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jueves, 6 de enero de 2022

Sentido de la metateatralidad de Mil Amaneceres y noticias de nuestras lecturas con anuncio de la próxima.

 


(Léanse antes la primera y la segunda entradas sobre esta obra.)

La metateatralidad de Mil amaneceres es evidente. En el nivel más directo, Benjamín es un dramaturgo de éxito en Madrid, que ha ganado la máscara de plata, premio que se otorga a la mejor comedia de la temporada y en toda la obra se habla mucho de teatro; Antón tiene un pasado como cómico antes de ser condenado a galeras y, por esa razón, propone a Benjamín, matar el hambre representando por los pueblos que encuentren en su camino, contando su historia (Es condición humana disfrutar con las penalidades ajenas). Un buen puñado de las anécdotas del monólogo surgen de esta decisión. Estas historias vienen a demostrar la necesidad general de risa, aun a costa ajena -sobre todo a costa ajena, para olvidar las miserias propias-, y el peligro de la misma cuando el comediante traspasa algunas barreras, incluso sin saberlo. El mundo, se les presenta siempre como una lucha y el trabajo de cómico, por eso mismo, es muy arriesgado en cuanto toca creencias o cualquier otra cosa relacionada con el poder -sea este una masa de espectadores o el monarca.

Cuando se les agota el primer objetivo de su viaje (ni Antón ni Benjamín podrán reencontrase con sus familias), deciden marchar a la Corte. Necesitados de obras de mayor impulso, Benjamín muestra sus habilidades para componer versos, casi siempre inspirados en obras ajenas, cosa a la que resta importancia Antón (Los poetas famosos también copian todo lo que pueden... Las palabras y los versos son del que los usa, no del que los inventa, que ni se sabe quién ha sido). Y es ese el momento en el que se encuentran con la compañía de cómicos de Carcoma -personaje que procede de la primera obra teatral de José Luis Alonso de Santos, Viva el Duque nuestro dueño- que marcha hacia Almagro y en la que Benjamín termina de aprender los rudimentos del arte teatral. De Carcoma recibe la lección última: Lo mejor del teatro no se puede explicar. 

Ya sabemos que Antón renuncia a representar ante el rey como les ofrece sor Adela. La vida le ha enseñado que ese es el límite de su arte. Sin embargo, Benjamín sale a escena, impulsado por las palabras de la hermana y pasa de ñaque a bululú (Tienes que escribirlo pensando que lo va a hacer un solo actor que representa al mundo entero). En efecto, Mil amaneceres debe interpretarse como un bululú, en el que el actor debe ser el mundo entero sin dejar de interpretar todo desde su propio personaje, cargado del conflicto que lo ha marcado y que expone desde su entrada en escena.

La obra, como le insiste sor Adela, tiene que ir precedida de la loa, que tiene que gustarle a su majestad. Ese es el precio que debe pagar como artista frente al poder, el pacto para poder salir del Hospicio de locos y menesterosos y tener la posibilidad de seguir su vida y obtener éxito en Madrid y su conflicto.

En sus últimas palabras, Benjamín le dice a Antón que ha escrito una obra titulada Mil amaneceres en la que cuenta su historia y sale hasta esa misma escena final. El teatro se convierte, por lo tanto, en la representación de la vida, quizá para que podamos intentar comprenderla, si lo conseguimos, porque, como decía Carcoma, el teatro -la vida- es lo que no se puede explicar.

(Estas entradas sobre Mil amaneceres debieron publicarse en diciembre, pero la acumulación de trabajo me lo impidió. Por lo tanto, mis comentarios a esta obra, que corresponde a la lectura del mes pasado, se publicarán en estos días siguientes para dar paso al siguiente título en el resto del mes de enero.)


Noticias de nuestras lecturas

Carmen Ugarte finaliza su comentario de Mil amaneceres analizando el uso de refranes y frases hechas en la obra, que, sin duda, contribuyen a darle verdad al monólogo. No te pierdas esta entrada.



En este mes de enero leeremos Insolación (Historia amorosa) de Emilia Pardo Bazán. Con motivo del centenario de su fallecimiento, regresamos a esta autora, de la que ya leímos Los pazos de Ulloa en mayo de 2016. La obra, dedicada al que fuera escritor, bibliófilo y coleccionista José Lázaro Galdiano, se publicó en 1889 y siempre se ha puesto como ejemplo del feminismo tal y como lo entendía la autora. De la novela hay suficientes ediciones en el mercado y también una correcta edición digital en la Biblioteca Virtual Cervantes.

