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lunes, 14 de noviembre de 2011

La necesidad de las Humanidades


La posible eliminación de las Humanidades y Ciencias Sociales del Programa Marco de Investigación y Desarollo de la Unión Europea ha provocado la inquietud lógica en el ámbito académico. Desde hace unas décadas, la investigación se ha orientado preferentemente hacia las aplicaciones técnicas. Pero es ahora, en tiempo de crisis, cuando la balanza se ha inclinado definitivamente. No es solo el ámbito de las Humanidades el que peligra: en general es el de todas las que antes eran conocidas como Ciencias puras. Cada vez hay menos espacio tanto en la docencia como en la investigación para ellas, como si no fueran el peldaño necesario sobre el que construir las ciencias aplicadas y la tecnología. Algunos suponen que la tecnología -herramientas como las que me sirven para escribir este texto y que mis lectores puedan acceder a él y comentarlo- no tiene ideología, que un aparato como puede ser un iPad no la tiene. Nada más lejos de la realidad. Si no somos capaces de comprender la necesidad de defender los campos humanísticos en la investigación más puntera estaremos huérfanos sin la necesaria capacidad de reflexión y comprensión de nuestra dimensión histórica.

Los lectores más antiguos de La Acequia recordarán lo que simbolizaba en este espacio un humilde peral -y por ello mismo, necesario- que se encuentra en el aparcamiento de mi Facultad. Muerto desde hace unos años, su tronco permanece como testigo triste de todos estos acontecimientos. Lo hice la clave argumental del discurso sobre las Humanidades que pronuncié en junio de 2007. No sé si podrá aparecer en el discurso que pronunciaré este año, puesto que la promoción que se gradúa en el presente curso me ha hecho el honor de elegirme como padrino, pero lo que sí haré es volver a declarar mi convencimiento de que sin el cultivo de las ciencias humanas somos más fácilmente víctimas de quienes nos quieren solo como usuarios de nuevas tecnologías.

lunes, 14 de marzo de 2011

Noticias del peral


En un comentario a mi entrada de ayer, Merche se interesaba por un peral que los antiguos lectores de La Acequia recordarán porque fue protagonista de varios textos y motivo central del Discurso sobre las Humanidades que pronuncié con motivo de la graduación de la IX Promoción de la Titulación de Humanidades de la Universidad de Burgos, que os invito a leer a los que no lo conozcáis.

Durante unos años, este peral daba noticias de los ciclos de vida asociados a los ritmos académicos. No es un árbol magnífico, de esos que nos despiertan la admiración y nos detienen el paso, pero el lugar en el que estaba situado y su humilde constancia servía de ejemplo a todos los que pasábamos junto a él para ir a clase.

Pero desde junio de 2009 no había vuelto a traerlo a este espacio. A finales del invierno siguiente, el peral sufrió una agresiva poda que terminó por dañarlo. Desde entonces, no han brotado ramas verdes, ni flores ni frutos. Su tronco sigue firme: es un doloroso testimonio de la fragilidad de la naturaleza ante la acción humana y de la delicada situación en la que ponemos al conocimiento si no lo atendemos y cuidamos. Quizá alguien nos pode como sucedió con este peral y nos asfixien con cemento y asfalto para que no podamos continuar nuestra labor. Dejamos que se le hiciera a este árbol lo que quizá dejamos que nos hagan a nosotros. Quizá nosotros tengamos la esperanza de la próxima primavera. Si permanecemos alerta, claro.

martes, 9 de junio de 2009

El peral sabio, a la espera.


En estos días, miles de jóvenes españoles realizan las Pruebas de Acceso a la Universidad, unas pruebas selectivas que decidirán sus futuros estudios universitarios. La mayor parte de ellos las superarán con éxito.

