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miércoles, 21 de noviembre de 2018

Todas nuestras víctimas, novela de Luis Diaz Viana.


Luis Díaz Viana es un antropólogo de reconocido prestigio, que ha visto recompensada su trayectoria con numerosos y prestigiosos premios. Como investigador del CSIC, son ya clásicos sus trabajos, en los que ha formalizado una sólida teoría sobre la cultura popular a partir del análisis filológico del folklore y una mirada moderna a lo tradicional desde una clave humanista. Un clásico de la especialidad.

Como escritor, es una voz reconocible en la poesía española de los últimos años. Quien quiera comprobarlo puede consultar la recopilación de sus poemarios en Honor de la Quimera (2015), libro ampliado en 2016 con Paganos. Los últimos paganos (Premio de Novela Ciudad de Salamanca, 2010) fue su entrada en la narrativa y el punto de partida de una proyectada trilogía que reflexiona sobre las voz colectiva. Todas nuestras víctimas (Difácil y Páramo, 2018) es la segunda novela de esta trilogía. Tiene en común con la primera el espacio (físico y espiritual) en el que se desarrolla buena parte de la trama y es un acontecimiento editorial en primer lugar, por la categoría del autor; en segundo, por la intención de la obra, que la eleva muy por encima de la novela española actual; en tercer lugar, por tratarse de la primera colaboración de dos editoriales como Difácil y Páramo, que vienen dando muestras de calidad y coherencia en sus catálogos en una época en la que esto no es fácil de mantener en el mundo del libro. Se presentó oficialmente el pasado viernes día 16 en el programa Valladolid Letraherido, que dirijo para el Ayuntamiento de Valladolid.

Inicialmente, Todas nuestras víctimas se extiende desde un presente que coincide con los atentados del 11 de marzo de 2004 hasta un pasado, el de la guerra civil española y sus consecuencias: el hijo de un antiguo franquista espera a su hermana para celebrar el funeral del padre en su pueblo, del que fue alcalde. Los dos hermanos tienen posiciones ideológicas diferentes y también lo son sus recuerdos. Pero la lectura simplista del argumento puede llevar a error a quien se acerque a la novela y entenderla como una saga familiar o como una más de las que se han escrito sobre ambos acontecimientos por separado (no tengo noticia de que antes de esta obra se hubieran sumado). Luis Díaz Viana ha trabajado la estructura de la novela y su intención para que sea mucho más, toda una reflexión sobre la memoria colectiva, algo que le ha preocupado también como investigador (Nada quedaría de todo lo vivido sin la voz continuada de la memoria, dice uno de los personajes). De hecho, es evidente la conexión de alguno de los planteamientos narratológicos de Todas nuestras víctimas con el trabajo de un antropólogo, pero esto sin perjuicio de la lectura, que permite un público muy amplio. La conexión enriquece notablemente a la novela, profundizando su calado y su objetivo e incluso sobre el mismo concepto de la novela como género en el que caben materiales muy diversos.

Distintas voces narradoras se suman para construir el relato en fragmentos que van desde el realismo hasta el lirismo. Estas voces son presentes y pasadas y el lector no sabe bien si corresponden a personajes vivos o muertos hasta que comprende que eso, en realidad, no importa porque lo que interesa es la misma forma de construir ese relato de la memoria a partir del perspectivismo. Es decir, el mismo hecho de la construcción de la memoria colectiva, algo que es una verdadera carencia de la sociedad española, incapaz de trazar un relato consensuado de su historia, en especial en lo que toca a lo acontecido tras la sublevación militar de 1936 y durante la dictadura franquista, que sembraron de víctimas el país, aún lleno de fosas comunes que atañen a cada una de las familias pero también a todos: Carmen era el nudo del relato, pero la historia era suya. Y el libro de su historia no podría cerrarse hasta que apareciera el cuerpo de su padre. Esto es válido también para la memoria individual cuando toca aspectos colectivos en los que se insertan las creencias de quienes hablan: No me apesadumbra demasiado la muerte de mi padre. Lo que me preocupa es dónde colocarlo mentalmente. Precisamente este es uno de los grandes aciertos de esta novela. Otro es la estructura.

La novela se divide en siete capítulos que van ampliando esa memoria tejida de lo individual y lo colectivo a partir de las voces que participan en ella, a los que se añade un Responso en el que autor evidencia su perspectiva ideológica, una Nota aclaratoria sobre la forma en la que se concibió la novela y un Apéndice sobre La misma melodía triste: sobre el pueblo y la memoria de la guerra civil (A modo de breve ensayo histórico). Haría mal el lector en saltarse estas dos últimas partes y entenderlas como ajenas a la novela y, por lo tanto, prescindibles a la hora de la lectura. Luis Díaz Viana ha entendido el género como algo mixto y no leer el ensayo final es cercenar la narración y la novela misma como hecho literario. Por otra parte, esta estructura desvela una forma de trabajar minuciosa, una propuesta en la que están las voces de los personajes y en la que el autor se pone de manifiesto en estos finales que alejan el foco progresivamente de lo particular a lo general, de lo narrado a lo reflexivo, ampliando el significado de Todas nuestras víctimas como novela, llevándola a ser mucho más que una historia sobre la guerra civil española o el 11M y la forma en la que se ha manipulado el relato y la construcción de la memoria. Todo un acierto.

miércoles, 1 de agosto de 2018

más allá. Libros de artista de Eduardo Chillida


El pasado 6 de julio asistí -junto al poeta Pablo del Barco- a la inauguración de la exposición más allá. Libros de artista de Eduardo Chillida (Sala de exposiciones del Arco de Santa María, Burgos, hasta el 2 de septiembre). Los fondos para la muestra han sido cedidos por un coleccionista anónimo y solo han podido verse antes de forma tan completa en 2007 en la Biblioteca Nacional. Ha sido organizada por el Instituto Municipal de cultura y turismo del Ayuntamiento de Burgos y la Fundación Eduardo Chillida-Pilar Belzunce y comisariada por la nieta del artista, Rocío Chillida.

Siempre me ha interesado la obra de Chillida. Es uno de los artistas de vanguardia que ha acompañado mis reflexiones sobre la materia, el espacio y el vacío. He de reconocer que el impacto que me produjo en 1982 la inauguración en Valladolid de la escultura dedicada por el escultor a Jorge Guillén a partir de un verso luminoso de este (Lo profundo es el aire) contribuyó mucho a que la obra de Chillida haya estado en mi imaginario artístico desde entonces (el nombre de la exposición procede de uno de los proyectos del escultor sobre la obra del poeta). Tenía yo 19 años y durante un tiempo un cartel de la escultura ocupó un lugar destacado en mi dormitorio. Me ha interesado constantemente la armónica relación de la forma y su entorno, el significado de la materia en su diálogo con el vacío que dicen de forma nueva y más profunda lo que estaba oculto. Chillida supo, como pocos, hallar un componente artístico en lo que no puede trabajarse más que revelándose, como si dijera ahí estaba y no lo veíamos hasta que el artista nos ha indicado la luz y el aire, el sonido del viento. Lo sólido cediendo el protagonismo a lo inasible.

Esta exposición muestra un aspecto poco conocido de Chilla y es un ejemplo de cómo no improvisaba ni trabajaba como mero ilustrador de obras ajenas. Su relación con escritores y pensadores, con cuya obra se encontraba para reflexionar sobre la propia condición del arte es esencial. Estos treinta y un libros de artista -que no lo son en realidad en la pura definición de este concepto puesto que es un conjunto heterogéneo- nos muestran los años de intenso trabajo sobre el pensamiento artístico propio y su relación con la obra de nombres esenciales como Gaston Bacherlard, Martin Heidegger, E.M. Cioran, Jorge Guillén, José Ángel Valente, Joan Brossa, etc. Una excelente forma de reencontrarse con uno de los artistas de la vanguardia del siglo XX que permanecerán siempre. Vayan a verla y, si pueden, háganse con el catálogo: está lleno de cosas interesantes que ayudan a comprender lo expuesto.

