En los últimos altercados que ocurrieron en Londres el pasado verano, los amotinados asaltaban tiendas de ropa de las mejores marcas, establecimientos que vendían los más novedosos aparatos tecnológicos. Su furia se desataba en un tipo de protesta que, aunque ocasionaba serias pérdidas a los propietarios de las tiendas y a las compañías de seguros, dejaba muy tranquilos a los guardianes del sistema: los asaltantes querían lucir al día siguiente las marcas que significan una integración plena en él.
En cualquier reportaje sobre las zonas más desfavorecidas del planeta vemos gente que no tiene nada pero lleva encima una camiseta del equipo de fútbol europeo de su predilección. Seguro que de muchachos soñaron con correr en un césped cuidado y batir al guardameta rival en un gol prodigioso. En esos mismos lugares, sin agua corriente en las viviendas, los tejados se afilan con antenas parabólicas a través de las cuales reciben la emisión de los canales de televisión más internacionales. Cuando deciden abandonar sus países y aventurarse en una incierta emigración que puede costarles la vida tampoco son individuos peligrosos para el sistema porque lo que quieren es vivir como la clase media de cualquier país europeo y llevar al país de acogida a su familia.
La publicidad ha conseguido entrar en todas las gentes del mundo y unificar los deseos: todos queremos ser como el modelo de vida que la publicidad nos vende. Y si no lo conseguimos, nuestra frustración no se vuelve contra el sistema que lo hace imposible sino contra las pequeñas cortapisas que impiden que lo consigamos. No rechazamos la publicidad, sino que la hemos puesto como objetivo de nuestra calidad de vida. La retórica publicitaria ha conseguido seducirnos de tal manera que no vemos el mal de origen sino tan solo lo que nos impide obtener el objeto deseado.
Luis Velasco, en la inteligente exposición que estos días ha mostrado su reciente obra en la Sala del Teatro Calderón de Valladolid ha meditado con lucidez sobre estos aspectos. Sus esculturas, fotografías e instalaciones reflexionan sobre el poder de la publicidad, su venta de un mundo ficticio jugando con nuestros deseos con el único objetivo de que consumamos. Las esculturas e instalaciones se construyen con la misma materia publicitaria: folletos y carteles que inundan nuestros buzones, lacerados, deconstruidos y montados de nuevo para indicar con sutileza e ironía crítica todo el juego psicológico que esconden (qué inteligente su escultura en diálogo con la Victoria de Samotracia). Las fotografías de vallas publicitarias vacías, a la espera de nueva publicidad como armas en descanso del combate, son desoladoras.
Quizá ya solo el arte puede prevenirnos contra el mal de origen de la publicidad. Si no estamos ya tan anulados que seamos los próximos en asaltar una tienda de ropa de las mejores marcas para lucir las prendas al día siguiente aunque no sean de nuestra talla.
