martes, 24 de febrero de 2026

Los cuatrocientos golpes

 


Ayer volví a ver Los cuatrocientos golpes de François Truffaut en pantalla grande después de muchos años, casi cuarenta. El Cine Club Casablanca de Valladolid, que conserva la costumbre de ver las películas en pantalla cinematográfica y versión original y comentarlas, me invitó a participar en su sesión "Mi película favorita". Acostumbrados, como estamos ahora, a los monitores de nuestros aparatos domésticos, por muy grandes que sean, volver a vivir el cine como experiencia comunitaria es más que saludable.

Hice una pequeña lista de películas para proponérselas a los organizadores, que sostienen con mucho trabajo y esfuerzo, este proyecto. A ellos les agradezco que hayan pensado en mí. Valladolid es una ciudad que cuida el buen cine y la SEMINCI ha sembrado muy buenos cinéfilos que necesitan compartirlo en un coloquio, que se continúa después en las cafeterías. Si hubiera hecho la lista hace cinco años o dentro de cinco años, no sé cuántos de los títulos serían iguales, como es lógico. Por eso mismo, me sorprendí no ver en ella algunos títulos que siempre había pronunciado como favoritos. Supongo que son los títulos que uno necesita volver a ver en un momento determinado por razones biográficas, estados de ánimo o coyuntura social. 

Entre los títulos había unos pocos que se estrenaron a finales de los cincuenta y en la década de los sesenta del pasado siglo. Y entre ellos, Los cuatrocientos golpes me ofrecía mucho de lo que yo necesito ahora. Todos sabemos lo que significó esta película para la historia del cine y para la carrera profesional de su director y cómo encabezó una corriente que buscaba películas menos correctas -temática y técnicamente- y más naturales y que, por eso mismo, causaron tanto impacto. También con un poso social más realista nacido de la experiencia biográfica. A finales de los cincuenta nacía una corriente cultural que terminó llamándose postmodernismo, una forma de mirar al mundo desde el individuo de una manera trasversal, alejada de los grandes principios ideológicos y creencias que lo trataban como una pieza más de las grandes propuestas de la modernidad que habían producido dos guerras mundiales y la amenaza de un mundo partido en bloques irreconciliables.

En Los cuatrocientos golpes hay una ficción institucional que ya no sirve: ni la educación, ni la familia, ni un aparato policial y judicial represor dan salida a los que ya no encajan en esas estructuras. Y lo que las mantienen lo hacen en gran medida desde la hipocresía o el temor al cambio. El protagonista, Antoine Doinel (lo sabemos, alter ego de Truffaut), es un adolescente de catorce años, hijo de una relación de su madre anterior al matrimonio. Su sueño es conocer el mar y vivir de forma libre en una sociedad que no se lo permite. Comete pequeñas trastadas que se van encadenando y creciendo en intensidad sin que él mismo sea muy consciente, hasta que termina en un centro de internamiento para menores. Nadie interviene a tiempo porque todos están muy ocupados en sus vidas y la estructura social solo está preparada para reprimir y no para ayudar. Es un mundo en trasformación radical, que viene de una postguerra y va hacia una sociedad de consumo y que se desentiende de los individuos que no aceptan las normas de juego aunque sea de forma hipócrita, como los padres de Doinel: en toda la película hay manifestaciones que lo afirman.

Hoy, que el cine que llena las salas es tan perfecto técnicamente y tan previsible en las estructuras, Los cuatrocientos golpes sigue siendo una lección de cómo hacer películas magistrales de manera imperfecta y natural, es decir, humana. También de cómo interrogar a la sociedad. La mirada final del protagonista a la cámara no deja de apelarnos, de preguntarnos sobre nuestros principios y motivaciones. En nuestra época se han desatado los grandes intereses, que ya ni siquiera se toman la molestia de disfrazarse de ideologías y que no se paran a preocuparse de los que no se ajustan a ellos. Por todos los lugares se pide más represión, menos políticas sociales, mayor control de los desfavorecidos o de los inadaptados, para los que se piden medidas cada vez más duras. La mirada de Antoine Doinel nos vuelve a interrogar, sin duda.

domingo, 8 de febrero de 2026

Una rama caída en el bosque

 


Una mano que toma
una rama caída
en el suelo del bosque
en mitad del invierno.

