sábado, 28 de febrero de 2026

Yira

 


El algoritmo me llevó a Yira, yira no sé la razón. Verás que todo es mentira, dice, cuando estén secas las pilas / de todos los timbres que vos apretás / buscando un pecho fraterno / para morir abrazao. Qué bien lo dice Gardel. También he pensado que me gustaría acercarme al mar para verlo un momento, nunca defrauda. Al pensarlo me acordé de todas las mujeres con las que he visto el mar, pero ese es otro cuento más largo y ya está anocheciendo.


viernes, 27 de febrero de 2026

Un estudio de Felipe II y sus relaciones sexuales y afectivas: El universo femenino de Felipe II de Antonio Martínez Llamas

 


Antonio Martínez Llamas, médico jubilado, lleva años investigando apasionadamente sobre Felipe II. En trabajos como Isabel de Valois, reina de España, Felipe II, el hombre y Felipe II, el enigma del hombre enfermo, ha hecho agudas aportaciones trasversales de gran interés que contribuyen a conocer mejor quién fue Felipe II, uno de los reyes más influyentes de la historia y sobre el que han caído como losas que impedían el conocimiento completo de su personalidad tanto la conocida como leyenda negra (una campaña de desprestigio contra el imperio español para cuya construcción, tan exitosa, se mezclaron verdades, rumores y las patrañas más burdas) como la mitificación de la corriente ideológica española que añora el pasado imperial. Ambos extremos impidieron conocer la personalidad de Felipe II y juzgar su obra hasta la aparición de los estudios de historiadores recientes como Geoffrey Parker, Henry Kamen, Fernández Álvarez o Martínez Ruiz. Sin duda, Felipe II fue un monarca que gobernó un mundo con una mirada providencialista y atrapado por una forma de entender la religión católica y el gobierno que le llevó a decretar miles de muertes y apoyar los autos de fe, pero el gobierno del mayor imperio jamás conocido hasta ese momento debe interesarnos siempre para saber cómo era la persona que estaba al frente en un mundo, por lo demás, en el que los otros gobernantes no diferían mucho en sus acciones. En un vasto universo de publicaciones sobre Felipe II y su época parecería difícil hallar un hueco para nuevas aportaciones, pero eso es lo que ha conseguido Antonio Martínez Llamas con El universo femenino de Felipe II  (León. Eolas & Menoslobos. 2025).

En este libro, Martínez Llamas se acerca a la figura del monarca analizando sus relaciones con las mujeres con las que tuvo trato, continuando el retrato de un rey muy alejado de la visión imperial oficial que lo caracterizaba como una persona adusta y alejada de toda conducta que estuviera mal vista. Evidentemente, se parte de que fueron muy pocas personas quienes le trataron directamente y de que la mayoría de la población estaba muy alejada de su conocimiento, como correspondía a la época. Los núcleos del libro corresponden a su madre y sus esposas, María Manuela de Portugal, María Tudor, Isabel de Valois y Anna de Austria, pero también se tratan las relaciones con sus amantes, Margarita de Austria o sus hijas.

El estudio abunda en referencias y es minucioso en el detalle, como corresponde a sus más de 700 págs. Parte de cómo le afectó la muerte de su madre, Isabel de Portugal, que lo crio con notables diferencias a como se estilaba en el mundo real del momento, encargándose personalmente de él en muchos momentos. Contrasta mucho esta proximidad de la madre con respecto al padre ausente: Carlos siempre estaba fuera, en los asuntos del Imperio. En el resto de la biografía de Felipe II, el autor percibe dos momentos. Aunque todos los matrimonios tenían la finalidad de perpetuar la dinastía, en los dos primeros percibimos un mayor alejamiento y despreocupación personal del rey. María Manuela de Portugal y él eran apenas unos adolescentes y poca decisión tuvieron en sus vidas; María Tudor fue un matrimonio claramente político en el que nada tuvo que ver el gusto personal de ambos. Sobre María Tudor, Martínez Llamas aclara de forma definitiva la cuestión de sus falsos embarazos, poniendo luz sobre la verdadera enfermedad de la reina de Inglaterra. El matrimonio con Isabel de Valois cambió el carácter del rey. En primer lugar, tuvo que esperar a la menarquia de la reina (tuvo varias amantes), pero después establecieron unas fuertes relaciones afectivas que contrastaban con la vida anterior de Felipe. Esta corriente afectiva continuó con Ana de Austria y se desarrolló también en la continua preocupación con sus hijas, una vez alejadas de la corte. De la menor, Catalina Micaela de Austria, sería el retrato conocido como La dama del armiño, que el autor ha querido situar significativamente en la cubierta del libro para afirmar esta identidad y la autoría de Sofonisba de Anguissola, entre toda las que se han barajado.

