Estos días, el cielo es un espectáculo al atardecer. Cielos encendidos. Basta mirarlos. El horizonte se incendia como metáfora.
en el jardín, otoño.
Estos días, el cielo es un espectáculo al atardecer. Cielos encendidos. Basta mirarlos. El horizonte se incendia como metáfora.
A veces sale uno a la calle sin objetivo y se queda embobado ante lo inesperado. Puede suceder que haya salido también a un recado menor, cualquiera, y lo que ve le haga olvidarse. Este jabonero de la China ha estado ahí desde hace años y en alguna primavera me llamaron la atención sus flores amarillas, pero es ahora cuando me sorprende el fruto, cambiado ya de verde a este naranja fronterizo. Dicen que en China se plantaba en las tumbas de los más altos funcionarios, dada su elegancia, por aquí lo usamos como ajardinamiento de las calles porque sus raíces no dañan las aceras, al no ser superficiales, así disfrutamos todos de este árbol. Con sus semillas se fabrica un líquido jabonoso que se ha usado para lavar la ropa más delicada y el cabello, de ahí su nombre en español. ¿No he pasado nunca en estas fechas junto a estos árboles? ¿Por qué ahora veo estos frutos y no cualquiera de los años anteriores? ¿O los han plantado este año y ni siquiera soy consciente de que antes no había árboles en ese lado de la calle? Sé que no es el árbol, que soy yo, que nada ni nadie me envía una señal, pero qué me quiero decir y qué hacer con ello.
Se nos olvida con mucha frecuencia que el valor de las cosas que adquirimos o que heredamos se debe en buena medida al trabajo y las aportaciones de otros, no al esfuerzo que nos ha llevado obtenerlas: nuestra ropa, nuestros automóviles, nuestras casas. Nada es nuestro en su totalidad y las cosas que tanto apreciamos valen por comparación. El especulador piensa que todo es suyo solo porque está a su nombre, ignorando que el valor de la cosa con la que especula depende de las aportaciones de la comunidad al fabricarlas, al ceder los suelos en los que se fabrican, con el trabajo físico e intelectual, con las aportaciones para que funcionen las comunicaciones o los servicios sociales y todo lo imprescindible para vivir en sociedad. En el antiguo principio calvinista del capitalismo existía la obligación teológica y moral de la administración, la mayordomía: los seres humanos son meros administradores de unos bienes que solo pertenecen a Dios. Esto permitió a los protestantes negociar con las propiedades y el dinero, introducir el valor de la economía en lo espiritual, a diferencia del mundo católico. Hasta hace relativamente poco, los grandes poseedores de fortunas devolvían esa parte que no se debía a su mero esfuerzo a través de donaciones o creando fundaciones en beneficio de la sociedad. No eran voluntarias ni fruto de un chantaje colectivo, como tantas veces se nos ha hecho creer, sino una obligación religiosa y social. En el mundo católico se practicaba la compasión y la caridad. En realidad, no eres cristiano si no asumes esto, si no va dentro de ti como norma de comportamiento. Todo ello dio paso a la justicia social, que acompañó siempre al nacimiento de conceptos liberales como el de ciudadanía y democracia: la sociedad contribuye al enriquecimiento individual de alguno de sus miembros y estos deben contribuir al bien social. Los principios rectores de los padres del liberalismo son muy claros al respecto. Esto era, claro, cuando el especulador vivía en la sociedad de los demás, cuando la especulación no era depredación. Hace tanto ya de eso...
En el siglo XIX, los liberales españoles en el gobierno promovieron varias desamortizaciones de bienes de manos muertas para que la burguesía española se hiciera en subasta con ellos y los volviera productivos. Salvo excepciones, los burgueses que adquirieron aquellos bienes expropiados a órdenes religiosas, ayuntamientos y fundaciones benéficas, se convirtieron en rentistas. Fue una de las grandes tragedias de la historia española, que provocó el retraso económico del país, que terminaron pagando las clases populares. El fracaso histórico de la burguesía española lo retrató como nadie Benito Pérez Galdós en los Episodios Nacionales, que no son la crónica inocente de los acontecimientos convulsos de aquel siglo, sino la denuncia de la traición de las clases adineradas al país, una de las mayores traiciones que se han cometido en España. Todo aquello terminó en la pantomima democrática de la Restauración, roída por el turnismo y el caciquismo. Las novelas de Galdós están llenas de personas malviviendo en casas que no eran suyas, llenas de gente casi sin nombre, pobreza y poca esperanza.
