lunes, 28 de septiembre de 2026

Nos han quebrado

 


Los domingos suelo comprar el pan en una panadería tradicional de mi barrio. Antes de abrir la puerta, sé que me vendrá el olor de siempre a pan recién hecho. También tienen todo tipo de productos artesanos de la zona. Allí compro también miel porque en la ciudad ya quedan pocos lugares en los que comprar miel garantizada, sin mezclas extrañas. Sigo teniendo fe a esa cucharada de miel con el café de la mañana, aunque los dietistas ya han advertido de que la miel es fundamentalmente azúcar y no se puede abusar de ella. Me agarro a esa pequeña cantidad de compuestos minoritarios: vitaminas B y C, bioactivos, elementos no procesados. Sé que hay otras formas de obtenerlos, pero necesito esa cucharada de miel de la mañana. Normalmente, compro un pan de cuatro canteros, un pan candeal de miga densa y blanca. Ya tengo pan para mojar en la salsa, para las rebanadas del desayuno de mañana.

¿Qué nos pasa para que se hayan desatado las furias? Sobre todo una cosa: han extendido el miedo. Un miedo pegajoso, que se adhiere a la piel y que engaña. Algunos lo ven como una capa de protección, pero asfixia. El miedo ha matado la esperanza y nos empuja a un rencor intenso que dirigimos hacia quienes no son los verdaderos responsables de lo que nos ocurre. Nos han quebrado y tardaremos en sanarnos. Hay que tener esperanza para desechar el miedo. Hay que tener amor, compasión, justicia social. Sobre todo cuando nos desarbolan.

Sin embargo, esa pareja de ancianos sentados en el banco de la calle, mirando pasar a la gente. A él se le nota mucho el deterioro de la edad. Ella le ayuda a levantarse, le peina con el dedo las cejas revueltas, le coloca el cuello de la chaqueta. Él la mira hacer. Luego se dan la mano y caminan despacio. ¿Esperaban a alguien? Quizá solo han salido a eso, a caminar, a recibir la gracia del sol de la tarde.

Todavía hay hibiscos en flor. Al igual que a los rosales, les sucede en los otoños cálidos. En realidad, lo que sucede es el otoño cuando viene así, con una luz que no ciega. Crecen las horas de noche y todo se reposa. Ya no vivimos con las horas y las estaciones. No nos extrañemos de lo que nos pasa.

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