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jueves, 12 de diciembre de 2013

Ceguera y aspereza civil: dos claves de inicio en Todo lo que era sólido y noticias de nuestras lecturas.


Todo ensayo nace de premisas iniciales que soportan el resto de la argumentación. Muñoz Molina propone dos muy interesantes para comenzar Todo lo que era sólido: la ceguera ante lo que ocurría en la España de la burbuja inmobiliaria y lo que él llama la aspereza civil.

La primera es común a todos los países que han vivido una burbuja inmobiliaria como la que se dio en España a partir de los gobiernos del PP presididos por José María Aznar (1996-2004), en los que se liberalizó todo el suelo disponible y se dinamizó la economía española de forma casi exclusvia con el motor de la construcción sin establecer los controles necesarios. Si el efecto más inmediato fue la creación de millones de puestos de trabajo y la rápida circulación de dinero en España, las demoledoras consecuencias de aquello explican las causas de que en España la crisis última haya sido más profunda que en otros países: escasa formación de los trabajadores y fragilidad de los puestos de trabajo generados, corrupción generalizada, crecimiento irresponsable basado en la megalomanía de los políticos españoles, falta de inversión de los beneficios en el fomento de una economía sostenible y propia, extensión de una cultura de nuevo rico en la sociedad española, destrucción de los valores éticos y sociales que marcan un comportamiento cívico, etc. Como señala Muñoz Molina, los españoles demostramos un grado elevado de ceguera para no darnos cuenta de que repetíamos los mismos errores que otros países que habían tenido la misma tentación de crecimiento fácil. Es más, adorábamos a los políticos y a los personajes más significados que lo hacían posible y no veíamos ni sus malas maneras ni su interés personal ni los casos de corrupción que los salpicaban. O, lo que es peor, las disculpábamos. Pero esto es común a todos los países en los que ha sucedido una burbuja inmobiliaria de la magnitud que tuvo España. Una de las causas y de las consecuencias de este tipo de crisis es, precisamente, que la sociedad se convierte en sorda y ciega y pierde todo comportamiento basado en la buena ética.

La segunda base sobre la que construye su argumentación es más propia de España. Se explica en raíces históricas nacionales y es una idea que Muñoz Molina ha reiterado en varios de sus escritos. Me refiero a la aspereza civil y la violencia verbal con la que se manifesta. En contra de lo que podría esperarse, este clima de confrontación no ha sucedido en épocas de carencias o problemas graves. En la Transición española se dieron una serie de pactos -acuciados muchos por la excepcionales circunstancias históricas- que favorecieron la llegada de la Democracia. Aunque estos pactos fueron contestados por ambos extremos del abanico político -incluso con violencia y asesinatos-, la mayoría de los partidos políticos y de la sociedad española favoreció una salida constitucional en la que se integró. Ante la necesidad, la sociedad reclamó pacto, estabilidad y una altura histórica.

En efecto, en la época de euforia económica sucedió algo que merecerá un estudio por parte de los sociólogos e historiadores de años venideros precisamente por haber sucedido cuando nos creíamos ricos: la aparición en la primera línea política de un estado de confrontación permanente a pesar de que todo parecía ir bien en el país. Desde mi punto de vista, esto se debió a varias causas que paso a describir.

La primera, indiscutible, es la forma en la que salió del poder Felipe González. Sobre todo desde su última victoria electoral en 1993. Los últimos años de Felipe González en el gobierno evidenciaron una decadencia de su figura que fue aprovechada por los medios de comunicación contrarios para comenzar una crispación social como estrategia para terminar a toda costa con la larga etapa en el gobierno del PSOE. Aquello ha sido reconocido, explícitamente, por varios de los que participaron, por lo que no es rumorología sino historia. José María Aznar supo aprovecharse de esa política de crispación social y definirla políticamente mucho mejor que sus antecesores al frente del PP con aquella célebre frase: Váyase, señor González. Aznar es el típico ejemplo de político que llega en el momento oportuno y sabe aprovecharlo y que cinco minutos antes o cinco minutos después no hubieran pasado a la historia.

