¿Sé que nunca tendré una higuera? La lija agria de las ramas tiñe de verde la tristeza. La higuera, arrimada a la tapia, tenderá cada año su espesor sobre la tierra. ¿Nunca tendré una higuera? Bajo el foco cruel de luz, giro ahora de azul estos higos mercenarios. Cuello de dama: caricia, mordisco, beso. Sobre fondo amarillo pálido de desesperanza.
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viernes, 5 de octubre de 2007
miércoles, 30 de mayo de 2007
Nuevo concepto del mañana.
Desde el último cambio de hora, además de dormir peor de lo habitual y buscar los minutos perdidos, recibo misteriosos correos en mi dirección electrónica que el programa no archiva en las casillas correspondientes ("Hoy", "Ayer", "Lunes", "La semana pasada", etc.) sino en una extraña y novedosa titulada "Mañana". Como sucede a partir de las once de la noche, supongo que vienen generados desde listas de correo que no han actualizado su reloj al horario de verano. Ocurre que puedo recibir a la vez un mensaje que se archiva en "Hoy" y otro que se clasifica en "Mañana". O que el de "Mañana" llegue antes que el de "Hoy".
Recuerdo mi estupor la primera vez que constaté este hecho. Además de alabar la previsión de los programadores informáticos que ya establecieron esta opción vaya usted a saber la razón, pensé qué hacer con los mensajes recibidos durante esa hora, la última del día. Como los más frecuentes corresponden a servicios de información y periódicos digitales, recordé una regularcilla serie de televisión en la que el protagonista obtenía el periódico del día siguiente y tenía unas horas para cambiar el futuro a partir del conocimiento de lo que iba a ocurrir. Si lo lograba, el periódico modificaba la portada con la nueva realidad.
La pregunta es qué puedo hacer yo con esa hora en la que un periódico me remite las noticias de "Mañana". Lo que sucede es que a esas horas reconozco que ya no estoy para nada y el traje de superhéroe lo tengo en la lavadora. Así que me quedo perplejo, delante de la pantalla, decidiendo el exacto entendimiento de ese mañana inusitado. A las doce de la noche todo se regulariza, y el presente alcanza al futuro. ¿He perdido la oportunidad de evitar un atentado, una guerra, un robo, una irregularidad urbanística? Alguien me está regalando una hora, y tengo el presentimiento de que no sé aprovecharla suficientemente.
miércoles, 27 de diciembre de 2006
La momia del hombre que fumaba marihuana
En el oasis de Turpan. al noroeste de China, se investiga una momia de hace unos 2.800 años. Lo que le hace diferente a otras encontradas en el mismo sitio es que, junto a su cuerpo, se han hallado una hojas de marihuana. Señalan las noticias de las agencias que los científicos no logran explicarse su presencia en ese lugar, puesto que el consumo de marihuana no era conocido allí. Se añade el misterio de que la momia parece presentar rasgos caucásicos.
Aparte de lo anecdótico de una momia colocada, hay una cosa que me llama la atención: la perplejidad de los científicos recogida por la prensa. El oásis de Turpan, uno de los lugares más calurosos de toda China, situado a 150 metros bajo el nivel del mar, en plena ruta de la seda, debió ser un lugar transitado por todo tipo de comerciantes, aventureros y visionarios. Hoy pensamos que los viajes los hemos inventado en la modernidad cuando lo que hacemos nosotros no es viajar, sino trasladarnos cómodamente. Aunque la mayor parte de los habitantes de este planeta no se moverían nunca de su barrio -o de su cueva- si no tuvieran que comer, siempre hay una pequeña proporción de seres humanos que quiere saber qué hay más allá de la siguiente colina. Estos son los que han cartografiado nuestro planeta con las cicatrices de su cuerpo.
El hombre momificado de Turpan tenía unos cuarenta años y procedía de lejos. Quizá buscaba abrir nuevas rutas comerciales o quizá se había lanzado a la aventura de vivir queriendo descubrir el límite del mundo y para ello cargó con una pequeña bolsa de hojas de aquella planta. Consiguió ser reconocido por alguna razón, porque le embalsamaron.
Aquí sí hay una novela.
lunes, 20 de noviembre de 2006
Victimismo
- El que practica el victimismo hasta que esta tendencia se convierte en el sustento de su vida acaba convirtiéndolo en una forma de agresividad que daña sobre todo a los más cercanos. Estos, desorientados, no saben cuál es la causa de su malestar, puesto que, inicialmente, nunca se culpa a alguien que sufre. Huye de todo aquel que construya su esencia en torno a esta condición, porque no es una víctima más que de sí mismo que te puede arrastrar a una espiral de amargura puesto que se aprovechará de tu amor o de tu amistad como un parásito. Si aun así debes cuidarlo por obligación o cariño, no dudes en taparte los oídos como Ulises, porque su fúnebre canto te arrojará contra las rocas y te hará naufragar. Te lo dice quien ha sufrido muy de cerca a una persona así y que ha estado a punto de destruirle cargándole de culpabilidad, tristeza y frustraciones que llegó a creer suyas.