Hay niebla y no se escucha
el leve paso alado de los ángeles.
Sin más, la soledad
de quien busca la noche.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025

domingo, 11 de enero de 2026

Nunca se viaja en el espacio

 


Pensó que era niebla, pero le estaban desdibujando el mundo.

Varias razones
para el vuelo del cuervo.
Ya no hay más tierra.

Las fronteras se trazaron para los desfavorecidos.

Al viajar, una parte de mí no me acompaña.

Nos hubiéramos extinguido sin emigraciones.

Recuerda de dónde vienes porque nunca volverás a la infancia aunque pises el mismo suelo.

viernes, 9 de enero de 2026

El otro día nevó sin aviso

 


El otro día nevó sin aviso. Nevó como antes: te levantas y amanece todo bajo la  nieve. Sin más. Luego, continuó el mundo.

Caminaban, sin más, bajo la nieve,
hacia aquella montaña
que indicaban los mapas.
Decían que tras ella
estaban los más cálidos
valles llenos de vida:
truchas que se dejaban
atrapar con las manos,
frutales en sazón,
manantiales de alegres
jilgueros y oropéndolas
bajo un sol de verano
filtrado por las ramas
de castaños inmensos.
Se lo contaban unos
a otros en las  noches
junto al escaso fuego,
desde antes de la muerte
de aquellos dos ancianos.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025


lunes, 5 de enero de 2026

Una bandeja de cocadas

 


Durante el sorteo de la Lotería Nacional del 22 de diciembre, en el centro de la mesa del comedor aparecía una bandeja llena de polvorones, peladillas y cocadas. Era mi madre la que se ocupaba de sacar de aquel gran armario de cocina blanco la bandeja de duralex ámbar y colocaba sobre ella una servilleta grande amarilla que había bordado de niña; eran las manos de mi madre las que iban depositando los dulces uno a uno de forma generosa y elegante. De sus manos, nacía así la Navidad mientras los niños cantaban los últimos números de la pedrea, que era la verdadera esperanza de todos nosotros. Hubo un año en el que me senté ante el televisor con papel y lapicero para copiar uno a uno los números de la lotería que los niños cantaban, con la ilusión de anotar entre ellos el que permitiera a mis padres comprarse una casa. Lo dejé pasado un ratito, como si hubiera sabido de golpe que la vida es así y que cada número anotado agotaba la ilusión y daba testimonio fijo e inquebrantable de la realidad.

Cuando mi madre pasaba de la bandeja a la decoración navideña de la casa -el árbol con sus luces y campanas rojas y blancas coronado por una estrella de purpurina plateada-, era el momento de reptar con sigilo hasta la bandeja y robar con todo el disimulo posible una cocada, dos. Con cuidado, juntaba el resto para que no se percibiera el hurto, y salía de la sala para jugar en el pasillo o en la cocina. No era tiempo todavía de comenzar a hacer los deberes de las vacaciones, recién estrenadas. En los siguientes días todo era así: escapadas al salón, cuando creía que nadie me veía, para seguir tomando a escondidas aquellos dulces de coco, que a mí me parecían tan exóticos. Uno, dos y recolocar los restantes para que no se notara. Sonreía satisfecho y culpable: parecía que siempre había el mismo número de cocadas.

Poco a poco, sobre el mueble bar, surgía el nacimiento: lago de espejo, serrín y musgo, casitas y pastores, un puentecito con un pescador con caña e hilo del que colgaba un pez, un soldado romano gigante ante un desmesurado castillo de Herodes sobre la roña del fondo del belén, el misterio con un niño pequeñito en su cunita de paja y Melchor, Gaspar y Baltasar sobre sus dromedarios que se iban acercando después de cada noche, misteriosamente, hacia el portal.

