A Javier Garcìa Riobó y Luis Felipe Comendador.
No me preguntéis por qué me ha salido un cuento de terror
tan directo e inusual en lo que escribo,
pero he pensado que las otras historias ya las habíais contado
con vuestras fotos de nuestra excursión por Béjar.
Además, me apetecía, en esta soleada tarde de domingo otoñal,
en la que las nieblas de los últimos días se han disipado,
jugar con este género, como si narrara una historia ante el fuego
de la chimenea, con una copa de ron, sabiamente envejecido, en la mano.
He marcado los árboles de mi camino con rasgos que sólo yo conozco. Sé que se perderán conmigo pero hay secretos que no deberían nunca acumularse en la sabiduría de ninguna especie.
Desde el monte vigilo a los habitantes de la ciudad y el valle como si me pertenecieran, presas fáciles a las que desgarrar los miembros cuando llega la ansiedad del hambre. Cuando bajo entre ellos, camino con sosiego y los sonrío, miro sus ojos débiles y las ataduras que los ligan a cosas insignificantes.
Algunos de ellos pensarían de mí, si me conocieran, que soy un asesino, pero me veo a mí mismo como un liberador.
En el café rasguño las servilletas con imágenes delirantes que escondo en mis bolsillos cuando alguien se acerca a ofrecerme su amabilidad o su consejo, que acepto mansamente, como el amor que me ofrecen algunas mujeres. ¿Qué les atrae de mí si aparento ser un individuo gris y tan común que podrían repetirse mi rostro y mis gestos en mil otros?
Esta tarde se me acercó una de ellas, a la que conocía desde hacía tiempo. En estas pequeñas ciudades todos resultamos conocidos y nuestros círculos tienen apenas sorpresas. Ella era una más, como otras y otros hubo antes: ellas siempre eran las mismas; ellos, en cambio, solían adoptar formas que fingían ser únicas pero también repetían patrones. No me acuerdo de los nombres. Las identidades con las que se nombran para saberse miembros de familias y clanes no me interesan.
Todo comenzó como siempre. Un paseo fatigoso, monte arriba, hacia la soledad de estos lugares. El primer fugaz abrazo, su mirada falsa de ingenuidad, la reticencia al beso. Para luego llegar a la entrega anhelante del más sencillo deseo, sobre una prenda extendida vulgarmente en el musgo, que crece sobre las piedras como la forma viva más exacta de estas tierras. Cómo me cansa dejarme utilizar para la satisfacción más estéril.