viernes, 23 de octubre de 2020

Túneles

 


Por la antigua línea Plasencia-Astorga, desde Puerto de Béjar hasta Baños de Montemayor se atraviesa un túnel en curva iluminado gracias a unas placas solares y unos sensores de presencia. Sobre la antigua plataforma del ferrocarril, de vía única, trascurre ahora una vía para peatones y bicicletas muy concurrida en verano y los fines de semana como lugar de recreo y deporte. Los vecinos de los pueblos vecinos prefieren pasear por aquí a arriesgar la vida en los estrechos arcenes de las carreteras. La luz eléctrica que se enciende al paso de los caminantes quita dramatismo a la oscuridad y la humedad de las paredes del túnel, pero es fácil evocar el traqueteo de las viejas máquinas de vapor o los ferrobuses que por aquí pasaban, fatigados pero poderosos. Hacia Baños todo es descenso suave y cómodo, pero a la vuelta ha de superarse una ligera cuesta continua. Los maquinistas hacían sonar el silbato a la entrada y a la salida y aguzaban la vista para ver en la oscuridad rota por la luz del foco del tren. Los pasajeros se apresuraban a cerrar las ventanillas para evitar que entrase el humo y el hollín y durante unos minutos se hacía la noche en el vagón. Si prestas atención, aún ves la huella fugaz de los que se pegaban a la pared para dejar pasar el convoy. Habían tenido la mala suerte de que les sorprendiera allí uno de los pocos trenes de ida o vuelta de esta línea. Quizá querían atajar o buscaban refugio. El frío, la lluvia, la persecución de la justicia -ellos serán los bienaventurados-, una gamberrada, el sentido de la aventura, una imprudencia, escapar de alguien, causas que empujaron a estas sombras a cruzar el túnel de un lado a otro, quién sabe. La luz del foco ilumina un momento sus rostros. Algunas sombras tienen la mirada de un muerto.

Todos los túneles tienen dos salidas, es obvio, pero a veces se han cerrado ambas tras penetrar en ellos. En esta ocasión no, y el túnel se abre hacia la luz junto al río de La Garganta, que nace en la sierra, un poco más arriba del pueblo que le da nombre, por aquí cae con alegría y rumor de vida y muere en el río de Baños, que alimenta el pantano que se distingue un poco más adelante. Al salir, camina uno con más soltura, como quitándose un peso de encima, sin ser consciente de que al regresar hay que volver a internarse en el túnel y quizá esta sea una de esas veces en las que no haya salida.

miércoles, 21 de octubre de 2020

Llevaba un paisaje dentro

 


¿Y qué somos sino paisaje? Asomo a las murallas de Urueña y grito tierra, a un lado la planicie ondulada por el cereal y al otro las ondulaciones de los valles en donde vienen a morir los Torozos. Grito tierra también en las afueras de la ciudad en las que me crie, con los pies afirmados en la calle sin asfaltar que era, en realidad, cañada real por la que tenían derecho preferente los rebaños de ovejas. Grito tierra asomado al misterio del curso de la acequia que atravesaba mi infancia como una vena abierta. Grito tierra al recordar la primera vez que vi el mar, en Santander, y cuando volví a verlo como si no lo hubiera visto antes, en Praia Verde.  Grito tierra en las marismas del Guadiana y ante la nieve de la Demanda y en medio del bosque de la sierra bejarana. Grito tierra ahora, mirando hacia Extremadura.

Llevaba un paisaje dentro, como una ofrenda, que perdí al vaciar los bolsillos en la mesilla de noche. Dentro ya no quedaba nada, la orografía de un hueco inmenso en donde ni el eco respondía. A veces metía mi barbilla dentro del pecho y susurraba nombres, que eran hitos de una toponimia del miedo a perderme en el mapa de una tierra que me desconocía. En donde estuvieron los órganos fui clavando banderas con nombres extravagantes de lugares inventados que se descomponían pronto hasta hacerse ininteligibles.

Todos tenemos un paisaje,
a veces
tan solo
un banco de una pequeña plaza
de una ciudad que ya no existe.