La segunda es la estrategia de varios medios de comunicación que radicalizaron sus mensajes. La política de los empresarios de este sector comenzó a extenderse más allá de la propiamente informativa. Aparte del fortalecimiento de la prensa en papel por aquellos años -aún Internet no les había hecho daño-, el reparto de las televisiones privadas y las nuevas emisoras radiofónicas fueron el objetivo fundamental de empresas que también se relacionaban con otros sectores, como el de la construcción. De hecho, los gobiernos nacionales de uno y otro color y los autonómicos comenzaron una estrategia a través de inversiones indirectas en estas empresas de la comunicación, favoreciendo a unas o a otras según su afinidad y lealtad. Hubo casos verdaderamente escandalosos. Estos medios de comunicación han radicalizado su mensaje desde entonces y hoy vivimos casi en un territorio de banderías que no beneficia a nadie y que se ha crispado más aún con la aparición de la conocida como TDTparty. Algunos empresarios, para terminar de potenciar esta radicalización, tienen acciones en medios de comunicación contrarios que procuran atizar el fuego del conflicto para ganar la fidelidad de sus seguidores, cada vez más repartidos en compartimentos estancos. Con ello se crea una base de audiencia potencial que se proyecta en su peso en la opinión publicada, con los consiguientes beneficios por ingresos publicitarios o por posicionamiento como herramientas para la divulgación de estrategias electorales.

La tercera es la actitud con la que el PP ha accedido al Gobierno nacional tanto en 1996 como en 2011. No me refiero, ahora, a su ideario político, sino a las maneras. En ambos casos, significados miembros de este partido han demostrado un afán revanchista y un cierto tono de suficiencia, contrario a todas las maneras de la corrección política en una democracia asentada. Con ocasión de perder el poder en 2004 tampoco encajó bien la derrota y las acusaciones al PSOE de urdir una gran conjura siguen hasta hoy. Todo ello no ha contribuido a un clima de sosiego sino que ha fomentado, interesadamente, esa aspereza civil de la que habla Muñoz Molina.

La cuarta tiene su raíz en algunas claves de la política de José Luis Rodríguez Zapatero tras su acceso al poder en el 2004. Ni Zapatero ni Aznar son parte de la generación que protagonizó la Transición. A esto se suma que cada vez un sector mayor de la población se siente desvinculado de los pactos que llevaron a la Constitución española de 1978, bien por edad bien porque se han liberado de los temores y compromisos de aquellos años. Una de las grietas de esos pactos es, precisamente, todo lo englobado en la Memoria histórica. Un sector cada vez más amplio de la izquierda demanda la corrección o anulación de algunas de las bases que llevaron a aquel pacto: la concepción misma del Estado -República o Monarquía, centralismo o federalismo, independentismo, etc.-, la reparación de los derechos de las víctimas del franquismo o la condena de la dictadura de Franco a la manera de lo que sucede en Alemania con el nazismo. Esto ha provocado la reacción contraria, manifestada de una forma radical en los medios de comunicación afines a la derecha.

La quinta, el descrédito cada vez mayor de las instituciones básicas del estado español actual: partidos políticos, sistema parlamentario y Monarquía. Este descrédito se ha generado también en la época de abundancia: las imágenes de políticos imputados o condenados que no eran apartados por sus partidos, la conversión de la Monarquía en una familia mediática cada vez menos respetada por la opinión pública, el estado de algarabía continua del Congreso de Diputados, etc Sin duda, el perfecto ejemplo de cómo se ponen las semillas de la futura decadencia.

Todo ello está en la base de esa aspereza civil de la que habla Muñoz Molina. En España solo se amortiguaron los efectos de la Guerra civil provocada por el golpe de Estado de los generales en 1936 -que se sublevaron contra el poder legítimo del momento- en los pactos que llevaron a la Constitución de 1978. A partir de los últimos años de Felipe González la crispación ha regresado al país, alimentada por medios de comunicación necesitados de la cercanía al poder para subsistir y sedientos de cuotas de audiencia aun a costa de una escalada verbal que a todos perjudica. Hay poca altura política incluso para solucionar problemas históricos fácilmente solucionables, como las fosas comunes que aún existen en España con los cuerpos de las víctimas de los represaliados por el bando franquista.

La mediocridad cada vez mayor de nuestros gobernantes -tanto en sus maneras como en sus discursos- sirve, a la vez de espoleta y de mal ejemplo en un país que siempre ha estado abonado a estos radicalismos. Lo único sorprendente, en este caso, es que se diera en los mejores momentos económicos de los últimos cien años.

