La fiebre es siempre individual, pero quien la provoca es una enfermedad de la especie. Junto al Arlanzón, esta mañana, el viento se templaba para girar hacia una primavera inestable. Quizá yo no estaba allí y todo era ensoñación frágil, pero junto al Palacio de la Isla mis pasos se adelgazaron en el sonido de una voz hinchada de retórica y ferocidad guerrera. Alguien dirá que no sucedió, pero sentí la fractura del tiempo subiéndome a la garganta. Levanté, tras el escalofrío, el cuello de mi abrigo y aceleré el paso. Amigo, debes hacer algo contra esta fiebre, que dura tanto.
Mostrando entradas con la etiqueta Arlanzón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arlanzón. Mostrar todas las entradas
miércoles, 1 de abril de 2009
domingo, 24 de agosto de 2008
El río enmarcardo.
Ahora que volvemos de vacaciones con las maletas llenas de días cuyas tramas de horas debemos deshacer, poner encima de la cama o en montones en un rincón, esperando el tiempo de lavarlas, como la ropa sucia que arrojamos dentro cuando las hicimos apresuradamente para volver a casa, ahora, digo, uno repasa estas fechas recientes y no sabe a qué carta quedarse.
A mí me cansa mucho viajar en vacaciones. Me gusta hacerlo en cualquier otro momento del año e, incluso, aprovecho mi trabajo para coger un tren en cuanto puedo con motivo de una conferencia o un Congreso. Pero las vacaciones siempre me fatigan y deshacer las maletas me trae, junto con los granos de arena que se nos pegaron en la última visita fugaz a la playa, una inevitable sensación de derrota que hace que sienta más firme mi idea de que las próximas las pasaré en casa, en la ciudad fantasma y vaciada, casi sin salir del barrio. Además, pocos de mis últimos viajes de vacaciones estivales han sido satisfactorios y ya se sabe que casi siempre se habla desde la experiencia reciente.
Luego, uno se reconcilia con la memoria, porque la fabrica, igual que hemos idealizado aquellos lugares a los que nos llevaban nuestros padres, ciertos veranos en los que fuimos felices o descubrimos el amor adolescente. Y nos paramos a ver, con calma, las fotografías tomadas, para decidir cuál imprimimos, cuál enmarcamos. Curiosamente, la primera que elijo es ésta de una curva del Arlanzón que ya ha salido en este blog: la última de las vacaciones y la primera de la vida cotidiana.
viernes, 25 de abril de 2008
Nuevos usos para el burgalés Palacio de la Isla
Es curioso cómo algunos usos marcan un edificio en la memoria colectiva. En este inmueble burgalés, fijó su residencia Franco en los dos últimos años de la Guerra Civil española, cuando el avance de las tropas sublevadas contra el gobierno republicano le animaron a trasladar la sede de su gobierno provisional, que hasta entonces se fijaba en Salamanca, ciudad más cercana al refugio de Portugal que hubiera sido su destino si la solución de la guerra hubiera sido distinta. De hecho, fue aquí donde se redactó y firmó el parte que daba fin a la guerra , que se leería en la emisora local de Radio Nacional, y cuyas palabras tenemos grabadas todos los españoles mayores de 40 años. La estancia de Franco y su Estado Mayor hace soñado el pasado burgués de este edificio de finales del XIX y el fugaz paso por él de las instituciones preautonómicas de Castilla y León. Poco después sirvió también para acoger provisionalmente una comisaría de policía tras un atentado de ETA y para otros fines locales. Desde entonces, este edificio parecía un caserón fantasmal, a la espera de la rehabilitación de un pecado del que no tenía culpa.Está tan cerca de mi locus amoenus, en el que situé la narración Nocturno, que he ido andando desde la Facultad y, por el camino, me ha sorprendido un día de primavera avanzada. En las aguas del Arlanzón, espejaba un sol casi de mayo. Hoy, con esta luz, parecían mentira algunos años duros de nuestra historia.
lunes, 3 de diciembre de 2007
Nocturno. Nota al lector.
Una tarde de lluvia realicé las fotos del relato, que se había construido en mi cabeza durante mis paseos por la zona, la ribera del Arlanzón.
He jugado conscientemente con el riesgo. El texto tiene una fuerte carga simbólica. Las imágenes que lo subrayan están en el límite de lo permitido: sin más luz que la de la cámara de fotos digital (que altera tanto el color natural de los objetos), sin edición posterior de las imágenes -más que el necesario recorte-, llevando hasta desenfocar conscientemente el resultado. Ni las imágenes ni el texto, pues, son fácilmente digeribles en una época de lectura rápida y escritura directa.