Recojo en estas noticias las entradas que hayan publicado los blogs amigos (si me he olvidado de alguien, agradezco que se me avise). Entrada del Club de lectura cada jueves (salvo casos excepcionales), en este blog.

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ADVERTENCIA: Las entradas de La Acequia tienen licencia Creative Commons 4.0 y están registradas como propiedad intelectual de Pedro Ojeda Escudero. Pueden ser usadas y reproducidas sin alterar, sin copias derivadas, citando la referencia y sin ánimo de lucro.

lunes, 3 de enero de 2022

El conflicto de Mil amaneceres de José Luis Alonso de Santos y noticias de nuestras lecturas

 



El lector de la obra en su versión escrita o el espectador de la misma sobre la escena no debería olvidar en ningún momento que Mil amaneceres es un monólogo teatral. Parte del juego literario consiste en que el autor, el director de escena y el actor que la representa nos hagan entrar en la ilusión de todo lo que se cuenta en ella y creeremos ver un mundo lleno de escenarios y personajes diversos aunque no salgamos nunca, en realidad, del lugar en el que se vela el cadáver de Antón. Sin embargo, como en la estructura picaresca tradicional, quien narra es el protagonista y lo hace siempre desde su perspectiva y con su conflicto. En su engaño, sin embargo, siempre se debe mostrar el truco en toda gran obra literaria, lo contrario sería ventajista y así lo hace José Luis Alonso de Santos desde que el personaje sale a escena. El Lázaro adulto se esconde detrás del Lázaro niño, que es el que retiene el lector de El Lazarillo de Tormes, pero desde el principio nos dice que quiere justificar su condición de cornudo consentidor y, por lo tanto, todo lo que viene detrás tiene esa intención, incluida la recreación de su niñez con tanta fuerza que algunos lectores se olvidan de casi todo lo que viene detrás, también del motivo del relato.

Benjamín Campos entra en escena para pronunciar el panegírico de su amigo fallecido, Antón Toledo, a petición de sor Adela, pero nos muestra su conflicto desde las primeras frases. De esta manera, convierte a lectores/espectadores en asistentes al velatorio, pero no olvidemos que quienes habitan el Hospicio de las Hermanas de la Caridad (es decir, nosotros), son locos y menesterosos. Antón Toledo no es exactamente un personaje ausente porque se encuentra de cuerpo presente en el escenario y Benjamín se dirige a él en varias ocasiones. Antón está y no está, es segunda y tercera persona, pero, por supuesto, no puede responder ni alegar nada, está muerto, pero Benjamín se dirige a él porque solo Antón puede comprender lo que lleva dentro.

En el monólogo, Benjamín da cuenta de todas las peripecias vividas junto al amigo, desde que lo conociera condenados ambos a galeras -el mayor, Antón, por consentidor; el joven, Benjamín, por hurto-, hasta que se separaron unos años antes en el Hospicio. Por el camino, quedan todas las aventuras vividas juntos, comenzando por el sufrimiento de los tiempos en los que fueron galeotes. Este sufrimiento no ha nacido solo desde que embarcaron, sino que es muy anterior, procede de la radical injusticia social que los ha conducido hasta allí, del conflicto como individuos ante una sociedad que tiene unas dinámicas perversas: a Antón le hubiera bastado matar a su mujer para lavar su honra, tal y como le insistió el cura de su parroquia, y no hubiera sido condenado; a Benjamín le hubiera salvado una mayor habilidad o el capricho del nacimiento en otra familia. Antón, por su edad y forma de ser, utiliza el humor y la risa para sobrellevar el sufrimiento y se agarra a la posibilidad de cada amanecer. Benjamín, joven, inexperto e impulsivo, se desespera por su suerte y le cuesta comprender a su amigo. El mayor ejerce de maestro, no siempre dulce y protector, del más joven. Es precisamente la risa -una de las acciones más revolucionarias y de resistencia posibles ante una sociedad y una vida injusta e inexplicable, pero que es la que a uno le ha tocado-, la que permite que ambos sobrevivan a las galeras. Una vez desembarcados, su viaje se convierte en una continua mezcla de esperanza y desesperanza, un caminar de supervivencia entre el frío y el hambre, por los caminos de una España -de un mundo- implacable en el que encuentran mucha crueldad, pero también algunos rasgos humanitarios. El más importante, aquel por el que sor Adela los salva de una situación muy comprometida y los acoge en el Hospicio. Sor Adela les abre también la oportunidad de regresar al mundo en mejores condiciones, pero para hacerlo tienen que transigir con las normas sociales y ahí es en donde se separan. Antón ya no puede más, ha encontrado el refugio ante el sufrimiento y la fragilidad en que consisten la vida y su lucha. Sin embargo, Benjamín es más joven, tiene la necesidad de regresar al mundo y explorar la posibilidad de dejar el sufrimiento viviendo en sociedad, aunque tenga que pactar con ese mundo y la injusticia con la que se rige la vida de los individuos como él. No está dispuesto a desaprovechar la oportunidad que le brinda sor Adela. Además, se ha convertido en dramaturgo, lo que permite explorar a José Luis Alonso de Santos las relaciones entre el artista y el poder, entre el artista y la sociedad.