Había días que no era solo una vez el hurto, sino varias. Con mucho cuidado volvía a colocar las cocadas para que no se notara que había tomado una, dos. Siempre se producía la magia de que el montoncito de dulces no pareciera disminuir y que nadie percibiera mis asaltos. Mi madre, mientras tanto, preparaba con sus manos el besugo con limón para la cena de Nochebuena o cortaba rebanadas de pan blanco para el chocolate de la tarde, un candeal de cuatro canteros.

Después de Reyes, mi madre recogía minuciosamente toda la decoración navideña en una caja de cartón que se guardaba en un altillo del cuarto de baño cerrado con una cortinilla y la bandeja ámbar regresaba al gran armario blanco de la cocina.

(Publicado en ¡Aleluya! Revista de la Asociación Belenista de Valladolid. Navidad 2025. Nº 20.)

domingo, 4 de enero de 2026

Una forma de estar en el mundo

 


Lo profundo es el aire es un verso de Jorge Guillén tomado como tema en una serie de obras realizadas por el escultor Eduardo Chillida. En el verso de Guillén -que es toda una declaración poética y vital del poeta vallisoletano-, encontró el escultor una definición de su relación con la materia y el espacio. Las palabras se encuentran en el poema "Más allá" de Cántico. Con ellas, Guillén, declaraba su condición de ser individual conectado con la realidad que nos envuelve, que es quien nos crea de verdad, una forma de estar en el tiempo y en el espacio, algo que solo puede adquirirse con una plena conciencia de la existencia propia y de todo lo que nos rodea. La estrofa completa dice:

Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda. ¡Salve!

Paso frecuentemente junto a la escultura que, con ese título, se inauguró en noviembre de 1982, coincidiendo con el nombramiento de Jorge Guillén como Hijo Predilecto de Valladolid (Guillén moriría en 1984 y por varias razones no estuvo presente en esos actos) y cada vez es mayor mi admiración por esta pieza y por la intervención en el espacio urbano que propició para albergarla: banco, árbol, piedras.

Tras la pieza, el muro de la capilla del antiguo Colegio de San Gregorio, hoy Museo Nacional de Escultura. El Colegio se fundó como estudios de Teología de los frailes dominicos. Allí fue donde se celebró la Junta de Valladolid (más conocida como Controversia de Valladolid) desde agosto de 1550 hasta mayo de 1551 en la que se cuestionó la manera en la que Castilla debía proseguir la colonización de América. Lo ocurrido allí esos días se basó en la polémica de los naturales y enfrentó las tesis del padre Bartolomé de las Casas y las de Juan Ginés de Sepúlveda, ambos en la mayor altura del humanismo europeo del momento, sobre los derechos naturales de los habitantes de las tierras recién descubiertas, la justicia de las causas para hacerles la guerra y sobre la legitimidad de la conquista.

El debate venía de lejos -no fue aquella Castilla tierra de un pensamiento único, como demuestra la rebelión de las Comunidades- y se había iniciado, al menos, en la Junta de Burgos de 1512, que dieron lugar a las famosas Leyes de Burgos de ese mismo año. Varios de los participantes eran discípulos directos del padre Francisco de Vitoria, también dominico y, sobre el resto, pesaban sus teorías, las más avanzadas de la época sobre el tema, que había expuesto en De indis, un tratado en el que afirmaba que los indígenas eran iguales en derechos a los peninsulares y eran dueños de sus personas, tierras y bienes. Aquel libro inspiró las Leyes de Indias y fue el germen de los derechos de gentes, es decir, de los derechos universales de los seres humanos. El padre Vitoria, que falleció pocos años antes de la Junta de Valladolid, era burgalés, estudió y se doctoró en París, regresó a Castilla para ser profesor del mencionado Colegio de San Gregorio hasta que en 1526 ganó la cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca, dando lugar a la llamada Escuela de Salamanca, que tanto influyó para dejar atrás las creencias medievales y proponer una legislación revolucionaria basada en la libertad del ser humano y los derechos naturales. 

