Hoy solo me llena el silencio.
Cuando se seca, la flor del cardo es un ejemplo arquitectónico de cómo la vida deja un rastro. Frágil, temporal, hermoso. Antes se usaba para coagular la leche a falta de cuajo animal (es el secreto a voces de algunos quesos), para cardar la lana y otros tejidos, para la medicina tradicional. También como amuleto protector o como decoración. Hay que ver el cardo, quiero decir, hay que mirarlo en ese estado. Cuánta belleza.
¿Dónde escapar de la mala política? En lo más cercano. Pasar, de una vez, del otro al nosotros. Nosotros, los seres humanos. Ese momento de alumbramiento en el que descubrimos que el otro se parece tanto a nosotros.
En el café, una conversación en la mesa de al lado. Miran la televisión encendida con todos los altercados en las ciudades europeas de estos días y afirman que esto no ha pasado nunca, culpan de todo a los que no piensan como ellos, dos hombres y una mujer. Hablan desde el rencor, un rencor profundo que no tiene un origen concreto más que el miedo que les ha llovido como cae el agua en esas lluvias que parecen no mojar -voy ahí mismo, no necesito paraguas-, lluvia fina, hasta que cala.
Tiempos malos estos en los que se siembra la ira sin pensar que la cosecha solo puede ser terrible.
La primera vez que vine por estas tierras fue con mi padre, en los años setenta, en la cabina de un Pegaso recién comprado por la empresa para la que trabajaba como conductor. De chaval, me gustaba acompañar a mi padre en aquellos camiones durante las vacaciones de verano. Así me recorrí muchos quilómetros de las viejas carreteras españolas, serpenteantes, con olmos pintados de blanco. Aprendí mucho con él en esos viajes, de su conversación, pero sobre todo de su manera de estar en el mundo y de la geografía verdadera de las cosas.
La primera vez que bajé La Mazorra fue en aquel Pegaso de palanca trasera. Aún recuerdo cómo parte de la cabina se asomaba al precipicio, la habilidad de mi padre y el resoplido de los frenos en la descarga del aire comprimido. Es un valle hermoso, abajo: Valdenoceda, Villarcayo, Medina de Pomar. Las Merindades, el origen del condado de Castilla. Hoy viajo en el coche de la directora del Programa Interuniversitario de la Experiencia y de la Universidad Abierta a Mayores de la Universidad de Burgos, que me ha invitado amablemente a dar la charla inaugural de la sede de Medina de Pomar. El viaje es distinto, pero también muy agradable. He sido profesor de este programa desde su inicio y siempre he sentido que es un programa necesario en el que me he visto muy bien acogido a lo largo de estas dos décadas. Al finalizar el curso pasado le comuniqué que no iba a continuar. No por descontento, todo lo contario, sino porque va llegando la hora de ir haciéndose a un lado, de aceptar que ya le va tocando a uno la hora de jubilarse. Me alegra mucho ver cómo ha crecido la iniciativa, las miles de personas que se han matriculado y han participado de las clases, conferencias y todas las actividades. Cuando comencé, yo no hubiera podido matricularme, pero desde hace años podría haber sido un alumno más. He conocido tres directoras: Carmen Palmero, Gemma Miguel y Vanesa Baños, todas excelentes, personas entregadas a un programa que es mucho más que una actividad académica, a las que siempre estaré agradecido por su trabajo y la manera en la que me han acogido. Está en buenas manos.
Titulé mi charla "Puesto ya el pie en el estribo. Las lecciones de vida de Cervantes", arrancando de la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, que se publicaría póstumamente en 1617. La dedicatoria lleva fecha, diecinueve de abril de 1616. Sobrecoge por lo que dice Cervantes a tres días de su fallecimiento. Finalicé mi intervención con dos historias del Quijote cuya relectura es más que interesante hoy. La primera, la del rebuzno: dos alcaldes buscan un burro perdido rebuznando para que el animal les responda. Rebuznan tan bien que se engañan el uno al otro en el monte, pensando que el burro es el otro y caminando hacia el sonido. Cuando lo cuentan en sus pueblos, alabándose el uno al otro, desencadenan las burlas de los pueblos cercanos, lo que provoca altercados y, finalmente, una guerra, para la que se hacen con lanzas y otras armas. Los vecinos de esos pueblos van a morir porque dos alcaldes rebuznan. Imagino la sonrisa de Cervantes al redactar la historia.
