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martes, 26 de noviembre de 2013

como la uña de la carne

Hay hallazgos en el Cantar de Mio Cid que nos indican que el autor no podía ser un aprendiz de escritor. Y que conocía perfectamente la transmisión oral, el efecto que podía causar una imagen en aquellos que escuchaban el texto recitado por un consumado juglar. Las marcas de oralidad de un texto como este pueden ser de de tipos muy diversos. Algunas son rítmicas, pero las que más me sorprenden en el Cantar son aquellas que arrastran al gesto de quien recita el poema. Por ejemplo, las múltiples referencias a los sentidos -mirar, hablar- o a la acción -llorar, suspirar, gestos como enderezar la cabeza, agitar los hombros-. Y otras que llegan a la sutileza, que conmocionan nada más ser escuchadas. Cuando el Cid se despide de su esposa y de sus hijas, a las que deja en el monasterio de San Pedro de Cardeña antes de abandonar definitivamente Castilla camino del destierro, nos sacude una expresión que aquel que la ha sufrido interioriza:

Asi se parten unos d’otros como la uña de la carne

La expresión del dolor interior de esa familia que se despide con una sensación tan física como el desgarro producido al separar la uña de la carne es un ejemplo del magistral trabajo literario del autor. Recordemos que un militar como Rodrigo está acostumbrado a despedirse de la familia para ir a la guerra sin saber si va o no a regresar, que en la Edad Media estas despedidas son muy frecuentes. Pero el autor la interioriza con una imagen del dolor concreto que cualquiera de nosotros puede haber sentido. La leyenda cidiana construida en este texto quiere llevarnos a un héroe real, reconocible, que siente y sufre como aquellos que escuchan la narración. Un perfecto ejemplo retórico de cómo conseguir que el receptor sienta empatía por el protagonista: quedará ya atrapado por esta figura y será más dócil ante el sutil mensaje propagandístico que encierra. Y todo esto en la primera gran obra literaria conocida de la literatura castellana.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sobre la construcción del concepto España: oy los reyes d´España sos parientes son

 Escultura en hierro reciclado de Juan Jesús Villaverde

Otra vez España como problema. En realidad, el cuestionamiento es parte de su esencia como estado desde que se forjara en tiempos de los Reyes Católicos a quienes, por cierto, no les sorprendería tanto lo de la monarquía federal, concepto que se ha puesto de moda ahora como intento de superar la intensidad del movimiento independentista en Cataluna. En el fondo, es lo que ellos hicieron y lo que se mantuvo hasta la llegada de los Borbón en el siglo XVIII. En contra de la lectura simplista e interesada de la época franquista, los Reyes Católicos construyeron una vigorosa unión a partir del respeto escrupuloso de la identidad de las partes, la Corona de Castilla y la Corona de Aragón. Por eso, los liberales españoles de finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX admiraban como modelo aquel estado que nació de los Reyes Católicos y no el de Carlos V o Felipe II. Es curioso que se nos olvide que el impulso mayor del concepto España se dio precisamente al formar un proyecto que tenía en cuenta la diversidad interior. De hecho, cuando Fernando quiso desgajar Aragón de ese proyecto tras la muerte de Isabel fueron los nobles catalanes y la alta burguesía barcelonesa quienes se lo impideron. Les interesaba y mucho ese proyecto, creían en él y, como sucedía en el territorio de la Corona de Castilla, veían un impulso claro que convertiría finalmente a España en la primera potencia mundial en el siglo XVI. No debería olvidarse esa lección porque son las épocas con una tendencia más centralizadora y menor respeto a la diversidad las que han provocado aquí que el proyecto común deje de funcionar. Felipe II, los Borbón o Franco en la historia y actualmente los fanáticos radicales de una unidad a machamartillo  han hecho más por aumentar la independencia catalana que los mismos independentistas, que ven en la reacción sentimental a los excesos de aquellos su mejor forma de aumentar partidarios.

El nacimiento de España como proyecto político y no solo como unidad cultural o geográfica, está vinculado a un momento clave de la historia del Reino de Castilla desde la que creció hasta convertirse en la raíz que uniría los diferentes reinos no tanto por imposición -como afirman muchos nacionalistas- sino porque contaba con una idea de proyecto común coherente, el único, en realidad, debajo del cual podrían reunirse todos los territorios peninsulares. A mediados del siglo XIII, Alfonso X el Sabio se convierte en rey de Castilla y, sin que debamos olvidar las bases que había formulado ya su padre, Fernando III el Santo, busca la forma de cristalizar la modernización del reino, dotándolo fundamentalmente de un sentido en la historia. Es la labor cultural impulsada por Alfonso X la que da legitimidad definitiva al reino de Castilla para continuar la lucha contra los reinos musulmanes -construyendo definitivamente esa inteligente falsificación histórica que esconde el concepto de Reconquista- y convertirse en una monarquía cuyos designios históricos -dentro, por supuesto de la visión teológica de la historia- son los de ponerse al frente de los reinos cristianos peninsulares y, finalmente, europeos. Alfonso impulsa la revisión y ordenación de todo el material histórico y legendario para que Castilla se convierta en un reino elegido por Dios para gobernar el mundo: el magno proyecto de la General Estoria comenzaba en la Biblia para llegar provindencialmente hasta él como rey de Castilla. Ya estaban formuladas las bases teóricas para comenzar la propaganda y el adoctrinamiento en la práctica.