Caminar hoy es ir rasgando el trampantojo de los paisajes falsificados.

martes, 20 de octubre de 2020

Regresa el óxido

 


He visto un mapa de las zonas más afectadas por la enfermedad en España, coloreadas en rojo. Sobre la península, una culebrilla recorría de arriba abajo el territorio, dejando zonas menos afectadas al norte, al sur, al este, al oeste. El dibujo semejaba el recorrido de un herpes zóster sobre el torso humano. El rojo salpica el territorio, casi como un cuadro en el que se hubiera arrojado gotas de pintura al azar. 

En los inicios de este blog tuve una serie que titulé óxido, con la que pretendía reflexionar sobre cómo nuestra sociedad queda impregnada por él. El DLE lo define como "Capa, de diversos colores, que se forma en la superficie de los metales por oxidación, como el orín". El rojizo del orín va ganando terreno en la superficie del hierro, hasta inundarlo todo. Esta inundación de la enfermedad se me asemeja, como si fuéramos un viejo metal que se va oxidando poco a poco.

Soy un pesimista que actúa como si todo fuera a salir bien porque todo, al final, siempre acaba y ese mismo término es el comienzo de nuevas cosas.

lunes, 19 de octubre de 2020

Un puñado de castañas

 



Un puñado de castañas asadas mataba el hambre de muchos antes de irse a dormir en los tiempos duros de la postguerra. Un puñado de castañas calentaba las manos que agarraban el cucurucho comprado en un puesto callejero. A castañas asadas huele desde unas calles antes y uno ya sabe que está en otoño y que comienza el frío y que conviene recogerse pronto porque la noche se agranda y los días enchiquecidos no calientan lo suficiente.

Ayer recogí castañas. Algunas tuve que sacarlas de los erizos abiertos que ofrecían su fruto. Reconozco que algo me dolieron los riñones, pero qué poco esfuerzo para lo que prometen cuando las coma. Procedían de dos árboles a pocos metros uno de otro. Las castañas de uno eran pequeñas y no merecían la pena, las del otro grandes y apetitosas. Como en la vida.

Ayer recogí castañas. Comerlas es un acto de unión. No se debería comer castañas en soledad nunca, si puede evitarse. Las castañas han nacido para ser compartidas. Un puñado de castañas asadas saca la sonrisa del rostro y los ojos se alegran, ya infantiles. Por estas tierras de Béjar, a las castañas asadas se les llama calbotes y noviembre es un tiempo de comunidad junto a la hoguera. La hoguera calienta el cuerpo por fuera, la castaña por dentro, como comulgar otoño y ser feliz, que hace falta. Que hace tanta falta.

viernes, 16 de octubre de 2020

Emisiones en directo de los actos de Valladolid Letraherido

 

Dicen que las crisis traen siempre oportunidades. Desde hace tiempo, barajábamos en el programa Valladolid Letraherido la posibilidad de trasmitir en directo alguna de las actividades que realizamos. Es una lástima que no conservemos los vídeos de las intervenciones de tantas personas como han pasado ya por estos actos, que no tengamos la constancia del gesto y de la palabra hablada como nos permiten las nuevas tecnologías y nos tengamos que conformar con la imagen fija de la fotografía. Ha tenido que ser la pandemia provocada por la COVID-19 el empujón que nos hacía falta para vencer alguna de las reticencias. Nos preguntábamos si la emisión en directo y el posterior acceso a través de la grabación podía restar afluencia a la sala, especialmente en invierno y no teníamos la respuesta correcta a esta pregunta y quizá todavía no la tengamos. Sin embargo, la pandemia nos ha traído una drástica reducción del aforo presencial para guardar las medidas sanitarias. La participación en vivo del público, especialmente de aquellos que tienen más dificultad o mayores reticencias para navegarse en el mundo digital, es necesaria y la buscaremos y querremos siempre, pero ahora las circunstancias son las que son. No se nos escapa tampoco la ampliación del público que pueda seguir en directo, gracias a las más modernas tecnologías, los actos (conferencias, presentaciones de libros, recitales, ahijamientos poéticos, etc.) y su posterior visionado o consulta a través del archivo grabado.