Pero eso es lo que buscaba, una aventura en la que se experimentara con parte de lo que permite un blog y algo de lo que se pohíbe en sus normas no escritas. Las doce entradas de Nocturno no son para una lectura rápida, sino que exigen la relectura atenta. Aun no sé si he salido bien parado.
La narración, por otra parte, no era tampoco fácil. No quería contar una historia tradicional. En Nocturno apenas hay argumento y el que hay no es más que una metáfora. La experiencia del paseante, a la manera de los textos becquerianos, es un intento de narrar la experiencia artística como los místicos querían expresar sus delirios, de ahí el descubrimiento de los sentidos en lo más oscuro de la noche, la acción creadora y la conciencia histórica y ecológica. Un arte moderno, en el que se tiene en cuenta al otro partiendo del individuo, pero que sea radicalmente arte, es decir: imperfecto y puro a la vez. El compromiso de este arte es con la Historia del ser humano en su imperfección, asumiendo lo bueno y lo malo que tiene en la soledad de la experiencia. Si no buscamos la compañía cálida del otro o su confrontación sólo tendremos el vacío desesperado. El final no podía ser otro: quien narra la historia no es más que un eslabón en esa cadena que se convierte tan sólo en unos centímetros que gana la espesura del conocimiento humano (el arte es su mejor herramienta y expresión) y que espera a otros.
No sé si he acertado. Tampoco he querido ser sublime, puesto que no es tiempo más que de pequeños compromisos individuales. Sin embargo, pienso que, después de una época demasiado larga en la que el ser humano ha sido tan sólo un superviviente, se merece reconstruirse desde lo mejor que tiene, consciente de su debilidad y de su fuerza. Hacia el futuro.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Nocturno (y XII)
Amigo, te escribo el final de la historia, que no es más que el inicio, quizá, de la tuya propia:
Al amanecer, las cosas se ordenan en su apariencia. Las conciencias se tranquilizan porque los miedos no parecen tener causa. Todo simula estar en su sitio porque el cerebro calma su ansiedad, como cuando bebemos tras unas horas de sed nerviosa. La perspectiva nos retorna a la plácida dimensión de lo que puede ser medido. Extendemos nuestro brazo y abrimos la mano y nos decimos hasta dónde llegamos. Ponemos en marcha el tiempo domesticado y giramos, cotidiano y monótono, el mundo, como si lo controláramos.
El paseante sabe ya de su limitado pulso pero también de su capacidad para sentirlo. No se engaña, mira y comprende. Percibe el frío de la mañana. El río retorna a su perfil medido, los troncos de los árboles pierden los colores de los misterios y vuelven a su corteza, que los cubre, velándolos. A su lado surgen rumores a los que antes se asía para descubrirse a salvo. La vida retorna en su forma diaria. Su mirada no es ceñuda, como la del fraile que abre este mundo y que es esfinge que devora a los que no la salvan, sino cálida. La imperfección del mundo ya es suya y comprende que de su ligera capa de fertilidad surgirá quien la narre y quien la corrija, con lentitud que parecerá exasperante, pero cierta. Al moverse para acudir a su antiguo conflicto, tan olvidado ya, ni siquiera se sorprende al no poder hacerlo: se ha hincado en tierra, anillado de piel y altura. Crece en los otros, hacia dentro y hacia arriba.
Es tiempo de contar el mundo desde sus más íntimos secretos y de marcar el espacio para las próximas noches: ha ganado un centímetro la espesura.
sábado, 1 de diciembre de 2007
Nocturno (XI)
Pesar las vidas: unos gramos de abono. Expresar ese puro azar y medir el hueco del aire es la tarea para sobrevivirnos. Labor intensa e inacabable para aproximarnos a las cosas sin llegar nunca. Apenas rozarlas, pero luchar con la fe del desesperado porque es lo único que nos certifica como fe de vida: narrar las palabras hacia la incierta luz desde lo oscuro.
De nuevo junto a la orilla del agua oscura, modela formas humanas, una, dos, cientos. Y a cada una, imperfecta y propia, le recita el mismo texto, como si lo inventara: Serás dueño y único juez de tus actos. También el único responsable. De tu desecho saldrá quien te suceda: ése es tu legado. Y las va posando en el barro humilde, una, dos, cientos, como obra inacabada y libre. No tiene más deseo que esas formas, ni más herramienta que sus toscas manos.
