viernes, 11 de junio de 2021

Horizontes

 


En el vértigo del horizonte, la única frontera eres tú.
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Tan fina la línea del horizonte que se puede quebrar con el viento.
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Se quedó bajo el árbol, a la espera de que la fruta madurara, con las manos bajo la nuca, una pierna para cada lado y un tallo de cebada silvestre entre los labios. Aquello desconcertó a la serpiente y desesperó al dios que vio perdida su última semana de trabajo. Plácidamente, se quedó dormido.

jueves, 10 de junio de 2021

Vaciar el mar

 


El niño consiguió vaciar el mar en el hoyo cavado en la arena de la playa. Se quedó allí, de pie, con la pala de plástico amarillo en la mano, mirando cómo giraba el agua del último cubo que había arrojado por el agujero hasta desaparecer con un ruido de cañería atascada. Se giró para contemplar la llanura inmensa y vacía. El hombre sabio que estaba a su lado lo miró aterrado.

martes, 8 de junio de 2021

Hecho un adán

 


De tanto verla, la falsa achicoria resulta invisible. Está en todos los sitios, con su olor ligeramente desagradable, pero el tallo esbelto y la flor de amarillo elegante. De niño contribuía a manchar los pantalones de verde para desespero de las madres, vuelves hecho un adán. La ropa, las manos, los ojos, olían a verde hierba. En las afueras, el campo lo inundaba todo.

Cómo me imponía ir a la ciudad. Como mucho, al barrio, a comprar el tebeo con la paga. Tardé tanto en comprender la ciudad y conocer sus caminos y razones que todavía hoy no me extraña perderme en ella.

lunes, 7 de junio de 2021

Castellano. Lorenzo Silva

 


En 2011, Lorenzo Silva (Madrid, 1966) decidió escuchar durante un viaje en automóvil la versión musical del poema Los Comuneros del grupo folclórico segoviano Nuevo Mester de Juglaría. El poema de Luis López Álvarez (La Barosa, 1930; Premio Castilla y León de las Letras, 2015) se publicó en Cuadernos para el Diálogo en 1972 y contiene una visión muy crítica sobre el decaimiento de Castilla, el desconocimiento de su historia, la manipulación interesada desde posiciones ideológicas diferentes sobre su significado y el abandono del conocimiento de las claves que motivaron y constituyeron la revolución de las Comunidades y su gran importancia histórica (1520-1521). La versión musical data de 1976 y contribuyó eficazmente al conocimiento del poema y la construcción de un castellanismo emergente en la Transición hacia la democracia en España, con carácter netamente progresista, que nunca ha llegado a cuajar del todo por varias razones. Dentro de Castilla no existe una conciencia de identidad clara, a lo que no ha ayudado el desmembramiento del territorio debido a la reorganización del estado en autonomías, entre las que no se le dotó de valor de autonomía histórica, que merecía. Fuera de Castilla ha existido siempre una mirada errónea sobre lo castellano en la historia, perpetuada en el arte y la literatura y en la interesada ligazón con el neoimperalismo franquista. De hecho, Castilla y lo castellano se han convertido en conceptos desemantizados tanto por la ignorancia histórica y la mixtificación como por su extensión e identificación fácil con lo español.

Cuando inició aquel viaje en automóvil, Lorenzo Silva, tal y como cuenta en el libro, era un español más de su generación, sin clara conciencia de identidad, sabiéndose parte de un país pero de forma un tanto vaga. Había crecido entre las mentiras extendidas por el régimen de Franco perpetuadas en el postfranquismo y la cómoda repetición acrítica de esquemas mentales después y la agresividad de las identidades de otros (la violencia etarra, que le afectaba muy cerca al residir en una colonia militar en su infancia). Por aquel entonces, vivía en Cataluña y percibía el crecimiento del nacionalismo catalán de corte independentista y excluyente, fabricado, como todos los nacionalismos, a partir de una lectura emocional de la historia y del presente plagada de falsedades y confrontación con otros extremos nacionalistas igualmente erróneos, que se alimentan mutuamente en la radicalidad. Nacido en Madrid, en un momento en el que tampoco había una conciencia de lo madrileño, sus orígenes familiares paternos le llevan a Andalucía y los maternos a un pequeño pueblo salmantino que apenas había visitado. Sin embargo, el disco le devolvió al recuerdo de su abuelo materno y sus diferentes experiencias en Castilla y algo se removió en su interior para que se sintiera fuertemente identificado con lo que escuchaba. A partir de ese viaje en automóvil comienza otros, que se trasforman en la novela Castellano (Destino, 2021), organizados de forma literaria por el mayor de todos, el descubrimiento paulatino de una identidad en la que se reconoce, la castellana. La novela se entiende así como un género abierto en el que se suma el relato de ese viaje físico y anímico, la investigación histórica y el ensayo sobre una manera de estar en el mundo.

