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lunes, 26 de septiembre de 2011

La complejidad de las emociones. La piel que habito, de Pedro Almodóvar.



No vayas a ver esta película si consideras que el thriller psicológico solo puede hacerse como lo hacen las grandes productoras norteamericanas; no vayas a ver esta película si piensas que la violencia solo puede expresarse de una única manera; no vayas a ver esta película si tienes tantos prejuicios contra Almodóvar -esto es muy típico en España- que le niegas el pan y la sal; no vayas a ver esta película si piensas que el mejor crítico de cine español siempre tiene razón incluso cuando le ciega la enemistad a la hora de escribir; no vayas a ver esta película si crees que la identidad es algo firme y estable y no quieres pensar en el laberinto que todos llevamos dentro.

Esta película es de Almodóvar: su sello está en todos los momentos de la acción. He de reconocer que los primeros minutos de la película despertaron en mí todos los resortes contra Almodóvar que llevo dentro y me hiceron dudar si había hecho bien en ir a verla. Pero hay un momento, con la aparición de un estrafalario personaje vestido de tigre en el que me di cuenta de que aquella película cobraba altura: dejaba de ser un thriller psicológico correcto para convertirse en algo heterodoxo en el que caben por igual el drama y la comedia, el homenaje a muchos momentos de gran cine y las autoreferencia tan de Almodóvar, el tratamiento de lo local costumbrista (qué magníficas escenas primeras las que tienen lugar en la tienda de ropa) y de lo universal. En ese momento, plena inserción en el territorio tradicional de Almodóvar, comenzaba una tragedia de identidades cruzadas. Hay otro momento en el que se reconoce la altura de esta película llena de cine: cuando se inician las secuencias de flashback que cavan en la profundidad de los personajes de una manera en la que pocos cineastas pueden hacerlo.

Todo ello basado en un sólido guión que lleva al espectador de un lado a otro, sorprendiéndole constantemente de la mejor manera en la que debe hacerse en el cine, en una extraordinaria fotografía que toca por igual la frialdad de la violencia y sus momentos más oscuros.

Esta película no es un trhiller, como se publicita, no es una película de venganzas cruzadas, sino una indagación en la personalidad y en sus lados más oscuros relacionados con las pasiones, el gran tema de Almodóvar. ¿De qué somos capaces los seres humanos desarbolados por el amor o por el deseo de venganza? De los crímenes mayores pero también de la entrega más total y de ambas cosas juntas porque ninguno de nosotros está hecho de un sola manera.

Antonio Banderas retrata, con contención, un personaje muy complejo. Excelente Marisa Paredes. Pero quien está maravillosa es Elena Anaya.

Si ves esta película, déjate llevar por ella: permítete reír en momentos que parecen trágicos. El golpe siguiente te hará más efecto. Sobre todo si aprecias la gran banda sonora de Alberto Iglesias, merecedora de todos los premios. Y reconoce a uno de los pocos directores actuales que tienen un sello personal en todo lo que hace. Si no te gusta Almodóvar, estás en tu derecho, pero esta película es una extraordinaria obra cinematográfica.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La venta de lo falso nuevo


Los lectores más antiguos de La Acequia sabéis que me gusta el llamado arte contemporáneo y de vanguardia. Sabéis que analizo esas manifestaciones del siglo XX que a muchos les provocan aun rechazos e incomprensión y que os he animado a visitar exposiciones y conocer artistas de este tipo. Entre otras cosas, porque son la demostración más exacta de nuestra época y porque merece la pena el esfuerzo de comprensión para poder gozar de él como hacemos con otros tipos de arte.

Hoy os traigo un ejemplo de lo que debe hacerse, uno de lo que debe hacerse pero no se ha hecho del todo bien y otro que, directamente, es una cara tomadura de pelo.

El ejemplo de lo que debe hacerse es la cabeza de acero inoxidable de Jaume Plensa que se expone en el patio central de la Casa del Cordón -modelo de buena restauración de un edificio histórico para un uso moderno como el de oficina central de una entidad bancaria- hasta el 18 de enero, como complemento y reclamo de la exposición del CAB. En sí misma, la obra tiene una entidad asombrosa: vacía el espacio interior de la cabeza y establece un diálogo con todo el entorno a través de su construcción en red y volumen. Situada donde está, la obra adquiere un pleno significado: ese diálogo se abre a un gran espacio vacío, con un magnífico contraste e integración entre el acero de la cabeza y la piedra del patio, entre la postmodernidad reflexiva de la cabeza y el gótico final de las arquerías. Tal es su adecuación, que el visitante piensa que deberían dejarla allí para siempre aunque este tipo de arte debe verse en diferentes lugares para valorar sus nuevos matices.