Tomé la fotografía en la inauguración de la exposición, con las autoridades presentes en el acto.
 En el centro, Rocío Chillida, nieta del artista.
 A su izquierda, Ignacio Chillida, su padre y uno de los impresores de estos libros.

miércoles, 11 de julio de 2018

El silencio del hombre sin otro hombre de Rodrigo Garrido Paniagua


Anoten el nombre de Rodrigo Garrido Paniagua (Valladolid, 1978), es un autor que ha experimentado un crecimiento notable como poeta desde sus inicios en la escritura, hace apenas diez años, y en el que se adivina ya una buena y larga carrera como escritor con voz propia. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de Valladolid, profesor de Geografía e Historia en Secundaria, se lanzó a la poesía en el grupo Susurros a pleno pulmón de su ciudad natal, que naciera con el modelo de micrófono abierto común a tantas iniciativas similares en España. Desde entonces ha visto su nombre frecuentemente en festivales, revistas y antologías y publicado tres poemarios: Los dormidos (Origami, 2014), La primera vez que vi un animal muerto (DIFÁCIL, 2016) y ahora El silencio del hombre sin otro hombre (DIFÁCIL, 2018). 

Los dormidos tiene algunos de los defectos propios de un primer libro escrito por el impulso de la necesidad comprensible de escribir y publicar pero también toda la potencia creativa que era ya un anuncio de lo que vendría después. Se trataba de un poemario de contenido social que buscaba implicarse en la situación española del momento. La primera vez que vi un animal muerto supuso un salto cualitativo notable de calidad y propósito poético. El autor tomaba distancia y reflexión, profundizaba en la escritura y se medía con uno de los temas más importantes de la poesía de todos los tiempos, la condición mortal del ser humano y cómo lo dimensiona. El paso entre una poesía inmediata a otra de mayor calado sin perder por ello ni la conciencia social ni la propuesta moral ante la realidad humana. Ese poemario está muy enlazado con el que ahora nos ocupa. Ambos magníficamente editados por César Sanz para DIFÁCIL.

El silencio del hombre sin otro hombre se abre con una cita de un clásico de la divulgación científica de los años noventa, La más bella historia del mundo en una declaración de intenciones: pretende reflexionar sobre la historia del ser humano, su pasado, su presente y su futuro. Consta de cuatro partes (Fiesta de la luz, con la explosión inicial que dio nacimiento al universo conocido; En el principio de un nuevo mundo, con el nacimiento de la vida y el origen del ser humano; Todo el que nace está destinado a contar su tiempo, el núcleo del libro, desde el que se gestó, que atraviesa la conciencia del ser humano como especie hasta el presente tecnológico; Un astronauta envía por Twitter imágenes de la Tierra, en el que se abre el horizonte nuevo del espacio exterior al que se asoma con vértigo el ser humano que apenas hace nada pintaba bisontes en las cuevas). Cada parte se abre con una cita que es también un pista lectora para reconstruir el mundo de referencias del autor: Ángel Guinda, Lêdo Ivo, Jorge Riechmann y David Eloy Rodríguez. Si sumamos ensayos como Sapiens (2011) y películas ya clásicas de la ciencia ficción como 2001: Una odisea en el espacio (1968), Blade Runner (1982) y Her (2013), completaríamos el mundo de partida de la excelente propuesta de El silencio del hombre sin otro hombre que transita por uno de los caminos fundamentales de la poesía de todos los tiempos: el conocimiento del ser humano, de sus temores y esperanzas, de su posición en la historia de la Tierra y de sus horizontes futuros.

Los textos de este poemario se construyen minuciosa y estudiadamente contra la forma tradicional del poema. Trabaja Garrido Paniagua con una sucesión de pensamientos y aforismos y apenas algunos nexos sintácticos. Resulta cada poema casi por sedimentación de esos pensamientos y el ritmo procede precisamente de su disposición y de los silencios y saltos entre ellos. Estos silencios son importantísimos para ese ritmo pero también para la recepción porque dan pie a que el lector reflexione por sí mismo, encuentre sus propias respuestas a las preguntas planteadas en la escritura de Garrido. Tanto la estructura como la disposición rítmica del conjunto y de cada poema está muy trabajada y es una marca de estilo de los dos últimos poemarios del autor.

Y el poemario se adentra en la conciencia del ser humano, el conflicto entre el individuo y la identificación de especie, el tiempo como parte esencial de nuestra historia colectiva (Todo el que nace, / está destinado a contar su tiempoSomos nómadas en el tiempo), el constante temor y la presencia de todas las emociones que nos hacen humanos (Nazco cada vez que arranco a llorar) pero  también sus nuevas circunstancias en el mundo de hoy por los avances de la genética (Ser dioses después de los dioses) y nuevas perplejidades (Me he enamorado de una mujer artificial), la relación actual con la tecnología y la imagen y sus apasionantes fronteras: el transhumanismo, la inteligencia artificial, el pensamiento colectivo. La condición verdadera del arte como expresión humana que se pone en cuestión ahora con los avances tecnológicos (el poema Un robot pinta como Picasso). Por lo tanto, la esencia misma de lo que somos expresada de una manera radicalmente actual pero sin perder las claves de lo que siempre hemos sido, desde las primeras huellas que hemos dejado en el planeta (que juega con la huella en la Luna del último poema):

Observo una fotografía
del fondo de mis ojos.

En su precipicio
                           espero encontrar
una larga lista de antepasados
que me lleve,
                      obligatoriamente,
a las manos pintadas de una cueva.

Un poemario lleno de preguntas apasionantes sobre lo que somos los seres humanos, lo que nos hace precisamente humanos en un mundo que explora tantas posibilidades nuevas, resuelto con voz propia por el autor.

Rodrigo Garrido Paniagua es, además, coeditor en La penúltima editorial.
Durante la presentación del libro en el día de hoy, en la Casa Zorrilla de Valladolid,
 en un desayuno poético que no pudo celebrarse en el jardín por la amenaza de tormenta.
A mi derecha, el autor.  A mi izquierda, Charo Vergaz, que leyó una selección de poemas del libro.
Del perfil de Instagram de esta he tomado la fotografía.

Fotografía del acto tomada del perfil de Facebook de María José Amigo Gil.



viernes, 15 de junio de 2018

Un libro como cometa


La Asociación provincial de libreros de Burgos ha querido agradecer nuestra participación a los que hemos colaborado de una o de otra manera en la Feria del libro de Burgos celebrada en mayo pasado. Y nos envía la imagen de un hombre que se suspende o vuela gracias a un libro convertido en cometa. Si se suspende, el libro le salva de la caída, como un paracaídas o el lugar en donde agarrarse para no seguir cayendo; si vuela, el libro le ayuda en esa experiencia de libertad. Ambas cosas son ciertas. Los que no leen porque no quieren no lo sabrán nunca. Medio pan y un libro pedía García Lorca que se repartiera al pueblo necesitado en el famoso discurso con el que inauguraba la biblioteca de Fuente Vaqueros en 1931. Y tenía razón.



viernes, 11 de mayo de 2018

Una reseña secreta: De nómadas y guerreros de Elías Moro.



Con las obras de Elías Moro (Madrid, 1959) tengo el mismo problema que cuando descubro un paisaje que me conmociona, un restaurante en el que se come bien y a buen precio en un ambiente confortable o un hotel con encanto de verdad más allá de la mera publicidad. Tengo la sensación de que aquello lo conoce menos gente de lo que merece y el pensamiento de guardarme para mí ese descubrimiento, no contarlo para que no se contamine o se distorsione, pero finalmente cedo a la tentación de decírselo en voz baja a los amigos: te aconsejo que vayas, pero no se lo digas a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

Elías Moro, del que ya hemos hablado en este blog, aún en las obras que muchos podrían considerar menores tiene más literatura y poesía de la que les parecería a primera vista a los que no solo leen por la apariencia y siempre más calidad que la mayor parte de los que hacen ruido y ocupan los espacios culturales en internet y en los medios de comunicación tradicionales. No es solo que sepa llevar el sombrero como ningún otro escritor en España hoy sino que debajo de ese sombro hay un poeta pleno y lo demuestra continuamente en poemas, microrrelatos, pensamientos y aforismos. Parece que publica poco pero uno mira la lista bibliográfica de su obra y se da cuenta de la extensión y coherencia de toda ella. Lo que está claro es que Elías Moro no publica por publicar.

Siempre me ha pasado todo lo dicho con sus libros pero ha sido más intenso con De nómadas y guerreros (Le Tour, 2018) y solo cedo a la tentación de la reseña por cariño a Mario Quintana, su editor, que poco a poco va levantando un catálogo envidiable y que se acaba de meter a librero abriendo La selva dentro en Mérida, que ya es locura en los tiempos que corren.

