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lunes, 22 de junio de 2015

La calle es mía / La calle es tuya, de Gaspar Francés.


Las ocupaciones de estas semanas me han impedido reseñar antes esta interesante exposición de Gaspar Francés que ayer se clausuraba (La calle es mía / La calle es tuya, en la Sala municipal de exposiciones del Teatro Calderón de Valladolid). Y bien que lo lamento porque es una de las propuestas más interesantes que han pasado durante esta temporada por esta sala que en Valladolid se dedica a los artistas locales.

Gaspar Francés (Valladolid, 1985) es un artista joven que desde hace años ha iniciado una carrera sólida, reconocible y muy comprometida ideológicamente con propuestas de intervención ciudadana en la vida política y la denuncia, a través del arte, de situaciones que aunque nos parezcan normales no lo son. De ahí también las técnicas que emplea, coherentes con el pensamiento de su obra: materiales reciclados (maderos, palés, andamios, plásticos, una tabla de monopatín, monitores de televisión, etc.), soportes provisionales, expresiones propias de arte urbano, reducción a elementos y trazos sencillos que no permiten matices por su planteamiento directo que apela a la conciencia del espectador y su definición instantánea ante lo que ve, etc. Sus obras se posicionan de forma inmediata con acontecimientos del momento pero, a la vez, tejen una inteligente red de intertextualidad con los modelos, fácilmente reconocibles puesto que no es su pretensión esconderlos, como El alzamiento de la antena (tanto en la serie de 2014 como en el cuadro de 2015).

El alzamiento de la antena (2015), de Gaspar Francés
Su forma de enfocar la realización de la obra viene de una secuencia que nace en el pop art, en el cómic y en los más activos representantes del arte urbano de las últimas décadas.

En esta exposición se reconocen todas estas características de Gaspar Francés, puestas al servicio de las ideas que explotaron en España a partir del 15M y que han crecido desde aquel momento hasta convertirse en una de las claves que definen la historia reciente española. El título de la exposición hace referencia a una frase pronunciada en 1976 por Manuel Fraga Iribarne cuando era Vicepresidente y ministro de Gobernación del Gabinete presidido por Carlos Arias Navarro. Muerto Franco en noviembre del año anterior, las organizaciones opuestas a la continuación del franquismo en aquellos primeros tiempos del reinado de Juan Carlos I quisieron celebrar el 1º de mayo y ante sus quejas por la represión policial ejercida, Fraga exclamó: "La calle es mía". Esta frase ha quedado como una de las referencias políticas de aquellos tiempos y fue recuperada por los movimientos de indignados del 2011 para reivindicar el derecho de los ciudadanos a manifestarse en los espacios públicos. De ahí la propuesta de Gaspar Francés en estas obras realizadas desde el 2011 hasta el 2015 (son dos años que enmarcan perfectamente las obras puesto que su origen coincide con los movimientos populares del 2011 y terminan con los cambios en las instituciones propiciados por ellos): ante la expropiación de la calle, del urbanismo y la arquitectura, por parte de los poderes políticos y económicos que la han convertido en un mero espacio de consumo en el que el ser humano individual es prescindible salvo como cliente, propone la toma de conciencia y el activismo, expresado firmemente en esa pieza en la que los puños se exponen a las garras del águila.
La calle es mía / tuya, de Gaspar Francés
Pero sería injusto reducir la muestra de Gaspar Francés a una intervención en lo inmediato puesto que también plantea una poética del ser humano que haga repensar la ciudad como concepto. En un paisaje apocalíptico - el artista, como he dicho, no pretende ser original en la definición usual de este término y las huellas tanto temáticas como técnicas son fácilmente reconocibles- la ciudad queda arrasada y se nos presenta como edificios y espacios vacíos, arruinados y sin sentido precisamente porque falta lo más importante en ellos, el ser humano.




Fragmento de Cementerio gallego (2015), de Gaspar Francés

lunes, 15 de junio de 2015

España necesita espacios de encuentro


En España se necesitan hoy espacios de encuentro entre las personas de diferentes ideologías (medios de comunicación, plataformas, tertulias, seminarios, etc). La evolución de los últimos años los ha anulado: no existen o, al menos, no son visibles ni tienen eco. La falta de respeto de unos nunca se debe combatir con la falta de respeto de otros. La intolerancia, la soberbia y el sectarismo de unos nunca debe ser sustituido por los de otros. Algunos medios de comunicación  y la acción directa de las redes sociales alientan el ataque fácil, se rebusca lo que unos u otros dijeron hace años como antes se ha hecho con los del bando contrario. Ojo por ojo y todos ciegos. El listón que unos pusieron tan alto ahora afecta a los propios. Está tan alto que nadie habrá tan puro y si lo hay es porque no ha tenido nunca interés en la vida pública. Tenemos que comprender que lo que me molesta de los contrarios es lo mismo que a ellos le molesta de mí. Cuando la política de ambos bandos se mueve por consignas nadie razona. Una victoria que nos lleva a la revancha y a la alegría por la derrota ajena, incluso a festejar el encarcelamiento o la inhabilitación de quienes nos molestaban, no es una victoria. Alguien debe frenar esto, es la hora de trabajar por el bien común, que no suele estar nunca en los extremos sino en la negociación que nos acerca a los intereses mayoritarios. Impulsar con fuerza el péndulo solo lo hace pasar con más veloz de un lado a otro para volver antes o después, con igual fuerza, al punto de partida. Hay tanto que hacer. Y todo comienza por hablar y mucho con quien no piensa como nosotros no para convencerlo sino para entender sus razones y sus miedos e incorporarlos en las decisiones de gobierno. Hay que hablar con el contrario más incluso que con el que está a nuestro lado.

En estos días, en España, se festeja el triunfo de la izquierda tras las últimas elecciones y, en especial la aparición en el poder de grandes ciudades de las plataformas ciudadanas nacidas de aquel movimiento del 15M que tantos despreciaron y en el que muchos vimos las esperanzas de una regeneración y limpieza de la sociedad y la política española, que tantos síntomas de fatiga y fin de ciclo daban. Es una variable radicalmente nueva en la historia política nacional, tal y como algunos vaticinábamos.

Es la hora de la serenidad y de la toma de decisiones motivadas. Del trabajo diario para resolver los grandes problemas sociales. No solo los generados por la última crisis y las políticas aplicadas desde hace cinco años siguiendo las directrices marcadas por la Unión Europea y el FMI sino de los problemas estructurales que afectan a la sociedad española desde hace décadas. Pero esto no se debe hacer desde la trinchera. Me temo que el futuro horizonte electoral de España -elecciones en Cataluña, elecciones generales- nos deparan meses de ruido, alteración y sordera. Muchos de los pactos actuales (bienvenida sea la desaparición de las mayorías absolutas de gobierno, que tanto daño han hecho en los últimos años), que a tantos les parecen firmes, se mudarán según los intereses resultantes tras las próximas elecciones generales. Los próximos meses serán de desasosiego porque todas las decisiones políticas nacionales, autonómicas y locales serán puestas en cuestión por los contrarios y dificultadas por el poder que no se corresponda con el mismo color político. O creamos esos espacios de encuentro o nos esperan meses de bloqueo administrativo e institucional. Que nadie me entienda mal: lo reclamo de todas las fuerzas políticas. Un bloqueo intencionado diseñado hábilmente por los estrategas electorales -sea cual sea su signo político- puede dar fruto, pero, ¿a qué coste para los ciudadanos? ¿O los tomarán como carne de cañón? Estemos atentos a lo que sucede las próximas semanas.

Por suerte, varias de las figuras ascendentes tras las últimas elecciones parecen aplicar la pausa a la toma de decisiones, pero a su lado hay demasiado ruido en uno y en otro lado. Esto es independiente de su filiación política y se necesita hoy en España, de forma urgente, crear espacios de encuentro entre quienes piensan diferente. Hay momentos en la historia de un país en el que las trasformaciones reclaman personas que sepan hacerlo. En la última década han escaseado en España, en estos años en los que partidos políticos y medios de comunicación han incentivado el desencuentro para sacar provecho. Tengamos esperanza de que pueda lograrse, que aparezcan para evitar que los bandazos quiebren el barco en el que navegamos todos. Y que no tengamos que esperar unos meses para esto.

domingo, 23 de marzo de 2014

La cuestión social en España. Sobre las Marchas de la Dignidad.


Las Marchas de la Dignidad que ayer confluyeron en Madrid son una muestra más de la situación en la que se halla la cuestión social en España. Por una parte, un gobierno que lo basa todo en la reactivación económica y apuesta su futuro a esta única baza puesto que sabe que ha perdido en el resto la batalla por la opinión pública que, tras aceptar un grado alto de sacrificio ha comprobado la deriva conservadora del ejecutivo en materias que no eran prioritarias, su ineficaz lucha contra la corrupción y contra la pésima gestión de lo público, la poca fuerza con la que combate el fraude fiscal y su incapacidad para abordar uno de los temas más graves que se plantean en el horizonte de España, el crecimiento del sentimiento independentista en Cataluña. Todos los indicadores muestran una mejoría en la situación pero, de la misma manera, todos los informes ratifican que esta mejoría tardará muchos meses en llegar a la mayoría de la población, es muy frágil y puede verse alterada por situaciones externas (el enfriamiento de la economía China, las convulsiones en Rusia, etc.) y consolidará durante años un cuadro que deja mucho que desear. En efecto, la salida de la crisis se hará mediante trabajos inseguros y mal pagados en los que no todas las horas se concretarán en el sueldo, un empobrecimiento general de la población y una quiebra de la cohesión social. Todas las estadísticas de los organismos más serios avisan de que España es el país del mundo en el que más rápidamente ha crecido la pobreza y esa fractura social de la población. No es un futuro pronosticable, sino un presente que puede ser medido.

