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miércoles, 23 de abril de 2014

Propuesta de lectura colectiva del Quijote apócrifo



El 23 de abril de 2008 andaba yo a punto de volver al Quijote cervantino como suelo hacer de vez en cuando. No a echar un vistazo a tal o cual página o a consultar un capítulo por cuestiones profesionales, sino a meterme entre pecho y espalda las dos partes de la novela una vez más.

No hay día más cervantino que el 23 de abril y por eso se puso en esa fecha el Día Internacional del Libro. La creencia popular es que coinciden en la muerte Cervantes y Shakespeare el 23 de abril de 1616. No es esta la única vez que la leyenda los junta puesto que también se cuenta de un posible viaje del inglés a España que dio motivo para que se conocieran. La confusión le haría mucha gracia a Cervantes, de humor fino (también del otro) y bien dado a sacar oro de los errores. En realidad, Miguel de Cervantes murió el 22 de abril y fue enterrado el 23 y William Shakespeare, considerablemente más joven que el español, falleció el 23 de abril pero del calendario juliano (3 de mayo del nuestro). Curiosamente, el único gran escritor que verdaderamente murió aquel 23 de abril de 1616 fue el Inca Garcilaso de la Vega, del que muy pocos se acuerdan a pesar de haber escrito algunas de las páginas del mejor esapañol de su tiempo y tener una biografía apasionante. La historia tiene estos guiños: el Inca Garcilaso encontró la reputación que tanto buscó en donde no creería hallarla.

Le haría gracia todo esto a don Miguel. Su libro es un festival literario: en él hay un juego con toda la literatura anterior que la resume y amplía. Siempre se ha dicho que el Quijote es una parodia de los libros de caballería -lo dijo el mismo Cervantes pero no como se ha repetido- pero esto es solo una mirada parcial: el Quijote es una parodia de todos los géneros narrativos subordinados aquí al realismo. El mismo Quijote, como libro, es una parodia de los libros: desde la portada hasta el final, pasando por las dedicatorias y los prólogos. Por eso falla la Lectura continuada del Quijote que se hace desde hace dieciocho años en el Círculo de Bellas Artes de Madrid al comenzar donde no comienza el Quijote (En un lugar de la Mancha) en vez de hacerlo en donde sí comienza (Desocupado lector:). Algunos se empeñan en simplificar a los clásicos incluso cuando los homenajean.

Pues eso, que por ahí andaba yo el 23 de abril de 2008 y, como en aquella época estaba tanteando todas las posibilidades de este blog, me lancé a la piscina sin mirar si había agua y propuse la primera lectura colectiva del Quijote completo en la que se utilizaba todo el potencial de la web 2.0. El resultado, que se ha convertido en la guía de lectura de esta novela más completa disponible en la red, aún nos emociona a todos los que participamos en aquel proyecto que sigue abierto en este enlace.

Este año, que se cumple el quinto centenario de la publicación del Quijote apócrifo (1614), se me ha metido en la cabeza repetir la experiencia. Por eso, el Segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Compuesto por el licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, será el primer libro del Club de lectura de La Acequia del próximo curso. 

Si Cervantes, en su segunda parte aparecida en 1615, hubiera ignorado la de Avellaneda, nada me llevaría a proponerla y muy pocos sabrían hoy de aquella continuación de 1614. Pero Cervantes no lo hizo, sino que introdujo la noticia del apócrifo no solo en el Prólogo de su segunda parte sino en el núcleo mismo de la acción: Avellaneda provocó que don Quijote cambiara de destino y se adentrara hasta Barcelona en un viaje que, como vimos, terminó de hacer moderna definitivamente toda la idea cervantina; Avellaneda también provocó una profunda reflexión en don Miguel sobre la propiedad intelectual, la libre evolución de los personajes a partir de sus propias experiencias y su afirmación de identidad más allá de la voluntad de quienes les escriben. Quizá también influyera en muchas otras cosas que rondaban ya la cabeza de Cervantes pero que no tomaron forma definitiva hasta que no confrontó su propia producción con la apócrifa. Cervantes mismo quiso que no se pudiera comprender la revolución que contenía la segunda parte del Quijote sin leer la de Avellaneda. Sorprenderá a muchos leer esta novela: no tiene ese toque revolucionario en la materia narrativa que contiene la de Cervantes pero es una buena novela que busca una evolución posible de los personajes de la primera parte tal y como en ella se apuntaba pero sin el rasgo genial de pensar que uno fuera capaz de salirse de su cauce por propia voluntad. Y, como he dicho, en sus páginas, por contraste y necesidad de ser más ingenioso, moderno y renovador que Avellaneda, están algunas de las claves más importantes de la segunda parte cervantina.