Francisco de Vitoria sentó las bases del Derecho Internacional moderno al pensar en un orden mundial que fuera más allá de los intereses y la fuerza de los estados. Su pensamiento propiciaba las relaciones internacionales basadas en la justicia y, sobre todo, en una ética que combatía la guerra por motivos de religión o la conquista por causas comerciales o expansión territorial.

Este año conmemoramos los quinientos años del inicio de la Escuela de Salamanca y no estaría de más reflexionar sobre todo esto en unos tiempos en los que parece que regresa el imperio de la fuerza.

(Hace tiempo escribí en este blog una serie de reflexiones con el título de Pensar el mundo a principios de siglo para intentar comprender los cambios que se estaban produciendo en nuestra época; cumplido ya un cuarto del siglo XXI, quizá sea momento de pensar las claves que van ganando para definir nuestro tiempo. Reuniré aquí varios textos bajo la etiqueta de Una forma de estar en el mundo.)

sábado, 3 de enero de 2026

La mirada del gato

 


Paso. Me mira el gato.
¿Me avisa de que es tiempo
de recoger la casa
o me inventa sin más
pensándome su presa?

Un juego de ratones
y de gatos. ¡Vigila!

viernes, 2 de enero de 2026

Había tanto que ver, entonces

 


La historia de la Humanidad es la historia de la esclavitud.

La libertad es una matrioska infinita.

Solo cuando renuncias eres más tú.

Las ramas de los chopos movidos por el viento sueñan con las olas del mar.

Se echa a volar,
desde el alero, el mirlo,
con temblor de aire.

Recuerdo un mirlo sobre la nieve. Había tanto que ver, entonces.

jueves, 1 de enero de 2026

Comienza 2026

 


¿Cuál es la plenitud del mar que llevamos dentro del pulmón el primero de los días? De este mar de hoy, que se hace tan inmenso porque cabe en los ojos del niño que excava un hoyo en la playa con las manos.

Todo es posible aquí: hasta la luz que gira sobre tu cuerpo para hacerse sombra susurro, mecido sobre la ola.

martes, 9 de diciembre de 2025

El escondite

 


Por mí y por todos mis compañeros, los que no han llegado hasta aquí y se han ido quedando en el camino. Por todos los que soñé ser y se quedaron sentados en una silla en la cocina de casa. Por todos los que subieron al monte y por aquellos que se quedaron enredados en las esquinas. Por mí y por los que no tuvieron oportunidades. Por mí y por todos los que ni siquiera se atrevieron. Por mí y por todos, incluso por el guardián, que cayó en la ronda siguiente.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Suceden así algunos días

 

Después de unos días nubosos, esta mañana amaneció el sol con una luz calmada. Atardece pronto ya, pero aún así, el día ha tenido esa luz sin prisa que iluminaba las cosas para descubrirlas, para mirarlas con la tranquilidad que merece la vida. He aquí el perfil de las cosas, su color, su textura, la manera en la que existen. He aquí la mirada de los otros, su sonrisa, la palabra. Suceden así algunos días, por suerte.



viernes, 5 de diciembre de 2025

Habitación infinita

 

Hay una habitación infinita al otro lado de cada pared, de cada respiración, de cada vida. En realidad, cada uno de nosotros habita un pequeño espacio del mundo ignorando al resto, temiéndolo. Es el vértigo de las zonas no conocidas de los mapas antiguos, hic sunt leones, el territorio del otro. A veces, la habitación infinita está dentro de nosotros, como un hueco enorme abierto con un descorazonador de metal. Qué vértigo mirarse, qué vértigo mirar al otro y aceptarlo.