La Universidad con la que se encontrarán el próximo curso se enfrenta a uno de los cambios más importantes de su historia reciente: la transición hacia el Espacio Europeo de Educación Superior. No todos escogerán titulaciones adaptadas a este Espacio y las metodologías docentes que implica, porque aun son minoría los Grados aprobados con respecto a las viejas Licenciaturas y Diplomaturas. Ya hemos debatido aquí sobre este aspecto. En varias ocasiones he dejado clara mi idea de que la Universidad española necesitaba una profunda modificación y que casi todas las reformas que yo estimaba oportunas se encuentran contempladas en los acuerdos de Bolonia y las normas que los regulaban a nivel general. Pero también he dejado claro que buena parte de esta transición no se ha hecho, a mi juicio, de la forma más correcta posible y que, en buena medida, los alumnos que comiencen el próximo curso estudios adaptados al EEES sufrirán de algunas carencias que deberían haberse previsto puesto que ha habido tiempo suficiente para ello y se enfrentarán con una serie de problemas que parten de ciertos desajustes del modelo teórico con la realidad social española y de nuestros campus universitarios. Pero no es el momento ahora de volver sobre esta cuestión. Las nuevas titulaciones que hayan hecho bien los deberes saldrán extraordinariamente beneficiadas, frente a las que partan con algunas de estas carencias no resueltas de forma eficaz. El problema es que, en este primer año de aplicación del modelo, nuestros alumnos, a la hora de matricularse, deberán moverse más por intuición e inercias que por datos de resultados. En estos casos se corre el riesgo de que una publicidad atractiva pese más que la realidad.

En estos días, en miles de hogares españoles se viven los nervios ante los exámenes selectivos de estos jóvenes. No tanto por la dificultad para superarlos, sino como por asegurarse una nota que permita estudiar la titulación querida en el centro elegido.

Ortega, al hablar de la Universidad manejaba el concepto de misión, hoy hablamos de función, un concepto menos altisonante y más moderno. Pues bien, una de las funciones que tenemos en la Universidad pública española es la de no decepcionar las expectativas de estos jóvenes que van a ingresar en las aulas el próximo curso, formarlos de la mejor manera posible y facilitar su crecimiento intelectual y profesional.

Los más viejos seguidores de La Acequia sabéis que uno de sus símbolos es un peral que sobrevive casi ahogado por el asfalto en el aparcamiento de la Facultad en la que doy clase. Este año ha sufrido una poda excesiva y apenas tiene unas pocas ramas. Espero que la intervención no le impida dar buenos frutos y que estos jóvenes de ahora puedan verlos. La Universidad siempre debe alentar la esperanza porque en ella confía lo mejor que una sociedad tiene para encarar el futuro: su juventud.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Fragilidad del peral


El humilde y sabio peral de Humanidades, del que ya hemos hablado aquí en tantas ocasiones, ha cerrado, de nuevo, su ciclo vital. Nunca ha sido un árbol que atrape la mirada por lo llamativo de su hermosura a primera vista, lo sabemos. Pero este año nos ofrece pocas ramas y sus frutos no son tantos como en otras ocasiones. No es culpa de esta promoción de alumnos: un tiempo extraño se ha instalado por estas latitudes. Quizá se deba más a cierta desorientación de la Universidad española, inmersa en un cambio a trompicones en el que debería soltar el lastre de lo peor que ha dado en las últimas décadas para quedarse sólo con el abono adecuado que permita mejores frutos sin perder su capacidad crítica. No es tarde, pero tampoco hay ya tiempo que perder.

martes, 8 de abril de 2008

Flores de abril y presbicia

El humilde peral de Humanidades ha florecido. Este año, su despertar ha sido lento: hubo un momento en el que pensé que se le habían helado las yemas, en la primavera adelantada e inesperada en estas tierras. Ya sabéis, los que seguís La Acequia, que este frutal es uno de sus símbolos más queridos. En mi camino a clase paso junto a él y, ante la mirada extrañada de muchos, suelo rozar su rugosa corteza con la palma de mi mano o fotografiarlo con constancia. Como no es un árbol espectacular, nadie parece apreciarlo. Lo hice explicación de la labor docente, pero es algo más: el cumplimiento del ciclo anual de la naturaleza. Este peral no pide explicaciones a nadie, ni las da: se limita, callado, a cumplir con su misión a pesar de que todo está contra él. Y así, año tras año, florece, le brotan las hojas y los frutos se van madurando en su preciso tiempo. Toda una lección de lentitud y constancia en este mundo de prisas.