La segunda historia es la del encuentro de Sancho Panza con el morisco Ricote, que vuelve a escondidas burlando la orden real de expulsión. La expulsión de los moriscos se dio entre 1609 y 1614 y la segunda parte del Quijote se publicó en 1615, Cervantes escribía sobre algo de rotunda actualidad. Aquella expulsión causó dramas familiares e individuales, pero también contribuyó a la ruina del país. Fue una de las causas más notables en un ejercicio de injusticia gravísima (hoy su calificación sería la del crimen de estado que busca la limpieza étnica) y una estupidez demográfica y económica, una verdadera traición al país. Se decretó por un enorme bulo de la época, una patraña construida: se alimentó la idea que conspiraban con los turcos y con los hugonotes para invadir la península y destruir el reino. En realidad, tuvo causas más sucias: la apetencia por algunas propiedades y el fomento del odio al diferente para uniformar artificialmente España y justificar la permanencia de la alianza férrea de trono y altar, que tanto daño ha causado en la historia, distrayendo de la ya evidente decadencia económica y social. Se fabricó la ira contra esa comunidad por parte de los "cristianos viejos", que veían en ellos una amenaza por su alta natalidad y la cohesión familiar que tenían. No podían aludir a que no fueran del terreno, puesto que todos ellos descendían de los más viejos pobladores de la península (la entrada de musulmanes fue mínima y sin verdaderas consecuencias demográficas): tan españoles como aquellos que los expulsaban. Era, sin más, odio al diferente, al que pensaba, sentía y creía de otra manera, pero todo ello escondía el afán de control basado en la uniformidad y en el temor. Según las órdenes reales, Sancho Panza debería haber denunciado a Ricote o haberlo matado allí mismo, pero no lo hizo. Vio en él a su vecino, con el que tantas preocupaciones había compartido sobre si llovía o no llovía, sobre si los hijos se criaban sanos o no. Se sentaron juntos, el cristiano viejo que era Sancho y el morisco que era Ricote, para compartir la comida que llevaban encima y una buena bota de vino. Se despidieron deseándose suerte el uno al otro, después de ponerse al día. Sancho Panza y Ricote sabían que una cosa era lo que dictaminaban los gobernantes y otra bien distinta los que vivían día a día juntos y se comportaron como lo que eran: dos vecinos del mismo pueblo con una historia común. En el pasaje, Cervantes propuso una España que no era la de los poderosos, alejada de los miedos y patrañas creadas por los que quieren gobernar a la gente como si no hubiera otra posibilidad que la que ellos quieren imponer, la que mata y se deja matar porque dos alcaldes rebuznan. Otra España posible, que casi nunca ha podido ser.
A veces sale uno a la calle sin objetivo y se queda embobado ante lo inesperado. Puede suceder que haya salido también a un recado menor, cualquiera, y lo que ve le haga olvidarse. Este jabonero de la China ha estado ahí desde hace años y en alguna primavera me llamaron la atención sus flores amarillas, pero es ahora cuando me sorprende el fruto, cambiado ya de verde a este naranja fronterizo. Dicen que en China se plantaba en las tumbas de los más altos funcionarios, dada su elegancia, por aquí lo usamos como ajardinamiento de las calles porque sus raíces no dañan las aceras, al no ser superficiales, así disfrutamos todos de este árbol. Con sus semillas se fabrica un líquido jabonoso que se ha usado para lavar la ropa más delicada y el cabello, de ahí su nombre en español. ¿No he pasado nunca en estas fechas junto a estos árboles? ¿Por qué ahora veo estos frutos y no cualquiera de los años anteriores? ¿O los han plantado este año y ni siquiera soy consciente de que antes no había árboles en ese lado de la calle? Sé que no es el árbol, que soy yo, que nada ni nadie me envía una señal, pero qué me quiero decir y qué hacer con ello.
Se nos olvida con mucha frecuencia que el valor de las cosas que adquirimos o que heredamos se debe en buena medida al trabajo y las aportaciones de otros, no al esfuerzo que nos ha llevado obtenerlas: nuestra ropa, nuestros automóviles, nuestras casas. Nada es nuestro en su totalidad y las cosas que tanto apreciamos valen por comparación. El especulador piensa que todo es suyo solo porque está a su nombre, ignorando que el valor de la cosa con la que especula depende de las aportaciones de la comunidad al fabricarlas, al ceder los suelos en los que se fabrican, con el trabajo físico e intelectual, con las aportaciones para que funcionen las comunicaciones o los servicios sociales y todo lo imprescindible para vivir en sociedad. En el antiguo principio calvinista del capitalismo existía la obligación teológica y moral de la administración, la mayordomía: los seres humanos son meros administradores de unos bienes que solo pertenecen a Dios. Esto permitió a los protestantes negociar con las propiedades y el dinero, introducir el valor de la economía en lo espiritual, a diferencia del mundo católico. Hasta hace relativamente poco, los grandes poseedores de fortunas devolvían esa parte que no se debía a su mero esfuerzo a través de donaciones o creando fundaciones en beneficio de la sociedad. No eran voluntarias ni fruto de un chantaje colectivo, como tantas veces se nos ha hecho creer, sino una obligación religiosa y social. En el mundo católico se practicaba la compasión y la caridad. En realidad, no eres cristiano si no asumes esto, si no va dentro de ti como norma de comportamiento. Todo ello dio paso a la justicia social, que acompañó siempre al nacimiento de conceptos liberales como el de ciudadanía y democracia: la sociedad contribuye al enriquecimiento individual de alguno de sus miembros y estos deben contribuir al bien social. Los principios rectores de los padres del liberalismo son muy claros al respecto. Esto era, claro, cuando el especulador vivía en la sociedad de los demás, cuando la especulación no era depredación. Hace tanto ya de eso...
