El motivo central del cartel -y de la excelente y recomendable obra- de
Aullidos, del
Teatro Corsario, desbordadamente barroco y vanguardista, centra la mirada del paseante. Hoy no hablaré del argumento de esta pieza de títeres para adultos, que tiene más que ver con otras leyendas, y haré de mirón indiscreto del cartel encolado en las paredes, que nos lleva al mundo más oculto en nuestro cerebro y juega con los mismos elementos que la vieja leyenda de
la bella y la bestia tan maltratada por la corrección de los cuentos infantiles y el mundo de
Disney. Con mejor tino se escondía, bajo piel humana, en la historia de
Tarzán. Y en algunas de las versiones de
King Kong, en las que la bestia es domesticada por la sexualidad de la mujer.
Porque hay dos direcciones en este miedo y en este instinto que estudia la antropología. En una, la mujer es destrozada por la pulsión sexual del monstruo. En otra, el deseo sexual de la bestia acaba haciéndolo esclavo de la atractiva hembra, que lo domina y ejerce un control sobre el animal que lo hace refinarse hasta el cortejo.
En las sociedades en las que el sexo se condena como pecaminoso, la mujer entregada a la bestia debe ser
doncella y esperar al
príncipe que venga a librarla del
dragón. Las historias acaban tras la boda porque saben que después ya no hay príncipes ni princesas. O se modifican para simbolizar el triunfo de la fe sobre el paganismo, como en la leyenda de
San Joge y el dragón. En esas mismas sociedades,
el hombre debe luchar contra la bestia que se simboliza en el animal pero, en el fondo,
va dentro de él y quiere desbordarlo.
El juego de seducción no es más que esta lucha de miedos y dominios que llevamos tan adentro, atados como estamos a nuestras herencias culturales.
Del amor y del cariño hablaremos otro día.