Como estamos comenzando, seguro que cometeremos algún error y podremos mejorar. Estamos abiertos a sugerencias que perfeccionen el procedimiento, teniendo en cuenta que es un esfuerzo añadido a todos los que estamos implicados en el programa, en algunos casos sin otra recompensa que el trabajo generoso en favor de la cultura. Por ahora, la emisión se hará a través de la página de Facebook de la Casa de Zorrilla -es posible convertirse en seguidor y optar por la comunicación de emisión en directo de un vídeo- y allí quedarán almacenados. Desde ese espacio es posible compartirlos fuera de esa red social y descargarlos. Toda la información podrá obtenerse a través de mi blog o de mis redes sociales y de las redes sociales institucionales del Ayuntamiento de Valladolid dedicadas a la cultura, especialmente en la completísima página Valladolid en su tinta, que se ofrece como la revista electrónica de información de las actividades relacionadas con la lengua y la literatura en Valladolid.

Ayer inauguramos estas emisiones con motivo de la presentación de Esquirlas, el libro de aforismos de Atilano Sevillano, que puede consultarse en este enlace, que reseñé en mi entrada de ayer.

No escondo otra intención en este esfuerzo: promover la cultura en estos tiempos tan difíciles, contribuir a la extensión de la información sobre las novedades literarias, permitir el acceso a conferencias y otros actos a personas que no pueden desplazarse a la sala por estar lejos o por cualquier otra circunstancia, apoyar al sector del libro -escritores, editores, libreros-, que no está pasando su mejor momento.

jueves, 15 de octubre de 2020

Esquirlas [Aforismos] de Atilano Sevillano

 


La trayectoria literaria de Atilano Sevillano (Argusino de Sayago, Zamora, 1954) comenzó a finales de los años noventa y, desde entonces, ha publicado con asiduidad, cultivando tanto la poesía como la prosa desde su inicial poemario Presencia indebida (Devenir, 1999). Es también uno de los poetas visuales más interesantes de las últimas décadas en el panorama castellano leonés. En los últimos años se ha decantado por los géneros breves, con un buen muestrario que abarca desde la prosa (De los derroteros de la palabra, 2010, Lady Ofelia y otros microrrelatos, 2015, Al pie de la letra. Microrrelatos de la A a la Z, 2017, Minificciones de diván, 208) hasta la poesía (dimos cuenta aquí de su más reciente poemario, Trazos. Haikus y otros poemas breves, 2020). En esta vertiente, era lógico que se encontrara antes o después con el aforismo, que vive en España una época de gran cultivo en las últimas décadas. Producto de ese feliz encuentro es Esquirlas (Alhulia, 2020).

El volumen se divide en tres cuadernos: Volátiles, Nótulas y Pecios precedidos de un prólogo en el que el autor define su concepción del aforismo. En esta definición, Atilano Sevillano no pretende ser original (es casi imposible serlo tras el abundante aparato de definiciones y estudios sobre el género), pero asienta bien el camino por el que decide transitar el autor, que se aleja conscientemente de la mera ocurrencia o la brillantez formal sin más, tan frecuente en las redes sociales. Tras un brevísimo repaso de la evolución del aforismo y su alejamiento actual de la antigua moralidad o condición retórica o sentenciosa, da en una clave que le sirve como estructura de construcción: A pesar de su apariencia fragmentaria, el aforismo constituye una plenitud textual mínima y están escritos con una marcada intencionalidad estética. Si se han de señalar las cualidades exigibles al aforismo, vendrían a ser estas: sorpresa, pensamientos, poesía y dicción contenida.

Los trescientos aforismos del libro abordan una gran variedad de temas, pero abundan los literarios (metaliterarios, en muchas ocasiones) y el pensamiento filosófico. Correspondiendo a la edad madura en la que han sido escritos, se nos presentan como reflexiones vitales con una fuerte carga irónica y humorística, que los aleja convenientemente de la severidad de la sentencia clásica para convertirlos, como mucho, en verdades provisionales, tal y como los define el autor: Todo aforismo es subjetivo (...) y viene a ser un atajo, el camino más corto y el pensamiento.

