viernes, 27 de marzo de 2020

¿Qué está haciendo esta sociedad con sus ancianos?


Algunos atardeceres dejan el horizonte tan lejos, tan lejos, que parece que nunca volverá a amanecer. Como en todas las cosas, esto es subjetivo. El mismo atardecer a otros les puede parecer acogedor, como meterse en la cama y taparse con el embozo.

Hoy he tenido que salir a comprar productos frescos. Desde hace una semana no salía de casa y mi intención es aguantar al menos otra semana o semana y media. Es extraña la sensación de una ciudad vaciada, con pocas personas en las calles, guardando cola ordenada y a distancia a la entrada de los pocos comercios abiertos. Al pasar, he escuchado fragmentos de conversación. En el estanco, quien entraba pedía que se difundiera la necesidad de voluntarios con formación de enfermería con destino a un geriátrico.

Llegan terribles noticias de lo que ha ocurrido en España en algunas residencias de ancianos. Esta mañana, en la radio, he escuchado los datos y la valoración de que este puede ser el hecho diferencial de cómo ha sacudido la pandemia vírica a España con respecto a otros países: el núcleo del verdadero problema aquí hasta ahora. Solo con el número de fallecimientos en estos establecimientos daría para estar en el sexto puesto en la triste lista de muertos por país y el número parece que aumentará en los próximos días. Recuerdo que cuando mi madre se operó del pie visitamos con ella varias para elegir en dónde se quedaría durante unos pocos días. Fue decisión de mi madre, porque no quería darnos trabajo, decía, a pesar de que nos habíamos ofrecido a atenderla. Incluso en las mejores que visitamos, lo que vimos no nos gustó. Curiosamente, Andalucía parece ser una región con menor mortandad por el virus que en otras regiones. No sé si alguna estadística podría comprobar si se debe a que allí los ancianos conviven con sus familiares en mayor proporción que en otras partes de España. Lo que hacemos con los ancianos nos define como sociedad. Se suele decir que España es un país en el que la familia sigue teniendo una gran importancia. Durante la última crisis económica muchos jubilados mantuvieron con su pensión a los hijos que habían perdido el trabajo. Pertenecen a la generación del esfuerzo, la que no escatimó horas de trabajo para hacer que sus familias y el país salieran adelante a pesar de la dictadura franquista y el atraso. Con su trabajo fuera y dentro de casa dieron estabilidad a los que vinimos después y la posibilidad de vivir un mundo mejor, incluso de estudiar a aquellos que pertenecíamos a capas sociales no favorecidas. Sin embargo, la muerte ha recorrido estos días las residencias de ancianos españolas. No todas: en algunas las cifras de infectados y muertos es mínima, pero en otras las noticias no dejan lugar a dudas. Algo gravísimo ha ocurrido y espero que cuando esto termine no se nos olvide pedir responsabilidades a todos los culpables. ¿Qué está haciendo esta sociedad con sus ancianos?

jueves, 26 de marzo de 2020

Sobre la cultura en tiempos de confinamiento


Hoy ha sido un día tranquilo, a pesar de todo. Descubro que en un confinamiento como este se pasa por muchas  fases, desde la euforia hasta el miedo, uno se deja o se activa, se le ocurre que nada merece la pena o que todo es importante. Hoy he llegado a la fase de construir una rutina que me permite trabajar con más normalidad y sin sobresaltos. Sin agobios, pero sin detenerme. Sé que mañana estaré todavía aquí. Quizá cuando me permitan salir pediré unos días más para dejar terminado un libro.

