El indudable éxito de la movilización de una parte de la sociedad española a partir de la convocatoria del 15 de mayo pasado lanzada desde la plataforma denominada
Democracia real ya (
a la que se sumó este espacio) supone la cristalización de un clima de descontento generalizado que se detectaba desde el estallido de la última crisis económica. En gran parte de las ciudades españolas hay, en estos momentos, concentraciones de ciudadanos que han ido creciendo en número de participantes y que han llamado la atención de los medios de comunicación de todo el mundo.
El gobierno español, tras una cierta pasividad que le llevó a negar la gravedad de la crisis, giró hace algo más de un año su política, al dictado de diferentes instituciones internacionales y, en especial, por exigencia de los gobernantes conservadores de las grandes potencias europeas, en especial Alemania, y, según han informado algunos grandes medios de comunicación, por las presiones amistosas del Presidente de los EE.UU., Obama, que llamó por teléfono personalmente al Presidente español para convencerlo.
Posiblemente gracias a ello el gobierno consiguiera salvar la economía española según los parámetros que rigen el mercado en el mundo actual (es decir, entregándose a las directrices emanadas en el mismo sistema que ha causado la crisis y acentuando la irritación de la gente que veía cómo no se distribuían las cargas proporcionalmente a la responsabilidad), aunque aun no se hayan visto los frutos de una forma que tranquilice a la opinión pública: de hecho, España se alejó del terrible panorama de la intervención de sus cuentas públicas como ha sucedido en Grecia o Portugal, cosa que no interesaba ni a la mayoría de los españoles ni a la Unión Europea. En un mundo con leyes de mercado implacables basadas en el poder económico parece imposible pensar en otro tipo de medidas o, al menos, nadie ha podido articular un camino propio para salir de la crisis diferente en lo esencial y que recupere algunas de las esencias de los antiguos postulados de izquierdas y que en la actualidad
parecen estar gestando un nuevo tipo de conciencia cívica que no quiere derribar el sistema sino modificarlo para que sea más justo poniendo freno a la insaciable voracidad de una economía globalizada controlada por corporaciones supranacionales difícilmente controlables desde gobiernos nacionales con escasa capacidad de coordinar políticas internacionales que den soluciones a los nuevos retos surgidos tras la caída del muro de Berlín.
Es indudable que el gobierno socialista español, con aquella decisión, se alejaba, en aras de la denominada responsabilidad política, de una buena parte de su electorado a la vez que rompía definitivamente con los sectores más a su izquierda. Con ello tampoco se ganaba adeptos entre el electorado del conservador Partido Popular, algunos de cuyos dirigentes han ejercido la oposición política de una forma un tanto irresponsable puesto que alimentaban el camino del desastre como herramienta para adelantar las elecciones y conseguir una victoria fácil gracias a la caída del PSOE ante la opinión pública. Por esas circunstancias que de vez en cuando se dan en la historia, el PSOE ha realizado ya buena parte de los recortes y medidas que hubiera tenido que hacer el PP en sus primeros meses de gobierno y que son más afines al programa del actual partido de la oposición. Estas medidas han barrido de la memoria del electorado español las indudables buenas políticas sociales de los primeros años del gobierno del actual Presidente.
Si nadie recuerda ya estas medidas ante el recorte del último año; si nadie ve todavía la eficacia de las decisiones drásticas tomadas y el temor sigue instalado en los sectores económicamente menos favorecidos (el consumo de los hogares españoles sigue paralizado); si en la conciencia de gran parte de los ciudadanos que contribuyeron en el pasado al triunfo del PSOE se igualan estas decisiones a las que hubiera tomado la derecha, es lógico que entre este sector de la población española haya cundido el desafecto, que se ha sumado a las tesis de otras posiciones más a la izquierda y que, hasta ahora, no pasaban de ser grupos minoritarios tanto en su composición como en su efectividad. Es todo este amplio abanico de la sociedad española el que ha hecho triunfar la movilización actual o, al menos, la mira con simpatía.