Suele pasar desapercibido a los estudiosos el uso que se hace en ese aspecto del Cantar de Mio Cid, pero en él hay un proyecto de España que coincide ideológicamente con el del rey Alfonso, que supo aprovecharse oportunamente de la leyenda existente en torno al héroe castellano. No sería de extrañar, en absoluto, que parte de este proyecto se encuentre en la redacción del texto definitivo del Cantar. El caso es que el único manuscrito existente es de una época posterior a Alfonso X y no anterior y que por mucho que el texto final sea fiel al que copia de principios del siglo XIII nadie puede afirmar cómo era este en realidad y qué cambios introdujo. Incluso la prosificación del Cantar de Mio Cid en la Crónica de veinte reyes es parte indudable de ese proyecto. Aquellos que afirman que un mismo texto pudo trasmitirse de forma tradicional durante más de un siglo se empeñan en algo extravagante. Aunque la trasmisión tradicional de un texto busque siempre la fidelidad al texto de partida, debe adaptase a los cambios de mentalidad y lingüísticos que se obran durante ese tiempo, a no ser que quiera arriesgarse a dejar de gustar o, incluso, a no ser entendido. Y al fijarse en una copia manuscrita admite los cambios que el copista quiera introducir.

Son varias las ocasiones en las que en el Cantar de Mio Cid se cita la palabra España. Su uso es debatido: unos creen que se refiere a la España cristiana o a la musulmana, otros a la totalidad de la Península. La bibliografía también es extensa sobre el nacimiento y acepciones del concepto España y su uso durante la Edad Media. En las discusiones suele aparecer, casi siempre para mal, la ideología de quien opina a partir de los sentimientos nacionalistas. De esto no escapa ni siquiera el que más trabajó para situar la filología española en parámetros modernos y puso la base de la lectura correcta del texto, don Ramón Menéndez Pidal hijo, al fin, de su tiempo y de las necesidades del momento.

Hay que recordar algunos elementos esenciales para comprender lo que sigue y pido disculpas para aquellos a los que resulte obvio:

1º.- El Cantar de Mio Cid, tal y como nos ha llegado, es posterior a la vida de don Rodrigo Díaz de Vivar y, por lo tanto, los usos conceptuales de la palabra España corresponden a la época del texto, no a la época del Cid. Son varios los textos que cuentan las hazañas del Cid y es de suponer la existencia de cantos épicos castellanos sobre el héroe anteriores a Cantar definitivo. Muy posiblemente influyeron en la redacción última que algunos vemos como integración de un material previo en una redacción que aunque sólida muestra algunas costuras que lo evidencian. De hecho, aunque corregida posteriormente, Pidal elaboró su teoría del doble autor y doble época de composición a partir de esas evidencias.

2º.- El texto tal y como está  no es una obra popular -entendida como obra compuesta y cantada por el pueblo- sino obra de un autor muy culto, vinculado a las élites sociales, que diseña un relato perfecto tanto en su técnica como en su intencionalidad para que pueda ser admitido en la trasmisión tradicional y aceptado por el pueblo castellano, al que se instruye con él sobre la legitimidad de Castilla, sobre las nociones esenciales de su historia que interesan a dichas élites en sus pretensiones políticas y sobre el comportamiento ejemplar del personaje que se construye como el mejor de los castellanos. De hecho, cuanto más sabemos del Cid histórico, mayor es la distancia con el legendario reflejado en los cantares de gesta y los romances que cantan sus acciones. No debemos suponer en el Cantar una construcción que vaya del pueblo a la Corte, sino al revés. El autor -o autor último en el caso de que haya varios- pone toda su destreza, que es tanta que resulta una obra maestra, para construir un texto que divulgue adecuadamente lo que se quiere afirmar como verdad incuestionable. Cabe recordar que la épica era entendida como historia antes que como literatura. Y, como tal, se prosificaba en las crónicas. Por eso mismo, el único manuscrito conservado se ha descartado hace tiempo como manuscrito de juglar -cosa que se pensaba antes- y parece corresponder mejor a un cuidado pero no lujoso texto destinado a ser conservado en un archivo como prueba documental, quizá del origen de Rodrigo Díaz como natural de Vivar, en una época en la que ya se suscitaba la rivalidad entre esta localidad y Burgos para ser la cuna del héroe, sobre la que no hay ningún documento fiable. De hecho, el primer lugar en el sabemos que se conservó el manuscrito es, significativamente, el Archivo del Concejo de Vivar.

