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lunes, 16 de enero de 2017

No confundamos. Una razón para la necesidad de la crítica literaria y de la enseñanza de la literatura



Aviso previo:

1º.- Este artículo no pretende coartar la libertad para expresarse a través de la escritura o del arte de ninguno de los aficionados. Escribir es una buena cosa. Comunicar emociones, ideas, etc. es un derecho y ser creativo de las mejores cosas que tiene un ser humano. Si escribes porque eres aficionado a la literatura, sigue haciéndolo después de leer las líneas siguientes. Persevera, trabaja, pregunta, fórmate. También puedes no hacerlo si tu pretensión es escribir y publicar para ti y tu círculo próximo. Tienes derecho a escribir y a publicar lo que escribes y siempre contarás con mi aplauso. Este artículo no va contra ti en ningún caso. Si en nuestra sociedad se fomentara más la creatividad todo nos iría mejor.

2º.- Este artículo no es un ataque a los editores independientes de sellos pequeños que luchan día a día por mejorar la calidad de sus libros y sus catálogos, que sacan horas de su vida personal y que arriesgan su dinero. A un editor así hay que defenderlo siempre.

3º.- Este artículo no pretende que los poetas populares o los novelistas a la moda dejen de escribir o publicar. Entre otras cosas, porque no me harán caso y será bueno que no lo hagan. En parte por el aviso anterior, pero también porque, alcanzado cierto renombre y número de ejemplares vendidos, lo que escriben es ya un negocio y el mercado tiene sus propias dinámicas entreveradas con el arte. Eso sí, este artículo sí va, en parte, sobre estos autores porque no comprenderé nunca que la popularidad y el éxito los aleje del juicio crítico.

4º.- Este artículo también alude a aquellos que dan el salto de escribir para un círculo pequeño de amigos y familiares a un empeño mayor. Este paso es sustancial y quienes lo dan deberían comprender que todo arte tiene unas técnicas y unos propósitos. No aludo a un único canon ni a ningún academicismo, quede claro.

5º.- Este artículo defiende la necesidad de una crítica literaria seria y responsable, no sectaria, así como la formación artística que deberían proporcionar, entre otros, los profesores de literatura. No hablo aquí de una crítica despiadada o negativa que siempre es recibida con alborozo por las personas de carácter rencoroso o envidioso y no suele traer nada bueno salvo polémicas estériles y aplauso de sectarios. Como saben los que lean este blog, no suelo hacer críticas negativas sino proponer lecturas que a mí me parecen que deben hacerse.

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Estos días, en la prensa española y en las redes sociales abundan las opiniones sobre los poetas populares, esos que venden sus libros a miles o decenas de miles. Un fenómeno editorial que no puede negarse y que protagoniza las listas de los libros más vendidos en los últimos cuatro o cinco años. Estas semanas, la polémica se ha centrado en la poesía, pero lo mismo ocurre en la novela, aunque la polémica tenga menos intensidad porque en ella hay campo más grande dado que el mercado lo es y la competencia por el público y la visibilidad es menos feroz. En el fondo, es una vieja reedición de los antiguos debates presentes siempre en el mundo del arte pero que se han multiplicado por los avances tecnológicos.

En primer lugar, la posibilidad de aumentar el número de ejemplares impresos de una obra que se produjo en el siglo XIX con las innovaciones en el mundo de la impresión. Se multiplicó el número de imprentas, se usó el papel de celulosa, se desarrolló la mecanización de todo el proceso, que dejó de ser manual. Las leyes sobre la libertad de imprenta y el comercio libre contribuyeron también. Y, por supuesto, la aparición de un nuevo público lector, más amplio, más diverso. Esta realidad se intensificó a lo largo del siglo XX. Desde entonces hay una literatura impresa popular y masiva, que ha movido siempre el mayor número de ventas y lectores pero cuya calidad es escasa, sus innovaciones pocas y no suele traspasar el tiempo en el que fue escrita porque está pegada a las modas, los gustos y algunas circunstancias pasajeras (la biografía de los autores, las cuestiones políticas y sociales, etc.). Campoamor siempre tuvo más lectores que Juan Ramón Jiménez, por ejemplo. Y eso no es un valor en sí mismo más que como resultado contable. La novedad, por lo tanto, no es que la literatura popular venda más porque siempre lo ha hecho sino que ocupe un espacio que antes no le correspondía y que esto comience a preocupar por el estrecho margen que se deja a la que antes se consideraba como literatura de calidad.

En segundo lugar, la aparición de la tecnología digital, que ha abaratado el producto hasta hacer posible que el coste de un libro normal maquetado e impreso sea de uno a tres euros por ejemplar.. Este abaratamiento no solo se debe a los procedimientos informáticos sino también a que cada vez hay más maquetadores aficionados o voluntariosos que no dominan este trabajo y que nadie suele encargarse de revisar de forma profesional el resultado último. Las grandes editoriales, además, han comenzado a imprimir en otros países en los que la mano de obra es barata. Estas empresas no diferencian el libro de la ropa o un componente electrónico. Esto perjudica a los buenos y serios profesionales de la maquetación y a las imprentas locales que siguen los procedimientos tradicionales. Los libros impresos por procedimientos no digitales sufren la dura competencia y poco a poco las ediciones en papel tienen peor calidad física, peor maquetación y una desastrosa calidad de los textos. Son pocos los libros bien impresos, maquetados y revisados convenientemente que hallamos en las mesas de novedades.

Esta digitalización del mundo de la imprenta y el abaratamiento en la producción del libro se suma a la extensión de las redes sociales en las que uno de los fenómenos más evidentes es la escritura creativa libre de toda persona que así lo desee. No sé si es una causa o una consecuencia, pero se extienden los talleres de escritura y los grupos locales en los que leer la poesía de forma abierta. Y esto, antes o después, tenía que pasar al libro en papel. Describo, no valoro. En estos grupos existen personas entregadas y que lo hacen con generosidad para promover la escritura y la lectura creativas en sus localidades y debería reconocerse su esfuerzo porque ganan lectores y dan cauce a las necesidades culturales de muchas personas. Yo procuro hacerlo siempre en este blog, como recordarán los que me lean a menudo.

Que haya tanta gente escribiendo y publicando sin unos conocimientos mínimos previos sobre la escritura literaria, sin haber leído suficientemente y hasta sin la correción ortográfica o sintáctica requerida para una comunicación fluida, no es malo en sí mismo, nunca es malo ni debe ser rechazado. No es el espíritu de estas líneas. Lo peor es que los mecanismos sociales y de mercado en los que se mueven hagan que estos escritores pierdan conciencia de su posición en el campo de la literatura y de lo que les resta por aprender técnicamente para mejorar como escritores, se lamenten de no ganar premios de prestigio, acogidos por las instituciones al mismo nivel que los escritores reconocidos o de no ser publicados por determinadas editoriales y su envanecimiento les haga protagonizar espectáculos deplorables por vanidad y ambición. Son víctimas del aplauso fácil y de su propia ambición. Recuerdo aún un poeta con varios libros publicados que no sabía qué era un endecasílabo y se atrevía a discutir sobre uno que él proponía aunque le faltara claramente una sílaba y un novelista que ignoraba que la técnica que tanto decía usar como si la hubiera inventado se debía, en realidad, a un uso cervantino de la perspectiva múltiple. Cualquier editor responsable podría dar testimonio de cómo le llegan los textos que se le proponen o de las extravagantes conversaciones con algunos escritores.

No es malo que todo el que quiera escriba y publique. Nunca ha sido más fácil y así debe ser. No es malo que se venda y se lea todo tipo de literatura y que algunos libros que yo nunca leería se vendan mucho, muchísimo. Todo lo contrario, aunque yo soy de los escépticos que piensa que raramente la mala literatura o la literatura popular puede llevarnos a la buena o que el lector acostumbrado a la banalidad pueda hacer un esfuerzo para comprender otro tipo de literatura, así como el espectador que ve un programa de telebasura tras otro no podrá disfrutar normalmente de una buena película. El gusto, como tantas otras cosas, también se estropea por el mal uso o no mejora por falta de estímulo. Por eso hay que hacer un esfuerzo diario para superarse como lector o como escritor.

Es bueno que las personas vean el resultado impreso de su creatividad o de su necesidad de comunicar emociones. El mundo es mejor cuando así se hace y la vida de las personas se mejora porque alcanzan objetivos que hasta hace poco estaban fuera de la mayoría. Aunque solo tuviera una razón mercantil como el que tienen la mayoría de las editoriales  profesionales que han surgido al calor del la impresión digital y que tratan los deseos de muchos de ver publicados sus textos como un mero negocio (no incluyo aquí las de los grupos locales que se convierten en organizaciones sin ánimo de lucro o culturales que quieren promover la literatura en su zona y se esfuerzan cada día por hacerlo acogiendo con generosidad a quienes llegan a visitarlos desde otros lugares, con lo que se produce una interesante red escasamente jerarquizada que siempre es agradable encontrar por toda la geografía del país). Abundan las estafas y las mentiras en este sector, sobre las que convendría alertar. Con cierta frecuencia tengo noticia de escándalos porque determinados editores sin escrúpulos engañan a grupos enteros de poetas locales aprovechándose de este entusiasmo prometiendo editar libros individuales o antologías de conjunto con unas condiciones que no se cumplen nunca. O editores que promueven concursos que esconden, en realidad, un fraude porque al final los premiados deben pagar la edición o comprometerse a comprar un número de libros que la hacen rentable como condición para ver impresos sus textos premiados sin ninguna criba de calidad previa. Uno de los engaños publicitarios más recurrentes -a veces por mera ignorancia- es denominar segunda o tercera edición a lo que no es más que una reimpresión digital a demanda con un número de ejemplares muy pequeño. España se ha llenado de reediciones de libros escasamente vendidos. Otro, más doloroso, es aprovecharse de los deseos de quienes quieren publicar para vender los cien ejemplares de un primer libro que puede colocar cualquiera que lo haga a amigos, conocidos y familiares.