Asombra la violencia que se ha instaurado en las relaciones. Violencia verbal y física. Palabras desatadas, símiles bélicos, nostalgia de lo peor de la historia humana, insultos, gestos de agresividad, gritos, exhibición de músculos y de armas. Tantos como ambicionan un acto armado, la guerra. Tanto ruido.
Escribo en silencio, con la ventana abierta. En el parque, unos muchachos juegan al fútbol, unos perros ladran corriendo tras las pelotas. La temperatura es agradable. Atardece en rojos. Se hace la noche.
Al llegar a Nueva York, Juan Ramón Jiménez se preguntaba si ese cielo era el mismo de Andalucía. Ya ni siquiera podía llamarlo cielo, sino sky, cada día, new sky. Era tan nuevo que hasta el idioma era diferente. ¿Es este cielo el mismo de siempre? El de hoy, digo, este que parece nacido de sacudir una alfombra de tiza rojiza. No puede serlo. Cada día un cielo nuevo. No mejor o peor, diferente. ¿Mañana? Cierra este día ya, no da para más.
Junto a la acequia, arroyuelas en flor. El verano pervive en ellas en este inicio de otoño. Mis padres reposan junto a las arroyuelas. Las manos de mi madre, la mirada de mi padre, las manos de mi padre, la mirada de mi madre. Arroyuela, salicaria, frailecillo. Sonrío al pasar junto a estas matas en el paseo. Aquí, allá. Aún en flor. La acequia lleva agua todavía, deben estar regando alguno de los campos por los que pasa, bordeando la ciudad, tan dentro de mí.
Curso 2026/2027 en el Club de Lectura
EL CLUB DE LECTURA
El Club de lectura de La Acequia y ALUMNI UBU es un proyecto sin ánimo de lucro en el que todos los colaboradores realizan su aportación de manera generosa.
Su independencia garantiza que no recibe ningún tipo de influencia de editoriales ni de otros sectores relacionados con el mundo del libro que suelen orientar, a veces en exceso, la lista de lectura y los eventos que se organizan. Hay otros aspectos del club que inciden en la misma línea: se alternan obras de autores vivos con clásicos de la literatura y se lee siempre en lengua original (español). Se pretende, por lo tanto, huir de modas y no dejar fuera de la lista de lecturas anual clásicos de la literatura en español de necesaria lectura o relectura. Aunque nace del impulso de un profesor universitario, procura siempre extender sus actividades a la sociedad general organizando todo tipo de actos abiertos al público y no caer en el academicismo.
El objetivo fundamental es promover la lectura colectiva de los textos sugeridos de tal manera que las aproximaciones individuales se vean enriquecidas con las opiniones del grupo.
Una de las características más resaltables del Club de lectura es el uso de las nuevas tecnologías desde su inicio hasta el presente. Nació en el seno de la tecnología 2.0 y usando todas las posibilidades de internet. Su extensión al formato presencial permite a los matriculados en ALUMNI UBU utilizar el formato virtual como ayuda, enriqueciendo la experiencia lectora.
De hecho, hasta donde nos es posible conocer, es el club de lectura más antiguo en español con este formato que aprovecha todas las posibilidades de internet y las redes sociales.
Uno de los resultados del club de lectura, gracias a su presencia en internet (blogs y redes sociales), es que permanece como guía de lectura de los libros comentados para todos los interesados y lo hace de manera gratuita y en abierto. Es decir, es posible seguir comentando e intercambiando opinión sobre los libros tratados incluso tiempo después del tiempo de lectura porque los autores de los blogs participantes permiten comentarios nuevos.
Hay que resaltar que el acceso al Club de lectura es libre y se produce a través de internet por estos canales:
En todos estos formatos se puede participar con aportaciones en las páginas y perfiles propios, comentando en los de los participantes o siguiendo la lectura en silencio. Hay testimonios de muchas personas que dicen haberles sido útiles estas lecturas a pesar de no haber comentado nunca o recomendaciones de seguimiento que los autores leídos hacen a sus lectores para que comprendan mejor sus libros. El índice de participación activa es muy estable desde hace años y el de seguimiento de las lecturas ha crecido notablemente, aunque varía según los títulos, como es lógico.