3º.- El manuscrito es una copia del siglo XIV de un texto del siglo XIII cuyo cuerpo fundamental es idéntico a la prosificación en la Crónica de veinte reyes y lo sitúa, significatívamente, en el ámbito del gran proyecto de revisión de la historia de España -y, singularmente, de la de Castilla- impulsada por Alfonso X el Sabio. Aunque podamos afirmar como cierta la fecha que nos sitúa ese texto anterior en 1207, no podemos estar seguros de las partes que se alteraron. Recordemos que Alfonso X tenía entre sus proyectos el ser reconocido como Emperador y aunque el cargo se obtenía fundamentalmente por la capacidad para comprar los votos y adquirir las alianzas necesarias entre los príncipes electores, debía legitimarse con argumentos históricos y teológicos y los documentos necesarios -fueran estos verdaderos o no-. Gran parte de los trabajos históricos promovidos por Alfonso X tuvieron ese destino: demostrar no solo que era el mejor candidato sino que era el único posible por designación divina. Para eso, no duda en forzar la lectura de la Biblia, echar mano de la leyenda de la tumba del Apóstol Santiago y del Cid. Alfonso X, que en esto era muy superior a su rival para el puesto, articula un entramado histórico perfecto por el cual Castilla resulta el nuevo reino favorecido por Dios en sus designios y sus reyes el modelo perfecto del monarca cristiano. Sin embargo, debió finalmente renunciar a sus pretensiones porque su rival supo manejarse mejor en la política real. El hecho de que el Cantar de Mio Cid se encuentre prosificado en la Crónica de veinte reyes no es inocente. Y también resulta significativo que el texto final del Cantar de Mio Cid pueda relacionarse con esta época e intención. Hasta el punto de que puede afirmarse que el Cantar de Mio Cid tal y como nos ha llegado es una herramienta más en el proyecto de Alfonso X el Sabio, sin que con esta afirmación pretenda que sea él quien directamente impulsara la modificación del texto tradicional.

Llegamos a la parte final del Cantar de Mio Cid, en donde está la afirmación más tajante del concepto España de cuantas aparecen en la narración. Con la derrota y muerte de los infantes de Carrión en el juicio de Dios sostenido para limpiar la deshonra de la Afrenta de Corpes, el Cid está en el momento de mayor esplendor de su honra. Lavada tiempo antes la deshonra que motivó su destierro, con la conquista de Valencia y la reconciliación con el rey, la derrota del bando de los Infantes lleva a Rodrigo Díaz a la culminación de su vida (cabe recordar que toda la parte correspondiente a los infantes de Carrión es legendaria y no histórica). En vida no puede ir más allá: se ha convertido en el modelo perfecto del castellano y un elegido por Dios. Otras leyendas desarrollarán lo que sucede tras su muerte, convirtiéndolo en un santo cuyos restos son capaces de realizar milagros como los recogidos en la Leyenda de Cardeña. Pues bien, es justo en ese momento cuando el narrador afirma:

Andidieron en pleitos los de Navarra e de Aragón,
ovieron su ajunta con Alfonso el de León,
fizieron sus casamientos con don Elvira e con doña Sol.
Los primeros fueron grandes, mas aquéstos son mijores,
a mayor ondra las casa que lo que primero fue.
Ved quál ondra creçe al que en buen ora naçió,
quando señoras son sus fijas de Navarra e de Aragón,
oy los reyes d'España sos parientes son,
a todos alcança ondra por el que en buen ora naçió.

Es la honra del Cid la que da verdadera altura a los futuros reyes de España gracias al nuevo casamiento de las hijas del Cid con los infantes de Navarra y de Aragón. Su descendencia terminará rigiendo los reinos de la España cristiana. Esto, que no sucedió realmente hasta 1201, ayuda a fechar el texto, pero lo importante es lo afirmado: es la sangre del Cid, del héroe castellano, la que articula esos reinos cristianos. El uso de la palabra España en ese momento es de un gran significado puesto que viene a construir la idea de España desde Castilla cosa que, sin duda, debió entusiasmar a Alfonso X metido como estaba en su proyecto imperial. El Cid, un héroe castellano, se convertía así en el punto de unión necesario de todos los reinos cristianos peninsulares. El broche que necesitaba el rey Alfonso.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Nos importa quién mató a Liberty Valance?