El ejemplo de lo que debe hacerse pero no se ha hecho bien es la exposición, que anuncié aquí, de Warhol en Burgos. No responde a las expectativas ni está a la altura de lo requerido. Es, apenas, la muestra de unas series de serigrafías mal explicadas y expuestas (por eso, es mejor el catálogo): como podría hacerse con cualquier joven artista que comenzara su carrera. Todo colgado, como se hace ahora, con un cristal para cubrir las obras y una iluminación tan mal diseñada, que hacen que el espectador se vea a sí mismo más que a la obra (es mal común, no sólo de esta exposición). Lo que no deja de ser toda una interesante reflexión sobre el arte: somos arte pop reflejado en arte pop. Pienso que no era el propósito ni de Warhol ni del comisario de la exposición.

Se completa la muestra, con películas del artista, que fue uno de los que mejor participaron en la experimentación en este arte en los años sesenta. Es cierto que son, posiblemente, sus mejores obras cinematográficas. Una de ellas, Empire (1964), aunque sólo se exponga un fragmento de 45 minutos de las más de 8 horas de metraje, correcta pero insulsamente mostrada en un monitor plano, colgado en la pared -lo que está muy bien, pues puede ser tomada como una parte más de su obra total-. Dos, The Chelsea Girls (1966) y The Velvet Underground and Nico (1966), proyectadas a través de cañones en una superficie rugosa y cierto efecto reflectante, que provoca que veamos, en ocasiones -dado que las películas son en blanco y negro-, más la pantalla que la película. La opción, además, de mostrarlas sin sillas en donde pueda sentarse el público no animan a la contemplación detenida de obras que influyeron decisivamente en el cine independiente y de autor de los años posteriores -Pedro Almodóvar ha aludido, en reiteradas ocasiones, al impacto que supusieron en sus comienzos- supongo que, el comisario, tuvo miedo de que alguien pretendiera ver todo el metraje de ambas (210 minutos la primera, 66 la segunda).

Por último, el juego de espejos que Leandro Erlich muestra ahora en el Reina Sofía, tan aplaudido por los medios de comunicación, es el ejemplo perfecto de cómo no deben hacerse las cosas. Y no me refiero a la calidad del producto, que técnicamente es impecable, sino al intento de vendérnoslo como vanguardia del arte contemporáneo. A nadie debería sorprender ya la mezcla de elementos propios de lo que se llamaba subcultura -aquí, las atracciones de feria-, con el arte más innovador: llevamos más de cien años haciéndolo.

Cuando los juegos de espejos saltaron en las décadas finales del siglo XIX de la atracción de feria al teatro y a museos, sí se hacía algo nuevo. Cuando todo ello se implicó con el precine y, más tarde, con las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX, sí se hacía algo nuevo: la propuesta era rompedora, atrevida y tenía toda una carga de pensamiento cultural e ideología artística detrás.

Que el Reina Sofía lo exponga ahora, no está mal, aunque es irrelevante para el arte actual. Pero que se nos venda como una nueva reflexión, como una nueva forma de hacer arte en el que se ha descubierto la síntesis de elementos, es, sencillamente, una cara tomadura de pelo. Eso sí, ésta gustará incluso a los que rechazan el arte contemporáneo porque dicen no comprenderlo: la instalación de Erlich es puro juego y técnica, artificio y superficialidad, magnífico ejemplo de un tipo de arte muy vivo hoy, demandado por los cientos de museos de arte contemporáneo que han proliferado y deben llenar sus salas como sea y disfrutados por un público que sabe poco ya de cualquier tipo de arte.

Los espectadores saldrán satisfechos y contarán la novedad de esta propuesta: simplemente, porque ignoran que es algo viejo vestido con calidad técnica nueva (el arte contemporáneo está en los últimos capítulos de los libros de texto). Como gran parte de las propuestas de ahora.

Curiosamente, el arte de vanguardia, que rompió con el canon tradicional, ha creado un nuevo tipo de canon. Eso no es incorrecto: en todos los estilos, en todas las épocas, hay iniciadores e imitadores con más o menos calidad. Pero el arte de vanguardia tenía una máxima, que definió bien Rubén Darío en sus Palabras liminares a Prosas profanas y otros poemas (1901):

Yo no tengo literatura «mía» [...] para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea

Y, sobre todo, que no nos vendan como nuevo lo que lleva tanto tiempo creado. Entre otras cosas, para eso sirve estudiar la historia de las manifestaciones artísticas, como les digo a mis alumnos muchas veces: para que no nos den gato por liebre ni los artistas redichos ni sus patrocinadores y los circuitos culturales.