Una de las notas más relevantes de estos días, junto al trabajo abnegado de tantos que cada día ponen en riesgo su vida o la de sus familias, ha sido la generosidad del mundo cultural. Sin duda alguna, está siendo muy castigado por el confinamiento y para él no se prevén ayudas económicas. Si se prolonga la situación muchos profesionales del mundo de la cultura lo pasarán muy mal. Era un sector que salió muy afectado de la última crisis económica, pero que comenzaba a reinventarse. Sus miembros ven ahora que no tienen ingresos económicos, que se cancelan sus actividades o que se aplazan sin día, pero ellos tienen que seguir pagando sus facturas. No se sabe lo que ocurrirá cuando se levante el confinamiento, pero es previsible que tarde en permitirse las concentraciones de personas o que estas no sean recomendables o que el público tenga miedo durante meses y la mayor parte de las actividades culturales implican la reunión de espectadores. Con la incertidumbre en la que viven, ceden gratuitamente sus obras en las redes sociales y se ofrecen en abierto conciertos, libros, poemas, discos, representaciones teatrales, etc. Algunos aprovechan el momento para tener más visibilidad, sin duda, pero hay muchos casos, la mayoría, en los que es mera generosidad, una manera de entender la alta misión social de su profesión, el gran significado de la cultura, sobre todo en tiempos de crisis. Son los mismos a los que una parte de la población ha despreciado acusándolos de parasitismo de las subvenciones públicas porque la crispación política impedía reconocer el mérito de cualquier actor o escritor que no fuera de la cuerda de uno. Si antes algunos disfrutaban pirateando sus obras, ahora son necesarios para entretener el confinamiento. Qué país este en el que la cultura es mero entretenimiento. ¿El público que se ha entretenido gratis estos días con los productos culturales ofrecidos con tanta generosidad estará dispuesto a pagar por ellos cuando todo pase? ¿Comprenderemos al fin como sociedad que no hay libertad sin verdadera cultura, que no hay sociedad digna de sí misma que no la valore más allá del entretenimiento puntual de una tarde de tedio?

Hay tiempo por delante. Volveré sobre este asunto.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Cuatro gotas


Hoy ha tronado. A lo lejos, en la sierra, algún relámpago. En la ciudad, cuatro gotas que no han limpiado las calles.

No hay un día igual a otro, aunque lo parezcan. Esta noche he oído rumor de ángeles en la calle mayor. Apenas un ligero aleteo. En el duermevela he creído ver una luz lenta y dulce pasar por las ventanas.

A través de la página del Museo de Valladolid de Fabio Nelli veo una de las imágenes más significativas de lo que ocurre estos días. Hemos visto a los animales tomar las ciudades abandonadas (pavos reales y patos de los parques que se pasean por las avenidas principales, cabras montesas que bajan a las plazas extrañadas ante nuestra ausencia). En la fotografía de Fabio Nelli aparece el Cristo de la Inquisición y en uno de los brazos un mirlo ha hecho su nido en estos días en los que el museo está cerrado. ¿Qué sucederá si faltamos dos meses? La naturaleza sin nosotros. El restaurador del museo ha eliminado el nido para evitar daños en la escultura. Imagino la extrañeza del pájaro, quizá el Cristo haya sentido la bondad labiorosa del ave y la eche de menos ahora que luce limpio y museístico de nuevo.

Pienso mucho en los que tienen que trabajar estos días de confinamiento como si no ocurriera nada, tomando las precauciones adecuadas, pero con el miedo a infectarse o llevar el virus a sus casas, a sus familias. A algunos de ellos los aplaudimos desde las ventanas todos los días a las ocho. Los olvidaremos al poco de salir del encierro, cuando sus condiciones laborales no sean ya cosa nuestra.

martes, 24 de marzo de 2020

Dele Dios mal galardón


Creo que al primero que oí de hablar del síndrome por déficit de naturaleza fue al biólogo Raúl de Tapia, al que tanto admiro (entre otras muchas cosas, colabora en el programa El bosque habitado de Radio 3 con el pseudónimo de Raúl Alcanduerca). Consiste en un déficit de naturaleza por falta de contacto habitual con ella y las graves consecuencias de este alejamiento en la sociedad moderna fueron expuestas por Richard Louv en su libro El último niño en el bosque.  Hoy, que estamos casi todos confinados y alejados por necesidad, percibo más aún su gravedad. Sé que esto es temporal y que pronto volveré a pisar los prados y los senderos del monte como venía haciéndolo, pero no puedo evitar sentirme confuso, como deben sentirse los presos. Hay un romance primitivo que lo cantaba en tiempos en los que las prisiones eran mucho más duras que las nuestras:
           Que por mayo era por mayo,
        cuando hace la calor,
        cuando los trigos encañan
        y están los campos en flor;
        cuando canta la calandria
        y responde el ruiseñor;
        cuando los enamorados
        van a servir al amor;
        sino yo, triste, cuitado,
        que vivo en esta prisión,
        que ni sé cuándo es de día,
        ni cuándo las noches son,
        sino por una avecilla
        que me cantaba al albor.
        Matómela un ballestero;
        dele Dios mal galardón.

