Limpiando las estanterías, ha aparecido este cenicero de cerámica. Recuerdo bien cuando lo adquirí, en un pueblito de la Mixteca oaxaqueña en la que preguntábamos por una notable mujer de allá con la que finalmente no pudimos encontrarnos. En su lugar, apareció una niña mixteca que nos mostró las piezas de cerámica que había confeccionado. Lo hizo con el orgullo sencillo de quien sabe que no pretende más que enseñar su trabajo y su valor, en cariño y tiempo, con toda la ilusión posible. Le compramos varias, pero a mí me llamó la atención desde el principio este cenicero para el que ella había tomado como modelo su propia mano, chiquita pero ya fuerte y trabajadora. En el viaje de regreso en avión, se rompió uno de los dedos, que volví a unir con un pegamento especial para cerámica. Hoy he tomado su mano y he acariciado la sutura. He vuelto a dejar el cenicero en su estantería, con cuidado. Hay cosas, me he dicho, de las que no podré desprenderme nunca. He pensado en la niña, que habrá entrado ya en la adolescencia (tan temprana en aquellas tierras). No sé si continuará o no en su pueblo o habrá emigrado, como tantos jóvenes. El almacén de donde sacó sus objetos estaba en una calle alta. A la izquierda descendía un camino de tierra, con una furgoneta aparcada. En la esquina de abajo del edificio, una vieja chapa anunciaba que allí se vendía Coca Cola.


