los ojos veo cinco almendros en flor. Cuando los abro, es invierno.

Cuando el mundo se terminó, yo tenía en la mano una flor de almendro. Qué precisión de belleza última.


domingo, 13 de febrero de 2022

La fortuna del almendro en flor

 


Vas a tus cosas
con el ceño fruncido,
preparado a la guerra
incesante de un día
que se prolonga en grises
y de pronto lo ves. 
Ahí te paras, 
ante el almendro en flor. 
No importa dónde
ibas ni para qué
saliste de tu casa.
Después de unos minutos,
echas a andar de nuevo.
Aunque lo intentes,
no eres el mismo.

©Pedro Ojeda Escudero, 2022

Juraré siempre que el primer beso que recuerdo lo recibí debajo de un almendro en flor y que nos rodeaban hormigas voladoras. El mundo aún no había sido descubierto y carecían de nombres las cosas, el suelo estaba tamizado de pétalos de flores y ambos éramos niños. ¿Recordará ella aquel beso?

(En mi viaje de regreso, he visto el campo lleno de almendros en flor, me preocupaba que los míos, que suelo traer a este blog, aún no estuvieran florecidos y he salido hoy en su busca para traerlos. Pinchando aquí podrás leer todas las entradas que le he dedicado a la flor del almendro en el blog, desde la primera de 2008).

miércoles, 2 de febrero de 2022

Ayamontinas

 


Hace frío esta mañana,
toda la tierra está helada.
Qué pequeño es el jornal
para el que tanto trabaja
y qué larga es la jornada.

Teniendo monte delante
buena manta y buen talante,
no entiendo que no sonrían
y nos amarguen la vida.

Que la tierra no se cerca,
que el mundo es grande y de todos,
el agua empapa la arena
porque cae libre y abierta.

Prometen flor los almendros
a los que andan los caminos,
pero a mí se me revuelven
al no caminar contigo.

En el medio de tu patio,
un pozo con agua fresca
para que laves tu cara
y tenga envidia la adelfa.

Cuando vuelves y me miras
tan profunda y tan gallarda,
son más verdes tus pupilas
que las aguas del Guadiana.

©Pedro Ojeda Escudero, 2022

(La fotografía es de hoy mismo. Los almendros, en Valladolid, apuntan ya flor. Quienes me conocen bien, saben que tengo una vena que me aproxima a la poesía popular y que de vez en cuando no me resisto. Aquí un ejemplo.)

viernes, 1 de octubre de 2021

Bajo un almendro

 


Busco siempre los almendros. Estos árboles pasan desapercibidos la mayor parte del año, hasta que florecen cuando aún es invierno. Cuando florecen, qué espectáculo. El árbol viste de blanco y el suelo se tiñe de pureza. Los tengo asociados a mi infancia. Junto a las casas de los trabajadores de Villa Paulita, la finca del propietario de la empresa en la que vivíamos, había una fila de almendros veteranos. Mi memoria me falla y ya no sabe recordar si eran cuatro o seis, más dos secos, en los que mi padre improvisó un tendedero para que mi madre pusiera la ropa a secar al sol. Los recuerdo grandes, con el tronco ancho, pero fácil de escalar para que los chavales buscáramos los almendrucos, que comíamos casi siempre verdes, a costa de desollarnos las rodillas con la corteza rugosa.

Uno de los almendros secos tenía una vieja herida ennegrecida en la que un año hicieron nido los gorriones. Me gustaba asomar para ver a los gurriatos, feos y lamidos, hasta que un día, mucho antes de que pudieran volar, ya no los encontré. Quizá un gato encontró el nido o algún otro chaval se los llevó para que su madre los preparara fritos. Todos mis amigos tenían carabinas de aire comprimido para cazarlos con perdigón o tirar a las latas oxidadas.

Bajo uno de esos almendros me besaron por primera vez. Era yo apenas un niño asombrado y ella un poco mayor que yo. Recuerdo que los almendros estaban florecidos y había hormigas voladoras, pero este tipo de hormigas solo salen en septiembre en Valladolid, cuando comienza la temporada de lluvias. No importa, en realidad, que febrero y septiembre se unan en mi recuerdo, qué hermoso estaban todos los almendros en flor, el suelo nevado y las hormigas voladoras dando vueltas en torno a aquel beso.