Hoy, en clase, he hablado de El hombre que mató a Liberty Valance, la película de John Ford, al explicar el Cantar de Mio Cid. Es curiosa la forma en la que uno enlaza sus argumentos: quise construir la imagen del héroe castellano como la del hombre hecho a sí mismo y de Castilla como territorio de frontera. Mis alumnos eran norteamericanos: nadie mejor para comprenderme que ellos. Eso me llevó al western como género cinematográfico. Luego quise hablar de la leyenda y la historia y de cómo muchos pueblos se niegan a conocer la historia y prefieren las leyendas y de cómo a otros ni siquiera se les da la opción porque se les hurta la verdad para construirles unos referentes culturales que sirvan de modelo de comportamiento obligatorio. O te aproximas a ese modelo o tienes que irte del pueblo porque te harán la vida imposible, sobre todo porque pocos pueden cargar con el peso de una leyenda cuando conocen la verdad histórica. Entre otras cosas porque toda leyenda es una mentira sencilla que habla a las emociones y la verdad histórica suele ser enrevesada y se dirige al intelecto. Hay que hacer un mayor esfuerzo para comprender una verdad que una mentira. Por eso mismo, todas las naciones se construyen sobre mentiras, que suelen ser fabricadas por aquellos que detentan el poder. En la Edad Media las difundían a través de la literatura o el púlpito o los grabados en piedra. Hoy, a través de los medios de comunicación. Y puestos a seguir el curso de mi argumentación para averiguar hasta dónde me llevaba me preguntaba a cuántos de nosotros nos importa saber quién mató a Liberty Valance y por qué lo hizo. Y si al resto les importa que a nosotros nos interese saber la respuesta.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

una niña de nuef años a ojo se parava

El Cid pretende pasar su última noche en Burgos en una posada. No puede: el rey lo prohibe bajo severas amenazas a quien desobedezca sus órdenes (le arrebatará sus propiedades, le arrancará los ojos de la cara y, después, lo matará) y nadie se atreve a dar amparo a Rodrigo. En ese momento se produce una de las escenas más conocidas del Cantar. Pocas escenas como esta para explicar la técnica con la que está construido todo el texto: la ideología del poema puede ser aceptada por todos porque se comunica instrumentalizando magistralemente las emociones más básicas y universales. El autor consigue alcanzar el sentimiento del que escucha la narración, esa es su estrategia para que tomemos la dosis doctrinal que se halla por debajo. Frente a una tropa de recios soldados armados y a caballo, decididos a todo, solo una niña de nueve años. Sería fácil apartarla y entrar en la posada. El pasaje es extraordinariamente visual y está construido para que nos provoque emoción. El Cid, tras escuchar a la niña -que le invita a pasar a pesar de las consecuencias que tendrá para ella y su familia ese gesto a la vez que le hace ver que no gana nada con provocar su desgracia-, decide no traspasar la puerta para dormir bajo techo y sale de Burgos para acampar junto al Arlanzón.

Es un fragmento magnífico que seguro fue rentabilizado oportunamente por los juglares que lo cantaban por los pueblos castellanos. La niña tiene tan solo nueve años: no hay en ella asomo de sexualidad, por lo tanto, puede simbolizar sin matices peligrosos la fragilidad de la inocencia.

Pero demos un paso más allá para no quedarnos en el argumento: Rodrigo pertenece al estamento nobiliario aunque su sangre no proceda de las mejores familias. Debe, por lo tanto, procurar el bien del pueblo, cumplir con la función que le otorga su nacimiento. Al respetar a la niña y a sus padres -por generalización, a todos los temerosos burgaleses que no osan ayudarlo- cumple esta función y se demuestra como un buen señor. Es la primera decisión que toma y lo hace de la forma correcta para el ideario medieval. Por eso, la niña, es decir, el pueblo burgalés -por extensión, castellano- sabe que Rodrigo es su héroe y no el iracundo rey de León. Se inicia aquí la identificación del Cid con la idea de lo que debe ser un noble castellano (al menos, de lo que debería ser), una de las líneas de propaganda ideológica del texto.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

quanto dexo no lo preçio un figo

Martín Antolínez aparece en el Cantar del Cid justo cuando Rodrigo tiene un grave problema: debe marchar al exilio y no encuentra forma de abastecerse de lo necesario sin dañar a los habitantes de Burgos, que no pueden ayudarlo porque el rey leonés lo ha prohibido bajo severas amenazas (arrebatar toda propiedad del que apoye al Cid, arrancarle los ojos y, después, matarlo). Martín Antolínez entrega al Cid y los suyos la comida suficiente para echar a andar: es rico (non lo conpra, ca él se lo avié consigo) y lo arriesga todo. Por eso, el Cantar lo adjetiva como el burgalés cumplido. Sabe que su gesto le acarrea la ira del rey y le obliga a marchar al exilio junto al Cid. Es generoso y decidido. ¿Qué haríamos nosotros en una situación semejante? La mayoría se escondería tras las ventanas y las puertas, como los burgaleses, que tanto quieren al Cid como el mejor de los suyos, pero no osan rebelarse contra el mandato real (la leyenda cidiana no es, ya lo sabemos, la de la rebeldía). Pero siempre hay un Martín Antolínez que decide, sin dudarlo, cruzar el Arlanzón y arriesgar su patrimonio y su vida. Hay momentos así en la vida de todos nosotros.

