El pasado 17 de diciembre, el príncipe de Asturias presentó la nueva Ortografía de la lengua española en la sede de la Real Academia Española. Aparte de las anécdotas del acto y de las novedades de esta Ortografía con respecto a su predecesora de 1999 (que no son tantas), me ha llamado la atención que una parte de los medios de comunicación españoles hayan optado por tratar el asunto con el mismo sensacionalismo con el que abordan muchas de las cuestiones de la información política y las noticias del corazón. Hay medios que han llegado a fabricar titulares directamente falsos que sólo pueden deberse a que el redactor ni se ha leído la nueva ortografía ni ha consultado el diccionario en línea de la RAE ni se ha tomado la molestia de atender a lo que dice el mismo cuerpo de la noticia para la que decide el titular.
La ortografía es un conjunto de normas que siempre ha sido y será polémico. Si se fija sin respertar los cambios que el uso introduce con el tiempo de forma general, nadie lo respetará. Si se introducen modificaciones que no son generales y que tan solo responden a las modas o al predominio de unos hablantes sobre otros, quedará desprestigiado. Por eso, las normas ortográficas deben modificarse con tiento y a su tiempo.
Desde hace décadas, la Real Academia Española decidió, con gran acierto, que la lengua española no le pertenecía a España o a Castilla por el mero hecho de ser su lugar de nacimiento y abandonó el celo centralista y con gotas de soberbia por el cual se había regido hasta ese momento: porque vio el futuro, porque se preocupó por el idioma y porque otra opción hubiera significado que nadie le hiciera caso. Todavía hoy, en algunas de las charlas que doy, me encuentro con personas que piensan que los castellanos somos no sólo los propietarios sino también los tiranos del idioma: de ahí, por ejemplo, la absurda polémica sobre el origen del castellano que, curiosamente, une tanto a los que, desde una perspectiva en exceso localista, son tan divergentes en ideologías. Como si una lengua entendiera de los límites fronterizos establecidos tantos siglos después de que apareciera. Me preocupa mucho el nacionalismo aplicado a las lenguas y me preocupa más en aquellos que critican el nacionalismo lingüístico de los otros.
La nueva ortografía nace de dos realidades actuales: por una parte, el reconocimiento del panhispanismo, de que es la comunidad de los hablantes del español la que construye esa lengua y decide los usos mayoritarios; por otra, el presente de las herramientas informáticas.
Decidir anclarse en el estado anterior significa, por un lado, provocar el distanciamiento de las zonas en las que se habla español entre sí; por otro, dificultar la presencia del español en Internet y en la tecnología más actual, con las implicaciones que esto tiene.
De todas las formas, léase primero la Ortografía antes de decir cosas que no están en ella. Y si los académicos se han equivocado en sus decisiones, el uso mayoritario les corregirá, como ha pasado en tantas ocasiones. Así, por ejemplo, Nebrija, tanto en su Gramática castellana (la primera escrita para una lengua moderna) como en sus Reglas de ortografía de la lengua española eligió opciones que ya en su tiempo no eran mayoritarias puesto que le pesaba mucho en su interpretación filológica tanto la herencia latina como el uso cortesano toledano y acabaron arrumbadas por el tiempo.
Por mi parte, sólo puedo alabar la intención y resultado de este trabajo académico.