miércoles, 10 de abril de 2024

Reposo

 



¡Seguro puerto no falte tras cruzar la vida! Ese momento -un día, una tarde, una noche cobijado- que lo es todo, que dure al menos lo que un abrazo largo o lo que una mirada en la cafetería a la que se llega apresurado para evitar la lluvia -ojos que se cruzan y se refugian los unos en los otros-. Apenas nada, una respiración, el débil vuelo de una pluma que cae, mientras llega el sosiego.

De vez en cuando me desarbola el huracán. No lo veo venir, tan a mis cosas. No hago pie de pronto, en una caída hacia adentro. Tardo en salir, siempre he sido de braceo torpe. Me ha pasado hace unos meses y no me di cuenta. La tristeza es una costra que tarda en quitarse.

Mirarte, con la sorpresa de la primera vez. Olvidar tu nombre para aprenderlo de nuevo, sílaba a sílaba, como olvidar tus besos para descubrir tu boca o tu piel.

Ver atardecer con la lentitud de un otoño.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Noticias del membrillero japonés


Por fin, llegó la nieve. Tiene algo de infancia: el corcho desgranado sobre el belén casero, las castañas bailando en la chapa de la cocina económica, el frío al otro lado del vaho de la ventana. Nieva ya menos de lo que nevaba y, cuando caen los copos, es siempre un acontecimiento que provoca la sonrisa. Vi caer la nieve en la ciudad, sorprendida por lo inesperado del suceso y mis ojos se alegraron.

A pesar de la nieve, la primavera está ya muy avanzada por estas tierras castellanas, sin hacer caso al calendario. Entrará el próximo 20 de marzo y durará, dicen, 92 días y 18 horas, para terminar el 20 de junio. A los almendros en flor sucedieron otros frutales. Los silvestres han llenado las cunetas y los bordes de los caminos de color y un sabor a vida.

En el jardín de la Facultad -ese por el que algunos pasan desde los despachos hasta las aulas como si no existiera-, ha florecido el membrillero japonés. Lo hace siempre a finales del invierno, como anuncio orgulloso de que llega el buen tiempo. Es un arbusto grande y hermoso y, cuando saca la flor, de un rosa muy elegante, atrapa la mirada del que no se niega a verlo. Recuerdo la primera vez que lo vi florecido, en marzo de 2020, unos días antes de que se declarara el estado de alarma por la pandemia por el COVID-19 y tuviéramos que guardar aislamiento en las casas. Desde allí me preguntaba si seguía en flor, a lo suyo. Aquel día de hace cuatro años atravesaba el jardín junto a Paco, camino de mis clases. ¿Qué tocaba, Góngora? Paco es un amigo, pero también el mejor alumno que he tenido nunca. Al jubilarse, se apuntó en el Programa de la Experiencia de la Universidad, dirigido a mayores de cincuenta y cinco años. Allí lo conocí. Siguió los tres cursos regulares y luego pasó a la Universidad Abierta a Mayores, pero no le era suficiente. Participó en mi club de lectura con acertados comentarios. Aunque él venía del mundo de la técnica, sus intereses eran la literatura, la historia, el arte. Con su decisión y lucha, consiguió que se abriera la posibilidad de matrícula libre para este tipo de alumnos en los grados universitarios, con todos los derechos, aunque sin efectos académicos de cara a un reconocimiento del título. Siguió, de forma notable, todos las asignaturas. Participaba en las clases, hacía los trabajos y los exámenes, con brillantez. En su relación con los jóvenes alumnos, aportaba la experiencia y una visión de la vida basada en el esfuerzo más enriquecedor: aprender y que el conocimiento adquirido le aportara la base adecuada para sus propios juicios. Nunca defraudaba en las intervenciones en clase y en los trabajos. Sin obligación alguna, realizó un magnífico Trabajo Fin de Grado sobre Vicente Blasco Ibáñez, cuya Casa Museo en Valencia frecuentaba para investigar. El sistema universitario no ha aprovechado aquel impulso: si se hubiera publicitado suficientemente, Paco hubiera sido el pionero de un programa con el que nuestras aulas hubieran ganado en diversidad con la experiencia intergeneracional. El otro día le envié un mensaje, avisándole de que ya había florecido el membrillero, que yo le echaba de menos. Se ha acercado esta semana a tomar café conmigo y le he propuesto que vuelva a clase cuando toque Cervantes para que pueda terminar de forma presencial aquella asignatura del curso del COVID-19. Antes de que yo bajara al jardín, él ya lo había recorrido para ver el membrillero, los pinos y sus tejos.

jueves, 15 de febrero de 2024

De la palabra a la música. Instrumentos musicales históricos en la colección de Víctor J. Martínez López, en la sala de exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid


En Valladolid Letraherido hemos programado De la palabra a la música. Instrumentos musicales históricos en la colección de Víctor J. Martínez López (Sala de exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid, hasta el 28 de abril) dentro de las actividades que conmemoran el 207 aniversario del nacimiento de José Zorrilla (21 de febrero de 2017).