En los capítulos impares hallamos a Lorenzo Silva recorriendo los tramos de ese viaje construidos con los recuerdos autobiográficos, la descripción de los lugares a los que le lleva la investigación y las emociones y reflexiones que le provocan, así como el encuentro a través de los libros con los hitos de la construcción de lo castellano desde las leyendas sobre el Conde Fernán González, el Cid, las grandes aportaciones de Castilla al progreso de la humanidad (la construcción del derecho de gentes de Francisco de Vitoria), las relaciones con el mundo musulmán y judío en las que es inevitable recordar la polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz, etc. En esa búsqueda camina del presente al pasado, del paisaje a los habitantes, para intentar extraer sus propias conclusiones y confrontar la historia con el momento en el que vivimos, un recorrido que trascurre también por la gran literatura que ha abordado este tema. Es singular cómo corrige la tópica visión que la mal llamada Generación del 98 extendió sobre Castilla con los textos de Miguel Delibes. También cómo enfrenta la potencia castellana del siglo XVI (económica, demográfica, intelectual, etc.) al paisaje actual, tan carente de muchas cosas y abandonado por las administraciones y hasta por sus mismos habitantes que parecen desconocerse.

En los capítulos pares, Lorenzo Silva relata la historia novelada de la revolución de las Comunidades, de tanta relevancia histórica que hoy es difícil negarla. No solo fue un serio cuestionamiento de la legalidad del reinado del emperador Carlos V, sino que sus aportaciones sociales y jurídicas constituían un proyecto de una primera Constitución moderna. El fracaso de los comuneros no solo fue la pérdida de la identidad castellana difuminada en la construcción de la española, sino también una pausa en el avance de la limitación del poder absoluto y un freno en la idea de lo que, pasado el tiempo, se llamaría soberanía nacional. Como tal historia novelada, construye espacios y personajes en un acertado retrato sociológico y psicológico de los grandes protagonistas de aquellos hechos, pone en pie diálogos y escritos basados en los muchos documentos que recogieron los escribanos y los cronistas. La línea de la narración es inequívocamente favorable a los comuneros, pero sin ocultar sus disensiones y debilidades. En este relato histórico, Lorenzo Silva no busca sorprender porque se atiene a los hechos históricos, pero el fresco que levanta tiene la encarnadura de lo real.

Este viaje hacia la identidad basado en su experiencia biográfica, la certeza de los documentos históricos y la literatura, le llevan a asumir las claves de libertad frente a las tiranías, la poderosa fábrica intelectual de aquella Castilla anterior a la Contrarreforma, con figuras insignes en todos los campos del saber, la suma de elementos procedentes de todos los estratos sociales y singularmente del común y de la baja nobleza procedente del ámbito urbano, y la energía en el hacer y en el reclamar que la caracterizaba y que fue sepultada tras la derrota de Villalar. Esta fue causada, en gran medida, por la acción de la aristocracia y los intereses sociales y económicos que defendían. También por las disensiones internas provocadas por el mismo carácter castellano y los miedos y debilidades de unos personajes que eran conscientes de enfrentarse a un poder imperial de Calos V que trascendía con mucho el territorio de Castilla.

Castellano se lee con agrado y poco importa que se entre en él entendiéndolo como relato autobiográfico, ensayo o historia novelada (de todos estos géneros tiene buenas dosis) puesto que la capacidad como novela terminará imponiéndose en el concepto moderno de la narrativa de no ficción. Está muy bien escrita y en el viaje autobiográfico del autor se reconocerán muchos españoles nacidos o educados en el postfranquismo en estos tiempos en los que parece que retorna la necesidad de encontrar una identidad histórica en la que sustentarse, con el riesgo de caer en aquellas excluyentes y generadoras de conflictos o en las que se basan más en tópicos y modismos. También resultará muy atractiva la narración de los acontecimientos de la revolución comunera porque es algo que muchos desconocen. Descubrirán unos hechos y unos personajes tan atractivos que sorprenden por su relevancia. No tanto por su desconocimiento: durante siglos se ha trabajado para hacerlos desaparecer de los libros de texto o reducir su importancia. Lo mejor del descubrimiento de esta identidad castellana es que no sustenta hoy una confrontación con otras ni pretende ser excluyente, sobre todo en el amplio paisaje de un territorio vaciado. Eso sí, hay que procurar rescatarla de la contaminación interesada de patrioterismo españolista y el rancio neoimperalismo para que pueda entenderse correctamente y convivir con una forma abierta y plural de entender el mundo. Una contaminación buscada tanto por los que han querido apropiarse de su carácter para disolverlo o dominarlo en ámbitos localistas como por aquellos que la convirtieron en el fácil blanco de su crítica. Este libro es una aportación en el camino correcto.