Pero no hay que confundir todo esto con la literatura o con el arte. La mayor parte de estos libros, que todo el mundo tiene derecho a escribir, publicar y vender (y que, repito, es bueno que así se haga), son tan solo un producto comercial pasajero, objeto para regalo e intercambio entre amigos o mera comunicación de las emociones y las ideas propias para un círculo pequeño de personas. Los textos de estos libros no pasan de las vagas líneas sentimentales que antes se vendían en las postales que uno podía comprar en la estación de tren o en el estanco, frases típicas de la pseudofilosofía de los libros de autoayuda, chistes ocasionales más o menos brillantes y audaces, compromisos sociales impostados para tranquilizar conciencias, exabruptos de bar, todo ello sin ninguna técnica más que la expresión directa de las cosas con mejor o peor redacción. Su escritura es facilísima y tópica (es algo en lo que coinciden la línea de poesía realista con la sentimental, que tan mal se llevan entre sí), muy pegada a modelos a los que no supera sino rebaja y algunas pretendendidas innovaciones llevan cien años o más inventadas. De hecho, en la mayor parte de estos libros lo que uno detecta primero es la mala calidad de la escritura (incluso en la sintaxis o en la ortografía) y lo segundo es la insinceridad, como si nos vendieran el ejercicio de estilo de un taller literario local o casero y no el poema, pero eso es otra cuestión. Lo tercero es la máquina de hacer textos como churros.

De vez en cuando un autor o un editor encuentra la fórmula de éxito que durante un tiempo le permite vender mucho. Me alegra sinceramente este éxito comercial, pero no esperen que me alegren sus logros literarios porque casi nunca aparecen en sus páginas. Son éxitos de comunicación y publicidad, no estéticos y, como tales, no aportan nada a la literatura y ni siquiera sirven de verdad para sostener editoriales como ocurría con la referida colección del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial en la que el recetario de Simone Ortega pagaba excelentes ediciones de libros y antologías de poesía. Aunque cuando se juntan ambas cosas, qué placer para la lectura.

Aparecen autores que han coleccionado fotos con escritores famosos y hecho acopio de amigos en Facebook, se han creado un personaje más o menos bohemio, contracultural, espiritual o del tipo que sea y, con poco más que este bagaje, han vendido libros por encima de lo habitual. Parecen haber aprendido la técnica antes en un curso de ventas dirigido a la mediana empresa que en un taller de literatura o leyendo y se aprovechan de cierta ingenuidad emocional e ideológica de los lectores no formados (este tipo de lectores son terreno abonado para el engaño). Un bluff literario que no suele durar mucho tiempo porque no viene acompañado de una obra consistente y sincera y suelen recurrir a la evidente imitación de modelos ya existentes con cierto prestigio, calcos estilísticos y hasta plagios (hemos tenido algunos sonados escándalos en los últimos tiempos). El mundo de las redes sociales y la velocidad de nuestro tiempo hace que uno de estos autores sustituya a otro en cuestión de meses y aunque algunos parezcan tener la habilidad suficiente como para sobrevivir, terminan cayendo víctimas de las mismas inercias que los auparon. Se les suele detectar por el intercambio de favores o el halago fácil de quien le pueda llevar hasta sus objetivos, su ansiedad para conseguir todo rápidamente aunque casi no hayan publicado, la necesidad de venderse sin interactuar con otros y la inmediata promoción de sus obras sin nada más que decir, ni siquiera opinar sobre literatura para no entrar en polémicas.

Hay editoriales de cierto prestigio que se han sumado al fenómeno como forma de obtener ganancias económicas. Venden estos libros como las camisetas o las tazas con la fotografía impresa de un famoso y por eso debemos tratarlas con mayor vigilancia que aquellas que dan a conocer el esfuerzo personal de quienes no tienen más pretensión que ver sus obras publicadas. No sé si con esto se editarán luego autores menos populares como se procuraba con las recetas de Simone Ortega. Lo dudo mucho porque no lo veo en sus catálogos editoriales como sí se apreciaba en Alianza. El círculo para los poetas que no siguen estas modas y estas costumbres cada vez es más estrecho y en breve deberán refugiarse en la edición independiente y en unas pocas colecciones de las comerciales de alcance nacional. Y el que escribe de verdad una obra personal de altura casi debe hacerlo ahora de forma vergonzante y pidiendo perdón. No exagero.

Uno de los fenómenos que recorren el arte de las últimas décadas es el desprestigio de la función del crítico literario y la destrucción de los modelos literarios. El encorsetamiento, la estrechez estética, moral e ideológica y la rigidez de muchos lo provocaron. Esto comienza a pasar también en la enseñanza de la literatura. Hay profesores de esta materia en España que no se han leído a los clásicos o que los han leído insuficientemente y comienzan a apostar por estas nuevas formas populares no por verdadero convencimiento sino porque es casi lo único que leen y para ellos resulta también un esfuerzo insalvable abordar un texto de Góngora o de Juan Ramón Jiménez o de Poeta en Nueva York. Comenzó hace tiempo. Muchos profesores de literatura española ni se han adentrado en el Quijote ni piensan que deban hacerlo para hablar de narrativa. Pero hoy es cada vez más necesario el buen crítico literario o el buen profesor de literatura. Porque no es lo mismo leer a Campoamor que a Juan Ramón Jiménez, no es lo mismo leer a Fernández y González que leer a Clarín, no es lo mismo leer a Corín Tellado que a García Márquez, no es lo mismo leer a cualquiera de estos escritores tan vendidos hoy que a Claudio Rodríguez. Y esto no tiene nada que ver con una posición academicista o excluyente de lo que se consideraba antes como un canon sacralizado. Nunca he creído en un canon así.

Se da otro fenómeno curioso. Como decía al inicio, muchos de los que afirman que todos tienen derecho a escribir y publicar niegan el derecho a la crítica: ¿Quién eres tú para decirme lo que es o no poesía o explicar las razones por las que te gusta o no de forma técnica y sin limitarte a lo emocional o a lo ideológico? Afirman que la poesía es solo o prioritariamente sentimiento o ideología, según sus intenciones, que basta siempre con la expresión directa y que no debe explicarse ni enseñarse como si emanara misteriosamente de algo mágico e incontrolable no sometido a ninguna técnica... Supongo que hay cierto temor en ellos porque, entre otras cosas, los textos de los que hablamos no resisten un análilsis medianamente profesional y se ven enseguida sus cosidos mal rematados, su simplicidad o la burda manipulación emocional o ideológica a la que someten al lector. Pertenecen más a la sociología o a la psicología que a la literatura y deben ir al cajón correspondiente de la socioliteratura. Como si cualquiera pudiera tocar una guitarra sin conocimiento alguno de cómo hacerlo y todos deberíamos respetárselo en público y aún pagar por escucharlo, subvencionarlo y auparlo a la fama o soportar pésimos actores en una obra teatral por la que hemos tenido que pagar como si fueran profesionales con el único razonamiento que todos tienen el mismo derecho. Qué error, qué gran error en el que están. Esos son los argumentos de quien no quiere hacer ningún esfuerzo y desea perderse uno de los mayores placeres que puede tener el ser humano o solo disfrutarlo en los preliminares. Yo, al menos, no pienso perdérmelo de ninguna de las maneras, con toda la intensidad de que sea capaz. Entre otras cosas porque leer de verdad, superar la lectura insuficiente con esfuerzo y constancia, nos hace mejores, menos manipulables, evita que nos engañen vendiéndonos como novedad cosas que ya son viejas, estropeadas y malas. Defender la lectura insuficiente o la escritura insuficiente es defender una sociedad anestesiada y mediocre, que no ve la necesidad de hacer esfuerzo alguno para escribir o para leer y que, por lo tanto, nunca tendrá acceso masivo a los textos clásicos. Sería defender que los derechos democráticos nos obligaran a renunciar a la mejor parte de nuestra cultura artística. Un absurdo. Curiosamente esta parte de nuestras mejores manifestaciones culturales está ahí mismo, gratis, al alcance de todos más que nunca, en internet. A la distancia de un gesto con el dedo pero tan lejos que parecen otro planeta que ni siquiera tenemos la conciencia de deber explorar. Esta brecha cultural se acentúa con nuestro consentimiento en una época en la que resulta más fácil que nunca superarla a poco esfuerzo y dedicación que pongan tanto los escritores como sus lectores.

Que escriban todos, que publiquen todos, que todo se venda, que todo se lea, que quien pueda gane dinero con la literatura y que quien solo quiera emocionarse o distraerse un rato lo haga, por supuesto. Es bueno leer, es bueno escribir, es bueno que las personas comuniquen sus emociones, ideas y sentimientos y que algunos hagan negocio con ello y creen puestos de trabajo. Me alegraré por todos ellos sinceramente y contarán con mi colaboración cuando me la soliciten, mi amistad y mi entusiasmo. Pero no confundamos. Para no hacerlo necesitamos el convencimiento personal de que debemos hacer el esfuerzo de mejorar nuestro acceso a la cultura y críticos literarios en los que podamos confiar, guías en la selva de los títulos que se publican en un año, sin paternalismos pero adaptados a cada nivel de lectura, que no dependan de intereses de escuela o editoriales y mejores profesores de literatura en todos los niveles del ejercicio de aprendizaje. Y hasta alguien que vaya advirtiendo a los ingenuos de las trampas del mercado, de los aprovechados y de los sectarismos literarios. No hablo, por supuesto de una crítica literaria o una enseñanza monolítica, sectaria moral o ideológica ni de escuela. Por suerte, esos tiempos se acabaron hace mucho y no volverán. La literatura y la cultura de nuestro país saldría beneficiada. La sociedad entera. Hagamos el esfuerzo y no confundamos, merece la pena.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los insolentes


Con Miguel Ángel Santamarina me embarco en un nuevo proyecto de encuentros literarios, Los insolentes (aquí nos tienes en la presentación del proyecto en Televisión) Creemos que el nombre es ya, en sí mismo, una declaración de intenciones. Nuestro deseo es acercar la literatura y a los autores al público de una forma dinámica, con formatos diferentes a los habituales y en los que se mezclen la literatura, la música, la danza, el teatro y cualquier otro tipo de manifestación artística que encaje en cada evento. Intentamos aprovechar la calidad artística y la predisposición al encuentro con el público que hoy es habitual pero que muchas veces no tiene un cauce adecuado para juntarse en propuestas que hagan crecer cada una de las partes en un conjunto atractivo tanto para los escritores como para los artistas que colaboren y el público. Un público en el que queremos aunar tanto al que es lector habitual como al que no lo es, al que frecuenta librerías como al que no lo hace, quien asiste a presentaciones de libros como quien nunca lo ha hecho.

