Mostrando entradas con la etiqueta Sefarad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sefarad. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de mayo de 2015

España en Sefarad de Muñoz Molina, anuncio de La gratitud de Fermín Herrero y noticias de nuestras lecturas.


Escribir España en Sefarad, como he hecho yo en el título, es una redundancia. Sefarad es la forma en la que parte de la comunidad judía reconoce a España. De ahí que los judíos expulsados de Castilla en 1492 se denominen como sefardíes y su idioma -el castellano que hablaban y cuya conservación hasta nuestros días es una extraordinaria aventura cultural-, sefardí. Muñoz Molina titula Sefarad a esta novela de novelas y así se llama el último de sus capítulos o apartados. En el libro, ya lo hemos tratado en estos comentarios semanales, recoge historias de la gran tragedia del siglo XX europeo: el choque de las grandes ideologías totalitarias -fascismo, comunismo pero también capitalismo- con el individuo. Este adquiere condición de víctima de aquellas, como también del tiempo o de la enfermedad.

A lo largo del libro son varias las veces que recoge la historia de los judíos europeos en el siglo XX: desde el mundo opresivo de Kafka hasta el exterminio que decretaron los nazis. Aparecen también los sefardíes, como en la historia del director del Ateneo español de Tánger. No en vano, a pesar de ser una novela que se proyecta hacia la universalidad, la voz narradora es la de un español que teje la historia desde un ejercicio consciente y lúcido de memoria y autobiografía. Por eso, en el último apartado del libro coinciden el título del capítulo y el título de la novela: Sefarad. La memoria le lleva al narrador hacia su infancia y el recuerdo de la judería de Úbeda, cerca de la casa familiar. Y la propia historia se construye desde la memoria de los exilios de la historia de España: desde el destierro de los judíos castellanos en 1492 hasta el último, el de los desterrados por la guerra civil y la dictadura franquista, en un campo tejido de lápidas de nombres, algunos conocidos y otros anónimos:

Quién podría rescatar los nombres que fueron tallados hace doscientos años sobre esas lápidas, nombres de gente que existió con tanta plenitud como yo mismo, que tuvo recuerdos y deseos, que tal vez pudo trazar su linaje remontándose hacia atrás a lo largo de destierros sucesivos hasta una ciudad como la mía, hasta una casa con dos estrellas de David en el dintel y un barrio de calles muy estrechas que se quedó desierto entre la primavera y el verano de 1492 (...). Sepulturas modestas y fosas comunes jalonan los caminos de la gran diáspora española.

Y así cita las tumbas del padre de Lorca en los Estados Unidos, las Azaña o de Machado en Francia, la lista de los sefardíes de Rodas enviados a los campos de exterminio nazis. Y de aquí, de toda esta conciencia y materia real se ilumina la clave de esta novela, que es, en el fondo, la respuesta personal de Antonio Muñoz Molina al debate sobre la muerte de la novela que corría por los años en los que la escribía:

Cómo atreverse a la vana frivolidad de inventar, habiendo tantas vidas que merecieron ser contadas, cada una de ellas una novela, una rama de ramificaciones que conducen a otras novelas y otras vidas.

Toda esa reflexión sobre la historia de los totalitalismos, de Europa, de España, de sí mismo, termina encerrada en el recinto de la Hispanic Society pero no como una biblioteca o un archivo cerrado y polvoriento sino como un refugio para poder estudiarla, pensarla y meditar sobre ella sin perder la propia memoria y la propia esperanza, que se teje de cosas tan básicas como la concha encontrada por el hijo en la playa de Zahara de los Atunes y que le acompaña al narrador en su escritorio durante el proceso de escritura.

Noticias de nuestras lecturas.

El martes pasado tuvimos la reunión del Club de lectura en su formato presencial. La sesión, que celebramos en la habitual sala de la Biblioteca General de la Universidad de Burgos, resultó sumamente interesante y pusimos sobre la mesa todos los grandes temas de esta novela de Muñoz Molina. En la última entrada de Mª Ángeles Merino tenéis los apuntes que tomó de lo allí ocurrido, que puede servir de cierre y reflexión de esta lectura.

Luz del Olmo cuenta su experiencia última como lectora de Sefarad: la identificación con alguno de esos personajes, clave para comprender esta novela de novelas.

