martes, 4 de octubre de 2022

El árbol de la castidad


Junto a la acequia, un saucegatillo joven que se resistía a la fotografía. No hubo manera de que se dejaran sacar una sus flores azules, tan crecidas hacia arriba, tan exhibidas. Las dejé por imposibles a la espera de mejor luz dentro de unos días, pero la boca se me llenó con su nombre: saucegatillo, sauzgatillo, sau-ce-ga-ti-llo, sauz-ga-ti-llo. Dicen los sabios que sauzgatillo nace por síncopa de saucegatillo y este es un compuesto de sauce y gatillo. Sé que en algunos lugares llaman gatillo a la flor de la acacia, pero esto qué importa cuando la boca entera se llena de una palabra y la palabra pierde la referencia de la cosa, es decir, de la planta que nombra. Otra cosa, más seria, es el nombre latino de la planta: vitex agnus-castus y ya se complica: algo así como enredadera del cordero casto y resulta que sus bayas eran tomadas por los monjes para reducir el deseo sexual. Parece que sirve como tónico para el aparato reproductor tanto de mujeres como de hombres pero reduce las ganas de contacto sexual. De ahí también que a la planta se la conozca como el árbol de la castidad. Por si acaso, me alejo, no sea que a la castidad se llegue por mera cercanía con la planta. 

Me dedico a los reflejos de la luz en el agua, tan de mañana. Hoy no le nacen a uno las ganas de filosofar sobre si se es o no se es en los reflejos. Basta con mirar cómo juega la luz en la superficie del agua. Como mucho, preguntarse si en la primera lámina de agua se ha impreso la imagen. ¿Podría enrollarla con delicadeza y llevármela a casa?

lunes, 3 de octubre de 2022

El día más feliz de nuestra vida de Laila Ripoll (Montaje de Valquiria Teatro)

 


Laura Ripoll escribió El día más feliz de nuestra vida en 2002 a partir de una propuesta coordinada por Inmaculada Alvear para la revista de teatro La Avispa en la que participaron otros dramaturgos. Bajo el título genérico de La noticia del día, se trataba de escribir una obra breve a partir de una noticia publicada en la prensa el día del nacimiento de cada autor. En el caso de Ripoll, el 4 de agosto de 1964. En la hemeroteca del ABC encontró una noticia sobre la primera comunión de las entonces famosas cuatrillizas de Socuéllamos. Aquellas niñas, nacidas el 3 de agosto de 1954, habían aparecido en la prensa como propaganda del programa de incentivo de la natalidad del régimen de Francisco Franco y recibieron todo tipo de atenciones y regalos. Cuando cumplieron diecisiete años, las únicas cuatrillizas vivas en aquel momento ocuparon unos minutos en el NODO. La pieza publicada en La Avispa era muy breve y hubo de ampliarse con una segunda parte para su estreno a petición de la compañía murciana Alquibla Teatro, que tuvo lugar en 2005. Por el camino, las cuatrillizas se convirtieron en trillizas y de aquel ir y venir ha quedado alguna huella en la versión final, con la que se recuperó la hermana perdida, de la que se resiente el carácter de la cuarta hermana, convertida finalmente en alguien que subraya las acciones con una comicidad que busca en exceso la risa fácil del público. Laura Ripoll, hija de la actriz Concha Cueto, es cofundadora de importante Compañía Micromicón de teatro, dramaturga, actriz y directora. Como escritora, en sus obras teatrales se ha indicado la presencia de lo grotesco y sabia la utilización del sainete y la caricatura para poner de relieve el carácter de nuestros comportamientos humanos, hasta lograr un estilo propio, una marca de presencia en cada una de sus propuestas.