El autor ha confesado las fuentes de partida de De nómadas y guerreros que, según parece, llevaba unos años en el cajón sin dar el salto al papel: Estampas de ultramar de Aníbal Núñez y la Antología de poesía primitiva de Ernesto Cardenal. Al primero había dedicado una serie de doce entradas en su blog, lo que permite al lector curioso seguir un rastro literario siempre de interés. Se entenderá mejor si se presta atención a la primera, publicada el 14 de enero de 2012. Ambas fuentes aclaran mucho de la propuesta que hallamos en el poemario.

En este libro, Elías escribe como si el mundo estuviera por descubrir, por trazar los mapas y los estudios antropológicos necesarios para comprender especialmente a aquellos individuos que se enfrentaron con el tipo de riesgos que esperan a quien vive en contacto permanente con la naturaleza. Estas voces y estos seres poetizados son parte de una comunidad pero se nos presentan en su calidad de individuos, personas que resumen la vida de esas comunidades a las que pertenecen pero que están en la primera línea, casi siempre solos, y solos deben afrontar el mundo a partir de las experiencias colectivas que han llegado hasta ellos: hay un masai, un papú, un samurai, un tártaro, un tuareg, un indígena americano, un pirata, etc. Son seres en continuo movimiento, que habitan la débil línea que hubo siempre entre la civilización y la naturaleza, el choque entre culturas y el riesgo físico y moral, que sobrellevan con la dignidad de quien no espera más ayuda que la propia. No siempre son ejemplo de lo que nuestra civilización entiende como moral, por supuesto: su vida es otra y su comportamiento no se ajusta a nuestras reglas:

Aunque ella lo ignora todavía,
navego, firme el timón,
a destruir Maracaibo.

Por eso mismo, cuando el mongol se sienta ante la televisión traiciona todo lo que le ha traído hasta el presente:

Ahora la televisión le confunde
y ha olvidado su memoria.

El estilo de este libro se aproxima a esos cantos primitivos que se decían ante la hoguera, al terminar el día celebrando estar vivos aún, el ritmo es propio de esos cantos.

Solo hay un texto que contradice y suspende lo anterior, precisamente por el carácter de quien lo protagoniza, Roles del cobarde, que no sale bien parado en su actitud ante la vida, en la que ni siquiera arriesga nada:

El que merienda café con bollos mientras firma sentencias de muerte y acaricia después el rostro de su nieta.

Finalmente, el último poema del libro (Museo de cera), que podría entenderse inicialmente como la explicación del volumen entero en el sentido de que el poeta ha entrado en uno de esos museos en los que se reproduce con mejor o peor habilidad efigies costumbristas (nuestra época ha terminado ya con este tipo de comunidades y los muestra como curiosidad museística), nos pone ante un espejo moral en el que quizá seamos nosotros los que hemos sido modelados en cera y no los protagonistas de cada uno de los textos.

Siempre que vean un libro firmado por Elías Moro, léanlo. Pero, ya saben, no se lo cuenten a nadie, no se nos vaya a echar a perder.

martes, 24 de abril de 2018

Versos de agua de Clemen Esteban Lorenzo


El pasado viernes día 20 de abril, en el salón de actos de La Casa Grande Ayamonte, acompañé a Clemen Esteban Lorenzo en la presentación de su nuevo libro, Versos de agua (Juglar, 2018), junto a las concejalas y tenientes de alcalde del ayuntamiento de aquella localidad, Gema Martín y Marisol Guadamillas. El salón se llenó y la autora estuvo cariñosamente arropada por el grupo de poetas del Guadiana, que leyeron algunos poemas.

Siempre es un placer celebrar la poesía en Ayamonte y a ambos lados del Guadiana, que ya no es frontera. Allí el agua y el cielo, la marisma, el río y el mar, son parte de la luz que lo llena todo.

Cuando Clemen me pidió hace unos meses que le escribiera el prólogo de este libro (al que di el título de Agua de carne) mi primera sorpresa fue encontrarme con un trabajo diferente a lo que había publicado antes esta poeta, casi siempre dirigido al público infantil, que es también su ámbito laboral, aunque ya le había leído y escuchado algunos poemas de contenido amoroso. Versos de agua es un poemario pasional desde una voz femenina muy marcada. En estos versos hay una entrega absoluta a la necesidad de comunicación de una pasión que pide respuesta. Todo se concreta en imágenes físicas de un fuerte impacto, se pide la ruptura de las barreras y el contacto físico hasta el canibalismo amoroso en una entrega feliz en cualquier momento:

Me gusta
cómo me asaltas
en cualquier esquina
o lugar.

Aunque sucede en espacios de interior no es un monólogo: el yo poético exige la respuesta física o verbal del tú al que se dirige:

Cuando llegues a mí, solo mírame a los ojos.

Celebro este nuevo camino de la autora, que ha abierto la puerta a la expresión poética directa de las emociones más íntimas:

Me gusta verte rastrear mi ombligo
morder mis pechos bajo tus mano
y a la sombra de mi vientre.

Por otra parte, el libro está muy bien y cuidadosamente editado. La maquetación y las imágenes (que acompañan con elegancia y acierto a los poemas) son un ejemplo más del buen hacer de Antonio Garrido Álvarez-Monteserín.







(Las fotografías están tomadas de varios perfiles de Facebook y usadas en el muro de la autora en esta red social.)

miércoles, 24 de enero de 2018

Estación término, de José Luis Rúa.


La vida como viaje es una antigua metáfora literaria que sigue siendo exacta y oportuna. Hay un momento, en todo viaje, que nos sentimos llegar al final del recorrido, aunque sepamos que es posible que aún nos queden muchos años por delante. No es necesariamente que percibamos la muerte, sino una sensación que nos hace pensar que esa es nuestra estación, que allí queremos quedarnos y pasar el resto de la vida: en ese lugar, en ese paisaje, con esa gente, con esas ocupaciones. Es afortunado aquel que encuentra el apeadero adecuado en el que descender del tren, respirar y comprender que ese es su lugar. Que podrá viajar a otros lugares o conocer otras personas, pero que es allí, en el espacio que vislumbra desde el andén, en donde quiere estar. De pronto, el viaje se hace presente y todo adquiere una dimensión ajustada. Incluso si nos giráramos inmediatamente, podríamos vernos al bajar del vagón y sonreír, con sorpresa, como si no nos pesara el pasado, porque ese es lugar que estábamos buscando y esa luz que queremos tener en cada uno de nuestros días.

Eso es lo que encontramos en el poemario Estación término de José Luis Rúa (Sevilla, Wanceulen editorial, 2017). Nacido en Alcoy en 1950, la vida lo llevó hasta Ayamonte, en donde ejerció como profesor de Educación Física hasta su reciente jubilación y, sin renunciar a sentirse alicantino, Rúa comprendió pronto que Ayamonte era su estación término, su destino final. No es de extrañar: Ayamonte es un lugar muy especial entre mar, río y marisma, entre tierra y cielo. La luz es allí amable, el clima benigno y la gente acogedora. De hecho, la frontera con Portugal allí se difumina.

José Luis Rúa es uno de los integrantes más activos y significados del colectivo poético Poetas del Guadiana que desde hace ya muchos años procura la unión de ambas riberas y celebra periódicas citas en las que poetas españoles y portugueses se juntan para construir un espacio de encuentro, comprometidos en esa labor de hacer desaparecer las fronteras levantadas por una historia no siempre amable. También es parte del grupo de escritores que impulsa infatigablemente la vida de Ayamonte con acciones poéticas, recitales, presentaciones de libros y publicaciones a través de Los libros del Estraperlo y Los Cuadernos de la Barranca. Desde el año 2000 ha publicado varios poemarios en una sucesión periódica que ha construido ya una obra de voz propia y reconocible: Cuaderno de poemas, Se ha vuelto loco, Mar cien veces mar, Los versos que te gustan, Poemas en el lienzo, etc. También ha publicado en antologías del grupo o colaboraciones como A pedales entre los escombros, con Eladio Orta. Conviene recordar también su trabajo como documentalista de las actividades culturales y deportivas de Ayamonte porque su labor se ha convertido ya en una referencia obligada para los investigadores de lo que allí ha ocurrido en las últimas décadas.

