lunes, 10 de agosto de 2020

Impaciencia

 

Esta flor parecía practicar una extraña danza aérea. Es una impaciencia, una herbácea que procede de Cachemira y que ahora puede encontrarse silvestre en España en lugares húmedos. Qué largo su viaje desde el Himalaya hasta la umbría de Béjar. Esta lo es, silvestre, digo. En este racimo tenía todas las posibilidades, desde la flor abierta hasta la promesa futura. Impaciencia, el nombre no define a la planta sino al que la busca. La planta se limita a ser y en eso está su perfección.  Hay una belleza que no imita las formas de la naturaleza, pero no me resulta atractiva.

Estos días proliferan las noticias de los nuevos brotes del COVID-19 en España y se discute sobre si estamos aún en la primera ola de la pandemia o ya nos encontramos en la segunda y la eficacia de las medidas con las que se intenta atajar que se extienda la enfermedad y llegue a los niveles del pasado marzo. Las noticias de los medios de comunicación se centran en la irresponsabilidad de muchos en reuniones familiares o de amigos y el descuido de cualquier protección adecuada en los encuentros de ocio y fiestas. Muchas imágenes son escandalosas y deberían tener consecuencias con severas sanciones y procedimientos judiciales para las más graves. Ahora bien, sería preciso una eficaz coordinación y la corrección eficaz de los errores cometidos en los primeros meses de la pandemia porque ya no existe la excusa de la sorpresa. Todo anuncia que en un mes la situación será peor que la actual.

Recuerdo el verano en el que cumplí quince años. Un verano largo y algo solitario en el que leí todo lo que pude. Las tardes en el jardín que mi padre trabajó delante de la casa sin importarle que ni la casa ni la tierra fueran suyas. Yo acababa de regar con la manguera, curvando el aire a la luz arcoíris. La tierra húmeda, los rosales cuajados de flores, el olor de la hierbabuena mojada. Sentado en el suelo sobre el cemento de la acera, apoyaba la espalda en la pared de la casa y leía.

Impaciencia, la vida entera, no solo esta planta. Hay tantas cosas que hacer antes de morirse. Vivir, por ejemplo.

domingo, 9 de agosto de 2020

Regreso

El Guadiana sigue su curso. La marisma es la única realidad hasta el mar, por encima de todo. Reclama lo que es suyo y nosotros ostentamos como nuestro: la tierra, el cielo, el milagroso turquesa del río, a veces tan oscuro que lleva todas las verdades dentro. Para descubrirlas hay que irse tan profundo que da miedo. Me he tomado unos días. Regreso.

martes, 28 de julio de 2020

¡Ah, el verano!


Extraño verano este del COVID-19. Acostumbrados a pasar el verano dejándonos ir, sin prisas, sin agobios, descuidando la formalidad del año, nos encontramos incómodos en un tiempo extraño que, sin embargo, es el habitual de la mayor parte del mundo incluso sin pandemia. Durante las últimas décadas, todo el que podía marchaba a lugares exóticos (que, para sus habitantes no lo eran), salía de su ciudad, tomaba un avión para alojarse durante unos días en un hotel con todo incluido y las escapadas marcadas en las guías turísticas. Días en los que la única precaución era llegar a tiempo al museo de turno, hacer las mismas fotografías que miles de personas más ese mismo día, acudir a la comida reservada en el restaurante o la paella del chiringuito playero, a la hora de recogida del autocar de la excursión organizada. La epidemia nos devuelve en estas tierras a las vacaciones de antes, en las que se regresaba al pueblo -los que lo tenían- o se quedaba uno en casa bajando las persianas y durmiendo largas siestas para pasear a la puesta de sol por el barrio. En fin de semana, quizá una escapada a una ciudad no muy lejana, hora o quizá hora y media en un automóvil sin calefacción ni cinturón de seguridad. Visitar Segovia, Ávila, Burgos, Arévalo, Salamanca, hasta la hora de la comida, un menú con lo habitual de cada zona y vino en jarras de barro. Si no era posible, se marchaba hasta la ribera del río más cercano, en donde la familia plantaba la mesa y las sillas plegables a la sombra de los árboles, ponía a refrescar las botellas y la sandía en el barreño junto a una barra de hielo, y se disponía a pasar el día huyendo del calor.