El título de la primera sección, Volátiles, alude a esa condición del aforismo, que se convierte en elemento de apariencia ligera, capaz de surcar el mundo para atarlo en imágenes de conceptos aparentemente separados a través del ingenio. Esta condición se asocia al aforismo desde siempre y expresamente en aquel inteligente Diario volátil de Miguel Sánchez Ostiz. En la segunda, Nótulas, se rinde tributo expreso a Cristóbal Serra (1922-2012), que así llamaba a sus reflexiones y textos aforísticos. Un juego humorístico conceptual con el que se define la intencionalidad de referencia y anotación sobre todo del género. Y en la tercera, Pecios, el volumen se adentra en la profundidad de los significados con los que el aforismo explica con brevedad toda una filosofía y actitud vital. Así era como titulaba sus ensayos más breves Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019), reunidos en un volumen que nunca debería faltar en cualquier biblioteca, Campo de retamas. Es difícil que no sean conscientes estas referencias en un autor como Atilano Sevillano, que también es fino lector, pero podrían ser decantación de lecturas que van llegando a quien las acumula con sentido. De hecho, una de las circunstancias más notables de los aforistas de profundidad y no ocasionales es el conocimiento pleno de la evolución y el cultivo de género que practican para construir la referencia y la originalidad. Una de las grandes diferencias entre unos y otros.

De la mano de esas referencias y las citas iniciales (Bergamín, Bufalino, Zaid, Kraux y Sukhorukov), Atilano ofrece al lector unos textos brillantes, llenos de lucidez, humor y metaliteratura. El primero de la colección es toda una declaración de intenciones: Estamos hechos del sabor de los sueños. Le siguen otros con el tratamiento irónico de los tópicos literarios vistos desde ángulos diferentes (Amor cuántico: entre ella y nosotros nada fue posible), la cercanía a la greguería (La muerte es un reloj en marcha y sin saetas), la paradoja que une el ingenio expresivo con la profundidad del mensaje (Vivir suele acortar la vida), la metaliteratura (La poesía, cuando es verdadera poesía, es siempre búsqueda e interrogación), la condensación de la experiencia vital (Estamos aquí para descubrirnos a nosotros mismos. De poco sirve cerrar los ojos) o una certera definición del género, que lo es también de todo en la existencia (¡Brevedad, cuán larga siempre pareces!).

Atilano Sevillano ha escrito un gran libro de aforismos. Estas esquirlas que son astillas, diminutas en apariencia, pero que son capaces de penetrar en la mente del lector y permanecer en ella para provocar una meditación más amplia, la complicidad y el hallazgo de la pieza mayor de la que se han desprendido para tener vida autónoma.

Cierra el conjunto un juguetón, inteligente y provocador Post Scriptum, que invita al lector directamente aludido (impreciso huésped del libro), a incurrir en el aforismo.

Pinchando en este enlace podréis ver la presentación del libro que se ha desarrollado esta tarde en el programa Valladolid Letraherido, en la que acompaño al autor en la mesa.

miércoles, 14 de octubre de 2020

Las ratas (Miguel Delibes). Xilografías de José Noriega

 


En el programa Valladolid Letraherido organizamos y acogemos lo que creemos será uno de los grandes actos de homenaje al escritor vallisoletano Miguel Delibes con motivo del centenario de su nacimiento. El editor, grabador, pintor y escultor José Noriega (Valladolid, 1948) nos propone su interpretación de Las ratas, una de las obras más importantes del novelista. Ya es conocido que la obra de Delibes, publicada en enero de 1962, condensa gran parte de la visión del autor sobre el mundo. Sin duda alguna, se trata de una de las novelas más leídas e importantes de la literatura española del siglo XX. La novela, que mereció el Premio Nacional de la Crítica de aquel año, sigue vigente y actual hoy en día, tanto por el tema como por su estilo. En ella, a través de la historia del niño protagonista, el Nini, se enfrenta al lector con la violencia que ejerce la estructura social de arriba abajo, vertebrando toda una forma de actuar de la sociedad, que resulta más dura con los más débiles, la relación de los seres humanos con la naturaleza, la falsa dualidad entre progreso y campo (muy propia de la manera de entender el mundo por Delibes)  y el inicio de la despoblación de las tierras castellanas. Es una novela dura, en la que se pone de relieve la inteligencia y bondad natural del Nini, su manera de comprender la naturaleza, en un mundo que camina con agresividad hacia otros valores.