Quizá el lector o el espectador no atento se haya entretenido con los episodios anteriores, que van de lo festivo al drama, como en la vida, pero no debería olvidar que el verdadero motivo de la obra nace ese día en el que ambos se separaron. Benjamín ha tenido posteriormente una vida de éxito, pero finalmente ha comprendido las razones de Antón sin dejar de aceptar su propio camino en la vida, pero cuestionándose hasta qué punto ha transigido con un mundo injusto. Por eso mismo, recoge el trozo de remo que Antón había guardado hasta el final de su vida desde que lo recogiera al desembarcar de galeras, para que no se le olvide el lugar del que viene y las razones de su vida. Ese es su conflicto, el que le ha motivado a regresar al Hospicio.


(Esta entradas sobre Mil amaneceres debieron publicarse en diciembre, pero la acumulación de trabajo me lo impidió. Por lo tanto, mis comentarios a esta obra, que corresponde a la lectura del mes pasado, se publicarán en estos días siguientes para dar paso al siguiente título en el resto del mes de enero, Insolación (Historia amorosa), de Emilia Pardo Bazán. Continúa en próximas entradas.)


Noticias de nuestras lecturas

Mª Carmen Ugarte publica una muy necesaria entrada para la comprensión de Mil amaneceres. En ella explica con todo acierto cómo una obra puede parecer del siglo XVII sin dejar de ser del XXI. No dejes de leerla.

María Ángeles Merino, hizo, como es habitual, un magnífico resumen de la reunión presencial del club, muy útil para aquellos que no pueden acudir a ella. Nunca agradeceremos suficientemente su trabajo. En su segunda entrada, indica la enseñanza optimista de la obra y, de paso, felicita el año a todos los lectores del club.

Recojo en estas noticias las entradas que hayan publicado los blogs amigos (si me he olvidado de alguien, agradezco que se me avise). Entrada del Club de lectura cada jueves (salvo casos excepcionales), en este blog.


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martes, 28 de diciembre de 2021

Primera aproximación a Mil amaneceres de José Luis Alonso de Santos y noticias de nuestras lecturas.

 


El 2 de noviembre de 1626, reinando Felipe IV en España, Benjamín Campos, natural de Toledo y dramaturgo de éxito en Madrid, acude al Hospicio de las Hermanas de la Caridad de Ciempozuelos para pronunciar unas palabras en el velatorio del cadáver de Antón Toledo, natural de Talavera de la Reina y antiguo cómico. Antón había fallecido el día anterior y sor Adela, que gobierna el Hospicio que acoge a los locos, lo manda llamar para que pronuncie el panegírico de su antiguo amigo. Este es el motivo inicial de Mil amaneceres, monólogo dramático que quiere convertirse en la última obra teatral escrita por José Luis Alonso de Santos (Valladolid, 1942), en palabras del autor.

Bajo la propuesta argumental, se esconde un buscado viaje a los orígenes de la obra de este autor y una síntesis de todas las lecciones del dramaturgo -teatrales, pero también humanas-. En efecto, el monólogo conecta con su primera obra, Viva el Duque nuestro dueño (1975) en el viaje al siglo XVII para tratar en él temas de nuestra propia época, en la presencia de lo teatral como esencia misma de la acción y metáfora dela vida (en Mil amaneceres nos reencontramos con el personaje del cómico Carcoma, ya mayor), en la relación del arte con el poder, en la injusticia en la que consiste el reparto de papeles en la sociedad y la forma de afrontarla, etc., aunque con sutiles y significativas diferencias que proceden de toda la experiencia de los más de cuarenta años que trascurren entre la escritura de una y otra obras. En Mil amaneceres se refleja conscientemente toda la trayectoria del autor y las señas más importantes de su escritura dramática, así como un testamento vital. Este es el sentido de este ciclo que se cierra con Mil amaneceres.