La epidemia ha provocado un desastre económico en países en los que, como en España, la industria del turismo es tan importante. Como tenemos que adaptarnos a la realidad, debemos pensar si no es una oportunidad para pensar la locura en la que se nos habían convertido los veranos. Los mejores que recuerdo son los más lentos, nunca los más viajeros. Quizá me esté haciendo viejo.

(A diferencia de otros veranos, en este no cerraré por vacaciones el blog, pero publicaré con menos regularidad de lo habitual. Os deseo un feliz descanso, dentro de lo que se pueda.)

domingo, 26 de julio de 2020

Soneto para vencer a la muerte


Cuando debes andar sin rumbo fijo
por los muchos caminos de la vida,
como si todo fuera luz que oxida,
páramo inmenso, peña sin cobijo;

cuando no tienes hura ni escondrijo
donde arrojar al paso de la huida,
en camino feroz de anochecida,
cuatro cosas y algún pequeño alijo;

cuando todo ya es peso hacia la nada,
nada el cuerpo vencido hacia la tierra,
pero juegas la última emboscada;

cuando le ves el mal truco a la guerra
que la muerte te piensa ya ganada,
te digo, amor, y toda muerte yerra.

Veinte sonetos de amor esperanzado. © Pedro Ojeda Escudero, 2020

sábado, 25 de julio de 2020

Al lobo por ser lobo


Cuando el bosque no te deja ver el árbol, pierdes el bosque.
*
Los líquenes sobre la corteza del roble pertenecen a la categoría de la ficción.
*
Cuando nos internamos en el bosque, siempre llevo un lobo dentro.
*
En soledad soy multitud que en sociedad se aúna.
*
Todas las noches busco
el mundo que sembró
su mano en el robledo.
*
Tememos al lobo por ser lobo, como si fuera humano.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

jueves, 23 de julio de 2020

Esas cosas de la literatura


En una zona de los Urales rusos, un antiguo profesor de 67 años ha dado muerte a un amigo de 53 tras una discusión literaria. El profesor, apasionado de la poesía, no soportó que su amigo afirmara con rotundidad que la única literatura verdadera se escribía en prosa. La nota de prensa desliza un matiz: ambos estaban ebrios. Un matiz innecesario, porque la verdadera literatura es ebriedad permanente. Según parece, en Rusia hay precedentes, hace unos pocos años se produjo un asesinato tras una disputa filosófica sobre Kant. Me acodo en la ventana de mi casa y veo pasar a la gente por la calle. Desde aquí no oigo sus conversaciones, pero algunos gesticulan con vehemencia. Quizá discutan sobre metafísica, y estética. Aquella pareja parece debatir acaloradamente sobre si la poesía de hoy es o no poesía. Estoy por llamar a la policía.
*
Está tan desprestigiada la literatura entre los escritores, que casi todos huyen de ella.
*
Te recuerdo mirando a través de la cerradura de aquella casa en ruinas. Tú ya habías construido el hogar, mientras yo me enredaba con las telarañas.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

martes, 21 de julio de 2020

Orígenes del español llega a Valladolid



El programa Valladolid Letraherido del Ayuntamiento de Valladolid y el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (ILCyL) organizan la exposición Orígenes del español, 2 en la sala municipal de la Casa de Revilla de Valladolid hasta próximo 6 de septiembre. La exposición continúa el proyecto original de dar a conocer las más recientes investigaciones sobre los orígenes de nuestra lengua. Estos trabajos, promovidos por el ILCYL han ampliado notablemente lo que se conocía y daba como hechos irrefutables hasta hace relativamente poco, a partir del nuevo estudio al que se han sometido los Cartularios de Valpuesta y otros documentos medievales. El debate abierto no afecta solo a la filología, sino también a la paleografía, la historia de los ámbitos en los que se produjeron los textos, el análisis de los soportes en los que se han conservado los documentos y los procedimientos de restauración actuales. Parte de todo ello es también comprender la construcción de nuestra lengua en un contexto determinado. La publicación de los trabajos y las exposiciones a las que estos han dado lugar cumplen con otro requisito necesario y obligado, la divulgación. Cualquier trabajo institucional debe darse a conocer a la sociedad que lo financia.