Para quien quiera seguirme, entre septiembre y octubre comentaré los jueves, como es habitual, los treinta y seis capítulos del Quijote apócrifo. De una forma o de otra, siempre he sentido que sin esto no quedaría completo el proyecto de lectura del Quijote que iniciamos el 24 de abril de 2008 y terminamos -a razón de capítulo por semana- el 29 de noviembre de 2010.

domingo, 16 de marzo de 2014

Las Crónicas de Indias como testimonio de un encuentro intercultural y revolución narrativa


En mis clases de Literatura hispanoamericana he terminado un panorama de las Crónicas de Indias e ilustraré lo dicho con la proyección de Aguirre, la cólera de Dios, la película alemana dirigida por Werner Herzog en 1972 e interpretada por Klaus Kinski. Lope de Aguirre protagonizó uno de los episodios que mejor ayudan a entender lo que pudo ocurrir en la mente de aquellos conquistadores españoles. La mayoría de ellos eran muy jóvenes cuando marchan a América, casi todos sin fortuna familiar y con escasa formación intelectual. Para comprender lo que debió pasar por sus cabezas hay que leer con detenimiento las páginas que nos dejaron escritas algunos de ellos.

 En 1560 España se encontraba en su momento de mayor expansión y vitalidad y ellos se veían a sí mismos como el brazo ejecutor de todo lo que debía ser aquel Imperio que pretendía dominar el mundo y evangelizarlo. Confiaban también en que su valentía, su sentido de la oportunidad y un poco de suerte les facilitara una colocación o una encomienda que les sirviera para ganarse la vida regaladamente. Eran personas que no tenían nada detrás de ellos y que todo lo fiaban a la acción. Excepto alguno de los nombres más insignes, la mayoría no eran más que pobres hidalgos o gente del común de una tierra que no les ofrecía más que la aventura y el sueño imperial. La historia de Lope de Aguirre, aunque extremada, no es más que la historia de aquellos jóvenes que marchan a América en el siglo XVI como conquistadores. Evidentemente, no todos llegarán a actuar como él: vengador de agravios, despiadado verdugo de aquellos que se le enfrentaron, rebelde contra el Rey de España. Hay un momento en el que Lope de Aguirre se da cuenta de que su aventura ya no puede tener marcha atrás. escribe al Rey y le insulta, declarándose oficialmente príncipe de aquellos territorios. Pero ese momento, que ocurre en una mente ya evidentemente trastornada, es una evolución lógica de toda su historia y, especialmente, de la aventura que corre junto a los marañones en los meses en los que atravesó la selva amazónica en busca de El Dorado. Una historia apasionante que ha sido llevada a la literatura y al cine en varias ocasiones.

Aunque en clase sí lo he hecho, no quiero aquí abordar el debate sobre las cuestiones éticas de aquella conquista. Entre otras cosas, porque ya fueron debatidas por los grandes pensadores de aquel momento y porque si nos cerramos en una visión excesivamente actual de lo que ocurrió no comprenderemos jamás las sensaciones que aquellos seres humanos -europeos e indígenas americanos- sintieron. Nos llevaría demasiado tiempo y espacio contextualizar la conquista y comprender que ni los españoles del siglo XVI ni las civilizaciones indígenas americanas que se encontraron pueden ser entendidas como algo homogéneo a la manera en la que se suele hacer en los debates que parten de consignas extremas. Entre otras cosas porque se debe insistir en que el número de los conquistadores españoles en el siglo XVI era escaso y siempre debieron buscar la alianza de pueblos indígenas. Se suele prestar demasiada atención al poder intimidador de los caballos y las armas de fuego de los conquistadores (que lo tuvieron pero solo en los primeros encuentros) y escasa a su capacidad para fomentar alianzas entre los pueblos indígenas frente al poder dominante de cada región. Deberíamos huir de visiones idealizadoras de los conquistadores y de los indígenas, porque ambas nos impedirán siempre comprender lo que de verdad ocurrió que, por otra parte, era inevitable. Antes o después alguien llegaría a las costas americanas a la manera en la que lo hizo Colón.

