A veces me asalta el recuerdo de los que ya no están. De Javier, por ejemplo, de Javier García Riobó, quiero decir. De aquellos cafés lentos en los que hablábamos de todo o más bien él me dejaba hablar, paciente, hasta que me sosegaba de ir de acá para allá y me centraba: esto, como aquí, ahora, esto, ya está, ya hemos llegado a lo que de verdad importa, sin más, esto. No aquello o allá o ayer, esto. Miro mi mano ahora: esto. Y la palma de la mano se llena de pronto de cosas ahora: el vuelo de un pájaro en este final de otoño, una rosa última en el jardín de la Casa de Zorrilla, un café en Simancas mientras atardece, el frío de esta mañana que me ha puesto bufanda. Esto: la palma vacía de la mano se enriquece con lo más próximo, con esas cosas que no veía porque estaba allá o ayer o mañana. Luego camino junto a Javier, que ya no está, pero sigue aquí, con la lentitud con la que él iba de un lado a otro fijándose en todas las cosas al paso, deteniéndolas con su mirada, la hoja del plátano caída en la acera con un marrón especial, la lona azul que cubre un contenedor y que no es azul sino azules y olas y aperturas hacia lo más profundo. Pero para eso, me dice con esa voz tan callada que ponía en las cosas importantes, debes acercarte más, para verlas. Y me acerco y veo entonces una abertura como una cuchillada, una herida abierta y es ese estar entre lo de aquí y lo de allí lo que importa y en lo que consiste la verdad de la mirada, la escritura exacta de las cosas para comprenderlas, para intentar comprenderlas al menos y esa herida está también en la palma de mi mano sobre el costurón de otras cicatrices, el sedimento de la vida.
A mi amigo Javier García Riobó le hubiera encantado el simple interés que he tenido en hacer la fotografía que he tomado esta mañana en una de las escombreras que rodean la ciudad y afean las choperas y las márgenes de los ríos. Él hubiera sabido sacar otro ángulo, otro volumen, hubiera acertado con la distancia adecuada. Y todo en un segundo, al paso, en las calles, en los contenedores o en los vertederos, como él hacía estas cosas. Simplemente, veía la fotografía antes de tomarla y con ese acto de ver creaba un nuevo significado. No, lo revelaba. A veces me doy cuenta de que dialogo con él al hacer este tipo de fotografías que ya casi nunca publico aquí, por respeto, quizá porque me falta su llamada posterior para decirme que bien, pero que más cerca o su lacónico comentario en el blog. ¿Qué podría decir aquí, geometrías azules? Parece mentira que no estés desde hace más de un año. * Hoy me salió el día melancólico. Doy por comenzado el otoño. * Las escombreras nos resumen. * ¿Cuánto ocuparían todas las cosas que he poseído en la vida si las arrojara a una escombrera? ¿Pasaría el camión del ayuntamiento a recogerlas? * Un puñadito de tierra basta para una vida. Quizá sostenerlo con la mano abierta, para que lo humedezca el rocío de la mañana o la lluvia lenta de una tarde de otoño. * Poco a poco, nada.
Tengo varias suscripciones electrónicas a la prensa que consulto en el desayuno, pero todavía pido el periódico en papel cuando tomo el café de media mañana en un bar. En estos domingos últimos, he vuelto a comprar el periódico en un quiosco y con él me he dirigido a una terraza para leerlo con calma. El periódico en papel ha cambiado. Por lógica, predominan ahora los análisis, las crónicas y los reportajes. Me encuentro bien desplegando el periódico y los suplementos en la mesa de la cafetería, como si el tiempo hubiera recuperado una dimensión más humana.
La última persona que conocí que saliera a vocear la prensa fue la Chata. Regentaba un quiosco histórico, junto al atrio de Santiago, que databa de 1915. Demetria Rodríguez, la Chata, se jubiló en 2005 y, en una entrevista que le hicieron por entonces, relataba que, cuando no se había dado bien la mañana, salía con la bicicleta a vender por las calles de los barrios. El quiosco sobrevivió poco en manos de su último propietario, se cerró y fue desmantelado, como ha ocurrido con tantos otros. Esta de la imagen es la escultura en bronce dedicada a Leoncia Gómez, obra de José Antonio Calderón, sita en la plaza de San Juan de Cáceres. La erigió el Periódico de Extremadura en 1998 en el mismo lugar en el que Leoncia solía ofrecer el periódico. En los años noventa vendían periódicos en la calle personas sin recursos económicos, ejemplares de La Farola, una cabecera sobre la que corrieron sospechas de aprovecharse de las necesidades de quienes los vendían y que había nacido para dignificar la limosna. No recuerdo en qué paró aquello. Hoy, el periódico en papel ya no se vocea, espera lánguido a los compradores ocasionales en los mostradores de los escasos quioscos de prensa que hay en la ciudad. En contra de los que se alegran de su declive, soy de los que piensan que ahora, más que nunca, necesitamos buenos periódicos, buenos periodistas. Lo demás es solo ruido y así andamos.
Mi amigo Javier García Riobó compró a diario, hasta los últimos días de su vida, El País. Después de leerlo, recortaba con precisión de cirujano, titulares, palabras, frases publicitarias, imágenes y bandas de color, con los que hacía sus collages artísticos. Daba una nueva vida a lo que había nacido para ser consumido y desechado en unas horas. Descubría así un mundo oculto, como si nos mostrara un secreto que estaba ahí, pero nosotros no habíamos sabido ver.
En La Rubia había dos quioscos. Uno, de cemento y tejado en pico, vendía chucherías; otro, de metal, la prensa. Eran pequeños y supongo que incómodos, atendidos durante horas y años por las mismas personas, a las que nunca me encontré fuera. Recuerdo aún cuando dejé de frecuentar el primero para comprar mis primeros tebeos en el segundo, si el ahorro de la propina de varias semanas daba lo suficiente. Un verano, junto a ellos, abrieron un quiosco de helados que era atendido por una chica de mi edad. Era morena y tenía una hermosa sonrisa. Aquel verano, claro, cambié los tebeos por cortes de crema y chocolate que ella me entregaba entre dos galletas de barquillo.
Un día, en los inicios de este blog, apareció Javier García Riobó. Su primera intervención fue escueta, pero iba directamente al punto central de lo que se trataba y, a la vez, abría el campo de forma creativa. Más tarde comprendí que en él era lo habitual. No perdía el tiempo en lo accesorio, que sabía desbrozar rápidamente. En los días siguientes, fue hacia atrás con minuciosa atención, hasta leer las entradas ya publicadas y comentar en casi todas. Siguió haciéndolo durante muchos años, mientras mantuvo abiertos sus blogs. Cuando cerró el último de ellos, seguía leyéndome, pero dejó de comentar por escrito y lo hacíamos en persona.