Lectura de La gratitud, de Fermín Herrero



Las próximas semanas las dedicaremos al comentario de La gratitud (Visor, 2014), el poemario con el que Fermín Herrero obtuvo el Premio Jaime Gil de Biedma y el Premio de la crítica de Castilla y León. Fermín Herrero ha sido galardonado también con el Premio de las Letras de Castilla y León. Nos acercamos, pues, a la palabra de uno de los poetas más importantes de España en la actualidad, en un título que es la culminación de una trayectoria que lleva a la indagación sobre los temas esenciales del ser humano sin perder nunca el contacto con la tierra. Sorprenderá la altura de esta voz y la certeza de la expresión a quien no conozca a este autor.

Después del libro de Fermín Herrero cerraremos el curso con las Crónicas periodísticas de la guerra de África, de Núñez de Arce, una las primeras escritas en este género en España.

Recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os  agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

jueves, 14 de mayo de 2015

"Un apocado funcionario de provincias". Quién nos cuenta la historia en Sefarad de Muñoz Molina y noticias de nuestras lecturas.


La clave narrativa de la obra viene definida en la misma novela: Unas cosas traen otras, como unidas entre sí por un hilo tenue de azares triviales. Sefarad se nos presenta en el subtítulo como Una novela de novelas, definición que sorprende a sus lectores cuando entran en un texto que aparenta no tener estructura definida, que parece hablar de cosas sueltas sin más hilazón que la de exponernos los casos en los que el poder de las ideologías y de los sistemas políticos y financieros ha sembrado la historia del siglo XX europeo de millones de víctimas. Parece, sin más, un recuento de casos concretos que sirven de símbolo de lo ocurrido: una lista de perseguidos, asesinados, desplazados en la que casi todos podríamos reconocernos. Este recuento lo realiza una voz narradora que podemos identificar fácilmente con el propio autor, más aún si conocemos otras obras de Muñoz Molina o sus colaboraciones en la prensa periódica española. Se confecciona como si se tratara de una suma de relatos breves, pequeños ensayos, crónicas periodísticas, etc. Pero hay un momento en el que el lector se da cuenta de que no es así.

En el capítulo titulado Olympia, la voz narradora principal se hace más presente y esta presencia crecerá en el resto de la novela. El narrador nos habla sin tapujos de sí mismo y de su pasado. Una historia en la que es fácil rastrear elementos autobiográficos de Muñoz Molina porque él mismo los ha convertido en materia literaria otras veces. El narrador recuerda aquel apocado funcionario de provincias que fue desde su presente, un tanto asombrado de todo lo que le ha cambiado la vida desde entonces, cuando solo podía soñar tener la que luego, en gran medida, ha llevado, llena de experiencias, viajes y literatura. Y este es, exactamente, el hilo narrativo vertebrador de esta novela de novelas. En realidad, Sefarad es el relato de este viaje biográfico del propio Muñoz Molina contado desde una única perspectiva: el encuentro a través de estos años de mudanza vital con las historias de las víctimas. A estas tiene acceso a través de lecturas de libros, investigaciones propias, encuentros que ha podido tener debido a sus viajes gracias a que cambió su vida para decidirse por la escritura, testimonios orales de personas a las que ha conocido, etc. En el relato deja ver continuamente esos rastros de sí mismo vinculados al encuentro con las historias de las víctimas. Estos rastros pueden ser triviales, como dice la cita con la que arranco este texto, recuerdos de lo que él hacía cuando se documentaba para la novela, lo que le había sucedido en el momento de la redacción del texto, el fugaz encuentro con una mujer en el Palacio de Cristal del Retiro que había sido una niña del exilio español hacia México incluso cuando ni siquiera podía imaginar que su trayectoria literaria le llevara hasta poder escribirla, la comparación de los tiempos de la tragedia que relata y los tiempos de su vida cotidiana cuando la escribe, etc.

Al presentarse claramente en Olympia como voz narradora, Muñoz Molina nos lleva directamente al personaje-narrador que había construido en los años inmediatamente anteriores en otras novelas suyas (singularmente en El jinete polaco y en Ardor guerrero) y en sus colaboraciones semanales en la prensa. Su lector habitual lo ha reconocido inmediatamente y se siente guiado por la voz narradora porque, entre otras cosas, se identifica en buena parte con sus experiencias biográficas e ideológicas (Muñoz Molina durante años representó un sector importante de la población española en ambas circunstancias). Y esta es una de las claves de lectura de Sefarad: la identificación vital o ideológica del lector con lo que cuenta la obra. En esto consiste el éxito de su recepción o su fracaso, cosa que sabe el propio autor desde el mismo momento en el que elige una voz narradora tan pegada a sí mismo, en la que van integrándose todos los relatos. Vistos así, estos construyen una especie de pasado, de herencia humana que recibe el propio narrador cuya tarea ética será asimilarlas y trasformarlas en texto literario para convertirse en su portavoz:

Al inventar uno tiene la vana creencia de que se apodera de los lugres y las cosas, de la gente acerca de la que escribe (...), puedo tener la sensación de que nada de lo que invento o recuerdo está fuera de mí, de este espacio cerrado. Pero los lugares existen aunque yo no esté en ellos y aunque no vaya a volver, y las otras vidas que viví y los hombres que fui antes de llegar a ser quien soy contigo quizás perduran en la memoria de otros.