Este almendro de la fotografía no es lo mismo.

lunes, 8 de febrero de 2021

El milagro del almendro en flor

 


Como es habitual, traigo aquí el milagro del almendro en flor. Comienzo cada año con el temor de que no ocurra o de que yo no pueda contemplar la floración. Qué sorpresa cuando llega. Hace unos días, vi el primero, a lo lejos, desde la autovía, sin poder detenerme (¡qué explosión de blanco en el verdor incipiente del páramo castellano!) y he estado desasosegado desde entonces. Hoy, al fin, he tocado con cuidado una rama florecida. Qué delicadeza la floración de este árbol, tan humilde y escondido la mayor parte del año. De pronto es la hermosura. Ya todo está bien, el año comienza en su orden.

sábado, 29 de febrero de 2020

La vida a contrapié


Al final, los almendros me esperaban en flor a mi regreso. Estos dos almendros de la antigua guardería junto al paso del ferrocarril del Arco de ladrillo deben estar enfermos. La mitad de la copa no ha dado flores ni apuntan las yemas de los brotes nuevos. Cuando me fui, las flores eran promesa. A mi regreso, están ya deslucidas por el tiempo. En algunos lugares la flor ya había pasado, en otros no había brotado. En estos, decaen. Qué breve es todo, pero qué hermosa es también esa etapa final de la flor que muchos consideran fea. Anticipa ya el fruto, que llegará. He corrido demasiado estas semanas, llevo un tiempo -largo- a contrahora.

Afortunados aquellos que sienten que la vida les llega siempre a tiempo.

jueves, 20 de febrero de 2020

La perseverancia del almendro


La mayoría de los frutales de estas tierras son árboles humildes y callados, que están a su labor diaria sin darse ninguna importancia. Al borde de un camino, pasan desapercibidos para el paseante, que va a lo suyo -quizá habla solo-, pero hay días como estos. El camino, el pueblo a lo lejos. Y el humilde frutal que ha vestido sus galas. Levanto la cabeza, sonrío. Parece que este año también hay primavera.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Promesa de flor de almendro


Ya está cerca la flor del viejo almendro, ya está cerca. Apenas promesa aún, frágil anuncio. Recuerdo hoy aquellos almendros de mi infancia. Cuatro vigorosos, que escalábamos los niños para aventurarnos al cielo, dos enfermos y uno muerto, que servía de poste al tendedero en el que mi madre ponía a secar las sábanas. Se agitaba la ropa con el viento, jugaba con la luz y blanqueaba el aire: blancas también las flores de los almendros cuando anunciaban la primavera. La urbanización de aquella zona, a las afueras de la ciudad, los arrancó de cuajo, descorazonando la tierra.

Cada año temo perderme la floración de los almendros. En este me ha burlado: o bien ya habían perdido la flor cuando llegaba o no se habían abierto aún cuando marchaba. Antes de subirme al tren he visitado los almendros que suelo fotografiar cada año para traerlos aquí, esperanzado, como si el deseo pudiera adelantar el tiempo. A estos almendros les faltan apenas unos días, quizá unas horas, pero he de tomar el tren y salir de viaje. Quizá este año no tenga primavera.

domingo, 10 de febrero de 2019

El almendro en flor de la cuesta de las Olivillas


Están los amigos atentos a mi encuentro anual con la floración de los almendros. Si cierro los ojos veo con nitidez los almendros en flor de Villa Paulita en una Semana Santa y siento el beso en la mejilla -niños los dos, quién sabe qué sintió ella al dármelo, pero yo aún lo recuerdo-; seguro que me engaño al hacer coincidir aquel beso con el vuelo de unas hormigas aladas, pero allí se me juntan sus labios besando mi rostro, las hormigas en espiral como una bruja y los cinco almendros en flor como fogonazos de la memoria. Ninguno de nosotros llamaba así la finca Minaya, claro. Los almendros, junto a las casas de los empleados, se pasaban el año disimulando su belleza, sirviendo de postes para los tendederos, hasta que no podían esconderla más. Luego venía treparlos para tomar los almendrucos y comerlos, casi siempre verdes. No había paciencia.

Uno se fija así en un almendro, como si lo descubriera, incrédulo, como si no hubiera estado allí hasta que llegan las flores. Sucede lo mismo con este de la cuesta de las Olivillas de Béjar. De pronto, está: es un almendro. Me lo dijeron al bajar en grupo de la Francesa: Ha florecido el almendro de las Olivillas. ¡Han florecido los almendros de las Olivillas, a la solana! Ha hecho su labor el sol de enero.

martes, 13 de marzo de 2018

El anuncio de los almendros en flor


No puedo esperar más. Casi un mes después que al año pasado he salido a buscar el almendro en flor en mi tierra. Algo más que un botón ya pero todavía la flor solo es promesa en algunas ramas, las más expuestas al sol, las primeras cada temporada. Ha tardado en despejar la noche pero ya está aquí, a las puertas. ¡Promesa, luz sobre los rostros! ¡A la calle a contemplar el regalo anual de la primavera!

lunes, 13 de marzo de 2017

La belleza efímera del almendro en flor


Ocurre casi todos los años. Después de florecer los almendros regresa el frío. Iba yo a clase esta tarde y atravesé el Parral. Viento helado y nubes negras y haciendo frente, el almendro florecido. 

