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viernes, 16 de enero de 2015

No hay mayor milagro que un gesto de amor


Hace unas semanas reseñé aquí la última exposición de Hermenegildo Lomas Fernández de la Cuesta y hoy, a través de una mano amiga, me hace llegar esta acuarela con un detalle de dos ángeles de La Coronación de la Virgen de Velázquez. Ya señalé entonces sus raíces velazqueñas y hoy me siento agradecido y honrado por poseer esta acuarela suya que lo atestigua y que habla por sí sola de la calidad del artista y de su trabajo sobre los grandes referentes de la pintura.

Ya sabéis, descreo de todo pero a veces a uno le consolaría pensar que sí que existen los ángeles. Quizá sí existan y se crucen a diario con nosotros y nos sonrían. No hay mayor milagro que un gesto de amor así. Hace que el mundo entero cobre sentido por mucho que el día sea gris y la vida pese mientras vas de un lado a otro, a tus cosas, y otro ser humano tiene ese gesto contigo. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

La difícil certeza del retrato. Pintura de Hermenegildo Lomas Fernández de la Cuesta


Retratar a una persona, sea cual sea la técnica o la rama artística -literatura, pintura, fotografía, escultura- es todo un reto. A veces gana el retratado, a veces el artista. En pocas ocasiones, ambos. La pose, que predomina en la mayor parte de la historia del arte, es un ejemplo de cómo la época muestra la manera en la que el retratado debe pasar a la posteridad. La pose manda tanto que en algunas épocas los rostros eran intercambiables sobre el resto del retrato. En pocas ocasiones la naturalidad ganaba al posado. Incluso cuando aparece la fotografía, la mayor parte de los retratos son poses, conscientes, aprendidas. Es difícil quitarnos la tendencia a la pose cuando nos retratan o, ahora que con las cámaras de los teléfonos móviles inundamos Internet de autorretatos, nos retratamos. Es divertido ver a un niño posando desde muy pequeño para una cámara de fotos: divertidamente triste, si lo pensamos bien. La sociedad del espectáculo ha matado la espontaneidad o va en camino de hacerlo. Lo que llamamos espontaneidad hoy no es más que una naturalidad aprendida. Por eso cobra importancia cuando un artista sabe sacar eso que llevamos tan dentro y que aparece en nosotros cuando no posamos: somos más ciertos porque ese gesto corresponde, arruga a arruga, centímetro a centímetro, a lo que nos define ante la mirada habitual del otro.

No se ha prodigado Hermenegildo Lomas en exposiciones. De ahí el interés de esta muestra en la Sala de exposiciones del Arco de Santa María de Burgos (hasta el 23 de noviembre). Ocupado en su trabajo relacionado con el urbanismo, su producción artística ha girado en encargos privados y aficiones personales. Son tres los núcleos principales de sus obras: bodegones, paisajes y retratos. Con una mirada clásica, influida por los grandes maestros y, especialmente, por Velázquez -de ahí el autorretrato que ocupa el cartel de la exposición-, trabaja con soltura el dibujo, el óleo, el pastel, el acrílico y la acuarela. Destaca en Lomas el dibujo, el trazo minucioso de las características anatómicas y psicológicas del personaje. Su clasicismo es menor del que aparenta y me gusta mucho la mezcla de técnicas en algunas obras, el carácter de obra inacabada de otras, el tratamiento de los fondos o de la parte no esencial del retrato que intenta contextualizar sin llamar la atención, el juego con el color y el blanco y negro. Y la luz, la luz que llena casi todo lo que se muestra en la Sala del Arco de Santa María.

En esta exposición destacan los retratos: ocupan la mayor parte del espacio con razón. El resto queda como muestra -prescindible en esta ocasión- de las otras facetas del pintor. Excepto un cuadro que es, en realidad, un retrato coral, el de los Danzantes, personajes bien conocidos por aquellos que hayan visto las fiestas locales burgalesas. El tratamiento del color, del movimiento y de la sensación de grupo por encima de cualquier individualidad es un acierto.

Es difícil captar la singularidad de una persona, pero Hermenegildo Lomas lo consigue: su mirada queda en la mente del espectador, certera, dejándonos una imagen imborrable del retratado, lo conozca o no. Busca el instante en el retrato, ese instante en el que el gesto inadvertido, la postura habitual no corregida por el posado (es de suponer que en algunas ocasiones trabaja a partir de un soporte fotográfico con el que capta esa instantánea), dejan ver a la persona que es aquel a quien se retrata.

Su autorretrato tiene un pulso e inteligencia y asume el reto de enfrentarse y dialogar con Velázquez. Los que dedica al ámbito familiar son la mejor expresión del estudio de las emociones -las del propio pintor-. Pero en la muestra hay uno, en el que retrata a Ignacio del Río, otro pintor burgalés (posiblemente el más influyente hoy y el de más relevancia), que quedará como uno de las imágenes permanentes de este: en la técnica y en el gesto. Lomas y del Río unidos por el arte permanecerán fijados en ese sugerente juego de miradas para el futuro. De este tipo de cosas deberían estar llenas las redes culturales de nuestro país.