Después de aquellas primera semanas, no tardó en escribirme para que tomáramos un café, el primero de los muchos que vendrían después. Y ya en esa primera ocasión me regaló una tirada impresa y encuadernada de las entradas de La Acequia hasta ese momento. Para que las conservara porque, aunque era un experto en el mundo del arte digital nunca llegó a fiarse de que todo esto permaneciera en el tiempo. De una u otra manera, siempre procuraba que tras transitar por lo digital todo tuviera una huella analógica. Era una persona sosegada, lo que le hacía contrastar con mi actividad habitual, que siempre ha sido frenética. Establecimos la costumbre de vernos una vez a la semana, casi siempre en La flor de la canela de Valladolid, una de las pocas cafeterías de la ciudad en las que la televisión, la música o el ruido no se impone a la conversación.
De su mano, viajé por vez primera a Béjar ya no como turista o visitante ocasional tal y como había hecho en ocasiones anteriores. Me llevó a su tierra para que conociera personalmente a Luis Felipe Comendador primero y luego a tantos amigos de allá, finalmente a Mayca. Quizá Javier no era consciente de que Béjar me cambiaría la vida tanto, aunque voy pensando que nada de lo que hacía era por accidente.
De aquellos cafés salieron muchos proyectos, algunos realizados y otros esbozados, uno de ellos pendiente de realización y que terminaré en los próximos meses. Su influencia en mi mirada fotográfica es notable. Javier fue un gran artista visual. He hablado tantas veces de su obra, que no quiero repetirme, sino invitar a leer las entradas que se corresponden con su etiqueta en este espacio. Estuvo muy presente en la vida artística de la ciudad en los años ochenta y primeros noventa, para retirarse luego a su mundo de estudio y experimentación, en el que era más importante el aprendizaje continuo y la concepción de una obra que su realización material final, que solo llevaba a cabo en contadas ocasiones y casi siempre por insistencia de los demás. Aún así, ha expuesto con cierta frecuencia en todas las salas expositivas importantes de Valladolid y en otras ciudades, ha colaborado en proyectos cinematográficos y musicales (era un melómano excepcional). Sus últimas exposiciones han contado con textos míos en los catálogos porque, como él decía, nos conocíamos tanto que yo escribía lo que él pensaba sin necesidad de hablarlo.
Y se me ha muerto en la madrugada del sábado 3 de julio. En la tarde de ayer domingo, despedimos sus cenizas en el cementerio de Las Contiendas de Valladolid. Después de cinco años de una enfermedad que le fue minando físicamente, pero nunca en su serenidad y capacidad artística. Aún le recuerdo el pasado noviembre preparando la instalación artística Despojos en la Sala Narciso Alonso Cortés de la Casa de Zorrilla, cambiando toda la disposición inicial del espacio, pasando por debajo de las mesas, cargando con objetos, como si la ilusión por el montaje de esa exposición que condensaba todo su pensamiento artístico le hubiera dado nuevas fuerzas.
Todavía le escucho decirme más cerca y más despacio. Eran las claves de su mirada.
Punto y coma, la nueva exposición de Javier García Riobó (Béjar, 1957), se muestra en la Sala de exposiciones del Teatro Zorrilla de Valladolid hasta el próximo 14 de marzo. Los más antiguos visitantes de este espacio conocen lo que este artista significa para mí en los últimos años. Para el catálogo de la exposición escribí el texto que os copio íntegro a continuación.
Javier García Riobó: La
mirada como método
Hay personas que llegan a tu vida en el
momento adecuado. Es lo que me sucedió a mí con Javier García Riobó. Andábamos
los dos experimentando con todas las posibilidades de la web 2.0 en los
primeros tiempos de expansión de los blogs en España y, de pronto, apareció en
el mío con breves comentarios de una exactitud y concisión pasmosas. Con apenas
una frase no solo sabía sintetizar mi texto, sino que lo empujaba más allá. En
pocos días, ya había leído el contenido completo de mi bitácora virtual y me
proponía reunirnos tomando un café. Devolví sus visitas a la suya para
comprobar allí que me encontraba ante un artista con una idea precisa de su
arte, una mirada peculiar basada en la meditación profunda sobre el mundo que
nos rodea.
Finalmente
nos conocimos el 9 de noviembre de 2007, en el desaparecido Café España de
Valladolid, un lugar propicio para la charla. En contra del fingimiento que
corre por internet, Javier García Riobó era tal y como se me había presentado
virtualmente. Lo anoté en La Acequia, mi blog: “Su mirada pausada y silenciosa sobre
las cosas y el arte dicen más que las voces y gritería de muchos. Hemos
enlazado nuestros caminos, como me ha ocurrido tantas veces con este blog,
proyectado cosas y viajes, pero sobre todo amistad. Venía con un regalo que le
define como persona: un año entero de La Acequia encuadernada.
Con morosidad cariñosa había editado cada entrada del blog para
ofrecerme el resultado de su atento trabajo”. A cambio, yo le regalé una
fotografía de una vieja puerta, un tema que me obsesionaba entonces, cuando
necesité regresar a esos espacios abandonados que todos guardamos en la memoria
para encontrarme, con el convencimiento de que él pensaría, al observar la
imagen, más cerca, Pedro, más cerca. Y cuánta razón tiene Javier, que
me enseñó la distancia justa en el arte fotográfico, aquella que permite
reconocer la textura de las cosas y huir de la toma común. La poética de sus
imágenes se define precisamente por haber encontrado la distancia precisa para
mirar y comprender, para la que no es preciso filtros especiales ni cámaras
costosísimas. La realidad se trasforma en un rectángulo digital, un fragmento
en el que se encuentra toda ella, pero de otra manera. Es esta condición de
igual y diferente su trabajo artístico, que parte de algo que está ahí y que
podemos ver todos, pero solo mira así García Riobó. El artista selecciona ese
fragmento de realidad, dotándolo de independencia y ordenándolo en una sucesión
de imágenes con un ritmo peculiar. La mirada y el ritmo profundizan en su
significado, que se muestra para quien sepa comprender. Para Javier García
Riobó la fotografía artística consiste en robar ese fragmento de la realidad y
ofrecerlo a la contemplación. Se trata de un concepto del arte propio de los
filósofos que parten de lo concreto y de los científicos que trabajan con una
parcela de la vida. La metodología de la mirada artística eleva ese particular
fragmento y lo trasforma en la clave de explicación del mundo.
