Esta tarde he comenzado una serie de charlas sobre la importancia del paisaje en la literatura dentro del Programa interuniversitario de la experiencia de la Universidad de Burgos, en el que colaboro desde hace muchos años. Es un programa en el que siempre me he encontrado cómodo y satisfecho de los resultados, en el que me dejo sorprender cada día por los alumnos, que después de años dedicados a otras tareas, acuden a las aulas universitarias con unas ganas que deberían servir de ejemplo. Merecen todo el esfuerzo por parte del profesor.
Escribí, hace mucho tiempo, que mi paisaje es el de la planicie castellana: la larga llanada en Tierra de campos, ligeramente ondulada por los montes Torozos, el horizonte que se abre entre Valladolid y Salamanca, la porción de mundo desde las murallas de Urueña. Me gusta ver la llanura desde los altos que la bordean o las escasas elevaciones interiores: el páramo desde peña Amaya, desde la cima del Mencilla, desde los cortados de Cabezón... Cuando pienso en mí pienso en ese contexto, pero desde hace unos años, tras sufrir de tristeza, descubrí de pronto que me nacía otro paisaje dentro, el de la sierra de Béjar y sus cercanías, con el misterio del valle del Sangusín. Vinieron después las tierras del bajo Guadina... He descubierto que puedo llevar en mí varios paisajes aunque la extensión de cereal dorado al sol y ondulado por el viento antes de la cosecha sea mi luz siempre, tierra y cielo abiertos.
En estas charlas me propongo hablar de la presencia del paisaje en la literatura española desde su inicio, pasar por los diferentes usos que tiene en ella (mítico, sagrado, clásico, simbólico, romántico, realista, etc.) hasta su casi ausencia en la mucha de la llamada literatura joven actual, especialmente en la poesía, que aparece amputada de naturaleza y paisaje más allá del urbano y este aún tomado de forma tópica. También hablaré de lo sublime, claro, y del síndrome de Stendhal, pero ese llamado trastorno de déficit de naturaleza que ha llegado también a la literatura me preocupa. En mucha de la literatura actual se palpa la escasa experiencia vivida con la naturaleza de los autores. Quizá sea el más triste ejemplo de lo que ocurre en la sociedad actual en el que hasta los pocos lugares vírgenes que quedan en el planeta se viven como un parque temático.

