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miércoles, 23 de septiembre de 2015

El crítico adecuado: Rubén Darío y Juan Valera. La nueva musicalidad de la poesía en español


Todavía hoy me sorprende la capacidad de Rubén Darío para trasformar la poesía en español con apenas veinte años. Azul... es un libro portentoso y, sin embargo, su primera edición de 1888 (en Valparaíso, Chile) pudo haber pasado desapercibida si uno de sus ejemplares -oportunamente remitido- no hubiera caído en las manos del novelista y crítico Juan Valera. La reseña (en forma de dos cartas dirigidas al autor) que este le dedicara en octubre de aquel año en El Imparcial consagró a Darío como la esperanza poética del momento para la cultura en español. Llegaba en el momento adecuado: las repúblicas americanas ya estaban preparadas para incorporarse a las vanguardias culturales sin la dependencia de España y se detectaba en el arte hispánico una necesidad de cambio, de apertura a las novedades, que ya comenzaba de manera incipiente a manifestarse tanto en Hispanoamérica como en la Península. Uno a veces no sabe si las épocas crean a los genios o los genios a las épocas, supongo que ambas cosas son necesarias. Son tristes esos momentos en los que la mediocridad del ambiente o de las personalidades dominantes impide la regeneración de lo existente cuando comienza a dar síntomas de fatiga y hay que esperar años a que se produzca la conjunción adecuada.

La reseña de Valera llenaría de justo orgullo a Darío pero también de responsabilidad que supo asumir adecuadamente. No se acomodó sino que perseveró por el sendero que había iniciado y que le elogió el crítico. La demostración palpable fue la segunda edición del poemario -tan Hugo, pero también tan Bécquer, tan europeo y radicalmente nuevo- en Guatemala en 1890. Las novedades fueron significativas. Sustituyó el prólogo de su amigo Eduardo de la Barra por el texto de Valera por el prestigio del firmante -lo que contribuiría a su difusión-, agradecimiento al crítico que había sabido ver el valor del libro pero, sobre todo, porque en el nuevo prólogo estaba aquello en lo que creía Darío, la apertura de una nueva vía necesaria para la literatura en español. Y añadió un puñado de textos en prosa y verso. Entre ellos, los Sonetos áureos, que tanto llamaron la atención y fueron atacados por los críticos tradicionales del momento, que no soportaban ni comprendían las novedades que introducía Darío en la estrofa clásica. Entre otras cosas porque, a diferencia de Valera, no entendían que eran tiempos de novedades y que Darío no partía de la mera moda sino que construía la nueva literatura a partir del estudio cuidadoso de las formas existentes.

De esos Sonetos áureos, mi preferido ha sido siempre Venus. En él encuentro una condensación magnífica de todos los propósitos de Darío por aquellos tiempos y una perfecta adecuación de intención, temática, estructura y rítmica:

En la tranquila noche mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

"¡Oh, reina rubia!, díjele , mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia a ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar".
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

Descoyunta el soneto clásico a partir del heptadecasílabo (verso de 17 sílabas) y juega con la rítimica de este verso en todos sus matices. Parte siempre de una cesura versal que lo divide en dos hemistiquios (de 7 y 10), como han señalado ya muchos estudiosos pero no hace solo eso, algo que no ha sido percibido normalmente. En muchas ocasiones juega con la pausa interna para llevar las siete sílabas del primer hemistiquio hacia el endecasílabo, dejando un final de seis sílabas como si fuera el recuerdo del efecto que producía el encabalgamiento en la poesía clásica española. Es una mezcla endiabladamente eficaz de ritmos. Por una parte el de 7 y 10 pero jugando con él en el mismo verso, otro de 11 y 6. En ambos casos, una mezcla de ritmos impar y par que, seguramente, rechinaba en los oídos de los que estaban acostumbrados a la poesía convencional y no admitían que se experimentara con ella. Curiosamente, debajo de la estructura métrica estaba todo lo clásico pero subvertido de tal manera y puesto al servicio de otra rítmica que era difícilmente aceptable -e incluso comprensible- para ellos. Como sucede en la arquitectura de Gaudí, por ejemplo, o en la pintura de Picasso. Darío era la avanzadilla de una nueva forma de concebir el arte. Que la poesía es ritmo (acentual, silábico, ideológico, visual, etc.) es algo que vengo diciendo aquí desde hace tiempo y a partir de ese ritmo se construye el poema: es algo que no comprenden muchos poetas. La extraña sensación causada por la mezcla de un ritmo impar con otro par acompasa y explica toda la estructura de este soneto. También la temática, en la que predomina el choque del estado anímico del poeta con la serenidad de la naturaleza y la frustración del deseo ante la realidad. El poeta no puede en este poema alcanzar lo que desea y por eso expresa el mundo rompiendo el ritmo de esta manera y jugando con lo clásico y lo moderno para trasmitirnos esa necesaria confrontación de elementos que es el conflicto del que parte la poesía.