Todo el dolor se explica en la pérdida de esa avecilla, la única que sostenía el hilo de la verdadera vida.

Desde la ventana, aún oigo el trinar de algunos pájaros y, poco a poco, con el calor, será mayor el canto. Ayer, una cigüeña pasó rozando el ventanal del salón, camino de su nido, en la torre de San Gil, una iglesia de la que se conservan solo el ábside y la torre y que tengo a un minuto de casa, tan cerca y tan lejos. Antes del confinamiento, la torre soportaba dos nidos con vida dentro. ¿Estarán los polluelos en los nidos cuando salgamos a la calle? ¿Se escuchará desde el balcón el crotoreo rítmico, alegre, limpio? ¿Estará ya la candela en los castaños?

lunes, 23 de marzo de 2020

Diez jóvenes florentinos y la epidemia


Al amanecer compruebo que la nieve caída días pasados se está yendo muy deprisa en la sierra. ¿Quedará algo de ella cuando salgamos? Quizá algún nevero, allá en la zona sombría de la ceja. ¿Recuerdas, Manolo, la última vez que subimos? La  capa superficial de nieve se había helado y se rompía al pisarla con los crampones. Si no andábamos listos, nos hundíamos hasta la rodilla en los lugares en los que las escobas quedaban sepultadas, como pequeñas trampas, Mereció la pena. ¿Recuerdas el silencio de Hoyamoros solo roto por el graznido de un águila al pasar? Guardo ese silencio dentro de mí como uno de los tesoros más grandes de mi vida.

En 1348, diez jóvenes florentinos (siete mujeres que no llegaban a los veinte años y tres hombres no mayores de veinticinco) se encuentran en Santa María la Nueva de Florencia en la mañana de un martes. La ciudad está asolada por una terrible epidemia de peste. La muerte ronda por todas las partes y las autoridades no logran atajar la enfermedad con las medidas tomadas. Estos jóvenes deciden refugiarse en una villa cercana. Quizá no tanto por miedo al contagio: son jóvenes y se creen inmortales; posiblemente porque no quieren ver la enfermedad ni sufrir sus inconvenientes, que han interrumpido su vida. Para entretenerse, se organizan para contarse historias cada uno de los días que pasan en ese refugio, algunas de ellas un tanto licenciosas. Así comienza el Decamerón de Giovanni Boccaccio, que recordaba los terribles efectos de la epidema de peste de aquel año. La obra se construye a partir de la herencia narrativa persa que llega a Italia a través de la literatura árabe conocida desde la literatura castellana y difundida a todo el mundo desde la península ibérica. Boccaccio nacionaliza alguna de esas narraciones, pero no puede evitar de vez en cuando que asome la huella de su origen o de la influencia de la narrativa castellana que adoptó el modelo previamente. Boccaccio da un paso más sobre lo castellano: lo que en El conde Lucanor de don Juan Manuel era un espejo de príncipes moralizador, en el Decamerón se convierte en narrativa burguesa y urbana que busca sobre todo el ocio, aunque no pueda renunciar a la enseñanza. Qué salto tan enorme en la concepción de la literatura.

Por suerte, hoy sabemos contra qué combatimos y cómo hacerlo, a diferencia de lo que ocurrió en 1348. Los científicos han detectado el virus causante y comprueban cómo se comporta. No tardarán en dar con los medicamentos antivirales adecuados y con la vacuna, ¿pero saldrá un nuevo Boccaccio de todo esto o seguiremos nadando en la ocurrencia artística, en las modas y las escuelas desgastadas pero sectarias y en la literatura banal de estos últimos años?

domingo, 22 de marzo de 2020

Mañana será otro día


Hoy el día no ha sido bueno. En realidad, el día sí: salió el sol por encima de la sierra, que aún guarda la nieve caída al principio de semana; aunque no ha hecho calor, todo ha estado en su orden, incluso ha llovido un poco; anochece tranquilo, regalándonos un cielo de matices. El día ha seguido su curso, pero nosotros no. Tendremos que acostumbrarnos a jornadas así en el confinamiento, atravesaremos muchos estados anímicos diferentes. El de hoy no ha sido bueno.