Pero Martín Antolínez sabe que juega sobre seguro tras su gesto valeroso y de rebeldía frente al rey leonés. Si se quedara tras abastecer al grupo de exiliados, sería perseguido por la justicia y todo lo que tiene no valdría nada, pero si marcha con el Cid al exilio, confía tanto en él que no le cabe duda alguna de su futuro: 

Si convusco escapo sano o bivo,
aun çerca o tarde el rey quererme ha por amigo,
si non, quanto dexo no lo preçio un figo
.

Esta es otra de las claves de la leyenda cidiana: genera amistad y confianza incluso en los momentos peores. Todo el que se acerca a él de forma sincera se sabe bajo seguro. El Cid, cumple y promete:

si yo bivo, doblarvos he la soldada

¿Cabe un riesgo así en nuestra vida, entregándonos por entero a la lealtad y la aventura?

miércoles, 26 de octubre de 2011

Cómo un gesto indica una obra maestra

Por la voluntad de alguien, el azar o el deterioro, el único manuscrito del Cantar de Mio Cid conservado comienza abruptamente. Como todos saben, le falta la primera hoja. No era la voluntad de su autor, por supuesto: en la época no se estilaban estos comienzos sino que se ponía en antecedentes al lector. Esta pérdida, sin embargo, le dota al inicio del Cantar de una modernidad sorprendente y de un impacto plástico inigualable hasta el punto de que lo mejora: quien lee o escucha los primeros versos se encuentra, de golpe, con el rostro del héroe. Más precisamente, con un gran primer plano de los ojos de Rodrigo Díaz, que llora abundantemente:

De los sos ojos tan fuertemientre llorando

Muchos héroes clásicos habían derramado lágrimas en la literatura épica clásica o medieval, pero ninguna de esas lágrimas adquiere la condición humana que tienen las del Cid, que llora como cualquier de nosotros lo haría cuando contempla la estampa de su casa, que debe abandonar para marchar al destierro dejando las puertas abiertas y las estancias vacías y en desorden. El dolor del Cid es bien humano, pero lo que definitivamente le otorga ese carácter es un gesto que describe con toda precisión el autor. Justo cuando va a entrar en Burgos:

Meçió mio Çid los ombros e engrameó la tiesta,

Este es un gesto que todos recordamos e identificamos. Al menos, todos los que tenemos cierta edad escuchamos a nuestros padres, cuando niños, que en los momentos de mayor pesadumbre, antes de entrar en un lugar público, hay que secarse las lágrimas y levantar la cabeza. Este gesto, tan universal, tan cercano, hace al Cid -perfecto en todo según el modelo de un noble castellano medieval- muy humano, muy próximo. Por sí solo podría bastar para otorgar al texto la condición de obra maestra de la literatura. Porque las obras maestras lo son, en especial, porque prestan atención a estos pequeños detalles, tan exactamente humanos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

El Cid bombardea con pan la ciudad de Valencia

El jueves revisé, con mis alumnos, la película El Cid (1961) dirigida por Anthony Mann, producida por Samuel Bronston y protagonizada por Charlon Heston y Sofía Loren.

La verdad es que no sabía cómo resultaría la experiencia: es una película que está muy lejos de lo que hoy se hace con este tipo de cine histórico tanto en el tratamiento de la trama como en la actuación y en la posición de la cámara. Por otra parte, películas como ésta han desaparecido de la programación televisiva, como casi todo lo que tenga más de veinte años, confinado a canales temáticos minoritarios, y las generaciones más jóvenes han perdido la costumbre de verlas y aceptar sus ritmos. Por supuesto, hubo algunos momentos que resultaron tan distantes del gusto de mis alumnos que les provocaron la risa o la extrañeza: la forma en la que el joven Rodrigo Díaz de Vivar lucha en su primer combate les pareció impropia de un héroe; algunas situaciones trágicas, por excesivamente impostadas y evidentes, causaban el efecto contrario del buscado. Supongo que también les afectaría el hecho de que los efectos especiales, la actuación de los especialistas de las escenas de acción y los recursos de maquillaje para representar heridas quedan muy pobres en comparación con los actuales: esto era inevitable. Sin embargo, la película les gustó por la mezcla de tratamiento de la historia y romance y por el indudable aliento épico que tiene. El balance fue positivo para ellos en general.

Recuerdo haber visto esta película en mi infancia, en la televisión en blanco y negro de mis padres y un par de veces después: me perdí el Tecnicolor de niño y para mí siempre ha sido más fuerte el impacto de aquella primera vez quizá por eso.