Aquel hombre demacrado me miró con alegría. Comenzaba a vivir.
martes, 14 de noviembre de 2006
Soberbia
La soberbia es la hermana brava de la envidia y prima directa de la vanidad. El soberbio piensa que nada hay que pueda hacerle sombra. Hay soberbios con obra y soberbios sin obra. Aquellos no serán modelo de nada, pero al menos no presumen sin aval. Algunos creen tener obra, pero es mentira. Existe, además, un tipo más despreciable de soberbio que se humilla en apariencia delante del poderoso: es servil con el fuerte y altivo con el débil, contra la fórmula tradicional. Yo conozco algunos que, como dijo un añorado profesor mío, tiran abajo la escalera por donde subieron, para que nadie siga sus pasos y porque desprecian a quien les ayudara a alcanzar el lugar ansiado puesto que sólo lo consideran un instrumento para hacer valer su mérito. Su justo castigo viene dado cuando otros hacen lo mismo con ellos, cosa que pasa cada día. El soberbio, como no concibe que nadie pueda ser mejor que él, no es leal ni cree en la amistad. Lo mejor que le puede pasar es morirse después de un buen éxito o en pleno esplendor de su plumaje. No hay nada más patético que un soberbio viejo: acaba solo y despreciado. Es como un Don Juan achacoso y arrumbado por el paso del tiempo. «Recuerda que eres mortal», les decían a los generales invictos que entraban en Roma. ¡Cómo les debía molestar esa frase a los soberbios! Ahora bien, peor lo lleva el soberbio cuando no le reconocen lo que él cree sus grandes logros o cuando desaparecen los aduladores de ocasión: piensa que todo el mundo está contra él. Bías contra Fortuna lo escribió un soberbio -el marqués de Santillana- contra otro soberbio -don Álvaro de Luna- al que quiso humillar ante la posteridad haciéndole, como personaje literario, pedir perdón de sus pecados antes de morir. Entre soberbios es costumbre este pago. Allá se anden ellos por esos caminos. Al final, todos acabamos en la misma tierra.
viernes, 20 de octubre de 2006
Deslealtad
La condición de los desleales es la traición. Suelen trabajar junto a otras personas de las que se fingen buenos compañeros o incluso amigos. Las personas de buena fe les suelen dar varias oportunidades, negándose a aceptar las evidencias que delatan sus actos. Y ellos, en vez de aceptar la mano tendida, vuelven a cometer una nueva agresión. Conozco algunos de estos personajes. Probablemente en muchos de ellos su condición deriva en patología. Y, para justificarse, piensan que todos son iguales. Piensa el ladrón que todos son de su condición, dice el refrán popular. No me duelen los desleales profesionales, esos canallas que toman la traición como su forma habitual de comportamiento. Suelen ser siervos del poder porque quieren ser parte de ese poder y llegar a repartir prebendas, puestos de trabajo o migajas de su botín. Pronto consiguen una corte de acólitos que juegan a ser leales a la deslealtad, rompen con todo y matan al padre en cuanto pueden para acceder directamente ellos a la fuente de riqueza. Algunos de estos desleales de profesión son toscos, otros practican la estocada florentina. Suelen matarse entre sí o, si el enemigo es muy poderoso, se alían con él hasta que encuentran su debilidad. En mi vida profesional he visto demasiados casos de estos, algunos hasta parecen inmortales. Duelen más los desleales de baja estofa, esos que por un cuarto de hora de éxito traicionan una amistad de años. Piensan que los demás no se dan cuenta, pero cuando es evidente su mal acto ya es inevitable la ruptura de la cariñosa confianza que se había depositado en ellos. Últimamente he tenido conocimiento de un caso de estos, una persona que por escribir un artículo ha entrado a saco en un tema que trabajaban unos compañeros suyos, que habían cometido la enorme imprudencia de confiar en su amistad y comentar las líneas más importantes de ese tema, prestarle las fuentes de información y dar las suficientes pistas para completar un puñado de páginas antes de que ellos terminaran su trabajo. El desleal es prudente y suspicaz, y hasta que no ha consumado la traición ha guardado reserva absoluta. La deslealtad es mala cosa, pero abunda tanto en estos tiempos que ya pienso que viene a ser la categoría positiva para la sociedad, mientras que su raíz, la lealtad, es especie a extinguir. A veces dan ganas de borrarse.
jueves, 19 de octubre de 2006
La pareja en el portal
Hoy no estaban. Desde hace unos días, cuando salgo de casa a las siete menos cuarto de la mañana, me encuentro con una pareja de jóvenes despidiéndose en el portal. Se afanan por aparentar normalidad cuando me oyen llegar, pero en la viveza de los ojos y el sonrosado de las mejillas de ella (vecina de mi edificio) se nota que acaban de romper su apasionado abrazo. El primer día se sorprendieron, el segundo me sonrieron, el tercero ya me esperaban y apuntaron un tímido saludo antes de que yo les diera los buenos días. No sé si en otros países los jóvenes se despiden en los portales como en España, después de una noche juntos en los lugares de moda. Aquí se hace desde siempre. El tópico habla de rejas, de zaguanes en penumbra y, después, de portales en los que se deja apagar la luz eléctrica. ¿Cuántas veces se pulsa el interruptor hasta que se deja la escena a oscuras? Ese número de veces indica la pasión, la intimidad o el grado que alcanza el enfado momentáneo. También la alegría de la reconciliación. A los jóvenes enamorados siempre les ha gustado pelar la pava de noche y dejar que llegue el alba sin darse cuenta de la hora, un momento en el que se encuentran los trasnochadores con los que madrugan para acudir al trabajo. En gran medida, el tránsito a la madurez nos viene dado por el grupo en el que nos hallamos de esos dos. Algunos de los mejores o peores momentos que todos los que tenemos cierta edad recordamos se encuentran ligados a esos portales de nuestra juventud. Creía que ya no se daba esta circunstancia, quizá atrapado en mis años y en la creencia de que la sociedad había cambiado. Pero me equivocaba, y no sé si alegrarme o entristecerme. Se les veía felices. Espero que su ausencia de hoy no signifique que ya no se sonreirán más con los ojos el uno al otro, cómplices de su amor.
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