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domingo, 29 de abril de 2018

Sorolla. Un jardín para pintar y Sorolla en su paraíso. Álbum fotográfico del pintor


Joaquín Sorolla (1863-1923) compró en 1905 un solar en el antiguo Paseo del Obelisco de Madrid para construir su casa, que amplió después con la adquisición de otro terreno anexo. Se había convertido ya en el pintor español más reconocido de su tiempo y el de mayor éxito con las ventas de sus cuadros en el mercado nacional e internacional. Poco después triunfaría en Nueva York y Chicago y recibiría en 1911 el encargo más importante y de mayor significado de su carrera: una serie de grandes pinturas en la Hispanic Society of America llamada Visión de España (o Las regiones de España) que fijaron una idea visual del país en los Estados Unidos y que trasladaron la luz mediterránea al Alto Manhattan (esta institución cuenta con una de las colecciones más importantes de la obra de Sorolla).

Convirtió su casa (que hoy es el Museo Sorolla) en un proyecto personal completo en el que reunía la vida íntima y social y el arte y en el que invirtió mucho tiempo y gran parte del dinero obtenido por la venta de sus cuadros. Más que un taller (era partidario de pintar al aire libre y solo se refugiaba en el taller cuando no podía pintar fuera), quiso que su casa fuera también un espacio abierto en el que residir con su familia, recibir a los amigos y en el que pudiera trabajar buscando la luz y el color en sus jardines. Encargado en 1909 el proyecto al arquitecto valenciano Enrique María de Repullés y Vargas, comenzó las obras en 1911. A finales de aquel año ya residía en la casa y comenzó a diseñar los tres jardines y el patio interior que servía de patio de luces. Este trabajo, además, le sirvió de entretenimiento para descansar del proyecto de la Hispanic Society. En la época gustaban los jardines íntimos y pequeños, jardines familiares donde refugiarse en el silencio o celebrar encuentros familiares y fiestas y sobre ellos se levantó una simbología que los llenó de fuentes, laberintos y especies botánicas que despertaban el atractivo sensorial. No solo en pintura: son una referencia constante de la obra de Rubén Darío, Antonio Machado, Ramón María del Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, etc. Sorolla había dedicado muchas horas a pintar jardines, especialmente, en el Alcázar de Sevilla y la Alhambra de Granada. De allí tomó la mayor parte de las ideas que le inspiraron a la hora de diseñar los suyos y por eso casi todo en ellos nos recuerda Andalucía, desde donde llevó también fuentes, azulejos (sobre todo de Triana) y plantas.

Esta exposición que se exhibe en el Museo del Patio Herreriano de Valladolid (hasta el 24 de junio) nos permite un recorrido por todo este proyecto: planos, esbozos, cartas y una magnífica selección de óleos en los que Sorolla pintó los jardines andaluces además de los suyos. Cuenta también con una buena muestra de las esculturas que lo decoraban y se integraban en el pensamiento con el que eran diseñados. Casi todas las piezas mostradas proceden de los fondos del Museo Sorolla. Comisariada por María López Fernández, Consuelo Luca de Tena y Ana Luengo Añón, es un ejemplo de cómo realizar una exposición a partir de una idea central y llevarla a cabo excepcionalmente, con provecho de los visitantes. Pasear por las salas que ocupa no es solo reencontrarse con Sorolla y admirar una vez más su tratamiento magistral de la luz, el color y las texturas sino también aprender. La idea de la exposición está bien explicada y desarrollada y lo que ve el visitante es de gran calidad.

Todos los cuadros mostrados merecen detenimiento, en especial aquellos en los que la luz es la protagonista, pero párense en un cuadro que sobrecoge por su significado, al final del recorrido. En 1920 Sorolla pintaba en uno de los jardines de su casa un retrato de la mujer del escritor Ramón Pérez de Ayala cuando le sobrevino un ataque de hemiplejia de la que no pudo nunca recuperarse lo suficiente para volver a pintar. Fallecería el 10 de agosto de 1923. Y el cuadro ha quedado como boceto, la última obra de un artista excepcional.