Mis sensaciones esta vez han ido por la perspectiva académica del curso en el que trato la literatura de contenido histórico y, en concreto, el uso de la figura del Cid en este tipo de obras. Tras la apertura del régimen franquista ante la necesidad de sacar al país del fracaso de la política de autarquía que había prolongado irresponsable e intencionadamente la miseria provocada por la Guerra civil, Franco se había convertido en un buen aliado de los intereses de los EE.UU. en su lucha contra el comunismo. Se ratifica la nueva situación con las ayudas norteamericanas y la entrada del país en la ONU en 1956.  En este sentido, desde finales de la década de los cincuenta, el régimen franquista favorece el turismo y otras industrias con proyección internacional: también el cine. Y ahí aparece la figura de Samuel Bronston, hombre clave de grandes producciones rodadas en España con repartos de lujo y directores de prestigio (Rey de reyes, El Cid, 55 días en Pekín, La caída del imperio romano).

Samuel Bronston necesitaba el apoyo de las autoridades franquistas para sus proyectos y el régimen de Franco necesitaba una presentación internacional adecentada y adecuada a su nueva situación estratégica. Pero el itinerario volvía al consumo interno del país y esto se pone en evidencia, sobre todo, en El Cid. Es interesante analizar cómo se manipula la historia para lograrlo y ver qué lectura del personaje se hace en la película: Rodrígo Díaz de Vivar, en ella, es un pacificador cuyo objetivo es unir España. Sus guerras lo son con un único fin: lograr la paz  definitiva (por eso la película termina con la batalla ganada por el héroe después de muerto y no se menciona la pérdida de Valencia poco después de conquistada) y ceder todo lo ganado a su rey, puesto que él no quiere una corona. El camino hacia la paz sólo puede lograrse, según el guion, con la unión de todos los españoles frente al invasor almorávide, Ben Yussuf. Y así, en la película, El Cid une sus fuerzas a varios emires musulmanes con ese objetivo. Es curiosa una secuencia en la que todos, cristianos y musulmanes, están bajo la protección de la cruz: revela que, en realidad, sólo se propone una lectura de la convivencia en la que una parte no tiene verdaderos derechos frente a la otra.

Para comprender mejor todo esto, habrá que recordar que unos pocos años antes de ser rodada la película, se había fortalecido la identificación del Rodrígo Díaz con la figura de Franco. No sólo se llama a éste  segundo Cid, sino que explícitamente el dictador se apropia del legado del héroe medieval con motivo de la inauguración del momumento al Cid Campeador de Burgos el 24 de julio de 1955. Curiosamente, el guion de la película, tristemente avalado por un anciano Ramón Menéndez Pidal, reutiliza toda la propaganda política en la que Franco aparece como Caudillo y visionario histórico tocado por una misión divina: hombre de paz que sólo recurre a la guerra para obtener un bien supremo para la nación, gobernante a la fuerza que sólo quiere fortalecer la corona de su rey legítimo, hombre de familia que tiene que sacrificar el binestar de los suyos y un sueño de vida tranquila por el sentimiento de deber que le impone su patria, figura que aglutina a todos por muy diversos que sean con el único objetivo de luchar contra un enemigo común que quiere destruir España, etc. Quizá a esas alturas Franco ya se veía como el Cid, ganando batallas después de muerto y dejando la historia de España atada para siempre.

En su recepción internacional quizá todo esto pasara desapercibido y no se contemplara necesariamente esta identificación: posiblemente no pasara de ser una película de aventuras más en la que el tratamiento de la historia pudiera estar lleno de inexactitudes, lo que no importa demasiado para su valoración estética, puesto que en el arte ha de prevalecer la verosimilitud al verismo. Quizá también para mis jóvenes alumnos, para los que Franco no es más que un capítulo en su libro de historia.

Pero había una dimensión buscada por los guionistas al servicio de Samuel Bronston que favorecía la alianza con las autoridades franquistas que a ambas partes interesaba: la lectura interna que se haría de la película en España.

En la España de los años sesenta todo esto no podía pasar desapercibido: era lo mismo que repetían a diario los periódicos y los discursos oficiales desde el final de la Guerra civil. Además, por si resultaba poco claro, hay una escena muy significativa que lo aclara definitivamente. Con la ciudad de Valencia asesiada y hambrienta, el Cid ordena un bombardeo con pan mientras grita una soflama que llama a los soldados y ciudadanos valencianos a abandonar a sus dirigentes y abrir las puertas de la ciudad. La escena y la proclama recuerdan demasiado a los bombardeos  franquistas en la guerra civil con pan de Alicante y Madrid: un pan blanco de excelente calidad que caía envuelto en octavillas que, poco más o menos, decían a la población asediada y hambrienta lo mismo que grita el Cid ante las murallas de Valencia en la película. Demasiado evidente: no convenía que los españoles que se habían sentado en la sala de cine para disfrutar de una película de aventuras históricas sobre un héroe medieval olvidaran la historia reciente.

miércoles, 16 de abril de 2008

Visitantes desde la República Checa y elogio del Hispanismo


Uno de mis últimos actos oficiales como Director del Departamento de Filología de la Universidad de Burgos, ha sido la recepción oficial de un grupo de hispanistas checos que se encuentran estos días en Castilla y León invitados por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua.


