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sábado, 28 de diciembre de 2024

M (El vampiro de Düsseldorf)

 


He vuelto a ver M de Fritz Lang (1931, en España M, el vampiro de Düsseldorf) después de mucho tiempo. El director la consideró la mejor de su carrera en Alemania, antes de su exilio en los EE.UU. provocado por el ascenso al poder de Hitler. A mí me ha parecido siempre mejor película Metrópolis (1927), pero reconozco que esta no me interroga tanto como M. En todo caso, ambas son dos obras maestras que están ajustadas a su tiempo, que han influido significativamente en el cine posterior y que todavía dicen mucho al espectador actual. Esto es, en definitiva, la razón por las que se las considera dos películas clásicas de la cinematografía mundial, es decir, de la cultura del siglo XX.

La trama de M. es sencilla: un asesino en serie de niñas aterroriza la ciudad de Düsseldorf y provoca que la policía extreme la vigilancia causando dificultades al resto de los criminales, que se organizan para encontrarlo y detenerlo.

En esta ocasión no me he parado excesivamente a disfrutar de las posiciones de cámara, de la sintaxis narrativa de la película ni de la magnífica dirección de actores o sus muchos recursos técnicos. Desde el principio, he quedado atrapado por alguno de los temas tratados en la película que nunca han dejado de ser interesantes, pero que, en esta ocasión, me han parecido más presentes y actuales que en mis anteriores visionados. 

Por una parte, la oscuridad de la película (no deja de ser uno de los primeros clásicos del cine policíaco), que no procede solo de la maravillosa fotografía de Fritz Arno Wargner, sino del ambiente opresivo en el que todo está a punto de desmoronarse aunque todavía se pueda o deba creer en la estructura social. No en vano, la película es de 1931, en los años finales de la República de Weimar, poco antes de la declaración del Tercer Reich y del gobierno criminal de Hitler. La inestabilidad de la República era considerable y se acentuó con los efectos de la Gran Depresión que se desencadenó en 1929. De una o de otra manera, todo ello está presente en esta película. 

Indico varias situaciones extraordinariamente planteadas en la película. Cuestiones complementarias, porque levantan un cuadro de cómo una sociedad se desmorona. Por una parte, los medios de comunicación recogen pronto las noticias de los asesinatos y los divulgan ante una opinión pública cada vez más atemorizada e indignada. Se nos presentan también los estamentos oficiales desorientados inicialmente, pero que reaccionan sobre todo por las crecientes manifestaciones de temor de los ciudadanos ante las que los responsables (políticos, policías) se ven apelados.  En tercer lugar, la reacción de la gente sospechando unos de otros y persiguiendo a cualquiera que resulte extraño. Finalmente, la extraña unión de los criminales de los bajos fondos para detener al asesino y que regrese la tranquilidad anterior con el objetivo de seguir con su vida sin la vigilancia policial, como una estructura paralela a la oficial. Carteristas, ladrones y otros criminales suman sus esfuerzos y utilizan para ello a otro sector marginal, los mendigos. Serán ellos los que localicen y atrapen al asesino y lo lleven ante un simulacro de juicio en el que los representantes de la delincuencia tradicional ejercen de carceleros y jueces. En el juicio se exponen todas las opiniones que se suelen desatar en estas ocasiones: los individuos deben tomarse la justicia por su mano porque el sistema democrático, con sus garantías judiciales, atendería al asesino como a un enfermo y procuraría su curación y su reinserción final en la medida de lo posible. Tan solo quien ejerce de abogado defensor piensa que es mejor entregarlo a la justicia oficial porque ninguno de los allí presentes está legitimado para juzgarlo y porque, en el fondo, se trata de un enfermo mental. En este simulacro de juicio queda claro que los criminales utilizan las emociones populares para sus propios fines.