El guion principal siempre tendrá relación con la literatura y cada encuentro tendrá un tema que dé unidad al conjunto. Todos los géneros tendrán cabida (narración, poesía, teatro, ensayo, prensa, etc.), Los espacios elegidos no serán los habituales o, por lo menos, no tendrán el uso habitual y quien acuda siempre encontrará sorpresas además de poder estar muy cerca de los autores y compartir tiempo con ellos, interesarse por sus obras, opinar, proponer e interactuar de forma creativa. No habrá una periodicidad concreta puesto que la idea no es convertir el proyecto en rutina. Cada cierto tiempo convocaremos al público a una fiesta de la literatura en pequeño o en gran formato. Aunque inicialmente estos encuentros se organizarán en Burgos, no descartamos desplazarnos a otros lugares. De hecho, ya tenemos alguna oferta más que interesante, que estudiamos para los próximos meses. Y un proyecto de fiesta literaria en abril, que celebraremos en espacio abierto en Burgos.

Presentamos el proyecto con el primer encuentro literario que hemos llamado Burgos Negro, que se ha celebrado las ocho de la tarde de hoy en La Casa de las Musas, un lugar con nombre y estética más que apropiada para la propuesta. Agradecemos a los propietarios del local haberse prestado a esta locura. Hemos centrado este encuentro en la novela negra escrita en Burgos. Han sido protagonistas del evento Leandro Pérez (autor de Las cuatro torres, que está a punto de continuar la saga de Juan Torca con la segunda novela, de aparición inminente en Planeta), Juan Carlos Martínez Barrio (autor de El libro de los sueños y La noche sobre dos ríos) y Miguel Ángel Santamarina (autor de Queremos que vuelvan, que ha sido objeto de comentario en el Club de lectura de este blog en las pasadas semanas). Quizá sea la novela negra la que mejor encuentre la forma de poner en evidencia las características esenciales de la sociedad actual. Por ello y porque se han juntado desde el 2014 hasta el presente varias de interés publicadas por autores relacionados con Burgos, hemos comenzado con esta modalidad narrativa. Los tres autores dispusieron de un tiempo para exponer su relación con la novela negra. Quienes tuvimos la fortuna de escucharlos disfrutamos de un seminario sobre el género de alto nivel que resultó, además, muy ameno.

Nuestros generosos patrocinadores han sido la librería Luz y Vida, la Cerveza artesana Dolina (que ha ofrecido una cerveza a los asistentes y ha presentado en el acto, como primicia, su nueva gama de cerveza... negra, una cerveza ligera y resfrescante), drmusic, mucho más que una tienda de música, y el youtuber y experto en comunicación audiovisual Danix con X. Manuel, de la empresa burgalesa Resistible, nos presentó su proyecto de ataúdes ecológicos y, como no hay novela negra sin muerto y asesino (uno de cada, por lo menos), Miguel Ángel y yo nos hicimos fotos dentro de la caja, así como dos personas del público, que, por sorteo, resultaron ser víctima y asesino. Agradezco mucho al público su entrega y participación en este encuentro con la literatura y su disposición a participar en el reto de asistir a algo diferente a lo habitual. La sala completó el aforo disponible.

También contamos con la participación de los músicos Joaquín García y Fran Martín de Loeches, que lanzan con esta ocasión, un nuevo grupo con vocación de continuidad, The Insolents. Todo un lujo, desde luego. Por cierto, con ellos pude comprobar de nuevo una lección que aprendí hace tiempo. Si estuvieron magníficos durante el encuentro, cuando se desalojó la sala y estábamos recogiendo, Alberto (profesor de piano en la Escuela de Danza de Burgos) comenzó a tocar el viejo y desafinado piano que nos había servido de expositor para los libros y Joaquín y Fran lo siguieron con el contrabajo y la guitarra. Qué minutos... Nunca abandones un lugar en el que haya músicos creativos hasta que no enfunden sus instrumentos y se vayan...

Agradecemos también la repercusión que ha tenido este proyecto en todos los medios de comunicación de Burgos y en las redes sociales.

Este proyecto no me retira de los anteriores. Cada público, cada formato, exige una manera diferente de planteamiento. Seguiré con el blog, con el Club de lectura y con las presentaciones habituales de libros, buscando acercar la literatura a todos los públicos. Pero siempre he querido buscar nuevos formatos, rompedores, atractivos para todo tipo de personas. Conocer a Miguel Ángel Santamarina, que está lleno de vitalidad, capacidad de trabajo y creatividad, que no se rinde ante los obstáculos, ha sido una gran oportunidad para proyectar este nuevo formato común.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Mirar detrás de lo fácil


Al adquirir algo, suelo mirar siempre detrás de lo que se me ofrece fácil, directo y sencillo de comprender porque no me gusta que me engañen, me manipulen, me traten como tonto y no me permitan crecer ni me den aquello que no tiene más valor que lo previsible. Sobre todo si quien me lo ofrece me dice que piensa como yo y que todos los demás son los que quieren engañarnos y están equivocados. Hablo de cultura, claro. Sobre todo de literatura.

domingo, 12 de junio de 2016

Un escritor devorado por una leona


La leona bajó al río a beber después de devorar al escritor de verso fácil. Este había pensado siempre que la revolución se conseguía en un bar declamando sus poemas contra el mundo. No había aprendido a tiempo la diferencia entre lo verosímil y lo verídico y salió un día a pasear pensando que todo el mundo era Facebook.

miércoles, 29 de abril de 2015

En un jardín romántico


No sé por qué pero todos los jardines románticos que he visitado por el mundo los asocio con la lectura. Espacios pequeños, casi íntimos, entre tapias que parecen guardar un lugar tan apropiado para las confidencias. Una pareja de jóvenes enamorados que leen juntos o aparentan leer o una pareja de ancianos que asiste al declinar del día con un libro entre las manos de él y otro en el regazo de ella. Quizá ella lo mire a él como si lo recuperara. Es posible que sea primavera avanzada o ya verano y las rosas estén en su plenitud, los pájaros hayan bajado al bebedero. ¿Cuánto tiempo durará esta estampa? Quizá yo haya leído demasiadas novelas o visto demasiadas películas en la que se cuenta esta escena o, simplemente, hoy estoy sentimental, nostálgico y novelero. En un rincón del jardín hay una fuente, en el centro un cenador diminuto. Ya no se hacen jardines así, no están de moda ni entre los pocos que pueden permitírselo, como no está de moda el laberinto de parterre en el que casi es ironía extraviarse pero tantos se han perdido. Quizá va dejando de estar de moda incluso leer con ese sosiego Guerra y Paz. ¿Quiénes somos los que leemos y de qué manera? ¿Descubrirán los jóvenes de ahora esa forma de lectura como yo lo hice cuando era adolescente? Yo no tenía en aquel tiempo un jardín como este pero me recuerdo con un libro en las manos en el pedregal que trabajó mi padre con todo su esfuerzo para plantar unos rosales, dos plátanos, unos cipreses enanos, una enredadera y hierbabuena que bautizaba las tardes con su aroma nada más regarla. No sé si mienten o no las estadísticas, pero en España no avanzan las cifras de lectores de textos literarios sino todo lo contrario y estos son cada vez mayores, como si este tipo de lectura se hubiera convertido definitivamente en un gesto anacrónico y tan insostenible como la pirámide de población. No importa, allá cada uno con su forma de entretener su tiempo y perder o ganar su vida. Hoy la literatura está, más que nunca, al alcance de la mano y por eso es más inexplicable la distancia que separa a muchos de una tarde de lectura. Algunos se acercan a la lectura con la misma ansiedad que comparan precios de hoteles para unas vacaciones de sol y playa en un buscador de Internet. A mí no me podrán quitar esa sensación de frío de la estepa rusa que sentía en mitad del verano castellano. O el estremecimiento de esos segundos de silencio cuando dos jóvenes, en aquella rima de Bécquer, leen juntos un verso de Dante en el que Francesa y Paolo leen la historia de Lancelot y Ginebra y comprenden que el tiempo burla las grietas de la historia para repetirse. Quizá precisamente por eso ya nadie construye jardines románticos.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La lectura como defensa de nuestra conciencia como individuos


En los suplementos atrasados que leo estos días, Javier Cercas publicó dos excelentes artículos con temas en común: El impostor de El impostor (a partir de la impresión de su último libro sobre la historia de Enric Marco, quien fingiera durante años haber sido uno de los supervivientes españoles del campo de concentración nazi de Mauthasen) y El punto ciego. Ambos son textos de altura teórica que esclarecen la perspectiva como escritor de Cercas, su visión sobre la función de la novela como género y la no ficción en la literatura. De lo mejor que he leído últimamente a un escritor a la hora de reflexionar sobre su manera de entender la literatura y la necesidad de esta para ayudarnos a trazar el mapa del ser humano en el mundo. Invito a leerlos en los enlaces de Internet que he facilitado a quienes no los conozcan. Y tiene razón Cercas, la mejor literatura narrativa que he leído desde hacer un par de décadas es de este tipo: novelas que no buscan la ficción sino la indagación sobre un hecho a partir del cual nos interrogan sobre nuestra forma de estar en el mundo y que no dudan en utilizar y mezclar los formatos de la crónica periodística, la biografía o el ensayo. Un camino que se comenzara a mediados del siglo pasado desde el otro lado, desde el nuevo periodismo, que usó el modelo de la literatura ficcional de la narrativa para hacer periodismo y revitalizar la crónica, y que pronto se extendiera a la novela. Hace poco hemos leído en el Club de lectura que mantengo en este espacio un buen ejemplo de todo esto: La sonrisa robada de José Antonio Abella.