Mil amaneceres, publicado por el Ayuntamiento de Valladolid en 2019 en conmemoración de la coronación de José Luis Alonso de Santos como Letraherido, un reconocimiento otorgado por la ciudad a través del programa Valladolid Letraherido, celebrado en la Fuente de la Fama del Campo Grande, obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León en su edición de 2020, ex aequo con el libro de relatos Fábrica de prodigios de Pablo Andrés Escapa.  El lector no deberá despreciar la lectura de la excelente introducción de Margarita Piñero para mejor comprensión de la obra.

(Esta entrada debió publicarse el primer jueves de diciembre, pero la acumulación de trabajo me lo impidió. Por lo tanto, mis comentarios a esta obra, que corresponde a la lectura del mes de diciembre, se publicarán en estos días siguientes. Continúa en próximas entradas.)


Noticias de nuestras lecturas

María Ángeles Merino completó su entrada con los apuntes de lo que sucedió en la última reunión presencial del club para comentar Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, de Federico García Lorca. Puedes leerla aquí.

Carmen Ugarte dedica una sustanciosa entrada a la hondura vital de la obra, preguntándose oportunamente si la obra no sucede hoy mismo. 

Luz del Olmo dedica su entrada al aprendizaje y la vida que contiene la obra de José Luis Alonso de Santos y lo resume de forma magnífica.

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jueves, 2 de diciembre de 2021

Actualidad de Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín y noticias de nuestras lecturas, con anuncio de la próxima.

 


El pasado martes día 30 de noviembre mantuvimos el encuentro mensual del Club de lectura en su faceta presencial, sostenida por ALUMNI UBU. El debate que allí se suscitó sobre la comprensión última de la obra de Federico García Lorca que hemos leído en el mes último, Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, me ha impulsado a retrasar una semana el comienzo de mis entradas sobre Mil amaneceres de José Luis Alonso de Santos. No es la primera vez que ocurre en estas reuniones que, tras la sesión, muchos de los asistentes salen con la idea de releer la obra comentada después de las intervenciones de todos los lectores. Esta es una de las ventajas de las lecturas colectivas, que nos aportan visiones diferentes y nos llevan a profundizar mejor en el conocimiento de lo leído primero en soledad.

Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín no ha perdido un ápice de su actualidad como obra teatral. En primer lugar, provoca todavía la perplejidad en la recepción y eso mueve a pensar que todavía causa uno de los efectos buscados por el autor. Esta extrañeza lleva a muchos lectores (hablo de lectores porque es el caso, pero también porque una correcta dramaturgia soluciona la cuestión o debería hacerlo, por lo menos) a rechazar la obra por entenderla como demasiado elemental, sin sustancia o errática. Hay que reconocer que en España no se está acostumbrado a leer teatro, que pide una práctica más especializada que la lectura de narrativa. Lo sé por experiencia: en este club me he propuesto introducir todos los años obras de teatro y no suelen ser la más populares al final del curso, pero también me ocurre con mis alumnos universitarios.

Para poder explicar las razones de la extrañeza de alguno de los lectores al enfrentarse a esta obra, elegimos comentar detenidamente la escena de los duendes del cuadro segundo. En ella podemos hallar la razón metateatral de la obra. Los dos duendes interrumpen la acción y se sientan en la concha del apuntador, cara al público. Acaban de romper la cuarta pared y se proponen comentar lo que ha sucedido y va a suceder con referencias explícitas a la condición teatral de la obra (que luego el público se encargue de destaparlas), a la vez que propician que la parte más evidente del conflicto no se represente directamente para no afectar al protagonista (porque no es justo poner ante las miradas del público el infortunio de un hombre bueno), pero esto, que podría haberse hecho sin decir, se dice. Apelan al público porque piden de él su participación, su complicidad, alejándose del espectador acomodado del teatro convencional al que, por entonces -y por ahora- se le daba explícitamente la moraleja del conflicto en un parlamento final. En efecto, frente al teatro comercial de entonces, no busca García Lorca explicitar el mensaje de la obra ni pensar por el espectador, sino que lo provoca para que sea parte esencial del proceso teatral.

