Llega un momento en el que hay un impulso: ¡Fuera! Fuera de todo, fuera incluso de uno mismo. ¡Fuera! A echarse en proa hacia adelante. No como huida, sino como una fuerza que viene desde muy adentro, que te reclama desde las tripas y que te obliga a llenar una bolsa con lo imprescindible y ser solo horizonte. En el andén, al fin, todos somos circunstancia y tránsito. El de cada uno, además, que apenas deja hueco.
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viernes, 18 de marzo de 2011
martes, 30 de noviembre de 2010
Bambi te kiero
Bambi te kiero o la verdadera historia de un ciervo de cola blanca que se perdió en un laberinto al mirar por la ventanilla del vagón hacia la ciudad que dejaba atrás. Por desgracia, Bambi se convirtió en lobo. No hay historia que termine bien.
domingo, 14 de noviembre de 2010
El final (IV)
Todo en la vida del paseante han sido segmentos. Ni siquiera es tan vanidoso como para pretender que pertenezcan a una línea coherente: eso queda bien en las autobiografías, que son la mejor exactitud de la mentira. Se crece como se vive, no como dice el relato de nuestra vida. Como se vive por dentro, claro, porque la vida externa es una realidad paralela. Sin embargo, al llegar al final muchos intentan ordenar las cosas: el testamento, la casa, la familia. Sienten urgencia: dejar constancia de sí mismos y explican su pasado desde ese punto final. Si viven un poco más, tendrán que corregirlo. Algunos autores de memorias van el resto de su vida con ese punto final como con una cruz. El paseante piensa, mientras vuelve a la estación para reanudar su viaje, que es mejor asumirse en todas las contradicciones porque dentro de uno hay más líneas que la recta.
viernes, 12 de noviembre de 2010
El final (III)
Sin embargo, al paseante no se le cura la sensación de final de recorrido ni cuando desciende, con las primeras luces del día, en la estación de su destino. Queda un rato desconcertado, de espaldas al tren que reanuda la marcha. Es el único viajero que ha apeado en esta estación. La cafetería no ha abierto, así que el viajero toma su mochila, sale de la estación y busca un bar cercano, uno de los pocos que abren a estas horas, en el que se juntan los últimos trasnochadores con los primeros madrugadores que acuden al trabajo: él no pertenece exactamente a ninguno de los dos grupos, salvo en la encrucijada. Por un momento, el tiempo diferente de cada uno se da la mano: al paseante siempre le ha atraído la meditación sobre el territorio de frontera. Se acoda en la barra mientras decide si el café que ha pedido lo puede contabilizar como el último de la jornada anterior o el primero de la nueva. En el fondo, da lo mismo, le despeja la cabeza lo suficiente hasta el próximo café que será, decididamente ya, del nuevo día.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
El final (II)
Dicen que todas las historias tienen un final. Sólo en el arte, claro, porque todo final implica un inicio. Ahora hay una curiosa costumbre de cerrar las estaciones por la noche, para ahorrar costes: pero siempre hay un tren nocturno al que uno llega en una fría noche de otoño a través de andenes desolados sin poder tomar algo caliente en la cafetería de la estación. Subir a un tren de este tipo, en una parada intermedia del recorrido, le crea al paseante una sensación de extraño y procura no llamar la atención, acomodarse con rapidez y sigilo en el silencio y la oscuridad y molestar a los otros viajeros lo menos posible. Uno sube al tren casi con la misma fatiga metálica con la que se ha detenido la máquina, como quien cierra un día: ya no da más de sí. Pero en la penumbra de los compartimentos vislumbra cabezas de durmientes que se preparan para llegar, al amanecer, a otras ciudades y emprender un nuevo día, ajenos a los pensamientos de quien acaba de entrar.
domingo, 24 de octubre de 2010
H.2286
Algunas de las mejores personas que conozco tienen la misma función que un riel en las vías del tren: fijadas al terreno facilitan siempre que los demás viajen. Alegoría del maestro.
viernes, 16 de abril de 2010
viernes, 9 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Metropolitano
El metropolitano no ha recibido la misma atención de la literatura que el tren, excepto en algunas obras de género popular. No así en el cine, en el que abunda. Como si los escritores descartaran como espacio el vagón de un tren subterráneo. No hay paisaje exterior: las miradas y los olores se cruzan porque en el metro no hay espacio para la intimidad. Nadie habla más que con quien ya era compañero de viaje antes de entrar en la boca del metro: ahora ni eso porque se entra en el metro con la propia música encima. El gesto o la palabra amable de un vagón de tren pueden interpretarse como amenaza en el metro y todo el mundo quiere llegar a su estación lo antes posible: no conozco a nadie que desee que el viaje bajo tierre dure un minuto más de lo previsto, no vaya a ser verdad la leyenda urbana de túneles de metro que terminan en el mismo infierno. Sin embargo, no hay nada que defina más la sociedad moderna que el metro. Incluso la literatura según la quieren los editores parece ajustar a él su ritmo y dimensiones. No digo ya las relaciones personales.
domingo, 28 de marzo de 2010
martes, 2 de diciembre de 2008
Un destello amarillo.
