Por dondequiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Sigue don Luis, que eligió para iguales correrías Flandes, Alemania y Francia (obsérvese en ambos casos el mapa europeo que permitía soñar al espectador habitual, que no había recorrido en su vida más allá de unas decenas de quilómetros). El cómputo da ganador a don Juan: 32 muertos frente a 23 de su rival; 72 conquistas frente a 56.
Desde una princesa real
a la hija de un pescador,
¡oh! ha recorrido mi amor
toda la escala social.
Ya sabemos cómo sigue la historia.
El catálogo de mujeres conquistadas es parte sustancial de la leyenda del seductor, al que le da lo mismo el nombre, la cuna o el color del pelo de su objetivo: todas son potenciales víctimas. Algunos se limitan a marcar el número; otros caen en el fetichismo, recogiendo prendas que recuerden y testimonien el listado. Al menos, al seductor literario le corresponde cierta grandeza que no suele tener el que nos encontramos en la calle, que tiene más del don Álvaro Mesía de La Regenta: don juanes de medio pelo.
Hoy, en los países de eso que se ha llamado Primer Mundo ya no es posible una figura literaria como ésta: porque la mujer se ha librado, por suerte, de su esclavitud sexual -¡qué diferente aún en el resto del mundo!-. Ahora, en muchas películas, tras el encuentro amoroso hombre y mujer se cuentan las parejas que han tenido y todo adquiere otro significado.
El seductor -o la seductora- al estilo de don Juan, decía Marañón, evidencia falta de madurez sexual. Para Marañón, cuando somos jóvenes, nuestras apetencias sexuales están sin definir: nos atrae cualquiera y el deseo es indiscriminado y exclusivamente animal. Luego, al madurar, centramos la atención en un tipo, en una persona puesto que predominan los valores sociales y culturales. El pobre don Gregorio debería reescribir su tratado, puesto que todo ha cambiado.
Existe, sin embargo, ese deseo indiscriminado -de hecho, se ha recuperado desde los años 60 del siglo pasado, como un valor en alza-, ahora ya no exclusivo del macho seductor que debe ganar una apuesta y que, para ello, está dispuesto, incluso, a arriesgar su propia vida:
DON LUIS: ¿Estáis en lo dicho?
DON JUAN: Sí.
DON LUIS: Pues va la vida.
DON JUAN: Pues va.
A pesar de que ahora nos pueda sorprender, estas figuras literarias tuvieron su función social y contribuyeron a la educación sentimental de otros tiempos. Y no me refiero sólo a que sirvieran de lección moral o advertencia frente a las consecuencias del desorden, sino sobre todo a que, en su imagen, podían vivir sueños de seducción y deseo, de rebeldía y riesgo, hombres y mujeres condenados a ser meros maniquíes grises del orden establecido. No los ataquemos, pues, sin comprender la sociedad que los creó y la complejidad antropológica de su propuesta.
¿Pero, qué pasa hoy cuando en nuestro deseo no distinguimos individuos sino que nos enfrentamos al otro o la otra como si fueran fotocopias sin más? Cuando lo mismo nos da ocho que ochenta, cuando en el imaginario se ha establecido una leyenda -tan falsa como la del don Juan- en la que ni siquiera sabemos el nombre ni el número de aquellos o aquellas que han servido como muescas de nuestro deseo. ¿Qué nos pasa cuando nos gustan todos o todas? Espero que al indeciso no le suceda como al burro de la fábula o que esté condenado a una carrera sin ningún reposo. Al menos, don Juan termina enamorándose del amor de doña Inés y puede, fatigado, frenar su vértigo. ¿O será que el vértigo es bueno y corresponde a nuestra especie? Nuestra sociedad se encuentra en épocas de cambios, así que no os extrañen las preguntas puesto que busco respuestas, que no tengo.
Ya sabemos que, en esta serie sobre el deseo, no hablamos de amor. Todavía. Cuántos recovecos tiene nuestro deseo.