Por otra parte, mi visita al oftalmólogo terminó con la constatación de la edad. Presbicia y gafas para leer y ver de cerca. ¿Será la presbicia causa o efecto de las disoluciones? Lamentablemente, cada año pierdo uno de poder apreciar el esfuerzo de mi humilde árbol, pero, por suerte, gano uno en disfrutar de sus estaciones.

Saludos. Hoy mi día ha sido extremadamente largo y extraño. Dejo constancia aquí, por si se me olvida.

jueves, 20 de marzo de 2008

Primavera y vida

Este pruno, que me encuentro en mi camino a clase, ha estallado en primavera. La primavera es esto: la rabiosa decoración natural del espacio cuando uno no se lo espera. Lo saco aquí porque su radical belleza es tan efímera que, a la vuelta de vacaciones, habrá recuperado la prudencia de arbusto que lo define. Para entonces, sin embargo, el peral sabio de Humanidades que, como saben los que me siguen desde el principio, es uno de los símbolos de este blog, ya habrá florecido porque lo dejé con las yemas apuntando en flor. Si estos fríos sobrevenidos no las queman. No sé por qué, pero estos botones siempre me traen el recuerdo del pecho de la mujer amada, adivinado en la trasparencia de su blusa. Me he dado cuenta, al subir estas fotos, de mi insistencia en los árboles florecidos que ahora contemplo con la serenidad de los años, como si en ellos consistiera la suavidad de la vida: acariciar su corteza como se hace con la piel querida, aun en la distancia del ensueño. Suelo acercarme a estos árboles que refieren mi camino, como los que facilitaron mi narración Nocturno, y poso en ellos la palma de la mano, para sentir su latido en cada estación. Creo que me estoy haciendo viejo.

La primavera, dicen, es la exaltación de la vida que se renueva a sí misma. No estoy seguro: me gustan sobre todo las frutas otoñales. En primavera lo que se afirma es la naturaleza individual de las cosas, por eso uno puede tomar decisiones radicales en ella. Los ancianos suelen temer el invierno, cuyo frío airado puede llevárselos, porque saben que tras el paso de esta estación su vida es suya y podrán hacer con ello lo que quieran. Algo así ha debido pensar Chantal, que ha decidido su vida, con coraje y firmeza y contra esta insistencia insana de nuestras autoridades que nos castigan a no ejercer nuestra afirmación de individuos y marcharnos sin hacer daño a nadie. A qué tienen miedo.

En una semana, el pruno volverá a su humildad y el peral me ofrecerá su imagen y metáfora. Yo seguiré caminando junto a ellos, cada día.

sábado, 22 de diciembre de 2007

El peral, en invierno


El peral de Humanidades, una de las referencias más constantes de este blog, entra en el invierno: desnudo, a la espera, alzándose humilde hacia el cielo nuboso y frío. Volveré a verlo en enero, camino ya de la primavera. Este año, en La Acequia, he aprendido a verlo de otra manera. Ahora sé, entre otras cosas, que, al tomar la imagen me sobra incluso el edificio: el impulso de su ciclo lo lleva adentro y le basta un poco de lluvia y sol en su momento justo.
Feliz invierno a todos. Dediquémonos, como el árbol, a vigilarnos por dentro.

martes, 18 de septiembre de 2007

Nuevo ciclo de vida.


Mi querido y humilde peral ha cumplido un nuevo ciclo de vida y se encuentra cargado de fruto. Hoy, al pasar junto a él, rocé su corteza con mis dedos, en una caricia respetuosa, y apoyé, un instante, mi frente en su tronco. Me encontraba fatigado de mí mismo y necesitaba sentir su pulso sabio. Quizá buscaba que me prestara un poco del aliento cotidiano que lo afirma. A veces los días se me hacen demasiado largos y solitarios.
Como sabéis, no es un árbol hermoso y la pasión por el cemento de este país le tiene herida la corteza sin dejar que sienta la misma tierra cálida de la que se alimentan sus raíces.
No sé lo que vivirá este árbol pero, mientras lo haga, sé que cumplirá, con constancia de realidad, cada año, su misión. En unos días, todas las peras habrán caído al suelo y comenzará la tarea de nuevo, con el tesón que lo alienta. A veces, como hoy, necesito de su abrazo para confirmar mi propia existencia.

lunes, 30 de julio de 2007

Espadaña con nido de cigüeña en fondo de montaña.