Las razones más evidentes de la subversión que hallamos en Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín son la contestación al sentido barroco de la honra, la lectura diferente del tema del viejo que se casa con una mujer joven, la modificación del concepto de sacrificio por amor, la recuperación del cuerpo en las relaciones amorosas -tema nada frecuentado en el teatro español hasta ese momento-, etc., pero las claves teatrales de la revolución que implica esta obrita frente al teatro convencional se hallan aquí y guardan todavía toda su validez. Las raíces son claras (el teatro popular, el mundo de los títeres, la  vanguardia más radical europea que apenas se conocía en España). El espectador y el lector acostumbrado a que el autor le facilite todas las claves se desorienta y el que las comprende pero es partícipe de aquello que en la obra se destruye -la mirada tradicional sobre los temas señalados-, se indigna y rechaza esta aleluya.


Noticias de nuestras lecturas

Pancho publica su segunda entradas sobre Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín de Federico García Lorca. Una entrada excepcional en la que el lector encontrará todas las claves para su correcto entendimiento, incluidas las canciones a las que da lugar el texto de Lorca. Y termina con Sabina y Paez, qué más se puede pedir.

María Ángeles Merino publica en su blog un detallado resumen de la reunión que mantuvimos el martes pasado. Le agradezco mucho su enorme trabajo, sobre todo por aquellos que no pueden estar en las sesiones presenciales.

Anuncio de la próxima lectura



En este mes de diciembre leemos Mil amaneceres, el monólogo de José Luis Alonso de Santos, última obra publicada por este autor, con la que anuncia que deja la escritura dramática. José Luis Alonso de Santos es uno de los grandes dramaturgos de la historia del teatro español. Con esta obra retorna a sus inicios con un texto cargado con toda su sabiduría teatral y de hondo pensamiento sobre la piedad, la amistad y la búsqueda del lugar en el mundo. La obra ha sido editada por el Ayuntamiento de Valladolid en 2019 y obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León.


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jueves, 23 de abril de 2020

El día del libro y el morado comunero


Hoy las redes sociales se han llenado de la generosidad de todos para celebrar el día del libro en unas circunstancias tan especiales como las que vivimos. Yo mismo he colaborado en varias iniciativas. Con el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua he participado en un homenaje a Miguel Delibes con motivo del centenario de su nacimiento, presentando su figura y analizando uno de los textos más radicalmente actuales de este autor, su discurso de ingreso en la Real Academia en 1975, junto a mis colegas Carmen Morán y Natalia Álvarez (puede consultarse aquí), y un diálogo vivo e interesante con los ganadores del Premio de la Crítica de Castilla y León de este año, José Luis Alonso de Santos y Pablo Andrés Escapa (aquí); a Miguel Delibes también se le ha homenajeado desde el Ayuntamiento de Medina de Rioseco, con la lectura de fragmentos de sus obras y yo he seleccionado la parte del mencionado discurso que me ha parecido más emotiva y personal (aquí); a petición del escritor y promotor cultural José Ignacio García, he mandado un fuerte abrazo y un libro a la buena gente de Portillo, en una iniciativa del Ayuntamiento de esta localidad (aquí); he apoyado la campaña de la Asociación de libreros de Burgos recomendando la lectura del poemario Material de contrabando de José Gutiérrez Román, estupendamente editado por Difácil (aquí); también he compartido la lectura del famosísimo fragmento 7 de Rayuela de Julio Cortázar con la emisora municipal de Ayamonte, gracias a mi querido amigo José Luis Rúa y los Poetas del Guadiana. Además, he compartido públicamente algunos vídeos dedicados a mis alumnos en los que explico la narrativa cervantina (pueden verse en mi canal de Youtube, aquí). Ha de recordarse que este día del libro se celebra el día 23 de abril porque se creía que en esta fecha falleció Miguel de Cervantes, cosa que la investigación ha desestimado. Cervantes murió el 22 y fue enterrado tal día como hoy. En todo caso, ha sido un día del libro intenso, como nunca lo había vivido. Posible gracias a la tecnología actual, que nos acerca a todos los lugares y nos permite conversar con tanta gente querida.

Ahora solo es necesario un nuevo paso: no abandonar el impulso, apoyar la cultura en los duros tiempos que se avecinan de crisis económica gravísima en el sector y comprar en las librerías de toda la vida.