Por mucho que se anuncie con estrépito reiterado la muerte de la novela (hace unas décadas en curioso hermanamiento con ese peligroso final de la historia que algunos veían como el paraíso prometido que nos regalaba el liberalismo), esta sigue siendo necesaria. Sobre todo porque la novela es la forma más adecuada de contar la historia tanto del individuo como de sus relaciones con la colectividad desde que apareciera en el mundo la conciencia teórica del individuo y sus derechos y deberes ante la sociedad. Si se muriera de verdad la novela o esta se redujera a un mero entretenimiento como el que llena la mayor parte de los estantes de las librerías no especializadas, se debería a razones diferentes a las de su propio agotamiento como género. Si se muriera la novela o se la rebajara a la categoría de objeto desechable, estaríamos en un panorama preocupante, el de una sociedad que ha conseguido anular la conciencia individual o que la ha reducido tanto que ya solo habría campo en la narración para volver a la épica. Porque de la épica nació la novela para superarla precisamente por eso, porque alguien comenzó a cuestionar los modelos únicos de ser y más aún la novela moderna, que creara esa joya de la literatura universal que es el Lazarillo y que consiste precisamente en eso, en el cuestionamiento absoluto de una sociedad desde la conciencia de un individuo. Esto solo fue posible gracias también a un hecho perverso para los que quieren controlar la mente de los individuos: la lectura como placer solitario. Por eso los moralistas, los inquisidores y los censores no se cansaron de prevenir a la gente durante siglos de que leer a solas tenía consecuencias peligrosas y acusaron a la novela de inmoral y contraria a la sociedad, la persiguieron como género, prohibieron algunas de las mejores que se publicaron y censuraron párrafos completos de ellas. Digo esto por si todavía alguien duda de que la lectura es una de las herramientas que tenemos para defendernos como ciudadanos individuales frente a las tendencias del pensamiento único y que practicarla nos enriquece y nos prepara mejor para combatir las ganas que tienen algunos de que no pensemos en exceso por nuestra cuenta. Ser lector, por lo tanto, no es solo un pasatiempo sino un deber moral del individuo consciente.

martes, 18 de febrero de 2014

La literatura hispanoamericana


He vuelto a encontrarme con la literatura hispanoamericana. No digo como lector, sino como profesor universitario. En los años ochenta, en mis primeros encargos docentes en la Universidad de Valladolid en la que trabajaba, impartí durante tres cursos esta materia, con toda la impericia de los primeros pasos como profesor, pero también con toda la osadía y las ganas de aprender. En aquel tiempo al que entraba nuevo le encargaban esta asignatura, casi como un lastre del que se descarga el anterior, pero a mí me apasionó aquel territorio académico que ya me había atrapado desde que a los quince años leí a mis primeros autores del boom. Ahora, por el nuevo reparto docente he regresado, en la Universidad de Burgos, a la literatura hispanoamericana. Las condiciones no son las mismas: de una licenciatura a un grado, de una asignatura anual a un semestre. Era imposible abordar toda la literatura hispanoamericana entonces y lo es más ahora. Pensé dos opciones: un monográfico en el que abordara un tema, un autor, una obra; un panorama con línea argumental acompañado de una selección de textos que lo ilustraran. Ambas son válidas pero he optado por esta segunda. Enfocaré mi semestre a partir de la construcción de un imaginario colectivo en la literatura hispanoamericana: la conciencia de lo americano como algo diferente a la literatura española pero enraizado con ella. Una cultura que desde el inicio asume en su componente nuclear lo precolombino y lo hispánico. Es curioso cómo gran parte de esto lo hallamos ya en los textos del siglo XVI que relatan en encuentro: de Colón al Inca Garcilaso de la Vega hay un trayecto que nos lleva por ese camino. A la altura de Sor Juana Inés de la Cruz ya se ha desarrollado y cuando penetramos en El Periquillo Sarniento todo impulsa hacia los logros del siglo XIX. Pero será Rubén Darío el que dé forma perfecta a este imaginario colectivo. Aparte de su condición de poeta necesario para explicar el camino hacia la modernidad literaria en lengua española, en él se hallan definitivamente las claves de ese imaginario. El siglo XX no ha hecho otra cosa que glosarlo y lo que va del siglo XXI le ha terminado dando la razón. Espero un semestre en el que recordar las sensaciones de la maravillosa experiencia que deparan las crónicas de Indias, la intensamente estética del barroco americano, los avances  dificultosos hacia la modernidad que protagonizan los autores del siglo XIX y la deslumbrante realidad de toda la literatura hispanoamericana del siglo XX. Daré cuenta aquí de vez en cuando.

miércoles, 5 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013

Antonio Muñoz Molina ha sido galardonado hoy con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En el Acta, el Jurado señala una de las características esenciales de este autor, "la condición del intelectual comprometido con su tiempo".

Muñoz Molina es una de las voces más significativas de lo mejor de una de la líneas de la postmodernidad en España. Desde Beatus Ille (1986), su producción ha crecido con solidez y abarca la novela, el relato breve, el ensayo y las colaboraciones habituales en la prensa. Aunque no renuncia a la experimentación esta se mantiene en unos términos que no impiden el acercamiento al gran público. En su producción siempre se encuentra la perspectiva ética del intelectual que mira su mundo. Esta ética de Muñoz Molina procede de la corriente cívica y laica y lo entronca con el republicanismo español de los años treinta del pasado siglo, el que se propuso reformar España para modernizarla. Todos lo temas de su producción están unidos por esa visión cívica del individuo que tiene derechos y deberes y que debe ejercer ambos con la misma concienca y la reflexión sobre las causas históricas por las que las grandes ideologías destruyeron al individuo que se convirtió así en un objeto y no en un sujeto de la historia. Beltenebros, una de las grandes novelas de la transición española a la democracia, es un perfecto ejemplo de todo esto. De una manera más autobiográfica -en el fondo es una biografía generacional- lo vemos también en otras de sus dos novelas: El jinete polaco y Ardor guerrero. Plenilunio es una indagación en las razones del mal y la primera vez que en la narrativa española se critica la televisión basura, que convierte unos brutales crímenes en espectáculo.

Sin embargo, su mejor obra es Sefarad, una novela inusual, tejida de narraciones breves y que tomando como pie el nombre que en sefardí tiene España, es una revisión de la historia de la crueldad humana y del individuo como víctima y, a la vez, única esperanza.

Menos conocida es su faceta como ensayista, pero en su producción tiene una presencia constante desde sus inicios como escritor. Su última obra en este campo, Todo lo que era sólido (2013) es un perfecto ejemplo de su posición ética como escritor y la mirada que dirige a la sociedad, una reflexión sobre lo bueno y lo malo de la Transición hacia la democracia española tras el franquismo y la forma en la que España perdió todos sus valores en la época de riqueza que ha labrado la profundidad de la actual crisis económica.

Antonio Muñoz Molina es, además, un escritor que no hace ruido. Aunque le hayan buscado varias veces las vueltas. Una de las voces de referencia de la literatura española desde los años ochenta.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Fin de curso

Hoy he terminado las clases de este semestre. Todavía queda mucha tarea: entrega y corrección de trabajos, exámenes y revisiones de notas, reuniones y una ingente labor burocrática. Esta última parte ha crecido desmesuradamente en la tarea del docente universitario en España. En gran medida, por un exceso de reglamentos que implican procesos y plazos que buscaban garantizar la calidad de la docencia pero se han convertido, en la práctica, en un ruido de papeles sin sentido. Cosas que, cuando yo entré en la Universidad, hacía una sola persona con las suficientes garantías, ahora se han convertido en procesos en los que están implicados decenas durante semanas sin que el resultado apreciable sea mejor.

Pero, por suerte, la tarea principal, por muchos cambios que se produzcan en los planes de estudio y en los sistemas de tramitación, sigue siendo lo que pasa en el aula. Curiosamente es lo menos valorado en la trayectoria académica del docente universitario español. La calidad de la docencia se mide mal y se recompensa peor, hasta el punto de que muchos profesores universitarios buscan cumplir el expediente de las clases para dedicarse fundamentalmente a aquello que les permitirá un ascenso más rápido de categoría. Porque en España, el buen docente universitario no tiene más estímulo positivo que la recompensa del agradecimiento del alumno. De hecho, conozco grandes carreras universitarias construidas sobre la base de que la docencia se debe valorar a título de inventario. A mí no me importan estas opiniones. Sigo buscando la mejor forma de trasmitir lo que sé y de adaptarme a la realidad de cada grupo de alumnos. Cuando comencé a dar clase, en los años ochenta del pasado siglo, tenía la misma edad que mis alumnos. Hoy me separan de ellos casi tres décadas. He visto cambiar modas, costumbres y actitudes mentales. Pero no importa: lo esencial es lo mismo aunque las estrategias de aproximación y los ejemplos cambien. Hoy mismo he ejemplificado la revolución poética de Garcilaso de la Vega con el rap del siglo XX: cosa que ya había escrito antes en este mismo blog. Acercarles al conocimiento de aquello que me toca explicar.

Hoy he cerrado las clases de las dos asignaturas que me correspondían en este semestre: Literatura y cine y la segunda parte de la Literatura del Barroco, partida, por necesidades académicas, en dos bloques: el primero, Góngora; el segundo, la prosa barroca, incluido el Quijote. Esta última asignatura les ha parecido más árida sobre todo porque han tenido que leer mucho. Es difícil acercar a Góngora a los jóvenes actuales -pero no mucho más que cuando me tocó a mí estudiarlo- y es difícil que comprendan la necesidad de leer el Quijote completo, aunque al final esto no lo ha cuestionado nadie.