Esta exposición, comisariada por José Manuel Ruiz Asencio y Gonzalo Santonja, añade a los documentos de la primera edición un aspecto sumamente interesante al incorporar algunos documentos de interés relacionados con Valladolid que, en este contexto, permiten una nueva lectura. La lengua castellana, que había nacido en un territorio comprendido entre el norte de Burgos, el actual País Vasco y la Rioja, conviviendo con otras lenguas anteriores -como el euskera- o en formación -como el navarro-aragonés y el riojano-, dejó las más primitivas huellas documentales en los Cartularios del monasterio de Valpuesta y en las famosas Glosas Emilianenses y Silenses. Desde ese territorio inicial fue extendiéndose hasta la realidad que conocemos hoy.

Estos documentos referidos a Valladolid testimonian la transcendencia para la evolución posterior de la lengua que tuvo esta ciudad a partir del siglo XIII, tras haber crecido en importancia gracias al conde Pedro Ansúrez, que hizo de su señorío un núcleo de poder en esa apasionante historia fronteriza de la península ibérica en la que no todo sucedió como contaba la historia oficial hasta hace unas décadas. Del siglo XII son un grupo de documentos que indican la importancia creciente de la ciudad, relacionada con la fundación y dotación de la Colegiata, la concesión de una feria general del 8 al 16 de septiembre de cada año (una de las más antiguas de Castilla y León) o la compra por el concejo de Valladolid de la villa de Santovenia de Pisuerga. En el siglo XIII, la ciudad ya tiene universidad y una evidente importancia en el desarrollo de los acontecimientos del reino de Castilla (en los últimos años del siglo XII se casó en Valladolid Berenguela de Castilla con el rey Alfonso IX de León, y ya en el XIII nació Enrique I y, en la plaza Mayor de la ciudad, fue proclamado rey Fernando III), que se fue incrementando a partir del siglo XIV y continuó hasta principios del siglo XVII.

Todo ello tiene una trascendencia filológica porque la lengua de los círculos cortesanos se fue formulando cada vez más en el ámbito vallisoletano. Prueba de ello es el documento que se exhibe en la sala, conocido como Tratado de Cabreros del Monte (1206). Inicialmente, se trata de un acuerdo entre Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León, que ponía fin al conflicto por la dote de Berenguela de Castilla, hermana del primero y esposa del segundo. Este documento, cuya única copia original se encuentra en el Archivo de la Catedral de León, tiene mayor trascendencia de la que parece. En primer lugar, es el primero de este tipo que está completamente redactado en romance castellano, aunque con algunos leonesismos explicables tanto por la personalidad de quien redactó la única copia original conservada como por el cruce de intereses entre los dos reinos. Según la interpretación algunos estudiosos, las prisas hicieron que el documento original no pudiera ser traducido al latín, como solía hacerse, aunque no puede descartarse la hipótesis de que se pensara desde el principio en castellano por la importancia oficial que iba adquiriendo esta lengua y que culminaría en la época de Alfonso X. En segundo lugar, aquel tratado aludía a Berenguela de Castilla, una mujer cuya personalidad necesita una revisión actualizada por su importancia. Berenguela sería sucesivamente pretendida por uno de los hijos del emperador Federico I Barbarroja, reina consorte de León (se separó de Alfonso IX, con el que había tenido cinco hijos, tras la excomunión de los dos esposos decretada por el papa Inocencio III a causa de su relación de parentesco), reina regente de Castilla y finalmente reina de Castilla durante unos días de 1217 tras la muerte de su hermano, Enrique I de Castilla. La cesión de sus derechos al trono a su hijo, Fernando III, abrió el camino a la unión de los reinos de León y Castilla.