En Estación término hay conciencia de esos dos significados del final del viaje. Por una parte, la llegada al momento de la vida en el que el horizonte se estrecha; por otra, la conciencia serena y feliz de que se está donde se quiere estar y que la mirada se ha hecho parte del paisaje que habita. Por eso no hay sensación de tristeza ni de despedida sino de apurar el presente de forma vital y todas las emociones que brinda. Incluso cuando se aborda la inevitable decadencia física que implica la edad: es como si estuviera alojado en un cuerpo extraño, dice el poeta:

Me dirijo la palabra solo por buena educación,
pero no me reconozco.

Sin embargo, la relación de padecimientos y medicamentos (Jodida bioquímica) que implica cumplir años en realidad no importa:

Es un juego de equidistancias y equilibrios
entre la naturaleza humana y yo mismo.

No es Estación término un poemario de despedida ni de tristezas, sino un canto apasionado a lo mejor que se tiene: la propia gente, el amor y el paisaje. Se abre con una referencia al nieto recién nacido -Mateo, al que va dedicado el libro- al que recomienda: Lucha con todas tus fuerzas / y con un poema en cada mano. Por la misma razón, una de las partes esenciales del poemario son los poemas dedicados a Cinta, su mujer:

A poema,
tu cuerpo sabe a poema.
De rima libre y verso más libre todavía

En Estación término también está el paisaje ayamontino (Canela, el espigón, el río...), los poetas con los que ha recorrido parte del camino (Eladio Orta, Uberto Estabile, Antonio Orihuela) y una reflexión sobre la misma labor poética, que le llevan al compromiso con la propia escritura y el sentido social de la misma. Por supuesto, en el recorrido vital también hay momentos dolorosos, como la despedida de la madre (Madre, buen viaje y dale recuerdos al viento).

Es Estación término una celebración de la madurez y de la felicidad que otorga saberse en el lugar en el que uno quiere estar y con las personas que ama, con el amor que acompaña y la vida bien hecha. Y en él está José Luis Rúa tal y como es: entregado, pasional, directo, generoso. Y la luz de Ayamonte, que lo preside todo. No es, sin duda, el final del trayecto de la obra de este poeta, siempre lleno de energías y propuestas, generoso en la entrega y que sabe cómo hacernos visible ese estado de gracia:

Sé que tienes razón,
como lo tiene el alba cada mañana,
más, la madrugada e frases van haciendo camino
hacia ese poema que llevas en la falda
y que algún día vas a regalar al mundo.

Estación término cuenta con un excelente prólogo del poeta portugués Fernando Cabrita (en español y portugués, recomiendo la lectura de la versión original) y una magnífico diseño y maquetación de Antonio Garrido, con fotografías del escritor, que es un excelente fotógrafo.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Me asomo a la ventana y pasa un ángel, de Eduardo Fraile Valles


No debería haber pasado tan desapercibido este libro de Eduardo Fraile Valles publicado en marzo pasado (Me asomo a la ventana y pasa un ángel, Difácil, 2017). En él encontramos el mundo poético del autor, todo aquello que constituye el tronco más firme de su literatura, en especial de la última década, la que se abre con dos poemarios excepcionales, sorprendentes e innovadores y que ya ocupan un puesto singular en la poesía actual española: Quién mató a Kennedy y por qué (2007), premio Fray Luis de León, y La chica de la bolsa de peces de colores, accésit del Jaime Gil de Biedma (2008). Siguieron Y de mí sé decir (2011), Ícaro & Co. (2012), Retrato de la soledad (2013) e In memoriam (2014). Esta serie de obras (Apuntes del natural) de intencionado trazo proustiano se cierra con Perlas ensangrentadas (2017) pero no podría entenderse completa sin el libro que aquí comento.

Me asomo a la ventana y pasa un ángel recoge parte de los textos escritos desde 2012 y publicados en el blog personal del autor, los 48 primeros también como columnas en la edición castellanoleonesa del diario La Razón. Se estructura en tres partes que componen un juego con el título del periódico en el que arrancaron para culminar una frase paródica cervantina: La Razón..., de la sinrazón..., ...que a mi razón se hace.

Aquí está la indagación en la memoria de un escritor que ha construido un relicario cívico y muy humano de temas que regresan una y otra vez, a veces como prosa y en ocasiones como versos. Es difícil definir la frontera entre ambas formas porque sus poemas tienden a la narración (una forma de narrar cotidiana que se trasforma sin casi quererlo en una épica biográfica despojada de la heroicidad de las epopeyas clásicas para buscar la heroicidad individual de la vida) y la prosa guarda en él siempre vocación de poema por el magnífico manejo del ritmo.

Y así se suceden: el paraíso de la infancia poblado de personajes e imágenes; los espacios míticos (el barrio de Bilbao en Madrid en el que trascurren sus primeros años y al que regresa para ver las rosas que crecen en el jardín que estaba junto a su casa, el pueblo de Castrodeza con la libertad del verano interminable de la infancia y el final del paraíso que significaba septiembre, la ciudad de Valladolid con su complejidad de espacio adulto que se reduce a un puñado de calles para poder dominarlo), los objetos (su afición por las máquinas de escribir, una manera de entender su decisión de ser escritor), el arte (especialmente, Velázquez y su tratamiento de la luz: El kilómetro cero de mi corazón es la sala ovalada del Museo del Prado donde están Las Meninas de Velázquez) y la literatura, en la que se concreta todo.

La literatura es lo que explica la propia búsqueda de la memoria y ahí está Proust pero también Cervantes y una continua investigación sobre el mismo ejercicio de la escritura. Pero todos estos temas se podrían reducir a uno, presente de forma obsesiva, el tiempo. Pocos autores contemporáneos cuentan tan bien el tiempo como Eduardo Fraile. Un tiempo que es el biográfico, también el de una generación entera de españoles, explicado todo por la referencia continua a En busca del tiempo perdido. Los textos, desde luego, pueden entenderse y disfrutarse sin esta referencia literaria, puesto que el autor trabaja con elementos muy cotidianos y reconocibles (el verano en el pueblo, las calles de la ciudad, la enfermedad del padre, las tiendas de ultramarinos, los amores imposibles), a veces como pequeños microrrelatos -mejor, como fragmentos de un único texto que se ordena solo en la introspección continua- pero se iluminan y tersan toda su belleza en lo literario, como sucede, por ejemplo, en Estación en Tansonville (referencia directa a Proust pero también a la editorial que mantiene el autor).

Eduardo Fraile ha encontrado el secreto de su magdalena proustiana: el narrador moja una magdalena en una taza de té... y ahí empieza todo. No es el recuerdo. No. Es la resurrección. No, no debería haber pasado desapercibido este libro que ayuda a comprender el proyecto arriesgado y brillante que ha ocupado a Eduardo Fraile durante diez años.

El libro cuenta con un prodigioso prólogo de Óscar Esquivias, a la altura del libro (La Anunciación).




lunes, 29 de mayo de 2017

La esencia de las cosas en la poesía de Fermín Herrero: Sin ir más lejos.



Adentrarse en la poesía de Fermín Herrero es  reconocerse en un territorio que debería estar en lo más profundo de cualquier ser humano. Frente a la ausencia del paisaje natural en gran parte de la poesía española contemporánea, el poeta se instala en él para hablarnos de las cosas importantes de la vida desde la humildad de quien se sabe un eslabón más en ella. No se trata de un paisaje abstracto o convencional sino concreto, por eso mismo, con una capacidad universalizadora de una altura poética y humana que no se logra con otro tipo de poesía.

Los últimos poemarios de Fermín Herrero han construido una voz propia con estas características, especialmente en esa obra maestra que fue La gratitud y que es muy reconocible en su último poemario, Sin ir más lejos (Premio Jaén de Poesía y Premio de la crítica nacional), que profundiza en la poética de la sobriedad de la expresión y en la construcción de un ritmo adecuado a lo que se poetiza como si hubiera nacido con él. Hay que estar muy ciego y desconectado de la naturaleza para no sentirse apelado por sus poemas. Fermín Herrero nos lleva al campo soriano no solo en la descripción de lo que ve sino también en las palabras usadas, en los conceptos que maneja para nombrar los vientos, los regatos, las tierras, la labor humana y los seres que lo habitan. Y desde allí, el poeta, pasea y piensa tras observar el paso del tiempo y su efecto sobre la naturaleza.

Fermín Herrero ha declarado en varias ocasiones sus preferencias lectoras por el ensayo y la filosofía y su concepción de la poesía como indagación para descubrir y nombrar aquello que está en la esencia de las cosas. Lo hace de una manera en la que no aleja al lector, sino que se sienta con él a meditar, hablándole con palabras de siempre, que no deberíamos haber olvidado:

(...) Está
muy nublo. Atiendo. Las palabras
del padre. A su través, la dignidad
y el aplomo, tener este sustento
con sus manos pacientes, como
si el paso de la luz fuese de piedra.