No era mero formalismo el de Darío, como tantos le acusaron, sino una nueva manera de ver el mundo. Necesaria. Los que no veían esta necesidad de cambio no lo comprendieron ni pudieron apreciar que nacía algo que tan larga herencia ha legado para la literatura española. Se limitaron a criticar la superficie de sus obras.

En pocas ocasiones una conjunción entre un creador y un crítico ha producido tan beneficiosos resultados.

viernes, 19 de octubre de 2012

El primer libro


Es de imaginar la ilusión de Rubén Darío cuando afronta, con la inestimable ayuda de algunos amigos, la edición de Azul....en Valparaíso en 1888. Los textos ya son conocidos a través de su publicación en la prensa, pero no tienen sentido más que en conjunto. Una de las cosas que aporta Darío al lenguaje de la modernidad es ese sentido de unidad: en él cada parte explica el todo de forma, a la vez, fragmentaria y completa. Cada uno de los textos son variaciones de un mismo tema. Siempre he tenido que Darío lo aprende de su lectura de Bécquer: es el primero que sabe ver en el poeta sevillano lo que en su época no se veía, encasillado en ese postromanticismo sensiblero al que le había atado una edición falsificada de sus obras y una recepción cursi dispuesta a desarmar cualquier profundidad poética en las rimas.

Don Juan Valera, el novelista y crítico, recibe uno de los escasos ejemplares que se editan de Azul... y se apresura a dar cuenta de él en dos de sus Cartas americanas, sus colaboraciones en El Imparcial de Madrid que tienen tanto eco y causan polémica en aquellos años: el 22 y el 29 de octubre. Darío siempre le estará agradecido a Valera por esta crítica, en la que lo presenta como el camino a seguir, aunque le reproche algunas cosas menores. En el fondo, Darío sabe que Valera lanzó su nombre al mundo hispánico y le abrió las puertas para presentarse como el gran renovador que la literatura en español del momento demandaba.

Valera se asombraba de que Darío, salido de Nicaragua para recaer en Chile, conozca tan bien la cultura francesa y las nuevas formas y no sabe bien a qué atribuirlo. A pesar de su apertura ideológica, de su conocimiento y de su sensibilidad y de que las Cartas americanas tienen la idea de tender puentes necesarios entre lo que se producía en España y las repúblicas hispanoamericanas, Valera no comprende bien que en las grandes ciudades de estos países hay una juventud burguesa bien formada que ya no necesita a España para informarse de lo que ocurre por el mundo. Darío le ayudará a comprenderlo.

Pero vuelvo a Darío, con los nervios de joven poeta, recogiendo los ejemplares de su libro en la imprenta, con la energía de quien sabe que hace lo que le nace de dentro pero con los nervios de quien no conoce si aquello tendrá el predicamento necesario. Pero todas las historias tienen un inicio. En aquellas manos ilusionadas con las que había recogido el joven poeta su primer ejemplar de Azul..., se encontraba Darío con el inicio verdadero del nuevo lenguaje de la modernidad artística en español, un mundo rico que sumaba tradiciones y novedades. El libro crecería en la segunda edición, sabiéndonse ya el autor en el camino correcto.