Cuando uno cierra la puerta del aula el último día de clase siempre se queda con la sensación de que se han quedado cosas que decir, que algunas se podrían haber dicho de otra manera. Pero sobre todo, me quedo con la pregunta de si habré logrado trasmitirles lo esencial: la necesidad de acercarse a los textos, de perder el miedo a los clásicos, de que incluso aquellos que estén más alejados de sus gustos son necesarios para su formación académica y personal. Sin el conocimiento de los clásicos somos víctimas fáciles de las supercherías artísticas y de las estategias de comercialización. Y somos menos cultos y más fáciles de manejer por aquellos que quisieran que la cultura se redujera hasta su consideración como mero adorno o como un producto más del mercado financiero. Por eso mismo yo soy un gran defensor de que la cultura no debe servir para nada, debe ser inútil. Entiéndase bien: su valor está precisamente en que no podemos ponerle precio por mucho que nuestro gobierno se haya empeñado en perjudicarla con la última subida del IVA. El gran potencial de la cultura, su capacidad para trasformar el mundo, radica precisamente en esa inutilidad. Espero haberlo logrado.

martes, 23 de abril de 2013

Leer en el Día del libro

 

Con motivo del Día del libro, Rodrigo Pérez Barrero, periodista del Diario de Burgos, siempre atento a las cuestiones culturales de la ciudad, me pidió que seleccionara el libro que, como lector, ha marcado mi vida. No oculto que tuve la tentación de ser extravagante y citar alguno de esos títulos que parece que solo ha leído un grupo selecto de personas exquisitas, pero después de todo el agua que ha corrido bajo el puente uno sabe resistir ese tipo de tentaciones.

Inicialmente le hice trampas y le di más de un título. No puedo renunciar a mi pasado y comencé por el principio. Me inicié como lector en los tebeos, especialemente españoles: Roberto Alcázar, Hazañas bélicas, TBO (la publicación que dio nombre a todos), Mortadelo, Jabato, El Capitán Trueno. Un poco después llegarían otros que no terminaron de gustarme del todo: Tintín, El Príncipe Valiente. Recuerdo gastar mi escasa propina en el quiosco de mi barrio. Apenas tenía para comprar la publicación y una chuchcería. Cuando llegó el tiempo del cine -aquelos cines de barrio con sesión continua- hube de elegir y venció el cine y una bolsa de pipas. De aquellos tiempos me quedó siempre el gusto por los tebeos aunque crecí, entró de forma masiva la publicación editorial americana y pasaron a denominarse cómics. Pasé por los superhéroes y llegué al cómic adulto, en el que encontré verdaderas maravillas. En las revistas de la contracultura de los años ochenta buscaba siempre primero estos cómics, que ocupaban buena parte de sus páginas.

En poesía, aún recuerdo el deslumbramiento que supusieron para mí dos títulos: La voz a ti debida, de Pedro Salinas y Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez. A ellos se sumó pronto otro: Hijos de la ira, de Dámaso Alonso. Aún soy capaz de revivir lo que sintió mi piel en la primera lectura de cada uno de ellos, que tuvo lugar, en todos los casos, en verano, a las afueras de la ciudad cuando las ciudades tenían afueras que eran ya campos con acequias y tierras sembradas de cereal. Porque hay lecturas que solo la piel puede expresar.

Pero Rodrigo me forzó a elegir un solo título. Y no quise ser exquisito sino honesto conmigo mismo. Desde hace años mantengo en este espacio un club de lectura, que pronto se amplió a otro presencial en la Universidad de Burgos. De ambos -que considero uno mismo- me siento especialmente orgulloso y es una fiesta el encuentro con quienes leen conmigo y me quieren acompañar en este esfuerzo placentero que es la lectura. Como sabéis lo más antiguos seguidores de La Acequia todo comenzó porque yo quería volver a leer -¿cuántas veces van?- el Quijote de Cervantes. No por tópico, sino por necesidad. Galdós tiene una mayor profundidad en el alma humana y en la demostración de las emociones, Baroja retrata como nadie la crueldad de la vida y la lucha por la supervivencia en la que se pacta con los propios principios para seguir tirando hacia adelante o arrojar la toalla, Valle Inclán es grande en la construcción lingüística de los personajes y ambientes, Lorca es el maravilloso misterio en estado puro e impuro, Delibes documenta como pocos un mundo que se trasforma, Gabriel García Márquez ha creado una síntesis de la historia universal con epicentro en Macondo, Muñoz Molina ha retratado mejor que cualquier documental el interior de una generación entera, etc.

Pero si hablamos de lectura el Quijote de Cervantes es la obra maestra absoluta de la historia literaria universal. En él está todo aquello en lo que consiste la lectura: desde la construcción del lector en el prólogo (desocupado lector, comienza la obra) y su relación con el autor y el narrador, hasta todas las formas posibles de ser lector: el que escucha, el que lee en la soledad de su cuarto, el que se cree lo que lee, el que es escéptico y lo toma solo como entretenimiento, el que discute con lo leído, el que lo sueña. Los personajes del Quijote se dividen entre los que leen y los que no leen; los que leen de forma antigua -es decir, pensando que los personajes no pueden cambiar- y los que leen de forma nueva -aceptando que los personajes cambien según sus experiencias-; los que leen desde fuera del libro y los que leen desde dentro, etc. Y el lector que lo vive. Antes que la parodia de los libros de caballerías, el Quijote es una historia basada en la lectura y sus efectos sobre el lector.

Cuando uno lee el Quijote debe decidir para qué demonios le sirve todo aquello: un mero entretenimiento, una insoportable carga dictaminada por el profesor en la asignatura de literatura barroca, una forma de comprender el mundo y salir a él para verlo crecer delante de los propios ojos -en el Quijote se da el milagro de que el mundo narrativo se construye al mismo tiempo para el narrador, los personajes y el lector puesto que no está configurado previamente-. Una vez que sale al mundo con el Quijote en la cabeza el lector debe afrontar, sin volverse loco o volviéndose, otra encrucijada: asistir como espectador o intentar cambiarlo, mientras le duren a uno las fuerzas. Porque Cervante es sabio -por todo lo que vivió, que fue mucho- y sabe que antes o después fallan las fuerzas y el único legado que podemos dejar al mundo es el intento de cambiarlo. Aunque parezca que fracasemos: la semilla de la lectura que envenenó a Alonso Quijano germinó en todos los personajes que le salieron al paso y en aquellos que leyeron con atención la historia. Incluso aquellos lectores que se conviertieron en escritores después y renuncian a citarlo para elegir cadáveres exqusitos que parecen quedar mejor y dar más prestigio en un salón literario alejado del polvo del camino al que tuvieron que salir don Quijote y Sancho.

jueves, 7 de junio de 2012

El placer de la lectura colectiva y noticias de nuestra lecturas

Se puede leer para uno mismo. No importa el lugar ni el formato. Podemos leer para nosotros en el rincón más escondido de nuestra casa, en un jardín o en el metro. Podemos hacerlo con un libro en papel o en un soporte electrónico. Esta lectura íntima, que generalizó en occidente el desarrollo de la imprenta y la aparición de una clase social, la burguesía, que tenía el tiempo de ocio que construyó el hábito de la lectura, es necesaria: es la mejor forma de asimilar un texto, de hacerlo propio.

Pero también se puede leer en comunidad. Desde el inicio del texto escrito hay quien ha leído para otros que no sabían, no podían o no querían hacerlo. El texto leído así nos llega a través de la boca de otro, de la entonación de otro, de la expresión de otro, que puede ser un profesional o no de la lectura, pero que trasforma el texto para entregárnoslo. Curiosamente, esta forma, que era la más habitual hasta hace medio siglo, ha perdido fuerza e incluso muchos no logran adaptarse a ella con comodidad cuando alguien les lee. Hubo tiempos en los que se aprovechaban momentos en los que no se podía leer para que nos leyeran: en el trabajo, en el refectorio, en el oficio relgioso, un autor a la compañía a la que quería colocar su obra teatral, etc. Pero eran otros tiempos: para este tipo de lectura se necesita el tiempo y el sosiego necesario para reunirse en comunidad, cosa muy alejada de nuestro ritmo de vida actual.

Y hay otra forma de lectura colectiva que combina lo privado y lo público. Leer cada uno para sí el texto y luego comentarlo con un grupo, darlo vida entre varios y aprender unos de otros, porque cada texto se enrique con sus lectores. Desconfío siempre de aquellos que piden una única lectura para cada texto.

Desde el inicio del Club de lectura de La Acequia hemos construido una comunidad de lectores. Algunos siguen las lecturas de forma silenciosa, otros colaboran publicando sus comentarios o sus interpretaciones tanto aquí o en mi perfil de Facebook como en sus propios espacios.

Cerramos este curso del Club de lectura con mi agradecimiento a vuestra colaboración y participación en el proyecto. He aprendido mucho de vosotros y me gustaría seguir contando con vuestra ayuda a partir de septiembre.

Noticias de La Viuda valenciana


Paco Cuesta publicó una magnífica entrada subrayando las cuestiones esenciales de la adaptación televisiva de la obra de Lope. Imprescindible si queréis comprender las claves de cómo hacer bien este traspaso.

Algunas lecturas para el verano

A lo largo de las próximas semanas iré publicando, a sugerencia vuestra, algunos de los libros con los que llenaré mi verano. No os daré cuenta de los que pertenecen a mi profesión de forma específica, pero sí de aquellos que pueden ser de interés general.

Por ahora, os anuncio, porque sé que algunos necesitáis tiempo para locarlizar los títulos y otros queréis leerlos con calma antes, que el primer libro con el que comenzaremos el curso en septiembre será El lector de Julio Verne, de Almudena Grandes. Ya os anunciaré el día en el que comenzaré a publicar mis comentarios.

Entre los libros que me acompañarán este verano se encuentran algunos con los que quiero comprender cómo se afrontaron momentos de crisis en otros tiempos. Comienzo con la relectura de la trilogía titulada La lucha por la vida de Pío Baroja, compuesta por tres novelas básicas de la literatura española: La busca, Mala hierba y Aurora roja. Completa la leí hace más de veinte años. Creo que ya toca volver a ella.

martes, 10 de abril de 2012

Algo de retórica. Sobre la declamación en el blog, con notas para una teoría general sobre esta herramienta de Internet

Estos días pasados colgué en el blog dos entradas con videos en los que recitaba sendos poemas. Ambos textos tienen más de veinte años y fueron publicados, en su día, en revistas literarias de corta vida pero intensa y de las que guardo gratos recuerdos. Pertenecían a un libro que, en su conjunto, es inédito, aunque se haya ido publicando fragmentariamente. Revisitados ahora para un empeño nuevo, realicé modificaciones sobre los antiguos poemas y los sumé a dos videos grabados para el Proyecto agua, cuya versión definitiva irá sin recitado.