Por otra parte, las convulsiones sociales que comenzaron en el Movimiento del 15 de mayo, han persistido en el tiempo en contra de los que vaticinaron su fracaso y desaparición. Lo que ocurrió en el año 2011 mostró la capacidad de organización de una sociedad que experimentaba nuevas fórmulas de protesta y contestación a lo que sucedía en España. El Movimiento del 15 de mayo se refugió en organizaciones vecinales, plataformas y asociaciones que han actuado en cuestiones concretas. De aquel espíritu surgió la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), una organización eficaz en sus objetivos que ha crecido en prestigio y apoyo. La marcha de los mineros asturianos sobre Madrid conmocionó a toda la opinión pública española. Recientemente, los vecinos de Gamonal (Burgos) dieron otro ejemplo de los cauces por donde se conduce el malestar social España. También las victorias conseguidas por las mareas blancas organizadas contra la privatización de la sanidad en Madrid. La organización de agrupaciones de ciudadanos y la fundación de nuevos partidos que acogen estas inquietudes se probará en las próximas elecciones europeas a las que concurren. Incluso aunque tengan un escaso número de votos serán la gran novedad en el espectro político español, tan previsible en las ultimas décadas.

Diversas acciones en Extremadura, Murcia y Andalucía han dado paso a la organización de estas Marchas por la Dignidad. La parte visible han sido las seis columnas que, andando, se han dirigido desde diferentes zonas de España para confluir ayer en Madrid. A estos miles de activistas se les han unido centenares de miles de personas. Solo unos pocos han protagonizado los condenables altercados que han ocurrido al final de la concentración y que tanto han servido a los medios de comunicación más reaccionarios para descalificar las Marchas.

Estas Marchas por la Dignidad presentan un nuevo paso en la manifestación de este malestar social: la unión de diferentes organizadores. Entre ellos se encuentran sindicatos o partidos políticos con estructuras tradicionales pero también plataformas de nuevo cuño. Y una realidad: sea cual sea ese punto de partida en la organización y sus consignas oficiales -incluidos los manifiestos o sus caras más visibles a veces muy cuestionables-, la mayor parte de los asistentes no procedían de sus filas sino de los millones de españoles que han visto perjudicada su situación no solo por la crisis financiera sino también por las medidas tomadas para salir de ella, los recortes brutales en materias básicas como la sanidad y la educación y la pérdida de derechos sociales consolidados. Grupos sociales de muy diferente procedencia pero que han aprendido a mostrar su malestar en la calle y a movilizarse tanto por cuestiones generales como por motivos concretos.

Hacen mal los medios de opinión pública más reaccionarios en despreciar esta capacidad de movilización de la sociedad -repitiendo una y otra vez los mismos argumentos que ya usaron para atacar el Movimiento del 15 de mayo, los hechos de Gamonal o las mareas blancas- puesto que socavan definitivamente el prestigio de la prensa española. Hace mal el gobierno despreciando estas movilizaciones fiándolo todo a una lenta recuperación económica y a la aprobación de una legislación más dura en materias de orden público. El camino comenzado el 15 de mayo de 2011, como se comienza a ver, no ha dejado de estar presente en la sociedad española y cada vez muestra una mejor articulación en sus fines, objetivos y visibilidad.

domingo, 19 de enero de 2014

Caminos hacia el futuro de España


En estos momentos de crisis y cambio en España, debemos prestar atención a una sugerente circunstancia. La evolución de los acontecimientos nos ha llevado rápidamente a un panorama neoliberal que choca radicalmente con la cultura tradicional de este país, con su historia y las características sociológicas de la población. Sin embargo, parece que los ciudadanos dan pasos más rápidamente que los políticos para adptarse a los nuevos tiempos, como si sintieran que está ocurriendo un tiempo histórico similar al que tuvo lugar en los años setenta del pasado siglo y se necesitaba el movimiento vecinal, la militancia activa y la presencia en la calle. De ahí gran parte del desencuentro: la ciudadanía comienza a moverse y los políticos se han formado en las viejas estructuras de sus organizaciones, en las que se ha premiado más la lealtad y la mediocridad que la valía. A los políticos a la antigua que han practicado una modernísima política neoliberal les resulta extraño que los ciudadanos españoles quieran ser como en los países más avanzados del mundo anglosajón, es decir, parte diaria de la toma de decisiones y no solo cada cuatro años. Los políticos viejos españoles -aunque sean jóvenes- siempre miran con desconfianza al pueblo, que es en donde, al fin y al cabo, reside la soberanía. Estos políticos practican un despotismo ilustrado y se sienten molestos cuando los ciudadanos se convierten en presencia activa, como si la política solo fuera cosa de los partidos políticos tradicionales. Por otra parte, a la mayoría de ellos su formación mediocre, su falta de experiencia profesional, su distancia con la sociedad, su nula capacidad de diálogo con todos los sectores a los que afectan las decisiones que toman más allá de las tradicionales estructuras tan envejecidas como las de los partidos políticos, sus deudas con las familias políticas que les auparon y su necesidad de permanecer en el cargo a toda costa porque no tienen otra cosa con la que ganarse la vida hasta que se les premia con un cargo en alguna de las empresas que se han beneficiado de su toma de decisiones, les incapacita para liderar los nuevos tiempos. Una de las más graves carencias que tiene la sociedad española actual es la de un número de políticos suficientes no manchados por la corrupción y el despilfarro que ha presidido las últimas décadas -por acción directa o indirecta, por falta de denuncia interna y extena, por haber mirado a otro lado-, con una formación excelente y una capacidad de pedagogía política fuera de toda duda.

Las dinámicas financieras internacionales a las que España ya no puede dejar de hacer caso nos convierten en un interesante modelo de referencia. Sin dejar de ser nosotros debemos encontrar nuestra forma de estar en el modelo anglosajón predominante y al que nos han conducido las decisiones tomadas en España por los diferentes gobiernos desde los años ochenta. Pero la globalización ha empujado un paso más allá al país. Lo que se está decidiendo ahora es si España puede parecerse a Alemania sin dejar de ser España o puede convertirse en un país marginal sin peso ninguno en el contexto internacional, con una población envejecida, sin impulso propio y con una democracia muy frágil en la que las decisiones fundamentales siempre serán tomadas fuera del país mientras en el interior crece la fractura social y las diferencias entre los territorios que hoy la integran hasta un punto en el que el desencuentro sea la norma y la conflictividad aumente.

No cabe más que una esperanza: una ciudadanía participativa en la toma de decisiones sobre su presente y futuro y una clase política bien formada, que gobierne más allá de los intereses electorales, con una mirada profundamente nacional y sentido de Estado, capacitada para el pacto más que para la gresca y no contaminada con el pasado.

sábado, 18 de enero de 2014

La democracia no es un regalo




La democracia no es un regalo, sino una conquista. Los derechos sociales no son una dádiva sino el resultado de un esfuerzo histórico. La condición de ciudadanos no es producto de un regalo sino de una cadena de revoluciones mantenida a lo largo de varios siglos. La consecuencia inevitable cuando los ciudadanos se adormecen por la opulencia o tienen miedo no es la consolidación de los derechos sino el retroceso. Cuando la ciudadanía pierde musculatura se convierte en una suma de súbditos aunque en apariencia todo sea constitucional y guarde las formas. Entonces es cuando nos vacían la democracia por dentro y no nos damos cuenta hasta que no se cae la fachada por falta de cimientos.

Lo he escrito en este espacio en varias ocasiones: sin nosotros, no hay democracia. Es obligación del ciudadano ser honesto, cumplir con las obligaciones que lo convierten en tal y dedicar parte de su tiempo en ejercer el control sobre los políticos que lo representan. Lo que sucede ahora, la perplejidad de nuestros gobernantes desde que estallara el Movimiento del 15 de mayo hasta los recientes hechos de Gamonal (1, 2 y 3), en Burgos, se debe a que tenemos una clase política que no ha sentido nunca este control por parte de los ciudadanos.

Si en España conseguiéramos mantener el tiempo suficiente este movimiento ciudadano para que pase de ser un estallido de descontento a un ejercicio habitual, la democracia ganaría. Se acabarían entonces los altercados porque habría cauces suficientes para que el ciudadano se sintiera atendido en sus demandas sin tener que someterse a la rígida y anticuada estructura de los partidos políticos de este país. Y permanecería lo mejor que ha ofrecido este movimiento: la capacidad de los ciudadanos para organizarse en asociaciones, plataformas y grupos de trabajo. Con el tiempo suficiente de esfuerzo, aparecerán nuevas formas de gobierno basadas en la trasparencia, el diálogo constante, la eficacia y el control y nuestros políticos se acostumbrarían a que hay que rendir cuentas siempre, a que no hay que engañar en las campañas electorales, a que la corrupción les llevará al descrédito y a la cárcel. Lo que vivimos ahora es una crisis que solo puede tener una salida hacia el progreso de nuestra democracia que barrerá del panorama a los que ejerzan una política vieja.

O eso o la fachada se nos caerá encima en la primera tormenta.

lunes, 13 de enero de 2014

Vieja política y ciudadanía nueva


Una de las consecuencias de los tiempos de crisis como los actuales es que llega un momento en el que las formas de comportamiento tradicionales en la política, las que han conducido la situación hasta el momento crítico, se hacen insoportables para la ciudadanía. El político entrenado en la vieja escuela -aunque sea aún joven- no comprende que las cosas han cambiado y piensa que todavía cabe estirar más el tiempo pasado, en el que forjó su carrera y ganó posiciones en el partido, seguir con los modos y maneras que le hicieron llegar a tener éxito y ocupar un puesto cada vez más alto en las listas electorales. Quizá, incluso, ha tenido antes responsabilidades de gestión y es, por lo tanto, uno de los causantes del estado de deterioro. Cuenta, además, con la pasividad tradicional de la mayor parte de la población que ha aguantado los primeros tiempos de la crisis pensando que las cosas mejorarían pronto para volver a la situación anterior y, después, actuando con cierto temor a perder lo poco o mucho obtenido antes de la crisis. Hay estrategias diseñadas por los asesores de los políticos que contemplan estas situaciones. Pero cuando la crisis se prolonga en el tiempo y no se ve la luz al final del túnel, cuando el número de afectados por la crisis aumenta y los sectores implicados son cada vez más, surge el problema.