Estos documentos no son solo material de estudio para los filólogos y los paleógrafos, nos hablan de una historia que tiene todavía una enorme influencia en la actualidad en la construcción de las identidades de Castilla y de León y de su unión. Nos hablan también de las relaciones entre estos reinos peninsulares y de sus reyes, del crecimiento de la importancia de una ciudad como Valladolid en la Baja Edad Media y de su vinculación con la lengua que había nacido unos pocos siglos antes y que hoy es la segunda del mundo por número de hablantes nativos.

La exposición contará con talleres infantiles gratuitos. El aforo será limitado y deberá accederse a la sala con mascarilla colocada correctamente. La sala cuenta con un protocolo que garantiza que es un espacio seguro.

lunes, 20 de julio de 2020

No tocar


Huele a albahaca, le dije a Ramiro. Aspiramos los dos el aire frío de aquella mañana de invierno. Salíamos de la Universidad y éramos jóvenes.
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Después, el tiempo.
*
De todas las mujeres que he amado, tú me tienes. Me has enseñado paisajes y la risa. Me mostraste el mar como si el mar no fuera. Tus pies, en aquel remanso del Duratón, abrían el camino del agua.
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Ahora que no podemos tocarnos, te toco. Deslizo mi mano por tu cuerpo buscando perderme en él para cartografiarlo. Toco tu cuello con las yemas de los dedos. Amenazo con morderlo y se te pone la carne de gallina e intentas evitarlo, pero te dejas. Te muerdo suave y me lleno de ti la boca. Apartas mis dientes y me besas. Me dejo hacer, ahora eres tú quien explora, sumergiendo tu mirada verdevida en el mapa de mi cuerpo. Y se nos llena el abrazo de dedos nocturnos de estrellas y viento de luna.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

sábado, 18 de julio de 2020

Sobre la escritura y el amor. Aforismos y otras cosas.


Escribir es aislarse de la vida.
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Sabes que estás en casa cuando llevas en la camiseta el olor de café recién hecho a la cama en la que todavía duerme ella.
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Cuando regresé a la cama, te besé en los párpados, en la boca, en el cuello, en los pechos. No pude despertarte porque ya sonreías.
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El amor es más difícil que el odio.
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Aquel poeta leía a Bukowski buscando un padre.
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Afirmaba que en sus poemas asumía riesgos, pero todos sus recursos tenían más de cien años de uso.
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Los miembros de las sectas poéticas son los pandilleros de los patios de colegios. De uno en uno son cobardes y juntos practican el acoso.
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Me asombra la antigüedad de los poetas que siguen escribiendo como si todavía hubiera burgueses a los que epatar.
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El amor inventa su calendario.
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Llenó su poema de palabras malsonantes. Solo tenía un uso.
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Cada vez que en un libro de poesía actual veo bajar de línea pretendiendo un verso donde no lo hay, oigo la queja de un árbol en el papel de la página.
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Un mal escritor nunca es ecológico.
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El silencio es la prueba de un poema y de una vida.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

viernes, 17 de julio de 2020

Bajamares de Antonio Tocornal



Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964) obtuvo el XIX Premio de novela corta de la Diputación de Córdoba en 2018 con Bajamares (Editorial Insólitas, 2020), que ahora ve la luz en medio de una pandemia que quizá le reste la difusión que debería alcanzar. Cuenta con un oportunísimo prólogo del crítico literario Josep Maria Nadal Suau. Ganador de decenas de premios de relatos breves, algunos de los cuales merecen una reedición conjunta como volumen de cuentos porque sostienen unidad indiscutible en estrategias literarias (no es el autor de los que amoldan su estilo a lo que parecen buscar los jurados), publicó su primera novela en 2013 (La ley de los similares, Dauro). Ganó el XXII Premio de novela Vargas Llosa con una obra muy personal, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (Aguaclara, 2018).