En Castilla y León hoy ha sido fiesta. Se rememora la derrota en la batalla de Villalar de 1521, en la que las tropas comuneras fueron vencidas por las del emperador Carlos V y ejecutados inmediatamente Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Cada vez está más clara la importancia de la Guerra de Comunidades y lo que supuso para la historia moderna no solo española sino europea. Como en todas las cosas de la vida, su significado es más complicado de lo que parece y por eso ha podido analizarse como la última revuelta medieval o la primera revolución moderna, pero la trascendencia de lo que ocurrió es innegable. Lo cierto es que a partir del siglo XIX se recuperó como un símbolo de la libertad frente al absolutismo por los sectores progresistas del liberalismo y algunas sociedades secretas. De aquella época parece venir la sustitución del rojo carmesí de las banderas por el morado con el que identificamos hoy el movimiento. La recuperación de los comuneros en los años setenta tuvo un claro significado antifranquista, de lucha frente a la dictadura de Franco y su intención de continuismo, y fue la seña de identidad castellana para proclamar la libertad y la igualdad. De allí me viene mi sentimiento comunero. Un sentimiento que no es nacionalista, sino todo lo contrario, porque hace mucho que aprendí a amar el terruño propio para admirar todos los ajenos sin jerarquizarlos ni excluirlos. No debe haber un nosotros frente a un ellos. El extraordinario poema del berciano Luis López Álvarez que relataba los hechos alcanzó pronto la condición de cantar de gesta musicado por el Nuevo Mester de Juglaría y para muchos es parte de la memoria personal y colectiva. Es mi caso. 

Así que me he imaginado en la campa de Villalar, añorando el horizonte abierto de mi tierra. Y en casa lo hemos celebrado con una tortilla de patata y vino.

Cuando ha anochecido, hacia la Peña de Francia, el día se ha puesto tan hermoso que solo por eso ya ha merecido la pena.

viernes, 10 de abril de 2020

La memoria


Si me asomo por la calle Mayor de Sánchez Ocaña, veo la curva que traza la calle de Solano en una ligera cuesta arriba. A mi izquierda, la calle Mayor ya es de Pardiñas y se va estrechando hasta la esquina de la Farmacia de la Bola, que no veo desde aquí. Mi padre, cuando estuvo confinado en casa por su enfermedad, terminó perdiendo la memoria de lo que había más allá de lo que veía desde las ventanas. Por mucho que se esforzara, no lograba recordar nada. Su barrio se había convertido en una tierra desconocida. No manifestaba dolor al contármelo, su lucha diaria era poder bajar de nuevo a la calle y sentarse en un banco que veía desde la ventana del salón. No lo consiguió. Recordándolo, me esfuerzo por no olvidar qué hay más allá de lo que veo (a mi izquierda, me digo, el teatro Cervantes, San Gil, la plaza de la Piedad camino de la plaza Mayor de Maldonado; a mi derecha, por la calle de Solano, la calle Miguel de Unamuno y la Puerta de Ávila, hasta llegar a la Corredera). De pronto, comprendo que me he olvidado de cómo era tal casa o de algunos locales comerciales. Como si me comenzaran a agujerear el mapa de las cosas.

Al asomarme al balcón, pasaba Luis Felipe Comendador, que venía de ayudar a sus padres, que viven cerca de aquí. Nos hemos cruzado unas pocas frases, para sabernos bien, pero ambos sabemos que no estamos bien ninguno de los dos. Es hermoso mentirse así entre los amigos, con la confianza de la complicidad en la mentira.

Esta mañana he visto el suelo mojado de la calle, ha debido llover algo, no mucho, ¿o fue ayer?

Uno de estos días hablé por teléfono con José Luis Alonso de Santos, de todo un poco. Hace un tiempo él estuvo recluido por una operación durante unas semanas. De aquella experiencia salió Mil amaneceres, su última obra de teatro, un monólogo sobre la amistad, la relación del escritor con el poder, la supervivencia y la piedad. Es decir, sobre el aprendizaje de una vida en la que los triunfos son pocos y el sufrimiento mucho y el balance final es cómo se cuenta este.

Hoy es Viernes Santo. Mis padres tenían la costumbre de ir al sermón de las Siete Palabras de Valladolid. En realidad no iban a escuchar el sermón, sino a ver el ambiente y a tomarse algo en los bares cercanos a la plaza Mayor. Salían poco fuera del barrio, pero no faltaron casi nunca en un día como hoy. Cuando falleció mi padre acompañé a mi madre un año, pero le dolió tanto el recuerdo de esa mañana de todos los años, que no volvimos. Cuánto echo de menos estrechar con fuerza el cuerpo menudo de mi madre, como hacía en sus últimos años. Qué menudas se nos quedan las madres cuando se nos hacen mayores, qué abarcables con los brazos. Yo la estrechaba, juguetón, y ella me decía, protestando, que iba a dejarle sin coloretes las mejillas.