En una pausa, mira la noche que se abre delante de él, en el río, ansiándola, conociendo ya su misión, su sustento y su futuro.
Se adivina, ya, la mañana.
[...]
viernes, 30 de noviembre de 2007
Nocturno (X)
Hasta dónde llegamos. Hemos dado mil veces la vuelta al mundo pero aun no hemos desembarcado en ninguna parte porque quizá no sea nuestro destino. Nuestra historia se ha parecido en demasía a los círculos amargos del invierno. Deberíamos mirar a nuestros pies y buscarnos en los caminos que han hollado hasta traernos aquí mismo. Y levantar la cabeza, al fin, y ver quién nos acompaña en el viaje y el horizonte, allá lejos. Un horizonte que es una línea entre las cosas apenas oteadas y que perdimos en otra noche. Quizá no tengamos meta, pero tenemos que seguir caminando.
Al paseante se le han curado las heridas y se las tienta incrédulo pero las cicatrices están ahí como recuerdo. Intenta memorizar las voces oídas y las presencias, los ritmos nuevos del aire y las sensaciones que le han traído la lluvia y esta noche. Pero cómo narrarlo. Decir miedo o llanto, decir azul o te siento. Luchar por el retorno de las palabras, depurándolas de los largos caminos para que vuelvan a decirnos las cosas. Que la palabra sea la caricia y el beso, que sea el otro y uno mismo, que sea el sueño y lo cotidiano. Que sea el odio si fuera necesario. La imagen y la sinestesia. La angustia y la calma.
[...]
jueves, 29 de noviembre de 2007
Nocturno (IX)
Cuando adelgazamos nuestra piel conseguimos ser los otros. Para ello, a veces, si se resiste, hay que despellejarla a tirones para que la carne viva se deje orear al viento. El proceso individual se trasforma, al fin, en colectivo. Nos hacemos los demás porque hemos conseguido abrir las más remotas puertas de nuestro interior y sentir el mundo que nos rodea. Nadie está entre los demás si no parte de los secretos más profundos.
Asaeteado por las ramas y los troncos, el paseante comienza a notar presencias junto a él. Murmullos de conversaciones, retazos de sonrisas, sollozos inacabados. Gritos, susurros, oye gestos y caricias y golpes. Poco a poco, el espacio nocturno se puebla de ellas hasta hacerlo denso y cálido. Su cuerpo se ha calmado y participa de un rumor que podría ser el de las hojas o el del viento. Los otros seres que pueblan ahora la noche junto a él se mueven mientras hablan y se abrazan, se asesinan, se ignoran y se aman. Ante sus ojos se abren tiempos distintos y lugares contradictorios. Todo está en presente.
Asaeteado por las ramas y los troncos, el paseante comienza a notar presencias junto a él. Murmullos de conversaciones, retazos de sonrisas, sollozos inacabados. Gritos, susurros, oye gestos y caricias y golpes. Poco a poco, el espacio nocturno se puebla de ellas hasta hacerlo denso y cálido. Su cuerpo se ha calmado y participa de un rumor que podría ser el de las hojas o el del viento. Los otros seres que pueblan ahora la noche junto a él se mueven mientras hablan y se abrazan, se asesinan, se ignoran y se aman. Ante sus ojos se abren tiempos distintos y lugares contradictorios. Todo está en presente.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
Nocturno (VIII)
A veces la conciencia de las cosas duele. De una forma brutal se nos impone la realidad y el cuerpo queda dolorido por la certeza que no habíamos sabido comprender antes. Cuando llega el exacto momento, la conmoción nos golpea como si desveláramos el último de los secretos del mundo: tan sólo el peso físico de lo cotidiano, del que nos habíamos aislado con el orgullo del triunfador que sobre la arena ha dejado, palpitante aun, el cadáver del otro que seremos algún día.
Y al grito del paseante las cosas parecen cobrar vida y los troncos no se hunden en la tierra sino que brotan de ella puesto que recuperan su antigua razón por la que no fueron plantados según la industria del hombre sino que nacieron de la feraz tierra. Y al nacer fieros, le apuñalan el cuerpo con saña. El dolor le hace llegar aun más allá en esta noche primera en la que halla una nueva sensación del transcurrir de los ciclos temporales.