El pasado sábado día 5 de junio acompañé al autor en la presentación del libro en la 54 Feria del Libro de Valladolid. Pienso que la conversación resultó amena y esclarecedora, se puede ver pulsando en este enlace.

martes, 1 de junio de 2021

Reflexiones sobre un caracol

 


Con las lluvias y el calor, proliferan los caracoles. Tienen buena fama, quizá porque su caminar es más humano que el nuestro.
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Aunque usemos un palillo de plata, hay algo en la forma de comernos un caracol que nos regresa al primate que fuimos.
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De niño, me quedaba mirando la carrera del caracol o su peripecia al trepar por las paredes o las hojas de hierba. Eran años de descubrir lo diminuto, como las hormigas. Excavar un hormiguero, descubrir sus galerías y encontrar los huevos. Estos días también se afanan las hormigas, que trazan tenaces sus caminos, como si supieran que el verano pasa.
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Haced la prueba. Mirad cara a cara a un coracol, vedlo salir de su concha, observad sus tentáculos y las contracciones musculares que les permiten mover su pie y avanzar cabeceando a un lado y a otro. No te inquietes, él no sabe que tú estás ahí. Aunque lo puedas destruir pisándolo, no le importas. Es su victoria. Piensa con calma en esa cara del caracol, que te ignora.




lunes, 31 de mayo de 2021

Cuando el mundo siga su latido sin mí

 


Florece ahora el cardo mariano en un artificio tan extraño que parece inventado por una mente extravagante y perdida, pero es naturaleza y nada en ella carece de razón. Sirve para los males de hígado, dicen. A mí me basta con contemplar esa prodigiosa arquitectura que culmina en una flor púrpura que atrae con tanta eficacia a los insectos. Cuando se seque permanecerá enhiesto durante mucho tiempo, con afirmación de sí mismo, pero tan fácil de quebrar que cuando lo veo tan lleno de vida como ahora, todo anticipa ya el otoño.

Ando estos días entre la vegetación de los solares y de las cunetas, la que se apoya contra la tapia última de las ciudades, en los espacios descuidados. Como un anticipo de lo que será cuando no estemos, cuando no esté y el mundo siga su latido sin nosotros, sin mí, que no le hago falta. Qué hermoso todo entonces, tapizado el suelo de verdad.

domingo, 30 de mayo de 2021

Brote púrpura de alfalfa

 


Se han llenado los solares de alfalfa. Llega a la ciudad con el viento o los pájaros. Hay una mata grande junto al álamo, en un terreno que se urbanizó antes de la crisis de 2008 en los límites del polígono.  El solar espera que regresen los tiempos de la construcción desaforada. El álamo se alza en una esquina de una calle peatonal trazada desde algún estudio de arquitectura y que ahora no va a ningún sitio y ni siquiera tiene nombre. ¿Se salvó por la casualidad o se tiró la calle a propósito para salvarlo? En el medio del solar, un imponente pino solitario. Este brote púrpura de la alfalfa en mayo ennoblece estas afueras con la humildad de la hierba frente a la soberbia del ser humano.

sábado, 29 de mayo de 2021

El canto de un gorrión

 


Lerma tiene el privilegio de la belleza, pero cuántos lugares también y la han perdido. La belleza hay que mantenerla día a día y creérsela. Forma bonum fragile est. Frente a los que piensan que la belleza no tiene más razón que la contemplativa, vivir cuidándola es un lema de vida. Desde el Mirador de los Arcos, se extiende la mirada por la vega del Arlanza. Basta asomarse allí para comprender que la villa que se tiene a la espalda debe mantener un pulso diario con este paisaje.