Víctor J. Martínez, propietario de las piezas expuestas y comisario de la exposición, es uno de los máximos expertos europeos en restauración de instrumentos musicales antiguos. Él ha sido el que ha devuelto el sonido a dos piezas históricas propiedad de la Casa Museo Zorrilla: un pianoforte y un arpa. No solo ha procedido a su minuciosa restauración y cuidado (lo que permite que lo que no eran más que unos muebles lujosos, pero arruinados, suenen ahora en unos pocos conciertos al año) sino que los ha puesto en su justo valor, descubriendo, por ejemplo, la importancia del arpa Pierre Chaillot de hacia 1810. De hecho, es una de las pocas arpas de acción simple que podemos escuchar hoy en día en España con un sonido original. Los conciertos en los que se combina con el pianoforte de mesa de Hosseschruedes construido en Madrid hacia 1840, nos acercan a la experiencia de un salón de música romántico como es posible en muy pocos lugares en el mundo. Si a esta afirmación añadimos que los conciertos se dan en la casa natal del más famoso escritor español del Romanticismo, comprendemos mejor la relevancia de estos acontecimientos.

Víctor J. Martínez es doctor en Historia de Arte y profesor de la Universidad de Murcia. Como restaurador, es partidario de devolver a la vida a los instrumentos. Su proceso de restauración parte del conocimiento exhaustivo de su construcción, funcionamiento e historia y se culmina con la conservación de que puede ser respetado y la utilización de elementos originales o fabricados con los mismos materiales a partir de la descripción recogida en los tratados de época y la investigación en el propio instrumento. Solo así puede obtenerse el adecuado resultado: un sonido igual al que tuvo nada más salir del taller del artista que lo fabricó, sin las falsificaciones en las que incurren las restauraciones con elementos nuevos o alteraciones de los conservados. Sus trabajos pueden contemplarse en toda la geografía española, tanto en colecciones privadas como en instituciones y museos públicos.

Para esta exposición ha seleccionado piezas que recorren la historia de los instrumentos musicales desde el siglo XVI hasta los primeros años del siglo XX: campanas, guitarras, salterios, órganos, clavicordios, arpas, pianofortes, celesta... Es muy importante indicar que en la muestra no hay réplicas (tan habituales en este tipo de exposiciones), sino piezas originales. Excepto un salterio que utiliza como referente de estudio y un órgano que todavía no ha tenido tiempo de trabajar, todas las piezas expuestas están en condiciones de ser tocadas con el sonido original, el que tuvieron cuando fueron fabricadas. Junto a estas piezas se exponen tratados impresos que describen los instrumentos y que sirvieron en su día de manuales de fabricación o de uso. De algunos de los libros expuestos no se conocen más ejemplares que los que se encuentran en la Biblioteca Nacional.

La exposición nos permite, en primer lugar, contemplar estos instrumentos como objetos en los que la utilidad y la belleza se juntaban. Basta con detenerse en los salterios expuestos o en la guitarra francesa del siglo XVII con roseta labrada en pergamino para comprenderlo. En sus descripciones y estudios, el comisario nos hace apreciar que estos instrumentos fueron la vanguardia tecnológica de su tiempo. En segundo lugar, el hecho de que estos instrumentos conserven, gracias a la minuciosa restauración, el sonido original nos lleva a comprender mejor su historia y la posición que ocuparon en la evolución de la música y en la cultura de su tiempo. En tercer lugar, estos instrumentos nos permiten comprender mejor el tipo de sociedad para la que fueron fabricados. La música ocupaba una posición central en sus actividades privadas y públicas.

No es menos importante que estas piezas nos hablan del propio restaurador, de su obsesión por el trabajo bien hecho, por la pasión que despliega tanto en la investigación académica como en el trabajo manual del proceso.

En este sentido, la exposición nos permite ver piezas únicas en España o la singularidad excepcional de contemplar una celesta de Mustel idéntica a la que encargó Tchaikovsky para crear la Danza de Azúcar para el Cascanueces, o dos arpas salidas del taller parisino de Chaillot con pocos días de diferencia (una propiedad del comisario y otra de la Casa Zorrilla) y que podrían hacerse sonar juntas por vez primera.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Muros



Recuerda: los muros son muros por los dos lados.

