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viernes, 3 de octubre de 2008

Herencia y literatura


Una de las fuentes más apreciables de las obras de arte procede de la herencia inmaterial, aquella que no se pesa en palacios o monedas, sino en afectos y tradición. Todos hemos recibido estas herencias, pero sólo unos pocos se encuentran en condiciones de apreciarlas y ponerlas en valor. Y legarlas a los demás, haciendo de lo que se ha recibido individualmente una donación colectiva.

Antonio Rey era un niño de Buenos Aires. Supongo que, como muchos, soñaría con ser una estrella del fútbol jugando en los solares de la ciudad. Hasta que su abuelo comenzó a contarle cosas de un lugar que estaba al otro lado del mar. Y lo hizo de forma tan viva que le inculcó el amor por la tierra que no conocía, por sus habitantes, leyendas y paisaje. Y por su lengua. Y, con sabor porteño -Buenos Aires es una de las ciudades con raíces del mejor cosmopolitismo-, comenzó a soñar en gallego.

Muchos años después. viajó a las tierras del abuelo, ya muerto.

Toda esa experiencia, centrada en la relación entre abuelo y nieto y el viaje de éste como una deuda a la sangre, se ha convertido en un libro lleno de emoción y literatura: Son galego. Me lo remitió el autor, comentarista de este blog, hace unos días.

En sus páginas, se expresa este encuentro con lo que está dentro de uno y sin lo que se está incompleto:

Dalgunha maneira, misteriosa, por certo,
viven en ti os que te precederon no camiño da vida;
falas a súa lingua, lonxe dos vales,
escoitas a súa música aínda que non véxa-las rías.

Es un libro que tiene la fuerza literaria de lo auténtico. En estas épocas de desarraigo, vivir a través de las palabras y la mirada de quien nos da un legado de un tiempo y un espacio ya destruido, es la mejor de las herencias.