Esta mañana, a primera hora, oí el canto de un gorrión en el tejadillo de la terraza. Asomé para contemplarlo, pero debió asustarse. Deberíamos andar de puntillas para respetar la hermosura. También una puesta de sol puede perderse si se hace un gesto a destiempo.

Hay quien piensa que construir un decorado garantiza un jardín.

El azul intenso de las campanillas sobre el verde del césped es una estrofa entera.

viernes, 28 de mayo de 2021

Todo por hacer

 


¡Todo por hacer a estas horas!
La cama, la mesa, el día,
la pregunta sin resolver
en la boca del estómago.
Y anochece ya
en el hueco de las manos
de esta tarde
en la que vuelvo a casa
sin una almueza de ti.
Mira cómo regreso,
sin haberme manchado
de calle, a media vida.

© Pedro Ojeda Escudero  (2021)

jueves, 27 de mayo de 2021

El corazón está al fondo a la izquierda de David Acebes Sampedro

 


Nacer es como salir de la bañera de mamá, dice uno de los textos de El corazón está al fondo a la izquierda de David Acebes Sampedro, editado este mes de mayo por la valenciana Asociación Cultural Babilonia (editorial especializada en poesía visual y experimental) en la colección Los prescindibles coordinada por Paco Pérez Belda, en la que hace el número 10, tras otros de Paco Pérez Belda, Felipe Zapico, Joaquín Gómez, Roberto Net Carlo, Manel Costa, Fernando Costa y Joan Rubio.

A David Acebes Sampedro (Valladolid, 1976) le gusta definirse como poeta experimental. Tras obtener con Trópico azul... en 2004 el Premio del Consejo social de la Juventud de Valladolid, inició una carrera literaria que le llevó por la poesía discursiva (el último de sus libros en este sentido es Una décima parte de mí, 2018), la narrativa breve (sus textos están presentes en varias antologías), el relato infantil y juvenil (Víctor, el centauro y otros cuentos para niños, 2017; El perro que escribía poemas de amor, 2019) o el ensayo (La poesía es cosa de burros, 2018, en el que recoge artículos publicados anteriormente en prensa especializada). Sin duda, donde tiene una mayor proyección es como tal poeta experimental, fronterizo con la poesía visual, pero cómodo en los márgenes de esa modalidad poética que ha practicado tanto individualmente como en los trabajos expositivos del colectivo DARt, junto a Rafael Marín y Atilano Sevillano. También participa en el consejo asesor de la revista de crítica y poesía Crátera y en el de la antología de relatos anual Contamos la Navidad, coordinada con sabia mano por Ignacio García.

La obra visual de David Acebes está llena de reflexión sobre la propia concepción poética, cargada de intertextualidad, en la que no se esconden los referentes, con los que establece una relación de homenaje y superación. Puntilloso y exigente en el resultado final, pide al lector/espectador atención, capacidad para descubrir los detalles en donde radica el impacto visual, ideológico y estético a partir de la sorpresa, practicada con una fina ironía y humor sin recurrir a la estridencia que practican otros en este tipo de poesía. Sus obras permiten una primera impresión rápida, pero ganan siempre con la atenta contemplación y la capacidad de quien las observa para extraer sus propias conclusiones, porque más que imponerse permiten el juego dialéctico.

El corazón está al fondo a la izquierda parte de este título en el que podemos encontrar la referencia a la empatía emocional, pero también un juego irónico con una habitual referencia de localización. Consta de diecinueve textos y sus correspondientes imágenes, en las que se inserta el texto dotándolo de una nueva vida visual, que amplía sus posibilidades puesto que no se tratan de una mera ilustración. Califica los textos, en el subtítulo, de greguerías infantiles, dirigiendo al lector hacia el referente directo de la modalidad creada por Ramón Gómez de la Serna, tan cultivada, imitada y llevada hacia otras con las que hace frontera sin ser ninguna de ellas. Quizá muchos no sepan que Ramón también publicó en la prensa sus greguerías con ilustraciones y que este formato de la greguería visual tiene una larga tradición desde entonces. Como en Ramón, los textos parten de juegos visuales, sonoros, rupturas de sentido, para provocar la sorpresa, el humor y la imaginación. Aunque todos ellos pueden tener esa connotación de infantiles que indica el subtítulo, no debe dejarse engañar el lector porque permiten todo tipo de lecturas devolviéndonos a todos a ese estado de la infancia en la que la vida se encuentra tan abierta, incluido el acceso al conocimiento continuo del mundo y sus circunstancias a partir de la creatividad. De hecho, tras pasear por estas páginas en las que nos vemos atrapados por la imaginación y una cierta ternura, se sale mejor. Aquel que quiera, puede volver a abrir la vida y tener nuevas oportunidades, pero para ello se ha de ser niño y adulto al mismo tiempo, porque siéndolo por separado nunca seremos completos. He aquí dos ejemplos más: El cordón umbilical es el lazo que desatamos cuando abrimos el regalo de la vida; Los niños que no comparten sólo juegan al yoyó.