Mi infancia está llena de tapiales coronados de cristales.

Retornan los muros de la vergüenza: el ser humano tropieza con las mismas tapias.

Cerré los ojos y recorrí el muro solo con el tacto: la mano llegó hasta mi corazón.

No hay peor muro que el construido con palabras, pero el de los silencios hiere como concertinas.

martes, 13 de febrero de 2024

Tanta sed atrasada

 



A veces, el pasar tenue de un día que no quiere ofenderte, un ligero movimiento del viento te despeina y nada más, que ya es mucho: beber la luz a sorbos de las palmas de tus manos. Tanta sed atrasada.

lunes, 12 de febrero de 2024

El padre. Farsa trágica de Florian Zeller protagonizada por José María Pou

 



Esta farsa trágica de Florian Zeller tiene todas las características para convertirse en un clásico de las primeras décadas del siglo XXI. En parte lo es ya por el número de representaciones en las diferentes versiones en varios idiomas. Aunque cada vez conocemos mejor la destrucción que provoca la enfermedad de Alzheimer en los que la padecen, sus efectos no dejan de conmocionar y Zeller construyó una obra que funciona perfectamente como engranaje teatral para situar al espectador como testigo de lo que ocurre en una posición lo suficientemente alejada para que no resulte dolorosa, pero a la vez cercana para que sienta la trama como algo con lo que puede encontrarse en la vida. De ahí que pueda permitirse tanto reír en algunos momentos de desorientación del protagonista como conmocionarse por los estragos que produce en su mente. Es justo ese punto medio lo que salva a la obra de convertirse en un melodrama: permite la suficiente reflexión sin que el público se sienta ni ajeno a lo que ocurre ni directamente implicado, conociendo y temiendo el inevitable final y provocando la dosis justa de incomodidad y la inevitable empatía emocional.

El padre cuenta un tiempo indeterminado del proceso de deterioro de la memoria y las habilidades de Andrés, un hombre de 76 años con una fuerte personalidad que le hace resistirse a aceptar las consecuencias de la enfermedad: desde que todavía puede vivir en su casa hasta que termina ingresado en una residencia. Dado que gran parte de lo que ocurre puede suceder tan solo en su cabeza, no se puede asegurar que la obra nos cuente unos meses o unos días de su vida. Esta misma indeterminación se manifiesta en los hechos, con una confusión continua de los personajes y la repetición de acciones. El espectador cuenta pronto con los datos suficientes para ordenar la historia y asiste al inevitable y acelerado progreso de la enfermedad. Florian Zeller juega con la repetición sin esconder los trucos escénicos que permiten conocer el avance del deterioro de Andrés. El propósito de esta obra es contar directamente la historia exponiendo la confusión y desorientación del protagonista. Por otra parte, el personaje de la farsa es, en gran medida, un reto para grandes actores a una edad en la que antes no era frecuente que se les ofreciera papeles ajustados a sus años.

La farsa se estrenó, con éxito de crítica y público, en 2012 en el Théâtre  Hérvertor de París, en donde se mantuvo hasta 2015 recibiendo varios premios Molière. Muy pronto se tradujo a varios idiomas y el propio autor dirigió su adaptación cinematográfica en 2020, protagonizada por Anthony Hopkins. La primera versión en español se estrenó en el Teatro Romea de Barcelona en 2016, dirigida por José Carlos Plaza, con una muy alabada interpretación de Héctor Alterio.

También fue estrenada en el Teatro Romea en diciembre de 2022 la versión que nos llega ahora, dirigida por Josep Maria Mestres y protagonizada por un soberbio José María Pou, que lleva décadas instalado en la excelencia de su carrera como actor. Pou compone un protagonista en la justa medida de la que hablábamos antes, explorando de forma contenida todo el proceso de degradación mental que provoca la enfermedad sin caer en ningún exceso, dejando que la situación sea la que ponga en evidencia la desorientación y la pérdida de habilidades. Esta contención en la actuación, marcando con sutileza el progresivo deterioro y fatiga hasta en lo orgánico del cuerpo está al alcance de pocos actores. El peso del papel protagonista, provoca que el resto del elenco cumpla una función que permita mostrar la evolución física y mental de Andrés y a ello se ajustan Cecilia Solaguren, Alberto Iglesias, Elvira Cuadrupani, Jorge Kent y Lara Grube.