martes, 25 de febrero de 2020

XVIII Premio de la Crítica de Castilla y León


Ávila no defrauda nunca al viajero. Entrar en sus calles más allá de la muralla y pasearlas, contemplarla desde la lejanía, comprobar que sigue ahí, sólida y elevada, en un sabio equilibrio entre lo terrenal y lo espiritual. No defraudan tampoco sus alrededores, tan castigados por la despoblación, pero tan cargados de historia y bellezas casi desconocidas hoy entre las nuevas generaciones que han hecho de lo exótico objeto cotidiano y de lo que es más cercano un elemento exótico. Estas tierras luchan ahora por sus derechos más básicos, garantizar una buena sanidad pública, que no se cierren centros educativos, que funcionen correctamente las conexiones a internet y telefonía en todo el territorio, no perder el ferrocarril como medio de comunicación. Ojalá la lucha tenga éxito. De lo contrario, la densidad del pasado sería solo eco al paso del pasajero ocasional y estas tierras merecen la fortuna del futuro.

Hoy he estado en Ávila como miembro del jurado del Premio de la Crítica de Castilla y León. Esta edición presentaba una complejidad extrema: todas las obras seleccionadas en todos los géneros tienen una gran calidad y no podían ser comparadas entre sí porque cada una traza su camino singular en estilo y temática. El jurado ha optado por otorgar el premio a dos obras ex aequo: Mil amaneceres, monólogo teatral de José Luis Alonso de Santos y Fábrica de prodigios, libro de relatos de Pablo Andrés Escapa. Dos géneros que no suelen ser ganadores en premios como este. El resultado ha juntado a un autor que comienza a cerrar su trayectoria junto a otro que ya tiene una trayectoria sólida, pero que aún no había sido reconocido y que, en gran medida, era un autor oculto para el gran público. Ambos tienen una calidad literaria fuera de toda duda. Los dos títulos tienen algo en común: contienen un estilo personal y de gran factura literaria pero resultan accesibles para cualquier lector. Qué difícil suele ser conjugar ambas cosas.

Entre los títulos finalistas se encontraban Sobre María Zambrano, ensayo de Antonio Colinas; Mi corazón visto desde el espacio, novela de Alejandro Cuevas; La Brigada 22 de Emilio Gancedo; Una tumba en el aire, narración de Adolfo García Ortega; Jardín Gulbekian, poemario de Juan Antonio García Iglesias; Todos los tiempos, libro de poemas de Mauricio Herrero; Lumbre y Ceniza, poemario de Yolanda Izard y Juventud de cristal, novela de Luis Mateo Díez. Todos ellos merecen tener el verdadero reconocimiento de los lectores.​ Me propongo reseñarlos individualmente durante las próximas semanas.

domingo, 25 de junio de 2017

La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos por El Duende de Lerma


La sombra del Tenorio es un monólogo escrito por José Luis Alonso de Santos y estrenado por Rafael Álvarez, el Brujo, en 1994. No es una novedad, por lo tanto, pero su pervivencia en los escenarios habla del acierto de la obra. De la mano de Rafael Álvarez tuvo una exitosa vida. La crítica, desde su estreno, siempre la vinculó con el actor, como si no pudiera tener otra vida más allá que de la mano del extraordinario y personal que la pusiera sobre la escena. Es difícil tarea la de recoger un título tan popular, representado por uno de los actores españoles que ha creado una forma propia de estar sobre la escena. Yo vi la obra en la temporada de estreno y pensé esto mismo ya entonces.

Por otra parte, la obra es un reto para cualquier actor. José Luis Alonso de Santos escribió un monólogo de perfecta factura y eficacia -hay que decirlo: una obra maestra del teatro español contemporáneo en su género-, muy exigente para quien la interprete en la hora y media que dura. Cambia continua y endiabladamente de registro, de tono, de género incluso. Pasa de la comedia al drama, de la parodia al costumbrismo, del realismo a lo fantástico, del relato de anécdotas a las preguntas más graves sobre la identidad y las emociones humanas. Hay un momento, que toda compañía teatral teme, en el que se rompe la ilusión escénica para luego volver a levantar la famosa cuarta pared y en ese giro debe acompañarte el público.