Como muchas de las cosas que hago en La Acequia, han supuesto un ejercicio de estilo, de escritura y publicación: crear no es otra cosa que un ejercicio constante que jamás termina y allá quien piense que ha conseguido el poema perfecto puesto que cada texto publicado es solo una aproximación y un tanteo. Para mí ha sido muy importante la forma en la que han llegado estas entradas a los visitantes asiduos de este espacio y sus comentarios en las entradas. Porque nada como el blog permite a un autor conocer la reacción de quien le sigue y que recibe cada entrada en lugares, tiempos y situaciones diferentes y nada monocordes.

Quise unir varias de las cuestiones que puede aportar un blog y que, de una u otra manera, ya había experimentado con anterioridad. Era consciente del riesgo. No hace demasiado tiempo, alguien me dijo, cuando recité un fragmento del Quijote para una entrada de la lectura colectiva que hicimos aquí de esta obra, que le incomodaba: consideraba la voz como algo muy personal. No entendí, pero eso ahora no importa, si quien se veía afectado por esa ruptura del ámbito personal era quien recitaba o quien oía recitar, ambas cosas muy interesantes para ser meditadas. Yo no consideré que mi voz se expusiera porque era parte meditada de mi forma de publicar aquella entrada.

En el fondo, muchas personas no pueden considerar aun el blog más que como palabra escrita sumada a la imagen (cada uno da preferencia a una o a otra) y se sienten extrañados ante otras posibilidades, cuando es una herramienta eficaz para sumar todas las posibilidades artísticas. Esto suele suceder con aquellos que han experimentado la lectura como algo íntimo, reservado a ámbitos personales.

Una de las cosas más interesentes en la recepción del producto artístico en el siglo XX es comprobar cómo se ha dado la vuelta a la forma de recepción. A partir de la generalización de la alfabetización y de las posibilidades económicas de consumir cultura escrita, esta se ha visto reducida a los espacios privados (como tal lo es leer un libro en el metro o en una cafetería, aislándose de todo lo que a uno le rodea) y cada vez es menos pública. Una significativa inversión de la forma de consumir cultura que antes era predominantemente oral. De ahí que el recitado de un poema, cuando no responde a nuestra forma de lectura para uno mismo, nos produzca una extraña sensación. Incluso el teatro ha cambiado completamente: desde que, a finales del siglo XIX, se decidiera apagar las luces de la sala (en España fue la primera actriz María Guerrero quien introdujo esta costumbre porque consideraba que el público iba a verla a ella y no a los vecinos de palco): hay una ilusión de intimidad. De hecho, una de las formas de vanguardia más importantes del siglo XX y lo que va del actual, es romper esa ilusión y enfrentar al público del espectáculo con la realidad de que asiste a un espacio colectivo y nada íntimo. Esto mismo se encuentra detrás de movimientos comprometidos como el de los cantautores: sus canciones se convertían en himnos colectivos para ser cantados con la conciencia de grupo. Pero sobre esto deberemos volver otro día porque, de hecho, Internet ha roto también con la intimidad en la recepción artística: quien usa las herramientas de la web 2.0 se siente parte de un grupo y sabe que es recibido de forma inmediata por el autor. Por mucho que abra el ordenador de madrugada, en la soledad de su salón.

Como todas las formas de publicación, el blog tiene sus riesgos puesto que lo que importa no es tanto la producción de los textos como su recepción. De hecho, el desarrollo de las posibilidades de Internet ha facilitado -de una forma no conocida antes tanto por la sencillez de las herramientas como por la comodidad y diversidad de su uso- que podamos descargarnos a nuestros diferentes sistemas de reproducción videos, textos, programas de televisión o de radio, para verlos/escucharlos cuando queramos. Se producen, entonces, interesantes desajustes: nuestro programa favorito de la radio de madrugada, escuchado en el metro cuando vamos a trabajar, nos aburre mortalmente; la algarabía festiva del programa que no nos perdemos nunca a las cinco de la tarde, resulta incómodo escuchado en el horario nocturno de nuestro trabajo. El poema que nos pareció, en su recitado, que nos conmocionaba nos resulta, en una situación no adecuada, falso. O al revés: escuchado en la situación propicia, aquello que nos pareció pretencioso nos resulta apasionante. Sucede con algunas películas: vistas en su día nos resultaron exageradamente pretenciosas, vistas de nuevo en otro tiempo podemos comprenderlas. Todo ello de una forma más intensa que lo que ocurría con el libro impreso.

Internet, además, nos ofrece otra interesante situación que potencia y complica la recepción y que no puede escaparse a quien usa sus herramientas: dos personas pudieron recibir, al mismo tiempo, mis entradas últimas, pero una las leyó en América y otra en Europa, a dos horas diferentes de su día -aunque coincidan en el tiempo general-, en dos situaciones completamente diferentes, incluso en dos estaciones del año opuestas. Esto no se da -o se da con menos intensidad- cuando ambas personas están en la misma sala al mismo tiempo, especialmente si se encuentran en frente de quien recita, sobre todo si quien lo hace detecta la situación anímica de los presentes. El autor que escribe en Internet es menos dueño de su obra que en los formatos tradicionales y, por lo tanto, está más expuesto a una recepción múltiple.

Un buen recitado público debe hacerse adecuando al público el tono, el ritmo y el juego con las emociones. Un buen recitado público de poesía y una clase de secundaria o una presentación promocional para unos clientes: lo que tiene buen éxito un día no lo tendrá al siguiente o el mismo día con otro grupo. La representación teatral que en unos lugares funciona de forma eficaz para despertar la emoción trágica, en otros provoca la risa. Esto sucede, más aun, con el cambio de tiempo: aquella película que nos resultó lírica y profunda ahora nos parece cursi; los poemas de Bécquer que tanto nos gustaron en la adolescencia, llega un momento en que nos resultan insoportables y sentimentaloides; la ropa con la que tan a gusto estuvimos en los años ochenta ahora ni siquiera la colgaríamos en nuestro armario.

Esto es imposible, en términos generales, en Internet: nadie puede publicar algo controlando al público que tiene delante, a no ser que cierre el acceso a su espacio a unos pocos a quienes conozca lo suficiente. Ni siquiera aunque lo haga mediante multiconferencia. Se suma, además, que las herramientas de la web 2.0 aportan algo que no existía antes: la inmediata reacción del receptor, que puede comentar la publicación de forma directa ante la comunidad de los lectores y ante el autor. Muchos autores no están preparados para esto: prefieren ignorar a sus receptores y para ellos el papel supone un refugio, un dique emocional que no quieren o soportan traspasar, como si no escribieran para nadie más que para uno mismo o para aquellos que solo les aportan elogios. Como mucho, recibirá en unas semanas las críticas de los especialistas y en unos meses unas pocas palabras de aquellos que asistan a sus presentaciones y firmas de libros. Después, algunas cartas más o menos filtradas por el editor.

Esta es una de las novedades de esta herramienta: la conexión directa con quien recibe lo que uno publica. En el momento en que un blog no filtra los comentarios, está expuesto ante quien comenta, para bien o para mal. Muchos no están preparados para ello y terminan cerrando su espacio o la posibilidad de los comentarios, sobre todo aquellos que no piensan en que publicar en un blog, aunque el circuito de visitantes no sea muy amplio, supone apuntarse a la dinámica que siempre han tenido los escritores en los formatos tradicionales. Si escribimos un blog público nos ponemos en la misma situación que un autor o un periodista que firma su texto y no deberíamos ignorar esto nunca a la hora de iniciar la andadura puesto que antes o después recibiremos un ejemplo de lo que expongo y la lección puede ser dura emocionalmente para quien no esté preparado suficientemente para ella. Cuando alguien escribe novelas o libros de poesía, se convierte en un autor. No puede evitar ni controlar la recepción que sus obras tienen. Tampoco puede hacerlo con la imagen que los lectores crean del autor al que siguen de forma asidua. En la prensa, que es más inmediata que el libro, los columnistas fijos terminan creando un personaje, que es quien se ofrece ante los lectores y que no tiene por qué coincidir con el autor real aunque tenga puntos en común con él: cosa que muchos lectores no están preparados para asumir. Inevitablemente, quien escribe y quien visita un blog de forma diaria durante años, incurren en lo mismo de forma más o menos consciente pero sus receptores tienen unas posibilidades de interacción que no tenían los de los formatos tradicionales. Y sus circunstancias de recepción son tan diversas como las de estos formatos pero condensadas en pocas horas o, incluso, minutos. Por eso, habrá que trabajar nuevas formas retóricas de acercamiento a esta recepción. Siempre que no resulten descafeinadas para gustar a todos en todas las circunstancias posibles. Eso sería renunciar al riesgo que supone toda obra artística o toda exposición pública de una opinión.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Descubrir América

Algunos artistas se empeñan en descubrir América. Pueden hacerlo: a la gente se le olvida con facilidad que ya está descubierta. Siempre ha sucedido, pero en nuestra época cada año hay quien se presenta con novedades que son meras actualizaciones cuando no burdas copias. Esta gente está en su derecho de hacerlo, por supuesto, y de ganar dinero con ello, sobre todo si delante de ellos hay un público que se lo tolera casi siempre por ignorancia. En el fondo tiene razón quien actúa con este desparpajo, si la mayoría de los consumidores de arte ignoran algo, para ellos lo que se les da, aunque sea de segunda mano, es nuevo. Por eso, el arte más sincero en nuestra época es el que se presenta, desde el inicio, como diálogo con lo ya hecho. En la autenticidad de ese diálogo y la oportunidad para explicar con ese material la mirada actual, debería estar la clave del arte contemporáneo.