Las cosas se le hacen presentes y le rozan, le acuchillan, le reclaman completo. Desbordada su racionalidad, asiste, en quieto éxtasis a pesar del dolor, a la trasformación del paisaje para llegar más allá de sí mismo, al borde exacto de la existencia. Se siente fragmentada muestra de todo lo que le rodea, tan lejos ya del espacio y del tiempo sabidos. Con una lucidez que no conocía, asiste a un ritual cierto, no visto antes porque no había mirado.
martes, 27 de noviembre de 2007
Nocturno (VII)
Hemos perdido la conciencia de las cosas de tanto aprender a no mirarlas. Así se nos han amortiguado los sentidos porque ya no nos pensamos animales, cuando debemos serlo más que nunca para recuperar lo mejor de la naturaleza y comprender nuestras raíces de tierra, de agua, de viento y asumir, desde ella, la construcción de la especie. Sólo así daremos un refugio a las cosas a las que tanto nos hemos empeñado en agredir con nuestra historia, tan ciegos de soberbia.
Bajo la nueva luz, el paseante se arrodilla junto a un árbol y recoge un puñado de hojas humedecidas por la lluvia. Y recupera, como si fuera sangre plástica y abierta repentinamente por un tajo en la garganta, el sentido del olfato. Pero no es el mismo de antes de la noche, sino más penetrante. Se le inunda el cerebro de olor a tierra, a humus fértil. Y siente tan dentro la herida en las sienes que, al fin, tras tantos años mudo, grita de dolor y de rabia por no haber comprendido antes.
[...]
lunes, 26 de noviembre de 2007
Nocturno (VI)
Nos empeñamos en que todo es como nos han enseñado y así no hallamos más que la dimensión monótona y evidente en la que el individuo se ha destruido a lo largo de la historia. En nuestra cobardía para la navegación solitaria o la arriesgada expedición en grupo hacia las fuentes de las cosas, hemos perdido la conciencia y fragmentado nuestra propia existencia hasta anularla. Ya no sabemos nada porque nada somos y nada tenemos. Nos anulamos y nos hemos refugiado en el otro deseando que sea él quien nos salve o quien caiga por nosotros. Ni siquiera sabemos convivir con nuestro miedo y el fruto de la adormidera es el más fiel compañero para nuestros días.
Ahora, al paseante todo se le aparece bajo una nueva luz que sale de dentro, de las cosas mismas. Hay nuevos colores. Incluso el tiempo adquiere una nueva dimensión, en la que se sumerge: el latido de la noche es frenético y lo desborda y desde este descubrimiento de la auténtica dimensión de la historia se supura un líquido que nace del tuétano y recubre el silencio llenándolo de sonidos. Al fin, la nueva realidad lo posee. Y sabe que es parte de un fluido que no le lleva a ningún sitio pero que lo constituye, como a todo lo que le rodea.
domingo, 25 de noviembre de 2007
Nocturno (V)
La ceguera es un estado natural del ser humano. No vemos más que la apariencia de las cosas y juzgamos sólo por ella, como si aun fuéramos seres primitivos que no logran elaborar lo que ven más allá de la supervivencia. Esa mirada plana nos devuelve a lo irracional en exclusiva. Quizá por eso, la noche en la que ha entrado el paseante le permite ver de otra manera. Y una vez alcanzada la mayor negrura surge de nuevo el color, como si se inventara, ayudado por la lluvia, que le da un nuevo brillo.
Con las manos aun manchadas del barro de la orilla de este río, que le corre ya por dentro y le arrastra convirtiéndole en cauce, levanta la cabeza y los arbustos de la ribera se le aparecen, al fin, tras su muerte, como si se inventaran las formas y los volúmenes. No crea las cosas: ya estaban allí, pero ahora puede verlas. Y logra caminar entre los árboles sin necesidad de palpar el vacío.
sábado, 24 de noviembre de 2007
Nocturno (IV)
A tientas casi, con los brazos extendidos para evitar golpearse, el paseante se dirige, privado de la vista, hacia donde oye el rumor del agua. Sabe, porque ha pasado por aquí cientos de veces, que delante de él está el río, pero un extraño impulso lo lleva hacia adelante hasta que nota sus pies chapotear en el barro de la orilla. Jugando a ser dios, se agacha y amasa con sus manos, hundiéndolas en el lodo, pellas amorfas que le explican inconscientes las razones de las cosas. El contacto con la tierra húmeda y la lluvia que ya le cala le muestran, a través de la piel, nuevas formas.