Y esto me lleva a una cuestión que me ocupa mucho en los últimos tiempos sobre si la justicia va camino de abandonar su función reformadora y convertirse en instrumento de venganza. Suele ocurrir: cuando el espíritu de venganza originado por el miedo y alimentado por intereses ocultos coincide con nuestras emociones o principios ideológicos, nos tranquiliza, pero no advertimos bien que, de esa manera, destruida la cordura y el camino construido desde que existen los derechos humanos, pronto llegarán los otros, aquellos que no piensan como nosotros, imponiendo su concepción de la venganza de la misma manera y el sistema ya habrá roto todos sus límites, al principio casi de forma inapreciable. Aunque ya no estemos de acuerdo con los principios que rigen la nueva situación, hemos colaborado a crearla. Ellos tendrán la misma justificación que nosotros y quizá sean más hábiles y oportunistas para conseguir sus fines y alcanzar más apoyos. Cabría pensar que aquellos personajes de los bajos fondos de la película de Fritz Lang constituidos como justicia popular porque ya no creen en el sistema, pronto se entregarán a la justicia nazi y verán la necesidad de librarse de los judíos o de los gitanos o de los comunistas, porque les harán creer que también son criminales que atentan contra Alemania.

Fritz Lang, antes de que hable el acusado o su defensor, ha procurado que los criminales que lo juzgan nos parezcan simpáticos gracias a un habilidoso guion en el que incluso nos apena que uno sea detenido por la policía. Ya hemos empatizado con ellos, por lo tanto, pensamos que están en el lado bueno del asunto y se nos ha olvidado que se mueven por su interés fundamental: seguir delinquiendo sin la presión policial desatada por la conmoción que han provocado los asesinatos de las niñas. Fritz Lang y el grupo de guionistas (Thea von Harbou, el propio director, Paul Falkenberg y Adolf Jansen), aciertan: sin darnos cuenta, los espectadores hemos delegado la justicia en quienes no tienen ningún derecho a ejercerla y aquellos pretendidos jueces se valen del dolor de las víctimas (especialmente de la voz de las madres) y de las emociones de la población de Düsseldorf para sus propios fines.

M, el vampiro de Düsseldorf, parece querer tranquilizarnos con el final: nada reparará las pérdidas ni consolará a las víctimas, pero el sistema judicial finalmente parece funcionar y se impone. Parece funcionar, pero ya está herido de muerte porque las emociones -y su manipulación- se han impuesto, aunque sea por un breve espacio de tiempo que se convertirá en punto de no retorno. Basta con hacer la prueba, ver la película e interrogarse a uno mismo para descubrir cómo la propia opinión está partida entre la emoción y la razón o se inclina más hacia uno de los dos lados.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Los invisibles


Lo peor que le puede suceder a un ser humano es que no lo vean aquellos que no están en su misma situación. O que solo se acerquen a él para un safari fotográfico. No hay expresión más humillante que la de la pobreza digna, que se decía antes y que no tardaremos en volver a usar: pobre pero honrado, la limpieza de las casas pobres. Son expresiones que proponían como modelos a los pobres sumisos y personas de bien en toda la literatura y que se oponían a la algarabía de los revolucionarios. El pobre honrado era un modelo cívico mucho mejor que el burgués rico pero inmoral según las comedias de nuestro teatro del siglo XIX que pronto fueron imitadas por el cine popular. Y el burgués rico pero inmoral terminaba diciendo que sí, que el pobre era el ejemplo y se arrepentía y volvía a ser un hombre de bien como lo era aquel pobre honrado. Los catecismos cívicos mostraban a la mujer pobre el comportamiento que debía tener en casa y la sonrisa que debía exhibir siempre en su cara. La felicidad de los pobres, siempre se ha dicho: el dinero no da la felicidad. Será por eso que los ricos siempre están amargados y se muestran infelices. En una sutil ironía, Luis Buñuel hacía que los niños que asistían a la escuela rural en Las Hurdes. Tierra sin pan, escribieran al dictado del maestro Respetad lo bienes ajenos. Aquellos niños no tenían nada, varios acudían a clase descalzos, pero la educación les enseñaba que había que respetar los bienes que nunca serían suyos por mucho que se esforzaran en la vida. La estructura social que construye el neolilberalismo actual se parece a un sistema de castas porque hace de aquellos desfavorecidos una legión de invisibles que ni siquiera sirven ya a las élites extractivas. Si tienes la fortuna de nacer en las familias de clases dirigentes difícilmente te mezclarás con los invisibles porque no los verás o solo percibirás su presencia como molestia. Las señoras de postín tenían sus mercadillos o ponían un pobre en su mesa en Navidad porque era moda, siempre que el pobre no molestara, como en Plácido de Berlanga. En Metrópolis, de Fritz Lang así son presentados los invisibles en medio del paraíso incontaminado de la casta dirigente: como irrupción intranquilizadora.

