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miércoles, 9 de marzo de 2016

Dos ejemplos de teatro aficionado (sobre un montaje de El Lazarillo de Tormes de Fernando Fernán Gómez y otro de El pelícano de Strindberg)


Me gusta el teatro realizado por aficionados y lo respeto. Aficionados o semiprofesionales, que no viven de esta afición y que, al contrario, suele costarles dinero, mucho tiempo robado a la familia y otros placeres. Que un grupo de personas dedique varias horas a la semana para escenificar una obra me parece siempre elogiable sea cual sea el resultado final. Significa, en primer lugar, que tienen gran amor por el teatro. Los miembros de una compañía de aficionados son, primero y antes que nada, público de teatro. Estas formaciones han existido siempre en paralelo a las profesionales. En algunos momentos de la historia muy puntuales, en un sector de ellas se refugiaron las innovaciones y las tendencias más adecuadas que contribuyeron a la reforma del teatro oficial y comercial, como ocurrió en los años finales del franquismo en España. En algunos casos, las compañías de aficionados derivaron hacia la semiprofesonalización con unos niveles de calidad más elevados. Estas compañías son heterogéneas y en ellas encontramos desde meros aficionados con mucha voluntad hasta personas muy formadas pero que no han querido aventurarse por el mundo profesional o no han tenido la oportunidad o las condiciones.

De todas las formas, el hecho de pertenecer a una agrupación de aficionados con mejor o peor formación previa no debe eximir de la crítica, sobre todo cuando se cobra una entrada, aunque mínima, a los espectadores. Aficionado o no, en formación o no, alguien que se sitúa en un escenario tras haber cobrado una entrada debe respetar al público, dar lo mejor de sí mismo y presentarse con algo adecuado a sus fuerzas y medido en cuanto a la propuesta escénica. Ser aficionado no implica no estudiar qué se pretende con un montaje escénico.

En las semanas pasadas he tenido la ocasión de  presenciar dos montajes muy diferentes en el XIX Certamen nacional de teatro ciudad de Béjar (solo mencionar el número del certamen de este año nos habla del esfuerzo por dar continuidad a una buena idea, aunque no sea de los certámenes más antiguos) en el Teatro Cervantes de esa localidad, que, por cierto, necesita una mejora urgente en su climatización.

El día 20 de febrero asistí a la representación de El Lazarillo de Tormes por la compañía El Duende de Lerma (fundada en 2010 pero con larga experiencia teatral). Arriesgarse con el texto de Fernando Fernán Gómez que representa por toda España Rafael Álvarez El Brujo es un reto de importancia que ya asumieron también para La sombra del Tenorio. Su director y protagonista, Luis Miguel Orcajo, ha actuado sabiamente con este texto conociendo tanto sus condiciones como el circuito de representaciones que está a su alcance. En su versión y en su interpretación, se ha reducido el componente ácido de la obra y los elementos metateatrales y se ha jugado todo, con acierto e inteligencia, a una representación más popular y cercana al espectador, de carácter muy amable. Aunque debería moderar algo su movimiento en escena, sabe muy bien cómo ganarse al espectador de este tipo de funciones respetando el sentido de la obra y, por lo tanto, nada hay que reprocharle sino todo lo contario. Ha resultado premiado como el mejor actor principal, el segundo premio de dirección y el premio del público.

No sucede lo mismo con el montaje de El pelícano del sueco August Strindberg al que asistí el 27 de febrero. La propuesta del Teatro Arcón de Olid (fundada en 1996) no se sostiene en escena. El acierto o no de toda compañía teatral comienza por la elección del texto y Juan Casado, su director, ha estado del todo punto desacertado, dejando a la compañía a la deriva. Se notaba, en algunos actores, que la obra se les hacía más larga que al propio público. Como en la compañía hay personas muy formadas en el mundo teatral me permito recordarles que montar a Strindberg es un reto muy superior a las fuerzas demostradas. El drama de esta obra se da en los silencios y en los sobreentendidos y la representación debe ser de aquellas en las que aunque todo el mundo se esté cayendo nada parece suceder. Trasformar El pelícano en un mal dramón decimonónico no contribuye ni a la formación de los actores ni a fomentar el gusto por el teatro en los espectadores. Es devolver a Strindberg al lugar del que escapaba.

