Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Freud. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de diciembre de 2009

Acuse de recibo: Imágenes secretas. Picasso y la estampa erótica japonesa



Reconozco que, cuando recogí el paquete en el que Hernando me enviaba el catálogo de la exposición Imágenes secretas. Picasso y la estampa erótica japonesa (Musseu Picasso, Barcelona, hasta el 14 de febrero de 2010) y vi su contenido, tuve una cierta sensación de hartazgo al pensar en una exposición más sobre los motivos eróticos de Pablo Picasso, un tema muy manido y que, en demasiadas ocasiones, ha sido tomado desde una perspectiva fácil. Que me había equivocado en mi sospecha me quedó claro desde el prólogo de Pepe Serra, el Director del Museo.

Esta exposición y su catálogo son un ejemplo de cómo debe ser una parte de la política museística actual, quizá la más acertada: una divulgación que parte de una investigación profunda en ámbitos que hacen avanzar el conocimiento sobre lo que se expone. Y hacerlo de tal manera que sea fácilmente comprensible para todos.

Del erotismo -y la pornografía- en la obra de Picasso hay cientos de páginas escritas, no siempre afortunadas. La raíz artística que subyace en la eterna confrontación entre Eros y Tánatos, fue releída para la modernidad por Sigmund Freud y captada en sus nuevas perspectivas por los artistas desde finales del siglo XIX. La expresión de esa tensión dialéctica entre la sexualidad y la muerte (no hay forma de traducir adecuadamente al español la dualidad griega) tomó, de forma habitual, en aquella época los motivos de los mitos grecolatinos y un cierto toque romántico en la manifestación de las pasiones. Y así osciló en el arte: de la tragedia al drama. Sin embargo, hubo un grupo de artistas que buscaron fórmulas que se salieran de este origen occidental en el que se vivían las relaciones entre ambos elementos de forma tan conflictiva y, casi siempre, destructivas. Es decir, buscaron un lenguaje en el que relacionar la sexualidad y la muerte sin tanto peso de la moralidad y sin el sentido de culpa que implicaba. Picasso fue el que llevó la expresión de este nuevo camino hacia sus manifestaciones artísticas más memorables.

Para hacerlo, Picasso no tuvo que inventar nada, sólo estar con la mirada despierta y descubrir las posibilidades de lo que veía. Lo que el Musseu Picasso ha conseguido con esta magnífica exposición es devolver a su origen lo que el tiempo había hecho olvidar: es una forma excelente de investigar en la Historia del arte.

En efecto, en tiempos de Picasso había un auténtico furor por lo oriental. Causado por el neocolonialismo, junto a las materias primas, los barcos llegaban a Europa cargados de objetos de todo tipo procedentes de Asia en respuesta a una demanda comercial. Eran especialmente aprecidos los productos artesanales y artísticos -a veces es difícil separar ambos conceptos- refinados y lujosos procedentes de China y Japón. Algo menos, India. Su exhibición causaba furor en las exposiciones internacionales -singularmente las de Londres y París- y se conviertieron en objetos deseados por la burguesía acomodada: a veces sólo por moda. La literatura, desde mediados del siglo XIX, es una prueba palpable de lo que digo, pero es, sobre todo, con el modernismo, cuando se llega a su máxima expresión. Curiosamente, los modernistas, en especial los que rompían con la moralidad decimonónica, tomaron aquellos objetos orientales -y los motivos culturales que expresaban- desde su faceta sensual: exploraban sus efectos en los sentidos y, también, en la sexualidad.

De aquellos tiempos proceden los fondos fundacionales de algunas de las colecciones más interesantes de arte oriental europeas: incluso de las que pertenecen a órdenes religiosas, como el famoso y recomendable Museo Oriental de Valladolid, uno de los mejores en su especialidad.

Sabemos que una buena parte de la revolución artística protagonizada por Picasso -junto a otros artistas del momento- se basa en buscar expresiones artísticas anteriores o externas a la cultura europea tal y como se formuló a partir del renacimiento y experimentar con ellas para formular un lenguaje nuevo: arte prehistórico, arte tribal, culturas alejadas del ámbito europeo, etc. En el teatro, Antonin Artaud propuso sus nuevas teorías a partir, en gran medida, del descubrimiento de fórmulas escénicas orientales que pudo ver en París; en poesía hacía furor la imitación de la poesía china y japonesa; incluso en los objetos cotidianos, todo el que podía, adquiría productos de origen oriental que implican lujo y refinamiento -así, el famoso mantón de manila en España causa auténtico furor entre las mujeres-, etc.

La mirada de Picasso descubrió las posibilidades de las estampas japonesas: en ellas estaba una fórmula que coincidía con lo que buscaba en su exploración sobre el erotismo en lo temático y el grabado en lo técnico. Lo que hasta ahora era una intución queda demostrado con esta exposición del Musseu Picasso, que ha indagado en los fondos menos conocidos de la colección particular del pintor para demostrar el interés del malagueño por las manifestaciones artísticas japonesas.

domingo, 11 de mayo de 2008

Jano

¿Cuántos rostros tenemos? Freud teorizó sobre nuestra mente, abriéndola a su multiplicidad, que sería el campo de trabajo de otros psicólogos y psiquiatras y la inspiración de numerosos artistas. ¿Cuántos rostros tenemos y cómo convivimos con ellos? Nos creemos de una pieza cuando no somos más que un puzle o, mejor, una bola irregular hecha de papel de periódico, tan llena de rugosidades y en continuo cambio según la presión que ejerzamos sobre ella.

¿Cuántos rostros tenemos? Ni siquiera en una vida monótona y controlada somos únicos: cuántos se quitan la máscara al cerrar la puerta de casa. Los vecinos de los que protagonizan inesperadas noticias de sucesos suelen declarar que eran buenas personas, que no se lo esperaban.