Ambas cosas, ceguera y aspereza civil llevaron a que no se pudiera llegar a un acuerdo de desarrollo sostenible del país que nos hubiera ahorrado las consecuencias más dramáticas de la crisis. Un ejemplo: uno de los mejores ministros de educación de los útlimos años ha sido Ángel Gabilondo (2009-2011). A pesar de que estuvo a punto de conseguir un gran pacto de estado para reformar la educación en España, a última hora todo fue imposible precisamente por la estrategia de crispación según la cual al enemigo político no se le debía dar esa baza. Es curioso que los dos grandes partidos políticos españoles solo hayan llegado a un gran acuerdo en los últimos tiempos: una reforma urgente de la Constitución española no sometida a referendum y obligada por la Unión Europea para limitar el déficit público.

Noticias de nuestras lecturas

Antonio Aguilera vuelve al Club de lectura por la puerta grande, con su primer comentario revulsivo de Todo lo que era sólido, abordando la burbuja inmobiliaria.

Pancho comienza su aportación sobre la obra de Muñoz Molina por el comentario de la portada, la cita y la autocomplacencia que nos cegó ante lo que iba a ocurrir. Excelente, como también su segunda entrada, en la que aborda las causas generales del descrédito del sistema parlamentario y una característica de la obra de Muñoz Molina: cómo parte del retrato de personajes concretos que adquieren calidad de tipos sociales que aclaran lo que en España ha pasado en los últimos años.

Paco Cuesta redacta un magnífico análisis de la perspectiva ideológica de Todo lo que era sólido, una reflexión que integra y no disgrega.

Mª Ángeles Merino sigue con su sagaz forma dialogada de comentar el ensayo de Muñoz Molina, aquí para explicar que donde había dinero ya no lo hay...

Myriam realiza una excelente aportación a la lectura: parte del texto de Muñoz Molina para hacer un análisis de las raíces de los comportamientos tan españoles mencionados por el autor y que están en la raiz de todo.

Gelu publica su tercera entrada sobre La estafeta romántica de Galdós. Llama mucho la atención el uso de las obras literarias en Galdós para la contextualización de una época.
 
Mª Ángeles Merino sigue con el comentario de Intemperie. Llega aquí al momento en el que el muchacho debe tomar las riendas de su vida y hacerse cargo incluso del pastor.

Ya sabéis que recojo en estas entradas de los jueves los comentarios que los seguidores del Club de lectura hacen en su blog hasta el miércoles y aquellos que me dé tiempo del mismo jueves. Si me he olvidado de alguno, os agradecería que me lo hicierais saber.

martes, 17 de septiembre de 2013

Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo


Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo, de Juan A. Ríos Carratalá (Barcelona, Ariel, 2013) es el mejor libro que se ha escrito para desentrañar una de las claves propagandísticas del régimen dictatorial que Franciso Franco instaló en España desde el final de la guerra civil hasta el fallecimiento del general. La ilusión de la felicidad y sus variaciones a lo largo de los años, la articulación de una imagen de sociedad feliz a través de la ficción, que escondía bajo las alfombras las miserias, la construcción de una cierta modernidad permisiva pero vigilante son puestas en evidencia en las páginas de este libro que es todo un acierto en su escritura y en su metodología. La felicidad no era solo una propaganda hacia fuera sino una forma de control hacia dentro. Todas las dictaduras prometen esa felicidad a quien se ajuste a sus principios morales y políticos -aquellos son un instrumento de estos- y la venden hasta que es asumida por gran parte de la población, que la integra como parte natural de su pensamiento sin ponerla en cuestión. A esta propaganda se suman con entusiasmo muchos artistas e intelectuales, que ponen su obra al servicio de la ideología del régimen pero también puede ser ácidamente usada por los que pertenecen a la oposición, siempre y cuando puedan burlar la censura.

Juan Antonio Rios Carratalá, Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante, es uno de los mejores conocedores de la cultura de la postguerra y, en especial, de la literatura de humor y de las relaciones entre cine y literatura. Todo ello, ya demostrado en una extensa bibliografía, queda de nuevo claro en el presente libro.