Lo que se vive estos días en el barrio de Gamonal de Burgos no es más que una manifestación de ese problema. El viernes también hubo un estallido de malestar social en Melilla y no sería de extrañar que a lo largo de los próximos meses surgieran otros en diferentes localidades españolas. El detonante será siempre algo local: un bulevar con una fuerte contestación vecinal, el reparto de doscientos puestos de empleo, un desalojo provocado por un desahucio, etc. En España, además, hay dos contextos muy delicados en los que todo lo comentado se puede mezclar con combinaciones nacionalistas: el independentismo en Cataluña y en el País Vasco, en donde la situación puede llegar a sobrepasar incluso a los que lideran estas posiciones desde partidos de ideología conservadora.

España lleva demasiado tiempo metida en la bronca política, incluso en épocas de bonanza. Esta crispación que han usado como estrategia los partidos políticos para desacreditar al contrario cala fácilmente en la sociedad y se vuelve ahora contra ellos. Y la sociedad española está crispada porque ve que no se reduce eficazmente el paro, que los puestos de trabajo que se crean son muy frágiles, que lo salarios han caído y todo es más caro. Los políticos -y con ellos la mayoría de los medios de comunicación con ganas de ganar cuotas de audiencia- no han sabido dar ejemplo de diálogo y de gestión eficaz y rápida para solucionar los problemas y se han dedicado a prolongar una situación que es la culpable de la crisis. De hecho, la mayoría de nuestras instituciones están regidas hoy por políticos que tuvieron responsabilidades y ocuparon cargos en la época del despilfarro, la corrupción y los enormes problemas de déficit. No son, por lo tanto, creíbles para una ciudadanía que ya los mira con escepticismo y cuestiona cada una de sus decisiones, incluso las más inocentes y voluntariosas. Más aún si estas decisiones son torpes y no encuentran el consenso adecuado.

El descrédito de las instituciones públicas -Monarquía, Parlamento, Comunidades autónomas, ayuntamientos, partidos políticos, sindicatos, agrupaciones empresariales, etc.- es alarmente en España y no se puede prolongar más sin causar una profundización en el malestar ciudadano y un deterioro en la situación que provoque un mayor sufrimiento social.

El 23 de marzo de 1914, en el teatro de la Comedia, Ortega y Gasset pronunció una de sus conferencias más conocidas, Vieja y nueva política. En ella advertía de lo que ocurría en aquellos tiempos de crisis y formulaba una dualidad que es válida hoy: la España oficial y la España vital. Ortega, liberal y no muy dado a acciones revolucionarias, buscaba impulsar un cambio en la política de su tiempo porque percibía lo que ocurría a su alrededor. La situación es comparable, aunque las fórmulas pensadas por Ortega, un siglo después, no lo sean.

Una de las consecuencias del Movimiento del 15 de Mayo, que algunos se dedicaron a desprestigiar con faciles tópicos, tildar de infructuoso y dar por muerto rápidamente, fue la evidencia de que los ciudadanos podían organizarse eficazmente al margen de las organizaciones tradicionales. Aquel movimiento ha supuesto un impulso al movimiento vecinal y un salto gracias a Internet. Han surgido plataformas cívicas -antidesahucio, de afectados por la estafa de las preferentes, contra el bulevar de la calle de Vitoria de Burgos, etc.-, asociaciones de parados en movimiento, se han impulsado medidas legislativas a partir de la recogida de firmas, se han organizado grupos de apoyo en barrios marginales, etc. Basta con repasar la prensa española de los últimos meses para recoger decenas de ejemplos. No estamos ya ante la algarada o la acción espontánea tradicional, sino ante un frente de acción ciudadana creciente en el que se incluyen personas con apenas formación pero mucha vocación junto a titulados universitarios y profesionales con altos conocimientos de informática o idiomas.

El político tradicional, aunque sea joven, tiende a despreciar estos movimientos, a no verlos, a no tenerlos en cuenta. En el peor de los casos porque no los comprende, porque no los considera parte de la democracia institucionalizada en los partidos políticos y el asociacionismo clásico. Suele usar argumentos falsos democráticamente como aducir que él tiene más votos, que él ganó las últimas elecciones y está legitimado para llevar a cabo su acción de gobierno sean cuales sean las circunstancias. En el caso necesario, utiliza la fuerza policial para imponerla y también usa la vieja retórica de que la violencia la causan agentes externos infiltrados venidos de fuera de la localidad. El político viejo, aunque sea joven, no entiende que los ciudadanos quieran participar en la vida política y busquen cauces para hacerlo y no acepten que no se les deje participar en algo que es parte esencial de su vida. Por desgracia, la violencia -condenable siempre y más cuando se individualiza contra otros ciudadanos- suele aparecer con demasiada frecuencia cuando a un colectivo no se le escucha ni se le dan soluciones a sus demandas.

En las democracias anglosajonas, que tanto solemos despreciar los latinos, hay cauces eficaces para que estas iniciativas ciudadanas expresen su malestar: sus propuestas son tenidas en cuenta a la hora de legislar, pueden visitar a su diputado, que está obligado a mantener un despacho electoral, son recibidas como un lobby más, se convocan referendos con frecuencia en los que los ciudadanos expresan su opinión sobre la construcción de un centro comercial o sobre una iniciativa legislativa de calado.

El eficaz uso de las herramientas tecnológias por parte de estas agrupaciones de ciudadanos hace cada vez más difícil la tarea de un político viejo, aunque sea joven. Más aún en tiempos de crisis como los actuales. La información y la opinión se canaliza eficazmente, así como las convocatorias de acciones concretas.

O los políticos comprenden que hay que abandonar la política vieja, sus maneras, sus discursos y sus costumbres o serán sobrepasados por las circunstancias. Y con ellos quién sabe cuántas instituciones, partidos y organismos que hoy parecen muy asentadas en España. O eso o se da un rápido desarrollo económico que haga que los ciudadanos olviden esta crisis y vuelven a adormecerse.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Dos años del Movimiento del 15 de mayo


Si recopiláramos las opiniones vertidas en los dos últimos dos años sobre el Movimiento 15 de mayo -el nombre con el que se conoce a lo ocurrido en la primavera española de 2011 y que aquí recogimos en una serie de entradas- en periódicos, televisiones, radios y redes sociales, nos encontraríamos que: no ha servido para nada; ha servido para movilizar a amplios sectores de la ciudadanía; ha tenido la simpatía de la mayoría de los españoles; es motejado con descalificaciones tanto por sectores de la izquierda como por sectores de la derecha; ha querido ser utilizado por partidos de la izquierda para ganarse a los que en él participaron; fue usado por la derecha para restar apoyos electorales al gobierno socialista de entonces, etc.

El error que cometen muchos analistas al abordar el Movimiento del 15 de mayo es metodológico: no fue un fin en sí mismo, no consistió en una revolución tradicional que provocara el cambio de un régimen, sino un síntoma. Muchos ciudadanos se echaron a la calle para reivindicar que se contara con ellos, pedir una democracia más participativa y menos encorsetada por las organizaciones que han protagonizado la española desde la Transición, reclamar que la clase política contara con el pueblo en más ocasiones que las campañas electorales. Por eso mismo, todavía hoy no tiene portavoces ni un pensamiento articulado en sí mismo, ni una proclama breve resumida en un manifiesto o en una lista electoral. No puede tenerlo porque en eso no consistía el Movimiento del 15 de mayo.

Sin embargo, su presencia como referente constante en los medios de comunicación, la conmemoración del aniversario, la forma en la que se intenta desentrañar qué fue -para comprenderlo, para asumirlo o para despreciarlo- y la huella que ha dejado en la memoria colectiva son indudables. Como es también indudable la huella que ha dejado en movimientos que, sin partir directamente de él, han recogido en gran medida sus estrategias de organización y reivindicación pero han buscado objetivos más concretos y, por eso mismo, han elaborado propuestas más concretas que han contado con una repercusión mediática eficaz. Las plataformas que han buscado estos objetivos más concretos tienen una organización más consistente y cuentan con portavoces más identificables, lo que les expone, también, a mayores críticas y ataques personales con la lógica de exposición para quienes no son activistas ni políticos profesionales.

A pesar de la lentitud en la reacción de las organizaciones políticas y sindicales nacidas en la Transición, no se puede negar que el Movimiento del 15 de mayo ha terminado afectándolas. Por una parte, el Movimiento, en sí mismo, era un serio cuestionamiento de unas organizaciones que parecen haberse desconectado de los ciudadanos y que llevan años criticándose entre ellas sin darse cuenta de que lo que se decían los unos a los otros los ciudadanos no tardarían en aplicarlo a todas en general; por otra, han tenido que reaccionar a las demandas concretas nacidas a partir de ese movimiento y de sus herederos, sin darles una satisfacción completa.

Que miles de ciudadanos, sin organización previa, sean capaces de echarse a la calle y plantear sus dudas en las plazas de forma tan eficaz y tan impactante -el 15 de mayo no hubiera sido posible sin la repercusión mediática generada a través de las redes sociales- y llamar la atención del mundo es una seria llamada de atención.