La obra cuenta la historia de un viejo actor, Saturnino Morales, al que el azar llevó a interpretar, nada más ingresar en una compañía, el papel de Ciutti en la representación anual del Don Juan Tenorio de José Zorrilla, como era costumbre en toda España y gran parte de Hispanoamericana hasta hace unas décadas. Este azar condicionó toda su vida profesional. Ambientada en los años cincuenta, Saturnino Morales está a punto de morir y en su última noche confiesa, en un falso diálogo con la monja que lo cuida, que siempre quiso interpretar el papel del burlador protagonista y se propone realizar ese sueño. Las cuatro escenas de la obra juegan siempre con lo metateatral, la contravisión del mundo a partir de los que nunca ocupan en la historia el primer plano (una característica permanente de la obra de Alonso de Santos) y la propia biografía del personaje de Saturnino Morales, que atraviesa la primera mitad del siglo XX y la geografía española desde su condición de cómico de una compañía secundaria.

La compañía de aficionados El Duende de Lerma asumió hace unos años el reto de incorporar en su repertorio La sombra del Tenorio y ha contado para ello con el asesoramiento del autor y la dirección de Ernesto Pérez Calvo. No he podido ver su montaje hasta ayer, cuando se programó en un escenario más que apropiado, levantado en los jardines de la Casa Museo Zorrilla de Valladolid. Luis Orcajo tiene una gran experiencia como actor y ha trabajado el difícil personaje desde sus propias condiciones actorales, dotando a la obra de una profunda condición dramática. Aunque estén presentes los momentos cómicos, que funcionan como el primer día, Orcajo sitúa su registro actoral sobre todo en la persona de Saturnino Morales y en sus conflictos interiores y desde esa perspectiva propone la obra, reduciendo también el relato de anécdotas sobre el Don Juan. Vemos, pues, a Saturnino Morales antes que a un juego metateatral, lo que es un acierto para separar su propuesta de la del Brujo. Una distancia inteligente, justa y acertada puesto que Orcajo no debe ser la sombra de Rafael Álvarez. Me ha gustado este montaje, que supera con mucho la condición de aficionados de la compañía y permite demostrar que la obra de Alonso de Santos tiene vida mucho más allá de la genialidad del actor que la estrenara y puede ser encarnada por actores de la solvencia y respeto por el mundo del teatro de Luis Orcajo. No me extraña la cosecha de premios que ha recibido El Duende de Lerma con ella. Merecidos, sin duda.

viernes, 9 de mayo de 2008

Presentación de la Obra teatral de José Luis Alonso de Santos

Esta mañana he asistido, en la Feria del Libro de Valladolid, a la presentación de la edición de la Obra teatral completa (hasta el momento, claro) de José Luis Alonso de Santos, publicada por la editorial Castalia y el Ayuntamiento de Valladolid.
Intervinieron el alcalde de la ciudad, Javier León de la Riva, Federico Ibáñez (Director General de Editorial Castalia), José Gabriel López Antuñano (Director de la Escuela Superior de Arte Dramático de Castilla y León y autor de una excelente introducción que ayuda a situar la producción dramática de Alonso de Santos en el teatro contemporáneo español), Margarita Piñero (la editora literaria de los textos y estudiosa de la obra del dramaturgo) y el propio autor (que tuvo el gesto, que le agradezco, de citarme). No intervino alguien que tiene mucho que ver con el esfuerzo de editar los volúmenes, Paz Altés, trabajadora eficaz e inagotable pero que siempre prefiere quedarse en segunda fila en estos actos.
Los dos volúmenes, de casi 2.000 páginas en total, contienen 30 obras de este autor, imprescindible para contar la historia del teatro español de las última décadas, 4 de ellas inéditas.
José Luis Alonso de Santos (que nació en Valladolid en 1942), desde su primera obra, ¡Viva el duque nuestro dueño!, es autor de algunas de las piezas más populares de estos años: La estanquera de Vallecas, Bajarse al moro y La sombra del Tenorio son algunas de ellas. En su caso se hace patente que la calidad no está reñida con el éxito comercial. Además, el currículum de Alonso de Santos no estaría completo si no se citara su labor teórica y docente como Catedrático de escritura dramática de la RESAD (de la que fue Director), como director de escena o como gestor (como en su etapa al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico).

En su intervención, leyó un viejo texto (o lo simuló, en su condición de inventor de realidades) en el que fingía comentar la obra de un autor chino del siglo VIII en cuya explicación de la obra de arte como un producto surgido de la ruptura de la armonía en las cosas y el pensamiento ve la razón de su propia escritura.

Esta obra merece leerse, igual que merece ser vista sobre la escena.