Este nuevo montaje de la obra de Zeller contiene una aportación más: la desnudez de la escenografía (obra de Paco Azorín) y la sobriedad de la iluminación (Ignasi Camprodon), todo de forma mucho más intensa que en producciones anteriores. Se limita el espacio escénico con paneles que permiten aperturas y juegos de trasparencias que simbolizan lo que está ocurriendo en la mente del protagonista. Lo mismo ocurre con las pocas sillas que ocupan el espacio, dispuestas en posiciones extrañas y que se van sacando de escena para subrayar el progresivo vacío que se adueña de la memoria de Andrés.

En resumen, un más que recomendable montaje de una obra que se ha convertido ya en un referente del teatro europeo de lo que va de siglo XXI.

(Vista en el Teatro Calderón de Valladolid el sábado 10 de febrero de 2024)

domingo, 11 de febrero de 2024

Hoy he salido a ver los almendros en flor

 




¿Sirve de algo decir hoy he salido a ver los almendros en flor? Estos, digo, al borde del camino. Han florecido los almendros y esa es la noticia.

¿Florecen los almendros en las tierras en guerra? ¿Se queda el soldado contemplando la belleza de la flor al menos unos segundos, antes de seguir su avance? ¿Cuando un misil cae junto a un almendro en flor, nieva con ternura sobre las víctimas? ¿Alguien fotografía un camino por el que circula una larga fila de carros de combate flanqueados por almendros en flor?

Levanto mi mano hacia la rama. Con la yema de los dedos acaricio los pétalos de la flor. Qué frágil es, qué eterna.

(Desde el 2008 persigo la floración de los almendros -en realidad desde que me besaron debajo de uno en medio de una espiral de hormigas aladas-, puedes verlo pinchando en este enlace. Recuerda que las entradas se recuperan en orden inverso a su publicación.)

sábado, 10 de febrero de 2024

Tan larga, la espera

 

Carne como la flor
del almendro temprano
junto a la acequia.
Las manos se hacen besos.
¡Tan larga, la espera!

(© Pedro Ojeda Escudero, El camino de los corzos, 2024)

viernes, 9 de febrero de 2024

Y así amanece el día

 


Qué reconfortante es regresar a Claudio Rodríguez. Nunca se ha ido en realidad, pero a veces es solo murmullo de fondo, como cuando dejamos de oír el manantial junto al que pasamos la tarde. Brota de pronto el inicio de Don de la ebriedad, ese libro único y excepcional con el que ganó el Premio Adonáis en 1953, con dieciocho años. La voz poética espera ese don que llega, la claridad que busca una materia para deslumbrarla quemándose a sí misma al cumplir su obra. Así el día, el amor, el poema, la vida.

A veces ocurre, al contrario que en el poema de Claudio, que la noche abre el gran aposento de sus sombras y en el cuarto no parece llegar la luz igual que un niño aterrado refugiado debajo de las mantas. Qué larga la espera hasta el día. En ese tiempo, aguardo hasta que amanezca y salgo a la calle con el cuerpo entumecido, buscando en las cosas más humildes la condición de espera justo cuando comienza a darles la luz. Hay esperanza en la hoja seca, que se hará humus y vida. En realidad, la hoja caída se limita a ser y cumplir, orgánica. Qué difícil es aceptar esa condición orgánica en nuestra vida cuando toda esperanza se frustra, pero en esos casos es más necesario que nunca refugiarse en la noche y en el invierno hasta la luz y la primavera. Pero qué difícil.

lunes, 29 de enero de 2024

Todavía estoy aprendiendo

 


Francisco de Goya anheló la libertad como individuo y como artista. Vivió un tiempo en el que no era fácil. Lo consiguió en el arte, incluso cuando fue pintor de la Corte. Solo hay que ver su cuadro Retrato de la a familia de Carlos IV de España. Se deshizo del imperio de la línea y supuso, como ninguno, el puente entre Velázquez y Picasso o Dalí (por no decir también con los pintores impresionistas y toda la vanguardia pictórica de principios del siglo XX). Es uno de los grandes de la pintura universal. Además, reflexionó sobre el ser humano y comprendió los males de España y de Europa y lo plasmó en su obra, cada vez más libre. Asombra muchas veces verlo tan contemporáneo nuestro en esto. Lo pagó todo con el exilio, desde donde siguió asombrando con su capacidad para renovar el arte. A los ochenta años, escribió en un dibujo: Todavía estoy aprendiendo. Hoy la ciudad se ha llenado de goyas y todo el mundo se hace una fotografía con estas piezas escultóricas. Quizá después se acerquen a un museo cercano, en el que hay tres cuadros suyos.

miércoles, 24 de enero de 2024

Ha fallecido Ángel María de Pablos

 

Ángel María de Pablos junto a su mujer, Aurora Escalona, en los momentos previos a la representación del drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla por Amigos del Teatro en el Teatro Zorrilla de Valladolid el 31 de octubre de 2022. Aquel día, el empresario Enrique Cornejo -socio y protector también de la Asociación- le hizo entrega de la placa con su nombre que ocupa, ya para siempre, una de las butacas del teatro. Fotografía de Luisa Valares, que supo captar un hermoso gesto de la pareja.