He hablado de la belleza y del arte como motor de la renovación literaria que impulsó Rubén Darío, de la frustración del artista al no alcanzar la plenitud y de su consecuencia, el texto literario. Los verdaderos poetas saben que todo poema es el ejercicio de una insatisfacción. La obra de arte como intento repetido por lograr el objetivo. Ante esta línea, la contraria, la que no quiere Darío: De más decir que en todo círculo de jóvenes que escriben todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos pimienta, o frase caricatural, que evita todo pensamiento grave. En aquella época predominaba una poesía prosaica y anecdótica que rivalizaba con otra retórica y hueca. Frente a ellos pedía Darío nuevos ritmos, nuevas melodías, nuevos artistas. Hay épocas que resultan ya sabidas y se debe buscar siempre algo que rompa las tendencias que llevan décadas establecidas. Darío pedía algo más: Por más que digan los juguetones ligeros o los niños envejecidos y amargos, fracasa solamente el que no entra con pie firme en la jaula e ese divino león: el Arte, que, como aquel que al gran rey Francisco fabricara el mismo Vinci, tiene el pecho lleno de lirios. A veces me pregunto si entre el arte que se vuelve escéptico de lo artístico y el arte con mera finalidad comercial y tanta superchería e impostura no vivimos hoy tiempos similares.

Mientras tanto, la belleza efímera del almendro en flor -un árbol humilde y escondido la mayor parte del año pero que lleva lirios en el pecho- en mitad de un día frío y gris en el que la primavera parece alejarse. 

martes, 28 de febrero de 2017

Almendros en flor


Por mi tierra han comenzado a florecer los almendros. Tímidos y delicados. Un año más y con qué cuidado sutil que te hace cuestionártelo todo: qué eres, qué quieres, qué necesitas. No deja de asombrarme. Me ha soprendido así, en mitad de la noche y de una cierta tristeza. ¡Y qué fogonazo de blancura, qué nuevo siempre! Qué promesa de vida, de campo ya hacia la alegría y la luz, que te nace dentro.


miércoles, 2 de marzo de 2016

Almendros en flor, Ávila y XIV Premio de la Crítica de Castilla y León


Desde el tren,  Castilla se extendía ojos marrón y azul. Iba hacia Ávila pensando en si era cierto lo que decían los modernistas de estas tierras. Contemplaban el paisaje y su desnudez y pedían a sus habitantes condición de místicos o soldados. Interpretaba Unamuno que aquí solo podían darse de verdad estos seres y que su falta estaba en la raíz de tantos males de las tierras de España. Es actitud de filósofos exigir condición heroica y ascética a las personas como si no bastara vivir lo cotidiano, como si todos tuviéramos la misión de salvar la historia de España, una bien contradictoria, por cierto. Sea como sea, es cierto que este paisaje es intensamente esencia y en los días de luz abierta en los que las nubes no se presentan todo se extiende en en ojos azules, grises y marrones porque parecería no haber nada donde anclar la esperanza. Pero si nos acercáramos más veríamos pequeños manantiales, fuentes sonoras y regatos frescos que verdean durante quilómetros hasta que mueren en un río. Veríamos pequeñas huertas y personas que van a sus faenas debajo de este inmenso azul.

Desde Valladolid hasta Ávila, el tren atraviesa tierras por donde caminaron Teresa de Jesús y Juan de la Cruz cuando sufrían persecución por la reforma del Carmelo pero insistían en ella. La jerarquía de la iglesia oficial de aquellos tiempos se los apropió pronto tras maltratarlos en vida porque nada hay mejor para el equilibrio del poder que asimilar a los que pueden desestabilizarlo. Tanto los asimiló que los conviertieron en leyendas en las que difícilmente se los reconocía, como ha sucedido también cuando desde ideologías más modernas se ha querido convertirlos en nuestros contemporáneos. Ni lo uno ni lo otro. Teresa de Jesús y Juan de la Cruz fueron personas de su tiempo, enraizadas en una época convulsa y de cambios sustanciales en la forma de entender la espiritualidad y las relaciones entre el individuo y la sociedad.