El personaje protagonista de la historia lleva sesenta años viviendo en soledad sin salir de Roque Espino, un pequeño islote a cuatro millas náuticas de la localidad de Malamuerte, cuidando el faro que evita que naufraguen las embarcaciones que se acercan por la zona. Su única misión allí es encender la luz del faro por la noche y apagarla al amanecer, tomando también los datos de una estación meteorológica.  No tiene más comunicación con el exterior que las noticias que un barquero le trae cada quince días, junto a los suministros. El punto de partida de la novela es apasionante, puesto que nos enfrenta con la soledad y la existencia de alguien que vive completa y voluntariamente alejado de la sociedad y supone un reto para el escritor puesto que no es nada fácil mantener el interés de la narración a lo largo de la historia como se consigue en Bajamares. Por esta razón, Tocornal pone en juego varias voces narrativas: la del propio farero, la del barquero y  la de la madre, junto a un narrador externo y una suma de capítulos con la traslación de documentos que informan al lector de hechos puntuales. Toda esta suma de perspectivas contribuyen a aclarar la extraña personalidad del protagonista, su vida real en el islote y las circunstancias que lo llevaron a aceptar un trabajo tan peculiar en el que ninguno de sus predecesores había resistido más allá de unos días.

Durante esos sesenta años, el farero ha construido su propio mundo en Roque Espino sin dejar de cumplir con la obligación diaria de atender el faro. Una vida llena de rutinas, pero con una gran complejidad interior. De hecho, el contraste entre esas rutinas (subir a la linterna dos veces al día, comer, evacuar, pensar en la lista de la compra, acudir cada quince días al encuentro con el barquero, resolver sus apetencias sexuales) y el mundo interior del farero plagado de renuncias y abierto a la reflexión, a lo fantástico y a la ensoñación, es una de las razones que hace más interesante esta novela. Algunos de sus comportamientos son vistos como extravagancias por lo demás, pero tolerados porque su trabajo no es solo necesario sino también eficaz, puesto que desde que desempeña su cargo, no se ha vuelto a producir ningún incidente marítimo en la zona. Unos entran en el sistema convencional de la sociedad, aunque nadie se hubiera tomado la molestia antes de ese trabajo, como adecentar el cementerio en donde fueron enterrados los ahogados aparecidos en la isla no reclamados por nadie sobre los que hubiera sospecha de no ser católicos o cuidar de la higuera nacida junto a la casa en la que vive. En cambio, a lo largo de la novela descubrimos otras formas de actuar que no parecen encajar en ninguna convención social, como el desinterés por su sueldo y el abandono de los billetes con los que se le pagaba hasta convertirlos en una pasta irreconocible. Hay muchas otras: tallar obsesivamente una ballena de madera cada día para dejarla ir con las mareas, renunciar a cualquier regreso a la sociedad o relacionarse con nadie más que con el barquero, dejarse acompañar por cientos de lagartos allá donde vaya, etc.

El autor matiza magníficamente la evolución psicológica del personaje, su pérdida progresiva de las palabras o de la noción del tiempo, la relación que establece con un islote árido en el que otros no podrían sobrevivir unos días, la radical defensa de su soledad. El farero vive en algo parecido a un abandono de su propia memoria que significativamente le permite conocer las razones de su vida mejor que si no viviera en esa renuncia. De hecho, el gran tema de la novela es la búsqueda del sentido de la vida y del camino que conduce del nacimiento a la muerte, la razón de una vida en concreto que es también la de todos. El farero, una vez aposentado en ese microcosmos que es el islote, procura vivir sin tomar grandes decisiones que le aparten de la posibilidad de ser cualquier otra cosa o de ser varias cosas a la vez poniendo en juego la duplicidad de planos o el tema tan literario del doble. Como la vida cotidiana en Roque Espino no puede tener más distracciones que las que ofrece el vivir de cada día, todo está abierto, todo es posible dentro de su mundo interior y de sus reflexiones. Es una vida en continua expectativa de encontrar la razón de ser, sin las renuncias a las que lleva cualquier elección ni la distracción que supone la sociedad. La rutina diaria es parte de ese camino de descubrimiento porque no entorpece el hallazgo futuro. El farero se ha convertido en un ermitaño en busca de la razón de su propia vida, de la explicación última de las circunstancias que le impulsaron a aceptar un trabajo que nadie quería. Disponer de todo el tiempo le lleva a una dimensión más allá del tiempo en la que puede indagar en busca de las razones extraordinarias de la vida más corriente que otros explicarían desde la vulgaridad del azar o de la mala suerte.