En el siglo XIX, los liberales españoles en el gobierno promovieron varias desamortizaciones de bienes de manos muertas para que la burguesía española se hiciera en subasta con ellos y los volviera productivos. Salvo excepciones, los burgueses que adquirieron aquellos bienes expropiados a órdenes religiosas, ayuntamientos y fundaciones benéficas, se convirtieron en rentistas. Fue una de las grandes tragedias de la historia española, que provocó el retraso económico del país, que terminaron pagando las clases populares. El fracaso histórico de la burguesía española lo retrató como nadie Benito Pérez Galdós en los Episodios Nacionales, que no son la crónica inocente de los acontecimientos convulsos de aquel siglo, sino la denuncia de la traición de las clases adineradas al país, una de las mayores traiciones que se han cometido en España. Todo aquello terminó en la pantomima democrática de la Restauración, roída por el turnismo y el caciquismo. Las novelas de Galdós están llenas de personas malviviendo en casas que no eran suyas, llenas de gente casi sin nombre, pobreza y poca esperanza.
Asombra la violencia que se ha instaurado en las relaciones. Violencia verbal y física. Palabras desatadas, símiles bélicos, nostalgia de lo peor de la historia humana, insultos, gestos de agresividad, gritos, exhibición de músculos y de armas. Tantos como ambicionan un acto armado, la guerra. Tanto ruido.
Escribo en silencio, con la ventana abierta. En el parque, unos muchachos juegan al fútbol, unos perros ladran corriendo tras las pelotas. La temperatura es agradable. Atardece en rojos. Se hace la noche.
Si yo me tuviera que ir de esta casa, adónde iría. Por un desahucio, por una guerra. Recomiendan tener las cosas importantes en una mochila: documentos, algo de comida para dos o tres días, una muda, dinero, un transistor pequeño de pilas, una linterna, agua, un producto que sirva para intercambiar por lo que te haga falta, como una cajetilla de tabaco, pero si soy un anciano o un niño, qué puedo llevar encima.
Recuerdo las imágenes de los que escapaban hacia Francia ante la inminente derrota de la República en 1939. ¿Qué llevaban? Los de las largas columnas que caminaban, digo. Muchos cargaban maletas grandes, hatillos. De aquellas fotografías llaman la atención sobre todo las mantas sobre los hombros. Fue un duro invierno. Una de Prats de Molló. A la derecha, un hombre conserva cierta elegancia en su postura, de espaldas al fotógrafo. A sus pies, dos maletas y una damajuana. De frente, por el estrecho sendero, cuatro hombres adultos, uno de ellos agobiado por el peso de una caja que lleva sobre sus hombros, un adolescente y dos niños con muletas. Uno es muy pequeño, el otro ya es un chaval que mira asustado a la cámara. Ambos, sin una de sus piernas, dan las manos libres a los hombres que les acompañan. Ahora que me fijo, al que lleva de la mano al niño más pequeño, también le falta una pierna: por la pernera asoma una pata de palo.
Algún atardecer se vaciarán nuestras ciudades, uno como este de hoy, lleno de rojos inciertos. Si ya estamos en guerra, cuántas de nuestras casas lo serán dentro de unos meses.
Ha sido un verano con cielos extraños, sin los azules limpios de antes. La calima y el humo de los incendios forestales dejan el cielo lijado y borroso. Sucede desde hace algunos años. ¿Habrá que acostumbrarse? Recuerdo aquellos veranos de cielos despejados, de azules escolares, que ya se han ido. Por estas tierras llegaba con dificultad el polvo del desierto, pero ya no es novedad. Cuando llueve, todo queda manchado de un polvo rojizo: los cristales de las ventanas, las estatuas de los parques, las hojas del durillo de la terraza. El otro día llovió -hacía mucho que no caía agua- y, al menos, el cielo quedó despejado durante unas horas. Qué limpio parecía, qué profundo el atardecer.