Desde aquel primer día,
hemos mantenido muchos encuentros. Recuerdo cómo buscábamos un lugar para
establecer nuestra tertulia semanal y descubrimos que la mayor parte de las
cafeterías han sido colonizadas por los monitores televisivos y la música alta
que impiden la conversación. A ambos nos molestaba el ruido que el uso
incorrecto de la tecnología ha introducido en nuestras vidas, destruyendo la
mayoría de los espacios de sociabilidad convirtiéndolos en lugares para el
consumo. Javier es de conversación en voz baja y sin aspavientos. Terminamos
recalando en La flor de la canela, en donde surgieron nuestras obras en
común.
Por entonces, Javier
García Riobó trabajaba sobre la imagen digital. Su punto de partida era, unas
veces, el recorte de algo que le había llamado la atención en el periódico, que
digitalizaba y convertía en otra cosa. Al indicar un fragmento del periódico del
día, se le dota de un nuevo significado. Mediante esa fragmentación, la
superposición y la variación del mismo tema, alcanza un valor metafórico que no
olvida nunca el punto de partida, que es la prensa diaria, nacida para ser
consumida en el momento y arrojada a la papelera. El proceso artístico la eleva
en su destino y nos revela un mensaje que estaba oculto inicialmente. En el
proceso, el artista nos enfrenta con todas nuestras contradicciones: lo que se
destinaba a convertirse en desecho y despojo, en olvido por la sucesión de
nuevas noticias, se convierte en algo que permanece; lo que era un bien de
consumo rápido se convierte en un objeto artístico que nos revela la falsedad
del consumismo. De nuestra extrañeza por la trasformación de lo cotidiano se
extrae el triunfo de lo artístico. La mirada del artista provoca la recepción
del espectador que se detiene lo suficiente en estos fragmentos seleccionados.
Punto y coma, la propuesta que nos
muestra Javier García Riobó en esta ocasión parte de este procedimiento.
Seleccionadas unas frases de los titulares o de la publicidad diaria aparecida
en la prensa, los recortes, sobre fondo negro, se digitalizan. La selección y
ordenación trasforman su significado y se convierten en dos poemas visuales que
sirven de guion para toda la exposición, pero también de poética. El texto
sigue guardando su significado del día concreto en el que se publicaron en un
periódico, pero alcanzan otro, más profundo.
El primero de ellos (Punto
y coma. / Desmemoria y aire. / Ser y querer ser. / Presente continuo)
guarda una de las claves de la mirada artística de Javier García Riobó, lo
fronterizo. En su concepción, la frontera entre texturas diferentes,
concepciones de mundo diferentes, tipos de líneas opuestas, objetos que están
donde no los esperamos, etc., establece siempre una oposición que provoca
extrañeza, a veces rechazo. Solo el arte puede hacer dialogar lo diferente y
buscar la suma de esos conceptos opuestos a partir del oxímoron. Javier García
Riobó sitúa su mirada precisamente en ese diálogo. El segundo de ellos (Una
forma de mirar. / El lugar exacto. / Sombra exacta. / La fuga horizontal)
nos desvela el lugar preciso de esa mirada en ese espacio de transición.
Enmarcada por el guion inicial
y la conclusión artística final, el núcleo de la exposición nos lleva hacia una
técnica con la que ha experimentado en los últimos años García Riobó cada vez
con mayor insistencia, la pintura. En sus primeros trabajos intervenía sobre
imágenes fotográficas y, en ocasiones, devolvía el resultado al mundo digital,
pero cada vez le ha interesado más la pintura en sí misma porque concibe este
trabajo como un ofrecimiento a la mirada del otro. Si la imagen fotográfica era
un robo de lo que ya existía, la pintura se da como una propuesta para que sea
el espectador quien la tome. Antes de aplicar el acrílico y extenderlo con la
espátula, buscando el contraste con la sutileza y elegancia que permite el
pincel, el producto no existía. Estas piezas que se pueden contemplar parten
del mismo concepto: un diálogo entre dos secciones cuyos colores y texturas son
muy diferentes, intervenidos por un espacio que permite transición pero que es,
en realidad, el centro de la mirada artística de Javier García Riobó.
Es en ese eje de
transición entre la realidad y el arte, entre las texturas y los colores, en
donde se ha situado la mirada artística de García Riobó. Lo que aparenta
estático se profundiza en la dinámica intención de una metodología que nos
conduce a reflexionar sobre nuestro mundo.
Despojos es una instalación poética audiovisual de Javier García Riobó (Béjar, 1957) que programamos en Valladolid Letraherido hasta el próximo 9 de diciembre incluido. Gran parte de los visitantes de este espacio conocen la importancia de García Riobó en mi mirada artística en los últimos años y que sus imágenes están presentes en tres de mis libros: Esguevas, Echo al fuego los restos del naufragio y Gracias por su visita. En breve, publicaré otro libro con una serie de fotografías suyas. Hoy ha tenido lugar la inauguración en el jardín de la Casa de Zorrilla de Valladolid. Dejo aquí el texto que he escrito para el folleto de la exposición:
El
Diccionario de la lengua española se extiende en la definición de despojo.
La acepción octava lo define como “sobras o residuos”, es decir, lo que se
desecha, lo que sobra, lo que nadie ha querido. En la quinta, se trata de lo
que se ha perdido. En el uso coloquial, la palabra nos lleva siempre a pensar
que un despojo es la parte inservible de algo, lo que arrojamos al cubo de la
basura. Sin embargo, la etimología y la riqueza de la palabra nos aporta
matices interesantes porque hay violencia en la acción de despojar, renuncia en
la de despojarse. No significa lo mismo despojar a alguien que despojarse uno
mismo de algo, hay casi una ladera ascética en ese gesto de renunciar a algo que
se lleva encima. Conozco a Javier García Riobó desde
hace muchos años y sé de su capacidad de renuncia. Se despoja del ruido, de la
furia, de la angustia plastificada del ser humano moderno.Lo hace con naturalidad, como quien se quita
un abrigo que no necesita, en realidad. Como quien entra en casa y se descalza.