En casa solo hemos salido un día a comprar lo imprescindible y yo he bajado la basura un par de veces desde que nos encerramos, nada más. No tienen más fortuna aquellos que deben salir a diario por motivos de trabajo: las calles están vacías, el bar en el que tomaban café a diario cerrado, no es recomendable entrar en ningún sitio ni rozar nada, no puedes acercarte a nadie, vas de casa a trabajo y vuelves con la incertidumbre de en qué momento vas a contagiarte tocando una superficie, pulsando el botón del ascensor, apoyándote en la barandilla de la escalera o pasando junto a alguien que tosa, no sabes en qué momento imprudente te infectarás -o tu ropa, o la bolsa de la compra- y llevarás el virus a tu casa, a tu familia. Quizá tú pertenezcas a la mayoría de los infectados, los que no tendrán síntomas, pero no sabes quién de tu entorno caerá enfermo por un gesto inconsciente tuyo o una imprudencia tuya.

No hay que vivir con miedo, sino con responsabilidad, pero lo que comenzó siendo una noticia lejana de una provincia de China, ya está en tus círculos de conocidos. En los dos últimos días hemos tenido noticia de personas populares que han fallecido, aquellos que están en la memoria de los años recientes de España, pero también amigos y familiares. Deseas con toda tu fuerza que se quede ahí, que la inundación no llegue más cerca.

Por las redes sociales corren bulos y teorías conspiranoicas sobre la epidemia vírica, su origen, su desarrollo y los intereses geoestratégicos, políticos y económicos que pudiera esconder. Mensajes burdos en los que se juega trufando verdades y mentiras y que pueden aplicarse para un caso y el contrario, para acusar a unos o a los de enfrente. También aparecen gurús, salvadores y opinantes de varios pelajes, gente que pretende saber más que un científico que lleva toda la vida dedicándose a estudiar el comportamiento de los virus. En todos los momentos de confusión aparecen los mercachifles y los que obtienen ganancia en río revuelto. No suelo abrir ninguno de esos mensajes, pero cuando lo hago por curiosidad o porque no me doy cuenta, me asombro de que funcionen técnicas tan burdas de manipulación a principios del siglo XXI. Seguimos igual que cuando durante los brotes de peste en la Edad Media recorrían los caminos procesiones de disciplinantes para pedir perdón a Dios y que este retirara la enfermedad, cuando se asesinaba a los judíos de las ciudades en las que entraba la epidemia porque se les acusaba de haber envenenado el agua o la matanza de frailes de 1834 porque se les señaló como causante del cólera de aquel año. Qué fácil es usar el miedo de la gente.

Piensas en cómo afecta esta epidemia a comunidades y personas menos privilegiadas que tú. Aquellos que viven en casas compartidas entre varias familias, los sin techo, los que viven solo y la soledad les pesa, las mujeres que conviven con su maltratador, las personas que abarrotan los centros de internamiento de inmigrantes, los campos de refugiados.

El sol se pone, como todos los días. Ya se ha puesto, no puedo distinguir la Peña de Francia. Mañana será otro día.

sábado, 21 de marzo de 2020

De la niebla de Béjar al mar, en Cascais. Con Pessoa.


Anoche comenzó a echarse la niebla, agarrada a la sierra. Hoy por la mañana amaneció la ciudad bajo una nube, como si la pandemia vírica le hubiera vendado los ojos. Te voy a invitar a comer donde tú quieras, le dije a Mayca. Busca mesa en un faro, me dijo.

Dediqué buena parte de la mañana a buscar mesa en algún restaurante levantado en uno de los faros de la península que se han reconvertido como hoteles. Lo de menos es el precio, me dije. El Farol Hotel de Cascais cumplía todos los requisitos. Elegimos una habitación abuhardillada y planificamos meticulosamente el viaje. Aunque se tarda menos por Badajoz, preferimos las casi cinco horas del trayecto que nos lleva por Castelo Branco y Santarém. Tenemos todas las horas para llegar, no hay prisa. Comimos en la terraza, mirando al mar, con el sonido de las olas abajo y el graznido de las gaviotas que pasan encima de nuestras cabezas. Reímos. Hemos dejado pasar la tarde con tranquilidad, en el sofá de casa, llamando a algunos amigos para saber de ellos.

