Ahora que todo el mundo sabe lo que debe hacer, me declaro ignorante. Es sorprendente cuántas personas conocen el secreto del éxito y se empeñan en darnos lecciones después de haber visto unos cuantos tutoriales sobre cualquier cosa y cuatro memes graciosos en las redes sociales tecnológicas. En todo.
La exhibición de la fortuna siempre esconde carencias.
El Pijoaparte de Juan Marsé quería salirse de su esfera por el camino fácil. Hoy hubiera sido influyente y presumiría de haber minado criptomonedas antes que nadie. Su meta ya no sería llegar a los barrios ricos de Barcelona, sino a los Emiratos Árabes Unidos o a cualquier gran ciudad de negocios de Asia, pero allí seguirá siendo un hortera que se dirige, sobre todo, a los de su barrio, para mostrarles su nueva vida como impostor. Se lo notarán a poco que abra la boca. Acabará igual que el Pijoaparte porque nunca aceptará a una Salvadora como el Manuel de Baroja. En el fondo, su gran problema es que jamás leerá a Marsé.
La alternativa ya está escrita en los clásicos, pero quién los lee ahora.
