El desistimiento es una tentación permanente. En política, se convirtió en un ariete en la lucha de los liberales progresistas para denunciar su apartamiento del juego político durante los últimos años del reinado de Isabel II. El desistimiento, adoptado como lucha civil para que se haga más evidente la injusticia de una situación, puede parecerse mucho a la resistencia pasiva de Gandhi.
Sin embargo, hay otro tipo de desistimiento más personal, que nos viene, a veces, de las tripas y que no tiene esa altura de miras. Todos hemos sentido la tentación de huir, de dejarlo todo porque la vida nos ha desbordado. Muchos ni siquiera consiguen luchar un solo día. Otros, en un momento de la batalla de lo cotidiano, se ven desarbolados. No todos podemos ser héroes y una voz nos grita: hasta aquí has llegado. Cada uno se reconoce en esos momentos, sabe qué siente y cómo, lo único que espera ya, es que pase el tren adecuado que lo lleve lejos de todo.
Se reconoce a esas personas por su tristeza: el que ha desistido una vez lo hará más veces. No son más que supervivientes de sí mismos, gente derrotada que huye de los conflictos, que reniega de la lucha diaria. Algunos de ellos, sin embargo, solo buscan una oportunidad en la que puedan recuperarse. Aunque cueste. Es curioso: de los derrotados por la vida pueden salir los que suelen llegar más lejos, aunque parezca contradictorio. Quizá porque ya no tienen nada que perder y en un momento necesitan salir de su huida. Igual que encontraron el tren que los alejara, pueden, un día, hallar la estación adecuada en la que apearse.