Mañana despertaremos lentamente, es domingo. Te invitaré a tomar café en A Brasileira, en Lisboa, de regreso hacia Béjar. Quiero saludar a Fernando Pessoa. Tenía razón la voz de Alberto Caiero,  toda a realidade olha para mim como um girassol com a cara dela no méio.

Ha despejado la niebla en Béjar. Cuando escribo esto, se conservan algunas nubes agarradas a la sierra, más arriba de Candelario. A gran velocidad, acaba de pasar una ambulancia por la calle mayor, bajo mi ventana, pidiendo paso con la sirena. El sol se pone hacia la Peña de Francia, dejando un rastro rojizo. Mañana, en el café, hablaremos con Pessoa de tantas cosas.

viernes, 20 de marzo de 2020

Confundir los días


Uno de los riesgos del confinamiento es confundir los días. Qué más nos da un lunes o un sábado. Para evitarlo, me asomo a las ventanas de la casa. Si se prolonga, quizá llegue un momento en el que se me pierda el calendario, pero por ahora cada día me resulta diferente por la luz. Hoy, por ejemplo, las nubes me han deparado un intenso atardecer que se ha ido girando hacia un azul oscuro que nunca ha llegado a ser negro.

En la ladera de la sierra, se han ido encendiendo las ventanas. ¿Sus moradores mirarán la mía como yo lo hago con las suyas? Cuando solo es uno el confinado, cae en la tentación de mirar hacia dentro. En esta ocasión somos millones de personas. Sería demasiado egoísta pensar en que todo esto le pasa a uno, que todas las desgracias le ocurren a uno.

El virus recorre el mundo. Se extiende con rapidez, pero hay algo que se repite en la información que se da en cada país aunque se dispone de toda la información previamente, una secuencia que primero es de lejanía. Todos, yo mismo, dijimos: no llegará; luego, son casos aislados de gente que viene de fuera, son unos pocos casos aislados que las autoridades han controlado; más tarde, solo afecta a un pequeño sector de la población. En unos días, estamos metidos en la epidemia y esta nos desconcierta. En enero, oíamos rumores en China y ya está en América. Es curioso, parece viajar de oriente a occidente, de este a oeste, en la dirección del sol, luego de norte a sur. ¿Seguirá girando en el mismo sentido? ¿Cuándo vuelva nos habremos olvidado de él? Tengo confianza en la ciencia, por eso mismo sé que esta epidemia será la más corta que ha sufrido la humanidad, pero también sé que durará más que las urgencias en las que hemos vivido hasta la semana pasada, nuestra errónea forma de medir el tiempo y desearlo todo para ahora mismo.

Voy a leer el Decamerón sin saltarme el marco narrativo que sirve de hilo conductor.

jueves, 19 de marzo de 2020

La calle, en silencio.


La calle, en aparente silencio. En ella están aún los ruidos de la semana pasada.

Cuando pase todo, ¿habremos aprendido? ¿Hasta dónde llega nuestra memoria del dolor? ¿Sabremos pedir cuentas de los errores cometidos? ¿Nos las sabremos pedir a nosotros mismos?

Buena parte de mi docencia ya era virtual, a través del ordenador. Ahora nos han pedido que trasformemos la presencial también en virtual. Lo primero que he pedido a mis alumnos es que me cuenten dónde les ha sorprendido el confinamiento, qué tal están, si necesitan algo. Todos nos preguntaremos, durante mucho tiempo, ¿dónde me sorprendió aquello, qué estaba haciendo, qué planes tenía, cómo lo arrasó todo la pandemia vírica, cómo me trasformó? ¿Cómo nos trasformará todo esto?

Para quienes lo quieran, he reactivado mi canal de Youtube. Allí estoy colgando poemas que recito para sobrellevar el confinamiento. Publicaré también material que usaré para explicar algunos conceptos a mis alumnos y acompañarlos en el aprendizaje virtual en estas circunstancias. La dirección, pinchando aquí.

miércoles, 18 de marzo de 2020

¿Seguirá florecido el membrillero?