Un marco dentro de otro, una luz que excede y borra. Un destello amarillo.
La vida, quizá, sea sólo eso. O no.
Diario:
Ayer nevó en Burgos: nevaba cuando salí de la ciudad, que hoy ha amanecido bajo un hermoso silencio blanco. Cené en Valladolid, en el Bar el Campero -a donde iba con mi padre, hace cuarenta años-, con Óscar Esquivias y Eduardo Fraile. Hablamos de literatura, de Premios, de presentaciones de libros. Óscar, que nos había convocado a los dos, tenía una charla sobre su obra hoy en Valladolid; Eduardo venía con un nuevo libro de poemas, La chica de la bolsa de peces de colores, editado por Visor, bajo el brazo, que presenta en unos días. Después, ellos tomaron una infusión, yo un café. Seguimos conversando sobre libros nuevos, autores, amigos. Curiosamente, Eduardo y yo tenemos actos el mismo día, el 20 de diciembre, que nos impiden vernos el uno al otro. Óscar, dentro de poco, recogerá el Premio Setenil, tan merecido.
Un destello amarillo. Una luz que excede y borra. Un marco dentro de otro. Quizá la vida. O no.
lunes, 9 de junio de 2008
Líneas de fuga.
El desistimiento es una tentación permanente. En política, se convirtió en un ariete en la lucha de los liberales progresistas para denunciar su apartamiento del juego político durante los últimos años del reinado de Isabel II. El desistimiento, adoptado como lucha civil para que se haga más evidente la injusticia de una situación, puede parecerse mucho a la resistencia pasiva de Gandhi.
Sin embargo, hay otro tipo de desistimiento más personal, que nos viene, a veces, de las tripas y que no tiene esa altura de miras. Todos hemos sentido la tentación de huir, de dejarlo todo porque la vida nos ha desbordado. Muchos ni siquiera consiguen luchar un solo día. Otros, en un momento de la batalla de lo cotidiano, se ven desarbolados. No todos podemos ser héroes y una voz nos grita: hasta aquí has llegado. Cada uno se reconoce en esos momentos, sabe qué siente y cómo, lo único que espera ya, es que pase el tren adecuado que lo lleve lejos de todo.
Se reconoce a esas personas por su tristeza: el que ha desistido una vez lo hará más veces. No son más que supervivientes de sí mismos, gente derrotada que huye de los conflictos, que reniega de la lucha diaria. Algunos de ellos, sin embargo, solo buscan una oportunidad en la que puedan recuperarse. Aunque cueste. Es curioso: de los derrotados por la vida pueden salir los que suelen llegar más lejos, aunque parezca contradictorio. Quizá porque ya no tienen nada que perder y en un momento necesitan salir de su huida. Igual que encontraron el tren que los alejara, pueden, un día, hallar la estación adecuada en la que apearse.
domingo, 25 de mayo de 2008
Paisaje de tormenta desde el tren. Entrada número 500 en 15 movimientos y texto.
Hay varios procedimientos para entender el arte y la cultura y crear y mostrar sus productos. La contemplación es sólo una de ellas. La muestra de lo que contemplamos otra. El uso de todo ello para encontrar emociones compartidas, la tercera: que inicia, de nuevo, el ciclo. Pero todo parte de mirar, tratar lo visto en nuestra mente y lanzarlo hacia fuera, de nuevo, revestido con unas u otras ropas, más o menos miserables, a la espera de que alguien lo haga suyo e interiorice. Porque sin una nueva mirada no sólo la nuestra es estéril sino que, sencillamente, no existe.
En estas 500 entradas he mirado el mundo de muchas maneras: un abanico tan amplio como mis estados de ánimo y mis intereses, como todo aquello con lo que me he tropezado en el camino. Y he lanzado en el blog 500 textos como el náufrago que lanzaba en tiempos remotos un mensaje en una botella, sin esperanza, en medio de la incertidumbre y la desesperación.
Sé que hay sol y aquí os lo he mostrado. Sé que hay fuerzas que regeneran lo mejor que tenemos como especie y aquí he dejado constancia. Sé que hay amistad y entrega y amor y deseos y potencias que nos ayudarán a seguir adelante a pesar de todas las dificultades y aquí las exhibí. Pero no sé por qué, cuando miro nuestra historia y biografía concreta, el mundo se me hace tormenta, como ésta de hoy. Y el paseante se convierte en viajero que asoma por la ventanilla del tren mientras atiende la conversación de los amigos que con él se han subido pero no puede dejar de mirar cómo las cosas pierden su consistencia y se disuelven, lo que ayuda a comprenderlas mientras no desaparezca, aunque sólo sea de perfil, la presencia humana: aun cuando no se la ve, está presente.