Por un momento, se cree enloquecido o embriagado, pero poco a poco es consciente de que nunca ha estado más sobrio y más certero que allí, en el mismo borde de la corriente inevitable.
viernes, 23 de noviembre de 2007
Nocturno (III)
Entrar en la noche despierta uno de los miedos más arraigados en nuestro cerebro. Nos devuelve al animal temeroso que somos, tan frágil.
Así, desprovisto de toda soberbia, el paseante se acerca a las cosas para pulsarlas. La lluvia constante, inmisericorde, las transfigura en ese mismo momento, como si se abriera una oscura puerta que desvelara un nuevo ámbito. Fogonazos de una extraña luz le permiten andar sin tropiezos, mientras escucha cómo sus pasos huellan las hojas muertas y renacidas ahora. Todavía no ve colores: sus ojos aun deben mirar en grises.
jueves, 22 de noviembre de 2007
Nocturno (II)
La mano del fraile explica la fe del que se adentra en la noche sin saber qué le espera. Parece acostumbrada, con una decisión irrevocable, a no aceptar la apariencia que se ofrece a primera vista. Con su trabajo, desgarra la primera carne para llegar al corazón palpitante y comprender las cosas.
Esa es la primera lección. El mundo se nos ofrece en superficie y nos enloquece en su caos. Pero la mirada y la paciente espera nos permiten arrancar bruscamente, en el momento oportuno, la auténtica entraña. No tiene por qué ser hermosa, puesto que asume la belleza de un paisaje de otoño y la más cruel de las acciones humanas. Algunos piensan que el artista debe recoger tan solo las cadencias más hermosas, yo sé ahora que todo está mezclado y que la esperanza se junta con la más radical de las desesperanzas. Y que la mirada debe verlo todo y asumirlo, el oído acoger el desajuste de los sonidos para construir una nueva armonía y la piel rasgarse con el tacto áspero de las cosas tal y como se presentan para contarlas de una nueva manera, que es la única que ha existido siempre. Como hace esta mano de bronce del enigma en la que las gotas de lluvia resbalan como lágrimas condensadas por todo lo que ha guardado la esfinge hasta ahora.
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Nocturno (I)
Seducido por la noche y su ámbito, el paseante de La Acequia decidió visitar su locus amoenus a horas no habituales. Descubrió algunas razones ya anunciadas pero también otras que le depararon sorpresas y quiere contar aquí, retazo a retazo, como si se cosiera una nueva piel hallada.
Te pido paciencia y comprensión, la lectura será lenta, como lo fue la noche, pero promete aclarar -o quizá oscurecerlas más- algunas de las claves de este cuaderno.
El fraile constructor, que surgió en mayo como efigie de misterios urbanos junto al símbolo del derrumbadero, lo recibió con su enigma. El rostro del fraile aparecía en la noche más severo que de costumbre. El paseante rozó el bronce, húmedo por la lluvia otoñal, con sus dedos, temeroso de la mirada. Sin respuestas, se adentró en el espacio, abierto, como una herida, a la noche, junto al Puente de Malatos.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
Con Cervantes en mi locus amoenus.
Hice caso a Javier y me acerqué a las cosas de mi locus amoenus. En mi refugio de la ribera del Arlanzón descubrí nuevas formas y superficies más allá de lo que ya me parecía decorado teatral y expresión alegórica de la tranquilidad.
Cervantes quiso dedicar casi toda su obra a evidenciar el conflicto entre las fórmulas estáticas del arte, que ya no servían para contar la vida, y las nuevas formas de narrarla que había descubierto El Lazarillo. En La Galatea, mucho antes que en El Quijote, anunció la entrada brusca del mundo real en el ámbito metafórico de lo pastoril. A partir de él la vida se contaba desde la vida.
Por eso, cuando me he acercado a las cosas he visto que, debajo del manto de la maravilla amable en la que creía ver detenido el espacio y el tiempo histórico, había cicatrices y humus y, en cuanto uno levanta la vista del decorado se encuentra el pulso de la vida. Rozando estas superficies con los dedos se siente el refugio como una mera pausa desde la que mirar la existencia física y concreta del mundo. Un respiro contenido y necesario para comprenderlo e implicarse. Como debe ser.
domingo, 4 de noviembre de 2007
La garza real del Arlanzón.