El año pasado, recibí la invitación para acudir a Praga con motivo de unas charlas que conmemoraban los 800 años de la fecha que figura en el manuscrito del Cantar de Mio Cid. Finalmente no pude acudir y cedí el encargo a mi compañero Antonio Álvarez Tejedor, que ahora organiza este Encuentro de Hispanistas checos con Castilla y León. Recibimos por estas tierras, en justa correspondencia, a este grupo de profesores e investigadores checos. Visitarán las Universidades de Burgos, Salamanca, León y Valladolid (por este orden), del martes 15 al viernes 18 de abril.


Tuve el honor de presidir ayer, por la mañana, una extraordinaria sesión académica, que recordaba a un tipo de Universidad que ya se nos ha ido, lamentablemente, en la que intervinieron el profesor Miloslav Ulicny de la Universidad Carolina de Praga, que habló de las Traducciones y adaptaciones checas del Quijote (1840-1900); la profesora Hedvica Vydrová, de la misma Universidad, que disertó sobre La historia de la literatura hispanoamericana en el contexto checho y cerró el acto el profesor Pavel Stepanek, de la Unversidad de Olomouc, que abordó el tema El Camino de Santiago desde Praga (ss. XII-XVIII). Tras la visita a la actual sede del Instituto Castellano y Leonés de la lengua y la comida en la que no faltó ni la morcilla burgalesa ni el buen cordero y el vino tinto de la Ribera del Duero, intervinieron los escritores Antonio Bouza y Óscar Esquivias.


El Hispanismo es uno de los fenómenos culturales de los que nos deberíamos sentir más orgullosos. El amor por nuestra Historia y cultura -no hablo sólo de la peninsular, sino de todo el ámbito hispánico- y el esfuerzo que dedican a entenderla, enseñarla y difundirla estas personas (en algunas épocas sin demasiado apoyo de las instituciones que deberían hacerlo) es digno de todo elogio. El Hispanismo, a pesar de que algunos nacionales han sido recelosos a la intervención de los extranjeros en nuestras cosas, nos ha ayudado a comprendernos mejor, a situarnos en el mundo, a difundir nuestras aportaciones y a corregir miradas demasiado cercanas. En algunos momentos, son hispanistas los que han comenzado a estudiar fases abandonadas de nuestra historia o tratadas de forma tópica o superficial, a desentrañar las claves de nuestros textos literarios, a construir lo que hoy llamamos turismo cultural, etc.


No sólo tengo admiración por estas personas que nos engrandecen, sino que colaboro con ellos siempre que puedo. Actualmente, pertenezco a la Junta Directiva de la Asociación Internacional de Hispanistas (cuyo Primer Presidente de Honor fue nada menos que Menéndez Pidal) y puedo asegurar que es uno de los cargos de los que más orgullo me producen. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento a estos hispanistas checos y a todos los otros profesionales que, por el mundo, aman, estudian y enseñan nuestra cultura. Y que nos hacen entendernos fuera de toda vanidad nacionalista y de todo desenfoque local.

martes, 2 de octubre de 2007

Revisionismo histórico.

Paisaje castellano de la Tierra de Campos vallisoletana.


Dice el DRAE que revisionismo es la "tendencia a someter a revisión metódica doctrinas, interpretaciones o prácticas establecidas con la pretensión de actualizarlas". Las enciclopedias distinguen entre revisionismo bueno y malo, siendo aquel el que procede a la luz de nuevos descubrimientos o nuevas metodologías y éste el que intenta manipular la realidad para llegar a conclusiones que tuerzan el significado del pasado sobre todo con intereses políticos.

