Todos los edificios deshabitados guardan los más delicados fantasmas: aquellos que desgarran con habilidad las entrañas de quien se aventura por las viejas escaleras y los desnudos salones porque los lleva dentro sin darse cuenta hasta que no hay remedio. Algunos de esos fantasmas tienen el nombre reconocible de la geografía más cercana.
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domingo, 31 de octubre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Herida
Se taponó la herida para que no vieran que lo habían vaciado. Siguió viviendo: se convirtió en contrafigura de sí mismo.
viernes, 5 de junio de 2009
Sombra y tango
domingo, 15 de marzo de 2009
Solar
De niño, un solar era campo de juego, selva inexplorada, isla de todos los tesoros. Qué sensación, ahora, cuando surge un hueco entre los bloques urbanicidas de nuestras ciudades: náusea y putrefacción, un frío que recorre la espalda y te hace apresurar el paso para no quedar atrapado en aquel tiempo en el que guardaste todos tus muertos en los pilares de las casas que habitaste.
viernes, 9 de enero de 2009
Nuestros fracasos
martes, 7 de octubre de 2008
Despojos.
Puede haber más aun.
Incluso cuando somos expulsados del margen y tenemos que abandonarlo todo: restos de nuestra vida acumulada. Habíamos conseguido vivir en los huecos invisibles, pero nos han perseguido, otros como nosotros o los que piensan estar a salvo.
Nos empujan: Vete.
Y dejamos atrás los despojos de la ficción en la que hemos vivido, para adentrarnos en una habitación aun más oscura. Quizá no haya tiempo ya para otra cosa.
sábado, 30 de agosto de 2008
La identidad del hueco.
Cuando a uno lo descorazonan por dentro como a los cuerpos de mis edificios vaciados, qué difícil es volver a llenar cada una de las habitaciones de aquellos ecos, susurros, caricias y gestos. A veces, el hueco que llevamos dentro dice más de nosotros que todas las entrañas, aunque las exhibamos al sol del mediodía. Así andamos, entre ruinas y apariencias. Lo demás, son espejismos.
sábado, 22 de marzo de 2008
Estratos
Si nos vaciaran por dentro con un descorazonador para dejar sólo la piel, quedarían en ella las huellas de nuestros estratos, como los anillos que en el tronco del árbol marcan su vida. Podrían estudiarnos como la paleontologia cuida de observar en qué capa halla los restos fósiles. Aquí se fijaría el rastro de aquel primer beso, allá la respuesta mímica de nuestro rostro a la sonrisa de la madre o el duro gesto con el que protestamos. Nuestras conmociones internas habrán desordenado la rigurosa acumulación del tiempo y junto a la huella de la rebeldía podría estudiarse nuestra aceptación de las cosas. Con la materia vaciada, quizá, se podrían abonar los jardines versallescos de los que escriben nuestra historia al servicio de los gobernantes.
martes, 18 de marzo de 2008
Huecos en las entrañas
Nunca vuelvas a esos lugares en los que quedaron tus palabras tanteando las paredes. No podrás volver a salir de ellos. Lo sé, por experiencia.
jueves, 1 de noviembre de 2007
Cerradura.
[...]
Y, una vez decidido, buscar en los bolsillos la llave que permita la entrada para sentir el vacío interior de la casa y de tu propio cuerpo, tan fatigado ya del tiempo. Esa soledad que llevas tan adentro.
Y, una vez decidido, buscar en los bolsillos la llave que permita la entrada para sentir el vacío interior de la casa y de tu propio cuerpo, tan fatigado ya del tiempo. Esa soledad que llevas tan adentro.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Llamador y entrañas.
domingo, 30 de septiembre de 2007
Desde la Plaza de Vega.
