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viernes, 18 de septiembre de 2015

La SEMINCI cumple 60 años: Una historia de cine (1956-2015)


La Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) cumple 60 años. La primera edición se inauguró el 20 de marzo de 1956 como Semana de Cine Religioso con la intención de promover la moralidad católica en el cine vinculándola a la promoción de la Semana Santa vallisoletana. Eran otros tiempos, claro. La dictadura franquista no dejaba margen para hacer otras cosas. Sin embargo, pronto se derivó hacia otros derroteros. El éxito de la Semana, su crecimiento y la necesidad de abrir una pequeña rendija para que se mostraran otras inquietudes, hizo que el festival se convirtiera en un foro de debate muy activo sobre el cine desde el punto de vista no solo técnico sino también ideológico. La atención que desde el primer momento tuvo hacia el cine de autor menos comercial y la incorporación a las actividades de un grupo de personas que mostraban disensiones con el régimen franquista y la presión de un público formado y ávido de novedades, provocó que comenzaran a exhibirse películas que la censura impedía pasar en las salas comerciales y a formarse debates que ampliaban el espectro de la intención inicial según se había formulado. Era un momento, además, en el que el régimen de Franco necesitaba homologarse en algo a las democracias occidentales que comenzaban a sustentarlo, reconocerlo y amparar su entrada en la ONU.

Durante toda mi vida, la celebración en Valladolid de la SEMINCI suponía un acontecimiento. Buena parte de las películas que se mostraban en el festival y que ganaban los principales premios se convertían en films que había que ver durante la temporada. Todavía hoy sucede. El festival ha crecido, ha cedido una parte de su seriedad inicial para aceptar un cierto glamour que no contradiga sus principios básicos de buscar el cine de autor, cuenta con secciones tan interesantes como la oficial.

Con este motivo, se celebra esta exposición (Una historia de cine. 1956-2015, en la Sala Municipal de Exposiciones del Museo de Pasión de Valladolid, hasta el 1 de noviembre), que no quiere ser exhaustiva ni pretende otra cosa que celebrar con los visitantes algunos de los momentos más importantes del festival. Solo repasar la historia de la cartelería de la SEMINCI es ya un recorrido por el diseño contemporáneo (magnífico el cartel de Manuel Sierra para la edición de 1984 que se convirtió en el logo del festival y que en la exposición se ha trasformado -en un guiño entre Dalí y Warhol- en un sofá para que todo el que desee se fotografíe). Pasear por el panel de carteles de películas o ver las excelentes fotografías de Pedro Usabiaga o Luis Laforga en las que se retrata a los grandes personajes de la historia del cine contemporáneo, una delicia.

Yo, que estoy tocado por la enfermedad del cine, no puedo más que disfrutar con esta exposición e invitar a todos los interesados a visitarla.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Cuarenta años de la Librería Sandoval


Hace cuarenta años se fundó la Librería Sandoval, una de las más importantes de Valladolid y quizá la única que tenga un fondo verdaderamente interesante en esa ciudad y no solo un mostrador de novedades condicionado por las grandes editoriales y distribuidoras. Con ese motivo, hoy viernes se ha presentado en su local El paso de los días, carpeta del artista leonés afincado en Valladolid Manuel Sierra. No es casualidad que Sierra, tras el servicio militar y su estancia en la cárcel debida a sus actividades políticas en la lucha conra el franquismo, encontrara su primer trabajo en Sandoval. Valladolid debe mucho más de lo que pueda parecer a Amparo y Miguel, que la han llevado con tanta entrega en estas cuatro décadas.


Además, hoy se celebra, en España, el Día de las librerías, con actividades diversas y un horario de apertura más amplio que el normal.

En las estanterías de Sandoval pueden encontrarse ejemplares de hace años que Miguel no retira aunque tarde en venderlos. Y libros que siempre procura tener aunque no sean novedades ni figuren en las páginas de los suplementos de la prensa. Poco después de su inauguración, entró esta librería en mi vida. Ya lo he contado muchas veces. Yo era un adolescente. Mi padre, por motivos de trabajo, tenía que parar todos los días laborales cerca del primer local de Sandoval, en la Plaza de Santa Cruz. Y de vez en cuando, quitándose del escaso dinero que mi madre le asignaba para sus gastos semanales, me traía un libro que le había llamado la atención o que Miguel le había recomendado.Y, sobre todo, me hablaba de aquella librería y de su librero.