En contra de lo que podría parecer, no hay monotonía en esta narración de la vida del farero, que hace sesenta años que no se mueve de un islote minúsculo. No la hay gracias al estilo brillante y eficaz del autor que, sin embargo, no empuja al lector a dejar de leer la novela. Tocornal consigue trabajar el estilo de una manera muy superior a lo que acostumbra la narrativa actual sin perjuicio de lo que se cuenta. La polifonía de voces narradoras lo evita, pero también todas las circunstancias de la vida en Roque Espino y el mundo interior del protagonista, conducido por la observación y la meditación constante hasta que consigue que los sueños le muestren el camino correcto para encontrarse. Antonio Tocornal mide con inteligencia la aportación de los datos que informan al lector, el tiempo y la variedad narrativa, que oscila desde el documento administrativo al microrrelato, del hilo temático de los sueños a la utilización del humor, de la descripción escatológica a pasajes líricos, de la dureza de la circunstancia de algunas muertes a un sentimiento del paisaje como parte de la historia del mundo. Conseguido todo con esa magistral mezcla entre lo más cotidiano y el pensamiento del farero, el lector queda atrapado por el mundo interior del protagonista, al que acompaña en esa búsqueda extraordinaria del sentido de lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte, que permita cerrar el círculo.

jueves, 16 de julio de 2020

La belleza


La vida
es lo que apenas
te roza,
como la hierba
que brota
en la madera,
cuando se comba.
Qué frágil
es la belleza.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020

miércoles, 15 de julio de 2020

No me gustaría vivir en un mundo sin tierra de nadie. Aforismos y otras cosas.


No me gustaría vivir en un mundo sin tierra de nadie.
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Me encontré con aquel que hace poco me exigía posicionarme: casi no lo reconocí, parecía su oponente.
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Yo era muy joven. Me llamó a su despacho para pedirme explicación de mi voto mientras fumaba en su pipa y me miraba con los ojos violentos que tenía entonces. En un papel había dibujado un croquis de la sala donde acabábamos de votar en secreto y tenía anotado el sentido de cada voto. En público aparentaba ser un defensor de la democracia. Desde ese momento, supe que yo era un exiliado.
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Primero permanecí en el exilio interior, comprobando cómo dejan de hablarte, te retiran el saludo y te conviertes en un apestado. Cuando pude marchar al exilio exterior llevé guardados todos aquellos silencios de quienes ahora proclaman que son amigos míos desde siempre.
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Consiguió que su casa fuera solo presente. Cada vez que pasaba por los rincones vaciados, sentía frío en la nuca.
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El lector debe ser explorador de terrenos desconocidos.
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Exigía retirar de la literatura todo aquello que iba en contra de su pensamiento. Terminó con una antorcha en la mano delante de una pira.
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Cuando señalas con el dedo índice te conviertes en culpable.
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Me despedí de él con la ropa húmeda: hay que tener cuidado, es una persona líquida que toma la forma del lugar que ocupa.
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Sé cuándo vas a traicionarme, otra cosa es que me importe.
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Algunos días estuve tan solo que, caminando por la ciudad en niebla, se abría un claro a mi paso.

© Pedro Ojeda Escudero, 2020