A los invisibles solo los ven los invisibles o aquellos que están muy próximos a ellos porque les separa poca distancia y los temen o porque pueden caer y ser uno de ellos. También algunos individuos caritativos y otros que los usan como fuerza de choque ideológica. Pero para el resto de la población son invisibles: no pensamos en ellos y cuando pasamos junto a ellos los ignoramos. No vemos los cartones apilados en las esquinas o en los bancos de los parques con los que van a dormir esta noche; no los vemos hurgar en los contenedores de basura; no pasamos por los barrios en los que viven; no queremos saber nada de sus problemas salvo que nos afecten porque han decidido amotinarse.

De niño yo llevé también una hucha en el día del Dómund con la cara de un niño negro pero África era algo que estaba muy lejos. Ahora África salta las verjas erizadas de cuchillas que han puesto las autoridades españolas y vive en los barrios de mi ciudad. Pero no queremos verlo salvo que hable muy alto o juegue al baloncesto en la cancha del barrio y nos parezca que han echado de ellas a nuestros hijos. Antes nuestros pobres eran reconocibles: pobres de pedir. Recuerdo que a mi casa venía todos los meses un pobre con carnet de pobre expedido por el Ayuntamiento. Mi familia era humilde, pero no pobre: mi madre podía darle unas monedas o algo de comida. Ahora nuestros pobres se han vuelto invisibles: no queremos verlos, no están, no hablamos de ellos. Las escuelas de psicología barata insisten en que te ocupes de ti mismo y no quieras salvar al mundo. La solidaridad no debería confundirse nunca con la limosna. Echar una mano en el banco de alimentos te hace sentir útil pero no es justicia social. Por algo se empieza, en efecto, pero alguien debería dar dos pasos más allá.

La sociedad a la que vamos invisibiliza a aquellos que no tengan fortuna. No nos gusta hablar de esta realidad, no queremos que ocupe tiempo en los telediarios y preferimos convertirlo en un género televisivo de reportajes callejeros que los trasforma en tipos costumbristas y los despoja de su condición de individuos; no queremos que nadie nos recuerde que no vemos a esta gente porque queremos ser felices. Y su número será muy amplio. No es una hipótesis: en ese lugar ya se encuentran los países que nos han impuesto el modelo que tan fácilmente hemos comprado porque pensamos que siempre seríamos de aquellos seres humanos que tendrán de todo.

Pero aprende una ley básica de este modelo: si caes, serás invisible; si pierdes tu fortuna, serás invisible; si enfermas y debes hipotecarte para pagar las medicinas, serás invisible; si no consigues ser emprendedor y debes trabajar por cuenta ajena con salarios cada vez más bajos y sin convenios laborales que te amparen, serás invisible. Ocurrirá que te echarán la culpa: te dirán que eres responsable de tu situación a pesar de que trabajes y no llegues a fin de mes, de que no puedas pagar las facturas con tu salario, de que no tengas un seguro médico que complemente eficazmente una precaria sanidad pública, de que tus hijos no puedan aspirar a una educación que les saque de la invisibilidad. Porque los pobres de pedir no son invisibles: llaman a la puerta de tu casa para pedir comida, se agolpan en las puertas de las iglesias. Pero tú sí serás invisible. Y entonces te preguntarás cuándo alguien decretó que esta sociedad se basa en que un tanto por ciento de la población mundial o de tu país o de tu ciudad o de tu barrio sea invisible y deba sentirse culpable por ello porque el resto ha decidido que no es responsable de nada mientras pueda seguir lejos del margen. Porque aquí parece que sólo deben asumir su responsabilidad individual los invisibles.