Es frecuente que los autores leídos participen con comentarios en alguna de las redes sociales en los blogs de los participantes. Así lo han hecho, por ejemplo, Óscar Esquivias, Laura Castañón, Sara Mesa, Juan Cavestany, Diego Fernández Magdaleno, Miguel Ángel Santamarina, Fernando Aramburu, Care Santos, José Manuel de la Huerga, José Luis Cancho, Ángel Vallecillo, etc. Esto ha permitido crear entre todos un espacio de encuentro entre los autores y sus lectores. Hemos de destacar que varios de los autores que han participado activamente en el club son premios de la crítica nacional o premios de la crítica de Castilla y León, también un premio nacional de la música, etc.
El ambiente en el Club de lectura es de respeto, colaboración y ayuda entre todos los participantes. Nunca se ha producido un hecho que haya exigido borrar comentarios ni llamar la atención a nadie por el uso de expresiones poco adecuadas.
Origen del Club de lectura de La Acequia
La ventaja de este club de lectura es que es absolutamente voluntario. Nadie tiene más pretensión que el de la lectura en común de las obras y el encuentro con los autores que quieren acompañarnos. No depende de ningún interés editorial y, por lo tanto, aquí no se lee bajo presiones comerciales o modas. Quien quiere sumarse a la lectura y a las actividades que programamos a lo largo del curso es bienvenido y puede hacerlo en parte del listado anual o en su totalidad, compartiendo con todos sus opiniones -que no tienen por qué ser siempre positivas- o en silencio, como guía de lectura personal. Y, además, al leer un libro al mes puede hacerse compatible con cualquier plan de lectura personal o con los propuestos por otros clubs de lectura.
Desde el año 2011 cuenta con dos formatos:
A lo largo del curso, el club programa diferentes eventos en abierto (viajes, encuentros con autores, presentaciones de libros, visitas a espacios relacionados con la cultura, etc.) y todos los interesados pueden acudir hasta cubrirse las plazas. También se han programado sesiones conjuntas con otros cursos organizados por ALUMNI UBU como el de historia y el de danza.
Las buenas relaciones del club de lectura con instituciones privadas y públicas han permitido colaboraciones puntuales con la Feria del libro de Burgos, la Universidad de Burgos, el Ayuntamiento de Burgos, el Museo de la Evolución Humana, el Instituto de la Lengua Castellano y Leonés, el Museo del Libro de Burgos, el Instituto Cervantes, la Casa Museo José Zorrilla de Valladolid, la ONG SBQ Solidario, la Biblioteca Pública de Burgos y un largo etcétera. También tiene relación directa con Valladolid Letraherido, el programa literario del Ayuntamiento de Valladolid.
Para la selección de los títulos se han seguido varios criterios a lo largo de estos años: votaciones públicas en las redes sociales, recogida de sugerencias, listados elaborados por el director, procurando siempre la variedad. Se admiten sugerencias.
Nuestra imagen
La imagen del club es muy expresiva, ajustada a su intención. Se trata de una mujer que lee, en concreto una maestra que lee: la figura de la maestra, su género femenino en homenaje a que la mayor parte de los participantes en los clubs de lectura son mujeres, su forma de darse a la sociedad. Es una de las figurillas encargadas a la artista artesana Francheska con motivo de la proyección de la premiada película documental Las maestras de la República, que se daba a los que contribuyeran a su difusión, como fue el caso del Club de lectura, al que se distinguió haciéndole entrega de esta figurilla (todas las figurillas son diferentes).
Si yo me tuviera que ir de esta casa, adónde iría. Por un desahucio, por una guerra. Recomiendan tener las cosas importantes en una mochila: documentos, algo de comida para dos o tres días, una muda, dinero, un transistor pequeño de pilas, una linterna, agua, un producto que sirva para intercambiar por lo que te haga falta, como una cajetilla de tabaco, pero si soy un anciano o un niño, qué puedo llevar encima.
Recuerdo las imágenes de los que escapaban hacia Francia ante la inminente derrota de la República en 1939. ¿Qué llevaban? Los de las largas columnas que caminaban, digo. Muchos cargaban maletas grandes, hatillos. De aquellas fotografías llaman la atención sobre todo las mantas sobre los hombros. Fue un duro invierno. Una de Prats de Molló. A la derecha, un hombre conserva cierta elegancia en su postura, de espaldas al fotógrafo. A sus pies, dos maletas y una damajuana. De frente, por el estrecho sendero, cuatro hombres adultos, uno de ellos agobiado por el peso de una caja que lleva sobre sus hombros, un adolescente y dos niños con muletas. Uno es muy pequeño, el otro ya es un chaval que mira asustado a la cámara. Ambos, sin una de sus piernas, dan las manos libres a los hombres que les acompañan. Ahora que me fijo, al que lleva de la mano al niño más pequeño, también le falta una pierna: por la pernera asoma una pata de palo.