En Sandoval entré por primera vez cuando tenía diecisiete años. Desde el primer momento me di cuenta de varias cosas: de que me gustaba cómo olía a libro, de la música clásica que siempre ha tenido de fondo y, sobre todo, de la conversación que podía mantenerse con Miguel y con muchos de los clientes que alli estaban. Sandoval no es una librería en la que estar unos minutos, sino una librería para quedarse un buen rato. Me ha ocurrido ir con prisas para recoger un encargo y quedarme un par de horas hablando con él y enganchando conversación con otros clientes que entraban. Y todavía conservo los primeros libros que compré allí: ejemplares de la elogiable colección de Libro de Bolsillo de Alianza Editorial.

Cuando trasladó el negocio principal a la actual sede, en la Plaza del Salvador, lo seguí. El local de esta recoleta plaza vallisoletana es señorial y acogedor. Predomina la madera de sus grandes estanterías y las fotografías de autores célebres. Es una librería eficaz y cómoda, siempre regida por Miguel, que ha decidido que su vida son eso, los libros en papel y una línea como librero en la que no entran todos los libros que se empeñan en vender las grandes editoriales. Especializada en el campo de las humanidades, con un amplio sector dedicado a la literatura y a la filología pero con hueco amplio para la historia, el arte y el pensamiento.

En los tiempos que corren no puede asegurarse el futuro que les espera a las librerías tradicionales, pero sí sé que mientras Sandoval tenga abierta sus puertas yo seré su cliente. De los cincuenta años de mi vida, casi cuarenta se relacionan con Sandoval. El año pasado presenté allí Esguevas. En estos momentos tan extraños para la cultura -precisamente por eso más necesaria que nunca- y, en especial, para el libro en papel, puedo confesar que me ha emocionado el acto que se ha celebrado hoy y que he pensado mucho en mi padre y cómo le hubiera gustado estar hoy sentado entre el numeroso público que ha acudido.

sábado, 9 de junio de 2012

La alegría de la República, mural de Manuel Sierra, y la multa a su autor por el Ayuntamiento de Valladolid


Manuel Sierra diseñó el mural La alegría de la república y realizó la obra de forma colectiva junto a otros vecinos de la ciudad de Valladolid en las tapias de unas instalaciones correspondientes a la Universidad de Valladolid. El mural está dedicado a homenajear la memoria de los enseñantes republicanos represaliados por el franquismo tanto durante la Guerra civil española como en el período de la Dictadura. Según parece, aunque la obra estaba anunciada dentro de las actividades de una jornadas organizadas por la Universidad y, por lo tanto, contaban con la aquiescencia de las autoridades académicas, nadie pidió el permiso correspondiente al Ayuntamiento de la ciudad. Denunciado por un vecino, el mural fue borrado parcialmente por el Servicio municipal de limpieza y vuelto a pintar por el autor y sus colaboradores en una acción decidida con una rapidez inusitada y poco meditada por parte de la alcaldía. A los pocos días, el mural fue atacado con tachaduras y frases de corte fascista. La corporación municipal, gobernada por el Partido Popular, ha querido, desde el primer momento, tratar la obra de Sierra como si fuera una más de las muchas pintadas de todo tipo que ensucian la ciudad. A las pocas semanas y con un celo envidiable, ha multado con 750 euros al artista por firmar su obra.

Ayer tuvo lugar, frente al mural, una concentración de apoyo a Manuel Sierra a la que no pude acudir por circunstancias familiares. Traigo el caso aquí para denunciar, en primer lugar, la intransigencia del gobierno municipal ante una obra que enriquecía la calle de Juan Mambrilla y que tenía, como todo lo que se realiza en un muro urbano, carácter transitorio; en segundo lugar, el ataque a una obra artística de este tipo; en tercer lugar, el empeño que tienen muchos en que el silencio siga sepultando la historia. Ahora, el mural está tal y como os lo muestro en las fotografías: una obra herida que demuestra la falta de prudencia en la toma de algunas medidas aunque estas sean amparadas por la legalidad y la brutalidad de quienes no consienten que otros tengan memoria histórica.