El Movimiento del 15 de mayo no era un fin en sí mismo, en efecto, sino un síntoma de un descontento que no se ha reducido en la sociedad española, sino todo lo contrario. Desde entonces, han surgido varias plataformas reivindicativas con indudable éxito, colectivos de barrios que han mantenido la constancia reivindicativa. El bipartidismo tradicional en la España de la Transición -siempre matizado por los partidos nacionalistas- está seriamente cuestionado tanto por la derecha como por la izquierda del espectro político. Los partidos políticos están seriamente desorientados y solo responden a políticas tradicionales. Todo son síntomas de la misma enfermedad: el ciclo nacido de la Transición, que ha servido para el período más largo de paz y prosperidad democrática que ha conocido la historia de España, se termina y esta enfermedad no se remedia con cataplasmas ni dejando pasar el tiempo.

viernes, 11 de mayo de 2012

14.700


14.700 propuestas del movmiento 15M para indicar el sentido del cambio, catalogadas y a disposición de aquellos que deberían considerarlas porque este Movimiento nunca pensó en gobernar ni en subvertir la situación, lo que le resta condición revolucionaria (nunca aspiró a ella, lo que no es una debilidad sino una característica). Mañana, el movimiento regresa a nuestras plazas: en España, los problemas se han agudizado. Incluido el descrédito de la clase política, a la que correspondería no ser tan dura de oído. Los que antes estaban en la oposición, gobiernan; los que gobernaban, se encuentran en la oposición. El problema de situaciones como la presente en España es que en cualquier momento la condición revolucionaria se hace necesaria ante la ineptitud de los gobernantes para gestionarla adecuadamente. También el populismo o la tendencia al autoritarismo: en Europa deberíamos hablar, entonces, de neopoulismo o neoautoritarismo, porque ahora las máscaras son otras que las que se usaban hace tan solo un siglo y más lejanas. Quienes deciden de verdad por nosotros están a veces demasiado lejos de nuestras urnas, tan lejos que tienen la tendencia a tratarnos como consumidores y no como ciudadanos: en realidad, desde su óptica, el balance se hace global e importa poco lo que pase en nuestro barrio. Velan por nosotros, con paternalismo ilustrado y los políticos a los que votamos cada cuatro años tienen poca imaginación para librarse de su mandato. Como todo ha ido bien -esta expresión es ombliguismo puro de un occidental acomodado- durante tanto tiempo, les hemos dejado hacerse con las riendas de nuestras decisiones. De nosotros depende que puedan hacerlo sin freno o con nuestra vigilancia.

domingo, 16 de octubre de 2011

Un 15 de octubre necesario






La persistencia en el tiempo del movimiento que comenzó en España el 15 de mayo pasado y del que ya hablamos aquí y su extensión internacional en los últimos meses como modelo de protesta (especialmente en Israel, Bruselas y Nueva York) se ha concretado en la última convocatoria de ayer sábado 15 de octubre, que ha sido un éxito tanto en España como en el resto de los países en los que se ha convocado. El movimiento no pretende responder a quienes en mayo insistían en su carácter episódico y tampoco a quienes le exigían propuestas concretas definidas en programas políticos al uso. Esto ha quedado para los comités de los partidos políticos tradicionales que han acogido, con oportunismo evidente, algunas de las quejas manifestadas por los que han participado en las asambleas y en las movilizaciones.

Este movimiento no es una revolución tradicional sino la manifestación de una evidente indigación contra el desarrollo de los sistemas parlamentarios actuales en un formato radicalmente moderno. Sin embargo, no es un movimiento antisistema sino la evidencia de que los partidos políticos y los representantes elegidos democráticamente por los ciudadanos se han olvidado de la extensión del concepto de democracia en tiempos como los que vivimos a principios del siglo XXI, con singular claridad en los países como España, en donde la clase política se ha alejado cada vez más de sus representados generando una peculiar política de ficción burocratizada, algo así como el tópico ideal ilustrado de todo para el pueblo pero sin el pueblo, que pone en riesgo evidente la respetabilidad del mismo sistema, con los peligros que eso ha supuesto siempre en la hsitoria de las democracias liberales. La degeneración lógica de esta situación se ha puesto de manifiesto tanto en los años de abundancia con la corrupción generalizada basada, en el caso español, en el suelo urbanizable y el sector inmobiliario, como en la crisis puesto que la clase política se ha demostrado incapaz de cooperar por el bien común y de hacer propuestas que vayan más allá de las medidas exigidas por los mercados financieros. En el caso español, la mediocridad intelectual del debate político es alarmante y demuestra que no se debe a electoralismo sino a que, sencillamente, nuestros políticos no dan para más.

Los ciudadanos se han cansado ya, como ponen de manifiesto estas movilizaciones. Evidentemente, son más las personas que se quedan en casa, pero eso siempre ha ocurrido, por lo que no podemos manejarlo como evidencia crítica. A la calle se lanzan los más concienciados de querer participar en la vida pública para mejorarla. Es decir, aquellos que están en condiciones de plantear las posiblidades de cambio.

El desarrollo de las concentraciones ha vuelto a ser ejemplar y sitúa de nuevo en el debate sociopolítico al movimiento del 15 de mayo, en especial ante la inminencia de las elecciones del 20 de noviembre. No porque vayan a cambiar su previsible resultado: es todavía muy pronto para que un movimiento de este tipo encuentre la forma de canalizar en votos el descontento de una manera eficaz en el entramado de la ley electoral. Pero su regreso a las portadas de los periódicos auguran que, ante la profundización en la crisis que parece previsible en el próximo año y el también esperable resultado electoral que dejará prácticamente todo el sistema político español en manos de un único partido, el 2012 el movimiento del 15 de mayo tendrá una presencia mayor y, con la experiencia, más eficaz.

Por ahora, la jornada de ayer sábado queda como un recordatorio necesario de que hay un gran sector de la población española -y mundial- descontento e indignado y que comienza a hallar la manera de intervenir en la vida política no solo como manifiestación de la opinión pública.

lunes, 20 de junio de 2011

El Movimiento del 15 de mayo y antiguas y nuevas formas de intelectual.


Se suele fijar la aparición del moderno concepto del intelectual como un pensador que opina sobre las cuestiones de la actualidad más palpitante y toma partido en ella arriesgándose a decir cosas que no son políticamente correctas y afrontando las consecuencias personales que esta toma de partido le acarreen en el año 1898 en el que Émile Zola publicó su famoso artículo Yo acuso (Carta al Presidente de la República) en el periódico francés L'Aurore, manifestándose públicamente en el caso Dreyfus. Aunque es injusto con muchos publicistas que tomaron partido antes que él en cuestiones similares, dada la resonancia del caso y la importancia de Zola podemos aceptarlo como punto de partida. Desde entonces, la figura del intelectual con mayor o menor fortuna, ha sido necesaria para expresar o guiar a la opinión pública, aunque en las últimas décadas tanto por el exceso por el que muchos aparecían como intelectuales sin reunir las características necesarias para serlo como por la aparente falta de necesidad de verdaderos opinantes en momentos de bonanza, la figura del intelectual (es decir, del pensador comprometido públicamente y siempre coherente con su toma de partido arriesgando incluso su posición) había sufrido un fuerte desgaste.

En el caso del Movimiento del 15 de mayo, todos los análisis coinciden en la importancia de Indignaos, texto escrito por Stépane Hessel que en España contó con un prólogo de José Luis Sampedro a la altura del texto original y superior incluso en perspectiva de análisis, que se completó con el libro colectivo Reacciona (cuyo prólogo hizo Hessel en justa correspondencia). Ahora Hessel lanza ¡Comprometeos! Ya no basta con indignarse, que completa y amplia necesariamente su propuesta inicial. Tanto Hessel como Sampedro tienen cosas en común: ambos son ya ancianos y ambos tienen una larga trayectoria como intelectuales en la faceta original del término.

Sin embargo, ha aparecido en el Movimiento una nueva e interesante figura de intelectual que remueve, por ampliación, la del concepto primero: en el Movimiento hay muchos que prestan sus opiniones expertas, su asesoramiento y su esfuerzo para un trabajo colectivo. El concepto de intelectual es necesariamente individual: es un individuo que ha alcanzado una posición, tiene prestigio social y lo usa para intervenir en cuestiones concretas de actualidad. Esta nueva forma tiene una dimensión colectiva. Es interesante estar atento a su evolución futura, que parece coincidir con los muchos logros que en este sentido ha dado la web 2.0.

sábado, 11 de junio de 2011

El Movimiento del 15 de mayo. Algunas conclusiones parciales.


Las acampadas del Movimiento del 15 de mayo se están levantando. El Movimiento se refugia, en los varios foros de Internet en los que se debate, en movilizaciones concretas y asambleas en los barrios de las ciudades en las que más ha calado. Es hora, por lo tanto, de hacer un primer balance.

Sin duda alguna, el Movimiento ha sido un éxito: entre otras cosas, ha conseguido poner de manifiesto la indignación de miles de ciudadanos ante la situación política española actual y romper con el tópico de que la sociedad española era conformista y mostraba un carácter pasivo ante lo que está ocurriendo en estos años de crisis económica; ha movilizado un número sin precedentes de personas tanto en las manifestaciones, en las acampadas en las plazas como en las asambleas en las que se debatían los temas que más preocupaban a estos ciudadanos; ha generado, casi de la nada, una organización social que durante la mayor parte del tiempo ha funcionado sin conflictos, sin personalismos y que ha conseguido la atención de los grandes medios de comunicación de todo el mundo; ha despertado las simpatías de muchas decenas de miles de personas que no participaron en las acciones concretas; ha elaborado, sin tener por qué hacerlo, listados de temas a debatir y de propuestas, todo ello con la dificultad lógica de un movimiento que se constituía en grupos de trabajo y asambleas ciudadanas; ha generado una potente imagen colectiva que ha quedado plasmada en una iconografía, unas consignas y unas dinámicas que permanecerán en las actitudes colectivas durante mucho tiempo; ha demostrado que, en tiempos como estos de globalización del mercado, la sociedad puede impulsar movimientos de concienciación y protesta.