En el libro, aparte de abordar las cuestiones afectivas del rey, sobresale el trabajo de análisis de cada una de las mujeres que se relacionaron con él, de sus circunstancias y personalidad, tan diferentes. De todo el trabajo, podemos extraer un verosímil retrato de Felipe II como un monarca con una gran pulsión sexual que fue cambiando en sus relaciones afectivas a lo largo de los años. Esta evolución fue sin duda debida a las relaciones con mujeres tan diversas y la madurez de la persona que era, pero también al continuo quebranto emocional que pudo suponer enterrar a cuatro esposas, varios hijos y una larga relación con las enfermedades, singularmente con los ataques de gota. Una lectura atractiva y ágil, a pesar de su extensión, que retrata la personalidad del rey, pero también la de las mujeres que le rodearon y nos levanta un mundo mucho más variado del que las leyendas han trasmitido.




jueves, 26 de febrero de 2026

Afectuosamente tuya, Jane Austen (Cartas selectas), edición y traducción de Amparo Llanos

 


La escritora Jane Austen (1775-1817) es autora de algunas de las novelas más conocidas de la literatura universal (especialmente Orgullo  y prejuicio y Sentido y sensibilidad), fama aumentada por las muchas traducciones y adaptaciones de sus obras al cine y la televisión, algunas de ellas muy afortunadas. Como pocos autores, supo captar muy bien lo que ella misma denominó "la vida doméstica rural" del mundo británico. Es decir, frente a narraciones más épicas o fantasiosas, llevó a la literatura las preocupaciones cotidianas de una clase social, que era, en gran medida, la base sobre la que se asentaba el crecimiento ideológico del Imperio Británico. Lejos de actos heroicos y portentosos, sus páginas están llenas de las circunstancias de las relaciones sentimentales, los matrimonios y herencias, los conflictos familiares, las enfermedades y las muertes, las pequeñas alegrías y las emociones comunes. Jane Austen fue, sin duda alguna, la mejor de decenas de escritoras que publicaron en Inglaterra en su siglo, lo que nos lleva también a considerar que el círculo de lectores era fundamentalmente de lectoras que se sentían identificadas en las novelas, con sus frustraciones y anhelos personales, sus necesidades, pero también su convencimiento de que eran el núcleo de una sociedad que sostenía el reino en buena medida y que, por lo tanto, también tenían conciencia de su importancia.

Sobre la figura de Jane Austen se generó pronto un interés creciente, como demostraban el número de ediciones y reimpresiones de su obra y la aparición de biografías que relataban su vida. Esto se ha sostenido hasta el presente y, en buena medida, ha favorecido la construcción de un mito Austen en el que se mezclan realidades y elementos literarios. Por eso mismo, acercarse a sus escritos más directos y sinceros es tan importante. Una de las mejores fuentes es la lectura atenta de sus cartas. Se conservan 161, aunque se sabe que fueron muchas más, algunas destruidas por su hermana Cassandra, principal destinataria, heredera y albacea según el testamento que otorgó el 27 de abril de 1817, pocas semanas antes de fallecer (sin duda, las que contenían los pasajes más privados o que podían afectar a la opinión pública sobre la autora).

La edición y traducción de Amparo Llanos de buena parte de las cartas conservadas de Jane Austen (Afectuosamente tuya, Jane Austen. Cartas selectas. Sevilla. Renacimiento. 2025. Ya por la sexta edición) es una magnífica forma de aproximarse a la vida de la autora. Amparo Llanos (Madrid, 1965) es una de las fundadoras del legendario grupo musical Dover y siempre ha sentido gran afinidad por la cultura y la literatura anglosajona, especializándose en la obra de Austen y en la teoría feminista de su tiempo y la literatura escrita por mujeres en el siglo XIX. A la finura en la selección y traducción, Amparo Llanos ha llevado a cabo una inteligente selección de las cartas. De la autora ha incluido 74, añadiendo el testamento, una carta de un impresor con el que tuvo un desencuentro y una final de Cassandra Austen relatando los últimos momentos de la vida de su hermana a Fanny Kanight.

