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miércoles, 18 de julio de 2007

Casa hundida.

[Casa hundida en Villamorón, Burgos]
En Villamorón, una parte de las casas abandonadas están hundidas. Un día, una gotera invernal agrietó el techo. Quizá los dueños volvieron en verano y vieron la mancha de humedad y no le dieron importancia o pensaron que ya se pasarían unas semanas después, antes de que llegaran las lluvias. Pero no se pasaron. Dos o tres años más tarde se cayó parte del tejado, con un estruendo que ya solo asustaría a las torcaces. Al año siguiente se vino abajo una de las paredes. Y el hundimiento continuó. La construcción, de adobe, que había resistido firme con el amor de los moradores, vuelve a la tierra. Con lentitud imparable, como son las cosas de estas tierras que han visto tantos siglos de historia.

jueves, 12 de julio de 2007

La gárgola de Villamorón o ya han pasado diez años.


[gárgola de la iglesia de Santiago Apostol de Villamorón, Burgos]


Hace diez años volvía de Cáceres.

Había formado parte del Tribunal de la Tesis Doctoral, dirigida por Gregorio Torres Nebrera, de Manuel Simón Viola. En ella se estudiaba y editaba con mimo la obra poética del modernista extremeño Manuel Monterrey. Todo se había desarrollado con éxito para el doctorando. En el autobús de la línea regular en el que regresaba a casa, todos los viajeros íbamos en silencio, oyendo las últimas noticias sobre Miguel Ángel Blanco a través de los altavoces del vehículo.


Todo el mundo recuerda dónde estaba y más o menos lo que hacía en esas fechas en las que la sangre, como vómito negro, nos inundara los ojos. Otra vez. Pero de allí salieron un grito -¡Basta ya!- y unas manos blancas. Grito y manos blancas nacieron de gestos sencillos, de ciudadanos anónimos que obligaron a los políticos a fingir unidad y jugar, por un tiempo, con las normas que les marcó la sociedad y no con las estrategias de los diseñadores de las campañas electorales.


Han pasado diez años y hoy me encuentro en este pueblo semiabandonado de Castilla, Villamorón. Gran parte de las casas están hundidas y el adobe vuelve a la tierra de donde salió con la industria de los antiguos habitantes, cumpliendo su ciclo natural. La imponente iglesia, parte de un conjunto de edificios situados en la zona que Esquivias ha llamado El airoso gótico del páramo, se está resquebrajando y parece amenazar ruina a pesar de las obras de urgencia que se llevaron a cabo no hace mucho. En la fachada principal, esta gárgola extraña, digna de pesadillas góticas, muestra su boca y no sé si de ella saldrá el eco de aquellos gritos de hace diez años o alguna sustancia viscosa. Esta iglesia tiene más de 700 años. La gárgola ha visto pasar tantas nubes de tormenta que ya desconoce si podrá desaguar más veces el agua que vierte el tejado de este edificio agredido por el abandono.