La deriva final del Movimiento era la esperada de una movilización de este tipo, aunque conserva mayoritariamente la impronta inicial. En esto no puede haber sorpresas. Las acampadas debieron terminar mucho antes para evitar determinadas situaciones y no dar pie a que los críticos del Movimiento y los medios de comunicación que los amparan pusieran la lupa sobre incidentes minoritarios que restaban fuerza a lo conseguido y que intentan desacreditarlo. Por una parte la dificultad de detener una inercia de un movimiento masivo y, por otra, las acciones policiales de la Plaza de Cataluña de Barcelona, hicieron que la presencia física en las plazas del Movimiento continuara hasta ahora.

No es lógico exigir a un Movimiento de este tipo la elaboración de un programa político, como se ha hecho insistentemente o pedirle que cambie en un mes un sistema con tantos anclajes: ni era su pretensión inicial ni es razonable esperarlo, así que pedir o esperar esto es no comprender el Movimiento y medirlo con una vara inadecuada. Algunos advertimos sobre la trampa que contenía esta exigencia. Sin embargo, en los debates se han llegado a conclusiones en las que se pone de manifiesto no tanto las soluciones como los lugares en los que el sistema democrático español actual tiene fisuras que a nadie puede pasar desapercibidas. No debe exigirse más finura de análisis político.

El Movimiento del 15 de mayo no debe desecharse como algo anecdótico producto de las circunstancias económicas. aunque sean estas las que lo han provocado finalmente,  es la evidencia de que el sistema político actual tiene debilidades que lo ponen en riesgo, de que la clase política española ha estado demasiado tiempo mirando hacia el interior de las dinámicas de los partidos y poco o nada hacia la sociedad, de que la ciudadanía puede organizarse cada vez más eficazmente cuando vive una situación concreta como amenaza.

Por último, el Movimiento del 15 de mayo no es algo irrepetible. Como movimiento heterogéneo se dividirá, se refundará, quedará atomizado y habrá enfrentamientos entre las varias plataformas surgidas de él, pero ha marcado el camino a seguir en el futuro para muchos ciudadanos que no se ven representados ni por los grandes partidos políticos ni por los medios de comunicación más importantes ni mucho menos por los organismos financieros. La mayoría de estos ciudadanos aspira a que el sistema los ampare, otros han desistido ya de esta pretensión. Si no se escucha a unos y a otros, las calles volverán a ser ocupadas y las convocatorias electorales serán cada vez más decepcionantes y convulsas.

lunes, 30 de mayo de 2011

Razonar y sentir

Sin duda, el Movimiento del 15 de mayo en España ha generado algunas de las imágenes (fotografías, videos) y frases que persistirán en el recuerdo durante décadas y dado su poder de expansión, no solo en España. Curiosamente, muchas de estas imágenes y frases dialogan con otras que hemos visto en anteriores movimientos revolucionarios. Como la historia nos enseña, esto es una garantía para que se instale en la memoria colectiva: la mayoría de los movimientos que influyeron en el trascurrir histórico los recordamos por un puñado de imágenes. Este es un hecho que permite afirmar que el Movimiento del 15 de mayo ya ha triunfado aunque no consiga ninguna de las reclamaciones emanadas de las asambleas: sus logros los veremos en los próximos años, como sucediera con movimientos similares del pasado reciente. También en la iconografía.

Como muestra de hoy, dedícale unos minutos a este video en el que Eduardo Galeano habla con los acampados en la Plaza de Cataluña de Barcelona.

sábado, 28 de mayo de 2011

Rocío de primavera. Sobre la explosión de creatividad colectiva en el Movimiento del 15 de mayo


Hay otra cuestión más que debemos contemplar en el Movimiento del 15 de mayo en España, que tantas nos ha dado ya para debatir.

Me refiero a la explosión de creatividad colectiva que ha deparado, en todos los aspectos y que se ha puesto al servicio de una causa social de indignación contra las dinámicas de los grandes partidos políticos. En las acampadas no se ha visto solo una capacidad de organización entre personas que previamente no se conocían y que a muchos les habrá sorprendido, sino también expresiones culturales y artísticas de todo tipo.

La gran mayoría parten de referentes heterogéneos que proceden de referentes colectivos del pasado más o menos reciente y se limitan a repetirlos actualizados -singularmente, los acontecimientos del 68, pero también el movimiento hippie, la contracultura de la postmodernidad, el arte pop, los hitos de la resistencia antifranquista, la música de los cantautores comprometidos de hace unas décadas, las tesis de la resistencia pacífica que elaboró Gandhi, etc-. En las plazas españolas, junto a los debates, asambleas y reclamaciones, se ponen en ejercicio, además, las manifestaciones artísticas propias de los happenings pero también del teatro de calle o dinámicas propias de los museos de arte contemporáneo. Todo es, repito, heterogéneo y por eso algunos observadores pueden confundirse ante el aparente caos y en su uso hay una consciencia de esa repetición junto a un festivo descubrimiento de su sentido, como si lo hubieran inventado el día antes: quizá los más jóvenes no sepan todo lo que hay detrás de lo que expresan y por eso se da un componente interesante por el que parece que el mundo pueda rehacerse, reinventarse a partir de las cosas más básicas. En esto se parecen mucho a los movimientos contraculturales de los años 60 del pasado siglo.

Pero no olvidemos que el Movimiento es hijo de las redes sociales de la era de Internet. En ella, los participantes disponen de la mayor fuente de datos que jamás ha tenido a su disposición ningún movimiento de este tipo. Y en ella los participantes han aprendido el uso de las herramientas digitales más avanzadas. Muchos, además, son estudiantes universitarios o profesionales que la manejan a diario en sus vidas y que incluso diseñan sus propias herramientas o ya tienen experiencia en la creación de productos audiovisuales de calidad.

Si sumamos todo (las actividades que se llevan a cabo físicamente en las plazas con todo lo que se hace en Internet, lo artístico y la conciencia social, el acceso rápido y prácticamente gratuito -en alguna de las plazas disponen de acceso gratis a Internet a partir de las instalaciones municipales de Wifi- a una fuente inagotable de datos y el conocimiento experto de las herramientas digitales más modernas) nos sale lo que observamos, desde la explosion de una creatividad en la que se junta el compromiso más elevado y los elementos lúdicos (en este movimiento, para escándalo de los revolucionarios más ortodoxos que se apresuran a condenarlo con la misma contundencia que los más refractarios conservadores y con los que coinciden en haber pedido que la gente se echara a las calles para derribar al gobierno socialista y que ahora demandan con la misma contundencia que se vuelvan a casa ignorantes de que es muy difícil detener una dinámica como la que solicitaban, hay una forma de entender el compromiso que no excluye la alegría: no les parece serio), hasta la capacidad de usar la teconología para ofrecer o reproducir una información eficaz que desborda la oficial o la de los medios de comunicación. Ayer oí a un experto decir que el Movimiento había sido alimentado por la presencia de la televisión y la prensa escrita en ellos: lo único que demostró es que vive todavía en el siglo XX, que no se ha dado cuenta de que estas personas consumen información fundamentalmente a través de las pantallas de su ordenador. Y que son capaces, con la misma eficacia que los profesionales más avanzados, de hacer eficaces videos informativos que completan o matizan lo que dicen los de las televisiones, fotografías que denuncian las acciones policiales o resaltan y documentan la estética del Movimiento y que pueden ganar los premios internacionales de mayor prestigio del próximo año, entrevistas a los participantes, pero también videos ingeniosos sobre lo que está pasando que denotan una alta capacidad artística y cultural. Estoy convencido de que entre los que hacen esto saldrán algunas de las figuras más representativas de la cultura española de las próximas décadas, como si todo hubiera reverdecido con el rocío del mes de mayo.

viernes, 27 de mayo de 2011

Decisiones poco inteligentes. Sobre el intento de desalojo de una de las acampadas del Movimiento 15 de mayo


La desproporcionada y poco inteligente acción policial con la que se ha intentado desalojar la Plaza de Cataluña de Barcelona, ha conseguido el efecto contrario al buscado. Una cosa es que las acampadas deban levantarse por la propia pervivencia y huella histórica del Movimiento -cosa de la que ya he hablado en este espacio y se debate en las asambleas-, otra cosa es que comiencen a verse afectados los comerciantes de las zonas de las acampadas y haya vecinos que se manifiesten cansados de la ocupación de las plazas públicas y otra muy distinta es que los mandos superiores de la policía y los políticos que los dirigen sean tan poco inteligentes en la toma de decisiones como esta. Esto confirma, una vez más, que no han comprendido en absoluto la naturaleza y novedad de lo que está ocurriendo estos días en España y que sus asesores han envejecido tanto como los partidos políticos tradicionales. Alguien debería dimitir o ser destituido bien por irresponsable bien por poco inteligente.


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miércoles, 25 de mayo de 2011

El pensamiento colectivo y el Movimiento del 15 de mayo.


El pensamiento colectivo, concepto debatido puesto que parte de una inicial contradicción en la forma tradicional en la que los teóricos abordan la actividad mental como algo esencialmente individual, es clave para comprender los fenómenos que suceden a partir de las redes sociales, como el Movimiento del 15 de mayo en España.

Siempre ha existido esta realidad, la denominemos con el término que sea: el pensamiento individual parte de lo que otros individuos han elaborado antes que nosotros y se matiza y enriquece confrontando ante un grupo lo que uno piensa siempre y cuando estemos dispuestos al verdadero diálogo.

Internet ha facilitado herramientas suficientes para que este proceso de diálogo crezca exponencialmente, tanto en rapidez como en el número de personas que integra el grupo con el que el individuo interactúa. Evidentemente, en Internet, como fuera de Internet, la mayoría de las conversaciones repetirán conceptos no originales más o menos asimilados, pero dentro de la red el crecimiento exponencial de las conversaciones y su extensión intercultural facilita la selección de los datos pertinentes y la meditación de las ideas más certeras para cada problema a aquellos que tengan un cierto nivel de expertos en el uso de sus herramientas -que ya no son unas pocas personas como cuando la actividad de pensamiento elevado correspondía a un grupo selecto de cada comunidad sino decenas de miles, puesto que la red ha globalizado las conversaciones grupales-. Por otra parte, mientras que en grupos más pequeños puede haber tendencia a que unos pocos se conviertan en guardianes de los secretos, sacerdotes que conocen los misterios o secretarios que depositan los documentos en cajas inaccesibles para la mayoría y que solo ellos puedan establecer contactos con los guardianes de otra comunidad, en Internet todo está sometido continuamente a contraste y debate. Incluso la mera constancia del impacto de visitas o la repetición de un hashtag, supone no solo la constatación de la popularidad de un fenómeno sino la posibilidad de vigilancia por miles de personas del desarrollo de una situación y su capacidad para interactuar con ella.