El título del libro hace referencia a la campaña publicitaria del jabón Florit que aparece en la película de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, Esa pareja feliz (1951), un inteligente guiño por parte de Ríos Carratalá a la aguda forma que tuvieron estos cineastas para poner en evidencia lo que sucedía en aquellos años. Se estructura en quince capítulos que avanzan cronológicamente analizando la obra de autores como los humoristas de la vanguardia que se pusieron -de una u otra manera- al servicio de los sublevados en 1936, Miguel Mihura, Jacinto Benavente o Edgar Neville. En sus obras, cuando dejaron el compromiso directo para retornar a la normalidad, se demuestra un intento de vivir en una ilusión de felicidad al menos en el arte, aunque para ello se cercenara de sus obras la realidad. Aunque tambien se analiza la obra de autores críticos con el régimen, la mayor parte de las páginas se dedican a estos otros, los que mantuvieron esa ilusión de felicidad incluso cuando se intentó una cierta apertura y acercamiento al exiliado (son excelentes las que se dedican al comentario de la presencia de los exiliados en Mihura o Ruiz Iriarte). Desde otra perspectiva, Ríos Carratalá no duda en llegar al franquismo a través de obras que recuerdan aquellos tiempos: quiero resaltar el análisis de Vicentico Bola, el personaje de Tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent o su estudio de Urtain, la obra de teatro de Animalario que también vimos aquí en el club de lectura de La Acequia. Es muy acertado también su capítulo dedicado al Dúo Dinámico y lo que supuso en el final del franquismo.

Pero si todo el libro es acertado, los dos capítulos finales son la culminación brillante de toda la propuesta del autor. La revisión que hace de la forma en la que se ha contado desde la ficción el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 es uno de los mejores ensayos que se pueden leer sobre esta cuestión. No debe extrañar su inclusión en el libro: las claves ideológicas del régimen de Franco y, sobre todo, su incorporación a la imaginería colectiva de los españoles ha durado mucho más de lo que habitualmente estamos dispuestos a reconocer. El capítulo final del libro puede servir de útil epílogo a partir de don Benito, el personaje interpretado por Pepe Isbert en Los dinamiteros (1963) y los últimos párrafos todo un balance de la labor intelectual, cuya función es la desentrañar la verdad aunque esta sea más difícil de aceptar y explicar que la explicación propagandística:

 "La constatación de esta evidencia, casi una obviedad, puede alentar las quejas o lamentaciones de quienes mantenemos la obligación de conocer, pero también cabe admitir que gracias a la ficción analizada en este ensayo numerosas personas fueron felices. A su manera, claro está. Y, mediante recursos similares, sus herederos los siguen siendo ahora, cuando ya ha pasado a la Historia la dictadura del general Franco. Los medios se han modernizado y sofisticado en la misma medida que la ficción parece invadir hasta aquello que mejor convendría preservar de su influencia. El riesgo de la confusión es evidente, pero cada vez nos acercamos más a ese abismo porque sentimos la necesidad de ser felices y, claro está, olvidamos lo sacrificado para alcanzar un objetivo engañoso y fácilmente manipulable".

En efecto, no deberíamos olvidar que de nuestra predisposición a la felicidad se suele aprovechar aquel que nos la vende enlatada en cómodos y controlables productos para que no veamos -o no miremos con atención- la realidad en la que vivimos. A veces me planteo si la felicidad no es la verdadera droga con la que especulan los que controlan nuestras vidas porque somos incapaces de controlarlas nosotros mismos.

lunes, 16 de enero de 2012

Miró y el dictador


La exposición Miró. Su lucha contra la dictadura, que ayer se clausuraba en Valladolid, muestra los trabajos de este artista a partir de la lectura de Ubú rey de Alfred Jarry y su actualización en los tiempos de la lucha antifranquista, proponiendo la analogía de Ubú con Franco.

Miró realizó tres series de su obra gráfica sobre Ubú y culminó su propuesta con la colaboración en el montaje Mori el Merma, inspirado en ella, que llevó a cabo el grupo de teatro mallorquín La Claca en los tiempos convulsos del postfranquismo. Ubú era fácil de identificar con Franco: la degradación del personaje hasta niveles de farsa son una forma de evidenciar la corrupción de un sistema político como el de la dictadura militar que gobernó España desde 1939 hasta 1975. En parte, la obra de Alfred Jarry se presta fácilmente a ello. Quizá deberíamos comenzar a añorar los tiempos en los que tan fácilmente se podía identificar al gobernante dictatorial: al menos se podía poner cara al enemigo y ridiculizarlo. La farsa ha sido un género siempre de defensa del pueblo frente a la autoridad opresora. Cuando la vanguardia, en los años treinta del pasado siglo, abandonó su aspiración de arte puro e intrascendente para comprometerse sin abandonar las técnicas que le habían sido propias recurrió en muchas ocasiones a la farsa como el género teatral más puramente artístico que permitía dar este salto. No es nada extraño que Miró llegara, en el franquismo, a Ubú rey.

