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domingo, 9 de octubre de 2022

Malasanta de Antonio Tocornal (XLI Premio de Novela Felipe Trigo)

 


Antonio Tocornal ha consolidado una sólida carrera literaria en menos de una década. En 2013, publicó La ley de los similares, novela ya descatalogada, y desde entonces, ha obtenido un buen puñado de premios de relato breve. De hecho, en su bibliografía se echa en falta una recopilación de sus relatos, que lo harían aparecer como uno de los mejores cultivadores actuales del género en España. Sus novelas tienen un creciente interés y cuentan con un número significativo de lectores fieles que va en aumento. De alguna de ellas ya me he ocupado aquí y todas ellas han obtenido premios de importancia: La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (2017, XXII Premio de Novela Vargas Llosa), Bajamares (2018, XIX Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba), Pájaros en un cielo de estaño (2020, Premio València de Narrativa en Castellano Alfons el Magnànim). La novela que nos ocupa hoy, Malasanta, resultó ganadora del XLI Premio de Novela Felipe Trigo y ha sido publicada por la Fundación José Manuel Lara en 2022.

En la narrativa de Tocornal se reúne el interés de las tramas, enriquecidas con historias breves -a veces microrrelatos- de una prodigiosa imaginación y perfecta inserción en la historia principal, la manera de construir un mundo repleto de personajes dotados con vida propia -hasta en los más episódicos- y un dominio del lenguaje que le permite llevar al lector en pocas páginas desde lo más sórdido al más intenso de los lirismos sin que se resienta el resultado ni se perciban las costuras en el estilo. La mayoría de sus personajes son seres singulares que se apartan de lo cotidiano sin perder jamás su carácter de antihéroes. En sus relatos, estos personajes viven el mundo real con una gran dosis de inadaptación, que les lleva por igual al sufrimiento o a la felicidad. No encajan del todo en las convenciones sociales. En Malasanta,  Antonio Tocornal ha decidido explorar estas características de su narrativa acentuando el carácter de diferentes de sus personajes y pone su atención en donde no suele ser habitual en la narrativa española actual, puesto que en esta novela no es posible una integración de estos seres humanos ni se pretende moralina alguna por la que el narrador nos explique su precaria condición ni la adultere con un triunfo final sobre la precariedad y la crueldad de la sociedad. No estamos ante una novela de tesis.

En Malasanta, el narrador relata la historia de una prostituta desde su nacimiento en 1969 hasta su muerte en 2019. Cada uno de sus seis capítulos narra un momento central de cada década de su vida y sirve, a la vez, para retratarnos la España de estos años y su evolución social que siempre deja en los márgenes a estos seres desvalidos desde su origen: prostitutas, discapacitados físicos o mentales, jubilados arruinados que pierden sus casas, indigentes, etc. En cada uno de ellos hay una completa historia personal, familiar y social que Tocornal levanta en pocas páginas con eficacia narrativa sin juzgar cómo han llegado a su situación. Tampoco hay juicio cuando relata la despiadada crueldad que la sociedad ejerce sobre ellos, identificada en los personajes que detentan el poder, cada uno en su posición, basta con situarlos en escena: los hombres que abandonan a las mujeres cuando ya no encuentran ninguna utilidad en ellas, la dueña del burdel de carretera en la que ejerce la protagonista y sus clientes, sacerdotes con una moral inhumana, los poderosos que se sirven de las personas como mero entretenimiento, las bandas de fascistas que se divierten apaleando mendigos, los adolescentes que se burlan de los desfavorecidos para subir vídeos a las redes sociales...

Los únicos rasgos de verdadera humanidad se dan en las relaciones entre los desfavorecidos, el apoyo mutuo en los breves instantes en los que disfrutan de compañía, en el cariño con el que se tratan. Ante la crueldad de un mundo inhóspito que abandona al diferente, solo queda el sueño como refugio y espacio de libertad. Una ensoñación que en la novela lleva a la protagonista a construir una esperanza en la construcción de un país utópico al que llama Chipre. Quien piense que estos seres no existen está ciego. No debe leer los periódicos ni ver las noticias de televisión en las que siempre aparecen como las víctimas de la violencia social que nos rodea y que pensamos que no nos salpica porque nos encontramos en la parte segura de la sociedad en la que no suceden estas cosas. No debe preguntarse nunca sobre la vida de las mujeres que trabajan en los clubs que jalonan nuestras carreteras, ni en la vida de los miles de indigentes de nuestras ciudades, ni en el abandono en el que viven nuestros mayores o tantos discapacitados cuya situación y necesidades afectivas son desatendidas.