¿Cuántos rostros tenemos? Hay gente que tiene vidas paralelas y que, en cada una de ellas, son capaces de mostrarse sólidos y sin resquicios. Si esa vida paralela no es externa sino que está dentro de nosotros, puede estallarnos con violencia y destruirnos.

Jano era el Dios de los vanos por los que accedíamos a un lugar o salíamos de él: era la explicitación mítica de las crisis que nos cambian y trasforman. Esos cambios suelen ser producto de todos nuestros rostros internos. Tras el cambio producido por las experiencias, por la circunstancias, uno de ellos se hace con nuestras facciones.

¿Pero qué pasa con aquellos momentos en los que, a través de una grieta mal cerrada salen a la vez varios de nuestros rostros y somos incapaces de someterlos o conciliarlos?

jueves, 21 de febrero de 2008

Miedo a desconocerse en disolución de verde licuado

La Acequia, en gran medida, nació como reflexión sobre la destrucción de la identidad individual y colectiva que se dio en el siglo XX y aun continúa. Ayer hablaba del miedo a perder el sentido de pertenencia al mundo que nos rodea, con el suelo que pisamos. Pero hay un miedo que a algunos les atenaza más. El miedo a desconocerse a sí mismos. A levantarnos un día de la cama y no recordar nuestro nombre, no reconocer las cosas que nos rodean o a no reconocer ni siquiera nuestro cuerpo, como en Kafka. Tras la afirmación rotunda y exhibicionista del yo que se dio en el siglo XIX, el siglo XX nos trajo la destrucción de esa identidad que parecía firme. En la psicología, Freud nos descubrió las capas que nos constituyen y nos tuvimos que asumir en multiplicidad y contradicciones hasta comprender que somos en gran medida lo que no parecemos. Lo mismo sucede con las naciones, que vieron destruidos principios que parecían fijados en bronce eterno.

El arte, desde entonces, ha indagado en ese misterio de la identidad destruida y perdida. Por eso el predominio de los géneros del yo (diarios, autobiografías) en los que nos reinventamos desde un punto determinado para darnos un sentido que no tenemos pero deseamos. La descomposición de la figura en las artes plásticas va también por ahí. Buena parte de los grandes textos literarios que todos reconocemos como las claves de nuestra cultura no son más que eso: indagaciones en lo que constituye una persona. Y no sólo en el surrealismo, vanguardia que casi en exclusiva se dedicó a ello. En fin, que desde hace un siglo hemos perdido la señas de identidad y los documentos en los que aparece nuestra foto, nuestro domicilio, mienten por ser insuficientes. Como en una profundización en este desconocimiento, hasta hemos descubierto una terrible enfermedad que lo consagra: el Alzheimer.
Así vamos, entre los que quieren olvidarse de sí mismos para vivir sin conciencia de sus actos y los que sufren la desmemoria. La identidad ha naufragado y sólo nos queda establecer pequeños pactos con nosotros, nuestros semejantes y nuestro entorno para hacerlo más humano, más asequible, más equilibrado con la naturaleza que hemos destruido y comenzar desde ahí la reconquista de una nueva forma de entendernos que se revele mejor que la que nos ha traído hasta aquí. Si es que estamos a tiempo.

Mis disoluciones son parte de esa búsqueda porque no sé quién soy y me busco en lo que me rodea, que hoy toma el aspecto de un verde licuado: creo que la búsqueda, en estos tiempos, nos hace más humanos que las certezas. En verdad, nadie sabe quién es. Como mucho, hemos construido una ficción para no caer en la depresión, en la locura. Para seguir tirando sin pensarlo demasiado y rellenar nuestras tarjetas de visita. Lo que pasa es que, a veces, ese relato inventado está lleno de incoherencias semánticas, trucos sintácticos evidentes y faltas de ortografía. Pero disimulamos. O no. Algunos se niegan las dudas para no caer en la angustia y el miedo y se creen ellos mismos cuando se levantan cada día por la mañana.

jueves, 17 de enero de 2008

El paseante se reencuentra en las lunas de la calle.

Una de las características que los teóricos de la cultura definen para el mundo actual es la reconstrucción del yo. Tras su destrucción, a finales de la modernidad, como consecuencia del fracaso de las grandes ideas que habían sustentado el progreso de la civilización occidental desde el siglo XVIII, que fundamentaban nuestras certezas, y la aparición de las teorías pscicológicas (en especial las que se elaboraron a partir de las ideas de Freud) que cuestionaban las creencias sobre el individuo mantenidas desde la era de la Teología, andamos buscando un nuevo punto de anclaje.

Desde la década de los sesenta del siglo pasado, intentamos reconstruir el viejo puzle en el que se basa nuestra identidad como individuos, al igual que las naciones buscan nuevas constituciones y el poder está cada vez más alejado de las viejas fronteras. El mundo ha cambiado desde entonces y a nosotros, los individuos, nos han modificado los bordes de las piezas del rompecabezas o, incluso, nos han escamoteado alguna, así que el resultado final ya no es el mismo o está incompleto. Esa alteración y ese vacío son ya parte de nuestra definición actual.

Así las cosas, nos pasamos casi toda la vida perdidos de nosotros mismos, ignorándonos sin saberlo. A veces surge la conciencia y buscamos nuevos pactos que nos definan en el presente. El ser humano cada vez se define más por su viviencia de lo próximo y todo, el pasado o el presente, se actualiza y manipula.

Así voy yo ahora por la calle, a la espera de encontrarme. Y me voy hallando en mi reflejo, en una vaga conciencia de lo que soy. Y en la mirada de aquellos con los que me cruzo si no están demasiado pagados de su propias creencias o evasiones.