lunes, 20 de abril de 2015

De Lázaro a Lázaro o cómo nos manipulan


Desde hace tiempo, cuando me toca explicar el Lazarillo de Tormes, la novela anónima que crea la narrativa moderna universal a mediados del siglo XVI, compruebo que sigue instalada una lectura equivocada de la misma sea cual sea la edad de aquellos con los que comento el asunto. Siempre comienzo preguntando de qué va esta novela, una de las más conocidas y leídas de la literatura española de todos los tiempos, que ha pasado a la imaginación colectiva de forma muy plástica. Y casi siempre me encuentro con la respuesta unánime de que el argumento de la obra va de un niño que entra al servicio de un ciego y termina de amo en amo pasando hambre y otras necesidades. Cuando digo que no, que la obra no va de eso exactamente observo, año tras año, las mismas caras de sorpresa. Y eso que desde que lo explicara Francisco Rico ya han pasado muchos años.

No, el Lazarillo no va de un niño que entra a servir a un ciego y sigue su vida de amo en amo pasando hambre. Trata de un hombre adulto que debe justificar un presente que a los otros les puede parecer humillante pero a él no tanto: es un cornudo satisfecho. Para que quien le pregunta -la novela es una larga carta escrita sobre este asunto a un interlocutor que no aparece más que como Vuestra merced- pueda comprenderlo, comienza la tarea desde su infancia: 

Suplico a vuestra merced reciba el pobre servicio de mano de quien lo hiciera más rico si su poder y deseo se conformaran. Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, pareciome no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia de mi persona, y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron a buen puerto.

Este es el caso, el asunto que impulsa la escritura en la ficción autobiográfica de Lázaro y no otro. Lázaro adulto es un hombre que se ha casado para tapar las relaciones de su mujer con el arcipreste de San Salvador y que con ello ha conseguido comer caliente y dormir bajo techo. La técnica narrativa es impecable: el autor sabe que si Lázaro comenzara su historia con su presente, cosecharía el desprecio y la burla del lector pero no si nos pone delante un niño que sufre todo tipo de penalidades y que aprende a sobrevivir y ganarse la vida. Desde la primera lectura de la obra este niño ha conseguido ganarse a los lectores, muchos de los cuales, al cerrar el tomo, recordarán el hambre del muchacho pero no la condición de cornudo del adulto.

Pero no quiero hablar de la manipulación del autor sobre el lector, que no solo es válida sino que constituye la esencia misma de la construcción de la narrativa moderna que aprendería tan bien Cervantes. Quiero hablar de cómo todavía hoy se enseña el Lazarillo manipulado. Especialmente, a partir de versiones edulcoradas de la novela para el público infantil que luego no son corregidas para una recepción adulta. He aquí un caso más de un clásico que parece ñoño cuando no lo es. Como en el mensaje ideológico de la novela, que le ganó la persecución inquisitorial. De hecho, la corriente de la crítica que asume que el Lazarillo es la primera novela picaresca, manipula el mensaje de la obra: el Lazarillo no es una novela picaresca por la premisa inicial de que no es una novela contrarreformista, porque no defiende las estructuras sociales ni las ideologías dominantes de su tiempo, sino que pretende socavarlas. Si asumimos que el Lazarillo es una novela picaresca, automáticamente la desactivamos como en esas versiones en las que todo lo peligroso para la moral dominante es adaptado para que no lo parezca. No. La primera novela picaresca es la que se escribe a partir del Lazarillo bien para desactivarlo bien para llevarlo a la ideología dominante ya a finales del siglo XVI: el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.

Y esto es válido para cualquier adaptación de la novela a otros géneros o formatos artísticos o publicitarios. De hecho, hoy en clase he puesto dos casos cinematográficos en los que se ve la diferencia: este Lazarillo de Tormes de 1959 (coproducción hispanoitaliana que obtuvo el Oso de Oro del Festival de Berlín de 1960) y este Lázaro de Tormes de 2001 (dirigida por Fernando Fernán Gómez y José Luis García Sánchez).