Para aquellos que no estén acostumbrados a estos procesos, lo que sucede en la red puede resultar caótico, pero las generaciones nativas -es decir, aquellas que han nacido ya en la era de Internet y la usan como una herramienta básica en su vida- son capaces de orientarse en la red de una manera que los no nativos jamás llegaremos a hacer. Y, en contra de las fáciles críticas que se lanzaban en los años precedentes, saben cómo utilizar lo que hallan dentro de la red fuera de ella: para estas personas no hay una frontera que parta el mundo virtual del real en este sentido.

Lo que ahora podemos denominar pensamiento colectivo es radicalmente diferente a las teorías del Romanticismo alemán que depositaban en el pueblo la creación de ideas o arte a partir de la noción de tradicionalidad, aunque algunas de las premisas puedan servirnos en un nuevo contexto. El nuevo pensamiento colectivo no anula al individuo, sino que se construye en continuo diálogo con él. El pensamiento colectivo consiste en miles de personas meditando y hablando entre sí sobre un problema sin interrupciones -Internet nunca duerme, salva con gran facilidad las barreras idiomáticas y ha generado una intersección cultural, una especie de convención que permite entenderse a gente de orígenes muy diferentes-. Evidentemente, como en todas las conversaciones -sucedan o no en Internet-, habrá paréntesis, desviaciones del tema inicial, enfrentamientos y disensiones, pero en la red siempre quedará el suficiente número de personas que reflexionen sobre el tema de partida y cada una de sus vertientes, que volverán a cruzarse en algún momento y generar nuevos conceptos. El crecimiento exponencial de las posibilidades genera no solo más ruido, cosa en la que insisten los detractores de estas herramientas, sino también más logros. Por otra parte, la red permite de forma más eficaz que se reúnan grupos heterogéneos de personas y grupos especializados y que una misma persona pueda estar a la vez en varios de ellos con roles diferentes en cada uno: desde mero observador hasta como generador de ideas, pasando por todas las etapas intermedias. Y no excluye el trato personal ni el encuentro físico: los usuarios actuales de Internet están muy alejados de la figura tópica del ser extravagante aislado en su casa durante días y sin relaciones personales. Esta ha sido la gran novedad de los movimientos de los últimos meses y la dinámica va en crecimiento.

Sucede, además, que permite el trabajo en equipo con una eficacia jamás vista: tantos miles de personas abordando sobre un mismo problema encuentran rápidamente la información y el asesoramiento experto necesario para divulgar la problematización, las soluciones y las conclusiones finales, que servirán de punto de partida para la próxima situación. Y todo ello en un tiempo sorprendente y con una calidad que es difícilmente combatible por aportaciones particulares o de grupos de trabajo sin estas dinámicas tan globalizadas.

Hay otro aspecto singular, cada vez más reseñable: el poco afán de fama individual, en contraste con los pensadores antiguos, puesto que a la mayoría de las personas les basta con estar allí, con vivir los hechos y sentirse protagonistas de la historia de forma colectiva. Una de las cosas que más ha descolocado a los medios de comunicación tradicionales y a los expertos que opinan sobre lo que sucede es no hallar, en los hechos que se han sucedido en los últimos meses tanto en los países árabes como en España, líderes claramente identificables. Intentan analizar una nueva realidad con parámetros tradicionales y no consiguen resultados eficaces.

A pesar de que en la evolución de estos movimientos, que tienen su propia historia escrita (no solo en la red, incluso en las manifestaciones de la Puerta del Sol de Madrid hay un grupo de trabajo que se encarga de la documentación de todo lo que sucede), hay nombres individuales y portavoces que han acudido a las entrevistas de los medios de comunicación (muchas veces son portavoces por rotación entre los miembros de un mismo grupo de trabajo), no existe -al menos, por ahora y no es previsible que así suceda por la misma esencia del movimiento- una relación de cabezas visibles de estas acciones. Incluso existe un amplio grupo en la red -con expresión física en sus acciones identificable por una máscara que podemos hallar con idénticas facciones en movilizaciones convocadas en cualquier parte del mundo- que se autocalifica como Anonymus y que amplia el significado del anonimato de una forma que ha llamado la atención ya de sociólogos y politólogos.

Estas circunstancias dificultan enormemente el control de estos movimientos por grupos concretos, sectores ideológicos o la desintegración a partir de presiones dirigidas desde el poder económico, político o mediático. Entre otras cosas, porque si un grupo ideológico cohesionado se apropiara del movimiento por ser el más constante en la presencia física de las acciones, sería inmediatamente refutado y superado por las corrientes de opinión generadas en la red. Por eso, estas movilizaciones podrían detenerse mañana mismo, pero continuarían vivas en Internet, en donde se generaron, a la espera de su siguiente acto de visibilidad pública porque, por otra parte, es fácil pronosticar que las acciones serán cada vez más frecuentes y extendidas en el mapa mundial, superando en poco tiempo los primeros niveles locales y nacionales en los que se ha manifestado hasta el momento.

lunes, 23 de mayo de 2011

El Movimiento del 15 de mayo y las redes sociales

Hace tan solo cinco años era común negar cualquier utilidad social a Internet. Muchos expertos despreciaban la red y no la consideraban como una herramienta para difundir o crear cultura o suscitar debates y corrientes de opinión. A uno le oí decir que solo servía para colgar un pdf con la información básica pero nada más. Hace tan solo dos años di una conferencia en unas jornadas en las que se reunía un grupo de artistas y los que se decían más implicados en luchas sociales pensaban en Internet tan solo como una vía por la que el sistema fomentaba el consumismo, el negocio de la pornografía o el ocio irresponsable, es decir, el control mental sobre las personas. Todavía hace un año se podía oír a periodistas de gran nivel profesional despreciar Internet como medio profesional de expresión y aun hoy se les nota el corporativismo al hablar sobre fenómenos típicos de Internet como los blogs. Los que vimos desde su inicio cómo ampliaba el horizonte y todas las posibilidades sociales y culturales a veces asistíamos a conversaciones fatigosas con personas que de tan revolucionarias que se dicen parecían extrañamente reaccionarias, al negar a todo proceso tecnológico de la era virtual capacidad para cambiar el mundo.

Desde hace unos meses ha quedado demostrada la fuerza de las diferentes herramientas virtuales, en especial las redes sociales, para saltar a la realidad e interactuar con ella para modificarla a una velocidad que nunca ha tenido ninguna otra herramienta de comunicación del pasado. Por otra parte, no es solo que haya aumentado la velocidad de la comunicación de ideas o estrategias, sino que también ha favorecido algo que ninguno de los anteriores medios de comunicación o divulgación de ideas podía alcanzar: la interacción inmediata, el hecho de un pensamiento colectivo producto de un debate también colectivo y su traslación rápida a la sociedad.

Aquellos que piensan que el mercado convierte a la gente que usa Internet en meros consumidores no se dan cuenta de que estos tienen una fuerza: el mercado les necesita para sobrevivir y no puede anular su capacidad para usar la misma herramienta para corregir sus efectos más perversos. El porcentaje de gente consciente en Internet puede ser el mismo que fuera de Internet, pero dentro de la red están conectados, interactúan y se relacionan en segundos entre ellos, salvando cualquier barrera que pueda suponer el idioma.

En estos momentos, es muy difícil que nada se escape a un teléfono móvil conectado a Internet: no solo las fotografías de un famoso pillado en una playa con su pareja, sino también una actuación policial desmedida o una acción cultural en un espacio concreto. Todo ello puede expresarse, en cuestión de minutos, en entradas de texto, fotografías o videos. Por supuesto que puede ser afectado por la manipulación, como cualquier noticia en un medio de comunicación tradicional, pero eso no es el asunto de raíz.

Internet no está facilitando solo la comunicación de un testimonio, sino también el debate y la opinión. Quizá los que somos mayores no podamos acompañar la velocidad y la cantidad de información de Internet, pero los jóvenes sí saben hacerlo: han nacido con este sistema como nosotros lo hicimos con la televisión. Sin embargo, hasta hace poco parecía que lo que sucedía en Internet se quedaba en Internet y, como mucho, se alababa la capacidad de un hacker (al que se describía poco menos que como a un extraño ser sin capacidad de relacionarse con nadie más que con otros hackers) para vulnerar las defensas electrónicas de sistemas bancarios, de grandes empresas o de la Casa Blanca.

Desde hace unos meses, lo que ha sorprendido a los medios de comunicación mundiales es que Internet está generando efectos fuera de Internet capaces de conmocionar a la opinión pública o, incluso, alterar el curso de la situación política de un país: lo hemos visto con los papeles de Wikileaks pero también con las revoluciones del mundo árabe. La fuerza generada es tanta que lo que se ha preparado y debatido en Internet puede arrastar a miles de personas, muchas de las cuales jamás han entrado en la red. Esto es la novedad a la que asisitimos en estos tiempos y que algunos ya intuíamos desde hace años: y esto es lo que ha pasado también con el Movimiento del 15 de mayo en España. Aunque se levanten las acampadas de las plazas, el debate puede volver a la red con la seguridad, gracias a la experiencia, de que puede regresar a las calles en cualquier momento.