El día más feliz de nuestra vida es un perfecto ejemplo de utilización de la caricatura y el humor para resaltar conflictos profundos en la sociedad española de las últimas décadas. La pieza, de una hora de duración, se divide en dos partes que trascurren en el dormitorio de las cuatrillizas, pero con veinte años de diferencia. La primera parte nos sitúa en 1964, en la noche previa a que las hermanas tomen la primera comunión. Con ocho años de edad, presentan todos los miedos y temores propios de una educación condicionada por la iglesia, la moralidad franquista y los prejuicios de una sociedad desinformada para la que todo es tabú o pecado. A la espera de que llegue el día más feliz de su vida, estas hermanas evidencian sus diferentes personalidades, pero también el peso de esa educación y ambiente en la que toda libertad es peligrosa e implica la condena en el infierno. Ripoll nos propone observar todo esto desde la mente infantil de las cuatrillizas, lo que provoca la comicidad. Una risa que implica, por una parte, el reconocimiento del público que vivió aquello, pero también el distanciamiento que ha provocado el tiempo poniendo en evidencia los males de aquella educación y todo lo que puede acarrear en el futuro desarrollo emocional de las niñas. Una risa cómplice en la que los espectadores se reconocen, pero también se distancian. Un distanciamiento necesario para que funcione el conflicto propuesto por la obra.

Veinte años después, las hermanas se reencuentran en el mismo dormitorio en la noche previa a la boda de dos de ellas. El carácter de las cuatro ha evolucionado, pero sigue marcado de una o de otra manera por la moralización recibida. La mayor mantiene un celoso respeto a la educación aprendida, que implica que la mujer debe completarse como esposa y madre como fin único de su existencia y que para ello no necesita amar previamente a su futuro esposo; en la segunda se presentan dudas, pero la educación recibida no le deja ser libre y prevalece en ella un desgraciado sentimiento de culpa y temor; la tercera vive en el Madrid de los años ochenta y ha descubierto la libertad de aquellos años, aunque todavía conserva algunos resabios de lo aprendido; finalmente, la cuarta se ha idiotizado y su presencia consiste en llevar al extremo cómico las acciones. En sus conversaciones están todas las cuestiones que les preocupan: las relaciones sexuales, las diferencias entre el cariño, el amor y la pasión, la libertad de la mujer, etc. En el fondo, las cuatro buscan la felicidad, que es en lo que verdaderamente consiste el conflicto dramático de esta pieza: la primera dentro de las convenciones, la segunda buscando una salida de ellas sin encontrarla, la tercera rompiendo con todo y la última en su mantenida inocencia.

La propuesta de Valquiria Teatro, estrenada en el 2021, pero que yo no he podido ver hasta este pasado fin de semana (el domingo 2 de octubre en la Sala Delibes del Teatro Calderón, que presentaba un lleno completo), es excelente y sabe sacar partido del carácter caricaturesco de la obra, pero también de ese sentimiento que deja la risa cuando se amortigua y el espectador comprende el drama que para tantas mujeres ha supuesto la educación recibida. Bajo la sabia dirección de Carlos Martínez-Abarca, el montaje obedece al vértigo de las conversaciones en el que algunas pausas son evidentemente significativas para subrayar el conflicto y la adecuada escenografía nos lleva, utilizando una divertida perspectiva conforme con el propósito de la obra, a dormitorios que todos conocimos. Sobresale la actuación de María Negro y Alba Frechilla (ambas actrices se compenetran a la perfección desde hace años y establecen una relación cómplice con el público), aquella como Magdalena, que no ha sabido salir de una educación limitadora, y esta como Marijose, que duda, pero se encuentra dominada por el miedo. De su decisión final, que queda abierta, se decidirá la posibilidad de ruptura de los condicionantes que impiden vivir con auténtica felicidad. Verónica Morejón (Toñi) mantiene con corrección el papel (muy bien en la primera parte) y Silvia García (Paloma) se ajusta a lo que en él se pide.

Vayan a ver esta obra. Si fueron niños durante el franquismo, se reirán reconociéndose y disfrutarán si han conseguido liberarse de lo que vivieron asumiéndolo sin dramas, pero también comprenderán el drama que supuso para aquellos que no lo lograron, especialmente las mujeres. Los que no hubieran nacido entonces, quedarán advertidos ante las propuestas de retroceso que algunos proponen. Una risa que provoca una reflexión final.

domingo, 2 de octubre de 2022

Geometrías azules y escombreras

 