Hay gran altura de pensamiento en la poesía de Fermín Herrero pero también cercanía con la realidad, la que de verdad importa, la que existe más allá del vértigo histórico en el que se ha envuelto el ser humano y que ha tenido el alto coste de sacarlo del tiempo natural y del contacto con las cosas esenciales.

Sin ir más lejos busca la esencia del mundo –su sencillez- a través de la meditación sobre el paisaje, la condición del ser humano vinculada con él y la poesía como única forma posible de comprenderlo y expresarlo, como dice el poema inicial, toda una poética:

La poesía
es la conciencia

alejada de la palabrería y la impostura y próxima siempre a lo más humilde. A partir de ese punto inicial todo se explica, incluso la posición del ser humano en el ciclo natural:

Vivimos de milagro y eso es suficiente,

su capacidad de observación de lo importante que trasforma la estampa en verdadero pensamiento:

Alrededor del manantial
el musgo, berros en el reguero.
Se han espigado, observo su flor menudísima,
el fresno que se inclina sobre el agua.

El mundo sigue más allá del ser humano, incluso del poeta, que camina hacia el momento en el que regrese a la tierra y por eso Fermín Herrero afirma su circunstancia más importante, no como renuncia ni como aceptación, sino como esencia misma del ciclo que es la vida:

(...) Intenta,
al menos, desbrozarla
lo justo, sin herirla
en exceso.

(Esta reseña mía del libro Sin ir más lejos de Fermín Herrero se publicó en la sección Artes&Letras del ABC de Castilla y León del pasado sábado 27 de mayo.)

domingo, 19 de febrero de 2017

Centrifugados y noticias de José María Cumbreño: Curso práctico de invisibilidad.


El próximo viernes día 24 de febrero da comienzo en Plasencia Centrifugados. Tercer encuentro de literatura periférica. Se celebrará, como la edición anterior, en el Patio Cultural las Claras y reunirá a un buen número de editoriales independientes que expondrán sus catálogos al público. El programa de actividades es interesante y variado y merece la pena echarle un vistazo. No es fácil en estos tiempos en los que escasea el apoyo de las instituciones públicas organizar un encuentro de este tipo pero José María Cumbreño sigue con fuerzas y ganas. En encuentro es una buena ocasión para encontrarse con editores, libros y autores que suelen entrar con dificultad en el circuito comercial pero que cada vez tienen más peso en el mundo editorial español de hoy, ocupando un notable hueco que suelen dejar vacío las editoriales más importantes. Yo he estado presente en las ediciones anteriores y si me es posible también en esta. Con este motivo se ha reimpreso mi poemario piel, que estará sobre la mesa de lf ediciones esperando el encuentro con los lectores.

También estará presente el volumen que recoge una antología de escritores que participaron en la edición anterior, en el que estoy incluido, ilustrado con fotografías de los asistentes en 2016. Un magnífico ejemplo de la variedad de propuestas estéticas y temáticas: Olga Ayuso, Lalo Barrubia, Luciana Caamaño, Víctor M. Díez, Pablo Fidalgo Lareo, Pablo García Casado, Inaxio Goldaracena, Cristian Gómez Olivares, Cristina Grande, Alberto Guirao, Carmen Hernández Zurbano, Víctor Manuel Jiménez Andrada, Hasier Larretxea, Inma Luna, David Matías, Vicente Luis Mora, Juan Nadalini, Pedro Ojeda Escudero, Fernando Pérez Fernández, Urbano Pérez Sánchez, Roxana Popelka, María Sotomayor y Ballerina Vargas Tinajero.

Fue un buen año el 2016 para José María Cumbreño, que vio recompensado su esfuerzo también al frente de Ediciones Liliputienses, en cuyo catálogo figuran ya algunos libros más que recomendables y una selección de nombres de poetas hispanoamericanos que de otra forma no nos llegarían a la península. Lo culminó con su Curso práctico de invisibilidad (Casi poesía 1998-2016) (Cáceres, Ediciones Liliputienses, 2016). El volumen es un conjunto coherente de textos en prosa y verso (o vivendo en la débil frontera entre ambas modalidades) con tendencia al fragmento, el aforismo (incluso la greguería: Escribir: Enhebrar una aguja con los ojos cerrados) y la reflexión en el que se abordan los hechos cotidianos con cierta extrañeza. La voz poética vive en la incertidumbre y en el intento de comprender la realidad o, al menos, sobrevivir a ella si esto fuera posible. En algunos textos se usa la ironía ideológica, como en Metamorfosis:

Los dictadores se convierten en ex dictadores.
Los ex dictadores, en senadores vitalicios.
Los senadores vitalicios, en inofensivos ancianos.
Y los inofensivos ancianos, finalmente, terminan perdiendo la memoria.

En muchos de los textos se adivinan experiencias autobriográficas y en ellos se mezclan pensamientos que los construyen casi por acumulación de estratos hasta dotarlos de significados sorprendentes en los que el individuo acaba casi ajeno a sí mismo:

En la mayoría de los lugares todos parecemos extranjeros. En nuestra vida, lo somos continuamente.

Un buen motivo para estar el próximo fin de semana en Plasencia.



sábado, 4 de febrero de 2017

Los artistas, sean del tipo que sean, están solos siempre


Leer las cartas que se cruzaron en la intimidad personas que ya no están con nosotros siempre me ha producido cierto pudor. Aunque no las conozca ni sepa quiénes son. Recuerdo una carta que cayó en mis manos de forma accidental en la esquina de una nave en una finca abandonada, junto a otras cosas que alguien arrojó allí para desprenderse de ellas, quizá para olvidarse de un pasado que le molestaba o dolía, quizá solo por desinterés o estupidez. Era una carta de amor que un emigrante español en Alemania enviaba a su novia en los años cincuenta del pasado siglo. Una relación formal en la que solo se hablaba de trabajo, del tiempo y de ahorrar para casarse al regreso. Le mandaba un beso a ella pero también muchos recuerdos para toda su familia y un encargo para que procurara aliviar el luto que vestían la madre de quien escribía. Por profesión, he leído muchas cartas personales en mis trabajos académicos sobre escritores. En la mayoría de ellas, los escritores escribían como tales, con una alta conciencia de serlo y no se permitían nada que pudiera rebajar esa condición que en tan alta estima tenían. Era, sin duda, retórica aprendida. La mayor parte de las cartas íntimas de los escritores han desaparecido o no se han publicado porque se tenía la precaución de hacerlas desaparecer o los herederos no han considerado que deba romperse la intimidad que las produjo. Cuando aparecen algunas -así la correspondencia entre Emilia Pardo Bázán y Benito Pérez Galdós- nos sorprenden por su forma de expresarse, como si no les permitiéramos ser seres normales.

De vez en cuando se publican libros con cartas de personas comunes para dar cuenta de cómo se comportaba una sociedad, sus usos y costumbres. También para apreciar cómo una guerra, un atentado o cualquier otra circunstancia grave puede alterar la vida de las personas. Hoy, que no escribimos cartas, se hacen públicas las voces de quienes realizan una llamada a través de un teléfono móvil antes de morir en un accidente para despedirse de sus seres queridos y solo encuentran un contestador automático. Ya no escribimos cartas sino millones de correos electrónicos que desaparecerán y cuya inmediatez y banalidad les resta ese trabajo minucioso de la carta manuscrita.

Soy lector asiduo de los libros que publican cartas de escritores famosos. Me digo a mí mismo que por mi profesión pero quizá también haya algo que me incite a buscar en ellos la voz humana más allá de la pose como escritores, querer encontrar razones que me expliquen las sensaciones que siento al leer sus obras. Cuando traspasa esto no dejo de sentir cierto desasosiego por asomar a una intimidad que va más allá de la vida pública de cualquier escritor al que no preguntaron si quería deshacerse de esas cartas.