Ha fallecido Ángel María de Pablos, presidente de honor de la Asociación de Amigos del Teatro, que presido en la actualidad.  Miembro de la Asociación desde su fundación, en ella lo fue todo: actuó en varias producciones, se convirtió en mecenas financiando varios actos sin que los socios lo supieran, gestionó, impulsó actividades y producciones y propició acuerdos con las instituciones. Tras el fallecimiento del fundador de la Asociación, Ángel Velasco, fue su presidente hasta que la acumulación de trabajo y otras funciones públicas le hicieron dar un paso al lado con la manera habitual que tenía de hacer las cosas, generosa y calladamente. Sin embargo, siguió protegiendo a la Asociación y sus muchos méritos llevaron a que esta le nombrara presidente de honor y pusiera nombre a uno de sus premios anuales, el que se otorga al escritor o promotor más relevante de la temporada.

En la vida cultural vallisoletana fue mucho: periodista de renombre, trabajó en El Norte de Castilla -en el que recogió el testigo de su padre y lo paso a sus hijos- y en la edición local de El Mundo, pero también se convirtió en uno de los mejores periodistas deportivos españoles, como recordarán todos los aficionados al ciclismo en los años ochenta: su voz era la que narraba las proezas de los ciclistas españoles en las grandes carreras. Como escritor, fue poeta notable de trazo clásico y autor de textos teatrales como La Fontana, sobre Antonio Machado. Como he dicho, presidió la Asociación Amigos del Teatro y el Ateneo de Valladolid, etc. Por todo esos méritos acumulados obtuvo la insignia de oro y brillantes de la Real Federación Española de Ciclismo, diploma de oro del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de Seúl en 1998, Premio Manuel Ricol de Ciclismo 2011, Premio Lázaro Gumiel a la iniciativa cofrade 2009  (la Semana Santa de Valladolid fue una de sus pasiones), Premio Cossío a la trayectoria profesional como periodista en 2020, etc.

Para los que lo tratamos, Ángel María de Pablos representaba la bonhombía. Nunca le vi un mal gesto ni escuché de su boca una palabra descalificativa dirigida a alguien. Todo lo contrario, siempre procuró aportar y encontrar las formas de acuerdo ante cualquier circunstancia. Le gustaba encontrarse con su gente, la tertulia agradable y útil y no dejó de participar en las actividades de la Asociación hasta el final. Su presencia era habitual en las butacas del Teatro Zorrilla de Valladolid  en la representación del Tenorio en octubre y noviembre y su participación en el Jurado de los Premios Amigos del Teatro Ciudad y Provincia de Valladolid (que él tanto contribuyó a elevar como uno de los más antiguos y más respetados de España) era siempre acertada. Tuve la fortuna de hacer de maestro de ceremonias en su despedida pública en un gran acto organizado en el Círculo de Recreo de Valladolid el 16 de noviembre de 2023. En aquel momento, le dije que no le permitiríamos retirarse del todo y así fue: tuve la ocasión de organizar varios recitales suyos posteriores para que su público -un público que le seguía de manera fiel y cariñosa- pudiera encontrarse con sus versos, con su palabra exquisita y su prodigiosa voz.

Hoy, los socios de Amigos del Teatro sentimos un gran penar. Quisiera que de este penar brotase la emulación de su constancia y entrega por la cultura.

Que la tierra le sea leve.

lunes, 22 de enero de 2024

Miro al suelo y está lleno de hojas caídas

 


La mirada hace el arte más que la mano.

Quizá el mejor arte de estos tiempos sea el silencio.

Como si fuera a quedarse: así nos engaña la vida.

Las certezas han asesinado más que las dudas.

Regresar es un verbo intransitivo y mentiroso.

Se entretuvo demasiado en el presente.

El mundo es un álbum de hojas caídas en otoño y seres humanos que no existieron.

La gloria es un sistema de calefacción que te convierte en humo.