[ Paisaje desde Mahallos (Burgos), hacia Sordillos, con la Peña Amaya al fondo. Pulsa sobre la foto para ampliarla y ver los detalles.]


El río Brullés me trajo al Odra, que también nace en Peña Amaya y que desemboca, más allá, en mi ensoñado Pisuerga. La carretera termina en Mahallos, a un quilómetro de Sordillos. Es raro ver terminar una carretera en una zona que no es de montaña, pero en estos pequeños pueblos castellanos sucede. ¿Por qué venir donde la carretera acaba? ¿Qué buscan los ojos al final del camino?


Por la comarca, la cosecha va muy avanzada y en muchas zonas ni siquiera se ven ya las pacas esparcidas por el campo. Montones de grano de trigo y cebada reposan en naves y eras. Del cereal no se quejan los agricultores, así que supongo que ha ido bien, a pesar de la plaga de topillos. El camino ondea en suaves desniveles y, en los valles de los pequeños regatos, nos espera la grata sorpresa de los árboles alineados a lo largo del estrecho cauce. En sus proximidades se pueden plantar frutales y las ramas de los manzanos, ciruelos, perales, acerolos, nogales, se inclinan con una abundate carga. Me acuerdo, casi sin querer, de mi peral sabio, que ya tiene sus primeros frutos aun verdes pero que anuncian la carne jugosa de la maduración cercana.


Siempre me han sorprendido estos milagros verdes en mitad del amarillento estío de Castilla. En todos estos pueblos te cuentan historias relacionadas con este agua inesperada, sus fuentes, los regatos, los caños. O del miedo a que se sequen, como ocurrió a veces. Cuando no se roturaba el campo hasta la extenuación, las choperas y los encinares eran más extensos y el bosque se enseñoreaba de gran parte de estas tierras. Y, a su amparo, el lobo. El origen de algunas fuentes va más allá de la Historia y te remonta a tiempos míticos, y la vertiente dada por la inclinación del terreno me hace mirar de nuevo hacia la Peña, de la que viene un viento que alivia el calor que al fin se ha decidido a instalarse estos días en este extraño verano.


Desde aquí tengo como horizonte, de nuevo, ese peñasco del que te cuentan leyendas que uno no sabe si colocar en tiempos del César, de la mal llamada Reconquista o casi ayer, en esa dura postguerra franquista. Un poco a la izquierda, la silueta brumosa de los principales picos de la montaña palentina tan ilusoriamente cercana: el Espigüete, el Curavacas... Más cerca, sobresale la espadaña de la Iglesia de San Pedro, de Sordillos. Estas espadañas coronadas de nidos de cigüeñas, brotan de pronto en el horizonte y anuncian, al cansado viajero a pie de otros tiempos, que ya llega a casa. Al final del día, sin embargo, me alejo en
autómóvil de este emblema airoso, como han hecho, tantas veces, los que han nacido por estos pueblos hasta casi dejarlos desiertos de mirada y aliento.

viernes, 15 de junio de 2007

Discurso sobre las Humanidades.

DISCURSO PRONUNCIADO POR PEDRO OJEDA ESCUDERO COMO PADRINO EN LA CEREMONIA DE GRADUACIÓN DE LA IX PROMOCIÓN DE LA TITULACIÓN DE HUMANIDADES DE LA UNIVERSIDAD DE BURGOS.
Celebrada en el Hospital del Rey el 14 de junio de 2007.



Magfco. y Excmo. Sr. Rector, Sr. Decano, Sres. Vicedecanos, querida madrina de la promoción de Pedagogía, compañeros, alumnos, amigos:


En una de las fachadas del edificio que alberga la Facultad de Humanidades y Educación se encuentra un árbol. Este árbol, al que ya he dedicado mi atención en otro momento, ha sobrevivido a la voracidad urbanizadora de estas tierras y estos tiempos. Es un peral. Junto a él pasan diariamente decenas de personas que jamás le dedican una mirada porque no se trata de un árbol imponente, de esos ante los que se fotografían las familias o que dan nombre a una zona. Tiene voluntad de humilde, sin duda. Desde que se inauguró la Facultad, en 1994, vengo observándolo en cada cambio de estación. Los profesores, los alumnos, los miembros del personal administrativo y de servicio, toda la comunidad universitaria, pasan a su lado, entran en las clases, se van, curso tras curso. Y allí queda este frutal, dedicado incansablemente a su labor. En primavera bien avanzada florece, pero no de forma espectacular, a la manera de los almendros o los cerezos sino más bien tímida y a empujones, como pidiendo perdón por esa belleza circunstancial. Cuando llega el momento, justo cuando llega el momento, da su fruto: unas peras no muy lucidas, que nadie recolecta y se dejan caer al suelo. Año tras año, con constancia, este árbol escondido y anónimo cumple con su misión. ¿Cuántos de nosotros hacemos lo mismo con esta perseverancia, con la misma expresión que esta rugosa corteza? La simbología del árbol está enraizada en nuestra cultura desde el Génesis bíblico y la interpretación del pecado y la sabiduría, pero toda alegoría queda vencida ante la humildad cotidiana de este concreto peral.

Nuestro humilde árbol
, en su sabiduría, sabe que su labor se hinca sólidamente en la tierra y se cumple estación tras estación. Hoy ve culminar sobre sus raíces una nueva promoción de jóvenes estudiantes de Humanidades (la de 2002/2007) que se empeñan en estudiar contracorriente las claves por las que el ser humano sigue siéndolo, a veces a pesar de sí mismo: las razones por las que merece la pena seguir con nuestros estudios, con nuestras vidas, con nuestro trabajo anual y cíclico.

Dentro de unos minutos, seréis llamados y, si mi torpeza no lo impide, os impondremos las becas que distinguen las Humanidades: María Gutiez, Berta Balbás, Andrea García, Andrea Minués, Guillermo González, Laura Moreno, Berta Guinea, Diego Peña, Bruno Herrero, Javier Iván Pérez, Alicia Hurtado, Alicia Ramírez, Luisa Marañón, Beatriz Rubio, José María Marín, Natalia Solís, Rodrigo García, David Medina, Silvia Tamayo, os agradezco que me hayáis dado la oportunidad hoy de dedicaros estas palabras y os felicito por haber culminado esta primera fase de vuestra formación universitaria que deberá continuarse, como hace nuestro peral sabio de Humanidades, año tras año, en una formación continua. Cuando yo terminé mis estudios universitarios se tenía la poco acertada creencia de que el licenciado ya lo sabía todo y de ello podría vivir el resto de su vida intelectual. Qué error más grave. Hoy sabemos que no os hemos dado más que el primer empujón, las primeras orientaciones y las herramientas metodológicas que os hagan seguir aprendiendo y creciendo. Estáis, estamos, condenados, en una maravillosa condena, a seguir formándonos, a leer, a debatir, a pensar. Algunos de vosotros volveréis a estas aulas en los estudios de postgrado, continuaréis vuestra vida académica hasta la culminación de los estudios de Doctorado y la defensa de una Tesis Doctoral. Varios ingresaréis en el claustro de profesores de un centro de secundaria o de ésta o de otra Universidad y os enfrentaréis, en el futuro, al reto de preparar un discurso como éste en el que tengáis que celebrar el éxito de la graduación de vuestros alumnos. Nunca terminamos de aprender, de corregir nuestros errores, de preparar el camino a otras generaciones.

Pero volvamos al principio. Hace unos años atravesasteis por primera vez la puerta de esta institución, la que respira el oxígeno de nuestro árbol. Llegabais ante los profesores y junto a vuestros compañeros con las aspiraciones y la ingenuidad de la juventud. En estas fechas, como vosotros no hace tanto, los estudiantes de bachillerato han realizado los exámenes de Selectividad con vuestras mismas ilusiones de entonces. Hace unos días me confesabais que ni siquiera queríais ver las fotos de aquel tiempo por miedo a no reconoceros, porque pensáis que erais muy niños. Habéis cambiado, por supuesto, pero no sólo físicamente: ese es el menor de vuestros cambios. Habéis llevado a cabo un esfuerzo intelectual para superar los exámenes, habéis vivido la experiencia del conocimiento y muchos de vosotros la de descubrir otras tierras en intercambios enriquecedores con lejanas universidades. Habéis hecho el esfuerzo de comprensión de las materias que han completado vuestro currículum. Pero también el esfuerzo de la comprensión del otro, de vuestro vecino de pupitre y de vuestros vecinos de hace siglos, de aquellos primeros habitantes de la Sierra de Atapuerca, de los colonizadores de América y de los indígenas que los recibieron extrañados, de los que provocaron guerras y desolación pero también de los que reflexionaron sobre el ser humano para hacerlo mejor. También de los personajes de ficción y de su forma de explicarnos el mundo. Habéis comprendido la grandeza que se esconde en El Quijote de Cervantes y comprendido que él, don Miguel, es un contemporáneo vivo con el que podemos dialogar. Con ello, nos habéis dado algunos de vuestros mejores años y espero que hayamos estado a vuestra altura.