Este narrador se sabe una pieza más en la cadena del ser humano que se construye a través de la memoria, el recuerdo y el testimonio.

Noticias de nuestras lecturas

El autobiografismo de Muñoz Molina impulsa a Luz del Olmo a regalarnos un delicioso relato de su marcha a Madrid y primeras experiencias en la capital.

Myriam Goldenberg resume la esencia del texto de Muñoz Molina con su propio certero y emocionante pensamiento y testimonio. No os lo perdáis.

Paco Cuesta escribe un extraordinario análisis de la perspectiva del lector enfrentado al juego de voces narradoras de Sefarad, clave para entender la novela.

Mª Ángeles Merino sigue conducida por sus dos lectoras en medio del calor burgalés -que ya se fue- y anda entre zapateros, monjas, morcillas y café con hielo... Cómo leen entre líneas estas dos mujeres.

El próximo martes, en el lugar y la hora habituales, tendremos el encuentro del Club de lectura en su formato presencial para comentar Sefarad de Muñoz Molina. El jueves de la próxima semana cierro el comentario de Sefarad para iniciar el de La gratitud, el poemario de Fernín Herrero.

Recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

jueves, 7 de mayo de 2015

Sefarad de Muñoz Molina como novela de testimonios y noticias de nuestras lecturas.


Como no podía ser de otra forma, el hecho de que Muñoz Molina manejara en Sefarad algunas biografías y hechos históricos ha levantado desde su publicación una polémica a la hora de interpretar  histórica e ideológicamente la novela. Tratar de acontecimientos tan sustanciales para la historia contemporánea europea como el nazismo, el stalinismo o la II Guerra mundial trae, como consecuencia, dejar sectores ideológicos descontentos. Ser igualmente crítico con unos y con otros, con el franquismo o con el capitalismo que implica la emigración económica y destruye el natural tejido de relaciones humanas, siempre provocará ofendidos. Abordar en una novela figuras como la de Willi Müzenberg -activista comunista que terminaría enfrentándose con Stalin y que murió en extrañas circunstancias y que también tuvo protagonismo en la Guerra civil española- supone, para algunos, cruzar una línea que no debe ser franqueada.

A esto se suma la animadversión que ha despertado siempre Muñoz Molina por igual desde sectores de la derecha y de la izquierda españolas que no le perdonarán nunca ni su éxito de crítica y público ni su aceptación de honores como la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York, su condición de académico o el Premio Jerusalén. Aquellos no le perdonan su claro posicionamiento contrario al franquismo y su perpetuación en muchos aspectos de la democracia nacida en 1978, así como la defensa de la herencia civil de la II República española; estos que se desmarcara pronto de la ortodoxia de izquierda y se convirtiera en un defensor del camino hacia la socialdemocracia abandonando el marxismo. Un cuento suyo de la primera etapa cuenta (como si estuviéramos en una película de serie b) cómo todos los antiguos militantes de izquierda que siguen manteniendo la fidelidad a los pensamientos prosoviéticos se han convertido en muertos vivientes en una localidad fantasma a la que regresa el protagonista. En las reseñas críticas sobre estos aspectos de Sefarad siempre he detectado, tanto en las que provienen de un sector como en las que provienen de otro, cierto apriorismo ideológico que impide, lógicamente, que el que así se manifiesta pueda disfrutar de una sola línea de la novela.

Muñoz Molina pertenece a esa primera raíz de la postmodernidad que critica las grandes ideologías políticas y las creencias religiosas entendidas todas ellas como verdad única. Para comprender esta raíz nos debemos situar en una época en la que el mundo se había colapsado precisamente por el enfrentamiento entre todas estas verdades y ante ellas el individuo había quedado desarbolado, su condición destruida y su memoria liquidada. De hecho, esta misma condición que alerta contra verdades únicas es la que le ha llevado a escribir, recientemente, Todo lo que era sólido, que ya hemos comentado en este club, contrario al capitalismo financiero salvaje que nos ha conducido a la última gran crisis global y ha fomentado la corrupción.

