He vuelto a encontrarme con la literatura hispanoamericana. No digo como lector, sino como profesor universitario. En los años ochenta, en mis primeros encargos docentes en la Universidad de Valladolid en la que trabajaba, impartí durante tres cursos esta materia, con toda la impericia de los primeros pasos como profesor, pero también con toda la osadía y las ganas de aprender. En aquel tiempo al que entraba nuevo le encargaban esta asignatura, casi como un lastre del que se descarga el anterior, pero a mí me apasionó aquel territorio académico que ya me había atrapado desde que a los quince años leí a mis primeros autores del boom. Ahora, por el nuevo reparto docente he regresado, en la Universidad de Burgos, a la literatura hispanoamericana. Las condiciones no son las mismas: de una licenciatura a un grado, de una asignatura anual a un semestre. Era imposible abordar toda la literatura hispanoamericana entonces y lo es más ahora. Pensé dos opciones: un monográfico en el que abordara un tema, un autor, una obra; un panorama con línea argumental acompañado de una selección de textos que lo ilustraran. Ambas son válidas pero he optado por esta segunda. Enfocaré mi semestre a partir de la construcción de un imaginario colectivo en la literatura hispanoamericana: la conciencia de lo americano como algo diferente a la literatura española pero enraizado con ella. Una cultura que desde el inicio asume en su componente nuclear lo precolombino y lo hispánico. Es curioso cómo gran parte de esto lo hallamos ya en los textos del siglo XVI que relatan en encuentro: de Colón al Inca Garcilaso de la Vega hay un trayecto que nos lleva por ese camino. A la altura de Sor Juana Inés de la Cruz ya se ha desarrollado y cuando penetramos en El Periquillo Sarniento todo impulsa hacia los logros del siglo XIX. Pero será Rubén Darío el que dé forma perfecta a este imaginario colectivo. Aparte de su condición de poeta necesario para explicar el camino hacia la modernidad literaria en lengua española, en él se hallan definitivamente las claves de ese imaginario. El siglo XX no ha hecho otra cosa que glosarlo y lo que va del siglo XXI le ha terminado dando la razón. Espero un semestre en el que recordar las sensaciones de la maravillosa experiencia que deparan las crónicas de Indias, la intensamente estética del barroco americano, los avances dificultosos hacia la modernidad que protagonizan los autores del siglo XIX y la deslumbrante realidad de toda la literatura hispanoamericana del siglo XX. Daré cuenta aquí de vez en cuando.