Los textos recogidos están fechados de 1796 a 1817. En esta veintena de años se perciben los cambios en la personalidad de la autora, pero también sus constantes. Es absolutamente fiel a las necesidades familiares y al estilo de vida de esa clase media rural no propietaria a la que pertenecía, también a sus preocupaciones. Aprovechando al máximo el espacio del folio (que se doblaba y se enviaba por correo, pagando el receptor), las cartas se llenan de todo tipo de noticias: diversiones, paseos, problemas domésticos, enfermedades, nacimientos, fallecimientos, cambios de domicilio, etc. También percibimos su constante ocupación como escritora. Inicialmente, dando cuenta del trabajo en los manuscritos, que revisa varias veces, y de la recepción lectora de sus historias en los círculos más íntimos. Dado el carácter de estas cartas, hay una apasionante acumulación de información variopinta y se cambia constantemente de tema. La mayor parte de las conservadas se dirigen a su hermana Cassandra y, por lo tanto, tienen la función de mantenerla informada y solicitar noticias, así como el intercambio de pequeños favores o encargos. Con el paso del tiempo, especialmente tras sus primeras publicaciones y más desde que se dio a conocer su autoría de las primera novelas impresas, el mundo frívolo pierde importancia y encontramos un intercambio cultural y la expresión de sus opiniones sobre las novelas de su tiempo. Sin duda, también debió influir la edad, las circunstancias económicas de la familia tras el fallecimiento del padre y su estado de salud.

Amparo Llanos acompaña las cartas de un breve, pero sustancial prólogo en el que está, en pocas páginas, todo lo necesario que debe figurar para comprender su importancia. Son muy interesantes las que dedica a una de las funciones más importantes encomendadas a las mujeres de ese tipo de familias: la construcción de una red de intereses que mantuvieran la cohesión y extendieran las soluciones a los problemas económicos o de relación social, precisamente a través de la correspondencia constante y extensa. Es decir, estas cartas no son solo un intercambio de noticias o un desahogo íntimo sino, sobre todo, el establecimiento de una red familiar de apoyo.

En definitiva, este volumen es de un gran interés para un público general, no solo para los aficionados a las novelas de Jane Austen. Informa sobre ella, pero también sobre un mundo y sus necesidades y carencias, un mundo que comenzaba a transformarse con la industrialización y el capitalismo. Un libro que es todo un acierto.



miércoles, 25 de febrero de 2026

Almendro en flor

 


Todo así, como esta flor
que regresa a mí constante,
anuncio de primavera
a manos llenas de vida.
A pesar del largo invierno.
Aún hay camino. Sigue.


(Desde el 2008 persigo la floración de los almendros -en realidad desde que me besaron debajo de uno en medio de una espiral de hormigas aladas-, puedes verlo pinchando en este enlace. Recuerda que las entradas se recuperan en orden inverso a su publicación.)

martes, 24 de febrero de 2026

Los cuatrocientos golpes

 


Ayer volví a ver Los cuatrocientos golpes de François Truffaut en pantalla grande después de muchos años, casi cuarenta. El Cine Club Casablanca de Valladolid, que conserva la costumbre de ver las películas en pantalla cinematográfica y versión original y comentarlas, me invitó a participar en su sesión "Mi película favorita". Acostumbrados, como estamos ahora, a los monitores de nuestros aparatos domésticos, por muy grandes que sean, volver a vivir el cine como experiencia comunitaria es más que saludable.

Hice una pequeña lista de películas para proponérselas a los organizadores, que sostienen con mucho trabajo y esfuerzo, este proyecto. A ellos les agradezco que hayan pensado en mí. Valladolid es una ciudad que cuida el buen cine y la SEMINCI ha sembrado muy buenos cinéfilos que necesitan compartirlo en un coloquio, que se continúa después en las cafeterías. Si hubiera hecho la lista hace cinco años o dentro de cinco años, no sé cuántos de los títulos serían iguales, como es lógico. Por eso mismo, me sorprendí no ver en ella algunos títulos que siempre había pronunciado como favoritos. Supongo que son los títulos que uno necesita volver a ver en un momento determinado por razones biográficas, estados de ánimo o coyuntura social. 