Ayer, El Cultural daba cuenta de la aparición del libro De corazón y alma, en el que se recogen las 46 cartas encontradas de la correspondencia que mantuvieron Elena Fortún (pseudónimo con el que firmaba Encarnación Aragoneses de Urquijo) y Carmen Laforet entre 1947 y 1952. El libro viene de la mano de las hijas de esta, Cristina y Silvia Cerezales, prologado por Nuria Capdevila-Argüelles. Lo leeré, claro, con la sensación de violentar su intimidad pero con la conciencia de que debo leerlo por mi profesión y porque puede aportarme datos para comprender la obra de ambas y, sobre todo, su posición como escritoras en la sociedad de su tiempo. Me ha bastado el anticipo que lanza la revista para darme cuenta de su importancia. En primer lugar, porque ambas son dos grandes escritoras a las que la vida no les fue especialmente favorable. Representan dos épocas y dos estilos diferentes pero unidas por algunas circunstancias. Elena Fortún, mayor, después de haber sido muy célebre con sus novelas protagonizadas por su personaje Celia, marchó al exilio y vio cómo su obra era proscrita, censurada y olvidada en España. Regresó un tiempo después del suicidio de su marido. Carmen Laforet, joven, puesta en la primera línea de la literatura española tras obtener el Premio Nadal con Nada, esa extraordinaria novela que aún mantiene toda su vigencia. A eso alude Fortún en su carta fechada en Buenos Aires el 1 de febrero de 1947 (pronto pasarían al tuteo):

Su divina humildad diciendo (¡usted que es en estos momentos la primera escritora española!) que aprendió a escribir de mí...

En las cartas publicadas hay varias referencias a la conciencia que tenían ambas de ser escritoras, es decir, a su condición de mujeres en un mundo predominantemente marcado por los hombres y por eso citan a Vicki Baum, Carmen Conde, Santa Teresa... o una mirada especial que Fortún ve en la escritura de mujer:

Creo que nosotras las mujeres escribimos mejor lo que es un poco autobiográfico.

Quizá por eso considere tan necesaria la soledad del artista incluso frente a la familia y los hijos, en especial en esa España en la que ella no está aún pero Laforet sí (de hecho, le recomendará vivamente marchar a América en donde percibirá mejor la libertad):

Mi marido vive conmigo ¡Toda una vida matrimonial sin casi recuerdo de haber sido soltera alguna vez! Por eso hablo con conocimiento. Los artistas, sean del tipo que sean, están solos siempre y no debería ser permitido que invadieran el hogar... Pero usted tiene razón, no puede vencerse esa gran fuerza de la vida que nos arrastra en la juventud..., sobre todo en España, donde se ha parado el tiempo y lo que no es legal es pecado.

La última carta que publica El Cultural en su reseña tiene una gran relevancia. Está fechada en el Sanatorio Puig de Olena en Barcelona, el 21 de diciembre de 1951. Elena Fortún se sabe morir y lo dice sin rodeos para dar cuenta a su intelocutora de quién es la depositaria de sus cartas:

Cuando me muera pídele a Carolina [Carolina Regidor] tus cartas, que guardo todas en un sobre, para que las rompas tú y nadie más las lea. Adiós, querida mía, no puedo escribir más. Que seas siempre feliz como lo eres ahora porque esa es la única felicidad, que quieras a tu marido con la ternura de ahora y a tus hijitas, y que Dios no consienta que estés sola el último día.

Esta intimidad nos llega porque Laforet no rompió aquellas cartas y porque quien ha podido darlas a conocer las ha publicado en su totalidad o en parte. Elena Fortún dejó claro que quería que se rompieran y que nadie más que ellas dos las leyeran.¿Es importante conocer la intimidad de los artistas? No alteran sus obras, pero quizá expliquen mejor el contexto en el que se realizaron.

Lo que menos me gusta es el título de la portada de este suplemento cultural, uno de los mejores de España, el subtítulo, sobre todo: Laforet inédita. Cartas de amor y literatura con Elena Fortún, ¿necesario? No, no lo es. ¿Debemos titular así para llamar la atención? Aunque existiera esa relación a la que se alude, con todo la tensión que provocaría en ambas en aquella España miserable y gris, oprimida bajo una moral hipócrita. Ya pasó algo parecido Elena Fortún en los años treinta y lo reflejó en algunas obras que dejó inéditas. Mejor el del interior: Correspondencia inédita. Carmen Laforet y Elena Fortún.

domingo, 22 de enero de 2017

Miguel Delibes, Cinco horas con Mario. Cincuenta años de historia


Se cumplen cincuenta años de la publicación de Cinco horas con Mario, una de las novelas más conocidas de Miguel Delibes y uno de los títulos más importanes de la narrativa española de postguerra. Este diálogo interior supuso una profundización en la mentalidad de las mujeres de un tipo de burguesía acomodada de la época, llena de contradicciones, presa de una moral y una sociedad que sus integrantes habían provocado y que era, a la vez, su forma de controlar el país pero también una condena a la mediocridad, la insatisfacción y la hipocresía. Delibes contó que después de redactar cien cuartillas de la novela con el personaje de Mario vivo se detuvo y encontró la clave narrativa de la obra: contar la historia desde un largo monólogo de Menchu con Mario muerto, profundizando en la psicología de su protagonista y mostrando con el afán documentalista que le caracterizaba la forma de hablar y pensar de una mujer de ese tipo de burguesía en los años sesenta del pasado siglo.

Esa voz de la viuda es toda una lección técnica que le permitió, además, solventar una de las grandes preocupaciones del autor, la censura. En contra de la opinión de su editor, Delibes temía una paralización de la comercialización de la novela si en ella se hallaba algo opuesto a la opinión de los censores y por eso remitió un ejemplar al censor a pesar de que en esos años ya no fuera necesario. Contando la historia desde la visión más conservadora de Carmen, la viuda, las opiniones que en vida sostuviera el difunto quedaban amortiguadas y a salvo del lápiz del censor. Hasta ese punto tenían que hilar los autores que escribían bajo el franquismo, incluso alguien de la trayectoria de Delibes. Con esta estrategia pudo abordar algo que le preocupaba mucho: la tensión evidente en aquel momento entre un catolicismo conservador aún anclado en el conflicto de la guerra civil y en el afán de controlar la moral social aliándose con el poder político que procedía de la dictadura militar de Franco y otro más tolerante y abierto. El primero lo representaba el personaje de Carmen, el segundo el de Mario. Este, según testimonio del propio Delibes, se basaba en gran medida en el pensamiento de su amigo, el también escritor y periodista José Jiménez Lozano, al que dedicó la obra.

Con este motivo, la Fundación Miguel Delibes y el Ayuntamiento de Valladolid, con la colaboración de la Biblioteca Nacional, han organizado la exposición Miguel Delibes, Cinco horas con Mario. Cincuenta años de historia, comisariada por Amparo Medina-Bocos, que se clausuraba hoy en la Sala municipal de exposiciones de la Casa Revilla de Valladolid pero que podrá verse a partir del 7 de febrero en la Sala de las Musas del Museo de la Biblioteca Nacional. Una exposición honesta, sin más pretensiones que la de homenajear y documentar lo mostrado, pero necesaria e interesante tanto para los lectores de Delibes como para los que quieran conocer una de las páginas más sólidas de la narrativa española del siglo XX. En ella se muestran facsímiles con fragmentos de la correspondencia entre Delibes y su editor, Josep Vergés que ayudan a documentar todo el proceso de edición (es conocido que Delibes guardaba con celo todo lo que se refería a su carrera literaria), junto al contrato con la editorial y al manuscrito de la novela y las ediciones y traducciones que constatan su éxito nacional e internacional, así como las noticias aparecidas en la prensa. Como necesario complemento, se dedica una sección muy completa a la versión teatral de la obra (el monólogo interpretado por Lola Herrera que se ha convertido en un referente del teatro español de la segunda mitad del siglo XX y que está en el corazón de la película Función de noche, la excelente película documental de Josefina Molina estrenada en 1981), y la versión operística de Jorge Grundman.

lunes, 10 de octubre de 2016

hay un rastro. Elías Moro


La colección de poesía Luna de Poniente de la editorial extremeña de la luna libros llegó en el mes de marzo del año pasado a la Z, que marcaba el final del proyecto dirigido por Elías Moro y Marino González Montero. Veintisiete volúmenes, cada uno correspondiente a una letra del abecedario, repartidos entre autores extremeños o relacionados con Extremadura. Se equivocará quien piense que se trata de un proyecto local y basta la relación de autores y títulos para sacar de ese error a cualquiera.

