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martes, 29 de enero de 2019

El paisaje en la literatura


Esta tarde he comenzado una serie de charlas sobre la importancia del paisaje en la literatura dentro del Programa interuniversitario de la experiencia de la Universidad de Burgos, en el que colaboro desde hace muchos años. Es un programa en el que siempre me he encontrado cómodo y satisfecho de los resultados, en el que me dejo sorprender cada día por los alumnos, que después de años dedicados a otras tareas, acuden a las aulas universitarias con unas ganas que deberían servir de ejemplo. Merecen todo el esfuerzo por parte del profesor.

Escribí, hace mucho tiempo, que mi paisaje es el de la planicie castellana: la larga llanada en Tierra de campos, ligeramente ondulada por los montes Torozos, el horizonte que se abre entre Valladolid y Salamanca, la porción de mundo desde las murallas de Urueña.  Me gusta ver la llanura desde los altos que la bordean o las escasas elevaciones interiores: el páramo desde peña Amaya, desde la cima del Mencilla, desde los cortados de Cabezón... Cuando pienso en mí pienso en ese contexto, pero desde hace unos años, tras sufrir de tristeza, descubrí de pronto que me nacía otro paisaje dentro, el de la sierra de Béjar y sus cercanías, con el misterio del valle del Sangusín. Vinieron después las tierras del bajo Guadina... He descubierto que puedo llevar en mí varios paisajes aunque la extensión de cereal dorado al sol y ondulado por el viento antes de la cosecha sea mi luz siempre, tierra y cielo abiertos.

En estas charlas me propongo hablar de la presencia del paisaje en la literatura española desde su inicio, pasar por los diferentes usos que tiene en ella (mítico, sagrado, clásico, simbólico, romántico, realista, etc.) hasta su casi ausencia en la mucha de la llamada literatura joven actual, especialmente en la poesía, que aparece amputada de naturaleza y paisaje más allá del urbano y este aún tomado de forma tópica. También hablaré de lo sublime, claro, y del síndrome de Stendhal, pero ese llamado trastorno de déficit de naturaleza que ha llegado también a la literatura me preocupa. En mucha de la literatura actual se palpa la escasa experiencia vivida con la naturaleza de los autores. Quizá sea el más triste ejemplo de lo que ocurre en la sociedad actual en el que hasta los pocos lugares vírgenes que quedan en el planeta se viven como un parque temático.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cervantes en el Programa de la Experiencia


La semana pasada comencé mis clases en la Universidad Abierta del Programa de la Experiencia de mi Universidad, destinado a personas mayores de 55 años. Ya lo he comentado aquí otras veces. A diferencia de lo que pueden pensar otros colegas, para mí estas clases suponen un enriquecimiento personal. Son ya unos cuantos años los que participo como docente en los diferentes programas, cursos y actividades de la Experiencia y siempre he tenido buenas experiencias. Alumnos que quieren aprender, que acuden a clase con ilusión y muchas ganas, que participan activamente, que se muestran respetuosos pero no dispuestos a ser engañados, que no buscan obtener un título ni medrar en el mundo académico y que distinguen inmediatamente la calidad de lo que se les ofrece y que siempre intentan ampliar lo que reciben en clase. A algunos de esos alumnos los acompaño a lo largo de los años y he comprobado su crecimiento intelectual y personal a consecuencia de la motivación con la que afrontan estas clases.

Este curso, la directora del programa, Carmen Palmero, me ha pedido que imparta un monográfico sobre Cervantes para conmemorar tanto el cuarto centenario de la publicación del Quijote como del fallecimiento del autor. La pasada semana dediqué mi clase a comentar quién no era Cervantes. Lo hice a partir de la falsificación del retrato cervantino obra, presuntamente, de Juan de Jáuregui. Una notable superchería que preside una de las paredes nobles de la Real Academia Española.

Hoy he comenzado a hablar de lo que sí sabemos de Cervantes, ese puñado de documentos tan interesantes pero que nos componen una biografía fragmentada con lagunas cuya resolución nos ayuda no solo a comprender a Cervantes sino también su época. Estos misterios cervantinos han permitido una multitud de Cervantes puesto que todos han querido llevarlo a su terreno. He llegado hasta ese momento en el que Cervantes regresa a España tras su cautiverio en Argel, deseoso de obtener las recompensas a los muchos méritos que él creía haber acumulado en su servicio a la Corona. Justo cuando descubre que Lepanto queda muy lejos, que la Corona no paga bien a los secundarios de la historia y que se ve cargado de deudas contraías para pagar su rescate, con un futuro incierto y habiendo perdido buena parte de su vida sin haber obtenido otra cosa que duras experiencias (una huida de España por causas aún no resueltas, un duro ejercicio militar, el cautiverio).

En la próxima clase completaré su biografía. Cervantes irá de fracaso en fracaso durante toda su vida o, mejor dicho, de esperanza rota en esperanza rota: intenta ser un joven escritor y debe huir de España, intenta tener una carrera militar de éxito y se convierte en un lisiado, intenta obtener la recompensa por sus servicios y queda cautivo, intenta ser un escritor con carrera exitosa que le permita ganar dinero y aparece Lope de Vega y lo destierra del primer plano, intenta ganarse la vida en la administración y acaba en la cárcel, intenta disfrutar de una vida familiar tranquila y no tiene más que dolores de cabeza...