En Sefarad Antonio Muñoz Molina no escribe un tratado histórico ni un ensayo sino una novela pero aún así no quiere renunciar a la verdad de lo narrado: da pereza o desgana inventar, rebajarse a una falsificación inevitablemente zurcida de literatura. Los hechos de la realidad dibujan tramas inesperadas a las que no puede atreverse la ficción. Pero el lector no debe engañarse por estas palabras. Estamos en el terreno de una novela -volveremos sobre esta cuestión técnica en otra entrada- en la que se entrecruzan varias voces narradoras y unas usan a otras no con la clave histórica que exigen muchos a Sefarad sino con otra. Más aún cuando los mismos hechos pueden ser interpretables y de hecho lo son por diferentes historiadores -¿Münzenberg se suicidó como afirmaba el gobierno de Vichy, fue asesinado por los nazis o por lo enviados de Stalin?, ¿fue de verdad un comunista convencido durante toda su trayectoria como activista, fue un espía doble, fue un traidor o una víctima, cuál fue su verdadero papel en la movilización en apoyo del bando republicano en la Guerra civil española?-. Siempre me ha resultado curioso que algunos historiadores exijan que un novelista cumpla lo que ellos interpretan que es la verdad cuando no hay un consenso mínimo entre los especialistas.

En realidad no hay ninguna polémica general sobre la interpretación de Sefarad, sino algunas voces que reaccionan contra la novela exigiéndole condición de ensayo histórico e interpretación según una u otra ideología recubierta de método científico. Hay que aclarar, también, que Sefarad no es una novela histórica. Entre otras cosas, porque está escrita en el presente del narrador principal que busca integrar en él el valor testimonial de lo acontecido en esa gran tragedia del siglo XX europeo en el que se enfrentaron los individuos desarmados contra la maquinaria totalitaria de ideologías diversas y que cubrió el continente -y el resto del mundo- de millones de víctimas -heridos, muertos, emigrantes, desplazados-. Ese narrador se convierte, así, en portavoz de esos testimonios concretos que selecciona y pone en orden para presentárnoslos no tanto porque esté de acuerdo con todos y cada uno de ellos sino porque se identifica con ellos en su condición de víctima, de desplazado, de indefenso ante las rigideces ideológicas, religiosas o morales sobre las que nos previene puesto que su presencia sigue siendo una tentación presente. No es, por lo tanto, objetivo ni lo pretende: trabaja desde la conciencia de que las ideologías totalitarias, los pensamientos únicos, las formas tan estrictas de regir nuestras vidas, han destruido a los individuos y han regado la historia del siglo XX de muertos y afectados de todo tipo. Y siguen haciéndolo.

No es la historia tradicional lo que predomina en Sefarad ni lo que busca el autor sino el valor testimonial de la voz del individuo que ha sido víctima suya. Sea este un emigrante andaluz a Madrid por motivos económicos y sociológicos, un joven fascista español alistado en la División Azul que comienza a cuestionarse la razón de su presencia en Rusia, un judío sefardí que se salvó de los campos de concentración o la viuda de un activista comunista caído en desgracia después de haber sido culpable por alimentar el monstruo que termina devorándolo. Y el testimonio de la víctima, por lo tanto, no tiene la misma razón que la certeza histórica sino otra, de raíz ética. Si no se es capaz de comprender este rasgo de la novela, no se podrá comprender nada de Sefarad y solo se la criticará desde la trinchera ideológica.


Noticias de nuestras lecturas

Mª del Carmen Ugarte García nos lleva hacia la historia de la Hispanic Society y sabe enlazarla -en la entrada y no os perdáis sus respuetas en los comentarios- con un núcleo esencial de la novela de Muñoz Molina.

Myriam Goldenberg presta atención en su entrada a la historia de la monja y el zapatero: estereotipos propios de un cuento tradicional español que termina convirtiéndose en un relato del país y de unos individuos en los que la libertad y la esclavitud no son siempre como pensamos.

Mª Ángeles Merino nos lleva, de la voz de sus personajes comentaristas, a varias historias -de Rusia al zapatero-, pero quiero resaltar cómo consigue, a través del diálogo de ambas, conectar con esa forma "liosa" de contar las historias de esta novela.