En mis clases de Literatura hispanoamericana he querido tratar las Crónicas de Indias desde varios puntos de vista. En primer lugar, como el testimonio de aquel encuentro. En segundo, como el planteamiento de lo que será la mejor literatura hispanoamericana posterior y, en especial, toda aquella que construye, en el siglo XX, el imaginario colectivo de la América española. En tercer lugar, la profundización en elementos radicalmente novedosos para la narración del siglo XVI. Este último punto me interesa especialmente. En la América española estuvo prohibida la difusión, redacción e impresión de novelas. Se consideraba este género especialmente pernicioso. A pesar de eso, sabemos de la circulación clandestina de las novelas más conocidas en la Península. Pero la escritura buscó el hueco natural para la narración: la crónica. En todas ellas hay un espíritu novelesco y las más apasionantes para el lector actual son verdaderas novelas, como Naufragios, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que hoy sería considerada dentro de las mejores del género de novela de no ficción tan de moda en estos años: la historia de una penosa expedición y la primera descripción del territorio americano que va desde Florida hasta México. Cabeza de Vaca recorrió a pie todo aquel territorio durante unos años en los que salvó su vida de milagro y terminó convirtiéndose en un sanador que curaba a los enfermos invocando a Dios. En el texto de Cabeza de Vaca está ya todo lo necesario para la revolución narrativa que trajo El Lazarillo.

En los extractos que conocemos del primer Diario de Cristóbal Colón y el resto de los textos que escribió para contar a los Reyes lo que había visto y hecho ya se encuentra, en gran medida, la historia literaria posterior. Colón usa magistralmente la tensión narrativa, el relato interesado de los hechos, la construcción del indígena como el buen salvaje, la descripción de una naturaleza maravillosa y sorprendente. Y cae, como lo harán varios conquistadores posteriores, en el mesianismo: no tarda en creerse un hombre designado por Dios para aquella tarea. Su relación con los Reyes y con el resto de sus hombres se problematiza, su personalidad se hace compleja. Es apasionante leer las páginas en las que nos relata todo lo que ha vivido en América porque en ellas  está ya el apunte y la consolidación de cuestiones básicas que perdurarán en toda la literatura hispanoamericana posterior. No se comprende bien Cien años de soledad sin leer a Colón, por ejemplo.

Aquellas crónicas, del tipo que fueran (oficiales o particulares, de grandes nombres o de gente secundaria, redactadas por peninsulares, criollos o por mestizos nacidos ya en América como ese prodigio del castellano que es el Inca Garcilaso de la Vega) nos reflejan un mundo en nacimiento a partir del encuentro entre culturas y de la acción de seres individuales que se sorprenden al verse como protagonistas de la historia. En pocas ocasiones la escritura nos ha trasmitido algo igual y no debería pasarnos desapercibido. En las páginas de aquellas crónicas encontramos lo mejor y lo peor de la conquista, la grandeza del alma humana y también los más oscuros pozos en los que puede caer el ser humano puesto en situaciones tan extraordinariamente grandes como las que les tocó vivir y protagonizar a sus autores.