En mi caminar, cada mañana, cuando acudo a clase o en mis paseos, el río me acompaña, constante. A veces hay rumores entre los habituales: "Ha vuelto la garza". ¿Pero es la misma del año pasado? Desde ese momento, inquieto, atisbo cerca del Puente de Malatos para distinguir la figura señorial de esta ave. Entre la vegetación ha surgido esta mañana y se ha detenido lo suficiente para fotografiarla, antes de levantar el vuelo.
Bécquer, en La corza blanca relataba la frustración poética del amor (la frustración dolorosa del creador) enraizando su texto en el mito. En la leyenda becqueriana, Garcés anhela cazar una hermosa corza y persigue su rebaño en la profundidad de un soto. Por el ruido cree encontrarlas y cuando se dispone a lanzar el dardo, se queda extasiado porque las corzas habían desaparecido:
En su lugar, lleno de estupor y casi de miedo, vio Garcés un grupo de bellísimas mujeres, de las cuales unas entraban en el agua jugueteando, mientras las otras acababan de despojarse de las ligeras túnicas que aún ocultaban a la codiciosa vista el tesoro de sus formas.
Garcés puede contemplar la visión profunda de la belleza casi como un sátiro no invitado a la fiesta, espiando entre las ramas a las corzas-ninfas. Pero el amor, el deseo, le vence y se encuentra ya enamorado hasta la locura de Constanza, la corza blanca.
Todos sabemos cómo termina la historia. Garcés no puede evitar su instinto de cazador, de obtener aquello que sólo es dado mirar de lejos, y logra cazar a la corza para descubrir, horrorizado, que acaba de matar (¡...si será verdad!), al obtenerla, a su amada. En la agonía, Constanza recupera su forma humana:
Constanza, herida por su mano, expiraba allí a su vista, revolcándose en su propia sangre, entre las agudas zarzas del monte.
Como siempre, en Bécquer hay dos lecturas: la argumental, que nos cuenta la historia de un amor imposible; la simbólica, que, a través de la alegoría, nos enfrenta con la lucha del creador por alcanzar la forma perfecta.
Esta corza del Arlanzón, que toma posesión del agua con gesto majetuoso, quizá en las noches alunadas de claridad se trasforme en la belleza inaccesible.
O, en un giro también propio de los cuentos románticos, no sea más que una corza.
sábado, 3 de noviembre de 2007
El Arlanzón en otoño.
Jorge Guillén, del que ya hemos hablado aquí tantas veces, cantó, a través de la luz, el aire y las formas del espacio, al planeta entero en la sensación humana del paseante. Incluso, ya mayor, cuando sentía la inevitable urgencia del tiempo, en su volumen Final (1981) de Aire nuestro, seguía creyendo con tozudez y retranca castellana, en la creación diaria del mundo. En el poema Todo a la vez poetiza un río que es la existencia pero siempre, en contra de lo que se cree de don Jorge, con la presencia humana como testigo y vértice:
Parece un río entre riberas verdes
Con el trasfondo oscuro de unos bosques
Es por la mañana temprano y todo se ofrece como recién brotado:
Cuando la luz ofrece la más diáfana
Trasparencia radiante
con esa luz se desvela el misterio y el paseante comprende la raíz heraclítea del mundo pero desde la emoción humana:
Vivacidad de cambio,
Sucesión de paisajes,
Marinos y silvestres,
Perpetua creación,
El humano consuelo.
Algo así pensaba yo esta mañana tenue de otoño -a don Jorge le gustaba más el verano- al pasear junto al río. Qué extraordinaria belleza de la luz en este lugar tras el cansancio de los días, qué sensación, tras la noche, de una nueva esperanza.
jueves, 18 de octubre de 2007
Y de pronto, el otoño.
Al pasar hoy junto a esta zona de la ribera del Arlanzón, el otoño se me vino encima, como si me estuviera esperando, agazapado. El lugar lo he fotografiado en otras ocasiones porque soy uno de los privilegiados que paso junto a él varias veces a la semana, andando. Son menos de cien metros de orilla y agua que remansan el ruido del tráfico. En una ocasión me sirvió de refugio para hablar de política sin hacerlo. A veces me pregunto si no será mi locus amoenus.
Pero hoy se me ha venido encima el otoño y estoy triste.
Qué poco nos han enseñado a expresar nuestras emociones y cuánto ganaríamos al hacerlo. Decir, sin más: te amo, te odio, estoy solo, estoy triste. Estoy triste. Y me he detenido unos minutos aquí al volver a casa, enredando mi soledad y mi tristeza entre estos troncos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)