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miércoles, 21 de enero de 2009

La ciudad son huellas



Recorrer la ciudad es hallar las huellas de nuestro pasado. Pasearla con el aire frío de este invierno es buscar las tuyas: los besos y las caricias; tu piel bajo el jersey y la mano que descubre la suavidad cálida de su geografía; aquel día en el que una despedida se convirtió en un reencuentro justo en este lugar, en otro invierno. Los rostros que miran son el tuyo: toda la ciudad la llevas dentro. Porque las huellas del deseo dejan su raspadura en las entrañas.

martes, 20 de enero de 2009

No hay ciudad


No hay ciudad. No preexiste. La recordamos o la imaginamos. La intuimos al andar por sus calles camino de la actividad diaria. El asfalto que hay debajo de nuestros pies no es más que producto de una circunstancia que enriquece a algunos y que dificulta nuestro paseo. Pero la ciudad que llevamos dentro no está hecha de esa materia, sino de una niebla que nos conduce a través de sus plazas y que nos hace adivinar el camino hacia el solar donde jugábamos y la casa cuyos pasillos aun podríamos recorrer con los ojos cerrados. No hay más ciudad que la que llevamos dentro, urbanizada con la materia exacta de nuestros sueños y esperanzas.

jueves, 10 de abril de 2008

Datos sobre la oxidación

Sé que a algunos os está sorprendiendo la deriva de la serie óxido y os intriga la naturaleza de sus fotografías o el pesimismo de sus textos. Deseo aclararos algunas cosas.

La serie nace con la idea de reflexionar sobre los desajustes de nuestra esencia como seres humanos. Mortales como somos, nos hemos creído eternos y no aceptamos ni siquiera el envejecimiento natural de nuestra piel. Pero, más grave aun, es la oxidación de nuestros planteamientos. Nuestra tendencia, como especie, es el egoísmo histórico: la colonización devastadora de nuestro entorno que ha puesto al planeta al límite de su resistencia (deforestación, destrucción de ecosistemas, intervención agresiva en la naturaleza para acomodarla a nuestros caprichos, cambio clilmático); quizá hayamos sobrepasado ya el punto de no retorno.

Sé que también nuestra especie ha dado ejemplos brillantes de individuos y comunidades que han vivido de otra manera, pero el avance de nuestra historia es triste porque se basa en la idea de que todo nos pertenece e incluso así lo justificamos con los mitos sobre la creación. Nuestra inteligencia nos ha hecho soberbios y estúpidos. Con algunas hermosas excepciones.

Hay otra variante del óxido que me interesa: son los crujidos que se producen entre nuestros planteamientos ideológicos y su realización; entre nuestra conciencia de cómo están las cosas y nuestra ceguera cómoda para no hacer nada o buscar sólo nuestro bienestar individual. Sé que también hay excepciones, pero su red de acción es tan débil que no puede contrarrestar los daños.

Muchos de vosotros sois optimistas y queréis quedaros con los gestos pequeños y cotidianos. Yo también, y en La Acequia lo he dicho muchas veces: el pacto con el otro, disfrutar de cómo florece un árbol o de un paseo en un domingo soleado de febrero. Eso me reconcilia conmigo mismo y con eso alcanzo un gesto de tranquilidad y vivo en paz. Me levanto cada mañana, voy al trabajo, hablo con los amigos, intento comportarme de la mejor manera que sé. Pero ni mis acciones ni la suma de todas las acciones de quienes piensan así son suficientes.

Sin embargo, es inevitable que me pregunte: ¿y qué más? Sé que lo individual no puede cambiar el curso de nuestra Historia porque su naturaleza es colectiva, por mucho que nos parezca y nos demos ejemplos de profetas, genios y activistas. Su discurrir es inevitable: nuestra extinción está en la raíz de nuestros actos y sólo podemos optar por soluciones particulares. No mañana mismo, es cierto. Solemos delegar en otros la solución, pero esos otros siempre tienen intereses más inmediatos. Mientras tanto, sólo nos queda hacer el menor daño posible a los que no es próximo y dejarnos acariciar el rostro con la brisa de un bello amanecer, es cierto. O mirar a los ojos de la persona amada o abrazar a nuestros hijos. Al menos que, cuando llegue, nuestro apocalipsis sea hermoso. Mi reflexión, en este punto, no puede ser optimista: hasta las revoluciones y las ideas que parecían arreglar las cosas, pasado el tiempo, han sido asimilidas por nuestra creencia de ser el centro de todo. Aquello que parecía liberarnos nos hecho esclavos del consumismo y la depredación. Si nos miráramos desde fuera veríamos que sólo estamos en los márgenes.