He de reconocer que estoy desorientado ante las noticias del mundo. Hace unos años, Paul Greengrass dirigió la película Noticias del gran mundo (News of the World, 2020). En ella, Tom Hanks interpreta a un antiguo oficial del Ejército Confederado que se gana la vida leyendo periódicos a grupos de personas allá por donde pasa. Periódicos con días o semanas, pero que contenían novedades para aquellas personas que le escuchaban porque era la única forma que tenían de recibir noticias. Como aquellos soldados que no reciben la noticia del fin de la guerra y siguen combatiendo en mitad de la selva o en una isla alejada de todo. El desgaste de una noticia no se producía hasta pasados muchos días: el final de una guerra o el resultado de una batalla, la muerte del rey, el resultado del último invento. El oficio de Jefferson Kyle Kidd ha estado vivo hasta hace menos de lo que nos parece y las personas esperaban al lector de prensa que a veces confirmaba o negaba lo que el rumor ya había extendido antes: los rumores corren más que el papel.
Ahora la noticia ha muerto antes de nacer, sepultada por la opinión y el sectarismo que, como los rumores, se anticipan al conocimiento de los hechos. Hay demasiadas personas que no quieren saber porque ya tienen una opinión previa y nunca prestarán atención a lo que pasa sino a lo que creen que pasa, a lo que desean o temen que ocurra. Es curioso también esto: ahora llamamos opinión a lo que antes más exactamente se llamaba prejuicio. Este se suele manifestar con desprecio, odio y ceguera, producto bien del temor bien del supremacismo.
Si bien lo pienso, no es desorientación, puesto que este camino ya ha sido recorrido antes, aunque con otra tecnología, quizá es la certeza de la deriva. Los cielos turbios de polvo y humo.
Ayer se hizo de noche como cuando aquellos veranos, al menos.
Admiramos el arte de embellecer las fachadas en ruina y las medianeras de los edificios. Hay grandes artistas que se han especializado en ello. En realidad, nos reconforta: da la impresión de que todo está bien terminado y de que el mundo no se nos cae a trozos.
Asisto al espectáculo de tantos que piensan que la mejor opción contra las víctimas es la ira. Veo las imágenes de las decenas de miles de personas que han entrado en Ceuta desde Marruecos esta semana. No han ejercido la violencia: solo han pasado de un lado a otro de una frontera, muchos a nado. Son apenas cien metros y los que no sabían nadar han utilizado flotadores como los que usan los niños cuando aprenden a nadar en las piscinas o en las playas. Frente a la interesada desinformación de muchos, en las imágenes veo también mujeres -muy jóvenes muchas, apenas adolescentes- y niños. Los buzos han rescatado ya cien cadáveres, algunos de bebés. Se espera que el mar devuelva más en los próximos días. Gran parte de los que lo consiguieron entraron con lesiones provocadas por los golpes contra las rocas. Muchos llegaban al límite de sus fuerzas. Todavía falta por averiguar todas las causas que han provocado esta avalancha humana, pero veo dos por encima de cualquier otra: la desesperación y la esperanza. Por supuesto, alimentadas por organizaciones criminales y los intereses políticos. Hay también responsabilidad por dejación o incompetencia. Muchos de los que veo en las imágenes parecen no comprender bien las consecuencias de todo, se les escapa el complejo entramado de las relaciones políticas y la geoestrategia. Me fijo en una pareja muy joven, quizá hermanos, quizá novios. Corren enlazados por las manos y sonríen porque piensan que han conseguido un primer hito de su meta. Veo también un joven mareado que recibe la ayuda de un guardia civil, otro que es apenas un niño al que abrazan dos militares para tranquilizarlo. Han entrado a miles, pero a las pocas horas la mayoría ha regresado a Marruecos porque nadie les ha dado agua ni comida -la ciudad estaba desbordada y no había ninguna posibilidad de atenderlos-, lo que ha provocado también algunos altercados. Necesitamos que dentro de unos días los entrevisten buenos periodistas -a los que regresaron, a los pocos que se queden, a los familiares de los fallecidos-, necesitamos leer esos reportajes para comprender las historias humanas que hay detrás de cada uno de ellos. En las imágenes yo veo víctimas. Víctimas de un mundo injusto y desigual en el que la voracidad de unos pocos fabrica sin piedad carne de cañón. ¿Tantos años de espectáculo han anulado nuestra capacidad de compasión? La playa ha quedado llena de flotadores infantiles y chancletas desparejadas, documentación perdida, teléfonos móviles inservibles. Una inmensa piscina que nos retrata.
