Existe una línea poética -en España, cimentada desde Bécquer, pero con antecedentes en la lírica de los místicos, en especial San Juan de la Cruz- que ha buscado simplificarla, limpiarla para que busque el origen de la cosa que nombra. Otros poetas, en cambio, han sabido jugar con todo lo que una palabra arrastra cuando se escribe, cuando se pronuncia, cargada de culturalismo para que resuma la historia en el momento en que se dice y en ella esté todo lo anterior. Ambas son formas válidas de hacer poesía, pero diferentes. Es un interesante ir y venir en el proceso artístico en el que se encierra, en casi todas las ocasiones, los cambios de estética. Un camino que no puede terminarse porque es un ejercicio continuo dado que la palabra expresa todos los perfiles del ser humano. Pero es interesante comprender a los poetas en su tratamiento de la palabra, porque define su poética y su mirada como artistas.
Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) pertenece a la línea que busca la depuración en la expresión: que la palabra se desnude hasta ser la cosa misma. Es un proceso, como ya dijo Juan Ramón Jiménez, porque nunca se alcanza la meta y porque, a pesar de todo, las cosas se trasforman siempre en la mirada del poeta y nunca vuelven a sí mismas cuando son expresadas por él e introducidas en un mundo poético de referencias artísticas. Pero el sentido en el que trabaja un poeta sus versos dice mucho del mundo que quiere construir y del que parten sus poemas. La dificultad estriba en que esta poesía, siendo tan conceptual como es, se exprese de la manera más sencilla.
En De la letra menuda (Cálamo, 2009), Fermín Herrero parte de conceptos de un paisaje concreto, el del campo soriano en el que nació, presidido por el Moncayo y trabaja sus versos para que las palabras se carguen de su significado primero, el que más les acerca a lo que designan pero, a la vez, partan de imágenes de la naturaleza y lo cotidiano. De ahí que use expresiones locales o coloquiales -siempre con medida- que hagan que su verso tenga una proximidad al paisaje del que salieron. Lo expresa en el poema que inicia el libro:
En cualquier fuentecilla del monté está
el misterio, la creación. Las palabras
que oíste son mentiras repetidas,
mercancía, artificio. Ya lo ves, lo natural
fluye, se da: se da la conjunción que eleva
sin intérpretes, ni retórica y bien está
que así sea.
Es un arranque que recuerda mucho la propuesta de Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez, con el que comparte tantas cosas Herrero. Este poema es toda una declaración poética: remontarse en el río del lenguaje hasta el manantial primero.
Las seis partes en que se divide el poemario llevan títulos que profundizan en esta clave artística: Lugar, Nieve, Lumbre, Ceniza, Mar, Hora. Las palabras de los títulos son conceptos que explican la simbología poética del libro. Fermín Herrero se abisma en la simbolización del paisaje de su tierra, en la memoria de las cosas más naturales y antiguas: hay un poema en el que el poeta escribe a la luz de una vela, otro en el que lee mientras la televisión está apagada. El trabajo se hace siempre desde ese silencio contemplantivo en el que los ojos se llenan de lo que ven casi sin intentar interpretarlo, dejándose llevar porque la voluntad se entrega a la meditación sin oponer resistencia a lo que le pasa:
El que aguanta en la niebla, podrá
guardar la clave; el que jamás
advirtió su deriva perseguirá a tientas
el ilusorio resplandor del héroe.
Es sólo desde la contemplación (de sí mismo, de lo que le rodea) desde la que el poeta puede ser consciente de la dimensión temporal y de su relación con el mundo. Sólo desde ese estado se es capaz de apreciar que la belleza de una eternidad son los dos días en los que tardan en secarse unos lirios en un jarrón:
Qué hermosura los lirios del jarrón
que trajimos, ayer, del prado.
(...) al fin se secarán, en cuanto chupen
todo el agua que les echamos. No duran ni dos
días. Pero esa debería ser, es, mi eternidad.
Todo lo que he leído de este poeta tiene la tensión de la gran poesía que permanece, la que se expresa con las palabras justas y los conceptos aparentemente más sencillos. Este poemario profundiza en este camino.
