Muchos españoles piensan que los profesionales del mundo del espectáculo y del cine de este país han vivido, como auténticos parásitos, del dinero público. Hay una creencia extendida en España: se suele pensar que aquí se han subvencionado sectores culturales excesivamente y que, de alguna manera, España ha hecho algo que no se da en otros países y que, a cambio, ha obtenido escasos rendimientos. En concreto, se suele aludir a dos sectores: las artes escénicas -entendidas en un amplio sentido- y el cine, acusándolos a ambos de haber vivido casi exclusivamente de la financiación pública -subvenciones, contratos, aportaciones de entidades públicas, etc.-. Esta creencia se suele cruzar con la afirmación del clientelismo ideológico. Normalmente, quien maneja ciegamente estas acusaciones solo ve el caso de los contrarios: los de derechas no soportan a los artistas que se manifiestan a favor de los políticos de izquierda y los de izquierda hacen lo mismo con los de derechas. Como en todos estos debates -al igual que sucede en el caso de la externalización y/o privatización de servicios públicos-, nadie maneja datos reales que demuestren las afirmaciones, como si no hiciera falta. Y así, de la misma manera que se dice -sin demostrar- que la gestión privada de la sanidad es más barata y eficaz que la pública, se alude repetidamente a que en España se ha subvencionado alegremente a los profesionales de la cultura como no se hace en ningún sitio. Como si no bastara con pasar los Pirineos para ver el ejemplo francés y el apoyo de la administración a su cultura tanto como un derecho del ciudadano como una industria económica que reporta beneficios al propio país.
ADE Teatro, la mejor revista española actual sobre artes escénicas, publicada por la Asociación de Directores de Escena de España, dedica su número 144 (enero-marzo de 2013), a poner cifras a estas afirmaciones tradicionales, revisando con datos lo que sucede en la financiación pública del teatro europeo. Y los resultados de este oportuno y eficaz informe son esclarecedores: no solo España no ha sido un caso excepcional en la financiación pública de las artes escénicas en estos años últimos -da miedo pensar lo que sucede ahora mismo, con los recortes- sino que también está muy lejos de los primeros puestos, tanto en cifras totales como en porcentajes. Estas páginas son esclarecedoras y nadie debería volver a hablar a humo de pajas en esta materia. Intuyo que lo mismo sucedería, de hacer los números, con el apoyo con financiación pública a la industria cinematográfica.
Con los datos en la mano, es falso que en España se haya subvencionado como en ningún otro país: es más, ha sido cicatera con el mundo de la cultura. El problema no viene, por lo tanto, del hecho mismo de que la cultura deba estar subvencionada: algo más que normal en los países de nuestro contexto, ni del dinero que se ha invertido -que ha sido menor que en otros países-. Viene de cómo se ha entendido la cultura misma en España. Entre los gestores políticos de la cultura se extendió la idea de que la cultura era, por una parte, mero ocio y, por otra, una regalía. De ahí derivaron dos tipos de actuaciones perniciosas: se confundió cultura con diversión y se financió por igual lo uno y lo otro (una actuación de una tonadillera y un montaje de una tragedia clásica); se consideró la subvención y el contrato como una especie de regalo que los políticos que gestionaban la cultura hacían a los profesionales del sector y se fomentaron redes clientelares -no necesariamente ideológicas-. Y se financió con dinero público eventos de sectores empresariales que podrían, muy bien, haberse financiado a sí mismos: todo aquello relacionado con la cultura del vino y con la cultura gastronómica, por ejemplo. Evidentemente, no fue en todos los casos así, pero cualquiera que se haya acercado a la gestión pública de la cultura no podrá negarme que así fue en demasiadas ocasiones. Esto se añade a la vieja costumbre de la administración pública de que a los primeros que se deja sin pagar si vienen mal dadas es a los profesionales del espectáculo. Porque la cultura ha sido la primera victima de la crisis económica que estamos sufriendo sin que a nadie le haya importado demasiado, lo que define al país, por supuesto.
Pero el hecho de que haya habido abusos no anula la necesaria implicación de la financiación pública en el ámbito cultural sin que esta suponga ni dirigismo ni fomento de amiguismos. En esto, como en otros muchos ámbitos, lo que ha fallado en España es el control de las decisiones tomadas por los cargos públicos. Todos esos países que tanto envidiamos, incluso los más neoliberales, apoyan decididamente los sectores culturales y cuentan con fuertes institiciones culturales públicas y una red tupida de centros de menor tamaño que sostienen en intensidad y extensión tanto el cuidado por las manifestaciones culturales entendidas como bien público necesario para el desarrollo de sus sociedades como la industria cultural entendida como un bien económico de primer orden. Y, además, han desarrollado una costumbre del mecenazgo privado favorecido por la legislación, que aquí no existe. Una sociedad debe cuidar sus manifestaciones culturales y a los profesionales que a ellas se dedican. So pena de que la cultura se nos venda desde fuera, desde esos otros países que sí fomentan una industria cultural fuerte y la apoyan desde la administración pública, y nos colonicen.