Cierra la colección uno de sus directores, Elías Moro (Madrid, 1959), poeta de pocos pero sólidos títulos y de una prosa tan atractiva e ingeniosa como la que hallamos en El juego de la taba (título también del recomendable  blog que mantiene desde el 2010) y sus impagables morerías. Y es un broche de oro para un proyecto tan acertado como éste.

hay un rastro ha tenido menos eco del que se merecía, tras las reseñas publicadas las semanas siguientes a que viera la luz. Es un poemario directo, contundente y necesario en el que se canta el sufrimiento y la muerte de tantos ante la barbarie criminal de los totalitarismos y, sobre todo, una denuncia dolorida pero clara del injusto silencio que cae sobre las víctimas en una doble muerte a la que son condenados por los que se declaran vencedores de las guerras. Su tono tiene varios registros, lo que es un acierto, desde el lírico hasta el más seco de la denuncia, pero conserva una fuerte unidad en todo el poemario gracias a su estructura y algunos recursos como la falta de puntos en los poemas y el estilo.

Se divide el volumen en seis secciones. La primera, Hay un rastro, nos muestra a la naturaleza entera sobrecogida por el dolor causado por el acto criminal de los fusilamientos y los cuerpos arrojados en fosas comunes o abandonados a su suerte en el campo. Asistimos a la violencia a través de sus repercusiones en los animales o en las plantas, con lo que se crea un ambiente que altera el orden natural de las cosas y un desasosiego que será necesario remediar (Ahora todo está invadido/ por hondas pisadas/ de un dolor reciente, inédito,/ al pie de los árboles quebrados/ que lloran una savia atroz/ a causa de las detonaciones/ y los gritos) para corregir el olvido y el sucio silencio que cae sobre las cosas. En la segunda, Interludio animal, serán los cuervos, las moscardas o los gusanos los que definan los momentos siguientes a la conmoción.  En la tercera, Tiro de gracia, nos hallamos ante los que dieron fríamente las órdenes que llevaron a la muerte a miles de personas, sentados en sus despachos y contiene uno de los poemas más dolorosamente líricos (astillas ya tan solo/ del cuerpo/ en donde ardían). El poeta define el acto: ¿Qué épica, qué gloria hay/ en matar a un hombre indefenso?/ si cruzas esa línea/ no hay retorno. La cuarta sección se titula Derrota y hambre y cuenta las consecuencias de la derrota, sobre todo el imperio del miedo (el miedo se hizo presente/ y habitó ente nosotros) y las penurias (En el tiempo gris de las derrotas/ el hambre se siente como en casa).

La quinta selección, Trilogía de los trenes tristes, eleva el tono y universaliza el mensaje a través de los extraordinarios poemas -auténticas elegías a los perdedores de todas las guerras contra las ideologías totalitarias- dedicados a Bohumil Hrabal, Stefan Zweig y Primo Levi. Estos nombres -la biografía de los tres y lo que significan- se suman al ramillete de autores citados para componer un marco de referencia (Ángel Petisme, Franz Kafka o un verso de la canción popular mexicana La llorona).

La última de las secciones, Los muertos hablan, contiene un giro en la voz poética: el poeta se la cede a los asesinados, a los que esperan en sus fosas dejar algún diá de ser huesos anónimos. Comienza con unos versos sobrecogedores en cómputo silábico creciente:

He aquí el pudridero de la piedad,
el ceniciento osario de la esperanza,
el túmulo cuyo nombre no se pronuncia.

El poeta recupera la voz en el poema final (o fragmento, porque, en realidad, excepto las secciones que sirven como paréntesis, el poemario es un largo y único poema fragmentado), en el que da las claves de su tono y su perspectiva:

Siento piedad por los perdidos

por los insepultos sin respeto
en el filo de la existencia
y los errantes sin rumbo,
por los muertos en vida
sin tener dónde caerse muertos,
por los desaparecidos una noche
en algún abismo de abandono,
por el desterrado sin misericordia
del paraíso de otro cuerpo

Elías Moro ha escrito uno de los mejores libros poéticos que yo haya leído sobre las víctimas de la violencia totalitaria, los muertos que sufren dos crímenes (la primera vez con la muerte física, la segunda con la desaparición de sus cuerpos y el decreto de su olvido). Y sería injusto que su eco no se prolongara más allá y permaneciera.

viernes, 8 de julio de 2016

Los poetas del Guadiana en La noche en blanco y una antología que celebra sus cinco primeros años.



Mañana sabádo día 9 se celebra en Ayamonte La noche en blanco, iniciativa que desde hace años se mantiene en varias ciudades españolas, consiguiendo que sus habitantes se echen a la calle a vivir la ciudad correspondiente, que presenta siempre sus mejores galas con los museos y los establecimientos comerciales abiertos durante toda la noche y una variada actividad cultural y de entretenimiento. Me gusta esta iniciativa que se ha extendido por todo el país y no importa tanto quién fue el modelo primero porque se adapta a las peculiaridades de cada localidad y sus actividades no siempre tienen una finalidad comercial.

Bien que siento perderme la noche de mañana en Ayamonte, a la que había sido invitado. Entre otros actos, se presentarán de forma oficial dos volúmenes relacionados con los Poetas del Guadiana, grupo nacido hace cinco años y que reunió parte de la creciente actividad literaria de aquellas tierras. Su nacimiento debe relacionarse con el grupo editorial Crecida y la colección Los libros del estraperlo, aunque no de forma vinculante.

Entre los varios grupos poéticos de la zona, este de los Poetas del Guadiana se caracteriza por la diversidad en su composición (tanto en edades como en estéticas) y, sobre todo, por la intención clara desde su inicio de aunar a escritores de uno y otro lado del río, españoles y portugueses. La frontera desaparece gracias a estas iniciativas tan necesarias. Más aún cuando no son institucionales sino que nacen de la voluntad de los individuos que las impulsan. Solo por eso ya merecería una reseña, pero es que, además, su actividad continua en estos últimos cinco años la merece también por la calidad y el apoyo a la vida cultural con la edición de libros, organización de exposiciones artísticas, presentaciones, lecturas, etc.

La noche en blanco. Poetas del Guadina, editado por José Luis Rúa recoge los poemas leídos en la Casa Grande la noche del 3 de julio de 2015. Es un buen ejemplo de todo lo dicho. En él colaboran once poetas, "las voces de otras veces y voces nuevas que nos susurran al oído", en palabras de Rúa. Cinco españoles (Aurora Cañada, Clemen Esteban, Estrella García, José Luis Rúa y Teresa Martín) y seis portugueses (Ana Francisco, Antonio Cabrita, João Pereira, João Viegas, Jorge Rosa y Pedro Tavares). Sus fechas de nacimiento van desde 1950 hasta 1991, lo que da una visión de su amplio abanico, que también se observa en la temática y estilo. El grupo no se une, por lo tanto, en torno a una estética sino en torno a un paisaje y una idea de vivencia común a un lado y otro del Guadiana. José Luis Rúa y José A. Morales son los autores del reportaje fotográfico que da cuenta de aquella noche que debió ser inolvidable, tal y como relata Rúa en el texto que abre el libro.

[5.50], recoge una antología de cincuenta poetas relacionados con este grupo desde su nacimiento en el año 2011. El volumen está al cuidado de Pedro Oliveira Tavares y José Luis Rúa y ha sido editado por Wanceulen Editorial en su sección literaria, Ediciones Moreno Mejías (Sevilla, 2016). Sucede lo mismo que con el anterior, pero ampliando el listado de autores que, por su extensión, no copiaré aquí. Añaden, además, la colaboración de escritores invitados procedentes de Timor-Leste o Argentina. Es muy interesante ver reunidos autores de diferentes procedencias, biografías, estéticas y temáticas, algunos veteranos en esto de la literatura y otros que comienzan. Reunidos para dialogar en un volumen que resulta armónico precisamente por su razón variada y que se enriquece por las fotografías de José Luis Rúa y de Toño Méndez (a él se debe la impresionante imagen de la cubierta) y por los textos que lo abren y lo cierran y que resultarán muy útiles (en especial el último, de José Luis Rúa, incansable en la organización y en impulso animoso de la cultura de la zona) para quienes, en el futuro, se acerquen a estudiar o conocer la génesis del grupo y los empeños editoriales y de organización en los que participaron sus integrantes.

Ambos volúmenes han sido diseñados y maquetados por Antonio Garrido, lo que constituye también una garantía de su calidad y agradable manejo.

