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lunes, 16 de octubre de 2017

Exposición de pintura de Rosa Bermejo en el Ábside de San Gil de Béjar


El pasado viernes día 13, inauguramos en el Ábside de San Gil de Béjar una exposición de pinturas de la artista Rosa Bermejo comisariada por Mayca Martínez Peña. La muestra recoge una amplia variedad de los temas preferidos por la autora, especialmente sus paisajes. Rosa Bermejo pinta con trazos amplios y una técnica de raíz impresionista los paisajes que conoce (están presentes Béjar, Urueña, Jávea, Chicago, las islas griegas, etc.). Desde una base en acrílico trabaja el óleo para matizar una paleta de colores muy personal, siempre suavizados y elegantes. El paisaje, así, se hace mirada sugerente para retratar un momento, es decir, la luz de un instante sobre un espacio. Cada espectador contempla de una manera lo que ve pero solo los artistas pueden darnos esa forma de llevarnos más allá de lo aparente. En unos tiempos de confusión y trampantojo solo esa mirada penetrante del artista puede aclararnos lo que no vemos pero está ahí, una vez ha sido desnudado para indicarnos la esencia.

No solo hay paisajes en la muestra. Los retratos de su hija Andrea, singularmente el que juega con Edward Hopper, el divertido guiño con las meninas velazquianas -de largo recorrido en la pintura del último siglo-, las hortensias o el magnífico cuadro de las granadas en el que la luz y el color son protagonistas, son otros caminos explorados con éxito por la pintora.

Rosa Bermejo, natural de Salamanca pero residente desde hace unos años en Madrid, se formó en la Escuela de Bellas Artes salmantina bajo la dirección de su primer maestro, Zacarías González. Ha expuesto en Madrid, Villanueva, Galapagar, Guadarrama, Alicante, La Cañada, etc.

La exposición permanecerá abierta hasta el domingo 29 de diciembre y merece ser visitada por todos los que se encuentran cerca de Béjar. No se arrepentirán.


En la inauguración, con Rosa Bermejo y Mayca Martínez Peña.


sábado, 6 de septiembre de 2014

No te enamores de mí. Manolillo Chinato, poeta.


- No te enamores de mí.

Manolo siempre lamentará no haber tenido la agilidad de retratar ese momento con su cámara. Chinato y yo nos recitábamos sus poemas el uno al otro, en la barra de su establecimiento en Puerto de Béjar, nuestras caras a pocos centímetros de distancia. Nos había llevado hasta allí Mayca, que me regaló su libro y pidió a Chinato me lo dedicara. Mayca siempre lo verá como un hombre a caballo, pura fuerza y elegancia, como cuando de joven se asomaba a verlo al oírlo llegar. No me extraña. Manuel -Manolillo- Chinato es esa energía que le salta por la mirada, por los gestos, por su apostura, por su forma de tratar a las personas. Un hombre directo, sin tonterías ni apaños. Como sus versos, como ese poema suyo que nos decíamos el uno al otro:

No te enamores de mí
que en mi camino hay espinas
y te me puedes herir.
Me gustan esos tus ojos,
no te enamores de mí
que prefiero soledades
a que tú sufras por mí.
Me gustan esos tus ojos,
no te enamores de mí.

Es difícil sostenerle la mirada a Chinato recitándole sus poemas y dejando que él diga sus versos a pocos centímetros de tu cara. Hay que sentir lo que se dice, cómo se dice y llevarlo dentro:

Qué asco me da todavía no ser yo mismo.
Cuántas veces tendré que escupirme aún en el espejo.

Sentirse muy libre para decir las cosas más altas con las palabras más sencillas:

A la sombra de mi sombra
me estoy haciendo un sombrero.

