Eduardo Dato sabía que se la jugaba. Aquello, para él, era una guerra en la que el Estado debía usar todos los medios a su alcance. Le habían pedido mano dura y como Presidente del Consejo de ministros, mano dura daba. A su edad y con los años de dedicación a la política que tenía a su espalda no admitía según qué consejos. Por todos los lados aparecían grupos anarquistas que querían arrasarlo todo y no se podía consentir. Aquello era ya una guerra y como en una guerra debía actuarse. Hacía tiempo que no podía hablar con la mitad de sus amigos, que le afeaban su deriva. ¡Su deriva! Si él siempre había pensado así y las medidas que tomaba ahora solo eran fruto de la necesidad: dos más dos, como en las matemáticas. Como cuando forzó la neutralidad de España en la Gran Guerra y salió tan bien que el país creció económicamente como nunca o cuando tuvo que dar cierta autonomía a los catalanes para que el sentido común de la burguesía urbana de aquella región frenara los pájaros en la cabeza que tenían algunos románticos que querían una nación catalana libre inventándose la historia. A él le iban a dar lecciones de gobernar bajo la mesa. O ahora, con la ley de fugas. Aquel amigo suyo, catedrático y experto en Derecho procesal le había dicho que pasaría a la historia por minar el sistema liberal y dar alas a sus enemigos, que se verían más justificados que nunca. No pudo más que gritarle, qué le tenía que decir a él y más en la tertulia del café de los jueves, donde siempre hablaban de mujeres y de toros. Qué sabría él de los problemas que tiene un Presidente del Gobierno, de lo que tiene que despachar cada día, de la presión de los grupos de empresarios catalanes que veían cómo aquellos libertarios destruían sus bienes y atentaban casi todos los días contra ellos y le amenazaban con pedir más nación propia y sacar más hombres armados a la calle pagados por sus empresas si el Estado no podía frenarlos. No, no eran tiempos de hablar ni de templar gaitas. Mano dura, mano dura. Ya se cansarían cuando vieran que el Estado competía con ellos a su altura, que cualquiera de ellos podría morir sin juicio a manos de un honesto funcionario de los cuerpos de seguridad o una pareja de guardias civiles. ¿Que habría algún exceso? En las guerras siempre hay víctimas inocentes y si caía algún robagallinas, como le criticaba aquel otro amigo suyo, el filósofo extravagante, qué se le iba a hacer. Gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones. Aquel día, 8 de marzo de 1921, tenía ya suficientes preocupaciones en la cabeza. Ya le había dicho a Maura que quería verlo al día siguiente, que la cosa se estaba poniendo muy fea y que a ver si al mallorquín le quedaba algo de fuelle. Por hoy era bastante, ya había tenido que aguantar a aquel grupo de viejos senadores que parecían cloquear como gallinas y quería llegar lo antes posible a casa. No se preocupó porque su Marmon modelo 34 redujera la velocidad en la Plaza de la Independencia hasta casi frenar, su conductor sabía lo que hacía y el coche era de los mejores del parque de Automovilismo Rápido Militar. No se preocupó hasta que vio el extraño movimiento de los tres jóvenes que ocupaban la motocicleta con sidecar que se puso a su altura, una Indian de color gris, qué máquina más elegante.