En cuanto a las fotos que os intrigan, todas las hasta aquí publicadas (no las que vendrán y que darán un giro a esta serie), incluida la de esta entrada, en la que la intervención subversiva se queda en firma sin otro objeto que la afirmación limitada de un yo que necesita verse en las paredes para saber que existe, pertenecen a las estructuras metálicas que dan acceso al aparcamiento subterráneo de una plaza y parque de la ciudad de Burgos, Virgen del Manzano. Vistas desde arriba o desde la misma rampa de acceso. Para mí, su estructura, la filosofía de esta plaza y el metal oxidado elegido para hacerla, es un ejemplo de cómo hacemos falso todo lo que tocamos.

miércoles, 9 de abril de 2008

La historia de la Humanidad es triste

Subí a este túmulo oxidado y desde él vi las ruinas de las construcciones de la Humanidad: sus ideas. En los siglos que se amontaban debajo de mis pies yacían las grandes creencias que le hicieron soñarse invencible y que sólo la habían conducido, ciega de soberbia, a un extraño sentido del progreso que la esclavizaba en vez de liberarla y que destruía todo aquello que podría salvarla de los errores. Entre estos restos veo las lápidas que dedicaron a los pensamientos, creencias e ideas que llevaron a las guerras y la muerte. La historia de la Humanidad es triste: es una lucha contra sí misma expoliando todo lo que hay a su alrededor. La historia de la Humanidad es triste: es un desprecio constante a los que dijeron las verdades. La historia de la Humanidad es triste: para salvarse de afrontar al individuo que llevan dentro cada uno de los seres humanos prefirieron maniatarlo y entregarlo a las prisiones más lóbregas del adocenamiento uniformador. Y durante siglos construyeron con enorme esfuerzo sistemas mecánicos, herramientas que satisfacían su comodidad y egoísmo, que pretendían ir hacia la utopía pero que conducían en verdad hacia la ilusión del autoengaño. Se creyeron más libres, más sabios. Hoy yacen aquí, todavía vivos, pero ya oxidados.

lunes, 7 de abril de 2008

Como dioses hemos creado el óxido


Con nuestra historia hemos desencajado todas las bisagras y abierto las puertas del revés para que no pudieran volver a cerrarse y así han quedado, oxidadas. En algún momento equivocado, nos sentimos dioses y decidimos que todo debía ordenarse a nuestra imagen y semejanza. Inventamos, soberbios tras llegar a la inteligencia, normas que nos regalaban el dominio sobre todo lo que estaba a nuestro alcance. Desviamos las aguas para quitarlas de donde corrían libres y llevarlas a donde nunca estuvieron, al servicio de nuestro capricho insostenible sólo por antojo y extraños intereses económicos que continuaran nuestro expolio; arañamos en exceso la superficie rugosa del planeta para dejarla ajardinada o cementada; inventamos formas de contaminar y destruir lo que debía ser nuestra casa, formas que ni siquiera sospechábamos una década antes de ponerlas en marcha. Redujimos la diversidad de la vida hasta dejarla anotada en una libreta de pocas páginas; a los animales les obligamos a convertirse en lo que no eran con la finalidad de que abastecieran nuestras opulentas mesas: hicimos de los carnívoros pequeños juguetes domésticos, de los herbívoros conseguimos el refinamiento al llevarlos al canivalismo. Hoy nos asustamos con las consecuencias y nuestros gobernantes insisten en que todo está bajo control. En efecto, nunca ha sido más controlada la destrucción de una especie por su propia mano. Ni más controlada ni más anunciada. Ni siquiera podremos soñar con un épico apocalipsis: somos nada. Yo sólo quiero dejar un abono fértil, aunque ya no existamos.