Amor, rebeldía, libertad y sangre (Béjar, 2003) es el libro en el que recoge una antología de sus poemas. Extrae su decir de la naturaleza que le rodea y de su forma de ver la vida a la altura del ser humano, siempre directa, siempre con contenido social y lleno de sentimientos y de sentir la libertad individual como algo imprescindible para la vida. Esa fuerza y ese sentir hizo que el grupo Extremoduro se fijara en sus versos y los llevara a sus canciones, como en el caso de su tema más conocido, Ama, ama, ama y ensancha el alma (aquí en la versión de Extremoduro, aquí recitada por Chinato). Esa relación culminaría en un memorable disco colectivo en homenaje a Chinato, Extrechinato y tú en el que se unieron componentes de Extremoduro, Platero y tú y Fito & Fitipaldis.

Dedico esta entrada a Carmen Llorente. Ella y yo sabemos por qué.



viernes, 5 de septiembre de 2014

En la Sierra de Béjar


Mayca se descalzó y refrescó sus pies en el riachuelo de montaña junto al que habíamos comido. El agua estaba fría y alegre. Unos metros más arriba, habíamos puesto a refrescar una sandía viajera que aún tardaríamos un día en comernos. Nos acompañaba desde que el día anterior la habíamos comprado en Béjar pero en Hervás había melón ya cortado en porciones y guardó sus secretos en el coche tres días, hasta que dimos cuenta de ella en las piscinas naturales de Casas del Monte gracias al sabio hacer de Encarnita.

Había pedido a Manolo que me buscara pozos de nieve de sierra para documentarlos. Hasta ese momento yo los había visto urbanos, convertidos en silos desde que se hundiera la industria para la que fueron construidos por la aparición de las primera fábricas de hielo y quería ver los que se habían situado en la sierra misma, para recoger en ellos la nieve caída en el entorno.

Cuando salimos de Puerto de Béjar por la calleja de San Antón me sobrevino el mismo pensamiento que tengo siempre al pisar la Sierra de Béjar: la hermosura y el misterio de este paisaje, tan diferente al mío. Yo soy de tierra de horizontes amplios, extensas planicies de cereal sin nada que cierre la mirada. Hay que saber mirar muy adentro para apreciar en agosto la belleza de un atardecer en Tierra de Campos. ¡Qué ancho es el horizonte allí! En mi tierra solo el corazón te retiene, porque todo está hecho para caminar hacia adelante.

En la Sierra de Béjar siempre he sido feliz. Cuenta, además, con otra ventaja. En diez minutos andando puedes estar fuera del ruido urbano. Quizá los que lo tienen tan cerca no sean conscientes de este regalo cotidiano. Andar hacia arriba por la calleja de San Antón es también andar hacia dentro de la sierra, buscando la sombra en ese día de agosto e incluso hacia el interior del tiempo. Un paisaje ancestral, apenas alterado por el ser humano en los últimos siglos. Algo diferente a lo que vimos a mediodía cerca de La Garganta, en el Corral de los lobos, en donde se percibe claramente la huella de la civilización incluso en los pinos de repoblación. De hecho, por aquella calleja de San Antón fue a buscar José Luis Cuerda en 1986 la localización para algunos planos de su película El bosque animado cuando comprobó que los lugares gallegos de la Fraga de Cecebre en los que ambientó su obra Wenceslao Fernández Flórez ya no conservaban su estado primitivo.

Comimos sobre una peña en La Dehesa de Candelario: empanada, tortilla de patata jugosa, queso. Compartido todo a navaja y regado con el vino de la bota de Manolo y un buen té moruno frío para terminar. Y luego nos fuimos a pasar las horas muertas junto al riachuelo que bajaba revoltoso por entre las piedras, pero lejos de su ruidoso caer del invierno y la primavera. No mataba la conversación aquel rumor del agua sino que la alimentaba, como en un locus amoenus. En realidad, qué poco se necesita para sentirse bien y cuánto nos complicamos persiguiendo quimeras.








 La foto de arriba es de Manuel Casadiego.


Esta última foto también es de Manuel Casadiego.