Bien que lamento no estar entre ellos mañana, pero las obligaciones profesionales y personales me retienen lejos. Deseo que la noche sea todo un éxito.

miércoles, 15 de junio de 2016

Queremos que vuelvan, de Miguel Ángel Santamarina


Esta tarde, en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, he presentado, junto a Leandro Pérez, la primera novela de Miguel Ángel Santamarina (Burgos, 1972).  Queremos que vuelvan (Círculo Rojo, 2016) es una novela ambientada en la España de 2012 con el mejor pulso de la novela negra que nos descubre un autor con una excelente capacidad para este tipo de narración. No solo está muy bien escrita -cosa que no es habitual en la proliferación de este género en los últimos tiempos- sino que también juega inteligentemente con todos los recursos. La novela parte de la desaparición de Bruno y Mario, dos adolescentes, en la noche del 15 de agosto de 2012 y la investigación periodística para encontrarlos. Javier Redondo, un periodista con una vida desastrosa -se acaba de quedar en el paro, su novia lo ha dejado-, se implica en la investigación de una forma que le hará recorrer un retrato completo de la sociedad española: los sótanos más tenebrosos de una sociedad con la moral destruida y en la que impera la corrupción y la banalización de todas las relaciones. De la lectura de esta novela surge, inevitablemente, la esperanza de que al mal, la corrupción y la banalización del dolor convertido en espectáculo, pueda oponérsele de alguna manera la sinceridad en las emociones y la honestidad, sea esta lo que sea.

Queremos que vuelvan va más allá del relato de la investigación, es una fotografía veraz de España en los inicios de la crisis sistemática que vivimos todavía. En ella quedan reflejados prohombres corruptos sin moral y los entresijos de funcionamiento del sistema, el peso de los medios de comunicación -la decadencia de la prensa escrita y el auge de la televisión basura- y de las redes sociales y una sociedad entera que se ha venido abajo. Leer la novela, aparte de lo atractivo de la intriga principal que se disfruta como lector desde el excelente arranque (una chica joven en una cafetería espera la salida de un autobús hacia otra ciudad sin que sepamos bien los motivos), es presenciar buena parte de lo que somos. Santamarina nos pone ante un espejo en el que no quedamos bien porque nos reconocemos en nuestras flaquezas y, sobre todo, en lo que hemos permitido que se haya convertido nuestra sociedad. Aparte de las influencias, fácilmente reconocibles, de literatura anglosajona, quiero señalar que esta novela me ha llevado a las mejores novelas de Juan Madrid o a Plenilunio (1997), de Antonio Muñoz Molina, primera gran novela española en la que se denunciaba a los programas televisivos que hicieron fortuna gracias a perder todo escrúpulo moral a la hora de manejar el famoso caso de las niñas de Alcácer, al que se hace referencia explícita en la novela de Santamarina.

Todos los personajes tienen encarnadura real, incluso aunque sean fácilmente reconocibles los tópicos propios del género al que pertenece la novela (el investigador -aquí periodista- con una vida desastrosa, el policía que tiene sus propios intereses en el asunto que debe esclarecer, el presentador de televisión falto de escrúpulos, más una decena de secundarios, todos ellos creíbles), El lenguaje es directo y eficaz, los diálogos oportunos y hacen avanzar la acción, que se mantiene siempre en el justo equilibrio entre lo truculento y el relato de los acontecimientos manejados hábilmente por el autor para que la intriga no decaiga. Juega con una estructura que parte los tiempos y los espacios despertando la curiosidad del lector sin que este pierda el hilo de lo narrado. Se salta de Alcorcón -en donde ocurre la desaparición de los personajes- a Burgos, de la focalización de unos a otros y se insertan de vez en cuando pasajes en cursiva que van explicando lo que ocurrió realmente.

Al terminar la novela, el lector tiene la sensación de que todo aquello ha sucedido, no que haya podido suceder. No creo que sea posible mejor definición para esta novela que mide muy bien los tiempos de la intriga, entretiene y provoca una reflexión acertada sobre nuestra sociedad.

Durante la presentación de la novela. De izquierda a derecha: Leandro Pérez, Miguel Ángel Santamarina y Pedro Ojeda

lunes, 30 de mayo de 2016

Regresos, de Laura Parellada Salinas, y Bautismo de recuerdo de la autora en la Casa Zorrilla de Valladolid


De izquierda a derecha, José Luis Chacel, Laura Parellada y el que esto escribe. (Ignoro el autor de la foto.)

El pasado jueves 26 de mayo, fui padrino (junto a José Luis Chacel) del acto de bautismo poético de Laura Parellada Salinas en la Casa de Zorrilla de Valladolid. A punto de conmemorarse el bicentenario del nacimiento de este poeta romántico (que tuvo lugar en esa misma casa en 1817), es un buen motivo para regresar a un lugar en el que he pasado muchas horas investigando sobre la literatura y la sociedad del siglo XIX para mis trabajos académicos. La sala en la que se desarrolló el acto fue arreglada hace décadas para que sirviera de biblioteca en la que acoger la generosa donación de Narciso Alonso Cortés (1875-1972). Su biblioteca personal estaba a la altura de las mejores españolas de su época y a mí me facilitó mucho el trabajo en tiempos en los que no existía internet. Hoy el lugar es un salón de actos presidido por un retrato de Alonso Cortés.

La Casa Museo de Zorrilla es un lugar de interés para cualquier turista que llegue a Valladolid y desde hace años programa actividades culturales de todo tipo, algunas en el jardín romántico. Entre ellas, estos Bautismos de Recuerdo, buena idea con la que se integra en esta institución a artistas relacionados con Valladolid de una u otra manera. En la lista figuran ya Fermín Herrero, Carlos Aganzo, Diego Fernández Magdaleno, Ángela Hernández, Luis Ángel Lobato, Eduardo Fraile, José Manuel de la Huerga, etc.

Conocí a Laura Parellada en nuestros tiempos de estudiantes de bachillerato. Después la vida nos ha llevado por caminos diversos y procurado algún encuentro, siempre grato. Conocía desde entonces su gusto por la poesía y algunos de sus poemas se han publicado en revistas. Por eso, cuando el año pasado publicó su primer poemario, Regresos (Valladolid, Fuente de la Fama, 2015), no fue tanto una sorpresa como una celebración. Se adentraba en él por terrenos más libres de los que eran habituales en sus poemas.

En Regresos predominan las formas derivadas de la silva, que lleva Laura Parellada hasta el verso libre y consigue un poemario con voz propia, unidad en tono y línea temática. La voz poética nos acompaña siempre sin imponernos nada y se pone a nuestro lado para hablarnos casi en susurro de una sensación del tiempo entre melancólica y reflexiva que tiene como raíz más cierta las Soledades de Machado y toda la línea poética nacida en España a partir de ese libro iniciático de la poesía contemporánea de nuestra lengua. Hay una aguda sensación del tiempo vivido en su lentitud, que se condensa:

Con un susurro lacerante
dice otro día, otro día,
que ya se ha consumido
y no lo has hecho.

Esta sensación se objetiviza con metáforas muy plásticas -casi pictóricas- en las que se consigue marcar dos tiempos -el de lo permanente, ese tiempo que regresa, y el del momento, que pasa y casi no importa más que como elemento que permite la meditación profunda- y que surgen de ese paseo en soledad y del susurro de la voz poética al contárnoslo como si del encuentro naciera el tiempo auténtico de la poesía. Así en uno de los mejores poemas del volumen:

Hay troncos en el fondo del canal
que la trasparencia inesperada del agua
     en la gélida mañana de noviembre
evidencia
como cadáveres antiguos
visibles de nuevo
dormidos en limo
en el fondo gris sedimentado
pudriéndonse en el incesante roce del agua
que los satura, los llena
y los aturde
en un sueño interminable
acariciado de filamentos vegetales
y de la sombra diminuta y breve de los patos
que nadan
  distraídos e indolentes
en la superficie
rizada por el viento del norte.

Aunque sin duda, el que condensa todo el poemario es el más breve, que contiene un giro final sorprendente que consigue herir al lector y dejarlo durante un momento suspendido en ese tiempo que tan bien trabaja la autora en este libro:

Una casa pequeña sin jardines
junto a la vía del tren
mirando pasar algo apresurado y turbulento
tan cerca tan inasible
tan diverso
y repetido.
Creo que ya no vive nadie
que ya me he ido.

Celebro este Regresos de Laura Parellada como la sabia forma en la que la autora ha hallado definitivamente su voz poética.