Entre los títulos había unos pocos que se estrenaron a finales de los cincuenta y en la década de los sesenta del pasado siglo. Y entre ellos, Los cuatrocientos golpes me ofrecía mucho de lo que yo necesito ahora. Todos sabemos lo que significó esta película para la historia del cine y para la carrera profesional de su director y cómo encabezó una corriente que buscaba películas menos correctas -temática y técnicamente- y más naturales y que, por eso mismo, causaron tanto impacto. También con un poso social más realista nacido de la experiencia biográfica. A finales de los cincuenta nacía una corriente cultural que terminó llamándose postmodernismo, una forma de mirar al mundo desde el individuo de una manera trasversal, alejada de los grandes principios ideológicos y creencias que lo trataban como una pieza más de las grandes propuestas de la modernidad que habían producido dos guerras mundiales y la amenaza de un mundo partido en bloques irreconciliables.

En Los cuatrocientos golpes hay una ficción institucional que ya no sirve: ni la educación, ni la familia, ni un aparato policial y judicial represor dan salida a los que ya no encajan en esas estructuras. Y lo que las mantienen lo hacen en gran medida desde la hipocresía o el temor al cambio. El protagonista, Antoine Doinel (lo sabemos, alter ego de Truffaut), es un adolescente de catorce años, hijo de una relación de su madre anterior al matrimonio. Su sueño es conocer el mar y vivir de forma libre en una sociedad que no se lo permite. Comete pequeñas trastadas que se van encadenando y creciendo en intensidad sin que él mismo sea muy consciente, hasta que termina en un centro de internamiento para menores. Nadie interviene a tiempo porque todos están muy ocupados en sus vidas y la estructura social solo está preparada para reprimir y no para ayudar. Es un mundo en trasformación radical, que viene de una postguerra y va hacia una sociedad de consumo y que se desentiende de los individuos que no aceptan las normas de juego aunque sea de forma hipócrita, como los padres de Doinel: en toda la película hay manifestaciones que lo afirman.

Hoy, que el cine que llena las salas es tan perfecto técnicamente y tan previsible en las estructuras, Los cuatrocientos golpes sigue siendo una lección de cómo hacer películas magistrales de manera imperfecta y natural, es decir, humana. También de cómo interrogar a la sociedad. La mirada final del protagonista a la cámara no deja de apelarnos, de preguntarnos sobre nuestros principios y motivaciones. En nuestra época se han desatado los grandes intereses, que ya ni siquiera se toman la molestia de disfrazarse de ideologías y que no se paran a preocuparse de los que no se ajustan a ellos. Por todos los lugares se pide más represión, menos políticas sociales, mayor control de los desfavorecidos o de los inadaptados, para los que se piden medidas cada vez más duras. La mirada de Antoine Doinel nos vuelve a interrogar, sin duda.

domingo, 8 de febrero de 2026

Una rama caída en el bosque

 


Una mano que toma
una rama caída
en el suelo del bosque
en mitad del invierno.

Hay niebla y no se escucha
el leve paso alado de los ángeles.
Sin más, la soledad
de quien busca la noche.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025

domingo, 11 de enero de 2026

Nunca se viaja en el espacio

 


Pensó que era niebla, pero le estaban desdibujando el mundo.

Varias razones
para el vuelo del cuervo.
Ya no hay más tierra.

Las fronteras se trazaron para los desfavorecidos.

Al viajar, una parte de mí no me acompaña.

Nos hubiéramos extinguido sin emigraciones.

Recuerda de dónde vienes porque nunca volverás a la infancia aunque pises el mismo suelo.

viernes, 9 de enero de 2026

El otro día nevó sin aviso

 


El otro día nevó sin aviso. Nevó como antes: te levantas y amanece todo bajo la  nieve. Sin más. Luego, continuó el mundo.