El motivo de mi viaje a Ávila era intervenir como miembro del Jurado del XIV Premio de la Crítica de Castilla y León, del que formo parte desde su inicio. Como nos encontramos en plenas conmemoraciones del V Centenario de Teresa de Jesús, no es de extrañar que dos de los finalistas del Premio trataran sobre ella. Sobre Teresa de Jesús es, precisamente, el título del escrito en colaboración por José Jiménez Lozano y Teófanes Egido. El primero es autor de un texto en el que se interpreta literariamente esa conflictiva relación entre Teresa y las autoridades eclesiásticas y el segundo construye un monumento histórico que se consolodirá seguramente como el perfil más ajustado a quien fuera aquella mujer desde la afirmación inicial de su ascendencia judeoconversa, consolidada ya de forma indiscutible, y que tanto ayuda a comprenderla.

El título ganador de este año ha sido El castillo de diamante de Juan Manuel de Prada. Desde mi punto de vista, es la mejor novela de este autor. En ella desaparecen algunos rasgos de su escritura que lo hacen excesivamente retórico en muchos de sus textos y construye un sólido y documentado relato histórico en el que nos presenta a Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli como personas antes que como leyendas históricas y a partir de sus relaciones levanta un cuadro vivo en el que se caracterizan las relaciones de poder de aquellos tiempos, aparte de jugar con modalidades narrativas propias del siglo en el que vivieron.

Entre los finalistas se encontraban también obras de la calidad de Café Biarritz de José C. Vales (Premio Nadal 2015), Donde nos estás de Gustavo Martín Garzo, El sentimiento de la vista de Miguel Casado, Distintas formas de mirar el agua de Julio Llamazares (que retiró su candidatura al no considerarse reconocido en calidad de castellano y leonés), Las inglesas de Gonzalo Calcedo, ...Y todo lo que es misterio de Andrés Soler, Nunca el olvido de Elena Santiago y Confiado de José Antonio González Iglesias (XXXVI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla). Una buena y variada cosecha, sin duda. De muchas de ellas -incuida la obra ganadora- publicaré aquí reseñas en las próximas semanas.

Y al llegar a Valladolid fui a reencontrarme con la extraordinaria humildad de mis almendros en flor, los que año tras año fotografío para este blog. Javier García Riobó me había anunciado que ya habían forecido hace días -un poco después de que yo buscara a sus hermanos en Ayamonte- y casi me pierdo su blancura dulce, quizá ella sí la más apropiada para estas tierras. Encajados desde hace mucho tiempo en plena ciudad en un rincón que se ha salvado del homigón son la mejor expresión del misticismo que necesitamos en estos tiempos que se han decantado hacia el ruido. Y un anuncio de que si ellos han podido salvar los fríos de las últimas semanas, la primavera ya está aquí, franca, democrática y luminosa.

domingo, 15 de marzo de 2015

Almendros en flor


Este año no pude esperarla -la necesitaba- y bajé a buscar la primavera al Sur en febrero. Allí asistí a la sorpresa, para mí inesperada, de los almendros en flor en tiempos desusados en mi tierra. Y esta semana, al fin, me alcanza su floración. Desde que regresé, he acudido un par de veces por semana al lugar en el que está el humilde almendro que fotografío cada año para este blog. Vi apuntar las yemas, iniciar la formación débil, eficaz y desatada de la flor. Y aquí está el regalo anual de este almendro que cumple su función casi escondido en mitad del tráfico urbano. No es posible negarse a esta belleza por mucho que estés atareado y con la cabeza llena de preocupaciones. A veces un peatón mira la blancura renacida y agacha la cabeza y pasa rápido como si algo le amenazara, como si la belleza fuera a herirle su tristeza. Hasta ese punto nos han hecho de gris granito nuestra mirada las ciudades. Pero muchos se paran y respiran, como si todo fuera nuevo en verdad y el aire más puro. En estos días, desde que florecieran hace una semana, han comenzado por aquí también a tejerse de rosa todas las variedades de prunos. Y en breve asistiremos al milagro del cerezo en flor. Todo tan delicado, tan sutil, que a veces temo que algún día no regrese la primavera, que algún día nuestra amenaza se concrete. Pero este año no será: aquí está ya, subiendo hacia el Norte, recorriendo quilómetro a quilómetro el camino de mi tierra. En unas semanas habrá conquistado lo que yo tardo en recorrer una hora. Celebremos que el almendro es fiel a sí mismo en cada una de sus flores blancas.