Curioso esto del deseo. Le he dedicado ya nueve entradas en esta serie. Creía, al comenzarla, que sería sencillo encontrar sus claves y reflexionar sobre ellas, pero se me complica a cada paso que doy. Por el camino, han surgido duelos virtuales e insinuaciones, como la de Bipolar, de que atiendo sólo al deseo desde el punto de vista masculino. Aquellos quedan pendientes, sobre estas debería comenzar a pensar en alto, así que giro un poco el foco inicial y me pregunto si somos iguales en el deseo los hombres y las mujeres.
La inveterada costumbre del macho suele dar por hecho que no, como si el deseo debiera ser sólo patrimonio masculino y, por eso, castiga en arquetipos a las mujeres deseantes (también lo hace con las deseadas, qué le vamos a hacer). De ahí tantas frases detestables del refranero y la literatura. Al hombre a la antigua le asusta y desorienta el deseo de la mujer: la quiere pacífica, dispuesta y a la espera (de hecho, la mujer que espera es un tópico literario), mientras que el deseo, como bien lo define el DRAE es un movimiento afectivo. Necesita, por lo tanto la acción de las pasiones.
Me gustaría pensar que los roles en la educación sentimental, con la igualdad que avanza, van borrando las fronteras sociales que marginaban a la mujer de ser capaz de sentir y actuar en consecuencia. No es que no pudiera sentirlo (que a veces el no tener derecho impide incluso la emoción), puesto que la naturaleza es incontrolable, sino que no podía expresarlo, con la consecuente frustración. Sólo en la retórica del teatro barroco se le permitía a la mujer decir las cosas que secretamente pensarían todas las mujeres del público, aunque el cierre fuera casi siempre convencional y dejara indemne la estructura social con una boda que resolvía el conflicto. A veces, incluso, las bodas eran dobles o triples.
Todo esto ha sido muy tratado por la literatura e incluso creó un motivo en las novelas decimonónicas que Biruté Ciplijauskaité denominó, con sabio tino, La mujer insatisfecha: el adulterio en la novela realista, en un libro que fue todo acierto.
Aun hay culturas y zonas en las que a la mujer le está vedado el deseo e incluso la ablación del clítoris es un ritual odioso por el que se concreta en un trozo de su cuerpo la libertad de disponer de sus afectos.
Pero en nuestro mundo lujoso, cómodo y sordo de Occidente, en el que los roles tradicionales se han desmoronado a pesar de que muchos se empeñen en tapar las grietas e intenta retener agua en un cesto de mimbre, la mujer desea y ejerce ya ese deseo. Pero sigo sin responder a mi pregunta.