El corazón está al fondo a la izquierda es un libro de pequeño formato, que cuenta con una tirada de 150 ejemplares numerados.

Ayer miércoles 26 de mayo, mantuvimos un interesante y ameno encuentro de autor con David Acebes Sampedro dentro del programa Valladolid Letraherido, en el que hicimos un recorrido por su obra experimental y se habló de esta novedad editorial. Te invito a ver la grabación aquí.

martes, 25 de mayo de 2021

Extraña devoción. De reliquias y relicarios

 

La costumbre de acumular reliquias y usarlas con superstición o interés económico y de posicionamiento social, acompaña a los seres humanos desde sus orígenes. Ocurre todavía: objetos que pertenecieron a personajes famosos, prendas o cabello de los seres queridos, el pañuelo perfumado de un antiguo amor o una botella con agua del Jordán. Los fans arrancan los botones o mechones a sus cantantes favoritos, los seguidores de un futbolista pagan lo que sea por una camiseta con el número con el que juega habitualmente, hay quien conserva en una urna una bola de tenis que llegó a las gradas después de que fuera golpeada por la raqueta de Nadal. A su alrededor, surge un inevitable comercio y un tráfico de objetos falsos. Si en lo más banal de nuestras vidas sucede, en los espacios de las creencias todas las culturas veneran restos humanos y objetos que se relacionan con personajes venerables o con acontecimientos históricos, ciertos o no, desde la momia de Lenin hasta la tumba del Apóstol Santiago, la Campana de la Libertad de Filadelfia o un diente de Buda, como si esas reliquias reforzaran un mensaje espiritual o ideológico.

La exposición Extraña devoción. De reliquias y relicarios que puede verse en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid hasta el próximo 22 de agosto, nos muestra la tradición de las reliquias en la religión católica (recomiendo descargar el dossier de prensa aquí). Se abre con un conocido grabado de Goya del que se toma el título y la perspectiva inicial, una puerta que sitúa desde el inicio al espectador en la propuesta en una mirada crítica o, cuanto menos, perpleja, a partir de la cual meditar. Reúne piezas de varias colecciones y tiene como objeto reflexionar sobre la importancia de este fenómeno de las reliquias para la sociedad y el arte del barroco, pero poniéndolo en relación también con nuestro mundo. Tras la reforma protestante y la posterior contrarreforma tridentina, poseer una reliquia cobró un nuevo sentido, puesto que, además de la veneración a los santos de los que procedían las reliquias, suponía toda una afirmación religiosa frente a la contestación luterana, incluyendo en el catálogo aquellas que fueron ultrajadas por quienes las rechazaban, aunque no tuvieran más origen que ese, el ultraje.

Dentro del catolicismo hubo voces importantes que tomaron posición contraria a esta manifestación del fervor religioso. El más importante de todos, Erasmo de Rotterdam. El erasmismo fue muy crítico, pero también dentro de corrientes más ortodoxas y nada conflictivas con el papado, se sometía a crítica y burla la proliferación de las reliquias y se advertía sobre el tráfico de falsificaciones, promoviendo una religión más íntima y espiritual. Normalmente prestamos más atención al extremo fervoroso que a las muchas voces razonables que se opusieron a su extensión. Ya en el siglo XVIII alguien como Benito Jerónimo Feijoo dedicó un buen puñado de páginas contra la superstición que escondían, pero tuvo que contar con la protección real para evitarse problemas.