La exposición muestra las 17 xilografías con las que José Noriega ha interpretado cada uno de los capítulos de la novela para una edición no venal publicada por el Centro de Publicaciones y Programas de Promoción del Libro de la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid. Una cuidada edición de tan solo 250 ejemplares numerados y firmados por el artista al cuidado del editor Fernando Carrión. Como también se exponen los tacos xilográficos correspondientes, los visitantes podrán tener entera noticia de la precisa forma del trabajo de José Noriega, uno de los más importantes grabadores españoles actuales. Debajo de las piezas se encuentra una cuidada selección de fragmentos de la novela que posibilitan una lectura muy profunda de la misma. De esta manera, la interpretación del grabador regresa al texto del que partió y, leyendo estos fragmentos, la novela es la misma y otra porque en ellos se trasmite una profundidad poética que estaba ya pero no era tan visible. Una poética de la naturaleza castellana, de su gente y del tiempo. Esta exposición nos permite disfrutar de estos tres formatos de la novela (la original, los grabados y la selección de textos) de una manera en la que todo se complementa y crece.

A Noriega la novela todavía le trasmite la impresión que tuvo al leerla por primera vez con "ojos de niño pobre". El color negro de la tinta (un maravilloso negro de una limpieza precisa) en su delicada intervención en el blanco del papel trasmite un querido mensaje de diálogo continuo muy del gusto del artista. No se trata de una mera ilustración de la novela, cosa que no cabe en la concepción artística de Noriega, sino de una auténtica interpretación de cada uno de los 17 capítulos a partir de un motivo central: el círculo que lo contiene todo. En su lectura de la novela, Noriega interpreta que esta figura geométrica contiene la visión que nos trasmite Delibes en Las ratas: es el ciclo de la naturaleza, pero también el de la labor cotidiana del ser humano y de su entera existencia, un círculo compuesto de otros que se integran continuamente y que se suceden los unos a los otros sin interrupción.

El visitante entra en el espacio expositivo desde la intervención de Noriega sobre una vieja manta de lana del ejército español, pieza de una exposición del artista realizada en 1981, que supuso su primer encuentro con Miguel Delibes, en la que el escritor quedó subyugado por la historia que contaban aquellas mantas. En el centro de la sala y en una vitrina se contemplan las muestras de telas de la casa Hijos de F. Sabater de 1961, año en el que se escribió la novela, el color de la época, como dice José Noriega. Este toque de color en la exposición permite contextualizar el proceso de escritura. Un gesto de delicada calidad artística. Finalmente, se proyecta un documental sobre el proceso creativo del artista que no debieran perderse los visitantes para comprender mejor la exposición.

La muestra se expone en la Casa Revilla de Valladolid hasta el 29 de noviembre.

Un consejo cuando visiten la exposición: no dejen de descargarse el folleto explicativo.

martes, 13 de octubre de 2020

Dos globos aerostáticos

 



En la mañana de ayer, dos globos aerostáticos pasaron junto a mi ventana. En un momento, parecieron quedarse inmóviles, en un punto fijo del cielo. Luego, lentamente, iniciaron el descenso para tomar tierra en un descampado no demasiado lejos de casa. No importa cómo haya avanzado la tecnología: dos globos aerostáticos cruzando el cielo siempre tendrán siempre algo de aquellos pioneros que quisieron combatir la inevitable ley de la gravedad y triunfaron. Suspende uno lo que está haciendo y se queda mirando los globos, las pequeñas cestas de las que, de vez en cuando, salen las llamaradas que los mantienen arriba. Dos globos en el cielo nos devuelven a la niñez, sonreímos. Hay un gozo que nos llena, que tira de nosotros hacia arriba, como si fuera posible que despegáramos los pies del suelo y levitáramos. Los pilotos ejecutaron las maniobras con suavidad, como si los aparatos fueran conducidos por una caricia. Qué contraste entre la levedad de los globos y la pesada estampa de la ciudad, abajo. Descendieron lentamente. Ya no estaban. Quizá todo fuera una ilusión.


domingo, 11 de octubre de 2020

Catorce años de La Acequia

 


No sé qué opinión tendrá quien venga hoy a este blog por vez primera. A lo largo de los catorce años que han trascurrido desde el 11 de octubre de 2006 y las 3875 entradas publicadas con esta, he intentado ser fiel a alguna de las líneas que ya estaban claras desde las primeras entradas, pero también me he adaptado a las circunstancias que requería el paso del tiempo. Hubo un momento en el que amplié su difusión a través de otras redes sociales (Facebook y Twitter, principalmente), como hubo otro en el 2008 en el que aquí se instaló el club de lectura que promuevo desde este espacio (hasta donde se me alcanza, el más antiguo en español en formato virtual), que ha sufrido, como todo, la alteración de la vida provocada por la pandemia causada por la COVID-19 y que pretendo recuperar en las próximas semanas.