Al salir de la exposición me pregunté cuál es el verdadero rostro de quienes nos gobiernan ahora: la dificultad que tenemos para identificarlo hoy y poder ponerlo en la máscara de Ubú.

lunes, 18 de julio de 2011

El hombre pequeño


Francisco Franco siempre me pareció un hombre pequeño por dentro que intentaba estirarse por fuera. A veces sucede que un hombre así perdura en el poder porque sabe hacer que lo finjan grande. La única virtud de estas personas, por lo tanto, es generar temor e hipocresía, tanta que parece necesario y predestinado.

viernes, 26 de noviembre de 2010

El Cid bombardea con pan la ciudad de Valencia

El jueves revisé, con mis alumnos, la película El Cid (1961) dirigida por Anthony Mann, producida por Samuel Bronston y protagonizada por Charlon Heston y Sofía Loren.

La verdad es que no sabía cómo resultaría la experiencia: es una película que está muy lejos de lo que hoy se hace con este tipo de cine histórico tanto en el tratamiento de la trama como en la actuación y en la posición de la cámara. Por otra parte, películas como ésta han desaparecido de la programación televisiva, como casi todo lo que tenga más de veinte años, confinado a canales temáticos minoritarios, y las generaciones más jóvenes han perdido la costumbre de verlas y aceptar sus ritmos. Por supuesto, hubo algunos momentos que resultaron tan distantes del gusto de mis alumnos que les provocaron la risa o la extrañeza: la forma en la que el joven Rodrigo Díaz de Vivar lucha en su primer combate les pareció impropia de un héroe; algunas situaciones trágicas, por excesivamente impostadas y evidentes, causaban el efecto contrario del buscado. Supongo que también les afectaría el hecho de que los efectos especiales, la actuación de los especialistas de las escenas de acción y los recursos de maquillaje para representar heridas quedan muy pobres en comparación con los actuales: esto era inevitable. Sin embargo, la película les gustó por la mezcla de tratamiento de la historia y romance y por el indudable aliento épico que tiene. El balance fue positivo para ellos en general.

Recuerdo haber visto esta película en mi infancia, en la televisión en blanco y negro de mis padres y un par de veces después: me perdí el Tecnicolor de niño y para mí siempre ha sido más fuerte el impacto de aquella primera vez quizá por eso.

Mis sensaciones esta vez han ido por la perspectiva académica del curso en el que trato la literatura de contenido histórico y, en concreto, el uso de la figura del Cid en este tipo de obras. Tras la apertura del régimen franquista ante la necesidad de sacar al país del fracaso de la política de autarquía que había prolongado irresponsable e intencionadamente la miseria provocada por la Guerra civil, Franco se había convertido en un buen aliado de los intereses de los EE.UU. en su lucha contra el comunismo. Se ratifica la nueva situación con las ayudas norteamericanas y la entrada del país en la ONU en 1956.  En este sentido, desde finales de la década de los cincuenta, el régimen franquista favorece el turismo y otras industrias con proyección internacional: también el cine. Y ahí aparece la figura de Samuel Bronston, hombre clave de grandes producciones rodadas en España con repartos de lujo y directores de prestigio (Rey de reyes, El Cid, 55 días en Pekín, La caída del imperio romano).

Samuel Bronston necesitaba el apoyo de las autoridades franquistas para sus proyectos y el régimen de Franco necesitaba una presentación internacional adecentada y adecuada a su nueva situación estratégica. Pero el itinerario volvía al consumo interno del país y esto se pone en evidencia, sobre todo, en El Cid. Es interesante analizar cómo se manipula la historia para lograrlo y ver qué lectura del personaje se hace en la película: Rodrígo Díaz de Vivar, en ella, es un pacificador cuyo objetivo es unir España. Sus guerras lo son con un único fin: lograr la paz  definitiva (por eso la película termina con la batalla ganada por el héroe después de muerto y no se menciona la pérdida de Valencia poco después de conquistada) y ceder todo lo ganado a su rey, puesto que él no quiere una corona. El camino hacia la paz sólo puede lograrse, según el guion, con la unión de todos los españoles frente al invasor almorávide, Ben Yussuf. Y así, en la película, El Cid une sus fuerzas a varios emires musulmanes con ese objetivo. Es curiosa una secuencia en la que todos, cristianos y musulmanes, están bajo la protección de la cruz: revela que, en realidad, sólo se propone una lectura de la convivencia en la que una parte no tiene verdaderos derechos frente a la otra.