Un poco de calor en la conversación amistosa, para contemplar el mundo y descubrirlo entre todos, a partir de las experiencias y el rumor interno de cada uno. Mientras, afuera arrecia la tormenta, a la que tendremos que salir dentro de un instante, para que nos empape, lave o ahogue, la hagamos nuestra y avancemos bajo ella hacia un camino embarrado pero propio según lo pisamos.
500 entradas contando con vuestra presencia le hacen a uno más fuerte y tenaz. Os lo agradezco.
martes, 22 de abril de 2008
Desde vuestros miedos más ocultos
sábado, 29 de marzo de 2008
Tren y paisaje
jueves, 27 de marzo de 2008
Viaje al frío
lunes, 24 de marzo de 2008
Memento mori
Memento mori, recuerda que vas a morir: aprovecha tu vida pero con la certeza de la muerte. Al vivir no rechaces la muerte, porque es parte tuya aunque el tren acelere y distorsione los ladrillos rojos de la tapia del cementerio. Aunque ahora seamos ya todos tan modernos que nos creamos invencibles.
domingo, 2 de marzo de 2008
La soledad de las últimas horas de un domingo
La soledad es un estado de ánimo. Hay soledades buscadas con ansia: ese momento en el que uno disfruta de estar solo con un buen libro o una buena música; la soledad que nos aísla del ruido social enloquecedor; la soledad del que pasea un lugar nuevo, descubriéndolo para sí mismo. Todos deberíamos tener un lugar y un momento para estar solos porque quien no sabe estar con él mismo no puede estar de verdad con nadie. Aquellos que huyen de sí mismos acaban parasitando a los demás. En buena medida uno acaba acostumbrándose a la soledad y desarrolla pequeñas rutinas que para los otros que nos visitan pueden tomarse como manías.
La soledad es un estado de ánimo más que real. Todos hemos tenido la sensación de sentirnos solos en mitad de un lugar concurrido hasta el punto de marcharnos por el desasosiego interior que sentimos. Paseando con unos amigos, si somos el único que no tiene pareja, sentiremos la soledad en los gestos que vemos en ellos: en sus más ligeras caricias o las miradas cómplices. Esta sensación se agarra a las tripas más que otras.
Sé llevar mis soledades, entre otras cosas, porque siempre he sido muy reflexivo. No soy de esas personas que necesitan encender la radio o la televisión para sentirse acompañados. O tener un animal de compañía. Pero las comprendo.
Sin embargo, hay algunos momentos especiales, en los que uno se ha despedido de la persona querida, la ha acompañado hasta su destino o hasta la estación y vuelve andando a casa, lentamente, en una tarde de domingo que ya anochece. Sube en el ascensor y entra en la casa que aun conserva los olores y los ruidos que la han llenado hasta hace apenas unos minutos.
En esos momentos, la soledad llega a la nuca y nos desarma.
A Merche Pallarés, por acordarse de mí.
martes, 26 de febrero de 2008
Doce palabras
Mi querida Nana Lopes me hace llegar un meme según el cual debo mencionar doce palabras que digan algo para mí y pasárselas a otros doce, pero, como sabéis, nunca cumplo estas reglas, así que perdono a once y le remito el testigo a la autora de otro blog en esa hermosa lengua portuguesa que tanto nos empeñamos en desconocer en España, la tan activa y batalladora São, que puede retomar las normas originales.
Doce palabras. Doce. Hoy me gustaría tener doce palabras que me explicaran, como aquellas que admiré cuando todo se iniciaba y construía quimeras con ellas, palabras que me gustaban porque suenan a su significado, como batahola y gorjeo; que me gustaban por el sabor agridulce que dejan en la boca, como mordisco y sangre y carne; palabras que me parecían de bronce eterno, como integridad; otras que ayudaban a explorar su significado, como muslos, piel, caricia, tan sensual y bella; otras eran misterios de cosas cotidianas, que llegaban de tan lejos como nuestra historia, como alcuza; o designaban la más hermosa flor que tanto significa, como amapola; o giraban hacia la tierra de forma tan bella que en sí mismas encerraban nuestro último deseo, como álabe. Pero ya no tengo palabras. La edad se me ha echado encima, como un abrigo viejo y pesado de paño, de aquellos que se llevaban en nuestra infancia, bajo los cuales solo cabía encorvar el cuerpo. Las palabras se me han ido quedando en este trayecto que es mi vida, como la de todos. En cada estación, en el febril ajetreo de las subidas y las bajadas, se me iban a jirones, como si se me desgarraran, porque las entregaba inocente a los que me acompañaban. Hoy ya no tengo palabras, sólo miro estos rostros de los otros viajeros y me pregunto qué palabras aun conservan en su trayecto y por qué, cada vez más, vamos entre tantos silencios.
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