Algún atardecer se vaciarán nuestras ciudades, uno como este de hoy, lleno de rojos inciertos. Si ya estamos en guerra, cuántas de nuestras casas lo serán dentro de unos meses.
Subiendo al Puerto de Honduras aún se aprecian las huellas del incendio de agosto de 2025. La dirección del viento y el fuego retorció los árboles y el matorral, creando esculturas carbonizadas, que aún permanecen como testigos de lo ocurrido. A veces, en la revuelta de un camino, un árbol intacto. Poco a poco reverdece, pero aún tardará mucho esta tierra en ser lo que fue.
Subimos desde Hervás, hacia Cabezuela del Valle, en donde reservamos mesa para comer, recordando que hace años hicimos el camino en sentido contrario. Yo tenía una cicatriz en el labio y en el automóvil sonaba Bob Dylan. Nos pareció exótico: Bob Dylan en el Puerto de Honduras.
Salí a recoger unos cantos rodados para poner en el fondo de las macetas nuevas. Aunque ahora ya no se lleva y hay quien dice que puede ser malo, yo lo sigo haciendo como me enseñaron porque me ha dado buen resultado. Hago unos pequeños agujeros en el fondo del tiesto, pongo un puñadito de cantos y echo un buen sustrato antes de colocar el cepellón. He tenido que cambiar algunas plantas que han sufrido en exceso el calor de este verano y que no he podido salvar (aún estoy preocupado por el durillo). Hay todo tipo de consejos: apretar la tierra o dejarla respirar, regar nada más replantar o no hacerlo, no plantar inmediatamente y dejar que la planta se acostumbre unos días a la luz del lugar, en el tiesto del vivero. A veces, una planta es como un buen cuadro. Un cuadro debemos dejarlo unos días apoyado en la pared en la que queremos colgarlo, o en una estantería, como si necesitara comprender su lugar. Aclimatarse.
Los cantos rodados están por todas partes, no dejo de vivir en un valle, pero a mí me gusta cogerlos más allá del límite de la ciudad, como si estuvieran menos contaminados por el asfalto y el tránsito de vehículos y personas. Cantos de las afueras, como yo no he dejado de serlo. En la Cañada las bandadas de niños utilizaban los cantos para practicar la puntería y derribar objetos o romper cristales en los edificios abandonados, para apedrearse, para cazar pajarillos o ratas, para espantar a los muchos perros callejeros de entonces. Había cantos por todas partes, no hacía falta buscarlos, solo agacharse a recogerlos. Debajo del asfalto, la tierra de esta ciudad está llena de cantos, por aquí no hay playas que podamos encontrar bajo de los adoquines. A veces, se encuentra un canto perfecto, liso y equilibrado, para arrojarlo al agua del río y que salte. Un canto que se ajusta exactamente a la palma de la mano y que da gusto acariciar, comprobar su lisura, tan pulido por el tiempo, porque en realidad no es el agua quien lo alisa, sino el tiempo. Como a nosotros.
El campo necesita ya adentrarse en el otoño después de un verano tan caluroso. Queda aún: cada vez los calores son más duros y largos. Desde donde estoy, por mucho que me empine, todo es horizonte. Están las tierras pardas y amarillas, tonos ocres hasta el azul escolar del cielo, interrumpidos por algún regadío, algo de cereal tardío, manchas verdes en un inmenso cuadro de una belleza violenta. He dejado atrás la viñas (cada vez los viñedos más extensos por el negocio del vino). Más allá me esperan las dehesas salmantinas. En cualquier lugar que te pares es el centro. A mediodía, la luz cae sobre los rastrojos y los baldíos, la sombra se pega al suelo, abrasada. Cuánta meseta dentro de mí, vaya donde vaya.
Llega ya septiembre con la urgencia de comenzar: retomar el trabajo, las obligaciones, las aficiones. Hacer pequeño balance de las provisiones para terminar el año de la mejor manera posible, agotados las esperanzas.