De los documentos oficiales que generó el asesinato de Federico García Lorca en agosto de 1936, solo conocemos dos. El primero, el certificado de defunción expedido por el Registro Civil de Granada en 1940. En él ya hay algunos elementos que indican la voluntad de oscurecimiento y distorsión de los hechos que condujeron a la muerte del poeta. Por una parte, no se fija el día exacto, lo que ha permitido que se hayan propuesto las fechas del 17 al 19 de agosto, aunque la mayoría de los expertos coincidan en el 18. Por otra parte, se afirma que el cadáver fue hallado el 20 en la carretera de Víznar a Alfacar. Lo más interesante de este documento es que incide en la versión oficial del régimen franquista: no hubo fusilamiento, sino que el fallecimiento se debió "a consecuencia de heridas producidas por hecho de guerra".
El segundo documento fue redactado en 1965 por la Jefatura Superior de la Policía de Granada a petición de Manuel Fraga, entonces ministro de Información y Turismo, ante la insistencia de la hispanista francesa Marcelle Auclair, que por entonces escribía la biografía del poeta que publicó en 1968, Enfances et mort de García Lorca (la traducción de Aitana Alberti se publicó en México en 1972 como Vida y muerte de García Loca). Auclair conoció a Lorca, quien la presentó a Ignacio Sánchez Mejías en Madrid en la primavera de 1933, comenzando una apasionada historia de amor con el torero. El documento era secreto y su destino no era la publicación.
Titulado "Antecedentes del poeta Federico García Lorca", permaneció oculto hasta que en 2015 lo publicaron la Cadena SER y elDiario.es en sus portales de internet y se entregó a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Noventa años después de los acontecimientos, para bochorno de nuestro país, no se han desclasificado más documentos ni son accesibles para los investigadores. Dada la relevancia del poeta y la repercusión nacional e internacional de su asesinato, deben existir no pocos en los archivos del Ministerio del Interior, la Capitanía General y el Gobierno Civil y los servicios de propaganda e inteligencia franquistas que siguieron la noticia en la prensa extranjera y los movimientos de varias personalidades que pedían conocer los hechos.
El contenido de aquel expediente de 1965, redactado con el típico lenguaje administrativo, ha pasado a las biografías más modernas de Federico García Lorca y responde a lo documentado desde el inicio sobre sus últimos momentos. Bastaría su lectura para desechar muchas leyendas que han intentado ocultar las razones últimas de aquel asesinato puesto que se dicen expresamente en el texto: Federico García Lorca tenía ideas socialistas, era masón y tenía "prácticas de homexualismo y aberración". El expediente es lo suficientemente claro. También se dice que "fue pasado por las armas" por fuerzas dependientes del Gobierno Civil de Granada en el paraje de la Fuente Grande del término municipal de Víznar. Su cuerpo fue enterrado "muy a flor de tierra" en un barranco situado a unos dos quilómetros de Fuente Grande. Curiosamente, la única inconcreción del expediente es la afirmación de que el lugar exacto "es muy difícil de localizar".
A muchas generaciones de españoles, incluso ya en democracia, se nos ha querido educar con la imagen de un Lorca ingenuo, no comprometido política ni socialmente; también se ha pretendido ocultar la articulación oficial del asesinato (hoy se conoce con claridad toda la cadena de mando de la orden) mezclándola con venganzas entre familias u odios personales. Aquello había comenzado con unas declaraciones del propio Francisco Franco de octubre de 1937 al corresponsal del periódico argentino La Prensa. Advertido de la gran repercusión del asesinato, quiso negarlo afirmando que su muerte fue uno de los accidentes que se producen en la confusión de una guerra, mezclando al poeta con las revueltas que se produjeron en Granada y el reparto de armas a los civiles: es decir, haciendo que la culpa recayera en la actuación del gobierno republicano y el propio Federico García Lorca, al que ni siquiera llama por su nombre para no darle categoría de víctima. Franco había marcado la línea oficial de ocultación de la realidad y estas declaraciones fueron recogidas en los periódicos afines a los sublevados unos meses después.
Hoy, que internet se ha llenado de recuerdos y homenajes a García Lorca, más o menos sinceros, más o menos sometidos a la efeméride y a la moda de escribir sobre lo que toca en cada momento, asisto con mucha tristeza a la publicación en redes de vídeos de creadores digitales que mezclan sin ningún pudor los datos ciertos con el humo que durante estos noventa años ha pretendido ocultar y difuminar la responsabilidad de los verdaderos culpables de aquel asesinato, falsedades a las que se han unido otras adherencias como la pretendida amistad con José Antonio Primo de Rivera (que nunca se dio, precisamente porque Lorca no quiso, pero que fabricó el régimen de Franco y divulgó especialmente a partir de los años sesenta en un curioso intento de la propaganda oficial de hacer de García Lorca una persona más afín a las ideas falangistas que a las republicanas -no fue el único caso-, ante el crecimiento de su renombre internacional) que profundizan en esa distorsión de lo que ocurrió. Un asesinato que nos privó de uno de los grandes escritores que ha tenido la literatura española de todos los tiempos.
Federico García Lorca, tras su estancia de unos meses en Nueva York, ya no fue solo un escritor español y pasó a ocupar un lugar de relevancia en la literatura universal. Tuve un profesor de literatura en los años ochenta que afirmaba que esta trascendencia de Lorca, el mito Lorca, se debía más a su muerte que a su obra. No estaba solo: era una opinión generalizada entonces, que todavía pervive en tantas cabezas huecas. Despreciaba también toda la poesía que escribió Lorca después del Romancero gitano o sus últimos proyectos teatrales. Había sido incapaz de comprender la profundidad de todo ello.
Junto a la reclamación de la publicación de los documentos secretos, esta es otra de las labores aún pendientes para la mayoría: leer en profundidad su producción de los últimos años (la menos conocida por el gran público, a pesar de su enorme relevancia, la que se nos hurtaba a los estudiantes en los programas oficiales para encerrar a Lorca en el tópico del popularismo andaluz, la que aún muchos profesores no comprenden ni aproximan a sus estudiantes, la que no verán en los amables vídeos grabados por los creadores digitales de internet que se mueven más por el deseo de aumentar su impacto que por la sinceridad de su lectura de Lorca, la que desconocen muchos que admiran a poetas anglosajones que recibieron el impacto de la publicación bilingüe de Poeta en Nueva York en 1940), una lectura que nos aclara la verdadera razón de que se haya convertido en una referencia indispensable de la literatura posterior, no solo española.