Muchas veces no nos damos cuenta de las implicaciones ideológicas que acarrea no explicar bien una obra como el Lazarillo de Tormes. La manipulación convierte una obra que contiene, con aparente benevolencia y ternura, una de las mayores e inteligentes cargas críticas contra la sociedad de su tiempo en un juguete de mero entretenimiento. Hubo un tiempo en el que esto se hizo de forma consciente: un programa para desactivar la peligrosidad de los clásicos. Cuando nuestra pereza nos acerca a los clásicos sin plantearnos cómo nos los han vestido, repetimos una lectura interesada de ellos. Y los clásicos están ahí para cuestionarnos no para que los adelgacemos en fáciles digestiones.

domingo, 16 de marzo de 2014

Las Crónicas de Indias como testimonio de un encuentro intercultural y revolución narrativa


En mis clases de Literatura hispanoamericana he terminado un panorama de las Crónicas de Indias e ilustraré lo dicho con la proyección de Aguirre, la cólera de Dios, la película alemana dirigida por Werner Herzog en 1972 e interpretada por Klaus Kinski. Lope de Aguirre protagonizó uno de los episodios que mejor ayudan a entender lo que pudo ocurrir en la mente de aquellos conquistadores españoles. La mayoría de ellos eran muy jóvenes cuando marchan a América, casi todos sin fortuna familiar y con escasa formación intelectual. Para comprender lo que debió pasar por sus cabezas hay que leer con detenimiento las páginas que nos dejaron escritas algunos de ellos.

 En 1560 España se encontraba en su momento de mayor expansión y vitalidad y ellos se veían a sí mismos como el brazo ejecutor de todo lo que debía ser aquel Imperio que pretendía dominar el mundo y evangelizarlo. Confiaban también en que su valentía, su sentido de la oportunidad y un poco de suerte les facilitara una colocación o una encomienda que les sirviera para ganarse la vida regaladamente. Eran personas que no tenían nada detrás de ellos y que todo lo fiaban a la acción. Excepto alguno de los nombres más insignes, la mayoría no eran más que pobres hidalgos o gente del común de una tierra que no les ofrecía más que la aventura y el sueño imperial. La historia de Lope de Aguirre, aunque extremada, no es más que la historia de aquellos jóvenes que marchan a América en el siglo XVI como conquistadores. Evidentemente, no todos llegarán a actuar como él: vengador de agravios, despiadado verdugo de aquellos que se le enfrentaron, rebelde contra el Rey de España. Hay un momento en el que Lope de Aguirre se da cuenta de que su aventura ya no puede tener marcha atrás. escribe al Rey y le insulta, declarándose oficialmente príncipe de aquellos territorios. Pero ese momento, que ocurre en una mente ya evidentemente trastornada, es una evolución lógica de toda su historia y, especialmente, de la aventura que corre junto a los marañones en los meses en los que atravesó la selva amazónica en busca de El Dorado. Una historia apasionante que ha sido llevada a la literatura y al cine en varias ocasiones.

Aunque en clase sí lo he hecho, no quiero aquí abordar el debate sobre las cuestiones éticas de aquella conquista. Entre otras cosas, porque ya fueron debatidas por los grandes pensadores de aquel momento y porque si nos cerramos en una visión excesivamente actual de lo que ocurrió no comprenderemos jamás las sensaciones que aquellos seres humanos -europeos e indígenas americanos- sintieron. Nos llevaría demasiado tiempo y espacio contextualizar la conquista y comprender que ni los españoles del siglo XVI ni las civilizaciones indígenas americanas que se encontraron pueden ser entendidas como algo homogéneo a la manera en la que se suele hacer en los debates que parten de consignas extremas. Entre otras cosas porque se debe insistir en que el número de los conquistadores españoles en el siglo XVI era escaso y siempre debieron buscar la alianza de pueblos indígenas. Se suele prestar demasiada atención al poder intimidador de los caballos y las armas de fuego de los conquistadores (que lo tuvieron pero solo en los primeros encuentros) y escasa a su capacidad para fomentar alianzas entre los pueblos indígenas frente al poder dominante de cada región. Deberíamos huir de visiones idealizadoras de los conquistadores y de los indígenas, porque ambas nos impedirán siempre comprender lo que de verdad ocurrió que, por otra parte, era inevitable. Antes o después alguien llegaría a las costas americanas a la manera en la que lo hizo Colón.

