Suele ocurrir que el fallecimiento de una gran personalidad política a cuya vida pública hemos asistido porque ha coincidido en parte con la nuestra nos enfrenta con un autorretrato de paisaje y época. Además de las valoraciones históricas sobre Adolfo Suárez que el tiempo reposará en su justa medida cuando dejemos de apasionarnos o de comparar con la altura de nuestros políticos actuales, su muerte nos enfrenta con nosotros mismos: ¿dónde estuvimos en aquellos días?, ¿qué opinábamos de él?, ¿fuimos de los que le dejamos solos en sus momentos peores como muchos de los que ahora le ensalzan?, ¿nuestra valoración actual es sincera?, ¿hemos llegado cuarenta años tarde para reconocerle su mérito y ahora nos excedemos para compensar lo que hicimos o dijimos o no hicimos ni dijimos? Y este autorretrato, ¿nos sirve de lección presente para actuar hoy y no esperar otros cuarenta años y volver a llegar tarde?
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