Caminaban, sin más, bajo la nieve,
hacia aquella montaña
que indicaban los mapas.
Decían que tras ella
estaban los más cálidos
valles llenos de vida:
truchas que se dejaban
atrapar con las manos,
frutales en sazón,
manantiales de alegres
jilgueros y oropéndolas
bajo un sol de verano
filtrado por las ramas
de castaños inmensos.
Se lo contaban unos
a otros en las  noches
junto al escaso fuego,
desde antes de la muerte
de aquellos dos ancianos.

© Pedro Ojeda Escudero, Del desconsuelo, 2025


lunes, 5 de enero de 2026

Una bandeja de cocadas

 


Durante el sorteo de la Lotería Nacional del 22 de diciembre, en el centro de la mesa del comedor aparecía una bandeja llena de polvorones, peladillas y cocadas. Era mi madre la que se ocupaba de sacar de aquel gran armario de cocina blanco la bandeja de duralex ámbar y colocaba sobre ella una servilleta grande amarilla que había bordado de niña; eran las manos de mi madre las que iban depositando los dulces uno a uno de forma generosa y elegante. De sus manos, nacía así la Navidad mientras los niños cantaban los últimos números de la pedrea, que era la verdadera esperanza de todos nosotros. Hubo un año en el que me senté ante el televisor con papel y lapicero para copiar uno a uno los números de la lotería que los niños cantaban, con la ilusión de anotar entre ellos el que permitiera a mis padres comprarse una casa. Lo dejé pasado un ratito, como si hubiera sabido de golpe que la vida es así y que cada número anotado agotaba la ilusión y daba testimonio fijo e inquebrantable de la realidad.

Cuando mi madre pasaba de la bandeja a la decoración navideña de la casa -el árbol con sus luces y campanas rojas y blancas coronado por una estrella de purpurina plateada-, era el momento de reptar con sigilo hasta la bandeja y robar con todo el disimulo posible una cocada, dos. Con cuidado, juntaba el resto para que no se percibiera el hurto, y salía de la sala para jugar en el pasillo o en la cocina. No era tiempo todavía de comenzar a hacer los deberes de las vacaciones, recién estrenadas. En los siguientes días todo era así: escapadas al salón, cuando creía que nadie me veía, para seguir tomando a escondidas aquellos dulces de coco, que a mí me parecían tan exóticos. Uno, dos y recolocar los restantes para que no se notara. Sonreía satisfecho y culpable: parecía que siempre había el mismo número de cocadas.

Poco a poco, sobre el mueble bar, surgía el nacimiento: lago de espejo, serrín y musgo, casitas y pastores, un puentecito con un pescador con caña e hilo del que colgaba un pez, un soldado romano gigante ante un desmesurado castillo de Herodes sobre la roña del fondo del belén, el misterio con un niño pequeñito en su cunita de paja y Melchor, Gaspar y Baltasar sobre sus dromedarios que se iban acercando después de cada noche, misteriosamente, hacia el portal.

Había días que no era solo una vez el hurto, sino varias. Con mucho cuidado volvía a colocar las cocadas para que no se notara que había tomado una, dos. Siempre se producía la magia de que el montoncito de dulces no pareciera disminuir y que nadie percibiera mis asaltos. Mi madre, mientras tanto, preparaba con sus manos el besugo con limón para la cena de Nochebuena o cortaba rebanadas de pan blanco para el chocolate de la tarde, un candeal de cuatro canteros.

Después de Reyes, mi madre recogía minuciosamente toda la decoración navideña en una caja de cartón que se guardaba en un altillo del cuarto de baño cerrado con una cortinilla y la bandeja ámbar regresaba al gran armario blanco de la cocina.

(Publicado en ¡Aleluya! Revista de la Asociación Belenista de Valladolid. Navidad 2025. Nº 20.)

domingo, 4 de enero de 2026

Una forma de estar en el mundo

 


Lo profundo es el aire es un verso de Jorge Guillén tomado como tema en una serie de obras realizadas por el escultor Eduardo Chillida. En el verso de Guillén -que es toda una declaración poética y vital del poeta vallisoletano-, encontró el escultor una definición de su relación con la materia y el espacio. Las palabras se encuentran en el poema "Más allá" de Cántico. Con ellas, Guillén, declaraba su condición de ser individual conectado con la realidad que nos envuelve, que es quien nos crea de verdad, una forma de estar en el tiempo y en el espacio, algo que solo puede adquirirse con una plena conciencia de la existencia propia y de todo lo que nos rodea. La estrofa completa dice:

Soy, más, estoy. Respiro.
Lo profundo es el aire.
La realidad me inventa,
Soy su leyenda. ¡Salve!