En mis clases de Literatura hispanoamericana he querido tratar las Crónicas de Indias desde varios puntos de vista. En primer lugar, como el testimonio de aquel encuentro. En segundo, como el planteamiento de lo que será la mejor literatura hispanoamericana posterior y, en especial, toda aquella que construye, en el siglo XX, el imaginario colectivo de la América española. En tercer lugar, la profundización en elementos radicalmente novedosos para la narración del siglo XVI. Este último punto me interesa especialmente. En la América española estuvo prohibida la difusión, redacción e impresión de novelas. Se consideraba este género especialmente pernicioso. A pesar de eso, sabemos de la circulación clandestina de las novelas más conocidas en la Península. Pero la escritura buscó el hueco natural para la narración: la crónica. En todas ellas hay un espíritu novelesco y las más apasionantes para el lector actual son verdaderas novelas, como Naufragios, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que hoy sería considerada dentro de las mejores del género de novela de no ficción tan de moda en estos años: la historia de una penosa expedición y la primera descripción del territorio americano que va desde Florida hasta México. Cabeza de Vaca recorrió a pie todo aquel territorio durante unos años en los que salvó su vida de milagro y terminó convirtiéndose en un sanador que curaba a los enfermos invocando a Dios. En el texto de Cabeza de Vaca está ya todo lo necesario para la revolución narrativa que trajo El Lazarillo.

En los extractos que conocemos del primer Diario de Cristóbal Colón y el resto de los textos que escribió para contar a los Reyes lo que había visto y hecho ya se encuentra, en gran medida, la historia literaria posterior. Colón usa magistralmente la tensión narrativa, el relato interesado de los hechos, la construcción del indígena como el buen salvaje, la descripción de una naturaleza maravillosa y sorprendente. Y cae, como lo harán varios conquistadores posteriores, en el mesianismo: no tarda en creerse un hombre designado por Dios para aquella tarea. Su relación con los Reyes y con el resto de sus hombres se problematiza, su personalidad se hace compleja. Es apasionante leer las páginas en las que nos relata todo lo que ha vivido en América porque en ellas  está ya el apunte y la consolidación de cuestiones básicas que perdurarán en toda la literatura hispanoamericana posterior. No se comprende bien Cien años de soledad sin leer a Colón, por ejemplo.

Aquellas crónicas, del tipo que fueran (oficiales o particulares, de grandes nombres o de gente secundaria, redactadas por peninsulares, criollos o por mestizos nacidos ya en América como ese prodigio del castellano que es el Inca Garcilaso de la Vega) nos reflejan un mundo en nacimiento a partir del encuentro entre culturas y de la acción de seres individuales que se sorprenden al verse como protagonistas de la historia. En pocas ocasiones la escritura nos ha trasmitido algo igual y no debería pasarnos desapercibido. En las páginas de aquellas crónicas encontramos lo mejor y lo peor de la conquista, la grandeza del alma humana y también los más oscuros pozos en los que puede caer el ser humano puesto en situaciones tan extraordinariamente grandes como las que les tocó vivir y protagonizar a sus autores.

lunes, 12 de abril de 2010

El Lazarillo y el Quijote y noticias de nuestra lectura

En el capítulo de la semana pasada hay un interesante juego intertextual con el Lazarillo. Recordemos que, tras despedirse de Sancho e insistir en que nadie le ayude a desvestirse, a don Quijote se le saltan unos puntos en la media al descalzarse. Este incidente provoca una reflexión sobre la pobreza y, en especial, sobre la que recae en aquellos que, por su condición, necesitan aparentar un tren de vida adecuado a la posición que ocupan en la jerarquía de la sociedad de la época.

La mención explícita, en estas circunstancias, de la pobreza, la honra y el palillo de dientes con el que se finge haber comido («¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!») nos llevan directamente al Tratado tercero del Lazarillo, que cuenta las desventuras de Lázaro cuando sirvió a un escudero.

Si en el Lazarillo se advierte un fuerte contenido de crítica social al mostarnos una sociedad vacía que se mantiene de la apariencia y de un nefasto concepto de la honra, el juego intertextual en el Quijote va todavía un paso más allá al encontrarse en un aparente elogio de la pobreza entendida a la manera de la moral cristiana puesto en boca del narrador moro Cide Hamete, que no la comprende del todo.

La cita indirecta del pasaje del Lazarillo descubre dos cosas: por una parte, la filiación del Quijote en la línea de la narrativa realista creada por la obra anónima medio siglo antes y de la que parte la novela moderna; por otra, la vinculación ideológica con lo que tiene el Lazarillo de crítica costumbrista de fuerte raíz moral y evidente cercanía a las tesis erasmistas.