Es un buen inicio para mi primer día de clase de Literatura histórica española, una asignatura optativa en la Licenciatura de Humanidades que siempre me ha dado satisfacciones desde el mismo día en que la concebí. En ella estudiamos la literatura de temática histórica que se ha producido en español desde las primeras manifestaciones hasta hoy y proponemos una metodología para su análisis. Es sorprendente ver cómo la literatura histórica nos cuenta lo que hemos sido siempre desde nuestro presente de receptores. ¿Significa lo mismo una novela histórica romántica para un lector del siglo XIX que para nosotros? El pobre Cid, por ejemplo, ha pasado por muchas manos.
La literatura histórica nos señala, desde lo ficcional verosímil, las necesidades colectivas de las épocas a las que pertenecen los textos: su concepto del individuo y la sociedad y las grandes cuestiones de cada tiempo. Pero a mí me suele interesar también, y más con la presencia de los alumnos erasmus que, desde diferentes orígenes, llegan a mi aula con amor por la cultura española, la revisión del concepto de España que suelen acarrear las obras literarias. ¡Y cómo se ajusta milimétricamente a la situación política de cada momento y a las corrientes de pensamiento!
Toda nación parte, para legitimarse, de una mentira histórica contada a posteriori para dar solidez a un statu quo o a una identidad colectiva. Detrás de la esencia de cada nación, por lo tanto, hay un revisionismo histórico de segundo grado que se superpone a una realidad anterior. Sólo permanecen aquellas que encuentran su lugar en el contexto geoestratégico y una fuerza interior de cohesión que las vertebra e, incluso, les da una proyección exterior que las hace respetar por otras naciones o que ayuda a su expansión. Por eso, Europa, que es para nosotros una entidad cultural similar a la que fue España en la Edad Media para los habitantes de la Península Ibérica, no termina de asentarse.
Luego, a mi vuelta a casa, he encontrado en un sobre viejas fotos de la Tierra de Campos que ahora digitalizo aunque no tengan unas condiciones perfectas. En ellas veo, sobre todo, horizontes, amplios horizontes: quizá es por eso que la historia de estas tierras se ha dilatado tanto que ha perdido el punto de cohesión. Tampoco es mal final para una nación: deshacerse en otras hasta convertirse casi en mito. Esa fue, en gran medida, la Castilla cantada por los escritores de principios del siglo XX. Gran parte de esto constituye su esencia y su permanencia pero también su debilidad como realidad política actual. Luego están los malos gobernantes y la desidia de los habitantes.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Desde la Plaza de Vega.


El paseante se ha detenido en esta mañana de domingo junto a la vieja casa que mira al Arlanzón desde la burgalesa Plaza de Vega. Este lugar que pisa fue parte de la glera en la que acampara el Cid antes de iniciar su destierro, según la leyenda del Cantar:

Salió por la puerta y el Arlanzón pasaba
cabo esa villa en la glera posaba

Quizá el Cid esperara que el Rey le perdonara o que el pueblo burgalés se atreviera contra su monarca. Quizá aun está acampado aquí y aun lo espera.

Esta zona fue después rico viñedo que se trasformaría, con el crecimiento urbano, en lugar de comercio y residencia populosa. Era desde donde se miraba la silueta de la Catedral antes de cruzar el río por el Puente de Santa María. O, como en el caso de don Rodrigo -que no pudo ver las torres góticas-, desde donde se contemplaba la ciudad antes de partir. Por eso siempre presentó bullicio y tránsito, hasta hoy. Y emociones encontradas.

El fatigado caminante, que ha salido a recorrer la ribera a pie en este día ya otoñal, ha llegado frente a esta casa en ruinas, con las ventanas desojadas y las entrañas vaciadas. Y se queda contemplándola. Qué sentiría el Cid en su partida.

Cuáles son los sentimientos de este viajero de esta mañana tan larga, que tiene ganas ya de abrir aquella puerta, arrojarse sobre una silla como quien desecha un fardo y dejar que el tiempo, lentamente, vaya curando sus heridas después de tanto tiempo fuera de casa.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

lunes, 16 de abril de 2007

Malatía

A la vuelta de de clase, esta mañana, me acodé, pensativo y triste, en el petril de este puente. El Arlanzón, abajo, corría espumoso y limpio hacia su destino. Contemplé, durante largo tiempo, el agua. Sé que no sólo ellos lo cruzaron desde su construcción en el siglo XII, pero a ellos les debe el nombre. Los leprosos, que eran arrojados por la ciudad al Hospital vecino, seguro que hacían guardia a ambos lados para pedir limosna a los peregrinos. ¿Cuándo hemos dejado de tratar al apestado así, desterrándolo de nuestro lado, si es que hemos dejado de hacerlo? No solemos querer a nuestro lado lo que puede contagiarnos, y mucho menos cuando el enfermo está llagado y en su rostro se observan las huellas de su mal. Sin embargo, cómo ignoramos esas otras llagas que no vemos, las que todos llevamos dentro. Bajé a la orilla y mojé mis manos en el agua fría. Me refresqué el rostro. Cuando Rodrigo Díaz de Vivar caminaba por aquí, no existía este puente, quizá uno anterior más rudimentario, pero él también hubo de encontrarse con un malato según canta su leyenda -que no su historia- haciéndolo ejemplarmente santo en textos que nacen en el Cantar de Rodrigo, pasan por el romancero y llegan, a través de Guillén de Castro y la literatura francesa, a Rubén Darío. Me sequé con el pañuelo, y volví a mirar la corriente. La de Rodrigo es una bonita historia falsa que se hizo necesaria porque la gente necesita creer que hay almas nobles en un mundo tan hostil. Alguna, sin embargo, se encuentra.