Y si pueden, viajen después al Museo Sorolla de Madrid para comprender allí definitivamente todo lo que pretendió el pintor y la decepción que supone que la construcción de grandes bloques de pisos haya ahogado la luz y el aire que buscaba en aquella casa y algunas malas decisiones hayan estropeado bastante la idea botánica del espacio y lo que con ella buscaba Sorolla.

La visita se completa con la muestra Sorolla en su paraíso. Álbum fotográfico del pintor, comisariada por Publio López Mondéjar y tiene también gran interés. Primero, porque testimonia la vida y el trabajo de Sorolla gracias a la popularidad con la que gozó, que le hizo ser constantemente retratado por fotógrafos y estar presente en reportajes de las más importantes publicaciones ilustradas de su tiempo; segundo, por la atracción que sentía Sorolla por la fotografía tanto en lo artístico como en su potencial construcción de una imagen de sí mismo que se pudiera difundir por el mundo; tercero, porque testimonia el mundo de relaciones del pintor y su manera de trabajar; y cuarto, porque muestra una evolución de la fotografía española en el retrato del artista tanto técnica como temática. No olvidemos que el suegro de Sorolla fue Antonio García Peris, uno de los mejores fotógrafos de su tiempo.

sábado, 22 de marzo de 2014

El eterno femenino. Retratos entre dos siglos


Este es un ejemplo de cómo se puede hacer una mala exposición con magníficas obras y una buena idea. La comisaria de El eterno femenino. Retratos entre dos siglos (tras su paso por Zaragoza, ahora en la Sala Municipal de Exposiciones del Museo de la Pasión de Valladolid, hasta el 4 de mayo), Dolores Durán ha insistido en presentarla como una reflexión sobre la presencia de la mujer en la obra artística del último siglo. Para ello, ha estructurado la muestra en cuatro secciones -temáticas y cronológicas, salvo la injustificable inclusión de la obra de Manolo Valdés en la segunda- que son: Ángel o mujer fatal, Musas y creadoras, Del informalismo a los mass media y La reivindicación del cuerpo. Leídos con atención el folleto, los paneles y la nota de prensa, el espectador puede asegurar que muy poco de lo dicho en todos ellos corresponde a lo visto. No basta con pretender montar una exposición sobre el necesario debate de género correspondiente al tratamiento de la mujer en el arte del último siglo, hay que hacerlo. No basta con abordar este tratamiento desde una perspectiva de género en las palabras, hay que mostrarlo en las obras. Está muy bien aludir al tratamiento convencional sobre la figura femenina y su evolución a lo largo del siglo XX, así como a la reivindicación de la presencia de la mujer en las exposiciones, pero hay que evidenciarlo en lo que se da al público. Y si las piezas disponibles no lo permiten, se debe montar la obra desde otra perspectiva, menos pretenciosa, porque va en perjuicio de la propia exposición.  A estas alturas, no se puede prometer algo que no se da. Y, en efecto, en lo mostrado no se ve esa perspectiva de género salvo en alguna obra y forzando el gesto en las demás. Y todo ello es más frustrante porque se trata de un tema esencial en la historia artística y social del siglo XX: lo femenino, el feminismo y las teorías de género en la historia y el arte.

Aún así, recomiendo la exposición. Todas y cada una -todas y cada, repito- de las piezas mostradas (pinturas, esculturas y fotografías) son magníficas y se deben a autores imprescindibles del arte desde finales del siglo XIX: Pablo Picasso, José Gutiérrez Solana, María Blanchard, Maruja Mallo, Julio González, Joaquín Sorolla, Miquel Barceló, Fernando Botero, Ignacio Zuloaga, Equipo Crónica, Julio Romero de Torres, etc. El espectador saldrá de la sala de exposiciones con una buena muestra de retratos femeninos y podrá sacar sus propias conclusiones del tratamiento de la mujer por las diferentes etapas artísticas del último siglo, aunque con evidentes lagunas en cuanto a movimientos, perspectivas y países.