A mi amigo Javier García Riobó le hubiera encantado el simple interés que he tenido en hacer la fotografía que he tomado esta mañana en una de las escombreras que rodean la ciudad y afean las choperas y las márgenes de los ríos. Él hubiera sabido sacar otro ángulo, otro volumen, hubiera acertado con la distancia adecuada. Y todo en un segundo, al paso, en las calles, en los contenedores o en los vertederos, como él hacía estas cosas. Simplemente, veía la fotografía antes de tomarla y con ese acto de ver creaba un nuevo significado. No, lo revelaba. A veces me doy cuenta de que dialogo con él al hacer este tipo de fotografías que ya casi nunca publico aquí, por respeto, quizá porque me falta su llamada posterior para decirme que bien, pero que más cerca o su lacónico comentario en el blog. ¿Qué podría decir aquí, geometrías azules? Parece mentira que no estés desde hace más de un año.
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Hoy me salió el día melancólico. Doy por comenzado el otoño.
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Las escombreras nos resumen.
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¿Cuánto ocuparían todas las cosas que he poseído en la vida si las arrojara a una escombrera? ¿Pasaría el camión del ayuntamiento a recogerlas?
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Un puñadito de tierra basta para una vida. Quizá sostenerlo con la mano abierta, para que lo humedezca el rocío de la mañana o la lluvia lenta de una tarde de otoño.
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Poco a poco, nada.

sábado, 1 de octubre de 2022

El reto de Don Juan Tenorio

 


Cuando asumí la presidencia de Amigos del Teatro de Valladolid el pasado mes de enero, uno de los retos más importantes que se me presentaba era la representación del drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla que esta asociación ha programado anualmente desde su fundación en 1977 sin faltar un solo año a la cita. No es nada fácil mantener durante tanto tiempo la tradición de un montaje tan complejo, que implica a tantas personas y que supone una apuesta por la mejora continua. En efecto, la propuesta escénica de Amigos del Teatro ha crecido continuamente y se ha adaptado a los tiempos y posbilidades, con la exigida renovación de actores, directores, cuadro técnico, etc. Desde hace unos años, se ha establecido en el Teatro Zorrilla de Valladolid durante las fechas tradicionales en torno a los primeros días de noviembre, gracias al apoyo del empresario Enrique Cornejo, pero también se ha promovido un montaje anual en la calle, en las proximidades del día de San Juan, en junio, apoyado por el Ayuntamiento de Valladolid. Como es de suponer, son dos circunstancias muy diferentes, que necesitan un tratamiento distinto.

Antes de ser presidente, fui responsable, junto a Mayca Martínez Peña, de llevar esta producción al teatro de la Capitanía General de Sevilla (un espacio que pocos pueden presumir de haber pisado) y al Teatro Principal de Béjar. Aún no se me ha olvidado la emoción que supuso ver a todo el público puesto en pie aplaudiendo al final de aquella función sevillana, encuadrada dentro de las actividades relacionadas con la celebración del bicentenario de José Zorrilla.

Por mucho que conociera la obra -que he comentado aquí en varias ocasiones- y por mucho que tuviera experiencia previa en la gestión y organización de todo tipo de actividades, no sabía la dimensión exacta del reto que me aguardaba y no solo por lo complejo que resulta siempre movilizar tantas voluntades, actores e infraestructura. El drama de Zorrilla es muchas cosas -una lectura romántica en la tradición del burlador; un engranaje endiabladamente atractivo para el público; un poderoso artefacto escénico que funciona más allá de los lunares que tantos han indicado, comenzando por el propio autor; un reto para cualquier actor o actriz y, por supuesto, para un director de escena-, pero ante todo es un clásico del teatro español. Por ese mismo concepto de clásico tiene en sí una permanente tensión entre la tradición y la novedad en cada uno de los montajes, especialmente en la exacta dosis de ambas. Como todos los clásicos, arrastra, en la tradición de sus montajes, añadidos que no estaban en el original, pero se han instalado en la mentalidad colectiva y que una reflexión más detenida nos lleva a preguntarnos sobre su verdadera utilidad y si no están adulterando el sentido de la obra y enturbiando su comprensión actual. Es interesante ver cómo una buena parte del público se aferra a una manera de representar la obra afirmando que siempre se ha hecho así, pero desconociendo que no tienen razón en tal aseveración y que, si fuéramos al propio dramaturgo este afirma lo contrario. En efecto, fue Zorrilla quien primero negara alguno de esos amaneramientos en la representación que se le fueron acumulando a la obra.