Durante estos cursos habéis aprendido las claves de lo que tan pomposamente se llama Humanidades. En nuestros días, parece que los estudiantes de estas ramas del saber deben ir medio escondiéndose, para evitar ser señalados con el dedo acusador de la sociedad. Alguno conozco que ha fingido ante sus padres estudiar ingeniería para evitar darles un disgusto. O que les mintió, diciendo que no habían superado la nota de corte de otra titulación para obligarles a aceptar la que su vocación le señalaba.

Todo lo contrario. Debéis salir con la cabeza bien alta y orgullosos de vosotros mismos. Durante esta etapa en la Universidad habéis dedicado vuestro esfuerzo a algunas de las ramas del conocimiento más precisamente científicas. En contra de lo que os digan, en contra de lo que afirmen los titulares de prensa, no puede haber ciencia sin las materias que aquí habéis estudiado. Demasiado a menudo se olvida que la ciencia nace por los conocimientos filológicos e históricos. Sin el establecimiento riguroso de los textos a través de los que se fijan y trasmiten los conocimientos, y el acertado estudio en su preciso contexto histórico, social, cultural y artístico, no hay ciencia posible. No hay Universidad posible.

Nos hemos afanado, vosotros y nosotros, todos juntos, por dominar las herramientas metodológicas que nos ayuden a comprender y a explicar la Humanidad. Nosotros no olvidamos, como sucede demasiadas veces en otros lugares, que las cosas se hacen para el ser humano y no para otras cosas, que los puentes se tienden para que los crucen las personas, que los edificios se hacen para ser habitados por personas, que los Auditorios tan exageradamente costosos se levantan para que en ellos se oiga perfectamente la música hecha por unos seres humanos para otros. Precisamente por eso nuestra labor es más alta que en otros campos científicos. Debemos contribuir, con nuestros estudios, a la comprensión de la Humanidad y a su mejora.

Olvidaréis las fechas de la conquista de aquella ciudad o de la celebración de una batalla. Olvidaréis las fechas en las que se publicaron las diferentes ediciones de La Celestina o el Quijote. Olvidaréis las fechas en las que se pintaron determinados cuadros o se erigieron algunos monumentos. Eso no importa. Pero si algo hemos hecho bien durante vuestra estancia aquí, no olvidaréis las grandes razones por las que el ser humano ha llegado a esta fecha de hoy. Y no olvidaréis tampoco la verdadera herramienta de todo universitario: el conocimiento, la amplitud de miras, el debate y la puesta en cuestión de toda creencia y presupuesto anterior. Debemos obligarnos a pensar cada día la totalidad de la Historia de la Humanidad en cada uno de nuestros actos más minúsculos, como el sabio peral se reinventa cada temporada.

De esa obligación saldrá, sin duda, nuestra labor crítica. Y de la crítica, la reivindicación. Por una parte, defenderemos aquello que nuestro estudio y reflexión nos diga que es cierto, pero teniendo muy en cuenta que podemos estar equivocados, respetando a los demás porque sabemos, mejor que nadie, que no somos más que un pequeño remanso en el confuso camino de la Historia. Una de las primeras cosas que digo a mis estudiantes es que deben ponerlo en duda todo, incluso lo que yo mismo les trasmito. Sé quién ha aprovechado totalmente el tiempo cuando rebate mi planteamiento de una lección o la argumentación de un enunciado. O cuando añade, por su propia meditación, un paso más sobre el que yo di a partir de lo que me trasmitieron.