Aunque el movimiento no declare una procediencia ideológica concreta, es evidente para cualquier observador que quienes se están movilizando estos días no pertenecen a la derecha aunque también se haya visto afectada por la crisis económica, sino a un espectro muy general que va desde el centro izquierda -que, según los expertos sociólogos correspondería al retrato del español medio y que en algunas elecciones ha llegado a votar a un Partido Popular que no se presentaba conservador sino centrado- hasta la izquierda más extrema. Sin embargo, también hay una fuerte tendencia, en especial entre los más jóvenes que participan en estas movilizaciones, a no reconocerse en los viejos planteamientos derecha-izquierda: muchos de ellos proceden de unos años en los que, pasada la euforia de las primeras décadas de democracia, se gestó una mirada decepcionada sobre los postulados ideológicos tradicionales y, aunque pueden ser adscritos por cualquier sociólogo al abanico que mencionaba anteriormente, eso no les lleva a reconocerse en ninguno de los grandes partidos y, mucho menos, en sus dirigentes. Es una cuestión sobre la que merece la pena volver: jóvenes ciudadanos que quieren vivir en democracia pero que no ven en la oferta electoral ningún partido que los represente.
Al recoger un abanico tan heterogéneo, las expresiones públicas que salen de las plazas en donde se concentran lo son también. Según dónde pongamos el micrófono o la cámara fotográfica, obtendremos frases e imágenes de un ama de casa que jamás ha salido a la calle a manifestarse pero que firma en las mesas de apoyo porque sus tres hijos se encuentran en el paro y ella está cansada de que siempre los desfavorecidos sean los que paguen todas las crisis mientras los grandes bancos aumentan impúdicamente los beneficios en tiempos de crisis y ella debe hacer milagros con el único sueldo que entra en la casa para mantener a todos y pagar la hipoteca; un joven de veintitantos años sobradamente preparado pero que no encuentra trabajo y sabe que jamás podrá jubilarse en buenas condiciones económicas porque su horizonte laboral será de sueldos miserables y trabajo inestable; un anciano que recuerda los tiempos de lucha antifranquista y se alegra de que los jóvenes al fin despierten; personas que vivieron la transición hacia la democracia tras la muerte de Franco y han sentido la decepción ocasionada por partidos políticos que se han ido alejando de la sociedad; personas que siempre quisieron tomar parte en la vida pública pero se vieron atrapados en una inercia de necesidades vitales a las que debieron hacer frente antes que animarse a presentarse en la calle como parte de la conciencia democrática del país; un joven que procede de las recientes luchas antisistemas y que se ve, al fin, reconocido en su combate de los últimos años aunque sus exigencias sean más extremas que las de la mayoría de los que le rodean, etc.
Ha sido curiosa la reacción de los grandes partidos nacionales españoles: el PSOE comprende a los que se movilizan estos días, a pesar de que lo hacen decepcionados por las medidas que han tomado en el gobierno; el PP va desde una utilización de las movilizaciones contra el gobierno socialista por ser el culpable de todos los males hasta la recuperación de unas ridículas teorías conspirativas según las cuales las movilizaciones estarían organizadas bien por el mismo Ministro del Interior contra la derecha para conseguir una subversión de los previsibles resultados electorales del próximo domingo bien por la misma organización terrorista ETA; Izquierda Unida ha pretendido capitalizar todo, como depositaria de las tesis de la izquierda pura, sin darse cuenta de que quienes se movilizan no la han tenido en cuenta para nada. El resto de los partidos se ha visto descolocado: ni creían en estas movilizaciones ni pensaban que fueran a tener el éxito que han tenido.