Poseer una reliquia era manifestación de importancia y si esta tenía certificación de verdadera (que también se podía falsificar), más aún. Sobre la sinceridad de la fe se superponía el poder, el prestigio, la posición social y hasta la ganancia económica que suponía para su propietario, fuera este un individuo, una familia o una institución religiosa. Los grandes nobles procuraban acumularlas, los conventos y las iglesias las exhibían y catalogaban con tablas de reliquias en las que se listaban. Se medía mucho el impacto buscado en la exhibición de la reliquia: se mostraba, pero no del todo y no siempre, para que no perdiera parte de su condición secreta y se conservaba para ello en objetos que revelaban su pretendida importancia. Estuches de oro y plata, esculturas de madera policromada obra de los mejores artistas del momento, muebles de las mejores maderas confeccionados por artesanos de prestigio... Decenas de miles de ejemplos de todo tipo de huesos, sangre, cabellos, ropas, objetos que tocaron las reliquias originales o que proceden de los lugares en los que se conservan, imitaciones que se vendían como hoy los recuerdos de los lugares santos, cuadros que solo por representarlos adquirían parte de la condición sagrada, etc. No importaba que el mismo exceso supusiera la principal causa de su descrédito o que en muchos de los listados expuestos el santo o santa figurara como desconocido o que se resolviera que una reliquia en concreto se demostrara falsa. La fe es ciega por definición y no se somete a la razón.

La exposición, como es habitual en este Museo, está bien montada y resulta atractiva. Hay piezas notables y otras elegidas por su condición didáctica, para dar cuenta de la variedad de la cuestión. Sin embargo, le falta algo, una necesaria mirada decididamente moderna a estos objetos, como si los comisarios no se hubieran atrevido a ir un poco más allá de lo esperable, de lo que cualquiera hubiera hecho de disponer de estas mismas piezas. Falta una contextualización mayor dentro del mundo del arte, falta una mayor profundización en la visión crítica que ya se dio dentro de la misma iglesia católica en aquellos tiempos (está meramente apuntada), falta poner de mayor relevancia  con ejemplos concretos el interés de prestigio social que suponía o la importancia económica del tráfico de reliquias y relicarios sin importar que fueran descaradamente falsas las primeras, falta la verdadera espiritualidad que podía promover el contacto con una reliquia. Sin esto, Extraña devoción es una exposición interesante, pero previsible y no sorprendente, sin la altura sobresaliente e inolvidable que han tenido anteriores exposiciones en este Museo.

En un museo, estos relicarios adquieren una nueva condición, la de objetos artísticos. Despojados de su condición sagrada, los contemplamos como ejemplos de un mundo que nos parece lejano, aunque basta con salir a la calle tras la visita a la exposición para darnos cuenta de cuánto es similar al nuestro.

lunes, 24 de mayo de 2021

La espera

 

La espera, escultura de Mary Maroto (años 90) 
expuesta en Mary Maroto. Arte y Teatro
en la Sala de exposiciones de Las Francesas (Valladolid).

¿Cuánto tiempo hemos dedicado a esperar en nuestra vida? Vladimir y Estragon esperan a Godot, que no llega nunca, pero quizá llegue mañana. Solo se espera si hay cierta esperanza. Incluso esperar la muerte la tiene. En las peores situaciones, se forman pacientemente largas colas para adquirir pan o arroz. En la España del hambre y en la URSS desabastecida se hacían colas sin saber para qué. Algo habrá si hay cola. Estaba la esperanza de obtener algo al final. La impaciencia comienza cuando quedan pocos puestos para que a uno le toque.

A veces se espera en grupo y cada uno tiene una esperanza. Lo único que nos une es la espera, con un lazo que no nos atrevemos a cortar aún, como si no nos atreviéramos a la soledad en ese momento en el que todo es transición hacia quién sabe qué final. Como unos gorriones alterados por la cercanía del invierno.

De un invierno, recuerdo una cola en la Acera de Recoletos de Valladolid. Repartían plantones de acebos en una aula de la naturaleza de una Caja de Ahorros. Era larga la cola, pero cuando quedaban un par de metros para llegar a la mesa en la que dos jóvenes te entregaban un follero y el plantón, se salían de la cola una o dos personas, con gestos indignados. Cuando llegué a la mesa comprendí que pedían 50 céntimos por cada plantón y aquellas personas veían frustrada su esperanza de algo gratis después de aquellos minutos de cola. Tomé mi plantón y marché con él a casa de mis padres. Mi padre estaba ya en la última fase del cáncer. Hablé con él de aquel acebo y de cómo sería mejor plantarlo y cuidarlo. Al regresar a mi casa, lo dejé olvidado en la galería y no me acordé de él hasta pasados unos días. Lo planté con poca esperanza de que prendiera, pero lo hizo. Cada vez que lo miraba recordaba cómo lo tomó en sus manos mi padre, contemplándolo. Cada vez que fui a verlo a casa le hablaba de aquel acebo y de cómo iba creciendo y haciéndose fuerte.