Digo esto a cuenta de que se vuelva al tema de la realidad y ficción de nuevo.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Relecturas

Es cierto que, con los años, se relee más y se lee menos. No hablo de la cantidad, sino de la calidad. A uno, por profesión y devoción, le espera cada mes una larga lista de títulos nuevos. Junto a ellos, la decisión de qué debe recomendar leer a los alumnos cada curso. Mejor dicho, qué leer junto a ellos: para el profesor es relectura, para los alumnos casi siempre descubrimiento, sobre todo desde que la literatura ha sido barrida de la secundaria y el bachillerato en una decisión que nunca lamentaremos lo suficiente. La decisión anual de la lista de obras recomendadas, si no es mecánica y repetitiva sino pensada, plantea un reto interesante en el que se debe tener en cuenta la materia a explicar y la forma en la que vamos a acercarla a quienes nos acompañan durante unos meses. Esto segundo es especialmente importante cuando se da clase a alumnos cuya especialidad no es la literatura para no matarles las ganas de acercarse a los clásicos.

Curiosamente, descubro más novedades en mis relecturas que en las lecturas: la mayor parte de las obras literarias actuales son menos nuevas que un clásico. Quizá sea porque me hago mayor. De vez en cuando, en clase, me detengo unos minutos en un verso o en una frase o en una imagen en la que no había reparado en mis lecturas anteriores. Es lógico: el clásico lo es precisamente porque en cada acercamiento personal o generacional permite nuevos enfoques. No está al alcance de todas las muestras artísticas: la mayoría no hacen más que repetir formatos de moda y no siempre con la mejor técnica. Siempre ha sucedido así, no es algo que ocurra solo en nuestro tiempo, pero ahora la cantidad es tan abrumadora que uno teme fatigarse y dejar la lectura justo en el momento en el que llega el turno al título que será imprescindible dentro de unos años para explicar nuestra época.

Al releer obras que fueron mucho hace tan solo una década sucede que se nos caen de las manos. Puede ser que fueran escritas en clave de actualidad, al calor de una moda, que fueran sabiamente publicitadas de tal manera que si no se leían pareceríamos casi analfabetos. Puede ser también que abrieran un camino luego muy transitado por imitadores hasta el punto de que saturaran nuestro gusto y aun no hemos alcanzado la distancia suficiente para reconocerlas el carácter de pioneras. Quizá fueran escritas exclusivamente en clave argumental y una vez conocido el final ya no nos soprenden ni nos interesan. Cumplieron su función, sin duda, para abastecer el mercado literario, pero no dejarán huella de verdad en la historia.

Sin embargo, un clásico siempre está ahí, a la espera de que lo descubramos. Y casi siempre en mejores y más baratas ediciones que las novedades.

sábado, 30 de julio de 2011

La vanguardia en provincias: Revistas vallisoletanas de vanguardia (1928-1978)


Durante la vanguardia artística del período comprendido entre las dos guerras mundiales del siglo XX, en España -como en otros países- se consolidó un fenómeno de gran interés para comprender su extensión e incidencia en los años posteriores. En todas las capitales de provincia y en muchas de las otras ciudades con cierto movimiento cultural y económico -ambas cosas juntas son imprescindibles- se formaron núcleos de jóvenes artistas de vanguardia que acogen con entusiasmo las premisas del nuevo arte. Se reunían en tertulias que pretendían tener unas características diferentes a las tradicionales de los círculos provincianos y actuaban en su entorno a través de lo que hoy llamaríamos acciones artísticas de todo tipo.

Muchos de esos grupos de provincias publicaron revistas en las que se pueden leer los textos y apreciar los dibujos no solo de los artistas locales sino también de los que comenzaban a ser tenidos en cuenta como modelos nacionales y que solían residir, por unas u otras circunstancias, en Madrid. La mayoría de ellos pertenecían a lo que hoy llamamos Generación del 27. Hemos de recordar que muchos de los del 27 venían de esas provincias de las que hablamos y mantenían contactos de amistad con los artistas que no dieron el salto a la capital. Se estableció así una interesante red de artistas que cubrían toda la geografía nacional, lo que promovió una difusión de las novedades de una forma eficaz. Sin estas revistas la historia del arte español del siglo XX sería completamente diferente. No es un fenómeno nuevo: recogen el fruto de una realidad que durante todo el siglo XIX ha venido creciendo y que traspasa las fronteras nacionales, pero sí adquiere, por su generalización e intensidad, unas dimensiones que hasta ese momento no habían sido conocidas.

Los grupos locales de artistas de vanguardia no son nunca mayoritarios en estas ciudades de provincia españolas, sometidas a una estricta manera de hacer las cosas en arte y moralidad. En ellas, la vida era lenta y resultaba asfixiante para muchos de estos jóvenes con inquietudes que terminaban marchando a Madrid o fuera de España: el ambiente era más parecido al casino retratado por Clarín en la Regenta muchas décadas antes que a una ciudad moderna instalada en el siglo XX. Por lo menos, así lo vivieron aquellos jóvenes inquietos.

Sin embargo, algunos permanecieron en sus ciudades y se convirtieron en referentes locales de la vanguardia en todo el siglo XX. Durante décadas, su obra estuvo olvidada cuando no despreciada, oculta por el fulgor de los grandes artistas del período con mayor proyección nacional o internacional. Hay que reconocer que la España de las autonomías surgida de la Constitución de 1978, a fuer de vendernos en muchas ocasiones gato por liebre en lo cultural y favorecer la aparición de todo tipo de endiosados que pretenden controlar la vida artística con el beneplácito, en muchas ocasiones, de los concejales de los ayuntamientos y los consejeros de los gobiernos regionales, trajo la necesaria recuperación de la infatigable labor de estos artistas, muchos de los cuales no solo tienen una obra más que apreciable sino que también significaron el necesario eslabón para dar a conocer en toda España la tarea de otros, contribuyendo a la extensión de un tipo de arte que será, al fin y al cabo, el del siglo XX. Además, los que se mantuvieron al pie de la vanguardia sirvieron de conexión con las nuevas formas de experimentación que aparecieron en la España de los años sesenta. Y todo ello, fundamentalmente, a través de estas revistas que surgieron en todas las provincias españolas, no todas hoy disponibles en imprescindibles ediciones facsimilares.

Esta exposición que se muestra en la vallisoletana Casa Revilla hasta el 28 de agosto, cuenta la historia desde Valladolid y, fundamentalmente, a través de un nombre: Francisco Pino. Bien solo o bien en compañía de sus amigos (en especial de José María Luelmo), impulsó Meseta (1928-1929), Ddooss (1931) y A la nueva ventura (1934) antes de la Guerra civil española. En 1939 salió un número de Meseta que rendia tributo al llamado Alzamiento Nacional (la sublevación en 1936 de los militares contra el gobierno republicano) y que explica mucho de lo que pasó en la España de ese momento: a José María Luelmo, los fascistas le habían obligado a tomar aceite de ricino en castigo por sus amistades con los artistas rojos (a muchos de los cuales habían publicado en sus revistas: el mismo Luelmo me contó en varias ocasiones el dolor que sintió al quemar las cartas de Guillén, Alberti, Lorca, etc., para evitarse problemas ante un eventual registro) y les entró un pánico comprensible. Ambos eran dos jóvenes de la buena sociedad vallisoletana que no deseaban abandonar su ciudad: pasaron por el trago de alabar, con ese extraño número, la ignominia. Después del paréntesis de la guerra, vinieron Cancionero, pliegos de poesía (1941), Mejorana (1965) y las Carpetas (1971-1978). Leerlas hoy es leer gran parte del recorrido de la vanguardia española del XX.

Sin embargo, de la exposición se sale con cierta tristeza. Por mucho que lo expuesto se muestre con la suficiente dignidad, hay lagunas evidentes que hablan de la poca ambición con la que se cuenta su valor: por ejemplo, se echa de menos una contextualización que vaya más allá de unas pocas y muy conocidas fotografías del Grupo del 27. También se echa de menos una mayor labor de promoción de la obra de aquellos artistas a partir de la exposición. A fin de cuentas son los que mantuvieron vivo el arte nuevo en provincias durante todo el siglo XX, muchas veces contra viento y marea, en contra de la incomprensión de sus conciudadanos. Los mismos a los que hoy les llena de orgullo que en su ciudad se hiciera algo de interés a lo que jamás contribuyeron. Y los mismos que hoy desprecian a artistas que representan, en las mismas ciudades lo que aquellos supusieron para el siglo XX.

martes, 12 de julio de 2011

Sobre prosa poética y profesores acomodados.

Un comentario de Elisa (habitual presencia en este blog y poeta constante como demuestra en los suyos) en mi entrada sobre Las leyendas becquerianas y la prosa poética moderna en español, nos llevó a intercambiar unos interesantes correos electrónicos sobre la consideración de la prosa poética y la poesía desde Bécquer hasta ahora. La aportación del poeta sevillano, como dije, fue considerar ambas como iguales y tratarlas desde el mismo sentir poético: tanto la prosa poética becqueriana como su poesía lírica nacen de la misma temática y mundo poético, sin más diferencias que donde en una se mide el ritmo a partir de la composición en frases y párrafos en otra se mide cómputo silábico y estrofa.

Lo esencial del intercambio de opiniones entre ambos fue constatar, de nuevo, cómo algunos retóricos y profesores no comprenden esta esencial unidad de la prosa poética y la poesía modernas y siguen explicando ambas como hechos diferentes, como si no les bastara que los grandes poetas del XX hayan mezclado ambas en su obra e, incluso, en un mismo poemario. En esto, como en tantas otras cosas, Rubén Darío, que había asumido antes que nadie la verdadera razón de ser de la obra becqueriana, se adelanta proponiendo el modelo de Azul... (1888-1890).