Su vida y su obra artística han llevado siempre este camino. De hecho, gran
parte de sus proyectos se basan en la destrucción del objeto de partida para
llegar a una fase última en la que solo existe lo virtual, causando la menor
huella posible en las cosas. La mayoría de sus trabajos nacen de recortes de
prensa en papel: fotografías, anuncios, titulares, que digitaliza y reconstruye
a partir de segmentos y acoples o sobre los que interviene con sutiles trazos
de pintura. No es solo un proceso artístico, sino filosófico, porque no hay
verdadero arte sin un pensamiento ético. El
destino del periódico es el desecho. Pasadas unas horas, unos días, salvo en
las hemerotecas, todos los periódicos acaban en la basura. Las noticias, las
opiniones, las crónicas más celebradas, los anuncios publicitarios, son pasado en
la tarde misma del día en el que se publicaron, pero también el propio objeto
que es un periódico. En el mejor de los casos, se recicla el papel para darle
una nueva vida. Esto es lo que hace Riobó, dar una nueva oportunidad al papel
del periódico y lo que sobre él se encuentra, transformándolo en objeto
artístico a partir de la descontextualización. Lo que era una herramienta de
información o táctica publicitaria se convierte en algo distinto, quizá más
elevado. Este proceso de elevación no se produce solo por la descontextualización
del objeto, sino fundamentalmente por la mirada del artista, que selecciona los
fragmentos y los dispone de otra manera que a veces anula el mensaje inicial,
otras lo resalta y profundiza. El producto final siempre nos sorprende porque
nos ayuda a comprender mejor el mundo viéndolo desde otro ángulo. No hay mejor
forma de definir la misión artística. Lo
mismo ocurre con las fotografías tomadas de la realidad. Riobó me enseñó, hace
años, la importancia de la mirada porque define a cada individuo y lo
singulariza. La realidad no existe en nosotros salvo en perspectiva. A partir
de esas fotografías de playas o de objeto cotidianos, tomadas todas a una
distancia humana alejada de la imagen turística, testimonial o necesitada de
trucos y filtros digitales que la dramaticen, Riobó consigue ver las cosas de
otra manera y presentárnoslas en un significado que construye un mundo
diferente, pero que estaba ahí, delante de todos, y que no supimos ver hasta
que el artista nos lo mostró. Despojos
es una instalación poética audiovisual que reúne una parte de las series
digitales trabajadas por Javier García Riobó en los últimos años, presentadas
con un sentido unitario: la reflexión sobre la sociedad actual y su dependencia
de un consumismo que solo nos lleva a ser menos críticos y libres. Consta de
cuatro monitores en los que se proyectan imágenes -algunas con texto- y música.
El espectador se sumerge en un impacto visual y auditivo, gracias a la música,
la oscuridad total y la palabra de Eva Moreno recitando los fragmentos
textuales. La intención inicial del artista era presentarnos estas cuatro
series (Despojos -sobre fotografías publicadas en la prensa,
intervenidas plásticamente con pintura acrílica para después devolverlas al
mundo de la fotografía digital-, Poemas sobre negro -titulares de prensa
recortados para construir mensajes poéticos con contenido crítico y
fotografiados después-, Relato de agua sobre arena -fotografías de playa
intervenidas con textos que reflejan el estado anímico- y Atrapados en la
red -imágenes fotográficas de redes de supermercado intervenidas con textos
para resaltar el consumismo que mide todo por su precio y como símbolo de las
redes que tratan a los seres humanos como mercancía-) en bucle continuo. Como
cada una tiene su propio latido temporal, lo que inicialmente se nos presentaba
sincronizado pronto llegaría a una aparente discordancia, tal y como ocurre en
el mundo. Digo aparente porque es la desarmonía la que explica mejor la unidad,
aunque parezca paradójico. La armonía de la vida debe acoger también ese caos
para que esté completa y podamos aceptar y comprender lo que nos puede causar
perplejidad: sin esta difícilmente habría pensamiento reflexivo sobre la sociedad
en la que vivimos. Javier García Riobó comprende mejor el mundo aceptando
también sus despojos. Sin embargo, la pandemia que nos azota, impide presentar
la instalación como fue proyectada y hemos de reducirla a un cuarto de hora
durante el que el desajuste es menor, como si el protocolo sanitario nos
pidiera regular el mundo, hacerlo menos extraño y más abarcable. No obstante,
fuera de la sala sigue la epidemia y la realidad múltiple, acogedora y
desasosegante a la vez. Curiosamente,
entre las acepciones recogidas por el Diccionario, despojar también
significa extraer algo de interés para entender mejor y despojo es el
material de desecho con el que se levanta otro edificio. Este es el verdadero
significado de esta exposición. Lo que fueron desechos -los recortes de papel
del periódico que terminó en el cubo de basura-, acaban, por la virtud del
artista y de su pensamiento, construyendo la mirada que nos explica mejor y
permite que podamos comprender cómo es el mundo al verlo desde otro
ángulo. Como llegar a casa y quitarse el abrigo que no necesitábamos.
En el programa Valladolid Letraherido nos hemos propuesto resistir todo lo que podamos los embates de la pandemia causada por la COVID-19. Las medidas que se toman en todos los países para intentar reducir su alcance y, especialmente, evitar el colapso de las estructuras sanitarias, afectan a muchos negocios, que han tenido que cerrar las puertas o limitar su actividad. Muchas personas han perdido su empleo y sus pequeñas empresas, otras tienen grandes dificultades económicas. Uno de los sectores afectados de manera severa es el de la cultura y, por eso, en la medida en la que podamos, no vamos a cerrar nuestras actividades de promoción del mundo del libro. Seguimos programando presentaciones de novedades y otros actos, como los encuentros con autores y homenajes a figuras relevantes de nuestro entorno. En algunos casos hemos tenido que aplazar porque se ha impuesto un confinamiento perimetral que impedía que el autor del libro se trasladara a Valladolid o por algún problema de salud. Me siento en la obligación de actuar de esta manera cuando veo que ya no se hacen actos de este tipo casi en ninguna parte porque las medidas adoptadas por las autoridades o el temor los impiden. Soy de los que piensan que hay que vivir con responsabilidad, pero no con miedo. Por fortuna, en Valladolid Letraherido contamos con una infraestructura y un estricto protocolo sanitario que lo permite (desinfección de la sala, aforo limitado, higiene de manos, mascarilla obligatoria, entrada y salida del acto ordenadas, etc.) y, para compensar la limitación de aforo, como saben los que nos siguen de forma habitual, hemos comenzado a emitir en directo los actos a través del canal de Facebook de la Casa Zorrilla, lugar en donde se almacenan las grabaciones para la consulta posterior de los interesados. Nos ha sorprendido favorablemente la buena recepción de esta iniciativa, que no ha quitado presencia en la sala.