martes, 18 de febrero de 2014

La literatura hispanoamericana


He vuelto a encontrarme con la literatura hispanoamericana. No digo como lector, sino como profesor universitario. En los años ochenta, en mis primeros encargos docentes en la Universidad de Valladolid en la que trabajaba, impartí durante tres cursos esta materia, con toda la impericia de los primeros pasos como profesor, pero también con toda la osadía y las ganas de aprender. En aquel tiempo al que entraba nuevo le encargaban esta asignatura, casi como un lastre del que se descarga el anterior, pero a mí me apasionó aquel territorio académico que ya me había atrapado desde que a los quince años leí a mis primeros autores del boom. Ahora, por el nuevo reparto docente he regresado, en la Universidad de Burgos, a la literatura hispanoamericana. Las condiciones no son las mismas: de una licenciatura a un grado, de una asignatura anual a un semestre. Era imposible abordar toda la literatura hispanoamericana entonces y lo es más ahora. Pensé dos opciones: un monográfico en el que abordara un tema, un autor, una obra; un panorama con línea argumental acompañado de una selección de textos que lo ilustraran. Ambas son válidas pero he optado por esta segunda. Enfocaré mi semestre a partir de la construcción de un imaginario colectivo en la literatura hispanoamericana: la conciencia de lo americano como algo diferente a la literatura española pero enraizado con ella. Una cultura que desde el inicio asume en su componente nuclear lo precolombino y lo hispánico. Es curioso cómo gran parte de esto lo hallamos ya en los textos del siglo XVI que relatan en encuentro: de Colón al Inca Garcilaso de la Vega hay un trayecto que nos lleva por ese camino. A la altura de Sor Juana Inés de la Cruz ya se ha desarrollado y cuando penetramos en El Periquillo Sarniento todo impulsa hacia los logros del siglo XIX. Pero será Rubén Darío el que dé forma perfecta a este imaginario colectivo. Aparte de su condición de poeta necesario para explicar el camino hacia la modernidad literaria en lengua española, en él se hallan definitivamente las claves de ese imaginario. El siglo XX no ha hecho otra cosa que glosarlo y lo que va del siglo XXI le ha terminado dando la razón. Espero un semestre en el que recordar las sensaciones de la maravillosa experiencia que deparan las crónicas de Indias, la intensamente estética del barroco americano, los avances  dificultosos hacia la modernidad que protagonizan los autores del siglo XIX y la deslumbrante realidad de toda la literatura hispanoamericana del siglo XX. Daré cuenta aquí de vez en cuando.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un pingüino, Stefano Marcaccini y el Inca Garcilaso.


No todo iba a ser fácil: salí a buscar un pingüino con el calor que hace todavía por aquí y me costó encontrarlo. Cuando uno se echa a las calles sólo debe llevar los ojos abiertos y degustar lo que la vuelta de la esquina le depare.

Cada día tiene su afán, dice una amiga mía y bien dice. Por eso, después hay que dejarse guiar por las circunstancias. Cumplida la captura, mi amiga María me presentó, en un encuentro casual, a Stefano Marcaccini. Como buen científico (es un extraordinario químico italiano), es también un humanista.

Pronto la conversación derivó hacia una de sus últimas lecturas, la traducción italiana de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega. Me alegró la noticia: se ha traducido de nuevo al italiano un clásico español que ya apenas se lee en España. Comentamos las circunstancias que rodearon al Inca, la complejidad psicológica de un hombre que era un perfecto ejemplo de parte de la sociedad nacida tras el encuentro de los peninsulares con las poblaciones americanas. El Inca era hijo de un capitán español caído en desgracia y de una princesa inca: en su educación infantil recibió el cruce de ambas culturas, lo que se refleja en los Comentarios Reales. Y cuando llega a España su principal objetivo es rehacer el nombre de su padre y hacerse un hueco en la sociedad española.

Tuvo toda la grandeza de un mundo que se reinventaba y en el que cada uno debía buscar su propia historia, pero también todas sus contradicciones, como la participación en la represión de los moriscos de las Alpujarras. Como escritor fue extraordinario y merecería mejor fortuna editorial hoy. Eso sí, hay que advertir que en muchas de sus obras, incluidas los Comentarios Reales le conduce un afán reivindicativo de sí mismo y su familia, por lo que no hay que tomar como certezas todo lo que dice. Esta advertencia no es una crítica: en toda escritura con elementos autobiográficos pasa lo mismo.

Nunca sabe uno qué le depara un día. Salí a cazar un pingüino y conocí a un gran tipo con el que terminé hablando de un personaje extraordinario de la literatura española del siglo XVI tan atractivo que se encuentra debajo de la creación del carácter de Don Álvaro o la fuerza del sino del Duque de Rivas, obra maestra del romanticismo español. Debería salir más a buscar pingüinos. A ver si me vuelvo a encontrar con Stefano.