Pasé por Labradores para hacer unos recados en el barrio en donde viví hace unos años, pero antes me tomé un café en una terraza del barrio de las Delicias. Últimamente, este café de media mañana se me convierte en una estrategia de supervivencia. No solo necesito la cafeína, es la pausa y contemplar las cosas. La terraza, vacía cuando llegué se fue llenando, quizá por esa costumbre de sentarnos en donde ya hay otras personas y huir de los lugares en los que no hay nadie. Junto a mí, unos jóvenes rumanos, una familia marroquí con un par de niños que desayunaban unas tostadas, dos hombres peruanos, unos abuelos con un nieto en un coche de niños. La camarera era una hermosa joven mexicana. Se hablaba en rumano, español, árabe. Una pareja de novios se inclinaban el uno sobre el otro enlazando sobre la mesa sus dedos. Todos hacíamos lo mismo en esta pausa, tomábamos café, abríamos la bolsita de plástico de la pequeña madalena que venía de obsequio, algunos la mojábamos antes de morderla. La mayoría echaban azúcar en el café, yo no, hace tiempo que dejé de hacerlo. Contemplar las cosas, no pensar. La sonrisa de la camarera, la rabieta de uno de los niños, la complicidad de los amigos, el leve estremecimiento de las hojas de los plátanos. Anoche, ya oscuro, relampagueó hacia el páramo. Por aquí no cayó una gota.
Desde que yo vivía por San Andrés, hay un edificio abandonado como tantos que se levantaron a finales del siglo XIX en Valladolid. Tres alturas, ladrillo cara vista, ventanas con rejería. Una cierta elegancia para la pequeña burguesía de la época o los empleados de sus comercios. Había dos iguales, en realidad, pero uno fue demolido por la propiedad, creo que contra la normativa de entonces (recuerdo que hablé de aquello en este blog). Este que sobrevive estuvo un tiempo ocupado, pero ahora parece completamente vacío. La madera de las contraventanas ha envejecido, pero siempre me gusta apreciar lo bien que estaban hechas. Algunos fragmentos de anuncios, en ellas, son mensajes que cobran ahora un significado diferente, de un tiempo en el que las personas escribían a mano.


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