Este pasaje, introducido de tal manera que sólo un lector atento pueda fijarse en él, que homenajea sin citarla una obra que ya era leída como una clara oposición al sistema social imperante en España (de hecho, fue prohibida por la Inquisición, que sólo permitió nuevas publicaciones tras expurgarla) es una huella que nos quiere dejar Cervantes en su texto para que comprendamos la línea de la que procede tanto en género como en pensamiento.

Os animo a mandarme imágenes que reflejen la iconografía cervantino-quijotesca o a que las publiquéis en vuestros blogs, para acumular toda la información posible sobre Cervantes y el Quijote. Sobre todo me gustaría publicar imágenes no usuales, aquellas de pequeños lugares.

También os pido que me remitáis autorretratos quijotescos. Recordad que debéis estar con un ejemplar del libro o en actitud quijotesca.

Noticias de nuestra lectura

Abejita de la Vega está hacendosa y busca bibliografía para comprender el galimatías en el que nos mete Cide Hamete, y bien que sale del apuro . Después, encuentra a don Quijote, que se había escondido de Altisidora y contiúa el comentario del capítulo de la semana. Finalmente, nos regala, gracias a Ele Bergón, el mensaje del Sanchico, que está a la espera del comportamiento de su padre en el gobierno: que no se entere de que han bajado las notas.

Merche Pallarés, al galimatías lo llama encaje de bolillos, pero lo comprende bien puesto que hasta llama cuco a Cervantes: es tanta la pasión que pone que cualquier día la vemos entrar en acción quijotesca.

Manuel Tuccitano comenta de forma muy inteligente el capítulo: sólo haciéndose las preguntas que él se hace se puede obtener las respuestas adecuadas y disfrutar del todo la lectura.

El comentario de Paco Cuesta es el un lector que ya sabe cómo se las gasta Cervantes y está atento a ver por dónde sale el juego narrativo. Cervantes pedía a los lectores este esfuerzo para llegar al fondo.

Jan Puerta aplazó su comentario por falta de tiempo, pero nos regala una fotografía con comentario divertido sobre el hambre de don Quijote y unos enlaces que debéis visitar. Al publicar el comentario da con una clave de lectura que se me había pasado, la afirmación de que a un narrador se le debe alabar por lo que deja de escribir: tiene razón Jan, esta valoración del silencio introducida en este contexto explica mucho y da una muestra más de la modernidad cervantina. Nos regala otra magistral foto quijotesca y un grabado alusivo.

Cosmo comenta el capítulo de la semana centrándose sobre todo en que ya no se necesitan historias intercaladas por la fuerza de la historia principal y la frase sobre el engaño de la Dueña Dolorida que avala que nuestros protagonistas saben el papel que les han adjudicado los Duques.

Pancho da con la clave estructural del capítulo. Me gustaría llamar la atención sobre su forma de comprender el capítulo como un tratado -puesto en práctica- sobre la teoría de la novela moderna, en la que la cita del Lazarillo no es en vano. Las ilustraciones, excelentes.

Antonio Aguilera escribe una de sus buenas entradas que viene y va del Quijote a una llamada que recibe en el móvil. Todo ello para explicar el capítulo y enlazarlo con Nabokov y su Lolita. No os lo perdáis.


Enlace con el índice de nuestra lectura, elaborado por Raúl Urbina : Primera parte y Segunda parte.
Enlace con el blog construido por Manuel Tuccitano expresamente para esta lectura y que puede considerarse un agregador con los enlaces de todos los blogs participantes de forma regular, aquí.
Enlace con el grupo en Facebook, aquí. (Este grupo no sustituye a la lectura en este blog y no estáis obligados a uniros: lo usamos sólo como complemento, para informarnos, preguntar y debatir.)
Enlace con la entrada en la que encontraréis sugerencias si os incorporáis con la lectura ya iniciada, aquí.
Si me he olvidado de alguien, hacédmelo saber y lo subsanaré. Recordad enlazar vuestras entradas con La Acequia, para poder encontrarlas.
Vale.

sábado, 6 de marzo de 2010

A vueltas con el autor del Lazarillo, de Mercedes Agulló, con una nota impertinente al margen.

Hoy La Acequia no puede traer más noticia que ésta, que puede demostrar definitivamente que el autor del Lazarillo de Tormes, la primera novela moderna de la literatura universal, fue Diego Hurtado de Mendoza. La novela se publicó de forma anónima y desde el inicio se han propuesto diferentes autorías.