También anuncio dos novedades que me emocionan singularmente. En primer lugar, organizamos la instalación poética audiovisual de Javier García Riobó, del 28 de noviembre al 9 de diciembre, que tendrá lugar en la Sala Narciso Alonso Cortés de la Casa de Zorrilla con un montaje especial e innovador. En alguno de los pases se contará con la voz en vivo de Eva Moreno. Y la segunda, la preparación del regreso del pianoforte que fue propiedad de José Zorrilla, donado por su viuda. Cumpliendo un viejo proyecto impulsado por Paz Altés, Víctor Javier Martínez López lo ha restaurado y regresa a la Casa de Zorrilla, para lo que se está organizando algo muy especial.
Por último, la semana que entra celebraremos la XIII Semana de Estudios Románticos, unas jornadas que se han consolidado ya en el calendario de estudios sobre nuestro siglo XIX.
La Casa de Zorrilla
organiza una nueva edición de la Semana de Estudios Románticos, ciclo
dedicado al movimiento literario del siglo XIX en el que se forjó la
personalidad y la obra del escritor vallisoletano José Zorrilla. Se
inscribe dentro del programa Valladolid Letraherido de la Concejalía de
Cultura y Turismo, marco de referencia de la actividad literaria de la ciudad.
En esta ocasión lleva por
título genérico La prensa periódica en el siglo XIX. Es conocida
la relación de José Zorrilla con la prensa periódica: perteneció a varias
redacciones que contribuyeron a asegurarle una forma de vida y las relaciones
personales adecuadas y gran parte de sus obras se publicaron en los periódicos
en español más importantes del momento. Todo ello ayudó a la divulgación de sus
escritos y a su gran popularidad. Por otra parte, el siglo XIX es el siglo del
periodismo, que se convirtió en un instrumento fundamental para la
modernización del país y para el debate estético, político y social. Todas las grandes cuestiones del siglo fueron debatidas en la prensa periódica, que sirvió de portavoz de los grandes sectores políticos y como herramienta eficaz de creación de la opinión pública.
Todas las conferencias se
celebrarán en la Sala Francisco Cossío de la Casa Revilla de Valladolid a las 19:30 h. La
entrada es gratuita hasta completar el aforo.
Martes 10 de noviembre. Celso Almuiña (Catedrático emérito de Historia Contemporánea, Perodista y Presidente
del Ateneo de Valladolid). La prensa en la
difusión del Romanticismo.
Miércoles 11 de noviembre. Ana María
Velasco Molpeceres (Universidad de Valladolid y periodista). Moda y prensa: realidades e ideales en
la España del XIX.
Jueves 12 de noviembre. Francisco Cánovas
Sánchez (Historiador, Universidad Complutense de Madrid). Tendencias culturales y artísticas en la crisis de
fin de siglo. A causa del confinamiento perimetral de la comunidad de Castilla y León, se realizará por videoconferencia en directo.
Viernes 13 de noviembre. Carmen Yolanda
Arencibia Santana (Catedrática emérita de la Universidad de Las Palmas de Gran
Canarias). Galdós: El periodismo como taller y como
instrumento. A causa del confinamiento perimetral de la comunidad de Castilla y León, se realizará por videoconferencia en directo.
Las normas decretadas para evitar la extensión de la pandemia debida a la COVID-19 impiden la celebración de uno de los actos rituales de esta Semana, la representación de las escenas del cementerio del drama Don Juan Tenorio de José Zorrilla en los cipreses del jardín de la Casa. Hemos buscado otras ubicaciones cercanas en las que fuera más fácil permitir la distancia obligatoria entre los espectadores, pero nos ha sido imposible. Seguro que el próximo año todo volverá a la normalidad.
Todos los actos podrán seguirse en directo en la página de Facebook de la Casa de Zorrilla, en donde se almacenarán las grabaciones para su consulta posterior.
De
Javier G. Riobó (Béjar, 1957) sé
decir que es un artista plástico de larga trayectoria, sereno y coherente en su
producción, siempre fiel a unos presupuestos iniciales. Sé decir también que es
mi amigo y que me enseñó a mirar de otra manera. Sé decir que su mirada añade
una comprensión del mundo, otorgándole profundidad a partir de la superposición,
eliminación o reordenación de las capas en las que se nos presenta la realidad
que, al sumarse de nuevo, significan algo diferente, algo que no estaba en el
punto de partida.
En
esta muestra, que se exhibe en la Casa de Zorrilla de Valladolid hasta el 31 de
marzo de 2019 dentro del programa Valladolid
Letraherido, ofrece un camino frecuente en él, pero siempre sorprendente en
los resultados. Javier García Riobó parte de periódicos en papel, construye sus
textos artísticos de manera casi artesanal y los trasforma en objetos digitales
para pasar el resultado, de nuevo, a una realidad tangible. En este camino de
ida y vuelta, la mirada del artista ilumina el mundo y lo explica. El recorte
del periódico, trabajado como collage, nos dice algo que no estaba
inicialmente. O que solo la mirada del artista puede mostrarnos.
En
los meses de un invierno (de ahí el título, Días de invierno) fue
seleccionando del periódico del día y recortando minuciosamente imágenes:
fragmentos de fotografías, bandas de colores. Guardan, en su raíz, la condición
diaria de la noticia o de la publicidad, su fugacidad. Fueron publicadas para
ser consumidas en el día, olvidadas después, sustituidas por otras al día
siguiente. Incluso podríamos reconstruir su punto de partida y estudiar el
contexto en el que aparecieron. Es el latido profundo de estas imágenes. Sin
embargo, Javier García Riobó las dota de un nuevo significado cuando las
combina, haciendo que trasciendan esa condición frágil de lo diario, transformándolas
gracias al poder de la mirada artística, llevándolas a un poder universal y
permanente. En las imágenes hallará el espectador aquel origen cotidiano y su
trascendencia, sumadas para significar algo nuevo.
Ese
es el mismo procedimiento con el que trabaja los poemas visuales que se exhiben
en el monitor de la sala. Palabras recortadas de la prensa y combinadas. El
contexto en el que se publicaron ha desaparecido, omitido voluntariamente por
el artista, que selecciona las palabras adecuadas. Su nueva combinación hace
que trasciendan. Alcanzan un significado que se nos ocultaba. El camino es el
mismo: del papel periódico cotidiano al mundo artístico.