Malasanta deja sin aliento al lector tanto por lo narrado como por el estilo. Es una novela que no ahorra detalles sobre la violencia continua que sufren sus personajes, los escasos momentos de tranquilidad, esperanza y felicidad que disfrutan, las penosas circunstancias de su vida. Sin embargo, no es una novela sobre la crueldad a pesar de tantos comportamientos crueles como relata. Es una novela sobre la búsqueda continua de la esperanza y el afecto incluso desde la ingenuidad de estos seres desvalidos, a pesar de todo y de la oposición brutal de un mundo radicalmente injusto. Antonio Tocornal consigue esto por la caracterización de sus personajes, pero sobre todo porque a través del lenguaje los dota de la dignidad que merecen, relatándonos sus historias. Malasanta, la protagonista de esta novela, se completa en su instinto afectivo para los otros desfavorecidos que la vida pone en su camino, pero sobre todo en la manera en la que el narrador nos relata su construcción de Chipre, su sueño.

viernes, 17 de julio de 2020

Bajamares de Antonio Tocornal



Antonio Tocornal (San Fernando, Cádiz, 1964) obtuvo el XIX Premio de novela corta de la Diputación de Córdoba en 2018 con Bajamares (Editorial Insólitas, 2020), que ahora ve la luz en medio de una pandemia que quizá le reste la difusión que debería alcanzar. Cuenta con un oportunísimo prólogo del crítico literario Josep Maria Nadal Suau. Ganador de decenas de premios de relatos breves, algunos de los cuales merecen una reedición conjunta como volumen de cuentos porque sostienen unidad indiscutible en estrategias literarias (no es el autor de los que amoldan su estilo a lo que parecen buscar los jurados), publicó su primera novela en 2013 (La ley de los similares, Dauro). Ganó el XXII Premio de novela Vargas Llosa con una obra muy personal, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (Aguaclara, 2018).

El personaje protagonista de la historia lleva sesenta años viviendo en soledad sin salir de Roque Espino, un pequeño islote a cuatro millas náuticas de la localidad de Malamuerte, cuidando el faro que evita que naufraguen las embarcaciones que se acercan por la zona. Su única misión allí es encender la luz del faro por la noche y apagarla al amanecer, tomando también los datos de una estación meteorológica.  No tiene más comunicación con el exterior que las noticias que un barquero le trae cada quince días, junto a los suministros. El punto de partida de la novela es apasionante, puesto que nos enfrenta con la soledad y la existencia de alguien que vive completa y voluntariamente alejado de la sociedad y supone un reto para el escritor puesto que no es nada fácil mantener el interés de la narración a lo largo de la historia como se consigue en Bajamares. Por esta razón, Tocornal pone en juego varias voces narrativas: la del propio farero, la del barquero y  la de la madre, junto a un narrador externo y una suma de capítulos con la traslación de documentos que informan al lector de hechos puntuales. Toda esta suma de perspectivas contribuyen a aclarar la extraña personalidad del protagonista, su vida real en el islote y las circunstancias que lo llevaron a aceptar un trabajo tan peculiar en el que ninguno de sus predecesores había resistido más allá de unos días.