No he podido aun leer A vueltas con el autor del Lazarillo, el libro en el que Mercedes Agulló da cuenta de su descubrimiento, pero sólo la noticia de que un documento de este tipo se encuentre entre los papeles de Hurtado de Mendoza es importante para avalar la autoría de alguien que ya fue mencionado desde 1607 como el verdadero autor de esta novelita que revolucionó la forma de narrar: es difícil de rechazar una prueba de este tenor, más aun cuando existían ya otros sólidos indicios. Prometo reseña completa.

La verdad es que, de ponerse de acuerdo la crítica al respecto y aceptar la trascendencia del hallazgo de dicho documento, se haría justicia a una de las personalidades más interesantes de aquella apasionante época de la historia y la cultura española. Militar, diplomático, con una gran cultura, escritor -en el mejor ejemplo del cortesano renacentista-, fue un ejemplo de todo lo que potencialmente significaba España la primera mitad del siglo XVI.

Su autoría daría nueva luz a muchas de las cosas señaladas en el Lazarillo por la crítica, desde el estilo (la construcción del realismo psicológico del personaje protagonista), la mirada aguda a la realidad social de un reino que acababa de salir de las convulsiones de la rebelión de los comuneros (su hermana, María Pacheco, con la que tenía una excelente relación, fue la mujer del cabecilla comunero Juan de Padilla y dirigente ella misma de la rebelión), la crítica certera de las cuestiones más externas de la religiosidad católica sin romper con la ortodoxia y coincidiendo con la extensión del erasmismo en España, la mirada humanística, la reutilización del material folklórico, etc.

Todo ello llevado a cabo por un personaje perteneciente a una de las familias más importantes de la nobleza española, magnífico escritor, de gran formación y con una experiencia biográfica intensa: no todo lo que sucedía en este estamento en la primera mitad del siglo XVI es tan fácil de explicar como algunos pretenden y a él pertenecieron algunas de las más interesantes y contradictorias personalidades del momento. Sólo dos nombres bastarían para demostrarlo: el mismo Diego Hurtado de Mendoza y Garcilaso de la Vega.


Nota impertinente al margen: A pesar de sus detractores, la Wikipedia es un ejemplo de lo que se puede hacer hoy en Internet para facilitar la información más actual y el debate inicial sobre cualquier tema, que debe completarse después con estudios monográficos (como sucede con los manuales y enciclopedias tradicionales en papel).
Desde que las primeras noticias sobre este descubrimiento saltaron a los medios de comunicación hasta el momento en el que escribo esta nota se han redactado 19 versiones de
la entrada sobre el autor según fue extendiéndose la noticia y apreciando la recepción crítica. Todas estas versiones están disponibles en el historial del artículo (herramienta básica para poder afirmar cualquier cosa sobre un artículo de la Wikipedia y que debemos usar como se debe hacer con la fecha de edición de las enciclopedias impresas en papel -aun colea la falsa acusación de plagio que se produjo hace poco con la necrológica de Edward Schillebeeckx escrita por Juan José Tamayo por no tener en cuenta este aspecto-).
En resumen, los cambios introducidos en el artículo de la Wikipedia van desde la referencia a que algún testimonio del siglo XVII señalaba a Hurtado de Mendoza como autor del Lazarillo hasta que es el autor de la obra. Por el medio, la sugerencia de que el estudio de Mercedes Agulló lo señalaba como autor. Finalmente, se ha optado por una entrada menos tajante y, siguiendo lo afirmado por la misma Agulló, se apunta su autoría porque el decubrimiento confirma una de las hipótesis más válidas desde el siglo XVII. Es lo más correcto para una enciclopedia en el estado actual de la cuestión: el libro de Agulló acaba de salir y en la investigación debe darse opción al debate científico, que se producirá, sin duda, durante los próximos meses.
Igual de cauta es la redacción actual de
la entrada sobre El Lazarillo, que se limita a afirmar que el descubrimiento avala la hipótesis de que Hurtado de Mendoza sea el autor (su historial, aquí).
Supongo que la cuestión aun dará más vueltas en los próximos meses hasta que se asiente el consenso crítico al respecto, pero me alegro de que la Wikipedia actúe con esta rapidez y honestidad.