Pongamos un ejemplo de muchos posibles. Para la mayor parte de los espectadores del Tenorio, la famosa escena del sofá en la que Don Juan y Doña Inés sellan su amor debe representante como la fijaron en el ideario colectivo Francisco Rabal y Concha Velasco en la producción de 1966 para el programa Estudio 1 de Televisión Española, quienes, a su vez, recogían parte de la tradición que no estaba en el texto de Zorrilla, pero sí en los añadidos acumulados posteriormente a su escritura. Quizá no perciban estos espectadores que aquel montaje era televisivo y, por lo tanto, obedecía a un código diferente al escénico y que acarrea males terribles cuando se lleva directamente a un escenario. Y, si fuéramos al origen, la famosa escena del sofá no es escena de sofá, sino de balconada: Zorrilla no puso jamás un sofá en la quinta de Don Juan. No se puede entender de otra manera que los personajes vean el Guadalquivir y lo señalen con sus palabras: en la escena Don Juan describe lo que se ve desde el balcón de su quinta. Sucede lo mismo con las motivaciones y acciones presentes en tantas representaciones del Don Juan Tenorio, que ni se entienden ni se matizan, especialmente en lo tocante a las relaciones paternofiliales y de amistad, por no hablar de las modulaciones del proceso de enamoramiento de Don Juan o el comportamiento de los fantasmas o la forma de decir el verso. Quien se haya adentrado en los entresijos de la obra habrá comprobado todos los matices, tonos y ritmos que tiene. No se nos debería olvidar que Zorrilla no escribió la obra por escribirla, sino como producto de un encargo para la compañía del teatro de la Cruz en 1844, para la que trabajaba. A todo esto, se une el descrédito de la obra en algunos sectores, basado en el desconocimiento de lo que verdaderamente dice el drama y del contexto en el que fuera escrita y su significado para la historia del teatro español. De hecho, la mayor parte de las reacciones contra la obra suceden contra la tradición de la misma y no contra el texto, que pocos se han parado a leer de verdad.

Por eso mismo, es un gran reto montar Don Juan Tenorio, porque hay que saber conjugar la tradición y la renovación en las dosis adecuadas. Nuestra intención no es reescribir el Don Juan Tenorio, tampoco aligerarlo en un montaje lleno de didactismo o de explicaciones y saltos que se relacionan artificialmente. Nuestra intención no es romper el drama y llevarlo a un lugar en el que resulte irreconocible, tal y como se ha visto en algunas ocasiones, sino respetarlo incluso contra alguna de las adherencias que lo han traicionado, para proponer una dramaturgia actual coherente siempre con el texto escrito por José Zorrilla y con lo que el autor dejó escrito sobre su obra. Permitir que un espectador nuevo vea la obra como si acabara de ser escrita y asistiera a la primera representación y que un espectador que ya la conoce, la reconozca pero se cuestione alguna de las cosas que siempre ha visto de la misma manera.

En el pasado mes de junio, en nuestra representación en la Pérgola del Campo Grande de Valladolid ante más de quinientas personas, ya pudimos presentar algunos cambios en la dramaturgia teniendo en cuenta la peculiaridad de una representación en la calle con luz natural, un ciclo que culminará en 2023 y que hemos querido hacer explícito con el cambio del cartel que anuncia las funciones, obra de Marta Hdez H. Continuaremos en este sentido el 29 de octubre en el Teatro Principal de Medina de Rioseco (19:30 h) y el 30 y 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre en el Teatro Zorrilla de Valladolid (19:00 h).

Todo esto  no sería posible sin la profesionalidad y trabajo generoso de nuestro director, Francisco Pardal, de quienes dirigen la sección de teatro de Amigos del Teatro (Álvaro Téllez y Elvira Abad), del cuadro completo de técnica, regiduría, sastrería, maquillaje, del resto de los miembros de la junta directiva y del extenso cuadro de actores con el que contamos y a los que agradezco su entrega y trabajo. Por supuesto, tampoco hubiera sido posible sin todos los que nos han precedido al frente de este reto en Amigos del Teatro.

La compañía trabajará intensamente las semanas que restan, las entradas ya están a la venta. Se abre el tiempo del público.

viernes, 30 de septiembre de 2022

Una mano larga y daga

 


Una mano larga y daga
tiene la lengua del tiempo,
como un plumón afilado
que no se meció en el viento.

Una mano que sujeta
un acerico de acero
y lo arroja como piedra
sobre el agua fría y hielo.

Y el agua salta violenta
quebrando estrellas y cielo.

Ya no quedan más estrellas
que los añicos del suelo.