La
obra artística de Javier García Riobó tiene otra virtud: nos interroga. El
espectador no sale indemne de esa profunda mirada al mundo, que reordena la
apariencia para que lo comprendamos mejor o de otra manera, para que nos
preguntemos sobre nuestra propia forma de entenderlo.
Ayer pasamos la tarde con Javier García Riobó. Javier es un gran artista especializado en el mundo digital. Con él hice mi poemario Esguevas (2013), alternando sus fotografías y mis poemas. Un poemario agotado hace tiempo, que resultó una pequeña joya gracias a su tozuda forma de estar a pie de imprenta hasta conseguir el tono adecuado en los colores. Él ilustró con sus imágenes Echo al fuego los restos del naufragio (2014) un poemario también agotado en el que volqué todo el dolor de una crisis personal. En este caso hizo más: estuvo conmigo cada semana, ayudándome a remontar aquellos meses terribles de una de esas experiencias de las que se sale con cicatriz. Con él hice Gracias por su visita, una suma de poemas visuales y fotografías a partir de recortes de prensa en los que él ponía las interrogaciones y yo las respuestas que provocan también nuevos interrogantes sobre una época tan reciente que aún es la nuestra (2014, puede consultarse gratuitamente, aquí). Le he puesto texto a alguno de sus proyectos expositivos y él me abrió hace años a una nueva manera de fotografiar la realidad (más cerca, más cerca, me decía). Ayer disfrutamos como críos chicos porque nos mostró proyectos realizados desde los primeros años noventa que ni siquiera a mí me había enseñado antes. Imágenes que lo resumen en su forma de mirar, su manera de experimentar continuamente con texturas, procedimientos digitales y formatos. Y planificamos cosas nuevas de las que daré razón dentro de unas semanas. A Javier no es que lo aprecie como artista creativo, hondo en la reflexión, elegante en el uso de lo digital, es que lo quiero.
La mirada plástica es la nueva exposición de Javier García Riobó (Sala de Exposiciones del Teatro Zorrilla de Valladolid, hasta el 25 de junio), para cuyo catálogo he escrito el texto de presentación. Los antiguos lectores de este blog sabéis la amistad que me une con Javier y la admiración que le tengo como artista. A él le debo muchas cosas, entre ellas, que se me quitaran ciertos complejos que podía tener a la hora de experimentar como fotógrafo. Fue de los primeros en comentar sistemáticamente en este espacio hasta que abandonó el mundo de las redes sociales, al que ha vuelto esporádicamente (su blog aparece y desaparece según el humor del autor). De él son las fotografías que acompañaban a mis textos en Esguevas y Echo al fuego los restos del naufragio y con él me aventuré en proyectos como Gracias por su visita y otros.
El artista se ha planteado La mirada plástica como final de un ciclo dirigido por un proceso de depuración, de esencialidad. De hecho, es final e inicio. García Riobó ha necesitado volver a la materia física tras muchos años dedicado sobre todo al soporte digital. Una parte de la exposición muestra fotografías (impresas directamente sobre PVC) muy propias de su estilo: aproximación a la realidad para que, sin alterarla, nos desvele unos nuevos significados. Cobra una fuerte potencialidad de obra abstracta y posibilita descubrir nuevos significados de la materia real, que tiene que descubrir el espectador, reinterpretándolos. La otra parte de la exposición sorprenderá a quienes no conozcan esta faceta de Riobó, que ha experimentado en otras ocasiones con la pintura sobre materiales diversos. Se trata de pintura acrílica sobre lienzo trabajada en ocasiones con las manos, con la espátula y el pincel o directamente desde el bote de pintura. El artista ha aplicado varias capas de colores puros dejándolos mezclarse directamente en el lienzo, tapándose los unos a los otros pero dejando espacio para descubrir los colores de las capas anteriores. Los colores puros y sus texturas al ser aplicados en capas consistentes y sus mezclas revelan una escritura nueva.
Ambas partes están sólidamente unidas por el título, esa mirada plástica que dota de significado a la realidad. Una ocasión inmejorable para descubrir a este autor o continuar con su evolución quienes hayan visitado sus anteriores exposiciones.
Ayer daba cuenta de la aparición de mi último libro, Echo al fuego los restos del naufragio, diario para una crisis. Un proyecto que se publica en la editorial SBQ y cuyos beneficios irán a financiar las actividades solidarias de esta organización (más información aquí).
Hoy quiero regalaros un libro. Como recordaréis, hace unos meses lancé la versión borrador de un trabajo realizado junto a Javier García Riobó. Hubo algunas dificultades técnicas que impedían verlo correctamente. Ahora lo vuelvo a publicar en un formato con mejor calidad. Gracias por su visita es una reflexión sobre las causas de esta crisis que sufrimos en el que nos hacemos las preguntas que pueden llevarnos a comprender por qué estamos aquí y el error de pensar que la solución es retomar el mismo camino que nos ha conducido hasta la situación presente. Partimos de la prensa periódica, en concreto de materiales publicados en un periódico que hasta hace unos años era referencia de una forma de entender España y el mundo y los trabajamos hasta construir imágenes que, por simplificación o distorsión, intentan hacer más evidentes las raíces del problema. Al menos, tal y como lo vemos los autores porque cada uno es libre de sacar sus propias conclusiones. Espero que os guste.
Se ha publicado ya mi nuevo libro, Echo al fuego los restos del naufragio, diario poético de una crisis (Valladolid/Béjar, SBQ Solidario, 2014). Los textos, en verso y prosa, recorren el panorama de la crisis por la que atravesamos, tanto individual como colectiva, como una propuesta de depuración de todo lo que de una manera u otra nos ha arrastrado hasta ella. Se publica en la colección El Brut de los corazones solidarios de la editorial SBQ y los beneficios contribuirán a las actividades de esta ONG. Para adquirir un ejemplar puedes apuntarte en la página de facebook del libro (en este enlace) o escribirme un correo electrónico a pedro.ojeda.escudero[arroba]gmail.com.
Anunciaré con tiempo las presentaciones del libro que tenemos ya previstas y os animo a participar en este proyecto de fines solidarios. Las fotografías (excelentes) de la portada e interior son de Javier García Riobó y el diseño y maquetación es de Luis Felipe Comendador.