Para comprender mejor todo esto, habrá que recordar que unos pocos años antes de ser rodada la película, se había fortalecido la identificación del Rodrígo Díaz con la figura de Franco. No sólo se llama a éste  segundo Cid, sino que explícitamente el dictador se apropia del legado del héroe medieval con motivo de la inauguración del momumento al Cid Campeador de Burgos el 24 de julio de 1955. Curiosamente, el guion de la película, tristemente avalado por un anciano Ramón Menéndez Pidal, reutiliza toda la propaganda política en la que Franco aparece como Caudillo y visionario histórico tocado por una misión divina: hombre de paz que sólo recurre a la guerra para obtener un bien supremo para la nación, gobernante a la fuerza que sólo quiere fortalecer la corona de su rey legítimo, hombre de familia que tiene que sacrificar el binestar de los suyos y un sueño de vida tranquila por el sentimiento de deber que le impone su patria, figura que aglutina a todos por muy diversos que sean con el único objetivo de luchar contra un enemigo común que quiere destruir España, etc. Quizá a esas alturas Franco ya se veía como el Cid, ganando batallas después de muerto y dejando la historia de España atada para siempre.

En su recepción internacional quizá todo esto pasara desapercibido y no se contemplara necesariamente esta identificación: posiblemente no pasara de ser una película de aventuras más en la que el tratamiento de la historia pudiera estar lleno de inexactitudes, lo que no importa demasiado para su valoración estética, puesto que en el arte ha de prevalecer la verosimilitud al verismo. Quizá también para mis jóvenes alumnos, para los que Franco no es más que un capítulo en su libro de historia.

Pero había una dimensión buscada por los guionistas al servicio de Samuel Bronston que favorecía la alianza con las autoridades franquistas que a ambas partes interesaba: la lectura interna que se haría de la película en España.

En la España de los años sesenta todo esto no podía pasar desapercibido: era lo mismo que repetían a diario los periódicos y los discursos oficiales desde el final de la Guerra civil. Además, por si resultaba poco claro, hay una escena muy significativa que lo aclara definitivamente. Con la ciudad de Valencia asesiada y hambrienta, el Cid ordena un bombardeo con pan mientras grita una soflama que llama a los soldados y ciudadanos valencianos a abandonar a sus dirigentes y abrir las puertas de la ciudad. La escena y la proclama recuerdan demasiado a los bombardeos  franquistas en la guerra civil con pan de Alicante y Madrid: un pan blanco de excelente calidad que caía envuelto en octavillas que, poco más o menos, decían a la población asediada y hambrienta lo mismo que grita el Cid ante las murallas de Valencia en la película. Demasiado evidente: no convenía que los españoles que se habían sentado en la sala de cine para disfrutar de una película de aventuras históricas sobre un héroe medieval olvidaran la historia reciente.

viernes, 25 de abril de 2008

Nuevos usos para el burgalés Palacio de la Isla

Es curioso cómo algunos usos marcan un edificio en la memoria colectiva. En este inmueble burgalés, fijó su residencia Franco en los dos últimos años de la Guerra Civil española, cuando el avance de las tropas sublevadas contra el gobierno republicano le animaron a trasladar la sede de su gobierno provisional, que hasta entonces se fijaba en Salamanca, ciudad más cercana al refugio de Portugal que hubiera sido su destino si la solución de la guerra hubiera sido distinta. De hecho, fue aquí donde se redactó y firmó el parte que daba fin a la guerra , que se leería en la emisora local de Radio Nacional, y cuyas palabras tenemos grabadas todos los españoles mayores de 40 años. La estancia de Franco y su Estado Mayor hace soñado el pasado burgués de este edificio de finales del XIX y el fugaz paso por él de las instituciones preautonómicas de Castilla y León. Poco después sirvió también para acoger provisionalmente una comisaría de policía tras un atentado de ETA y para otros fines locales. Desde entonces, este edificio parecía un caserón fantasmal, a la espera de la rehabilitación de un pecado del que no tenía culpa.

Hoy he asistido a su inauguración como sede del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua. Tras los discursos protocolarios queda el trabajo: será el día al día el que dote de nuevas voces a estas paredes. Es un buen ámbito para que salgan proyectos que divulguen lo mucho de bueno que tiene esta tierra relacionado con la lengua y la literatura. Sin localismos ni miradas al ombligo: hacia un mundo, el de la cultura, en el que las fronteras no tienen demasiado sentido.

Está tan cerca de mi locus amoenus, en el que situé la narración Nocturno, que he ido andando desde la Facultad y, por el camino, me ha sorprendido un día de primavera avanzada. En las aguas del Arlanzón, espejaba un sol casi de mayo. Hoy, con esta luz, parecían mentira algunos años duros de nuestra historia.