Paso frecuentemente junto a la escultura que, con ese título, se inauguró en noviembre de 1982, coincidiendo con el nombramiento de Jorge Guillén como Hijo Predilecto de Valladolid (Guillén moriría en 1984 y por varias razones no estuvo presente en esos actos) y cada vez es mayor mi admiración por esta pieza y por la intervención en el espacio urbano que propició para albergarla: banco, árbol, piedras.

Tras la pieza, el muro de la capilla del antiguo Colegio de San Gregorio, hoy Museo Nacional de Escultura. El Colegio se fundó como estudios de Teología de los frailes dominicos. Allí fue donde se celebró la Junta de Valladolid (más conocida como Controversia de Valladolid) desde agosto de 1550 hasta mayo de 1551 en la que se cuestionó la manera en la que Castilla debía proseguir la colonización de América. Lo ocurrido allí esos días se basó en la polémica de los naturales y enfrentó las tesis del padre Bartolomé de las Casas y las de Juan Ginés de Sepúlveda, ambos en la mayor altura del humanismo europeo del momento, sobre los derechos naturales de los habitantes de las tierras recién descubiertas, la justicia de las causas para hacerles la guerra y sobre la legitimidad de la conquista.

El debate venía de lejos -no fue aquella Castilla tierra de un pensamiento único, como demuestra la rebelión de las Comunidades- y se había iniciado, al menos, en la Junta de Burgos de 1512, que dieron lugar a las famosas Leyes de Burgos de ese mismo año. Varios de los participantes eran discípulos directos del padre Francisco de Vitoria, también dominico y, sobre el resto, pesaban sus teorías, las más avanzadas de la época sobre el tema, que había expuesto en De indis, un tratado en el que afirmaba que los indígenas eran iguales en derechos a los peninsulares y eran dueños de sus personas, tierras y bienes. Aquel libro inspiró las Leyes de Indias y fue el germen de los derechos de gentes, es decir, de los derechos universales de los seres humanos. El padre Vitoria, que falleció pocos años antes de la Junta de Valladolid, era burgalés, estudió y se doctoró en París, regresó a Castilla para ser profesor del mencionado Colegio de San Gregorio hasta que en 1526 ganó la cátedra de Teología en la Universidad de Salamanca, dando lugar a la llamada Escuela de Salamanca, que tanto influyó para dejar atrás las creencias medievales y proponer una legislación revolucionaria basada en la libertad del ser humano y los derechos naturales. 

Francisco de Vitoria sentó las bases del Derecho Internacional moderno al pensar en un orden mundial que fuera más allá de los intereses y la fuerza de los estados. Su pensamiento propiciaba las relaciones internacionales basadas en la justicia y, sobre todo, en una ética que combatía la guerra por motivos de religión o la conquista por causas comerciales o expansión territorial.

Este año conmemoramos los quinientos años del inicio de la Escuela de Salamanca y no estaría de más reflexionar sobre todo esto en unos tiempos en los que parece que regresa el imperio de la fuerza.

(Hace tiempo escribí en este blog una serie de reflexiones con el título de Pensar el mundo a principios de siglo para intentar comprender los cambios que se estaban produciendo en nuestra época; cumplido ya un cuarto del siglo XXI, quizá sea momento de pensar las claves que van ganando para definir nuestro tiempo. Reuniré aquí varios textos bajo la etiqueta de Una forma de estar en el mundo.)

sábado, 3 de enero de 2026

La mirada del gato

 


Paso. Me mira el gato.
¿Me avisa de que es tiempo
de recoger la casa
o me inventa sin más
pensándome su presa?

Un juego de ratones
y de gatos. ¡Vigila!

viernes, 2 de enero de 2026

Había tanto que ver, entonces

 


La historia de la Humanidad es la historia de la esclavitud.

La libertad es una matrioska infinita.

Solo cuando renuncias eres más tú.

Las ramas de los chopos movidos por el viento sueñan con las olas del mar.

Se echa a volar,
desde el alero, el mirlo,
con temblor de aire.

Recuerdo un mirlo sobre la nieve. Había tanto que ver, entonces.