Nos desagregaron, nos enfrentaron, nos impusieron el miedo, nos llevaron a la ira. // Nos dejamos desagregar, nos dejamos enfrentar, nos dejamos imponer el miedo, nos dejamos conducir a la ira. ¿Cómo salimos de lo irracional, que nos hace cada vez menos libres?
En la Fastiginia, la inteligente obra que el portugués Tomé Pinheiro da Veiga escribió con motivo de su estancia en la corte de Valladolid en 1605, hay un episodio memorable. En él se describen los banquetes que el Duque de Lerma y el Condestable de Castilla, organizaron para agasajar a los miembros de la embajada inglesa que acudían a ratificar el tratado de paz con España y asistir al bautizo del futuro Felipe IV. Al frente de los 500 componentes de la embajada se encontraba el almirante de Inglaterra, el Conde de Nottingham. Aquella visita dio pie a la falsa leyenda de que Shakespeare llegó a Valladolid y conoció a Miguel de Cervantes, un residente en la ciudad que comenzaba a saborear el éxito de la reciente publicación de la primera parte del Quijote. Pinheiro da Veiga relata cómo eran aquellas lujosas comidas. Aparte de otros menores, se celebraron tres grandes banquetes: uno en el Palacio Real, otro en el Palacio de los Condes de Benavente (hoy Biblioteca Pública de Castilla y León) y otro en las casas del Condestable de Castilla (hoy desaparecido). En este último, el 31 de mayo se celebró un banquete especialmente opulento con las puertas abiertas, permitiendo al pueblo entrar a mirar cómo comían aquellos caballeros y sus damas. La gran mayoría de los espectadores salieron admirados y comentaron durante mucho tiempo las excelencias de los platos, de las vajillas, los cubiertos y las copas, también las maneras de los comensales y los trajes de todos ellos y el lujo del palacio del Condestable. Cosas como estas mantenían el statu quo con gran eficacia. Hoy también nos invitan a mirar los banquetes de los poderosos y a celebrar sus éxitos como si fueran nuestros. Algunos, incluso, alaban la calidad de las migas que se caen de las mesas. Comiéndolas, les parece que forman parte del poder.
Quién nos iba a decir que el verdadero nombre de un dios sería finalmente IA y su libro sagrado un algoritmo.
Los humanos compartimos el 99.9% de los genes. No existen las razas. La única diferencia que existe entre nosotros es la de las oportunidades. El azar de haber nacido en un lugar o en otro, en una situación o en otra. Las diferencias de nuestra realidad socioeconómica y estructural condicionan nuestra pertenencia a una comunidad y a una clase social, la oportunidad de tener acceso a unos bienes, a una buena sanidad o a una educación adecuada, las circunstancias que pueden hacer posible que no sean otros los que nos inventen nuestra historia y nos fabriquen nuestro presente y nuestro futuro de acuerdo a ideologías o creencias que tienen su raíz en la diferencia y en el enfrentamiento. No hay nada en nosotros que nos haga superiores a otros seres humanos hasta el punto del enfrentamiento. La mayoría de los conflictos se deben al adoctrinamiento, a la construcción de enemigos exteriores para no ver a los verdaderos causantes del dolor verdadero de la humanidad: la desigualdad. Quienes dictan doctrina y consignas lo hacen por intereses que no son refugio de humanidad sino frío cálculo de poder y ambición que aumenta la desigualdad y concentra el poder con herramientas tan viejas como el mundo: la desinformación y el miedo. Es muy complicado ser un individuo en el sentido más elevado de este término, más aún un individuo consciente y solidario con los otros en mitad del ruido. Sobre todo en tiempos en los que han desatado las furias.
Miro atardecer estos días. Hoy ya no es tan visible el humo provocado por los incendios forestales cercanos. Ha caído el sol con una hermosísima gama de rojizos. En el cálculo astronómico, el 6 de agosto es el día central del verano por estas tierras. La primera mitad ha pasado demasiado rápido, ¿en qué he estado ocupado? Queda tiempo. Siempre hay tiempo para comenzar.
Y ahora es la malva la que embellece las cunetas y los solares. Cinco pétalos abiertos al sol y al mundo, asilvestrados y orgullosos. Crecen sobre el olvido, sobre la tierra entera, en los lugares más humildes y abandonados. A un lado y otro del camino, sin preguntarnos de dónde venimos ni adónde vamos.
Ningún muro protege, todos encierran.
Con una ramita seca de una mata de tomillo, por el parque, apresuro el paso porque amenaza tormenta. Esta mañana el sol picaba como en esos veranos en los que el calor chupa la humedad de la tierra. No tardan en aparecer algunos relámpagos y unos truenos, poca agua, pero me pongo a resguardo debajo de una cornisa, junto a un grupo de jóvenes. Dicen que hay tardeo en Poniente. Se van abriendo las nubes. ¿Entonces?