A muchos les ha sorprendido la capacidad de organización que ha demostrado el Movimiento. Las opiniones en este sentido resultan viejas, singularmente viejas y sorprendentemente desinformadas: estos jóvenes están muy bien formados, llevan debatiendo estas cosas desde hace mucho tiempo en las redes sociales, tienen en segundos en la pantalla de su ordenador toda la información necesaria para gestionar una situación de este tipo desde cómo organizar una acampada en una plaza pública hasta asesoramiento legal de los más expertos abogados nacionales o internacionales, consiguen reunir a todo tipo de personas en un grupo de trabajo con información eficaz que ya está en la red o se genera en pocas horas, etc. Y algo que tampoco parecen comprender muchos: son capaces de ofrecer su tiempo y sus conocimientos gratis y usan una herramienta a la que también pueden acceder gratis o por poco dinero y en la que hallan documentos ya trabajados por otros que hasta hace pocos años costaba días encontrar, seleccionar y usar. Sorprende la ignorancia sobre esto que han demostrado muchos periodistas y supuestos expertos al opinar. Yo he visto a estos jóvenes en mis aulas y sé de lo que son capaces.

Quien no sepa ver cómo están cambiando las herramientas de intervención en la vida pública y siga pensando que la televisión o la radio es la vía fundamental de comunicación y de opinión, ignora que las generaciones más jóvenes están en otro sitio: para ver películas, para comunicarse entre ellos, para estudiar o investigar. Pero también para debatir y sentirse protagonistas de la historia y saltar a las calles. Lo veremos cada vez más y en todas las partes del mundo.

domingo, 22 de mayo de 2011

Del 15 al 22 de mayo


El resultado de las elecciones municipales y regionales en España ha confirmado la tendencia que venían detectando las encuestas en los últimos meses. Para muchos esto confirma certezas, para mí interrogantes tanto sobre la mayoría de la sociedad española como sobre nuestros partidos políticos. Se abre un período convulso en la política española: el Partido Popular incrementará su demanda de elecciones anticipadas para aprovechar el impulso y los efectos de la crisis económica en la caída del Gobierno nacional ante la opinión pública; el Partido Socialista Español, aparte de la frustración por el resultado, se hallará inmerso en primarias e intentará ganar tiempo para que el efecto de la crisis se atenúe. A pesar de la subida en votos de Izquierda Unida, el bipartidismo se consolida y los partidos minoritarios no suponen una gran alteración en esto puesto que solo sirven como socios para el gobierno o para alcanzar poder en sus territorios. El Movimiento del 15 de  mayo no ha tenido incidencia notable en las votaciones: tampoco estaba en su definición de partida, aunque ha contribuido a dinamizar la que era, hasta ese momento, la peor campaña electoral de la democracia española y plantea un horizonte interesante.

Eso sí, parece que a todos se les olvida que en estas votaciones se elegían ayuntamientos locales y parlamentos regionales, es decir, los representantes que deben solucionar los problemas más próximos a la ciudadanía. Estos meses, hasta las elecciones generales, los que ya están hartos de política de cortoplacismo acabarán más hartos, porque no oiremos más que consignas de fácil digestión que solo intentarán ganar votos en la inminente convocatoria electoral jaleadas por los medios de comunicación afines. Por eso, hay que tomar distancia y pensar en las cosas que no vamos a oír en la boca de la mayoría de nuestros políticos. Por eso, cada vez más se necesitan ciudadanos conscientes, que piensen por su cuenta, opinen y debatan. Del 15 de mayo al 22 de mayo hay una distancia que marcan los votos tal y como se depositan en las urnas. Queda por ver qué pasa desde el 22 de mayo hasta la siguiente convocatoria electoral.

sábado, 21 de mayo de 2011

El desprecio al ágora de la clase política. Más sobre el Movimiento del 15 de mayo


Harán mal los partidos políticos en despreciar o ignorar las movilizaciones de estos días en España conocidas ya como el Movimiento del 15 de mayo. Por supuesto que el sistema democrático español se organiza en sistemas de representación y estos, en un estado moderno, solo pueden darse a través de partidos políticos o agrupaciones de electores (en algunos países comienzan a gestarse interesantes movimientos de este tipo, pequeñas agrupaciones sin ideario político que hacen presente en las instituciones la voz de los ciudadanos de a pie). Pero hay algo palpable en la sociedad española: el desprestigio generalizado de los partidos y de los políticos, en especial de los llamados políticos profesionales, es decir, aquellas personas que han desarrollado toda su vida adulta en cargos de representatividad política sin haber trabajado fuera de las instituciones, moviéndose siempre en intrigas palaciegas, afinidades con medios de comunicación y aprendiendo gestos que les permitan posicionarse en las listas electorales a costa, muchas veces, de tragarse los escrúpulos y la honradez con la que entraron en la carrera política. De hecho, desde hace tiempo, en las encuestas más serias siempre figuran los políticos como uno de los tres grandes problemas para la sociedad española.

Demasiadas voces, entre estos políticos que no han sido otra cosa más que políticos desde hace veinte años y entre los comunicadores y contertulios de los medios de comunicación han rechazado con burlas e ironías fáciles a los participantes en las concentraciones. Es curiosa la coincidencia en las descalificaciones en políticos y periodistas de diferentes posiciones ideológicas, desde la extrema derecha a la extrema izquierda: califican a los que se movilizan como insustanciales, critican que no tengan programa definido, dudan de la espontaneidad del movimiento o la idoneidad de las fechas elegidas para manifestarse.

Considero que piden al movimiento algo que el movimiento no es ni puede ser. El programa verdadero del Movimiento del 15 de mayo es la insatisfacción con el rumbo de la actual situación política española. De las asambleas que se dan en sus plazas pueden salir propuestas articuladas más o menos originales, pero esa no es su principal función: estas personas se han echado a la calle para hacer ver a los políticos que están hartos y para comprobar que hay otros que piensan lo mismo y con los que pueden hablar, porque el diálogo pacífico es una de las características de los hechos a los que asistimos estos días. Y si los partidos políticos no tomaran nota de esto, el desprestigio del sistema político español se agudizaría, con todas las consecuencias futuras.

Además de exigírseles algo que los manifestantes no pueden hacer -presentar un programa político a la manera tradicional de los partidos políticos cuya organización interna es tan ferreamente jerarquizada y organizada en luchas internas de familias a la manera de las estructuras decimonónicas-, se les pide que, para tener legitimidad deben continuar su presencia en las concentraciones más allá de las elecciones de mañana domingo. Si no lo hacen así se les acusa de estar manipulados y tener un interés oculto de favorecer a unas u otras opciones políticas en una teoría conspirativa que ve manos negras en la organización de los actos.

Considero que este tipo de análisis es errado y está superado por la realidad de los acontecimientos. Las acampadas en las plazas públicas deberán terminar antes o después: los estudiantes están en período de exámenes, aquellos que tengan trabajo deben procurar no perderlo, los que no lo tienen deben buscarlo, otros deben acudir a su vida cotidiana, todos necesitarán descanso y volver a la normalidad. Pero ya no estamos en épocas en las que cuando la gente desaparece de la calle todo se ha concluido. Por una parte, la capacidad de debate y de organización de personas que nunca se han visto en estas circunstancias es digna de todo elogio. Y esto permanecerá en la memoria colectiva durante mucho tiempo. Se han visto reforzados por la atención que les han dedicado los medios de comunicación nacionales e internacionales. Han visto cómo en decenas de ciudades de todo el mundo sus movilizaciones han sido imitadas y se comienza a hablar, por los analistas políticos más importantes, de la "Revolución española". Nada de esto pasará sin tener un efecto sociológico de gran interés.

Por otra parte, la movilización se ha gestado en Internet, en especial en las redes sociales. Nada de lo que se ha dicho estos días en las plazas de España puede sorprender a los que nos movemos en estas herramientas, puesto que el descontento era evidente y se manifestaba desde hace meses con estos términos. Cuando las concentraciones se levanten, los participantes y muchos más seguirán elaborando sus ideas, sus propuestas y su sentir en Internet.

Dentro de menos de un año, en España habrá elecciones generales. Si los partidos políticos no hacen caso y corrigen sus muchos errores cometidos, veremos cómo vuelven a tomarse las plazas, pero para entonces la decepción será mayor.

viernes, 20 de mayo de 2011

Sobre la movilización española desde el 15 de mayo







El indudable éxito de la movilización de una parte de la sociedad española a partir de la convocatoria del 15 de mayo pasado lanzada desde la plataforma denominada Democracia real ya (a la que se sumó este espacio) supone la cristalización de un clima de descontento generalizado que se detectaba desde el estallido de la última crisis económica. En gran parte de las ciudades españolas hay, en estos momentos, concentraciones de ciudadanos que han ido creciendo en número de participantes y que han llamado la atención de los medios de comunicación de todo el mundo.

El gobierno español, tras una cierta pasividad que le llevó a negar la gravedad de la crisis, giró hace algo más de un año su política, al dictado de diferentes instituciones internacionales y, en especial, por exigencia de los gobernantes conservadores de las grandes potencias europeas, en especial Alemania, y, según han informado algunos grandes medios de comunicación, por las presiones amistosas del Presidente de los EE.UU., Obama, que llamó por teléfono personalmente al Presidente español para convencerlo.

Posiblemente gracias a ello el gobierno consiguiera salvar la economía española según los parámetros que rigen el mercado en el mundo actual (es decir, entregándose a las directrices emanadas en el mismo sistema que ha causado la crisis y acentuando la irritación de la gente que veía cómo no se distribuían las cargas proporcionalmente a la responsabilidad), aunque aun no se hayan visto los frutos de una forma que tranquilice a la opinión pública: de hecho, España se alejó del terrible panorama de la intervención de sus cuentas públicas como ha sucedido en Grecia o Portugal, cosa que no interesaba ni a la mayoría de los españoles ni a la Unión Europea. En un mundo con leyes de mercado implacables basadas en el poder económico parece imposible pensar en otro tipo de medidas o, al menos, nadie ha podido articular un camino propio para salir de la crisis diferente en lo esencial y que recupere algunas de las esencias de los antiguos postulados de izquierdas y que en la actualidad parecen estar gestando un nuevo tipo de conciencia cívica que no quiere derribar el sistema sino modificarlo para que sea más justo poniendo freno a la insaciable voracidad de una economía globalizada controlada por corporaciones supranacionales difícilmente controlables desde gobiernos nacionales con escasa capacidad de coordinar políticas internacionales que den soluciones a los nuevos retos surgidos tras la caída del muro de Berlín.