Javier García Riobó expone Naturalezas mínimas en CEARCAL (Centro Regional de Artesanía de Castilla y León, C/ Valle de Arán, 7, Valladolid) hasta el 30 de mayo. La obra de García Riobó ha ido asentándose en un inteligente juego de transposiciones de medios para llegar al resultado final de la imagen fotográfica. Estas Naturalezas mínimas (en este enlace puede consultarse una excelente documentación sobre la exposición) recogen una parte significativa de su producción de los años 2012 a 2014 en la que nos encontramos con elementos reconocibles en la producción de este artista, como la mirada sobre fragmentos de la realidad que a otros les pasan desapercibidos. Riobó trabaja con ellos hasta elevarlos a la categoría de explicación de la totalidad. Un fragmento explica mejor el mundo que el conjunto distorsionado por la distancia. Aunque el resultado final de lo mostrado es un mosaico de imágenes, el trabajo previo explica la laboriosa mirada de Riobó: una imagen sobre la que trabaja con pintura para realizar finalmente otra imagen e imprimirla. Un juego intertextual que, por el mismo proceso, lleva a un resultado sorprendente: la imagen original ha desaparecido para dar paso a un resultado final que es la explicación del mundo que está en la cabeza del artista y que nos ayuda a comprenderlo mejor. En el camino, hay, además, una experimentación con las texturas, con los colores y con los reflejos de la luz. Todos los elementos de un mundo de imágenes que crean realidades inexistentes antes.
Una excelente propuesta de García Riobó que animo a visitar. De paso, se conocerá un centro de referencia de la artesanía nacional que pasa un tanto desapercibido y que corre peligro de ser ahogado por la crisis a pesar de la necesaria labor que ha realizado en los últimos años, muchas veces a pesar del olvido y la incomprensión de las mismas instituciones de las que depende.
Ayer, en Béjar, más allá de Candelario, la sierra estaba hermosa y guardaba aún, entre la niebla, los últimos secretos del invierno. Se juntaban todos los marrones y todos los verdes con la explosión de amarillos y violetas de las flores. Los gamones querían brotar y el río Cuerpo de Hombre cantaba su música eterna y brava besando las peñas. Manolo y Antonio tiraban hacia arriba de mí, que me quedaba cada poco -urbanita, al fin y al cabo- asombrado en los márgenes del carril al contemplar los líquenes agarrados a las ramas de los árboles, la textura de las hojas en descomposición -humus fértil-, la mullida cama del musgo. Mientras tanto, hablábamos de la vida y de esta sociedad y surgían dudas sobre palabras y citábamos poetas. De lo que no cabía ninguna duda era del placer de la compañía y del sendero. Manolo y yo nos habíamos comido una buena parrillada de carne con unos tomates al perico para disimular, con una botella de un rioja que dicen que fue de la emperatriz de Francia Eugenia de Montijo, un arroz con leche templado, como mandan los cánones, y un orujo blanco casero que tendría 50º legales y alguno más. A los quince minutos de caminata habíamos hecho ya la digestión. Luego, café con Marina, que lleva siempre la vida en los ojos y Luis Felipe Comendador. Por la mañana, con Luis Felipe, corrigiendo las pruebas de imprenta de mi nuevo libro: Echo al fuego los restos del naufragio, un diario poético para tiempos de crisis personal y social, ilustrado con cinco magníficas fotografías de mi amigo Javier García Riobó. Estará en unos días y daré cuenta aquí de las presentaciones y de cómo conseguirlo. Los beneficios serán para una ONG, a la que pertenece también la editorial solidaria que lo publica en su colección El Brut de los Corazones Solidarios.
Gracias por su visita, señor duque de Palma. Gracias por su visita, señores ministros salientes y entrantes, señores promotores, señores financieros, señores especuladores, señores dirigentes de los grandes partidos políticos y de las grandes corporaciones. Gracias por su visita, recojan sus ganancias y salgan por la puerta en ameno cortejo. Hasta la próxima fiesta.
Gracias por su visita, de Javier García Riobó y Pedro Ojeda. Si aún no te has apuntado para obtener gratis el pdf del proyecto, escribe un correo electrónico a pedro.ojeda.escudero[arroba]gmail.com. Versión beta en licencia Creative Commons 4.0. En unos días os llegará.
Publico hoy Gracias por su visita, el nuevo proyecto que he realizado junto a mi amigo Javier García Riobó, con el que también llevé a caboEsguevas, libro que cumple por estas fechas su primer año. Consiste en un vídeo para su difusión en plataformas digitales y su proyección en salas de exposiciones y un libro en pdf para su lectura en soportes digitales. Las versiones beta (audiovisual y libro) son las que ahora presentamos. Si quieres hacerte gratis con la versión en pdf escríbeme a pedro.ojeda.escudero[arroba]gmail.com.
Gracias por su visita es una reflexión sobre la actualidad a partir de la prensa. Son preguntas extraídas de las páginas del periódico español El País y una interpretación personal de algunas de las fotografías que ha publicado en los últimos tiempos. El formato en vídeo está pensado para su proyección en paneles, por lo que aquí puede resultar algo incómodo su visionado.
Se publica bajo licencia Creative Commons 4.0. Se permite su reproducción siempre y cuando se cite la autoría, se enlace la dirección electrónica de referencia, se conserve en su integridad y no se obtengan beneficios económicos de ningún tipo.
Mañana sábado 29 de junio, a las doce del mediodía, Javier García Riobó y yo presentamos Esguevas en la Librería Bayo de Aranda de Duero. Estos días, con motivo de la cariñosa atención que han prestado a la presentación los medios de comunicación arandinos, he tenido oportunidad de constatar que hay algunos temas que son universales, que todos podemos sentir emocional o intelectualmente de la misma manera. El agua forma parte esencial de nuestra vida, como un componente que integra nuestro mismo cuerpo pero también como presencia constante en las estampas de nuestra autobiografía que nunca olvidaremos: la llegada anunciada de la tormenta de verano, el río en el que nos detuvimos a contemplar el misterio del curso del agua -los misterios se encierran en lo más sencillo-, la risa adolescente que chapotea en la piscina, la primera vez que vimos el mar, la furia desatada del vendaval. Sigue válida la vieja imagen de la vida como río, qué otra cosa es.
Todo esto está en el Proyecto agua que presentamos mañana en Aranda de Duero: un video de quince minutos en el que el agua llena los espacios urbanos, una nueva presentación de las fotografías de Javier García Riobó. Y la lectura y comentario de Esguevas, el libro que lo condensa todo.
Será un placer compartir emociones y pensamientos con aquellos que se decidan a acudir.