Luz del Olmo escribe una epístola a Igor -ella podrá aclarar si real o fingida- para emocionarnos al conectar las historias de Muñoz Molina con historias que nos llevan a la realidad de lo vivido.



Pancho llega a su acertadísima lectura de la novela de Martín Gaite con una entrada en la que remata las conclusiones de una historia que parece condenar a -casi- todos sus personajes a una vida en círculos. No os la perdáis.

Recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

jueves, 30 de abril de 2015

¿Qué harías tú si fueras la víctima que espera en Sefarad de Antonio Muñoz Molina? y noticias de nuestra lecturas



Muñoz Molina ya había relatado esta figura del que espera en Beltenebros, una novela que crece con el tiempo. De hecho, aquel relato era un juego entre el que espera y el que busca en el que, de pronto, pueden cambiarse los papeles. Pero es en Sefarad donde la figura de aquel que espera que lleguen a por él, que lo detengan o incluso lo maten, culmina en la narrativa de Muñoz Molina. No en vano la novela se inicia con una cita de El proceso de Kafka.

Una de las acciones más despiadadas del poder sucede cuando alguien ha puesto tu nombre en una lista sin que tú lo sepas. Puedes comenzar a percibir cosas extrañas: hay gente que ya no te llama, que deja de saludarte sin motivo, que te rehuyen si piensan que con eso pueden ser identificados contigo o ser acusados de poca lealtad al poder. Comienzas a tener problemas en tu trabajo, en tus tiendas de siempre, en tu barrio, entre tus vecinos. Una de las habilidades del poder en estos casos es convertir a la víctima en responsable y acusarla de cosas de las que no puede defenderse. La segunda fase de proceso es que la víctima se sienta culpable: busca en sus acciones la responsabilidad de lo que le ocurre, en sus relaciones y amistades, en lo que dijo o no dijo. Cuando el poder consigue esto, el perseguido se ha convertido ya en un reo aunque no esté en prisión, queda destruido y solo le queda esperar a que vengan a detenerlo si no tiene la posibilidad de huir tan lejos que no puedan ir a buscarlo. Muñoz Molina relata los casos de judíos que fueron entregados por Stalin a Hitler o aquellos que pudieron huir a países que después fueron conquistados por los nazis.

En esto se parecen todos los poderes autoritarios y así lo indica Muñoz Molina. Llega un momento en el que la víctima solo puede esperar a que vengan a detenerlo aunque pasen años desde que ha llegado a la conclusión de que ya está en la lista. Porque al principio uno se niega lo que ocurre y mira para otro lado cuando llegan, como en el poema de Bertolt Brecht, a por unos y a por otros. Porque así comienzan todos los poderes autoritarios: desagregando a la sociedad, atomizándola en grupos y quebrando la solidaridad para que los grupos resultantes sean tan pequeños y sin verdadera armonía ni fuerza que uno siempre tenga la posibilidad de pensarse entre los otros, los que no corren peligro.

Todo esto lo describe Muñoz Molina con tanta fuerza en Sefarad que uno siente la misma angustia que los ejemplos de individuos perseguidos por Hitlet o por Stalin. Como esa mujer que tiene lista la maleta para cuando vayan a por ella y tardan meses. Muñoz Molina resuelve este dilema narrativo apelando directamente al lector (en realidad el narrador se apela a sí mismo pero lo convierte en una pregunta para el receptor general del texto): Qué harías tú si fueras esa mujer perdida en una vasta ciudad extranjera y hostil, si te hubieran quitado tu pasaporte y el documento provisional de identidad (...). En efecto, qué haría cada uno de nosotros, que hasta ese momento habíamos vivido en la comodidad o en la interesada ignorancia de lo que ocurre a nuestro alrededor, si de pronto descubriéramos que estamos en la lista que alguien ha elaborado con nuestro cómplice silencio anterior y que solo es cuestión de horas, de días, de meses, que alguien llame a nuestra puerta por la noche y nos arranque de lo que hasta entonces llamábamos hogar sin que hayamos cometido más delito que pensar de forma diferente, dar nuestra opinión, pertenecer a una familia con una religión  o unas costumbres que no son las mayoritarias aunque esa religión o esas costumbres o incluso la familia de la que procedemos ya no signifique nada para nosotros. No podemos argumentar contra esa decisión porque no responde a razones lógicas. Quizá hasta estábamos de acuerdo en fases anteriores de su desarrollo, antes de que nos afectara personalmente, porque apreciábamos que daba cierta paz y orden a las cosas, daba una idea y unas consignas con las que nos sentíamos más o menos a gusto y todo, nos parecía, funcionaba como debe funcionar en una sociedad moderna. Esta es una de las lecciones cívicas de Sefarad: no deberíamos nunca dejar pasar las fases iniciales de un poder autoritario, el ciudadano debe estar siempre alerta ante las primeras manifestaciones, que se repiten tanto a lo largo de la historia porque cuando se ha hecho grande funciona como una trituradora de individuos y cualquiera de nosotros puede convertirse en víctima.