Es indudable que el gobierno socialista español, con aquella decisión, se alejaba, en aras de la denominada responsabilidad política, de una buena parte de su electorado a la vez que rompía definitivamente con los sectores más a su izquierda. Con ello tampoco se ganaba adeptos entre el electorado del conservador Partido Popular, algunos de cuyos dirigentes han ejercido la oposición política de una forma un tanto irresponsable puesto que alimentaban el camino del desastre como herramienta para adelantar las elecciones y conseguir una victoria fácil gracias a la caída del PSOE ante la opinión pública. Por esas circunstancias que de vez en cuando se dan en la historia, el PSOE ha realizado ya buena parte de los recortes y medidas que hubiera tenido que hacer el PP en sus primeros meses de gobierno y que son más afines al programa del actual partido de la oposición. Estas medidas han barrido de la memoria del electorado español las indudables buenas políticas sociales de los primeros años del gobierno del actual Presidente.

Si nadie recuerda ya estas medidas ante el recorte del último año; si nadie ve todavía la eficacia de las decisiones drásticas tomadas y el temor sigue instalado en los sectores económicamente menos favorecidos (el consumo de los hogares españoles sigue paralizado); si en la conciencia de gran parte de los ciudadanos que contribuyeron en el pasado al triunfo del PSOE se igualan estas decisiones a las que hubiera tomado la derecha, es lógico que entre este sector de la población española haya cundido el desafecto, que se ha sumado a las tesis de otras posiciones más a la izquierda y que, hasta ahora, no pasaban de ser grupos minoritarios tanto en su composición como en su efectividad. Es todo este amplio abanico de la sociedad española el que ha hecho triunfar la movilización actual o, al menos, la mira con simpatía.

Aunque el movimiento no declare una procediencia ideológica concreta, es evidente para cualquier observador que quienes se están movilizando estos días no pertenecen a la derecha aunque también se haya visto afectada por la crisis económica, sino a un espectro muy general que va desde el centro izquierda -que, según los expertos sociólogos correspondería al retrato del español medio y que en algunas elecciones ha llegado a votar a un Partido Popular que no se presentaba conservador sino centrado- hasta la izquierda más extrema. Sin embargo, también hay una fuerte tendencia, en especial entre los más jóvenes que participan en estas movilizaciones, a no reconocerse en los viejos planteamientos derecha-izquierda: muchos de ellos proceden de unos años en los que, pasada la euforia de las primeras décadas de democracia, se gestó una mirada decepcionada sobre los postulados ideológicos tradicionales y, aunque pueden ser adscritos por cualquier sociólogo al abanico que mencionaba anteriormente, eso no les lleva a reconocerse en ninguno de los grandes partidos y, mucho menos, en sus dirigentes. Es una cuestión sobre la que merece la pena volver: jóvenes ciudadanos que quieren vivir en democracia pero que no ven en la oferta electoral ningún partido que los represente.

Al recoger un abanico tan heterogéneo, las expresiones públicas que salen de las plazas en donde se concentran lo son también. Según dónde pongamos el micrófono o la cámara fotográfica, obtendremos frases e imágenes de un ama de casa que jamás ha salido a la calle a manifestarse pero que firma en las mesas de apoyo porque sus tres hijos se encuentran en el paro y ella está cansada de que siempre los desfavorecidos sean los que paguen todas las crisis mientras los grandes bancos aumentan impúdicamente los beneficios en tiempos de crisis y ella debe hacer milagros con el único sueldo que entra en la casa para mantener a todos y pagar la hipoteca; un joven de veintitantos años sobradamente preparado pero que no encuentra trabajo y sabe que jamás podrá jubilarse en buenas condiciones económicas porque su horizonte laboral será de sueldos miserables y trabajo inestable; un anciano que recuerda los tiempos de lucha antifranquista y se alegra de que los jóvenes al fin despierten; personas que vivieron la transición hacia la democracia tras la muerte de Franco y han sentido la decepción ocasionada por partidos políticos que se han ido alejando de la sociedad; personas que siempre quisieron tomar parte en la vida pública pero se vieron atrapados en una inercia de necesidades vitales a las que debieron hacer frente antes que animarse a presentarse en la calle como parte de la conciencia democrática del país; un joven que procede de las recientes luchas antisistemas y que se ve, al fin, reconocido en su combate de los últimos años aunque sus exigencias sean más extremas que las de la mayoría de los que le rodean, etc.

Ha sido curiosa la reacción de los grandes partidos nacionales españoles: el PSOE comprende a los que se movilizan estos días, a pesar de que lo hacen decepcionados por las medidas que han tomado en el gobierno; el PP va desde una utilización de las movilizaciones contra el gobierno socialista por ser el culpable de todos los males hasta la recuperación de unas ridículas teorías conspirativas según las cuales las movilizaciones estarían organizadas bien por el mismo Ministro del Interior contra la derecha para conseguir una subversión de los previsibles resultados electorales del próximo domingo bien por la misma organización terrorista ETA; Izquierda Unida ha pretendido capitalizar todo, como depositaria de las tesis de la izquierda pura, sin darse cuenta de que quienes se movilizan no la han tenido en cuenta para nada. El resto de los partidos se ha visto descolocado: ni creían en estas movilizaciones ni pensaban que fueran a tener el éxito que han tenido.

En estos días se ha vinculado la movilización española con las revoluciones ocurridas en los últimos meses en algunos países árabes. Aunque hay indudables puntos de conexión -el protagonismo inicial de los jóvenes, el uso de Intenet y específicamente de las redes sociales, el descontento de un sector de la población que ve truncado su presente y futuro, la organización asamblearia de las concentraciones-, los hay también que lo alejan radicalmente. España es una democracia y las alteraciones en el pulso democrático detectadas en los últimos años -que he intentado poner en evidencia en varias entradas en este blog desde su inicio- no se debe a un gobierno dictatorial sino a la pasividad de una sociedad que se vio, de pronto, enriquecida y aceptó a cambio cerrar los ojos ante la corrupción y la pérdida de valores y acoger sin más un mundo propio de un parque temático y una buena dosis de anestesia servida por los grandes medios de comunicación.

Han tenido que venir una brutal crisis económia; unas drásticas medidas de las que aun no se han visto los frutos -tan radicales que hasta el FMI hace unas pocas fechas dijo que condenaban a los jóvenes españoles a ser una generación perdida sin futuro, en unas declaraciones hipócritas del que entonces era su Director que ocultaba que eran medidas exigidas, entre otros, por el mismo FMI-; una decepción con los gobernantes que por ideología hubieran debido comprender mejor a los más desfavorecidos; la poca esperanza en que el principal partido de la oposición y sus dirigentes -que suspenden en todas las encuestas valorativas tanto como los que hoy gobiernan- arreglen las cuestiones sociales provocadas por la crisis; las cifras que hablan de que más del 40% de los jóvenes españoles no encuentran empleo a pesar de su formación; las medidas que los condenarán a una vejez con unas expectativas económicas peores que las de sus padres, etc., para que esta parte de la sociedad que no se encuentra ya representada por los dirigentes de ninguno de los grandes partidos nacionales despierte y tome las calles.

Como parte de esa radical diferencia de las movilizaciones españolas con respecto a las revoluciones árabes, el domingo hay elecciones locales y regionales en España, lo que ha planteado un interesante problema legal sobre la pertinencia de las concentranciones y el debate sobre si contravienen o no la jornada de reflexión, además de un problema para el gobierno sobre cómo gestionar las medidas policiales. Desde mi punto de vista no deberían levantarse las concentraciones mientras se mantengan dentro de algunos límites: no pedir el voto para ningún partido ni alterar el orden público más allá de lo estrictamente necesario para una concentración ciudada pacífica.

Como evidencia del éxito de las concentraciones se han visto irremediablemente alteradas unas elecciones que se planteaban anodinas, sin nigún tipo de aliciente en el debate entre partidos-que ha sido inexistente sin que esto haya decepcionado a nadie puesto que no se esperaba nada de la campaña electoral dado el nivel de desánimo de los ciudadanos, como ha puesto de manifiesto que en muchos mítines no se hayan conseguido llenar con fieles aplaudientes los locales en los que se celebraban-, una campaña electoral plagada de lugares fáciles y consignas que tomaban a la ciudadanía por estúpida e inmadura. Desde el 15 de mayo todos los partidos han tenido que cambiar sobre la marcha: se les nota preocupados y deben estarlo porque en las plazas se escuchan frases que refutan su actuación en los últimos tiempos, desde la conciencia cívica de ciudadanos que ejercen sus derechos desde dentro del sistema para mejorarlo y no para derribarlo. Si en las próximas horas las manifestaciones mantienen pacíficamente este pulso sin ceder ante las provocaciones que llegarán tanto desde dentro como desde fuera de las concentraciones, será toda una lección de conciencia democrática cívica.

Muchos de los que participan en las concentraciones no votarán, a pesar de que en las tesis generales del movimiento no se pide en ningún momento dejar de votar: por ideología o por decepción. El que esto firma, sí lo hará. Porque la democracia es participar en la vida pública, ejercer todas las medidas de expresión de la opinión, pedir cuentas a los políticos que nos gobiernan y a las instituciones, ejercer todas las posilidades de presión legal sobre ellos. Pero también y sobre todo votar. Eso sí, si siempre es necesario votar en conciencia, esta vez lo es más que nunca.