Por otra parte, debemos ser reivindicativos. Primero, con nuestras propias instituciones, demandando lo mejor para estos estudios, la misma comprensión que para la dotación de un laboratorio o para edificar un taller. La misma atención para fomentar estudios humanísticos de calidad, oportunos y tremendamente rentables para la sociedad.

Reivindicativos también con esta sociedad. Con esta época que parece basarse en la especulación y el enriquecimiento fácil, en la propaganda en vez de en el trabajo y la cultura del esfuerzo.

Vosotros, mejor que nadie, estáis capacitados para comprender que la faceta más elevada del ser humano es la cultura. Y no el abaratado concepto de cultura que hoy se maneja, tan heterogéneo y simplificado. Os mediremos en el futuro por vuestra verdadera aportación a la revalorización de la cultura como siembra más que como cosecha, vuestra dedicación a la extensión de la red de la sabiduría, del pensamiento, del arte, de las inquietudes de todo tipo, que hacen del ser humano lo que debe ser y no una pieza de un complejo sistema que le aleja de sí mismo.

Salís hoy al mundo, sin duda, a hacerlo mejor. Nosotros, los que aquí quedamos, ya no podremos cambiarlo. Vosotros no deberéis renunciar a hacerlo en vuestro día a día. Los estudios que habéis realizado os han facultado para ello mejor que a nadie. Ahora estaréis nerviosos por vuestro futuro profesional y personal. Yo sé que será exitoso, pero que no tendrá verdaderos frutos si renunciáis a esta utopía. Tengo la sensación de que vamos de retirada, pero que vosotros sois la vanguardia de una nueva sociedad, nuestro mejor legado.

Habéis crecido sobre las raíces de este árbol pero este árbol también os necesita para nutrirse. Una de vuestras labores a partir de hoy es volver a nosotros. No me refiero físicamente, sino en vuestra labor diaria. Estáis obligados a retornar a este peral, que aquí queda, parte de lo que él os ha dado, construyendo, estación tras estación, una sociedad mejor.

Vais al mundo. El mundo ya es vuestro.

Muchas gracias.



miércoles, 6 de junio de 2007

Nueva promoción de Humanidades


Nuestro humilde árbol, en su sabiduría, sabe que, frente a algunos, su labor se hinca solidamente en la tierra y se cumple estación tras estación. Hoy ve culminar sobre sus raíces una nueva promoción de jóvenes estudiantes de Humanidades (la de 2002/2007) que se empeñan en estudiar contracorriente las claves por las que el ser humano sigue siéndolo, a veces a pesar de sí mismo. Salen de esta institución tan vapuleada que es la Universidad para ocupar su espacio en el mundo. De ellos es ya nuestra esperanza.
Quedamos todos citados a la ceremonia Fin de Carrera, que se celebrará el 14 de junio en el Aula Magna del Hospital del Rey, a las siete de la tarde.
Agradezco que se me haya elegido Padrino de esta IX Promoción y espero estar a su altura. A la altura de estos jóvenes que nos harán mejores.
Gaudeamus igitur
Iuvenes dum sumus,
Post iucundam iuventutem
post molestam senectutem,
Nos habebit humus.

martes, 24 de abril de 2007

El peral sabio de Humanidades

Este arbol ha sobrevivido a la voracidad urbanizadora de estas tierras. Se encuentra en un lateral de la Facultad. Junto a él pasan decenas de personas todos los días, que jamás le dedican una mirada porque no se trata de un árbol imponente, de esos ante los que se fotografían las familias o que dan nombre a una zona. Tiene voluntad de humilde, sin duda. Desde que se inauguró la Facultad, en 1994, vengo observándolo en cada cambio de estación. Los alumnos pasan, entran en las clases, se van, promoción tras promoción. Y allí queda, dedicado a su labor. En primavera bien avanzada florece, como ahora, pero no de forma espectacular, a la manera de los almendros o los cerezos sino más bien tímida y a empujones. Cuando llega el momento, da su fruto: unas peras no muy lucidas, que nadie recolecta y se dejan caer al suelo. Año tras año, con constancia, este arbol escondido y anónimo cumple con su misión. ¿Cuántos de nosotros hacemos lo mismo año tras año, con la misma expresión que esta rugosa corteza?