©Pedro Ojeda Escudero, Ayamontinas, 2022.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

Atardecer

 


¡Todo está en su lugar, 
el día se despide, 
horizontal
incendio entre jazmines!

Busco una palabra, arrebol. Está el cielo arrebolado. Camina todo hacia el horizonte: nubes, tierra, edificios, bosques, lagos, vidas, incertidumbres, suspiros y tristezas. Allá va todo. Queda la noche fresca y nueva. Atardecer de hoy.


martes, 27 de septiembre de 2022

Recoger el arcoíris en una malla

 


Para beber, las palomas quiebran el agua.

Si estuvieras aquí, para sanarme, ¿me darías de beber en el cuenco de tus manos? 

En las fuentes del atardecer, las abejas bailan el secreto del agua.

Sed: impulso de vida.

Sus pies descalzos en el Duratón. El valle se hizo íntimo, como el corazón de un jilguero.

En el espejo de los ríos se graban los ojos de los desesperados.

Pecado: no debimos salir del agua.

Que caiga un chaparrón con azúcar y turrón y saltar los charcos: recoger el arcoíris en una malla de hilo fino para los días de tristeza.

lunes, 26 de septiembre de 2022

Cinia

 


Es extraño ver una cinia en flor por estas tierras, sobre todo fuera de algunos jardines. Esta se encuentra junto a la acequia, desbordando la valla de acero que impide el paso en un tramo del curso del agua. Leo que la zinnia es originaria de América, especialmente de México. Dicen que fue la primera planta que floreció en la Estación Espacial Internacional, pero no la primera que floreció en el espacio. Según parece, esto le corresponde a la arabidopsis, una hierba que la Administración Espacial Nacional de China afirma haber conseguido cultivar en la Luna, adelantándose a la NASA norteamericana, que ha doblado la apuesta y quiere llevarla a Marte. Algo debe tener la arabidopsis, aparte de un enredoso nombre, puesto que fue la primera planta de la que se secuenció el genoma completo. Claro, esto a la cinia de la acequia no le importa demasiado. En su esplendor violeta, se limita a ofrecerse a las abejas y otros insectos. Estas abejas castellanas deben asombrarse ante la exuberante belleza de la flor, desusada por estas tierras. La contemplan unas margaritas y la alfalfa en flor, tan hermosas también, pero tan vistas que junto a ella pasan desapercibidas. A veces la belleza es eso, la extrañeza de lo no visto. He quedado deslumbrado durante un tiempo, injusto con lo que se ofrece cotidiano y en abundancia. Es como el amor de lo diario, que ya no vemos, que dejamos de ver como si lo diéramos por hecho y exigimos más hasta quebrar el hilo de los sentimientos trenzados. Por no verlos de tan ofrecidos cada día. Sin embargo, la arabeta quizá viaja ya hacia Marte.

Desde hace unos días, al atardecer, ladran los perros. Quizá adviertan que viene el lobo. Perros lejanos. Quizá solo uno, amplificado por el eco. Atentos, los colmillos ya están entre nosotros. Amanece, sin embargo, como amanecerá después del fin del mundo. Al despertarme, la esperanza de la salida del sol. Mañana pensaré en la belleza de la cinia junto a la acequia, en la humilde hermosura de la arabeta. Ya hace frío a esas horas.




sábado, 24 de septiembre de 2022

Parábola de la paja prensada

 

El prensado de la paja se ha mecanizado hasta el punto de que se ha conseguido una paca densa, con escaso porcentaje de oxígeno dentro. Poco a poco, la paja prensada va hacia el color marrón. El resultado consigue que, en caso de incendio, la combustión sea muy lenta y de ahí la extensión del uso de la paca en la construcción que se dice ecológica y sostenible. La maquinaria nueva recoge con tanta eficacia los tallos del campo que no queda prácticamente nada para que se pastoreen los rebaños o se refugien los animales silvestres. Estos quedan desnudos ante la mirada del cazador o las rapaces, sin el amparo de la rastrojera; aquellos desaparecen de nuestros campos y se estabulan para acabar alimentados por la paja que hubieran comido en la tierra. Se arrancan las hierbas, los arbustos y los árboles de las lindes de las tierras y no encuentran amparo las perdices que crían libres, ni rama para cantar los gorriones. Cuando abre la ventana, el antiguo habitante de la ciudad al que le ha nacido de pronto un alma bucólica y se ha construido una casa sostenible con muros de paja, se extraña de que ya no canten los pájaros como oía que ocurría antiguamente. Su preocupación, ahora, es que no llega la señal de internet, que las campanas de la iglesia barroca le despiertan las mañanas de los domingos y que los vecinos no clausuran el corral con gallinas de la pared frontera. Por suerte, es fin de semana y podrá ir a la ciudad con su automóvil para pasar la tarde en el centro comercial más grande de la región y comprar muebles fabricados en Asia y diseñados en Suecia.