El paseante se ha detenido en esta mañana de domingo junto a la vieja casa que mira al Arlanzón desde la burgalesa Plaza de Vega. Este lugar que pisa fue parte de la glera en la que acampara el Cid antes de iniciar su destierro, según la leyenda del Cantar:
Salió por la puerta y el Arlanzón pasaba
cabo esa villa en la glera posaba
Quizá el Cid esperara que el Rey le perdonara o que el pueblo burgalés se atreviera contra su monarca. Quizá aun está acampado aquí y aun lo espera.
Esta zona fue después rico viñedo que se trasformaría, con el crecimiento urbano, en lugar de comercio y residencia populosa. Era desde donde se miraba la silueta de la Catedral antes de cruzar el río por el Puente de Santa María. O, como en el caso de don Rodrigo -que no pudo ver las torres góticas-, desde donde se contemplaba la ciudad antes de partir. Por eso siempre presentó bullicio y tránsito, hasta hoy. Y emociones encontradas.
El fatigado caminante, que ha salido a recorrer la ribera a pie en este día ya otoñal, ha llegado frente a esta casa en ruinas, con las ventanas desojadas y las entrañas vaciadas. Y se queda contemplándola. Qué sentiría el Cid en su partida.
Cuáles son los sentimientos de este viajero de esta mañana tan larga, que tiene ganas ya de abrir aquella puerta, arrojarse sobre una silla como quien desecha un fardo y dejar que el tiempo, lentamente, vaya curando sus heridas después de tanto tiempo fuera de casa.
martes, 14 de agosto de 2007
Puertas al vacío.
miércoles, 25 de julio de 2007
Desahucio de palomas y fantasmas.
Cuando me di la vuelta, estaban tirando ya el edificio de las palomas. Los pájaros se posaban en las vigas desnudadas que sobresalían de las paredes como los huesos astillados de una herida. ¿Dónde han ido los ecos de las voces que descubrí un día, los pequeños dramas y los sueños que celosamente guardaban estos muros? ¿Qué parte de mi mirada, agarrada a los hierros de los balcones y los cristales rotos, se pierde ahora, para siempre? Donde acaben los despojos de esta casa, quizá, terminarán un día los restos deshilachados de mi memoria.
miércoles, 18 de julio de 2007
Casa hundida.
En Villamorón, una parte de las casas abandonadas están hundidas. Un día, una gotera invernal agrietó el techo. Quizá los dueños volvieron en verano y vieron la mancha de humedad y no le dieron importancia o pensaron que ya se pasarían unas semanas después, antes de que llegaran las lluvias. Pero no se pasaron. Dos o tres años más tarde se cayó parte del tejado, con un estruendo que ya solo asustaría a las torcaces. Al año siguiente se vino abajo una de las paredes. Y el hundimiento continuó. La construcción, de adobe, que había resistido firme con el amor de los moradores, vuelve a la tierra. Con lentitud imparable, como son las cosas de estas tierras que han visto tantos siglos de historia.
lunes, 4 de junio de 2007
La señal del muñeco. Fotorrelato.
"Sé que hay esperanza", se dijo.
Sé que (no) hay esperanza.
Sé que no hay esperanza.
Amigo, la esperanza no es una certeza. Algún día, quizá, salgamos de este laberinto.
domingo, 3 de junio de 2007
sábado, 2 de junio de 2007
Llegar a Ítaca (Kavafis cumplido).
