
Los domingos están hechos de una materia gelatinosa que hoy se me antoja en disolución de un verde raro. No sabe uno por qué, pero siempre acaban escurriéndose de las manos dejándonos el vago recuerdo de un tacto extraño que me acompaña desde que me levanté por la mañana, cansado de una noche sin sentido. Hasta hace un par de horas, que había quedado con un amigo, no había hablado con nadie. Pero, de la soledad y el silencio espeso de la casa vinieron a sacarme tres cosas.
La primera, el CD que continúa la maravilla de
Lágrimas negras:
Dos lágrimas de
Diego el Cigala, que venía con la prensa y que a uno le afirma en que hay una gran diferencia entre algunos músicos y aquellos otros, como El Cigala, que te hacen sentir la música, a pesar de que, en esta ocasión, se echa en falta a
Bebo Valdés y algunos de la anterior banda, lo que, sin duda, afectará a los directos. No sorprende tanto como el anterior, pero llena días interiores como éste.

La segunda, el final de la relectura de un asombro:
La marca de Creta, el volumen de narraciones breves de
Óscar Esquivias publicado hace unas semanas. Algunos de estos textos ya los conocía porque se habían publicado con anterioridad en varias revistas literarias. El libro reúne dieciséis cuentos que tienen varios puntos en común.
El primero, es la localización, entre la ciudad de Burgos y unos pueblos cercanos,
alguno de ellos también significativo en La Acequia. Siempre me ha llamado la atención cómo Esquivias crea ambientes a partir de lugares existentes y reconocibles, dotándolos de una fuerza anímica que complementa la temática de la narración y la caracterización de sus personajes.
El segundo, la cotidianidad. Todos ellos parten de circunstancias del día a día que el lector puede reconocer en su propia biografía, lo que contribuye a la sensación de proximidad de las narraciones.
El tercero, la brillante creación de unos personajes peculiares, a medio camino entre la normalidad y la patología emocional (la dificultad en las relaciones, los problemas para la comunicación de los sentimientos son algunas de sus claves), a los que les pasan las cosas como si se les impusieran -quizá es una forma se sentir la vida- y ellos sólo pudieran observarlas y sobrevivirlas.
El cuarto, y más importante, el relato de emociones desde la primera persona: Esquivias es uno de los mejores narradores actuales precisamente por eso, por la sabia condensación en el relato de la vivencia personal de las circunstancias diarias en una voz tan próxima que podría ser la nuestra.
Los argumentos de estos cuentos nos hablan de relatos de aprendizaje (emocional, sentimental, vital), de experiencias traumáticas o de la más exacta cotidianeidad, de vidas en inicio o retirada de su propia biografía, de amarguras y felicidades sin estridencias, de la aceptación de que la vida está ahí. Ha de apreciarse, además, la construcción narrativa, engarzada a partir de algunos de los mejores inicios o finales de historia que he podido leer en los últimos años. Finales como el del cuento
Miedo que son, en sí mismos, no sólo la condensación de toda la historia narrada sino la apertura de otra que no se nos da porque debemos construirla nosotros como lectores:
Sé que todo está en mi cabeza, que toda esta angustia no es más que ansiedad que me brota en el pecho, como un manantial. Estoy empapado de sudor. Natalia duerme. Comienzo a tiritar. Tengo miedo.Inicios que, por su extravagancia, invitan a la lectura, como en
El origen de las especies:
El problema no eran las hormigas, el problema éramos nosotrasO el de
Hijos de Dios, en el que, en dos frases, está toda la narración posterior:
Ayer cumplí diecinueve años. Hace tres que abandoné el pueblo.El cuento que cierra el volumen, y que da título al libro, parte de una idea que pesa en balanza la vida, una costumbre romana según la cual debemos señalar los días felices con una piedra blanca (
la marca de Creta) y construye una narración en la que se condensa todo lo que hemos dicho. No creo que haya mejor forma de llenar una tarde de domingo que leer este volumen de Esquivias.

La tercera de las cosas que me han salvado ha sido el visionado del corto de Víctor Alonso y David Tordable,
Las raíces de la utopía. Tomé un café con Víctor el viernes por la noche, en el
Café España. Como dije
aquí, no pude ir a su estreno, pero quería hablar con él para comentar el proyecto y que me pasara una copia. Víctor es un hombre joven que sabe lo que quiere, que ama sus proyectos y que, sin duda, tendrá éxito, a pesar de que estas tierras no son fáciles para los que, como él, quieren hacerse un nombre en el cine.
Tenía ganas de comprobar la evolución que han tenido desde
Ammit y no me han defraudado. No sólo es una evolución en calidad (el salto es considerable), sino todo lo que ya se compacta como una realidad constatable, en especial, la apuesta por un tipo de cine diferente al que se produce mayoritariamente en España.
El pensamiento de su película parte de una pregunta que evidencia ya su mirada sobre este mundo:
¿qué ocurre cuando el ser humano se convierte en un producto más? A partir de ahí construyen una historia de ciencia ficción que se ambienta en un futuro tremendamente reconocible como presente.
La dirección, el montaje y la producción del corto confirman que estos dos directores tienen ya madurez para proyectos ambiciosos. La música y los créditos iniciales (que pueden verse
aquí) realzan el conjunto.
Me ha gustado la sobriedad con la que está contada la historia, cómo se detiene en hechos cotidianos: hubiera sido una tentación lógica -pero fácil- acumular circunstancias dado los escasos quince minutos de duración, pero Alonso y Tordable no caen en ella y eso revela talento. A veces, incluso, podría pensarse que se peca por defecto y el espectador debe reconstruir parte de la historia, pero esto entra en la apuesta de los directores por un tipo de obra que no es cómoda para el que espera que se lo den todo hecho y lo alabo. Quizá, por señalar un defecto, hay algún fallo en el guión posiblemente debido a esta economía narrativa que no voy a comentar ahora por no desvelar el argumento. Los actores están bien dirigidos y su trabajo encaja con la sobriedad del tono general de la película. Me ha gustado mucho la ironía que se traduce tras la elección del edificio en la que se supone sede de la Synergyc Corporation -las Cortes de Castilla y León-. Esto no lo he hablado con Víctor, así que quizá sea que yo soy un mal pensado. Estos dos jóvenes seguirán dando que hablar. Seguro.