A lo largo de este tiempo, el blog me ha servido como cauce para la crítica de los libros, películas, obras de teatro y exposiciones que he reseñado, de difusión de las actividades que he organizado o a las que he asistido; también aquí ha habido mucho de mis asuntos académicos como profesor universitario y observador y comentarista del mundo actual o de internet, que es parte ineludible de la vida de hoy. Sin duda alguna, me ha prestado el servicio de un diario personal porque, consultando las entradas pasadas reconozco qué estaba haciendo, por qué momento de mi vida transitaba y con quién me relacionaba y dónde. Siendo todo esto, también ha sido un lugar donde dar a conocer algunos de mis escritos de creación o mi afición por la fotografía (las imágenes aquí publicadas, salvo las portadas de libros, carteles de exposición y similares, son mías), en la que tanto tuvo que ver Javier García Riobó.

Sin embargo, lo que más aprecio en este blog es la comunidad de relaciones personales que ha creado desde el primer momento. Todavía recuerdo con cariño la participación en el proyecto de la Burgosfera, que nos reunió durante cinco años a casi todos los blogs relacionados con la ciudad de Burgos en el momento ilusionante de este tipo de espacios en expansión (con el permiso de mi admirado El ucraniano aniano, que no actualiza desde hace años, La Acequia es el más antiguo de los que se mantiene vivo); no menos emoción me provoca el recuerdo de los primeros comentaristas habituales, muchos de los cuales aún siguen dejando su testimonio aquí o en alguna de las redes sociales por las que se difunde cada entrada. Después han venido muchos, algunos de ellos circunstanciales o asiduos durante una temporada, otros para quedarse. Una de las cosas que más aprecio de este blog es que ha generado un tono adecuado de participación, lejos de cualquier expresión de crispación, tan habitual por estos pagos virtuales, incluso en los temas más polémicos. Lejos de la frialdad y anonimia que caracteriza gran parte del mundo digital, siento la presencia cercana de quienes comentan y con casi todos los habituales he tenido una mayor relación que la de los comentarios, bien personalmente, bien a través de correos electrónicos. Sé de muchos que, aun dejando de comentar, siguen leyendo a diario La Acequia.

A lo largo de estos catorce años, muchos blogs de los que nacieron más o menos por aquel tiempo, han desaparecido o se han trasformado en otras cosas. De algunos de sus autores he seguido teniendo conocimiento y contacto en otras redes sociales, con otros la relación se enfrió por unas u otras circunstancias, muchos decidieron cerrar sus espacios sin más. Mantener un blog de autoría única tiene sus facturas, sobre todo si se hace con nombre y apellidos como este y no tras un pseudónimo o clave, y es difícil vencer la presión de la visibilidad si no se tienen unos objetivos que vayan más allá de lo personal, también hay que tener en cuenta que la vida tiene sus circunstancias biográficas y laborales.

La aparición y el éxito de impacto de las redes sociales, hizo que muchos cerraran sus blogs para pasarse a un tipo de escritura menos exigente y de resultados más inmediatos, también más fugaz. La escritura en un blog permanece mucho más y exige una mayor elaboración que tenga un propósito más allá de la emoción, la ocurrencia, la difusión de un presente continuado y eterno y la intervención, más o menos polémica, en un tema de actualidad inmediata. Algunos de los antiguos escritores de blogs se sienten también más amparados en redes sociales que parecen tener menos exposición a las miradas indiscretas porque aparentemente es más fácil cerrarlas a ellas o encuentran en esas redes unos modos de relacionarse más adecuados a sus intereses.

En contra del impacto visual que buscan algunos blogs y páginas personales, La Acequia ha sufrido pocos cambios a lo largo de este tiempo. Tras algunos cambios, hubo un momento en el que me di por satisfecho con un diseño cómodo y tranquilo, con la cabecera que me hizo mi querido Blogofago -respeto la ausencia de tilde en la que él insistía- y, aunque resulte previsible, así se quedará por ahora.