¿De dónde venía yo antes de atajar por el parque? De mis soledades, me respondo, y no puedo dejar de sonreírme al citar a Lope de Vega. No me gusta especialmente este poema suyo, que me parece, como mucho de lo suyo, magníficamente escrito, pero escrito por alguien muy pagado de sí mismo, pero en él una gran verdad: No puede durar el mundo, / porque dicen, y lo creo, que suena a vidrio quebrado y que ha de romperse presto. El poema parece escrito a lo que saliere, pero cuando retomo el paso hacia mi casa, con la rama de tomillo en la mano, cada paso suena a vidrio quebrado. Esquinitas de cristales que hieren solo de verlas.
Es curioso cómo insisten los medios de comunicación en ese vidrio quebrado. La manera ya no es información, es provocar la alarma. Vivir en un estado de alarma continuo nos lleva al miedo, un temor constante de que ya nada tiene arreglo y el cielo se nos caerá encima, un miedo que no nos deja ver la belleza de la malva.
Es fácil hacer que las fotografías antiguas cobren vida y que los personas retratadas se muevan. Es fácil crear imágenes fijas o en movimiento de escenas y personajes que nunca existieron. Al usuario normal ya le es difícil distinguir si aquello que ve o escucha sucedió. Es real, puesto que existe, es verdad según casi todas las acepciones del diccionario. Es fácil construir alguien que te sustituya virtualmente en el trabajo, que dé tus clases o entregue las tareas encargadas por el profesor, que negocie por ti, que esté en todas las partes a la vez, que se acuerde de los cumpleaños, que te sobreviva cuando fallezcas por esa condición que nos hace mortales por ahora y que siga hablando con tus hijos o tu pareja o dirigiendo tu empresa hasta que la tecnología en la que te basaste quede obsoleta. En las firmas de libros, muchos autores deberían ser ya sustituidos por el ingeniero que diseñó el programa que ha redactado su obra. Leeremos nuevos textos de Federico García Lorca o de Almudena Grandes, como veremos nuevas películas de los actores clásicos de la historia del cine. Y llegarán cuando ya no quede nadie que pueda distinguirlas, cuando nuestros deseos, nuestros recuerdos, nuestros miedos y nuestras esperanzas sean propiedad de grupos financieros y se adquieran en una máquina expendedora de un centro comercial.
Me detengo ante esta pared llena de fotografías de personas que no conozco. Niños, jóvenes cumpliendo el servicio militar, mujeres, grupos de escolares a la puerta del colegio rural, encajeras de un pueblo de sierra vestidas con todo el lujo porque les habían dicho que llegaba el fotógrafo, un campesino sorprendido por la cámara delante de un carro de heno, unos novios en el estudio de un fotógrafo, un severo fraile, una familia de comerciantes en un coche de caballos camino de una celebración. Solo tengo estas imágenes capturadas en un tiempo que ya pasó. ¿Qué fueron, qué hicieron, cómo continuó su vida? Esta fotografía del recluta captada por el minutero, ¿llegó a las manos de sus padres, de su novia? Esta niña fotografiada ya fallecida en el regazo de su hermano mayor, que mira serio al objetivo, alarmado por el fogonazo del magnesio; estos jovencísimos novios, que posan tímidos en la pradera del Carmen capturados durante la romería por el fotógrafo que se ganaba unas pesetas por imágenes; esta muchacha bien vestida que lleva a su perro de la correa sujetada por una mano delicada y bellísima; esta familia sentada sobre la hierba en la ribera del río en una tarde de verano.
Cuando se pueda inventar todo a gusto de cada uno y ya no se distinga lo que fue de lo que no fue porque toda la realidad, inventada o no, esté en un mismo plano. En qué consistirá la felicidad.
Desde hace un tiempo persigo más amaneceres. ¿Cómo eran los movimientos del sol que nos explicaron en la escuela? Hoy sé que esto que veo cada amanecer es aparente, provocado por el movimiento de la Tierra, por la inclinación del eje del planeta y la órbita elíptica, pero no le quita misterio. Nunca había prestado tanta atención como ahora, quizá es la certeza de que me quedan menos de los que me pasaron inadvertidos. A veces salgo a la terraza con la taza de desayuno en la mano, a nada, a ver amanecer. Hace nada, el sol me amanecía en el cerro y hoy ya está más al noreste y comenzará su camino de regreso al sureste a partir de San Juan. ¿Cuántos días así sobre la ciudad? Ni la Tierra ni el Sol están fijos, en su caminar hacia el verdadero tiempo que los hace y deshace.