domingo, 6 de abril de 2008

Deslumbramiento de óxido

Los caminos que hemos transitado en nuestra historia están llenos de herrumbre. A pesar de todos los grandes profetas que nos han indicado la forma de no dejar huellas de óxido a nuestro paso, hemos preferido a los otros, los que nos mostraban la senda fácil de nuestro egoísmo: embaucadores y palabreros. Sabemos que para salvar nuestro mundo, si es no hemos llegado ya al punto de no retorno, hemos de vivir peor pero no queremos. Deseamos idolatrar al becerro de oro porque, en el fondo, nos vemos reflejados en su superficie con gestos que nos halagan. Ninguno de nosotros cumplimos, tan inmersos como estamos a nuestro cotidiano caos. Hubo una teoría que explicó nuestra evolución como si fuéramos el virus de la Tierra y ésta ya no tiene fuerzas para defenderse de nosotros. Y es verdad que cuando nos miramos cada mañana al espejo nos decimos que ya comenzaremos mañana a ser de otra manera. Delegamos en otros que piensen la solución por nosotros a pesar de que esos otros se deben a intereses a los que sirven con fidelidad de esclavos y, como mucho, depositamos unos pocos residuos de nuestra vida separados por colores, como si fuera suficiente. Por unas monedas vendimos nuestra armonía con la naturaleza. Hemos hecho todo lo posible para que se nos expulse del paraíso que vivimos y ya no tendremos lugar en donde refugiarnos. Puede que unos pocos luchen cada día con coherencia, pero, a la mayoría, la hipocresía, la pereza y el interés nos ciegan. Y quizá el tiempo haya llegado: yo sólo veo oxidación en todas nuestras obras.

sábado, 5 de abril de 2008

Sed (pie forzado de optimismo).

¿Se puede ser feliz? La gente busca, con sed antigua, la alegría y más allá su consolidación en la felicidad. Reír y que la risa nos salga muy de dentro. Tendríamos que desaprender las cosas, para saciar esa sed. Recuperar la inocencia de la infancia: los primeros meses en los que la sonrisa y el gorgojeo feliz de un bebé explican el mundo. ¿Se puede ser feliz aun mirando en nuestro entorno? La felicidad es, apenas, un estado veloz y tan difícil de retener como ese líquido que nos da la vida. En cuanto miramos más allá en seguida comprendemos que la risa es, apenas, una anestesia del alma. Sin embargo, hay momentos en los que se sosiega todo y la luz cae suave sobre la superficie del agua. Y todo, durante apenas una fugaz mirada, nos dibuja una sonrisa en el rostro.

Querido Blogochenta, no se puede pedir peras al olmo. Un abrazo.
Es curioso: hoy dos personas me habéis pedido lo mismo.

jueves, 3 de abril de 2008

Fatiga y óxido precipitado


El material con el que estamos hechos se oxida tan rápidamente que nos pensamos, ingenuos, ser más jóvenes de lo que en realidad somos. Nos creemos inmortales. No lo somos. Y, en nuestro ciego orgullo, nos precipitamos en caída libre, oxidados, como viejo material de desecho. Nada es acorde en nosotros con lo que nos creemos. Hay algo defectuoso en nuestra esencia que nace desencajado, como esos juguetes que se estropean en el primer día. Quizá en un segundo -del que a veces no nos damos cuenta- todo puede encajar. Tan sólo un segundo. Quizá el último.

viernes, 28 de marzo de 2008

El monstruo


Casi todos llevamos un monstruo sumergido en las tripas, que debiéramos buscar dejándole pequeños cebos, para atraparlo aun a costa de nuestra misma supervivencia. Algunos no son peligrosos más que para el que los porta; otros, en cambio devoran lo que hallan a su alrededor. El ser humano ha de luchar a lo largo de su vida contra la violencia de su propio puño, la crispación que nos hace bestiales, la inclinación al grito que acalla la conversación pausada. La victoria, consciente, en esa batalla nos civiliza a nosotros y a nuestros descendientes: es lo que debería predominar en la Historia y por lo que muchos nos levantamos cada día, esperanzados. Sin embargo, algunos de nosotros pierden esa batalla y se dejan arrastar hacia las zonas abismales de las aguas más lodosas y de ellas surgen, aprovechando las grietas del sistema social que nos hemos dado, para el luto de todos, las noticias que nos agarran de las entrañas y nos dejan desolados.
Mari Luz era hija de todos y cada uno de nosotros.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Oxidación