En estos días se ha vinculado la movilización española con las revoluciones ocurridas en los últimos meses en algunos países árabes. Aunque hay indudables puntos de conexión -el protagonismo inicial de los jóvenes, el uso de Intenet y específicamente de las redes sociales, el descontento de un sector de la población que ve truncado su presente y futuro, la organización asamblearia de las concentraciones-, los hay también que lo alejan radicalmente. España es una democracia y las alteraciones en el pulso democrático detectadas en los últimos años -que he intentado poner en evidencia en varias entradas en este blog desde su inicio- no se debe a un gobierno dictatorial sino a la pasividad de una sociedad que se vio, de pronto, enriquecida y aceptó a cambio cerrar los ojos ante la corrupción y la pérdida de valores y acoger sin más un mundo propio de un parque temático y una buena dosis de anestesia servida por los grandes medios de comunicación.
Han tenido que venir una brutal crisis económia; unas drásticas medidas de las que aun no se han visto los frutos -tan radicales que hasta el FMI hace unas pocas fechas dijo que condenaban a los jóvenes españoles a ser una generación perdida sin futuro, en unas declaraciones hipócritas del que entonces era su Director que ocultaba que eran medidas exigidas, entre otros, por el mismo FMI-; una decepción con los gobernantes que por ideología hubieran debido comprender mejor a los más desfavorecidos; la poca esperanza en que el principal partido de la oposición y sus dirigentes -que suspenden en todas las encuestas valorativas tanto como los que hoy gobiernan- arreglen las cuestiones sociales provocadas por la crisis; las cifras que hablan de que más del 40% de los jóvenes españoles no encuentran empleo a pesar de su formación; las medidas que los condenarán a una vejez con unas expectativas económicas peores que las de sus padres, etc., para que esta parte de la sociedad que no se encuentra ya representada por los dirigentes de ninguno de los grandes partidos nacionales despierte y tome las calles.
Como parte de esa radical diferencia de las movilizaciones españolas con respecto a las revoluciones árabes, el domingo hay elecciones locales y regionales en España, lo que ha planteado un interesante problema legal sobre la pertinencia de las concentranciones y el debate sobre si contravienen o no la jornada de reflexión, además de un problema para el gobierno sobre cómo gestionar las medidas policiales. Desde mi punto de vista no deberían levantarse las concentraciones mientras se mantengan dentro de algunos límites: no pedir el voto para ningún partido ni alterar el orden público más allá de lo estrictamente necesario para una concentración ciudada pacífica.
Como evidencia del éxito de las concentraciones se han visto irremediablemente alteradas unas elecciones que se planteaban anodinas, sin nigún tipo de aliciente en el debate entre partidos-que ha sido inexistente sin que esto haya decepcionado a nadie puesto que no se esperaba nada de la campaña electoral dado el nivel de desánimo de los ciudadanos, como ha puesto de manifiesto que en muchos mítines no se hayan conseguido llenar con fieles aplaudientes los locales en los que se celebraban-, una campaña electoral plagada de lugares fáciles y consignas que tomaban a la ciudadanía por estúpida e inmadura. Desde el 15 de mayo todos los partidos han tenido que cambiar sobre la marcha: se les nota preocupados y deben estarlo porque en las plazas se escuchan frases que refutan su actuación en los últimos tiempos, desde la conciencia cívica de ciudadanos que ejercen sus derechos desde dentro del sistema para mejorarlo y no para derribarlo. Si en las próximas horas las manifestaciones mantienen pacíficamente este pulso sin ceder ante las provocaciones que llegarán tanto desde dentro como desde fuera de las concentraciones, será toda una lección de conciencia democrática cívica.
Muchos de los que participan en las concentraciones no votarán, a pesar de que en las tesis generales del movimiento no se pide en ningún momento dejar de votar: por ideología o por decepción. El que esto firma, sí lo hará. Porque la democracia es participar en la vida pública, ejercer todas las medidas de expresión de la opinión, pedir cuentas a los políticos que nos gobiernan y a las instituciones, ejercer todas las posilidades de presión legal sobre ellos. Pero también y sobre todo votar. Eso sí, si siempre es necesario votar en conciencia, esta vez lo es más que nunca.