Pocas veces uno se siente tan interrogado como en esta obra de Muñoz Molina porque lo que nos cuenta, lo sabemos, no solo es una cosa de un pasado remoto sino de algo que pesa sobre nuestra condición de seres humanos. Y que sigue ocurriendo a nuestro alrededor. La pregunta fundamental de esta obra es esa, qué harías tú.

Noticias de nuestras lecturas

Luz del Olmo comenta Sefarad de la mejor manera: construyendo un relato que lo explica. Un reltao, por supuesto, de viajes y vidas.

Paco Cuesta halla la sustancia de la recepción de la obra. Todo un acierto. Y este acierto lo convierte en entrada de consulta imprescindible para que comprendamos la forma en la que Muñoz Molina compone esta recepción emocional de la obra y otra en la que da con una de las claves de la novela a partir del cruce de voces narradoras en una historia surcada de trenes cargados de historias individuales que tejen a su vez la colectiva.

Mª Ángeles Merino lleva eficazmente a sus comentaristas hasta el capítulo de Copenhague. Una Europa surcada de trenes y de historias...

Mª del Carmen Ugarte nos hace prestar atención a una clave de lectura de la obra: el testimonio de las mujeres que vivieron un tiempo atroz.

Myriam Goldenberg repasa la memoria del señor Salama, el judío sefardí de Tánger que recupera a los que ya no están después después del holocausto. Excelente entrada. No os perdáis las ilustraciones, oportunas.


Pancho continúa su comentario de Entre visillos, relatando cómo la autora va cerrando los relatos que nunca tendrán un final exacto porque todos ellos son fragmentos. 

Recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.


jueves, 23 de abril de 2015

El desplazado en Sefarad de Antonio Muñoz Molina y noticias de nuestras lecturas.


El lector entra en Sefarad y, de pronto, se encuentra en un territorio conocido, como si todo lo que se narrara en esta obra le contara su propia historia. Excepto aquellos que nunca hayan tenido que cambiar de lugar, los afortunados cuya vida no haya mudado apenas nada desde la infancia, los que no hayan sentido el pellizco de la añoranza y no logren comprender esa niebla tan húmeda y penetrante que es la nostalgia. Tampoco aquellos que no sientan como propia la historia del eterno exilio que es la historia humana.

Sefarad nos cuenta los relatos de los desplazados, de los exiliados, de los perdedores, de las víctimas de la historia como si fuera el nuestro. Aquel que no logre comprender este relato y emocionarse con él debería preocuparse (como el que asiste impasible ahora a la muerte de cientos de personas en el Mediterráneo cuando buscan una oportunidad para sus vidas). Una de las aportaciones perdurables de la época llamada postmodernidad en sus primeras décadas -que es la clave ideológica desde la que debemos abordar esta obra- es la de comprender el mundo desde otro ángulo: las grandes ideologías y creencias han arrasado millones de biografías al implicarse con los órganos del poder, al controlarlos de forma exclusiva. Religiones, capitalismo, colonialismo, nacionalismos, comunismo, fascismos, etc. Todas estas ideologías depredadoras se juntaron en el siglo XX para culminar la historia vista como Historia única. Debían triunfar sobre las otras formas, dominar la sociedad y organizar las vidas de los individuos sin dejar que estos tuvieran más que una aparente libertad. El resultado fue la muerte de millones de personas, la destrucción de las biografías de tantos como sobrevivieron pero apenas pudieron rehacer sus vidas. El mundo entero se llenó de desplazados a causa de la guerra, de personas que murieron en los campos de batallas, en campos de concentración, de hambre o enfermedades, de otros que no murieron pero sus vidas quedaron para siempre afectadas.

Pero Muñoz Molina no entra en este relato de relatos describiendo directamente esa tragedia por la que atravesó la humanidad en el siglo XX y que parece que ahora hemos olvidado o queremos olvidar como si solo fuera un capítulo más en un libro de historia de bachillerato del que extraer pocas consecuencias, quizá como si nos hablaran de la guerra de los Cien años. Muñoz Molina entra en la tragedia de la humanidad por la biografía concreta de individuos, describiendo sus emociones y sensaciones, convirtiendo al narrador en su portavoz emocionalmente implicado. Esta sensación de verdad llega al lector y este decide, desde la primera página, si quiere implicarse en ella o no.

