La primera vez que vine por estas tierras fue con mi padre, en los años setenta, en la cabina de un Pegaso recién comprado por la empresa para la que trabajaba como conductor. De chaval, me gustaba acompañar a mi padre en aquellos camiones durante las vacaciones de verano. Así me recorrí muchos quilómetros de las viejas carreteras españolas, serpenteantes, con olmos pintados de blanco. Aprendí mucho con él en esos viajes, de su conversación, pero sobre todo de su manera de estar en el mundo y de la geografía verdadera de las cosas.
La primera vez que bajé La Mazorra fue en aquel Pegaso de palanca trasera. Aún recuerdo cómo parte de la cabina se asomaba al precipicio, la habilidad de mi padre y el resoplido de los frenos en la descarga del aire comprimido. Es un valle hermoso, abajo: Valdenoceda, Villarcayo, Medina de Pomar. Las Merindades, el origen del condado de Castilla. Hoy viajo en el coche de la directora del Programa Interuniversitario de la Experiencia y de la Universidad Abierta a Mayores de la Universidad de Burgos, que me ha invitado amablemente a dar la charla inaugural de la sede de Medina de Pomar. El viaje es distinto, pero también muy agradable. He sido profesor de este programa desde su inicio y siempre he sentido que es un programa necesario en el que me he visto muy bien acogido a lo largo de estas dos décadas. Al finalizar el curso pasado le comuniqué que no iba a continuar. No por descontento, todo lo contario, sino porque va llegando la hora de ir haciéndose a un lado, de aceptar que ya le va tocando a uno la hora de jubilarse. Me alegra mucho ver cómo ha crecido la iniciativa, las miles de personas que se han matriculado y han participado de las clases, conferencias y todas las actividades. Cuando comencé, yo no hubiera podido matricularme, pero desde hace años podría haber sido un alumno más. He conocido tres directoras: Carmen Palmero, Gemma Miguel y Vanesa Baños, todas excelentes, personas entregadas a un programa que es mucho más que una actividad académica, a las que siempre estaré agradecido por su trabajo y la manera en la que me han acogido. Está en buenas manos.
Titulé mi charla "Puesto ya el pie en el estribo. Las lecciones de vida de Cervantes", arrancando de la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, que se publicaría póstumamente en 1617. La dedicatoria lleva fecha, diecinueve de abril de 1616. Sobrecoge por lo que dice Cervantes a tres días de su fallecimiento. Finalicé mi intervención con dos historias del Quijote cuya relectura es más que interesante hoy. La primera, la del rebuzno: dos alcaldes buscan un burro perdido rebuznando para que el animal les responda. Rebuznan tan bien que se engañan el uno al otro en el monte, pensando que el burro es el otro y caminando hacia el sonido. Cuando lo cuentan en sus pueblos, alabándose el uno al otro, desencadenan las burlas de los pueblos cercanos, lo que provoca altercados y, finalmente, una guerra, para que la se hacen con lanzas y otras armas. Los vecinos de esos pueblos van a morir porque dos alcaldes rebuznan. Imagino la sonrisa de Cervantes al redactar la historia.
La segunda historia es la del encuentro de Sancho Panza con el morisco Ricote, que vuelve a escondidas burlando la orden real de expulsión. La expulsión de los moriscos se dio entre 1609 y 1614 y la segunda parte del Quijote se publicó en 1615, Cervantes escribía sobre algo de rotunda actualidad. Aquella expulsión causó dramas familiares e individuales, pero también contribuyó a la ruina del país. Fue una de las causas más notables en un ejercicio de injusticia gravísima (hoy su calificación sería la del crimen de estado que busca la limpieza étnica) y una estupidez demográfica y económica, una verdadera traición al país. Se decretó por un enorme bulo de la época, una patraña construida: se alimentó la idea que conspiraban con los turcos y con los hugonotes para invadir la península y destruir el reino. En realidad, tuvo causas más sucias: la apetencia por algunas propiedades y el fomento del odio al diferente para uniformar artificialmente España y justificar la permanencia de la alianza férrea de trono y altar, que tanto daño ha causado en la historia, distrayendo de la ya evidente decadencia económica y social. Se fabricó la ira contra esa comunidad por parte de los "cristianos viejos", que veían en ellos una amenaza por su alta natalidad y la cohesión familiar que tenían. No podían aludir a que no fueran del terreno, puesto que todos ellos descendían de los más viejos pobladores de la península (la entrada de musulmanes fue mínima y sin verdaderas consecuencias demográficas): tan españoles como aquellos que los expulsaban. Era, sin más, odio al diferente, al que pensaba, sentía y creía de otra manera, pero todo ello escondía el afán de control basado en la uniformidad y en el temor. Según las órdenes reales, Sancho Panza debería haber denunciado a Ricote o haberlo matado allí mismo, sin más, pero no lo hizo. Vio en él a su vecino, con el que tantas preocupaciones había compartido sobre si llovía o no llovía, sobre si los hijos se criaban sanos o no. Se sentaron juntos, el cristiano viejo que era Sancho y el morisco que era Ricote, para compartir la comida que llevaban encima y una buena bota de vino. Se despidieron deseándose suerte el uno al otro, después de ponerse al día. Sancho Panza y Ricote sabían que una cosa era lo que dictaminaban los gobernantes y otra bien distinta los que vivían día a día juntos y se comportaron como lo que eran: dos vecinos del mismo pueblo con una historia común. En el pasaje, Cervantes propuso una España que no era la de los poderosos, alejada de los miedos y patrañas creadas por los que quieren gobernar a la gente como si no hubiera otra posibilidad que la que ellos quieren imponer, la que mata y se deja matar porque dos alcaldes rebuznan. Otra España posible, que casi nunca ha podido ser.