Pero parece que algunos profesores y retóricos siguen sin llegar al siglo XX en su formación y explicaciones. Por suerte, son los menos. Eso espero.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Cuentos e historia de la literatura


Una de las primeras cosas que les digo a todos mis alumnos es que es tarea del universitario cuestionarlo todo, incluso lo que yo digo en mis clases. Cuestionar no significa despreciar ni arrasar lo heredado para no dejar ni los cimientos ni rechazar sin argumentos basándonos en creencias o consignas, sino la única forma de que la ciencia avance: contrastar y aplicar nuevos conocimientos y metodologías. Sin la duda y el razonamiento que nos suscita no somos buenos universitarios: quizá sí unos técnicos aceptables, pero nada más allá. Incluso un técnico debe preguntarse si el procedimiento que usa es el más apto, aunque lo marque el libro de instrucciones o la razón de su trabajo y sus implicaciones éticas. Un sistema universitario que no trasmite esta inquietud y la convierte en metodología no fabrica más que autómatas que reproducen movimientos. Es más importante comprender esto que aprenderse de memoria un libro de texto.

A muchos les sonará lo dicho en el párrafo anterior a verdad de Perogrullo: puede serlo, pero puedo asegurar que el hecho de que lo sea no garantiza su cumplimiento. En especial, en las llamadas ciencias humanas. Continuamente me sorprendo constatando que se enseña literatura (o historia o arte) afirmando cosas como si nada hubiera cambiado en los últimos cincuenta años, de la misma manera en la que fueron canonizadas por la dictadura franquista o la inercia del postfranquismo: en este país esta herencia parece no poder arrancarse de tan arraigada que se encuentra, sobre todo por la pereza intelectual. Y así, argumentamos sobre la historia de la literatura a partir de construcciones teóricas elaboradas en los planes de estudio de la dictadura o de simplificaciones tan perversas que parecen ciertas de puro fáciles de explicar (la dualidad conceptismo/culteranismo, la imaginaria generación del 98 y su pretendida oposición al modernismo, la explicación ortodoxa y estrecha del pasado medieval y el conflicto religioso en España y su plasmación en los textos, la mirada nacionalista sobre lo que es o no es propio de España o moda extranjera, etc.).

A estas cosas se han venido a sumar la mirada empobrecedora de los que han elaborado la argumentación docente de las comunidades autonómicas y los sectarismos académicos de algunas figuras de renombre que han conseguido trasladar la idea de su visión sobre un tema concreto es la oficial y alguna circunstancia más,  casi todas de condición miserable para un científico o pensador honesto. Con lo que la explicación de la literatura española (la que causa efecto, es decir, la que termina calando hasta el primer nivel de la enseñanza) se ha convertido en gran medida, por mucho que parezca increible, en una suma de cuentos al estilo de las lecturas infantiles con las que se amenizaban los antiguos libros de texto y que eran, sutilmente, una forma de catequesis ideológica. De hecho, vuelvo a oír como verdad histórica cosas que proceden de estas leyendas que figuraban en las enciclopedias de los años cincuenta del pasado siglo.  Lo gracioso es que la perspectiva ni siquiera es la de nuestra época y, en muchas ocasiones, es totalmente contraria a la ideología de quien la trasmite inadvertidamente: como si se hubiera desemantizado y ya no contuviera una perversa semilla ideológica a fuerza de tanto repetirla. En realidad, esta aparente desemantización hace más peligrosa la idea trasmitida. No me extraña que los alumnos terminen sin comprender por qué tienen que leer unos textos a los que su profesor llama clásicos y que se les ofrece de una forma tan alejada que no les dicen nada (por lo tanto, dejan de ser clásicos). Como si un cirujano nos operara hoy con el equipamiento y los conocimientos de hace medio siglo teniendo a su disposición un quirófano de última generación.

- Pero con la historia de la literatura no se muere nadie.

-Bueno, quizá poco a poco agonice un país entero durante unas décadas. Nada drástico, por supuesto. Ya nos lo explicarán desde fuera con sus propias perspectivas si no somos capaces de generar universitarios que duden. Ya ha sucedido en el pasado, como cuando los hispanistas franceses o italianos tuvieron que explicarnos nuestra literatura y nuestra historia como un hecho subordinado a sus países. Pero, en efecto, de esto no se muere nadie.

martes, 18 de enero de 2011

Estrambote cervantino: el ritmo juguetón.


Es difícil innovar en un soneto: es un artefacto rítmico imponente y exacto. El soneto clásico español lo dejó perfecto Garcilaso, que sin duda tuvo un oído prodigioso para el ritmo poético. Lope definió la estrofa con ingenio, pero se guardó el secreto, como buen mago. Quien siga su definición al pie de la letra, sólo tendrá cómputo, pero no poesía. Lope lo sabía y escondió lo que importa para comprender el engranaje del soneto mostrándolo por debajo del argumento. Esto es muy barroco: engañar con la verdad, mostrar el truco para volver a ilusionarnos y que no lo veamos. Muchos se quedan solo con lo que dice que es un soneto y no leen más allá: se le nota la sonrisa a Lope.

Sin embargo, es posible jugar con el ritmo del soneto, usando otros versos, por ejemplo, pero hay que ser un buen poeta para hacerlo. O desbordándolo, haciendo que lo que rebase de los catorce versos sea, precisamente, lo que lo dé sentido completamente sin tocarlo. Cervantes, como en casi todos los géneros que tocó, tiró de parodia y amplió el género soneto con el estrambote. No fue el primero en hacerlo, pero sí fue el mejor:

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla


    «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza


y que diera un doblón por describilla!;


porque, ¿a quién no suspende y maravilla


esta máquina insigne, esta braveza?


    ¡Por Jesucristo vivo, cada pieza  5

vale más que un millón, y que es mancilla


que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,


Roma triunfante en ánimo y riqueza!


    ¡Apostaré que la ánima del muerto,


por gozar este sitio, hoy ha dejado  10

el cielo, de que goza eternamente!»


    Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto


lo que dice voacé, seor soldado,


y quien dijere lo contrario miente!»


    Y luego encontinente  15

caló el chapeo, requirió la espada,


miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.


Cuando el lector pensaba que el soneto moría en el verso catorce, Cervantes cambia el ritmo y dota al poema de un nuevo final: el desborde juega con todo lo anterior e implica el gesto (voz y mímica) del que recita el poema, advirtiéndolo al que escucha y al que declama con un prodigioso heptasílabo que es puro teatro, como tantas cosas en la obra de Cervantes (Y luego encontinente). Le ha cambiado el ritmo para que el poema sea más de lo que parecía: y no sólo porque en vez de 14 sean 17 los versos. Prodigioso sobre todo porque parece fácil. Lo parece.

domingo, 16 de enero de 2011

De Garcilaso de la Vega al rap: la poesía es ritmo.


Toda poesía se basa en el ritmo: las emociones e ideas vienen después y ni siquiera son necesarias.  Un poema o nos atrapa por el ritmo o ni siquiera retenemos lo que dice. En estos tiempos hay demasiada poesía sin ritmo, qué se le va a hacer, demasiada prosa que se camufla como poema cuando el riesgo es el contrario.

Garcilaso de la Vega echó por el suelo toda la poesía anterior cuando consiguió para el español la naturalidad del endecasílabo a la manera italiana: Garcilaso y Boscán, en realidad, no debería olvidarse nunca a su compañero porque sin él no hubiera sido posible ni el aliento en los malos tiempos ni la complicidad del juego entre dos jóvenes que amaban la poesía por encima de todo. Y ni siquiera hubiera sido posible leer la obra de Garcilaso tan pronto en letra de imprenta. Aquel opúsculo que preparó con mimo Boscán y editó su viuda fue el paso necesario para convertirlo en el primer clásico de la lengua española.

¡Qué lugar el Generalife de Granada para pasear juntos con Andrea Navagero, el embajador veneciano! En 1526, ambos amigos se encontraban insatisfechos con la poesía del momento: se les quedaba pequeña y el ritmo en el que venía les aburría, ya no era el suyo y lo que les dijo Navagero cayó en terreno abonado. Y fue sobre todo Garcilaso quien hizo endecasílabos con acento en sexta como si siempre se hubiera versificado así en español. Ni siquiera lo había conseguido el Marqués de Santillana. Por mucho que le tildaran de traidor a la cultura castellana y le acusaran de extranjerizante, el futuro había comenzado. Es curioso que ahora muchos crean que este tipo de poesía existe en español desde siempre. No, los ritmos no se naturalizan hasta que alguien lo logra. Y es Garcilaso el que consigue que el endecasílabo italiano encaje en el ritmo del español.

Insisten, los que dicen que saben, que un endecasílabo son once sílabas: dicho así, sólo es un 10% de la explicación, la parte fácil. El endecasílabo es ritmo, un ritmo diferente a todo lo que existía en la poesía castellana de aquellos tiempos, una disposición de acentos (¡qué descubrimiento ponerlo en sexta y romper el verso en dos para jugar todas las posibilidades de la bimembración!) y un ritmo para desarrollar una idea: es una melodía en la que poner luego palabras de tal manera que parezcan que siempre han estado allí. Y el endecasílabo nació para ser unido -gracias al encabalgamiento- a la forma pequeña que lleva dentro: el heptasílabo.

Toda forma poética tiene su ritmo propio y así lo trasmiten los mejores ejemplos: los cantares épicos eran pura gestualidad; el romance nos lleva como la corriente de un río, aunque nos resistamos; la poesía cortesana da vueltas sobre sí misma, en espiral, por lo que exige un giro más para hacer algo nuevo; la poesía a la italiana que introdujo Garcilaso sirve para la idea y para el amor, sin retóricas jugando a una melodía inteligente que lo mismo nos lleva a la emoción que al intelecto; la poesía experimental se descoyunta permitiendo la cacofonía rítmica como parte esencial; la poesía visual tiene ritmo plástico y espacial; el verso libre busca un ritmo de ideas, sintáctico o que impacte el ojo que mira.

Por eso, de los que han naturalizado el rap en español a Garcilaso no hay tanta distancia: buscar ritmos nuevos para expresar de forma nueva, dominar la lengua para hacerla entrar en algo en donde en principio no parecería cómoda. Y el primero que consigue hacerlo con naturalidad nos parece dotado para hacer fácil lo difícil. Por eso mismo son tan pocos en la historia de la poesía los que merecen ser recordados.