Fiel a su estilo, Muñoz Molina entra en Sefarad convocando su propia memoria y nostalgia (en el tono narrativo, en los temas, en los personajes, en el estilo) y la de varias generaciones de lectores que ahora están por encima de los cuarenta años, a los que apela. El primer relato con el que se enfrenta el lector es la historia de toda una España de los años sesenta y setenta: los desplazados por motivos económicos. Millones de personas que tuvieron que emigrar desde sus pueblos o pequeñas ciudades provincianas a Madrid o a otra gran capital para buscar aquello que les prometía un futuro mejor. Hay un fuerte sentido de desarraigo: la gran ciudad -el capitalismo que ha construido el mundo actual- no les ha dado aquello que les prometía, lo que impulsó su primer gran viaje biográfico en busca de la felicidad y cuando regresan a su tierra natal esta se ha trasformado tanto que ya no es la suya. Están condenados, por lo tanto, a vivir en el mundo de los recuerdos, ese mundo de la infancia y la primera juventud en el que todo era más amable y los ritmos más humanos y que ya es imposible recuperar. Es significativo que en una obra con un mensaje tan universal y tan globalizador como Sefarad se comience por la propia experiencia biográfica de unas generaciones de españoles, relatada con ciertos tonos costumbristas y revelando el mundo personal del autor. Significativo y apropiado porque nos hace saltar con él de lo local a lo global. Todos pertenecemos a esa tipología de los desplazados.

Ese es el primer viaje en el que se reconocerán gran parte de los lectores porque bien ellos o bien sus familias tomaron aquellos trenes para instalarse para siempre en el mundo de los desplazados por muy lejano que se halle aquel día en el que iniciaron el viaje. Incluso aunque no se hayan movido de su ciudad han realizado este viaje: basta con cerrar los ojos y recordar la infancia. Hay un momento, como en todo relato nostálgico, en el que el paraíso de la infancia o la juventud se rompe, se instala en la memoria porque ya es imposible recuperarlo. Y en muchos casos esta ruptura no se debe a la evolución normal de una biografía que todos estamos en condiciones de aceptar sino a la intervención de elementos que un individuo no puede controlar: la industrialización despiadada de un país que decide los flujos migratorios en beneficio de un desarrollo cuestionable e insostenible, una guerra motivada por nacionalismos fabricados a partir de las emociones más elementales y groseras, la intervención del poder sobre las vidas de los seres humanos. Y se inicia, entonces, un largo viaje que parece no terminar nunca.

Noticias de nuestras lecturas

Mª Ángeles Merino recupera dos comentaristas de sus entradas sobre Todo lo que era sólido para comentar Sefarad. Y hace bien, porque en ese diálogo que establecen entre ellas todo fluye y se comprende: Sefarad, como algo que nos hace, que nos impulsa.

Mª del Carmen Ugarte sigue su comentario de la novela con el acertado sentimiento de regreso: la vuelta, a tantas cosas, que preside buena parte de esta obra de Muñoz Molina.

Myriam Goldenberg entra en Sefarad de una manera que nos aproxima a la recepción de esta novela de novelas, que puede incorporar también nuestro propio relato de vida. Lectura apasionante.


Pancho se centra en algunos pasajes sustanciales que nos ayudan a comprender a Natalia, la única persona que será capaz de salvarse de ese círculo pequeño de la ciudad de provincias. Nos os perdáis las fotografías de esta entrada.

Recojo en estas noticias las entradas que se hayan publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis. Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.

jueves, 16 de abril de 2015

El reto de escribir Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, y noticias de nuestras lecturas.