¿Seguirá florecido el membrillero? ¿Se habrán entristecido sus flores estos días? Paco y yo, camino de clase, nos detuvimos a contemplar la explosión de sus flores en el jardín de la Facultad: todo el arbusto parecía un único ramo enrojecido. No sabíamos todavía que iba a ser el último día de clase antes del confinamiento. Cuando maduren los frutos, le dije a Paco, habrá que probarlos.

Cuántos planes hicimos antes de la pandemia. Miro mi agenda, llena de aplazamientos. Observo cómo se acercan los días en los que habrá que aplazar otros. La vida es lo que no se aplaza. Esto es lo que toca vivir hoy. Descubro qué fácil es aplazar todo lo otro que tan importante era.

Se hace de noche. Veo cómo se oscurece la sierra de Béjar desde la galería del salón. A mi izquierda, el Calvitero, blanco por la última nevada. Justo enfrente, la peña de la Cruz. A mi derecha, donde el sol se pone, la sierra de Francia. Los jabalís habrán salido ya a saciar su hambre y su sed, extrañados de no oler a ser humano.

martes, 17 de marzo de 2020

Tántalo


Estos días de confinamiento tengo la sierra a la vista como una tentación constante. Allí está y recorro con la imaginación sus callejas y los caminos que trepan hacia el agua. Comprendo la dureza de la condena de Tántalo.

Es curioso. Echo de menos, sobre todo, andar sin dirección fija. Con las manos en los bolsillos, despreocupado, como quien no tiene más oficio que no ir a ningún sitio en concreto.

lunes, 16 de marzo de 2020

Hiroshima mon amour


Sí, Hiroshima es mi nombre y el tuyo Nevers. Qué forma de definir la tragedia a través del espacio, a través de la toponimia, a través de la identificación de la biografía con los lugares. En efecto, él es Hiroshima y carga con ese nombre porque la cicatriz del bombardeo nuclear no se borra. Ella es Nevers porque allí se enamoró de un soldado alemán y por ello fue considerada colaboracionista y castigada. Ambos han perdido el paraíso de la infancia y de la juventud, han visto destruidos los lazos que los unían a sus lugares, a su gente, a sí mismos. Andan náufragos de sus propias vidas. Biográficamente todo ha seguido: él es arquitecto; ella actriz. Ambos están casados. El azar los ha juntado en Hiroshima y el fugaz encuentro se convierte en un día que puede ser toda una vida.

Estos días de confinamiento por la epidemia vírica he vuelto a ver Hiroshima mon amour después de mucho tiempo y me vuelto a ocurrir lo mismo que las veces anteriores. No encuentro forma de escapar de esta historia contada por Alain Resnais a partir del diálogo escrito por Marguerite Duras, del diálogo de alta tensión literaria tan difícil de decir y hacer para no caer en el ridículo, de las imágenes -cada una de las secuencias es un ejemplo de dónde poner la cámara-, de la sintaxis del montaje. Cada una de las veces completo de una manera diferente el final abierto de la película. No sé si esta historia de pasión sanará las cicatrices de ambos o reabrirá sus heridas. En este ocasión he tenido esperanza, porque yo mismo la necesito.

Sabemos que la película, estrenada en 1959, comenzó como un encargo a Resnais para realizar un documental sobre Hiroshima. Algo de eso queda en la primera parte del film. Resnais le dio muchas vueltas y exigió que Duras fuera la guionista y de la conjunción salió una de las historias de amor más intensas del cine. Él quiere saber más de ella y ella profundiza en sus recuerdos; la vida de ambos no valía nada porque han perdido lo que les anclaba a su pasado y se han limitado a pasear los días sin sentido claro.

Una historia de amor devastadora en una ciudad que fue devastada por una bomba atómica. La actitud de Resnais y Duras fue valiente en su época: denunciaban la amenaza nuclear, se preguntaban sobre la necesidad del bombardeo sobre civiles cuando nadie lo hacía; cuestionaban el castigo social que cayó sobre aquellas mujeres que se enamoraron del invasor; juntaban a dos víctimas y les hacían recorrer sus vidas en veinticuatro horas.

 Nunca más Hiroshima, nunca más Nevers.