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domingo, 13 de mayo de 2007

Afirmación urbana y ciudades inhóspitas.

Varias entradas de estos últimas días y algunos comentarios en ellas, me han hecho reflexionar sobre mi actitud ante la ciudad como espacio vital. Dejo sentada, como premisa, mi condición de amante de la ciudad. Aunque reconozco las buenas cosas que tienen los pueblos y soy capaz de pasar en ellos unos días gustando de su tranquilidad y de que el tiempo dé para todo, prefiero salir a la calle y encontrarme cafeterías, librerías, cines y gente desconocida y variopinta. La posición intermedia de aquellos que viven en el mundo rural -o en su falsificación: las urbanizaciones que rodean las ciudades- pero para todo dependen de la ciudad, me parece un tanto hipócrita, puesto que quieren disfrutar de la vida del pueblo sin renunciar al automóvil y a la destrucción sistemática de eso que dicen apreciar, puesto que, en el fondo, invaden agresivamente esa vida tranquila por la que apuestan.
Pero no me gusta el desarrollo de nuestras ciudades, tan sometidas a los empujones de la especulación urbanística. En el desarrollismo de los años sesenta y setenta del siglo XX se construyeron barrios masificados, con pobreza de materiales, sin tener en cuenta las necesidades sanitarias, de educación o esparcimiento de sus habitantes. Sólo la pelea cotidiana de sus moradores les hace habitables y en esa pelea se encuentra lo mejor de ellos. Antes, en muchas de las ciudades españolas que conozco aparecieron en los años cuarenta y cincuenta, casi de la noche a la mañana, barrios enteros de casas molineras en lugares marginales. En aquellas viviendas no había agua corriente, no había luz eléctrica, ni siquiera había títulos de propiedad. Sus calles no estaban urbanizadas ni tenían alcantarillado. Luego vinieron los barrios obreros, necesarios para acoger en pocos años a miles de personas que abandonaban la dura vida del campo por otra que, sin duda alguna, era mejor, dadas las penurias de aquella España. En esta última fase de construcción que todavía vivimos, se ha edificado sin tener en cuenta un plan general racional: macrobarrios aparecen en uno o dos años, sin pensar que allí debería hacerse al mismo tiempo, y no años después, un colegio, un instituto de secundaria, un centro de salud, vías de salida y entrada. A veces, estas colmenas se encuentran a quilómetros del núcleo urbano, o en una de sus zonas tradicionalmente abandonadas por alguna de las razones que se ponen de manifiesto nada más comenzar a vivir en ellas.
Las ciudades se han contaminado: su aire, su ruido, su luz -los pájaros cantan a medianoche-. Los ciudadanos se han hecho incívicos: ponen sus necesidades individuales por encima de todo lo demás. Cada familia tiene uno o más coches y exige poder usarlos en cualquier momento y acceder a cualquier lugar con ellos, ya sea el centro de la ciudad ya el más remoto de los paisajes naturales. Cada juerguista quiere disfrutar de su noche sin tener en cuenta el descanso de los demás. Cada especulador quiere tener derecho a su metro cuadrado con el que enriquecerse.
Yo no tengo coche. Quiero moverme andando por las ciudades o en buenos medios de transporte públicos: rápidos y asequibles en precio, con trayectos racionales y tiempos de espera lógicos. Deseo que mi ciudad sepa apostar por igual por la modernidad y la vida en buenas condiciones. Deseo que mis representantes políticos sepan contemplar de verdad todas las necesidades del habitante de la ciudad sin que su primera condición sea la financiación con el suelo público -cuyo precio debe dar de sí para todo- que repercutirá finalmente en el precio de la vivienda. Deseo que se pueda apostar de una vez por la ciudad a medida humana y no de los intereses económicos.
Y así me muevo, con mi necesidad urbana y mi vivencia de la ciudad como entidad inhóspita.

viernes, 4 de mayo de 2007

Cuarteles militares


En todas las ciudades hay edificios como éste de Valladolid, que fue el Acuartelamiento General Monasterio. De ellos, unos veían emanar las esencias patrias y la defensa del orden. Otros sentían el terror y la imposición de la fuerza. El general de Caballería José Monasterio Ituarte, que le da el nombre, fue también jefe de las Milicias de la Falange Española Tradicionalista. En 1943 fue uno de los oficiales firmantes de una carta en la que se pedía a Franco la vuelta de la monarquía, lo que le ocasionaría caer en desgracia.
De niño, yo pasaba silencioso ante las puertas de estos cuarteles. Había tantos en los lugares de mi infancia, que aun hoy puedo cerrar los ojos y recordarlos con nitidez, como aquellas filas de los convoyes militares. El tiempo, que ha transformado nuestra sociedad, ha sido implacable también con estos lugares. La piqueta espera en la esquina, dispuesta para demolerlos y construir sobre el solar casas para civiles que deberán atarse a la hipoteca de un banco casi de por vida.
Miro este viejo caserón con las puertas tapiadas, los cristales reventados a pedradas, los hierbajos comiéndose los caminos, y la oxidada barrera de entrada ya inútil, y lo veo como un buque fantasma del pasado. No sale en la foto, pero de una pequeña apertura del edificio en ruinas surgió un mendigo de los que lo habitan ahora, hablando por un teléfono móvil.