A la altura de 2001, cuando se publica Sefarad. Una novela de novelas (este es su título exacto con el que debería citarse siempre, veremos por qué en una próxima entrada), Antonio Muñoz Molina ya era un nombre consagrado en la literatura española y se le consideraba como una de las voces más reconocibles de su generación, aquella que había nacido durante el franquismo pero no comienza a escribir hasta el inicio de la Transición a la democracia. Desde Beatus Ille (1986), que pasó prácticamente desapercibida para el público, hasta la anterior a Sefarad, Carlota Fainberg (2001), su obra creció sumando el aprecio de la crítica y el de los lectores. El invierno en Lisboa (1987) llamó la atención sobre aquel joven novelista que practicaba un tipo de literatura que se ajustaba tanto a los gustos y preocupaciones de un sector amplio de su generación. Siguieron Beltenebros (1989) y El jinete polaco (1991, Premio Planeta). Aquella una obra clave en su género y esta una demostración de un tipo de literatura que nunca ha abandonado a Muñoz Molina: el reflejo autobiógrafico de los cambios producidos en España desde mediados del siglo XX, que también está presente en Ardor guerrero (1995). La obra de Muñoz Molina creció también ensayos y artículos en la prensa, hasta convertirse en uno de los intelectuales con presencia más reconocible y opinión más coherente, sobre todo en su planteamiento de la herencia republicana y en la dignidad del ser humano frente al poder. En el año 1995 fue elegido miembro de la Real Academia Española y desde 1990 viaja por el mundo como uno de los autores más importantes del panorama español del último período. Así llegó a pisar, por primera vez, Nueva York, que se ha convertido en residencia habitual para él, repartiendo su tiempo entre América y España. Y esta es la clave en la que quiero encuadrar la escritura de Sefarad.

Antonio Muñoz Molina se propone en Sefarad un cambio profundo en su escritura. No en la temática central del individuo frente al poder, del enfrentamiento entre los derrotados de la historia y la sociedad de pensamiento único, no en la perspectiva de la reconstrucción de una identidad y una biografía. Estos temas le han acompañado siempre en todas sus obras. El cambio de Sefarad implica un crecimiento intelectual notable.

En 2001 Muñoz Molina era un nombre indiscutible en las letras españolas pero en toda su obra había manifestado la necesidad de apertura al mundo, tanto de la sociedad española como de la cultura. Al recalar largos períodos en Estados Unidos comienza a sentir la necesidad de novelar otras cosas que no se reduzcan a temática española y busca la universalización de su escritura, tanto en el tono como, sobre todo, en la forma de abordarlos. Y surge el riesgo temático y técnico de Sefarad. Una novela de novelas, en la que se hace materia narrativa la lucha de los individuos contra la sociedad totalitaria. Aunque parte -de ahí el título- de un motivo sacado de la historia española -el destierro de los sefardíes de la Corona de Castilla-, su propósito es elevar el tiro y tratar ese tema desde un ángulo que pueda ser comprendido en cualquier parte del mundo, que pueda interesar porque toca temas universales, que se han repetido a lo largo de la historia. Desde mi punto de vista, con esta novela -que es una obra maestra en su género- no solo presenta su candidatura al Premio Príncipe de Asturias de las Letras -que obtendrá en 2013- o el Premio Jerusalén -del mismo año- sino al Premio Nobel de la literatura. Al tiempo.

Noticias de nuestras lecturas

Esta entrada de Paco Cuesta serviría, por sí sola como una introducción a la lectura de Sefarad. Para no perdérsela.

Mª del Carmen Ugarte se suma también a esta lectura. Su forma de arrancar es precisa: cuestionar la forma de leer la novela, que te obliga, de pronto, a frenar y preguntarte por lo que estás leyendo.


Myriam completa su magnífico análisis de las relaciones sentimentales de la novela de Vargas Llosa con el planteamiento del juego amoroso que tiene su núcleo en la pareja de don Rigoberto y doña Lucrecia.

Como sabéis, el último martes tuvimos la reunión mensual del Club de lectura en su formato presencial para comentar, en este caso, El héroe discreto de Vargas Llosa. La reunión -apretada por necesidades de agenda- fue muy variada y divertida y en ella hablamos de esta novela y preparamos las lecturas de Sefarad de Antonio Muñoz Molina y La gratitud de Fermín Herrero. Podéis ver una completa crónica de lo ocurrido en esta entrada de Mª Ángeles Merino.



Si alguien se pregunta cómo se puede enlazar la ciudad de provincias de Entre visillos con Bruce Springsteen, que acuda a esta entrada de Pancho que, además, encuentra un núcleo de tratamiento de emociones de la novela y lo explica. Y si alguien quiere saber por qué Sabina, que vaya a esta otra, en la que se comenta uno de los capítulos esenciales para comprender el juego de perspectivas narrativas que usa hábilmente la autora.

Ya sabéis que recojo en estas noticias las entradas que hayáis publicado hasta el miércoles anterior. Si me he olvidado de alguna, os agradezco que me lo comuniquéis.

Podéis consultar el listado con los títulos del presente curso y las condiciones de participación en este enlace.