Cuatro astronautas van ahora camino de la Luna en la nave Orion, dentro de la misión Artemis II. Artemisa/Diana fue una diosa muy popular en el mundo clásico. Era la divinidad de la caza y de la vida salvaje, hermana melliza de Apolo. Con el tiempo, Apolo sería el dios del Sol y Artemisa la diosa asociada a la Luna. En este viaje hay una mezcla, como en todo lo humano. Ahí van las ganas de aventuras, conocimiento, descubrimiento y perfeccionamiento técnico de esta curiosa especie que somos; ahí van también el ansia de dominio, la competencia entre países, los intereses comerciales y la necesidad de explotar todo lo que tenemos a nuestro alcance. El cohete más potente del mundo al servicio de la etapa de mayor desarrollo de la inteligencia humana mientras perviven los rasgos más sanguinarios y depredadores de lo que somos. Aquí abajo seguimos matándonos, permitiendo que los intereses más depredadores del mundo financiero controlen nuestras emociones y buscando cualquier grieta para demostrar nuestros sentimientos más despreciables. El ser humano capaz del prodigio y la ternura y de la violencia más extrema. Se nos olvida tan pronto todo lo conseguido.
A media mañana bajé a comprar miel de los montes Torozos que venden en la panadería del barrio. Miel de las colmenas de las ondulaciones del sur de Tierra de Campos, campos de encinas. En cada ocasión, cambio: miel de espliego, tomillo, encina. Se me está terminando el tarro de espliego y me he subido la miel de encina, más oscura. Al guardarla en la estantería he recordado los encinares desde el límite con Zamora hasta la misma ciudad de Palencia y su monte El Viejo, en donde colgamos hace tiempo la vieja estructura de un reloj de cuco con la esperanza de que se convirtiera en nido. Si fuera que una abubilla.
En la cafetería, un grupo de hombres se queja porque ya no atienden en mesa. Cada vez peor, dicen. Uno del grupo se levanta a pedir en barra. No creo que vuelvan.
Estamos en una de esas épocas en las que todos los informativos comienzan con las noticias de las guerras. De las guerras que conocemos desde aquí, claro. Busco en el móvil noticias de cuándo fueron conscientes los europeos de que en 1914 se había declarado la Primera Guerra Mundial. Los historiadores parecen haber llegado al consenso de que comenzó el 28 de julio y en septiembre ya se hablaba de guerra mundial. No en todos los países. Muchos siguieron hablando durante un tiempo de la Gran Guerra o la Guerra Europea. Sin embargo, en el siglo XIX también se mencionaba el concepto de guerra mundial en ocasiones. Por el uso de la anterior, el término Segunda Guerra Mundial apareció pronto, casi al momento de que Alemania invadiera Polonia el 1 de septiembre de 1939. Pero todo es complejo: hay un consenso creciente de que se podría hablar de guerra mundial desde la Guerra Civil española de 1936. La Primera también vino precedida de enfrentamientos anteriores. Dejo el móvil, sorprendido de mi búsqueda. Fuera ha comenzado a llover, una lluvia débil, pero constante. Ver llover desde los cristales, mientras tomo con lentitud mi café, como si no quisiera ver vacía la taza.
Esta mañana amaneció como si al mundo le costara cobrar los colores. Un blanco y negro que se fue alargando en los primeros minutos del día. A veces ocurre así, un día sin colores. Como aquella tormenta de 2019, en la que se unieron un frente que venía del norte y otro del sur -por aquí es extraño, casi siempre las lluvias vienen desde el oeste o suroeste: desde la raya portuguesa y más allá el Atlántico-. Al terminar, parecía que habían borrado los colores. Una lluvia arenosa había tapado las cosas.
Se adelanta la floración del cardo en la cuneta. El mundo de los seres humanos se deshace y él nos ignora limitándose a ser. Esbelta, la flor, se ofrece a la mirada de quien pase y sea capaz de levantar la cabeza que lleva mirando su penar ensimismado. Quizá sea la hora de la flor del cardo, de que cada uno porte la belleza en las manos y la ofrezca de la misma manera, solo por ser.
Hoy se celebra el Día Internacional del Escritor. Más allá de la celebración: cuando todo sea Inteligencia Artificial, ¿qué libertad de expresión habrá en manos de algoritmos? Cuando todo lo decida un programa de generación artificial, ¿habrá posibilidad de que la creatividad humana se salga de lo que ha sido diseñado? Ahora mismo, cuando escribo, si me equivoco, el programa me lo indica con una línea roja, pero errar es humano. ¿Los libres del futuro volverán a escribir a mano?