Anoche, no sé si durante mi habitual insomnio o ya dormido, soñé vivir en un edificio vacío y en ruinas. Ante la rotundidad del silencio, me levanté de la cama y anduve por extrañas habitaciones a oscuras en las que destelleaban diminutas luces como insectos, incapaz de encontrar una puerta a la calle o unas escaleras que pudieran orientarme. Tuve la impresión de estar caminando durante días o años, abriendo cajones con restos de vidas y cruzando pasillos infinitos. A veces, encontraba galerías interiores tapiadas toscamente con ladrillos de un rojizo casi marrón que no permitían mirar al exterior. Todo era polvo y abandono, las puertas de los armarios estaban desencajadas y de las perchas colgaban jirones de trapos que alguna vez fueron suntuosos vestidos. En una de aquellas estancias la contraventana no cerraba del todo y una indecisa luz iluminaba una silla de paja sobre la que había un viejo cuaderno. En su tapa pude leer, anotado con tinta azul: Diario de un viaje. Mi regreso a Ítaca con Kavafis al fondo. Tras decenas de hojas en blanco pude leer garabateado con caligrafía obsesiva y redonda el siguiente texto:
Supe, por un poeta al que leí en los primeros tiempos de todo, que no debía apresurarme a volver al destino que fue mi origen. Por el camino conquisté ciudades que debí abandonar con la cabeza erguida del héroe derrotado por su destino, asumiendo aquel revés de la misma forma que el triunfo previo. Y seguí viajando sin rumbo, recogiendo lo mejor de todo lo que hallaba, guiado por una extraña sensación que invadía todo mi espíritu e impulsaba mi cuerpo. Al pasar junto a los puestos de los mercados en los que se exponían las mejores frutas doradas por el sol del Mediterráneo, compré los objetos más finos y, cuando no tenía dinero, los troqué por la conversación sin prisa ante un hospitalario té de menta. Hoy, en mi bolsa los llevo y a veces introduzco en ella mi mano tan solo para rozarlos levemente con mis dedos y sentir el material de que están hechos: madreperla, coral, ámbar, ébano. Al redactar estas líneas veo la costa añorada y dudo si me he dado el suficiente tiempo para el regreso, frente a estos vientos que desean tan pronto mi arribada. Pero sé que por este regreso comencé el viaje y que vuelvo trasformado por el tiempo a buscar el hogar de mis mayores.
En el aire de lo que fue un día el salón de una humilde morada de este edificio arruinado, se respiró, por un momento, la idea de una dirección que podría conducirme a mi vuelta a casa y a un despertar acogedor y tibio. Abrí los ojos con un extraño sabor en la boca, quizá a fracaso por no haber arriesgado lo suficiente en mi propio viaje.
jueves, 31 de mayo de 2007
Edificio vacío con palomas.
Este edificio, como un gran navío varado, aguarda a que el precio del solar compense su derribo. Cuando lo abandonaron, los fantasmas dejaron abiertos hacia la noche los grandes balcones y el edificio vacío mostró sus entrañas al viento y la lluvia. Al amanecer, la rabia del sol agrietó sus paredes y desencajó las mandíbulas de las habitaciones asoladas. Sus moradores, espantados, debieron sentir el vértigo del derrumbe y dejaron tendida la última colada en los frágiles tendederos. En los huecos de las escaleras aun resuenan sus apresurados pasos en fuga.
Cuando he pasado junto a él, esta mañana, sentí desde sus vanos la fijación de cientos de miradas y un zureo de ratas, que me recordaban mi propio destino. La perspectiva me hizo verlo hidrópico, como embarazado por la descomposición de los restos de conversaciones que han quedado impregnadas
en sus paredes. Sin embargo, en su decrepitud, tiene cierto empaque sereno. Es como si aceptara con estoicismo su propia muerte y con señorío quisiera dignificar el abandono.
¿Cuántas vidas ocurrieron en esas habitaciones? ¿Cuántas esperanzas y pequeños dramas? El aire guarda aun moléculas del perfume de aquella dama de hace un siglo que haldeó huyendo de su prefijado futuro para arrojarse en los brazos de su amante. Y los barrotes de esa ventana conservan las huellas duras del padre que veía desesperado la agonía del hijo en la cama de la alcoba atendido por la mano temblorosa de la madre. Quizá se oyen los murmullos relajados en el descanso de un baile de sociedad. O nada de eso. Y lo cotidiano ha acontecido, como milagro, en este edificio que refleja, en los desconchados de su fachada, los cambios de nuestras ciudades, tan sometidas, siempre, a la barbarie de la especulación y la contradicción de su función urbana. Y esos ojos alados, que no dejan de mirarme, me interrogan sobre mi condición de testigo y personaje de la historia de estas ventanas.
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