Durante esos sesenta años, el farero ha construido su propio mundo en Roque Espino sin dejar de cumplir con la obligación diaria de atender el faro. Una vida llena de rutinas, pero con una gran complejidad interior. De hecho, el contraste entre esas rutinas (subir a la linterna dos veces al día, comer, evacuar, pensar en la lista de la compra, acudir cada quince días al encuentro con el barquero, resolver sus apetencias sexuales) y el mundo interior del farero plagado de renuncias y abierto a la reflexión, a lo fantástico y a la ensoñación, es una de las razones que hace más interesante esta novela. Algunos de sus comportamientos son vistos como extravagancias por lo demás, pero tolerados porque su trabajo no es solo necesario sino también eficaz, puesto que desde que desempeña su cargo, no se ha vuelto a producir ningún incidente marítimo en la zona. Unos entran en el sistema convencional de la sociedad, aunque nadie se hubiera tomado la molestia antes de ese trabajo, como adecentar el cementerio en donde fueron enterrados los ahogados aparecidos en la isla no reclamados por nadie sobre los que hubiera sospecha de no ser católicos o cuidar de la higuera nacida junto a la casa en la que vive. En cambio, a lo largo de la novela descubrimos otras formas de actuar que no parecen encajar en ninguna convención social, como el desinterés por su sueldo y el abandono de los billetes con los que se le pagaba hasta convertirlos en una pasta irreconocible. Hay muchas otras: tallar obsesivamente una ballena de madera cada día para dejarla ir con las mareas, renunciar a cualquier regreso a la sociedad o relacionarse con nadie más que con el barquero, dejarse acompañar por cientos de lagartos allá donde vaya, etc.

El autor matiza magníficamente la evolución psicológica del personaje, su pérdida progresiva de las palabras o de la noción del tiempo, la relación que establece con un islote árido en el que otros no podrían sobrevivir unos días, la radical defensa de su soledad. El farero vive en algo parecido a un abandono de su propia memoria que significativamente le permite conocer las razones de su vida mejor que si no viviera en esa renuncia. De hecho, el gran tema de la novela es la búsqueda del sentido de la vida y del camino que conduce del nacimiento a la muerte, la razón de una vida en concreto que es también la de todos. El farero, una vez aposentado en ese microcosmos que es el islote, procura vivir sin tomar grandes decisiones que le aparten de la posibilidad de ser cualquier otra cosa o de ser varias cosas a la vez poniendo en juego la duplicidad de planos o el tema tan literario del doble. Como la vida cotidiana en Roque Espino no puede tener más distracciones que las que ofrece el vivir de cada día, todo está abierto, todo es posible dentro de su mundo interior y de sus reflexiones. Es una vida en continua expectativa de encontrar la razón de ser, sin las renuncias a las que lleva cualquier elección ni la distracción que supone la sociedad. La rutina diaria es parte de ese camino de descubrimiento porque no entorpece el hallazgo futuro. El farero se ha convertido en un ermitaño en busca de la razón de su propia vida, de la explicación última de las circunstancias que le impulsaron a aceptar un trabajo que nadie quería. Disponer de todo el tiempo le lleva a una dimensión más allá del tiempo en la que puede indagar en busca de las razones extraordinarias de la vida más corriente que otros explicarían desde la vulgaridad del azar o de la mala suerte.

En contra de lo que podría parecer, no hay monotonía en esta narración de la vida del farero, que hace sesenta años que no se mueve de un islote minúsculo. No la hay gracias al estilo brillante y eficaz del autor que, sin embargo, no empuja al lector a dejar de leer la novela. Tocornal consigue trabajar el estilo de una manera muy superior a lo que acostumbra la narrativa actual sin perjuicio de lo que se cuenta. La polifonía de voces narradoras lo evita, pero también todas las circunstancias de la vida en Roque Espino y el mundo interior del protagonista, conducido por la observación y la meditación constante hasta que consigue que los sueños le muestren el camino correcto para encontrarse. Antonio Tocornal mide con inteligencia la aportación de los datos que informan al lector, el tiempo y la variedad narrativa, que oscila desde el documento administrativo al microrrelato, del hilo temático de los sueños a la utilización del humor, de la descripción escatológica a pasajes líricos, de la dureza de la circunstancia de algunas muertes a un sentimiento del paisaje como parte de la historia del mundo. Conseguido todo con esa magistral mezcla entre lo más cotidiano y el pensamiento del farero, el lector queda atrapado por el mundo interior del protagonista, al que acompaña en esa búsqueda extraordinaria del sentido de lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte, que permita cerrar el círculo.