Ayer volví a ver Los cuatrocientos golpes de François Truffaut en pantalla grande después de muchos años, casi cuarenta. El Cine Club Casablanca de Valladolid, que conserva la costumbre de ver las películas en pantalla cinematográfica y versión original y comentarlas, me invitó a participar en su sesión "Mi película favorita". Acostumbrados, como estamos ahora, a los monitores de nuestros aparatos domésticos, por muy grandes que sean, volver a vivir el cine como experiencia comunitaria es más que saludable.
Hice una pequeña lista de películas para proponérselas a los organizadores, que sostienen con mucho trabajo y esfuerzo, este proyecto. A ellos les agradezco que hayan pensado en mí. Valladolid es una ciudad que cuida el buen cine y la SEMINCI ha sembrado muy buenos cinéfilos que necesitan compartirlo en un coloquio, que se continúa después en las cafeterías. Si hubiera hecho la lista hace cinco años o dentro de cinco años, no sé cuántos de los títulos serían iguales, como es lógico. Por eso mismo, me sorprendí no ver en ella algunos títulos que siempre había pronunciado como favoritos. Supongo que son los títulos que uno necesita volver a ver en un momento determinado por razones biográficas, estados de ánimo o coyuntura social.
Entre los títulos había unos pocos que se estrenaron a finales de los cincuenta y en la década de los sesenta del pasado siglo. Y entre ellos, Los cuatrocientos golpes me ofrecía mucho de lo que yo necesito ahora. Todos sabemos lo que significó esta película para la historia del cine y para la carrera profesional de su director y cómo encabezó una corriente que buscaba películas menos correctas -temática y técnicamente- y más naturales y que, por eso mismo, causaron tanto impacto. También con un poso social más realista nacido de la experiencia biográfica. A finales de los cincuenta nacía una corriente cultural que terminó llamándose postmodernismo, una forma de mirar al mundo desde el individuo de una manera trasversal, alejada de los grandes principios ideológicos y creencias que lo trataban como una pieza más de las grandes propuestas de la modernidad que habían producido dos guerras mundiales y la amenaza de un mundo partido en bloques irreconciliables.
En Los cuatrocientos golpes hay una ficción institucional que ya no sirve: ni la educación, ni la familia, ni un aparato policial y judicial represor dan salida a los que ya no encajan en esas estructuras. Y lo que las mantienen lo hacen en gran medida desde la hipocresía o el temor al cambio. El protagonista, Antoine Doinel (lo sabemos, alter ego de Truffaut), es un adolescente de catorce años, hijo de una relación de su madre anterior al matrimonio. Su sueño es conocer el mar y vivir de forma libre en una sociedad que no se lo permite. Comete pequeñas trastadas que se van encadenando y creciendo en intensidad sin que él mismo sea muy consciente, hasta que termina en un centro de internamiento para menores. Nadie interviene a tiempo porque todos están muy ocupados en sus vidas y la estructura social solo está preparada para reprimir y no para ayudar. Es un mundo en trasformación radical, que viene de una postguerra y va hacia una sociedad de consumo y que se desentiende de los individuos que no aceptan las normas de juego aunque sea de forma hipócrita, como los padres de Doinel: en toda la película hay manifestaciones que lo afirman.
Hoy, que el cine que llena las salas es tan perfecto técnicamente y tan previsible en las estructuras, Los cuatrocientos golpes sigue siendo una lección de cómo hacer películas magistrales de manera imperfecta y natural, es decir, humana. También de cómo interrogar a la sociedad. La mirada final del protagonista a la cámara no deja de apelarnos, de preguntarnos sobre nuestros principios y motivaciones. En nuestra época se han desatado los grandes intereses, que ya ni siquiera se toman la molestia de disfrazarse de ideologías y que no se paran a preocuparse de los que no se ajustan a ellos. Por todos los lugares se pide más represión, menos políticas sociales, mayor control de los desfavorecidos o de los inadaptados, para los que se piden medidas cada vez más duras. La mirada de Antoine Doinel nos vuelve a interrogar, sin duda.
Desde la ventanilla del tren, el mundo parece estar a la intemperie.
En la viñeta de El Roto de hoy en el periódico El País, un cliente sube a un taxi y el conductor le pregunta: Dígame, señor, ¿a dónde vamos? ¡Ni idea, nadie lo sabe!, responde. En los tiempos en los que nadie parece saber dónde vamos, la dirección única es la deriva. Mandan las corrientes, que suelen tener siempre la misma dirección.
Nevará y vendrá el silencio.
No nos caben los muertos en las manos, ni siquiera en los brazos, ni acarrearlos entre varios. No caben en los armarios, ni en los cajones, ni en las repisas de las despensas. No nos caben ya los muertos en los ojos, ni cerrándolos.