viernes, 23 de septiembre de 2022

Meditaciones ante un café

 


Me quedé mirando el café de media mañana como si el resto del día no existiera. De hecho, no existía. Desde esa hora ha pasado el tiempo como cuando cae la lluvia y no te importa.

Llamo a mi segundo café del día el café de despertar, como si fuera un acontecimiento, se abrieran los cielos y apareciera de pronto una poderosa mano que barriera todo lo ocurrido, dejando la mañana lista para escribir encima. Después, despierto.

Café natural, solo y sin azúcar, naturalmente. ¿O era la vida?

Hay cafés que recuerdo, como el de aquella mañana fría en la que todo estaba en silencio. El único sonido surgía del humo que salía de la taza.

Las cafeteras italianas gorjean mejor que los mirlos.

Apurar la taza de café busca redimir el pasado.

martes, 20 de septiembre de 2022

Hasta llegar a la palabra nuez

 


Ojalá nuestras esperas tuvieran la recompensa del nogal. Ya se adivina el momento de recoger las nueces. La definición de nuez es bien complicada puesto que se le niega su verdadero carácter de nuez botánica a la semilla que nosotros llamamos nuez, pero si vamos ya no a la etimología latina que designaba así cualquier fruto recubierto por una cáscara, sino a lo que daba lugar, la nuez es, por antonomasia, la del nogal. Y tanto rodeo para decir nuez, para abrirla y llevarla a la boca. Qué complicada espera la nuestra desde que florecen los nogales en los primeros días de la primavera hasta que recogemos las nueces al inicio del otoño. De marzo aquí, cuántas cosas mientras el nogal se ha dedicado a lo suyo, a madurar el fruto y ofrecerlo.

Hoy he hablado de la envidia con un amigo. Creo no haber sentido nunca eso que llaman envidia, codiciar lo que otros tienen o logran, pero he visto enfermar de envidia, sentir envidia hasta el punto de perder los nervios. También envidiosos aparentemente serenos, los peores, que con la envidia afilan las calumnias y los desprecios. Líbrate de los envidiosos, son capaces de poner puertas al campo y dagas a las palabras.

¿Llegaré a tiempo de las nueces maduras en el nogal junto a la acequia? He tenido ganas de llevarme una silla para sentarme junto a él, pacientemente, como el árbol, viéndolo hacer día a día. Nada más, solo ver cómo el nogal es nogal hasta llegar a la palabra nuez.

lunes, 19 de septiembre de 2022

De cardos y fin del mundo

 

Sigo admirado por la flor de algunos cardos, por su belleza enigmática recién florecido, por su hermosura esencial una vez seco, en la que nada sobra, nada falta. Arquitectura elegante, elevación al cielo.

Se eleva el cardo
al cielo de Castilla.
Esencia pura, flecha
lanzada al mar azul
desde esta tierra.

Este de aquí recibe el sol de primera mañana. ¿Es un cardo mariano? Una deliciosa leyenda medieval cuenta que María escondió bajo sus hojas a Jesús, ocultándolo de la persecución de los soldados de Herodes. Una gota de leche cayó de su pecho sobre el cardo. De ahí el jaspeado de sus hojas y su nombre. Lo ignora el cardo, que se eleva para recibir la luz, orgulloso y sencillo.

Protegerse bajo el cardo, si lo hubiera sabido a tiempo... 

Estos días finales del verano son una prórroga de la vida pasada, de la vida que ya no es, pero se resiste a marcharse. Mientras tanto, apunto aquí algunas cosas para después, para cuando venga el otoño. Por ejemplo, que el fin del mundo venga en un atardecer en el que el sol juegue -azul, rosado, verde- con las nubes. Que se deje ir, sin más, hacia el invierno.