Uno de los materiales que más les gusta a nuestros arquitectos postmodernos es el metal oxidado. Es una evidencia de cierta forma de ser de nuestra sociedad, que se aproxima a la época de óxido de hierro, siguiendo la vieja clasificación por etapas históricas que comenzó, ilusoriamente, por la creencia en una edad de oro desde la que nos despeñamos. No somos capaces de la paciencia del tiempo en lo que hacemos y anticipamos sus efectos, ansiosos de ver los resultados del mañana porque nos desayunamos antes de acostarnos, así andamos de urgentes. Aunque en nosotros mismos los negamos al recurrir con insistencia a la cirujía estética y el maquillaje que nos haga eternamente jóvenes: se nos va la hipocresía en figurarnos sin edad haciendo que todo tenga artificialmente la que nos quitamos. No dudo de los beneficios técnicos y de los efectos estéticos que se buscan al usarlo, pero el metal oxidado representa el envejecimiento plastificado y falso, como falsa es nuestra época, tan epidérmica que no dejará detrás de sí más marca que la destrucción de lo natural para sustituirlo por parques temáticos y trampantojos. Pobres ciudades nuestras. Apenas aportamos más ideología que la deconstrucción y el desencaje: es decir, la versión cínica de la parodia y la perspectiva, el descreimiento de una cultura que se agota en sí misma. Queremos ignorar de dónde venimos y no hemos decidido aun a dónde queremos ir teniendo a nuestra disposición, por primera vez, todas las posibilidades para ser lo que deberíamos.

Sé que parece un lenguaje críptico, pero bastaría mirarnos al espejo cada mañana para ver cómo el óxido se nos va comiendo la cara. A bocados.

martes, 25 de marzo de 2008

Geometrías y desenfoques


Tengo pendiente la publicación de una entrada para avanzar en las conclusiones de Mutantes dedicando algunos párrafos a la excelente sesión de los blogs que cerró las Jornadas, otra con un meme, una más agradeciendo un premio. Además, en esbozo, aguardan en algún cajón virtual una reflexión sobre la Wikipedia y otra que avance hacia el final provisional de las disoluciones haciendo constar mi simpatía a los que me han seguido en esto.
Planes. Me gusta tener ordenada la mesa, apuntadas las cosas de los días siguientes -ahora que ya me falla la cabeza-, colocar en el calendario de la cocina las cosas importantes del mes: como si trazara con precisión geométrica las formas del futuro. Soy de esos que, a principios de diciembre, comienzan a apuntar en la agenda del año siguiente -que primero he acariciado y olido, como hacíamos con los libros escolares cuando llegaban a casa, antes de forrarlos- esos recordatorios anuales. Sin embargo, tampoco me preocupa en exceso replantear las cosas ante la novedad: me adapto bien a los imprevistos y sé reconducirlos a la cotidianeidad en cuanto puedo o sacarles el mayor partido si no puedo. Hoy me voy a dejar llevar por la melancolía y no voy a realizar ninguno de los planes previstos. He dado un largo paseo antes de venir a casa, he pedido cita -no por teléfono, sino en persona, como hace mucho tiempo que no hacía- en la consulta del dentista y en la del oftalmólogo, dejándome guiar por la sonrisa de las recepcionistas de ambas clínicas.
Y he vuelto a casa. Me he sentado ante el ordenador y no he podido -no he querido, sería más preciso- cumplir mis planes. En unas horas he de asistir al entierro de un hombre joven cuya muerte me comunicaron ayer, mucho más joven que yo, en un lugar tan querido por mí que notaré el frío que siempre siente uno cuando asiste a un funeral, aunque se celebre en julio, incluso cuando falten quilómetros para llegar allí. Eso no estaba en mi agenda. Es el desenfoque de la línea geométrica.

viernes, 22 de febrero de 2008

A la espera. Canto optimista a la profesión.