La primera entrada del blog se tituló Incertidumbre. Este pensamiento me acompaña desde entonces y, con el paso del tiempo, ha ido en aumento. Es difícil vivir con el sentimiento permanente de la incertidumbre, incluso desaconsejable para la mayoría de las personas, pero qué otra cosa es la vida.

Este blog cumple hoy catorce años. No puedo más que daros las gracias a todos los que pasáis por aquí, muchos desde el inicio, y recordar con emoción y cariño a aquellos que han fallecido en estos años, que suman ya un puñado de personas cuyos nombres no se me olvidarán jamás.

***

Breve historia de La Acequia (pincha sobre los enlaces para acceder):


Primera entrada (11 de octubre de 2006).
Razón del título del blog (12 de octubre de 2006).
Primer año.
Segundo.
Tercero.
Cuarto.
Quinto.
Sexto.
Séptimo.
Octavo.
Noveno.
Décimo.
Undécimo.
Duodécimo.
Decimotercero.

viernes, 9 de octubre de 2020

Béjar desde el Ventorro Pelayo

 


Desde el Ventorro Pelayo, Béjar se antoja trepada a la peña, cortada a tajo por el Cuerpo de Hombre. Aupada allí, mira a la sierra con la confianza de quien la conoce. Desde aquí, la ciudad y la altura en la que se posa, parecen hechas por la mano de un niño, como esos castillos que hacemos en la arena de la playa cuando aún somos inocentes.

Se explica mucho del pasado de la ciudad viéndola desde aquí. Su condición vigilante, casi fronteriza entre Castilla y Extremadura, el pasado señorial, la fuerte personalidad progresista del siglo XIX, la actual quietud tras el cierre de las textiles. En casi todas las ciudades hay un alto desde el que mirarlas y comprenderlas o un costado al mar que nos descubre cómo respiran.

Qué poco me da el tiempo de sí en Béjar. Casi no hay horas para visitar a los amigos y saber de ellos, para pisar los caminos de la sierra, para comprobar cómo avanza la otoñada. Queda poco ya para los calbotes. Ojalá caiga pronto la primera nieve.

Desde aquí, qué lejos el ruido político, los intereses mediáticos. En esta mirada hacia la sierra (la Covatilla, el Calvitero, la Ceja), qué limpio el cielo. Cuando comience a otoñar el monte, caminar sin prisa por la ladera de la umbría, el olor a tierra sembrada de hojas, el misterio permanente de los arroyos y las regaderas que bajan con el agua fría desde lo alto.

jueves, 8 de octubre de 2020

Guardagujas

 


Las casetas en desuso de los guardagujas que se conservan en algunos pasos a nivel representan una de las pocas esperanzas de que el mundo vuelva a ser analógico.
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Miro la verja que protege la entrada a la casa por lo que debió ser un pequeño huerto con higuera. Ya no está la familia del ferroviario, pero las higueras siguen obrando el milagro de su fruto dos veces al año.
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Recuerdo que apurábamos para cruzar el paso a nivel antes de que lo cerraran, mirando desconfiadamente a un lado y al otro, no fiándonos de que el operario permaneciera atento a su trabajo y despierto. Era lo único que sabíamos de aquellas personas cuya familia vivía a la espalda de la caseta. Un día vi, en la parte trasera, una mujer tendiendo la ropa de cama, blanca al sol de una mañana de mayo. No recuerdo si era hermosa, solo el olor a limpio que llenó el cruce y un cierto vértigo, como si el tiempo se hubiera ajustado para siempre por la albura de un momento imprevisto. Quizá el mundo tuviera remedio.
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El sonido del tren de mercancías, al pasar entre las vallas del cruce, recuerda cuántos latidos constituyen la paciencia. Cuando comprendes su lenguaje, te adormeces para dejarte llevar como si el convoy atravesara la estepa de un lejano país nórdico, cubierta de nieve. No regresarás nunca, aunque se levante la valla, arranques el automóvil y te entregues a las labores del día. Del lento paso de un tren nadie sale ileso.

miércoles, 7 de octubre de 2020

Sobre atardeceres

 


Te pongas como te pongas, atardece. Sucede igual que el amanecer, que se impone.
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Hay atardeceres que parecen haber declarado la guerra a la humanidad. Ningún amanecer lo hace.
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En la hora incierta en la que un suicida decide cumplir su voluntad, ¿ha atardecido ya o todavía no ha amanecido?