Por eso, cuando consigue acertar con la tecla adecuada (el éxito de la primera parte del Quijote y la protección del conde de Lemos tras no sentirse a gusto con la del Duque de Béjar), aprovecha el tirón. Tenía demasiadas cosas que decir y poco tiempo. De todos los Cervantes posibles yo me quedo con este, con la persona que no pierde las ganas de seguir viviendo para luchar por el sueño de ser escritor y vivir del producto de su escritura aunque tenga que acogerse -los tiempos son los tiempos- a mecenas no siempre suficientemente generosos. Había pasado demasiado tiempo zaherido y ninguneado sabiendo que llevaba dentro toda una literatura.

Tuvo que reinventarse varias veces a lo largo de su vida, tras cada una de las experiencias biográficas que pudieron acabar con él o acallarlo, y su mejor invención fue el personaje que de sí mismo construyó en sus obras. Está tan prodigiosamente construido que aún hoy disfraza la persona que está detrás de él y suele confundir a quienes se le acercan con ideas preconcebidas.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Programa de la Experiencia

Ayer terminé, por este curso, mis intervenciones en el Programa de la Experiencia de la Universidad de Burgos con una clase sobre la irrupción de Lope de Vega en los corrales de comedia españoles a finales del siglo XVI: les hablé de un joven sediento de triunfo literario, con una capacidad innata para conectar con un público amplio. También les hablé de la España de la época y de cómo el local teatral condiciona la obra que vemos en él como espectadores.

El proyecto, más conocido como la Universidad de la Experiencia, merece todos los elogios. Los mayores de 55 años pueden matricularse y seguir, de forma regulada, unos estudios de contenidos variados que les conducen a una graduación final con una formación amplia. Para algunos de los alumnos supone la primera experiencia universitaria, para otros el regreso a las aulas tras muchos años de vida profesional. No todos están jubilados, pero la mayoría de ellos ya no está en el mundo laboral. Iba a decir que no están activos, pero he corregido inmediatamente la palabra: estos alumnos del Programa de la Experiencia son los alumnos más activos que he tenido nunca (y soy profesor desde los años ochenta). He tenido la suerte desde hace años de participar en el Programa como profesor de Literatura en materias obligatorias y optativas y puedo asegurar que nunca he necesitado motivarlos. Se encuentran en el aula sin la urgencia de obtener un título para encontrar un trabajo: van porque quieren aprender, porque quieren conocer más, porque quieren replantearse lo que ya estudiaron hace décadas. También porque quieren conocer personas diferentes, participar en las excursiones, leer lo que los profesores les recomendamos y acudir a las exposiciones que les comentamos. El Programa, como tantas cosas en España, ha sufrido los recortes y ahora recae en el pago de las matrículas la mayor parte de la financiación. Y allí están. Han retraído de las pensiones -o de los sueldos en los casos en los que aún están trabajando- el dinero para matricularse: seguro que alguno de ellos se ha privado de los cafés en los bares de sus barrios para tomárselos en las cafeterías universitarias -más baratas- o se ha privado de los pocos caprichos que podían permitirse para acudir a las aulas universitarias. Y no faltan a clase y no protestan cuando el profesor se pasa de la hora y sigue explicando para terminar el tema. Durante estos años he visto a muchos de ellos crecer tanto intelectualmente que lamento que en sus tiempos no hubieran tenido la oportunidad que ahora les brinda la vida. Además, a mí, por lo menos, me hacen mejorar cada día como profesor solo con mirar sus caras cuando les hablo en clase.

martes, 30 de enero de 2007

Universidad de la experiencia

Desde hace años colaboro con las aulas de la Universidad de la experiencia. De esta iniciativa, que en mi Universidad lleva con acierto y cariño Carmen Palmero, me gusta todo, menos el nombre. En los últimos años, el número de alumnos en las clases de las titulaciones humanísticas ha descendido notablemente. Además, sus intereses son muy distintos a los que tenían hace unos pocos años -no demasiados- y a los profesores nos cuesta adaptarnos. No es sólo cuestión de edad (como curiosidad: hace unas semanas, en clase, comprobé que ninguno de mis alumnos de la licenciatura había nacido antes de la publicación de El nombre de la rosa, así que tuve que cambiar mi ejemplo sobre la marcha por temor a no ser comprendido). Estos alumnos, que no son ni peores ni mejores que los de hace década y media, no tienen las mismas necesidades ni perspectivas culturales que los que superamos los cuarenta años. Repito: no son ni mejores ni peores. Sencillamente, buscan otras cosas y necesitan otras cosas y mientras la Universidad no se dé cuenta, no podrá satisfacer sus demandas. Quizá estamos en otra época. A veces, suceden estas situaciones. Normalmente te das cuenta porque por el medio ha caído un rey al que han cortado la cabeza en una plaza pública o porque millones de personas han muerto en un conflicto bélico. Ahora, simplemente, ha sucedido.
Por eso se produce un fenómeno extraño: estoy más cerca de mis alumnos de las aulas de la experiencia -y eso que, aproximadamente me separa la misma diferencia de años con ellos que con los del grado- . Sé que consigo llegar a los jóvenes y estoy bien con ellos, pero me encuentro también muy a gusto entre estos hombres y mujeres mayores. Por muchas razones. Hoy, al salir de clase me di cuenta, gracias a las preguntas de los últimos minutos, de la más importante: no tienen urgencias. Vienen a clase con ilusión, con ganas de aprender y de conocer a otras personas.
Además, el viernes 16 me han invitado a acompañarles a San Millán y comer con ellos allí. Organizaron la excursión en un día, sólo porque mencioné ese monasterio en mi clase sobre Berceo. Algunos, los más animosos, ya han ido sólo para estudiar el terreno, concertar la cita y comprobar por sí mismos las distancias, el tiempo y la calidad del menú. Daré cuenta.