Como las dos primeras exposiciones las vi con mi amigo Javier García Riobó, hicimos, por el camino, alguna foto. Dejo aquí constancia de una que debería publicar él en breve, para hablar de configuración creativa.

lunes, 31 de marzo de 2008

La movida monegasca

El tradicional Baile de la rosa que se celebra en Mónaco, se ha dedicado, en el presente año, a la movida madrileña y así lo reflejan con fruición y glamour diversos los medios de comunicación españoles. Comprenderán los asiduos lectores de La Acequia que yo no tenga fotos propias del evento: la crónica ya la ha hecho un entusiasmado Boris Izaguirre para el Hola, así que no hay que desesperarse.
Yo no soy de los que restan méritos a este movimiento cultural de la España de la transición ni a sus protagonistas, sino todo lo contrario: como siempre, algunos de ellos me gustan más que otros; algunos han demostrado que tenían cosas que decir y sabían cómo y otros se han desinflado, como en todo hecho cultural en el que se suman la oportunidad del momento y la calidad del producto. Al impulso de aquellos años debemos muchas cosas del presente y, sobre todo, el poner al país en el mapa de las grandes manifestaciones artísticas de la segunda mitad del siglo XX. Aquellos tiempos, en las provincias de nuestra Castilla se vivieron con cierta envidia mezclada con desdén. Yo compraba Madriz me mata, La Luna de Madrid y otras revistas y fanzines y veía en ellos cosas diferentes a las habituales.
La movida, madrileña, gallega o de otros sitios, fue la explosión de libertad creadora que se necesitaba en un país gris, achatado y acomplejado. De claro sentido progresista y transgersor, su mezcla de desinhibición experimental y festiva celebración de la vida en todos los aspectos, no sólo en el arte, no gustó a la izquierda apergaminada que dominaba los cuadros oficiales de los partidos: aquello, en efecto, estaba lejos del realismo socialista y la literatura de tesis. Ni qué decir que fue anatematizada por la derecha y perseguida por el postfranquismo, que siempre intentó ridiculizarla como un fenómeno exclusivo de mariquitas, yonquis y bohemios.
Con el poso del tiempo, la movida madrileña debe explicarse como la liberación de unas fuerzas contenidas que permitieron la evolución sin complejos de los años siguientes. Sin embargo, tampoco debe magnificarse su originalidad. Este movimiento es la condensación en un tiempo muy concreto de una evolución cultural que se venía dando en Occidente desde los años cincuenta -en la misma España franquista tenemos ejemplos tan precursores como el postismo-, que se inició con el arte pop y terminaría dando lugar a lo que los teóricos llaman el postmodernismo (uno de los primeros autores claramente postmodernos fue Vázquez Montalbán con sus Escritos subnormales cuyo Manifiesto se publicó en 1970 o la primera entrega de la serie Carvalho, Yo maté a Kennedy, publicada en 1972, de tan recomendable lectura). Lo que sucedió es que en España se vivió como explosión por todo lo que desencadenó la Transición. Además, como en toda época de cambio, se está más atento a magnificar -para bien o para mal- lo diferente. Y el mundo miraba con especial atención lo que pasaba en España.
Pues bien, los protagonistas de la movida que aun quedan en el círculo de Pedro Almodóvar -que, en aquellos tiempos, era uno más aunque ahora su éxito parezca dar nombre a todos- han hecho bailar a la aristocracia de Mónaco. La dinastía que reina allí siempre ha tenido una tendencia al espectáculo, así que no debe temerse, en este caso, una utilización de los artistas españoles como meros bufones como quizá alguna lengua viperina ya esté diciendo. Lo que me ha sorprendido no es eso, sino el entusiasmo casi juvenil de la troupe de Almodóvar y unas declaraciones de Alaska en las que la cantante manifestaba su orgullo de que la cultura no oficial llegara a los grandes salones. Yo no sé muy bién dónde ha estado Alaska en estas décadas, pero o no se ha enterado o no ha querido enterarse de que ahora ella y Almodóvar son parte de esa cultura oficial que parece no gustarle, según sus declaraciones aun ancladas en una definición de artista contracultural de hace tantos años. Incluso he podido explicar varios conceptos de esta entrada con enlaces a la Wikipedia y al Diccionario de la Real Academia Española. Si es que el sistema tiene estas cosas.