Presentar un libro como hacemos Javier García Riobó y yo con Esguevas es encontrarnos con aquellos que nos ofrecen su tiempo y su atención. En cada acto de presentación de un libro como este hay algo de incertidumbre porque este libro requiere un ritmo y un tono que nos aleja del ruido en el que vivimos, que exige que demos tiempo a un tiempo que está muy adentro de cada uno de nosotros. Javier y yo nos acercamos a la Librería Bayo de Aranda de Duero el próximo sábado 29 de junio a las 12:00. Quien acuda encontrará todo el Proyecto agua: un video en el que el agua entona su propio misterio, una proyección de fotografías y la lectura de los textos de Esguevas.
Esguevas, textos de Pedro Ojeda Escudero y fotografías de Javier García Riobó.
Estos días no he podido acudir a mi cita habitual con vosotros en La Acequia. El entreverado de cosas en las que consiste la vida me lo ha impedido. Ingresos hospitalarios de familiares, un problema de cervicales, acumulación de trabajo, noticias de enfermedades. Doy cuenta aquí de las cosas buenas.
El viernes, Javier García Riobó y yo presentamos Esguevas en la Librería Sandoval de Valladolid. Como ocurrió en Béjar, el espacio inicialmente previsto se quedó pequeño y tuvimos que poner más sillas para los amigos que quisieron acompañarnos en la presentación de todo el Proyecto agua, del que es parte este libro del que os vengo hablando en las útlimas fechas. Resultó emotivo por la presencia de tanta gente querida y porque yo tenía un secreto que no confesé hasta iniciar el acto.
Hace más de tres décadas entré por primera vez en el local que Sandoval tenía -y tiene- en la Plaza de Santa Cruz, muy cerca del edificio que albergaba la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid en la que estudié Filología Hispánica. Y lo hice porque mi padre no hacía más que recomendármelo. Mi padre, por motivos relacionados con su trabajo, tenía que pasar un tiempo, todos los días laborables, en aquella Plaza. Y comenzó a entrar en Sandoval. Mi padre, que solo tenía estudios primarios, me animaba a leer y a estudiar. Y parte de aquel estímulo le hizo visitar casi a diario, durante años, la librería de Miguel. Comenzó a gastar parte de su asignación familiar -en mi casa, como en muchas del mundo obrero español de entonces, quien manejaba el jornal que se ganaba era la mujer- en comprarme algunos libros que le atraían. Tanto insistió que Sandoval se convirtió en mi librería de referencia en cuanto pude comprender las razones de mi padre, nada más conocer y tratar al dueño de esta librería. Como es lógico, he entrado en muchas otras a lo largo de mi vida, pero Sandoval es mi librería. Y ahora que lo pienso, es la referencia más constante y fiel de mi vida. Cuando cambió su sede de la Plaza de Santa Cruz a la Plazuela del Salvador, lo seguí. Ha creado allí un local admirablemente acogedor. Y conserva sus señas de identidad, entre ellas, el que es una de las pocas librerías que quedan con fondo propio. A lo largo de los años se ha ido quedando con los libros que considera que debe conservar y no devolver a las distribuidoras, como hacen casi todos los otros libreros. Y su oferta de títulos es amplia y selectiva: huye de algunos títulos que puedes encontrar en cualquier gran superficie comercial, pero aprecia aquellos que han acumulado el saber. Esguevas tiene dentro a mi padre pero también, gracias a él, los libros que he leído en estas décadas comprados en Sandoval. Por eso, la librería Sandoval era el lugar lógico en el que presentarlo en Valladolid.
El sábado, Indë, el grupo musical del que es miembro mi hija Elena, presentó en el Espacio Joven de Valladolid -una de las naves del antiguo matadero de la ciudad recuperado así para necesarias y elogiables labores culturales-, su primer disco. No puedo más que recomendaros visitar su espacio, en el que hallaréis los videos con parte de su actuación, que fue todo un éxito.
La vida es esto, una mezcla de emociones y vivencias -buenas, malas, regualares-, que uno debe decantar para seguir adelante. En los próximos días publicaré las entradas que os debo correspondientes al Club de lectura y visitaré vuestros espacios. Sé que sabréis comprender mi ausencia.
Acabo de llegar de Béjar. Estoy muy satisfecho de la presentación ayer sábado de Esguevas, el libro que he publicado en colaboración con Javier García Riobó. En Bizarte, presentados por las generosas palabras de mi querida Marina Hernández, mostramos todo el conjunto expositivo en el que consiste el Proyecto agua: un video de cuarto de hora de duración, fotografías y el libro, con mis textos y las fotografías de Javier. Agradezco a la gente que se acercó ayer a las ocho de la tarde y que llenó la sala, en la que hubo de ponerse más sillas de las inicialmente previstas. Fuera nevaba y hacía frío, salir de casa, en esas condiciones, para asistir a un acto cultural suponía una manifestación de conciencia, de esa conciencia necesaria que debemos ejercer en momentos como los actuales. A todos los que pudieron asistir, gracias. A todos los que quisieron hacerlo pero la distancia o el trabajo se lo impidieron, gracias también.
Este fin de semana, como todos los días que he pasado en Béjar, ha sido hermoso: amigos, palabras, naturaleza, arte. Todo había sido eficaz y cariñosamente organizado por este grupo de personas a las que tanto quiero gracias al impulso inicial e intenso de Manolo: subida a la sierra, comida a 1500 metros de altura -¡qué ensalada de limones, naranja, jijas, huevos fritos y aceite, qué sopas castellanas para calentar un día frío acompañando de la conversación de personas que saben acoger al viajero como si fuera de la familia, al lado de una chimenea alimentada con sabiduría y una pizca de picardía!-, conversaciones cómplices en casa de una de las mejores anfitrionas posibles que conozco capaz de hacer de cualquier rincón un lugar lleno de magia y arte y con gente maravillosa, paseo por la ribera del río Cuerpo de Hombre... Hasta Emma -cariñosamente tenaz- consiguió su encargo. Cada vez que salgo de Béjar tengo la sensación de no haber estado a su altura, de que su generosidad y cariño son tan grandes que necesitaría varias vidas llenas de abrazos y besos, de miradas cómplices y sobremesas para compensarlos.
El libro ha quedado a disposición de quien lo quiera en Bizarte, en Béjar. En Valladolid puede adquirirse en la librería Sandoval (Plaza del Salvador), en donde los presentaremos el viernes 3 de mayo a las ocho de la tarde ante todos aquellos que quieran acompañarnos en esta aventura en tiempos en los que hasta la primavera se nos trasforma en invierno y solo los amigos salvan.