A petición de algunos comentaristas habituales, hoy os voy a hablar un poco de mí sin disoluciones ni metáforas. Tengo la suerte de que me gusta mi profesión. Desde antes de cumplir los veinte años he dado clase. Comencé con clases particulares cuando era muy joven. Cuando estudiaba en la Universidad seguí con estas clases y entré a trabajar, en los períodos vacacionales, en una academia en la que se enseñaba español a adolescentes franceses y para la que también hice de guía turístico. Después, entré en la Universidad y desde entonces he dado clase en diversas licenciaturas, en cursos para extranjeros, en programas especiales, en la Universidad de la Experiencia... Llevo, por lo tanto, más de media vida dedicado a lo que es mi profesión y aun me gusta el reto de comenzar un curso nuevo.
Fui educado en un momento en el que se primaba la trasmisión de conocimientos de tal manera que parecía que todo lo que ibas a necesitar en tu vida lo aprendías antes de cumplir los veintidós o veintitrés años. Hoy ya no es así, sino que nos inclinamos a enseñar métodos de trabajo, información y habilidades. La formación, en estos tiempos, se ve como algo permanente a lo largo de la vida. La complicación técnica y la acumulación de conocimientos y teorías ha provocado tal complejidad en cualquiera de los ámbitos que podamos imaginar que sería absurdo pensar en saberlo todo. Además, sabemos que las cosas sólo son ciertas a la altura de nuestro conocimiento actual, pero mañana mismo puede demostrarse su falsedad. En el ámbito de las ciencias humanísticas. en el que me muevo, también somos conscientes de que la subjetividad del investigador y su contexto histórico tiene un papel mucho más amplio que en otras, así que ya partimos con cierta fragilidad de nuestras conclusiones.
Sin embargo, lo que no ha cambiado es algo más íntimo. Veo crecer a mis alumnos, que cada curso son un año más jóvenes que yo. Hoy tienen otra jerga, ya no han visto las películas que yo vi ni oído la música que yo bailé tan mal. Visten de manera diferente. Pero siguen creciendo por dentro. Este crecimiento es el que avala su aprendizaje. No todos aprovecharán igual la estancia en las aulas, pero en todos ellos he visto los ojos que yo tenía cuando fui joven. No sé bien cómo me verán ellos, pero a veces tengo noticias, años después, de ellos, de sus avatares profesionales y personales y veo cómo ha crecido aquello que intuía.
Son como los rosales de la fotografía. A veces basta con limpiar un poco el terreno, regarlo en su justa medida, podarlos a tiempo. El buen jardinero sabe que no debe intervenir demasiado en la naturaleza. Cuando llegue esta ya inminente primavera crecerán. Tienen la suficiente fuerza dentro.

jueves, 14 de febrero de 2008

El estanque de los desagradecidos



No debemos esperar nunca nada a cambio de nuestros favores o de nuestras acciones más nobles. Dicen los psicólogos que gran parte de nuestras ansiedades se deben a que comerciamos con estos gestos que deben ser gratuitos y sólo deberían aportarnos la satisfacción propia del deber cumplido o de la ayuda al otro. Muchas de las relaciones familiares, amorosas o de amistad fracasan porque el que da espera ser correspondido de forma obligada en un retorno del favor o del cariño: da para que le devuelvan con la misma o mayor intensidad. Con esta perspectiva, convertimos la relación en un círculo que debe reintegrarnos satisfacción del otro cuando nos iría mejor provocando una cadena de favores cuyo receptor no fuéramos nosotros.
No esperes nada del otro. Haz lo que debas o te apetezca sin poner tasa de retorno o te convertirás en un egoísta, precisamente lo que no debe ser el que da, excepto que veamos las relaciones como una transacción comercial: quid pro quo. Tampoco ayudes si no te necesitan: eso no es ayuda, sino intromisión en la vida del otro.
Sin embargo, en el otro extremo, hay una patología aun más odiosa: la del desagradecido. En el fondo, el desagradecido no está rechazando nuestro favor sino que lo ha vivido con odio, viéndolo, en un cambio de registro absurdo, como una prebenda merecida por sus propias virtudes o, lo que es peor, como una humillación. Conozco seres rencorosos contra el que les ha ayudado en muchas ocasiones. No lo rechazan, porque necesitan ese apoyo o porque lo creen justo en su vanidad, pero siempre odiarán al generoso. Ellos son incapaces de dar nada porque se arrastran en el fango más sucio de la miseria humana, adoptando formas inertes, casi amorfas, pero, en cuanto pueden, explotan con toda la ira de su desagradecimiento, volviéndose ruinmente contra quien los ayudo. Simplemente, porque son incapaces de decir gracias. Hay palabras que a algunos les hacen llagas en la boca.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Vida acolchada.

