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martes, 5 de julio de 2011

Blackthorn (Sin destino)


Ya he comentado aquí cuánto me gusta el western como género cinematográfico. Por eso, cualquier anuncio de estreno de una película de este tipo para mí es un acontecimiento. Blackthorn (Sin destino) no me ha decepcionado. Mateo Gil ha rodado una gran película, con las características esenciales de lo mejor del género. Y se había planteado un difícil reto: continuar la historia de uno de los clásicos, Dos hombres y un destino (título español de Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969).

La película parte de un supuesto: Ni Butch Cassidy ni Sundance Kid murieron en 1908, el tiroteo con el que terminaba la película de George Roy Hill en Bolivia. Veinte años después, Cassidy lleva una vida apacible como criador de caballos en este país bajo el nombre de James Blackthorn y se plantea volver a los Estados Unidos.

Tiene razón Mateo Gil al afrontar el western como un género moral: las mejores muestras siempre enfrentan al protagonista con un dilema de este tipo que debe afrontar aun a sabiendas tanto de su dificultad como de la posible derrota. Hay algo inevitable: aun en la victoria, el héroe individual del mejor western siempre será un derrotado. Está magníficamente narrado este dilema en Blackthorn: los proyectos iniciales de retorno con las ganancias adquiridas de forma honesta, se le truncan a Cassidy a partir del encuentro con un joven ingeniero español, con el que comparte la aventura como una reedición de la amistad que tuvo con Sundance Kid.

La película no comienza bien, pero toma altura poco a poco hasta terminar en unos finales cuarenta y cinco minutos memorables. En especial, desde la entrada de los fugitivos en el salado de Uyuni: a partir de ahí puede compararse con las mejores muestras del género. Y los extraordinarios paisajes bolivianos son filmados como parte esencial del tema en una extraordinaria fotografía.

Todos los actores están correctos, pero Sam Shepard compone magistralmente un Butch Cassidy envejecido que se debe enfrentar a todos sus demonios interiores: tanto del pasado como del presente. Como muestra, podemos reseñar la escena en la que se limita a estar inconsciente en la camilla de la consulta de un médico. Su presencia es tan imponente que da sentido al monólogo de su viejo enemigo Mackinley.

Estos personajes descubren que la vida no se construye con leyes morales basadas en el blanco o el negro, sino que los códigos éticos casi siempre se hallan en los grises.