El ser humano necesita acolchar su vida. Incluso los vagabundos, cuando prevén dormir varias noches en el mismo sitio, tienden a crear un hogar reconocible y suyo. Quizá está en nuestros genes desde que la especie se dio cuenta de que los individuos solos no sobrevivían mucho tiempo fuera del grupo. Por la conciencia de nuestra fragilidad surgió nuestra soberbia colectiva y el progreso se ha entendido, en gran medida, como el control abusivo y la manipulación exagerada de la naturaleza. El tema ha dado lugar a sesudos tratados y reflexiones filosóficas que leí hace siglos. Pero hoy he querido fijarme en lo más cotidiano. Todos estamos de acuerdo en este primer mundo en que hasta los parques infantiles sean lugares de mínimo riesgo para los niños, que viven en una burbuja de sopreprotección que, curiosamente, no les aleja de la violencia, que muta porque también está en nuestros genes. Sólo admitimos una pequeña ventana al mundo en los noticiarios televisivos en los que vemos niños soldados o abandonados en las grandes ciudades del mundo o realizando penosos trabajos. Los padres de aquí no queremos que nuestros hijos sufran estas penalidades ni percances en sus juegos, como es lógico. Y las administraciones no quieren demandas ni quejas vecinales. Pero la exageración nos llega hasta el pie de los árboles. Fabricamos jardines como si de juguetes se trataran. Y todo es sintético ya en nuestras vidas. Quizá ya hasta la vida misma. Y la muerte.

jueves, 31 de enero de 2008

Retrato del paseante sobre fondo de cristal y escalera en cuatro movimientos gráficos y texto




A veces te espera lo oscuro en el día más claro. No siempre la luz ayuda a encontrar el camino y no sólo porque ciegue. Podría creerse que, en el laberinto en el que consiste nuestra existencia, excepto para aquellos que prefieren habitar sólo uno de sus rincones y pueden recorrerlo a tientas o de memoria, alguien va encendiendo las luces que nos conducen de un lugar a otro a su capricho, al iluminar unos pasillos y oscurecer otros. Quién sabe si no vivimos desorientados por la luz y nuestro ámbito debiera ser más nocturno, en las tinieblas. Quizá veríamos mejor nuestra imagen degradada con el reflejo falso de nuestra esencia de seres humanos que hacen dejación continua y perversa de sí mismos. Por ello la disolución luminosa de estas escaleras, que descienden.

miércoles, 30 de enero de 2008

Alcantarilla de los malos pensamientos.


El sábado tomé un café con mi querido Blogófago, en un tiempo agradable y provechoso, como siempre que he coincidido con él. Hablamos de inquietudes, proyectos y vida.
Haciendo tiempo para la cita, me propuse un reportaje fotográfico del parque de Virgen del Manzano y aprovecho una de esas fotos hoy, que tenía reservada para una serie sobre el metal oxidado.
En varios de los comentarios a mi entrada de ayer veíais cierto camino hacia el pesimismo. De todas las formas, de ser cierto, el mío es de los que arañan la superficie para ver qué se esconde debajo y no suelo encontrar demasiadas cosas para el optimismo. Luego, de esa visión sale la urgencia de construir a partir del encuentro con los otros. Como en la red que se ha tejido en estos blogs que nos hemos hermanado a través de enlaces y comentarios, o la participación de aquellos que sin blog dejan aquí su mirada y huella con sus palabras. Por eso, os invito a arrojar por esta alcantarilla algunos de vuestros malos pensamientos. Espero que, al final, no crezcan en los subterráneos y nos devoren como los legendarios caimanes de Nueva York.
Allá va el mío: arrojo aquí aquello que a veces me lleva a perder las fuerzas para seguir adelante.